HILDEGARDA DE BINGEN

SU VISIÓN SOBRE LA EUCARISTÍA (Scivias II, 6)

GUILLERMINA AGÜERO DE DE BRITO
(FASTA)

 

Hildegarda de Bingen y su teología eucarística es una luz que ilumina con su fulgor a la Iglesia de todos los tiempos.

I.- TEOLOGÍA EUCARÍSTICA

1.-INTRODUCCIÓN

En el comienzo de Scivias (Conoce los caminos del Señor) [1] , “obra de un sencillo ser humano”, relata Hildegarda de Bingen la orden imperativa recibida de Dios de comunicar lo que ve y escucha: “Y de nuevo oí una voz desde el cielo que me decía: Dí por tanto estas maravillas y escríbelas, como te fueron enseñadas también dílas.” [2]

SCIVIAS II. 6
1.1. Su Contexto

Es el primero de los tres escritos teológicos visionarios de Hildegarda. Está dividido en tres partes con sus respectivas visiones, explicaciones y pinturas. Es un recorrido por la historia del hombre que es la historia de su salvación, desde la creación hasta la plenitud de los tiempos. La visión que tratamos se ubica en la segunda parte, visión sexta. La primera parte de Scivias trata de la creación y la caída de los ángeles y los hombres, a lo que une una representación simbólica del universo. Esta parte contiene seis visiones. La tercera parte relata la historia de la salvación a través de la alegoría de la edificación del Reino de Dios. Contiene trece visiones que abarcan temas sobre el hombre, la salvación, el Anticristo, el nuevo cielo y la nueva tierra y la sinfonía de los bienaventurados. La segunda parte contiene siete visiones: 1) El Redentor; 2) La Trinidad; 3) La Iglesia; 4) La confirmación; 5) Las órdenes de la Iglesia; 6) El sacrificio de Cristo y la Iglesia; 7) El Demonio. La sexta visión, la más larga de Scivias lleva por título: El sacrificio de Cristo y la Iglesia, título éste que en terminología contemporánea se expresaría como La Eucaristía, centro de la eclesiología, tal como lo hace Juan Pablo II en su reciente encíclica Ecclesia de Eucharistia [3] , en la que la teología eucarística expresa la manera de ser de la Iglesia. En efecto, “La Iglesia –dice– a la vez que se refiere a Cristo en el misterio de su Pasión, revela también en la Eucaristía su propio misterio: Ecclesia de Eucharistia”: la Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada” [4] . Esta sexta visión de Scivias presenta además una guía pastoral para la celebración de la Eucaristía y el ejercicio de los otros Sacramentos relacionados con ella: la Penitencia o Confesión y el Orden Sagrado. Es evidente la preocupación de la visionaria con respecto al clero de su época, que más dedicado a las cosas terrenas y materiales, descuidaba la misión de predicar y enseñar la fe a un laicado tentado por las supersticiones y herejías.

1.2. La Visión

“Y después de esto vi que, mientras el Hijo de Dios pendía en la cruz, aquella imagen de mujer ya mencionada, cual luminoso esplendor que avanza presuroso desde el antiguo consejo, era conducida hacia Él por el divino poder; y luego de ser elevada hacia lo alto fue bañada por la sangre que manaba de Su costado, y por la voluntad del Padre Celestial unida a Él en felices esponsales, noblemente dotada con Su carne y Su sangre. Y oí una voz que desde el cielo le decía: ‘Sea ésta, oh Hijo, Tu esposa para la restauración de Mi pueblo, sea ella una madre para él, regenerando las almas por la salvación del Espíritu y del agua.’
Y habiendo recobrado la imagen sus fuerzas de esta manera, vi como un altar hacia el que ella se aproximaba frecuentemente, y allí volvía a mirar con devoción su dote, mostrándosela humildemente al Padre Celestial y a Sus ángeles. Entonces, al acercarse al altar un sacerdote revestido con los ornamentos sagrados para celebrar los divinos misterios, vi que súbitamente una luz grande y clara que venía del cielo acompañada de la reverencia de los ángeles envolvió con su fulgor todo el altar, y permaneció allí hasta que el sacerdote se retiró del altar, después de la finalización del misterio. Pero también allí, una vez leído el Evangelio de la paz y depositada sobre el altar la ofrenda que debía ser consagrada, cuando el sacerdote hubo entonado la alabanza de Dios todopoderoso –que es el ‘Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos’– para comenzar así la celebración de los misterios, repentinamente un relámpago de fuego de inconmensurable claridad descendió del cielo abierto sobre la ofrenda misma, y la inundó toda con su luz, tal como el sol ilumina aquello que traspasa con sus rayos. Y mientras la iluminaba de este modo, la elevó invisiblemente hacia los [lugares] secretos del cielo y nuevamente la bajó poniéndola sobre el altar, como el hombre atrae el aire hacia su interior y luego lo arroja fuera de sí: así la ofrenda fue transformada en verdadera carne y verdadera sangre, aunque a la mirada humana apareciera como pan y como vino.
Mientras yo veía estas cosas, repentinamente aparecieron, como en un espejo, las imágenes de la Natividad, la Pasión y la Sepultura y también de la Resurrección y la Ascensión de nuestro Salvador, el Unigénito de Dios, tal como habían acontecido cuando el mismo Hijo de Dios estaba en el mundo. Pero, mientras el sacerdote entonaba el cántico del Cordero Inocente –que es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo– y se presentaba para recibir la Santa Comunión, el relámpago de fuego antes mencionado se retiró hacia los cielos; y tan pronto como el cielo se cerró oí una voz que desde el cielo decía: ‘Comed y bebed el Cuerpo y la Sangre de Mi Hijo para borrar la desobediencia de Eva, hasta que seáis restaurados en la justa herencia’. Y mientras los demás hombres se acercaban al sacerdote para recibir el sacramento, yo advertí en ellos cinco maneras de ser. Porque unos eran de cuerpo luminoso y alma ígnea; otros, en cambio, parecían tener cuerpo pálido y alma tenebrosa; pero algunos de cuerpo grosero eran despreciables también en el alma porque estaban llenos de la gran inmundicia de la corrupción humana; otros, con el cuerpo rodeado por agudísimas espinas, parecían leprosos en sus almas; pero otros se mostraban con el cuerpo ensangrentado y el alma fétida como cadáver putrefacto. En tanto todos estos recibían el mismo sacramento, unos eran inundados por un resplandor como de fuego, pero otros eran ensombrecidos como por una oscura nube. Cuando finalizó la celebración de estos misterios y mientras el sacerdote se retiraba del altar, la claridad arriba mencionada que viniendo del cielo, como se dijo, había rodeado todo el altar con su fulgor, fue elevada hacia los lugares secretos del Cielo.” [5]

