|
|
|
En la segunda mitad del siglo X hay noticias en la Europa oriental de unos herejes, los bogomilos[1], quienes tienen un planteo abiertamente dualista, atribuyendo “la creación de este bajo mundo impregnado de mal no a Dios Padre, sino a uno de sus ángeles rebeldes: Lucifer.”[2] Durante el siglo XI comienzan a extenderse por Europa, y no tardan en asentarse, bajo otras denominaciones, en el Languedoc y en el centro de Alemania y la Renania principalmente. En el siglo XII encontramos ya instalados a los cátaros, y a los poderes religiosos y políticos dedicados a combatirlos, esto es, neutralizarlos y exterminarlos. San Bernardo de Claraval será uno de sus más acérrimos enemigos. Sin embargo, sus prédicas no serán suficientes, porque se ha establecido una tácita alianza entre algunos señores nobles y las iglesias cátaras, que en la segunda mitad del siglo cobran mayor organicidad. Así, en 1167, en el castrum[3] de Saint-Felix del Lauragais y por iniciativa de la iglesia de Tolosa, tuvo lugar una asamblea pública general de las iglesias de Europa, presidida por el obispo bogomilo Nicetas de Constantinopla, en la que se designaron nuevos obispos. Pero ya en 1163 un religioso de la Renania, Eckbert de Schönau, daba noticia de comunidades –en Bonn y en Maguncia– gobernadas por un obispo o archicátaro[4]. Según Anne Brenon, la prédica de San Bernardo, fogoso orador, no tuvo éxito en las regiones de Albi y de Tolosa por la actitud anticlerical de la nobleza, actitud influida por motivos de orden económico y político. En efecto, esa nobleza menor usufructuaba desde tiempo atrás los diezmos de campesinos y artesanos, que en lugar de ir a parar