1.3. Ilustración

Consiste en dos pinturas, más altas que anchas, divididas en dos por una línea horizontal. En la mitad superior de la primera está Cristo en la Cruz y la Iglesia, con figura de mujer coronada, a su lado, con una copa en sus manos. En el lado derecho superior la mano derecha del padre Celestial sostiene una filacteria donde anuncia las bodas de Cristo con la humanidad a través de la Iglesia [6] . La sangre de Cristo, que mana de Su costado abierto, cae en la cabeza de la Iglesia y en el cáliz que sostiene. Bajo la línea divisoria el misterio de la Eucaristía se hace presente por un fuego que fluye desde el pie de la cruz sobre el altar. La Iglesia se arrodilla en oración al costado del ara, sus manos señalando el cáliz que contiene su “dote”, y al mismo tiempo que eleva sus ojos hacia el Esposo sacrificado, en la parte superior de la pintura, mira al Padre con agradecimiento por la dote del cuerpo y sangre de Su Hijo. Sobre Ella y el Altar, a los costados del fuego que fluye, hay cuatro medallones que muestran el Nacimiento de Cristo, Su Sepultura, la Resurrección y Ascensión a los cielos del Salvador. Los medallones aparecen después de la Consagración, porque recién entonces Cristo está allí realmente presente. En la parte superior de la segunda pintura, un sacerdote revestido está celebrando Misa en presencia de los ángeles. En la parte inferior hay cinco grupos de personas que se acercan a comulgar. Cada grupo es de color diferente; son figuras bidimensionales y en movimiento.

2.- EXPLICACIÓN DE LA VISIÓN [7]
2.1. Desarrollo de la Teología eucarística de Hildegarda de Bingen

“Y nuevamente oí una voz que desde el alto cielo me decía” [8] : Así comienza Hildegarda a ver y oír la explicación de la visión, donde desarrolla su teología de la Eucaristía, con profundidad, fidelidad a las Sagradas Escrituras y al Magisterio de la Iglesia, y a la vez, con una profusa cantidad de imágenes, vívidas, llenas de movimiento, color y plasticidad, que la hacen tan original y didáctica.

La Iglesia permanecía en los secretos del corazón del Padre celestial, y su misterio se revela visiblemente cuando la sangre del costado de Cristo llena de ardor [9] , elevándose como “el olor de los buenos aromas se difunde hacia lo alto” [10] , inundando a aquella imagen de mujer llena de luz [11] que es la Iglesia. Hildegarda habla de la dote que Dios Padre le entrega a la Iglesia para su boda con el Cordero. Esta dote es la sangre y el agua que brotaron del costado abierto de Cristo, signos de los Sacramentos, especialmente del Bautismo y la Eucaristía; a la vez que por esa sangre y agua Cristo entrega a Su Esposa Su mismo Espíritu. La visionaria sitúa el misterio eucarístico en una perspectiva trinitaria, cristológica y eclesial. En la parte superior de la primera pintura Dios Padre muestra una filacteria que dice: “Sea ésta, oh Hijo, Tu esposa para la restauración de Mi pueblo, sea ella una madre para él, regenerando las almas por la salvación del Espíritu y del agua.” [12] . La Esposa, por voluntad salvífica del Padre, por la sangre del Hijo y en el poder del Espíritu Santo, es además Madre de los fieles. En efecto, explica Hildegarda, “Así como la esposa, sujeta a su esposo en sumisión y obediencia, recibe de él [juntamente] con la alianza de amor el don fecundo en la procreación de los hijos, a los que educa para [que constituyan] su herencia, así también la Iglesia, unida al Hijo de Dios en el servicio de la humildad y la caridad, recibe de Él la regeneración del espíritu y del agua [juntamente] con la salvación de las almas para la restauración de la vida, enviando las almas a los cielos” [13] . La Iglesia, prosigue explicando la visionaria, mientras señala el don de la Eucaristía, mira con gratitud y adoración al Padre junto a los ciudadanos celestes, puesto que Él con el mismo poder con el que ha creado toda creatura y el universo entero, derrama su luz sobre las ofrendas, y en el secreto del cielo, las convierte en el cuerpo y sangre de Cristo. “Verdaderamente te digo que Yo estoy allí presente en Mi calor ardiente, y perfecciono el sacramento con la plenitud de Mi deseo. ¿Cómo? Porque en el cumplimiento del mismo misterio expando sobre la ofrenda Mi ardiente caridad” [14] . En otro lugar, para explicar el significado de la potente luz que cae sobre las ofrendas en el momento de la consagración, acude la abadesa de Bingen a una hermosa imagen. El Padre Eterno cubre con Sus alas de amor las ofrendas, y bajo el calor vital de ese amor, las convierte en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo [15] . Hildegarda continúa escuchando a Dios que dice: “Cuando la oblación de pan y vino ha sido ofrecida sobre el altar dedicado a Mi Nombre en memoria de Mi Hijo, Yo el Todopoderoso, iluminándola milagrosamente con Mi poder y con Mi gloria, la transformo en el cuerpo y la sangre de Mi Unigénito. ¿Cómo? Por el mismo milagro por el cual Mi Hijo recibió un cuerpo de la Virgen, por ese mismo milagro también esta ofrenda se convierte en Su cuerpo y Su sangre en la consagración” [16] . Más adelante Hildegarda explica: “Pero allí el pan y el vino se muestran de manera visible a los ojos exteriores, mas interiormente la santidad del cuerpo y la sangre de Mi Hijo permanece invisible. ¿Cómo? Cuando Mi Hijo estaba en el mundo junto a los hombres, también estaba conmigo en el cielo; y ahora, permaneciendo en el cielo junto a Mí, también permanece con los hombres en la tierra. Pero esto [esta presencia] es espiritual y no carnal” [17] . La clara e intensa luz que desciende desde el cielo, como lo vemos en la pintura, arranca desde el pie de la cruz hacia el altar, permaneciendo durante la celebración eucarística. Pero, después del “Santo, Santo, Santo” en que comienza el misterio de la transformación, dice Hildegarda que esta luz ígnea centellea con mayor fulgor disipando toda tiniebla, y es como la respiración de Dios que asume las ofrendas hacia el Cielo y luego exhala su aliento, depositando las ofrendas sobre el Altar, una vez operado el misterio de la transformación [18] . Luego la visionaria nos regala una nueva y plástica imagen de este gran milagro de la transustanciación [19] , relacionando la Eucaristía con la Omnipotencia creadora de Dios: “Porque así como el orfebre, fundiendo su oro en el fuego primero lo une, y luego divide lo que ha unido, así también Yo, el Padre, glorifico la carne y la sangre de Mi Hijo por la santificación del Espíritu Santo en la ofrenda, y ya glorificado lo distribuyo a los hombres fieles para su salvación” [20] . “La Esposa de Mi Hijo, continúa la visión, presenta la ofrenda de pan y de vino sobre Mi altar con piadosísimo propósito. ¿Cómo? Ciertamente, advirtiéndome con fiel memoria a través de la mano del sacerdote, para que en la misma ofrenda entregue Yo la carne y la sangre de Mi Hijo. ¿Cómo? Porque los sufrimientos de Mi Unigénito están siempre presentes en los recónditos lugares celestiales, y por esto la ofrenda se une a Mi Hijo en Mi calor ardiente, de una manera tan admirable que con certísima verdad se convierte en Su carne y Su sangre, por lo que la Iglesia misma es fortalecida con este felicísimo vigor” [21] . Así el sacrificio pascual se hace verdaderamente presente en la Eucaristía, y de esta manera permite a la Iglesia como Madre, engendrar y alimentar a sus hijos [22] .

Hildegarda une por un lado el poder transformador de Dios con Su poder creador, como ya hemos visto, y a la vez con Su omnipresencia en todo lo creado. La visionaria de Bingen nos dice: “Así también Yo, el Padre, estoy presente [y asisto] a toda creatura y no me aparto de ninguna como te apartas tú, oh hombre, como sucede cuando ves en el agua tu rostro que aparece en ella, sin que [en virtud de ese reflejo] puedas actuar en ella eficazmente; y cuando te apartas del agua, ya no eres más visible en ella. Pero Yo no me aparezco a la creatura con semejante volubilidad, sino que estoy con ella con verdadera presencia y no aparto de ella Mi poder, sino que ejerzo en la creatura la fuerza de Mi voluntad según Me place. Por lo que también en el sacramento del cuerpo y la sangre de Mi Hijo muestro verdaderamente Mi majestad, operando allí Mis prodigios, desde el inicio de las secretas palabras del sacerdote hasta el momento en que el misterio es recibido por el pueblo” [23] .

Más adelante Hildegarda nos hace saber que el poder de Dios hace presente a Cristo realmente en la Eucaristía en los misterios de la Encarnación, Pasión, Sepultura, Resurrección y Ascensión de Cristo. Se trata de los misterios invocados en el Canon de la Misa, después de la Institución [24] . Hugh Feiss opina que por razones estéticas en la pintura sólo aparecen cuatro medallones con las escenas aludidas, pero que la quinta sería la Pasión que está en el centro de la pintura en la parte superior [25] . “Pues en la consagración de dicha ofrenda –continúa la profetisa– aparece lo que Mi Hijo padeció físicamente en Su carne por la redención del hombre, y no quiero ocultarlo, porque Yo elevo a Sus elegidos a los cielos, ya que a través de ellos Su cuerpo recibe perfección y acabamiento en Sus miembros predilectos” [26] . Hay que reparar que antes de la comunión el brillo resplandeciente que bajó de los cielos se recoge, y a la vez se oye una voz desde lo alto que invita a los creyentes a comer la carne y la sangre del Salvador, para ser purificados de las culpas y poder recibir la justa herencia perdida por el pecado. En la Eucaristía, entonces, los fieles tienen un anticipo de la herencia, recuperada por la sangre de Cristo [27] . Así Nuestro Salvador, que padeció y se entregó Él mismo, haciendo la voluntad del Padre, por los pecadores, ahora quiere entregarse a los hombres como comida de salvación. Comulgan el sacerdote y también el pueblo. Los que reciben dignamente la comunión son bañados por una luz resplandeciente y son revividos, como dice la visión: “Entonces Yo, Quien soy la luz indeficiente, ilumino con Mi santidad el lugar de la consagración, en honor del cuerpo y la sangre de Mi Unigénito” [28] . El que no está en condiciones de recibir el sacramento dignamente, con anterioridad deberá recurrir a la Confesión y a la Penitencia [29] .

Hildegarda distingue cinco grupos de personas según el estado en que se acercan a recibir la comunión. En la segunda pintura, en su parte inferior se encuentran estos cinco tipos de hombres según su disposición [30] . Los primeros presentan cuerpo luminoso y un alma tan ardiente por el ardor del amor y de la fe, que transmite al cuerpo su brillo, y miran hacia la resurrección [31] . Otros tienen un cuerpo pálido y sombra en el alma. Su fe y su amor son débiles y no entienden lo que reciben en la Eucaristía, o dudan de ella [32] . Los del tercer tipo son hombres groseros en su cuerpo y de alma sórdida, no son castos en la carne y comulgan con pecados graves [33] . Se encuentran en cuarto lugar aquellos cuyo cuerpo está recubierto con espinas duras y afiladas y tienen lepra en el alma. Sus corazones están llenos de cólera, odio y envidia, e infligen ofensas a los demás hombres. Por último, están aquellos sangrientos en el cuerpo y el alma como un cadáver putrefacto, y con sus sangrientas manos producen divisiones y enfrentamientos. Después de cada caracterización, Hildegarda ve la misericordia de Dios que perdona siempre al que se arrepiente y se confiesa [34] . Por el contrario, al que reciba el sacramento con pecado, Dios le dirá: “Oh [creatura] miserable e ingrata en extremo, ¿cómo te atreves a arrojar en un foso de tan grande miseria a tu Señor, a Quien los ciudadanos del cielo desean contemplar siempre? Por eso serás probado con amarga penitencia en el cuerpo y en el alma, de manera tal que si no hubieras expiado tu culpa, serás hallado en ella tras la resurrección de los muertos” [35] . Por el contrario, aquellos que reciban el sacramento dignamente, serán renovados y vivificados por el Espíritu, que los conducirá a los Cielos. ¿Cómo es esto posible? –se pregunta Hildegarda–. La visión manifiesta que Dios no quiso usar la fuerza de su poder para vencer al mal y al demonio, sino por el contrario, Dios Padre entregó a Su Hijo [36] para vencer al demonio, quien mentiroso y engañador intentó ofender al Anciano de los Tiempos, el que es anterior al transcurrir de los días y las horas [37] . Así Dios no quiso demostrar Su poderío, sino que se humilló haciéndose hombre para salvarnos, y desde la cruz nos dio a la Iglesia, que, siguiendo Su ejemplo, ofrece junto al cuerpo y la sangre de su Salvador, sus propios sufrimientos y dolores en “humildísima obediencia” [38] . Hildegarda pone permanentemente en el centro de su teología eclesial-eucarística la comparación con la Encarnación del Verbo en el seno inmaculado de la Virgen María. Así Ella en su humildad y pureza prefigura la humildad y pureza de Cristo y de su Esposa, la Iglesia. En obediencia y humildad se entrega el Hijo al Padre en la Encarnación y Pasión, y ahora prolonga en la Eucaristía la entrega en la humildad de las apariencias del pan y vino, bajo las cuales se oculta y quiere darse a las almas fieles. A la vez, también en obediente humildad, la Esposa se ofrece a sí misma al Padre, al ofrecer el pan y el vino consagrados en la Eucaristía. La Eucaristía es entonces sacrificio de Cristo y de la Iglesia. (Continúa)


NOTAS:

[1] Se trabaja la versión española, pero en las citas textuales se toma en cuenta el texto de Hildegardis Scivias. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B.. Turnhout: Brepols, 1978. (Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis, 43-43a). Traducción de A.A. Fraboschi (version no publicada). Agradezco a Hugh Feiss, O.S.B. quien con su artículo “Hildegard’s Visions of The Eucharist” (The American Benedictine Review. 1998; 49 (2): 165-94), me ha inspirado el esquema a seguir en esta ponencia, y también por sus acertadas interpretaciones y valiosos comentarios. (vuelve al texto)

[2] Et iterum audiui uocem de caelo mihi dicentem: 'Dic ergo mirabilia haec et scribe ea hoc modo edocta et dic'. (Scivias, Prólogo). Véase Scivias II. 1. visión. (vuelve al texto)

[3] Juan Pablo II. Ecclesia de Eucharistia (La Iglesia vive de la Eucaristía). Buenos Aires: Conferencia Episcopal Argentina, abril 2003, § 5. (vuelve al texto)

[4] Idem. Véase § 6. (vuelve al texto)

[5] ET POST HAEC uidi cum Filius Dei in cruce pependit quod praedicta muliebris imago uelut lucidus splendor ex antiquo consilio propere progrediens per diuinam potentiam ad ipsum adducta est, et sanguine qui de latere eius fluxit se sursum eleuante perfusa ipsi per uoluntatem superni Patris felici desponsatione associata est atque carne et sanguine eius nobiliter dotata. Et audiui uocem de caelo illi dicentem: 'Haec, Fili, sit tibi sponsa in restaurationem populi mei, cui ipsa mater sit, animas per saluationem spiritus et aquae regenerans'. Et cum eadem imago iam hoc modo in uiribus suis proficeret, uidi quasi quoddam altare ad quod ipsa frequenter accedebat et ibi dotem suam deuote reuisens, eam superno Patri et angelis eius humiliter ostendebat. Vnde etiam cum sacerdos sacris uestibus indutus ad celebranda diuina sacramenta ad idem altare accederet, uidi quod subito magna serenitas lucis cum obsequio angelorum de caelo ueniens totum illud altare circumfulsit, et ibi tamdiu permansit quousque post completionem eiusdem sacramenti idem sacerdos ab altari secederet. Sed et ibi euangelio pacis recitato et oblatione quae consecranda erat altari superposita, cum idem sacerdos laudem omnipotentis Dei quod est sanctus sanctus sanctus Dominus Deus Sabaoth decantaret et sic mysteria eorundem sacramentorum inchoaret, repente ignea coruscatio inaestimabilis claritatis aperto caelo super eandem oblationem descendit et eam totam sua claritate ita perfudit ut sol rem illam illustrat quam radiis suis transfigit. Et dum eam hoc modo irradiaret, sursum eam ad secreta caeli inuisibiliter sustulit et iterum eam deorsum super idem altare remisit, uelut homo halitum suum introrsum trahit et iterum eum extrorsum emittit, ita eam ueram carnem et uerum sanguinem effectam, quamuis in conspectu hominum uelut panis et uelut uinum apparerent. Cum que haec aspicerem, statim etiam signa natiuitatis, passionis et sepulturae necnon resurrectionis et ascensionis saluatoris nostri Vnigeniti Dei uelut in speculo apparuerunt, quomodo etiam cum idem Filius Dei in saeculo esset in ipso patrata sunt. Sed dum idem sacerdos canticum innocentis agni quod est agne Dei qui tollis peccata mundi decantaret et ad percipiendum sanctam communionem se exhiberet, praedicta ignea coruscatio ad caelestia se recepit et ita clauso caelo audiui uocem ex eo dicentem: 'Manducate et bibite corpus et sanguinem Filii mei ad abolendum praeuaricationem Euae, quatenus in rectam hereditatem restauremini'. Et dum etiam ceteri homines ad percipiendum idem sacramentum ad sacerdotem accederent, quinque modos in eis considerabam. Nam alii in corpore lucidi et in anima ignei erant, alii autem in corpore pallidi et in anima tenebrosi uidebantur; quidam uero in corpore hirsuti et in anima multam immunditiam humanae pollutionis perfusi sordebant, quidam autem in corpore acutissimis spinis circumdabantur et in anima leprosi apparebant, alii uero in corpore sanguinei et in anima uelut putridum cadauer foetidi uidebantur. Sed ex his omnibus dum quidam eadem sacramenta perciperent, alii uelut igneo splendore perfundebantur, alii uero uelut obscura nube obtenebrabantur. Post completionem autem eorundem sacramentorum dum sacerdos ab altari recederet, praedicta serenitas quae de caelo ueniens totum illud altare, ut supra dictum est, circumfulserat, sursum ad superna secreta subtracta est. (vuelve al texto)

[6] “La Esposa de Mi Hijo presenta la ofrenda de pan y de vino sobre Mi altar con piadosísimo propósito. ¿Cómo? Ciertamente, advirtiéndome con fiel memoria a través de la mano del sacerdote, para que en la misma ofrenda entregue Yo la carne y la sangre de Mi Hijo” (Sponsa Filii mei oblationem panis et uini super altare meum deuotissima intentione offert. Quomodo? Videlicet per manum sacerdotis fideli recordatione monens me, ut in eadem oblatione carnem et sanguinem Filii mei ipsi ita tradam. Scivias, II. 6, 11). (vuelve al texto)

[7] Siguiendo el esquema propuesto por Hugh Feiss en el art. cit., tenemos:  § 1-5: hablan de la Iglesia y el Misterio pascual; § 6-7; 10-20; 51-57 tratan de la celebración eucarística y de la recepción de la comunión; § 8-9; 21-35; 41-46: explican los elementos sagrados del pan, vino y agua; § 38: se ocupa del horario de la celebración; § 39: prescribe el ayuno requerido para comulgar; § 34 y 40: muestran los efectos de la Eucaristía; § 61-102 en general se trata de la correcta celebración por parte del sacerdote y la participación del pueblo en la Eucaristía; § 60: explica la elección y unción del sacerdote; § 61-73: tratan de la castidad requerida a los sacerdotes; § 74-76: mencionan otros requisitos como madurez, salud física, sexo masculino;  § 92: sobre la pobreza sacerdotal; § 93: exhorta a enseñar y advertir al pueblo en vistas al sacramento de la Confesión; § 94-95: tratan sobre los sacerdotes que no enseñan ni por la palabra ni por el ejemplo; § 77-81: contienen temas varios acerca de la castidad, la confesión, sobre el atar y desatar , la excomunión;  § 82-88: sobre la confesión de los pecados y el caso de la confesión de un moribundo; § 88-91: explicitan el modo de dar limosna;  § 96-101: se ocupan en especial del atar y desatar de los sacerdotes en distintos casos y de la excomunión; § 102: Epílogo: narra como Cristo nació sin pecado y venció el pecado. (vuelve al texto)

[8] Et iterum audiui uocem de supernis caelorum dicentem mihi. (vuelve al texto)

[9] Desde la eternidad Dios había previsto la Iglesia y sus sacramentos, para la salvación de los hombres. Llena de ardor, es decir de “fuerza”, de “vida”. La visión define al Hijo de Dios como “la Vida”; más adelante dice: “porque también en la misma efusión de esta preciosa sangre [la Iglesia] se acrecentó en una gran muchedumbre de pueblos” (quia etiam in eadem effusione huius pretiosi sanguinis in magna multitudine populorum augmentum accepit. Scivias II, 6, 6). También alude a la presencia del Espíritu Santo. Véase Scivias III. 8, 8. (vuelve al texto)

[10] quemadmodum odor bonorum aromatum se alte diffundit (Scivias II, 6, 1). En Scivias, II. 6, 3 esta imagen del aroma es completada  –refiriéndose a Cristo, cabeza de la Iglesia– con el “sabor”, ya que “como también la Encarnación de Su Hijo destilaba un suavísimo gusto con gran dulzura” (sicut etiam incarnatio Filii eius suauissimum gustum in multa dulcedine stillabat). Se destaca aquí la valoración que hace Hildegarda de los sentidos en  orden al perfeccionamiento espiritual del hombre en su integridad. (vuelve al texto)

[11] En Scivias II. 3, la Iglesia es vista por Hildegarda como una mujer coronada con una maravillosa diadema. En esta visión sexta la imagen es la misma mujer coronada y hermosamente engalanada. (vuelve al texto)

[12] Véase Scivias II. 6, en la visión. No es nueva la imagen de “sponsa” empleada para simbolizar a la Iglesia. Ya el Apocalipsis presenta la “Ciudad santa, la nueva Jerusalén” como una mujer que desciende del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo. (Ap. 21, 2). Las palabras de Isaías (61, 10) “Yo me gozaré en Yahvéh, y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salud y me envolvió en  manto de justicia” y su lectura el día de la Inmaculada muestra que la Liturgia también lo aplica a María, haciendo alusión al Magnificat (Lc., 1, 47), aunque el texto original del profeta se refiere a la Iglesia. En el Cantar de los Cantares, texto tan tenido en cuenta por los monjes medievales y por Hildegarda en especial, presenta la unión de Dios con Israel con una figura nupcial. Y en la esposa los sacramentos son la dote, el tesoro que la va revistiendo de santidad. Por eso, así engalanada, lo que ahora la Iglesia-Esposa le devuelve al Padre y al Hijo son sus propios dones. Véase Alcalá-Galvé, A. La Iglesia. Madrid: BAC, 1963, p. 209-210. En la fiesta de la Asunción de María el Salmo que se reza dice: Una hija de reyes está de pie a tu derecha: es la reina, adornada con tus joyas y con oro de Ofir. (Salmo 44, 10). Como se ve la Iglesia ve también a la mujer que está a la derecha de Cristo, como representando a la Virgen María. (vuelve al texto)

[13] Vt sponsa sponso suo in subiectionis et oboeditionis obsequio subiecta fertilem donationem cum foederis amore ab eo in procreatione filiorum accipiens eos ad hereditatem suam educat, ita etiam ecclesia Filio Dei in humilitatis et caritatis officio coniuncta regenerationem spiritus et aquae cum saluatione animarum ab eo ad restaurationem uitae suscipiens eas ad superna transmittit (Scivias II, 6,1). Véase Scivias II. 6, 35. S. Thomae Aquinatis. Summa Theol. III, q. 62, a. 5: “Los Sacramentos de la Iglesia reciben su virtud especialmente de la pasión de Cristo [...]. Esto significan el agua y la sangre que manaron del costado de Cristo pendiente de la cruz; el agua significa el Bautismo, y la sangre la Eucaristía [...]”. (vuelve al texto)

[14] Amen tibi dico, quoniam in ardente calore meo ibi adsum et pleno desiderio idem sacramentum perficio. Quomodo? Quoniam in effectu eiusdem mysterii ardentem caritatem super eandem oblationem expando (Scivias II. 6, 36). (vuelve al texto)

[15] Scivias II. 6,36: “Cuando el pájaro ve que ha puesto un huevo en su nido, vivamente vuela sobre él y manteniéndolo tibio con su calor hace salir del cascarón a su polluelo, de manera tal que la cáscara del huevo queda y el pollito emprende el vuelo” (Cum ales ouum sibi in nidum suum poni uiderit, ardenter super illud uolat et calore suo illud fouens pullum educit, ita quod testa oui remanet et quod pullus ille euolat). Hildegarda alude con la cáscara a las apariencias de pan y vino; y con el pájaro que vuela, a Cristo que está presente en el pan y vino y no se percibe por los sentidos, y a Su presencia simultánea en el cielo. La figura del pájaro se refiere también a la encarnación. En un antiguo mosaico romano se simboliza a Cristo como un pájaro cautivo, significando los nueve meses que estuvo “cautivo” en el seno virginal de María. Véase Chevalier, J., Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. 6ª ed. Barcelona: Herder, 1999. 1107 p., (v. Ave); Véase Charbonneau-Lassay. El Bestiario de Cristo. Vol. II. Barcelona: Sophia Perennis, 1997. 1001 p., (v. Pájaro). En otra simbología antigua se alude a algunas aves, que al estar a punto de abrirse los huevos, provocan la ruptura derramando sobre ellos su sangre. ¿Podría pensarse en el Redentor, que con la efusión de Su sangre dio vida eterna al género humano? (vuelve al texto)

[16] Ego omnipotens cum oblatio panis et uini super altare nomini meo dedicatum in memoria Filii mei oblata fuerit, eam mirabiliter uirtute et gloria mea illustrans in corpus et sanguinem eiusdem Vnigeniti mei transfundo. Quomodo? Ipso miraculo quo idem Filius meus carnem ex Virgine suscepit, ipso etiam oblatio haec in consecratione ista caro et sanguis eius efficitur. (Scivias II. 6, 36) (vuelve al texto)

[17] Sed panis et uinum ibi exterioribus oculis uisibiliter cernitur, intus autem sanctitas corporis et sanguinis eiusdem Filii mei inuisibiliter manet. Quomodo? Cum Filius meus apud homines esset in mundo, apud me etiam erat in caelo, et nunc apud me manens in caelo, apud homines etiam manet in terra. Sed hoc spiritale et non carnale est. (Scivias II. 6, 36). (vuelve al texto)

[18] Véase Scivias II.6, 11. En el siglo XI, a partir de un Estatuto sinodal de París, se establece que la Hostia debe elevarse, para que sea adorada, después de las palabras de la consagración. Véase GER, Gran Enciclopedia Rialp. Madrid: Rialp, 1981, p. 484. (vuelve al texto)

[19] La palabra transsubstantiatio fue creada por la teología del siglo XII, por el Maestro Rolando [más tarde papa Alejandro III]. Quiere decir que se convierte toda la sustancia mientras permanecen inmutados los accidentes. Véase Ott, L. Manual de Teología Dogmática. Barcelona: Herder, 1969, p. 564. (vuelve al texto)

[20] Quia sicut faber aurum suum per ignem modo liquefaciens unit et modo unitum diuidit, ita etiam et ego Pater carnem et sanguinem Filii mei per sanctificationem Spiritus sancti in oblatione nunc glorifico et nunc glorificatum fidelibus hominibus ad salutem ipsorum distribuo. (Scivias II. 6, 5). Como un Dios-orfebre que ha creado todas las cosas, también con Su poder el Padre transforma las ofrendas en el cuerpo y la sangre de Su Hijo, Lo une a la Iglesia con el “fuego de Su Espíritu” y Lo entrega en comunión. La Iglesia fortificada por la Eucaristía, se une a Cristo y se entrega Ella misma por Él, con Él y en Él, como ofrenda grata al Padre. La acción del Espíritu Santo en la Eucaristía se pone de relieve en la oración  llamada Epíclesis, dirigida al Padre pidiendo que envíe Su Espíritu para operar la consagración. (vuelve al texto)

[21] Sponsa Filii mei oblationem panis et uini super altare meum deuotissima intentione offert. Quomodo? Videlicet per manum sacerdotis fideli recordatione monens me, ut in eadem oblatione carnem et sanguinem Filii mei ipsi ita tradam. Quomodo? Quia passiones eiusdem Vnigeniti mei in caelestibus secretis semper apparent, ideo et eadem oblatio eidem Filio meo in ardente calore meo profundissima admiratione ita coadunatur, ut caro et sanguis eius ueracissima certitudine efficiatur, unde eadem ecclesia felicissima uegetatione roboratur. (Scivias, II. 6, 11). (vuelve al texto)

[22] Hildegarda recalca la intimidad de Cristo y Su Iglesia. Como el esposo cuida, nutre y protege a su esposa y a sus hijos, así Cristo en la Eucaristía se entrega a Sí mismo como comida y bebida para Su Iglesia, quien se convierte en un solo cuerpo y una sola carne con Él. Es la Encarnación de Cristo, tema central en Hildegarda, la que se prolonga en la función maternal de la Iglesia, quien no podrá dar hijos adoptivos al Padre, sin el sacrificio de Cristo en la Eucaristía. Así la Iglesia se encuentra, podríamos decir, “en dolores de parto” cada día en cada Eucaristía. Estas imágenes con que muestra Hildegarda su teología de la Eucaristía nos presentan una Iglesia vívida, operante, fértil y vigorosa. (vuelve al texto)

[23] Sic et ego Pater omni creaturae adsum a nulla abstrahens me uelut tu, homo, ab ea te subtrahis, scilicet ut cum in aquam uides, facies tua quidem in ea apparet, sed tamen ita nullas uires tuas in illa exercere uales et cum te ab ea auertis amplius in illa non appares. Ego autem huiusmodi mutabilitate non appareo creaturae, sed adsum ei ueraci ostensione nec ab ea potestatem meam subtraho, sed in ea fortitudinem uoluntatis meae secundum quod mihi placuerit exerceo. Vnde etiam in sacramento corporis et sanguinis Filii mei maiestatem meam ueraciter demonstro, uidelicet ab initio secretorum uerborum sacerdotis usque dum idem mysterium a populo percipiatur, miracula mea ibi mirabiliter exercens. (Scivias II. 6, 37). Al hacer esta comparación Hildegarda permite reparar en dos aspectos. El primero, la diferencia con la creación humana, pálido reflejo imitativo que supone la divina. En segundo lugar, cuando Dios “participa” mediante la creación el ser a la creatura, no se pierde ni se diluye en el ser creado. Dios por Su poder sostiene el ser creatural fuera de la nada, pero cada ser sustancial tiene realmente su propio ser, distinto del ser divino. Sin embargo, por ser creado, sin la misteriosa presencia de Dios en su seno, caería inmediatamente aniquilado. (vuelve al texto)

[24] Scivias II. 6, 17. En la carta 43 de Hildegarda leemos: “Porque también el nacimiento, la pasión, la sepultura, la resurrección y la ascensión del Hijo del Altísimo Padre aparecen en el sacramento mismo, como el círculo de una moneda muestra a su señor. Y esto hace que las heridas de los hombres –quienes arrastrados en la caída de Adán son pecadores siempre en pecado– sean curadas, lavadas y ungidas en las heridas y en la sangre de Cristo, y queden así transformados en miembros de Cristo: y esto será hasta el último día” (Unde et nativitas, passio, sepultura, resurrectio, ascencioque Filii superni Patris, in eodem sacramento apparent, velut circulus numni dominum suum ostendit: et hoc ideo fit, quia vulnera hominum, qui in praevaricatione Adae involuti in peccatis semper peccantes sunt, in vulneribus et sanguine Christi sanentur, abstergantur et ungantur; et sic membra ipsius efficiantur, et hoc usque ad novissimum diem erit). (vuelve al texto)

[25] Feiss, H., ob. cit., p. 175. En la anamnesis la Iglesia hace memoria de la Pasión, Resurrección y retorno glorioso de Cristo. Véase Catecismo de la Iglesia Católica, §1354. (vuelve al texto)

[26] In consecratione enim praedictae oblationis apparet quidquid Filius meus in carne sua pro redemptione hominis corporaliter passus est, et hoc nolo abscondere quia electos eius sursum ad caelestia traho, quatenus per ipsos corpus eius in praeelectis membris perficiatur. (Scivias II. 6, 18). Aparece otra imagen  de la Iglesia: la de ser “Cuerpo” de Cristo. Hildegarda muestra estas imágenes vivenciales de la Iglesia con un objetivo práctico: que sus oyentes realicen en su vida cristiana la mística unión vital con Cristo, que se encuentren unidos íntima y profundamente con Él como una Esposa con el Esposo. Sus imágenes son para estimular la vida, para no dejar quietos a los que la oyen, para sacar consecuencias morales: ya sea  frente a la desunión entre los mismos fieles; ante la fornicación; ante la participación en ritos paganos o heréticos; ante la apetencia de poder y bienes terrenales, ante el descuido de los deberes propios, etc. Cf. Ef. 5, 23; Col. 1, 18, 24; 1 Cor. 6, 12-20; 10, 14-24; 12, 1-31. Rom. 12, 1-8. (vuelve al texto)

[27] Véase Catecismo §1404-1405. Con palabras cargadas de emoción y vivacidad que nos recuerdan  algunas expresiones de la visión de Hildegarda, se expresa Juan Pablo II: “Deseo una vez más llamar la atención sobre esta verdad [el inestimable don de la Eucaristía para la Iglesia] poniéndome con vosotros, queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio. Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega “hasta el extremo” (Jn. 13, 1), un amor que no conoce medida.” (Ob. cit., § 11). Más adelante caracteriza la Eucaristía con una imagen vívida y en movimiento, al estilo hildegardiano: “La eucaristía es verdaderamente un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino”. (Ibíd., § 19). (vuelve al texto)

[28] Tunc ego, qui indeficiens lumen sum, locum sanctificationis illius ad honorem corporis et sanguinis eiusdem Vnigeniti mei in sanctitate mea irradio (Scivias II. 6, 6). Leemos en Fraboschi, A. Hildegardis Bingensis, Liber Divinorum Operum 1,1 (Stylos. 2002; 11(11): 65, nota 5: “Una de las notas características de las visiones de Hildegarda de Bingen es su insistencia en el tema de la luz: luminosidad, brillo, esplendor, sol, dorado, fuego, espejos, reflejo, refulgencia..., son todos términos que apuntan en la misma dirección. No olvidemos –dice la autora– que en todo momento Hildegarda señala la Luz viviente como fuente y origen de su saber, saber que es revelación. A su acción iluminadora atribuye todo su conocimiento: lux vivens et obscura illuminans, Luz Viviente que ilumina lo que está oscuro [ocultado por las tinieblas], variando la imagen de Juan, 1, 9 (“Yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”) en el reemplazo de “verdadera” por “viviente”. (vuelve al texto)

[29] Véase Ep. XLIII, PL. 0213 C- 0213 D: “Y nuevamente vi que, si el sacerdote carece de la dignidad [propia] de su carácter sagrado a causa de las muchas podredumbres de las cicatrices de sus pecados, pero no le ha sido prohibida [la celebración de la Misa] por la sanción de su superior, el poder del Altísimo obra sus maravillas en la oblación, y todos los que con fe reciben el sacramento de sus manos son iluminados como por un rayo de sol. Pero si aquél [el sacerdote] es justo por la fe y las obras, su alma resplandece más que el radiante fulgor del sol. Mas todos los que por el consejo de la antigua serpiente, por engaños y por discordias negaron en la ofrenda al solo y único Ser –queriendo ser semejantes a Él, y realizar a través de estos sacramentos su voluntad propia– perecerán también juntamente con aquellos [malos sacerdotes], a no ser que corran presurosos a Dios mediante la confesión de los pecados y la penitencia por ellos y con el llanto en la voz le digan: ¡Ay, ay, porque hemos pecado! (Lam. III). Entonces Dios Padre los recibirá, porque ofendieron a Su Hijo por ignorancia” (Et iterum vidi: Quod si etiam sacerdos propter multas putredines cicatricum peccatorum suorum dignitate sanctitatis caret; si tamen per ligaturam superioris magistri ligatus non est, virtus Altissimi miracula sua in eadem oblatione operatur: et omnes qui idem sacramentum de manus ejus fideliter accipiunt, quasi radio solis illuminantur. Si autem ille fide et opere justus est, anima ipsius super radiantem fulgorem solis illustratur. Sed omnes qui per consilium antiqui serpentis, illusiones et schismata in hac unum esse negaverunt, cum similes illi esse voluerunt; et ita homines isti proprietatem voluntatis suae, per sacramenta haec perficere volunt: quapropter etiam una cum illis pereunt, nisi per confessionem peccatorum , et per poenitentiam eorum, ac per lacrymabilem vocem ad Deum currant, dicentes: Ah! ah! quia peccavimus (Thren. III). Tunc Deus Pater suscipit eos, qui Filium suum ignorantes vulneraverunt). A lo largo de toda la glosa, Hildegarda hace notar la existencia de la libertad humana que se puede resistir a la gracia y pecar; pero Dios  lleno de misericordia está siempre dispuesto a perdonar por el Sacramento de la Confesión, a quienes se arrepientan. Véase Scivias, III. 8, 8. Elegir el bien y seguir los mandatos de Dios son para Hildegarda, un crecimiento en la libertad y en la vida verdaderas. Ibídem. (vuelve al texto)

[30] Scivias II. 6, 51. (vuelve al texto)

[31] Scivias II. 6, 52. (vuelve al texto)

[32] Scivias II. 6, 53. (vuelve al texto)

[33] Scivias II. 6, 54. (vuelve al texto)

[34] Scivias II. 6, 57. (vuelve al texto)

[35] 'O miserrime et amarissime, quomodo audebas in lacum tantae miseriae Dominum tuum mittere, quem semper desiderant caelestes ciues inspicere? Vnde amara paenitentia in corpore et in anima tua examinaberis, ita ut si reatum tuum non correxeris, post resurrectionem mortuorum correptio ista in te inueniatur'. (Scivias II. 6, 58). (vuelve al texto)

[36] Scivias II. 6, 2. Para explicar esto, la monja benedictina compara a Dios frente al demonio, con dos luchadores, uno de ellos más fuerte que el otro. “Como si hubiera dos luchadores y uno superara al otro por su fuerza; ciertamente el más fuerte demostraría al más débil su mayor capacidad en las contiendas, ya que lo sometería dejándolo confuso, y no querría cederle en nada. Pero Dios no lo hizo así, porque resistió la obra de la iniquidad con Su bondad suprema, es decir, enviando a Su Hijo al mundo” (Velut si duo pugnatores essent et alter alterum fortioribus uiribus praeiret, certe fortior ille maiores pugnas in sua possibilitate illi infirmiori demonstraret, quatenus confusum illum sibi subiceret, nec in aliquo illi cedere uellet. Sed ita Deus non fecit, quoniam operi iniquitatis per summam bonitatem restitit, uidelicet Filium suum mittens in mundum). (vuelve al texto)

[37] “Querían humillar al Anciano de los días, Quien era anterior al tiempo de los días y de las horas, y pretendían darle como compañera a la antigua serpiente, quien no existió antes del tiempo de los tiempos” (Antiquum dierum qui ante tempus dierum et horarum erat opprimere uolebant, et antiquum serpentem qui ante tempus temporum non fuit illi consortem facere inhiabant. Scivias II. 6, 3). El texto parece que se refiere a Dios en cuanto principio creador, dueño y señor del tiempo y anterior a todo tiempo, ya que Él es el creador del tiempo junto con las criaturas. En efecto, antes de la creación no existía el tiempo como nosotros lo conocemos; en Dios sólo hay eternidad. Los que siguen al demonio y sus obras –dice Hildegarda en este lugar– “viven en el tiempo de los días y las horas”. Creemos que Hildegarda considera el tiempo humano no sólo como chronos [tiempo cósmico] sino también como kairós [tiempo oportuno, plenitud de los tiempos], como “la hora” donde irrumpe la misma eternidad. En cada Eucaristía, está realmente presente Cristo con Su pasión y muerte fortaleciendo y alimentando a la Iglesia: “Porque los sufrimientos de Mi Unigénito –explica Dios a Hildegarda–  están siempre presentes en los recónditos lugares celestiales, y por esto la ofrenda se une a Mi Hijo en Mi calor ardiente, de una manera tan admirable que con certísima verdad se convierte en Su carne y Su sangre, por lo que la Iglesia misma es fortalecida con este felicísimo vigor” (Quia passiones eiusdem Vnigeniti mei in caelestibus secretis semper apparent, ideo et eadem oblatio eidem Filio meo in ardente calore meo profundissima admiratione ita coadunatur, ut caro et sanguis eius ueracissima certitudine efficiatur, unde eadem ecclesia felicissima uegetatione roboratur. Scivias II. 6, 11). Estos Misterios están eternamente presentes en Dios, en el antes, en el después y en el ahora, que venciendo al “chronos” inserta la eternidad de Dios con la presencia de los misterios pascuales en el altar, que cumpliéndose en el tiempo, lo trascienden. Por eso el fulgor baja del cielo y aparecen los medallones recordatorios.  Se actualiza la “hora” salvadora de Cristo en el “ahora” de la historia. (vuelve al texto)

[38] in subiectione humillimae oboeditionis (Scivias II. 6, 4). La “humilde obediencia” de la Iglesia es signo de la actitud con la que María, la Virgen, pronunció su “Fiat” ante las palabras del Ángel, que le anunció que el Padre la cubriría con Su sombra y por virtud del Espíritu Santo concebiría un Hijo, sin intervención alguna de varón. Véase Ep. XLIII, 0212D- 0213B: “Y el ángel anunció la vestidura de la santa Encarnación a la candorosa sencillez de la Virgen (Luc. 1), en quien halló el fundamento de la humildad como Dios lo había puesto; porque se llamó a sí misma la esclava del Señor cuando el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra. (ibíd.) Pues el Espíritu Santo, que supera todo humano conocimiento, la visitó infundiéndose en ella de una manera diferente, que jamás conoció mujer alguna al engendrar. Y el poder del Altísimo la cubrió con Su sombra, porque con su calor la atrajo y tranquilizó de tal manera, que en Su dulcísima sombra ahuyentó de ella por entero todo ardor de pecado, como el hombre por el calor del sol estival busca la sombra. Y así el mismo poder del Altísimo, que se hizo carne en el vientre de la Virgen, a las palabras del sacerdote convierte la ofrenda de pan y vino [que está] sobre el altar en el sacramento de la carne y de la sangre, calentándolo [y animándolo] con Su poder” (Et ipsa indumenta sanctae Incarnationis angelus simplicitati Virginis nuntiavit (Luc. 1) , in qua fundamentum humilitatis invenit, sicut Deus illud posuit, quia anquillam Domini se nominavit, ubi idem ángelus ad eam dixit: Spiritus sanctus superveniet in te, et virtus Altissimi obumbrabit tibi (ibid). Nam Spiritus sanctus omni humanae scientiae superexcellentius eam visitavit, alio scilicet modo se illi infundens, quam nunquam ulli feminae in pariendo infunderetur. et virtus Altissimi illam obumbravit, quoniam in calore suo ipsam ita delinivit, ut ei omnem fervorem peccati in dulcissima obumbrationi sua ex toto abstergeret, velut homo propter aestum solis umbram quaerit. Itaque eadem virtus Altissimi, quae in utero Virginis carnem operata est, super altare ad verba sacerdotis oblationem panis et vini in sacramentum carnis et sanguinis convertit,virtute sua illud fovens).  Concibe Hildegarda el útero-altar de la Virgen como un horno donde se consolida la carne y la sangre de Cristo por la acción del fuego del amor divino que purifica y acrisola. (vuelve al texto)

 

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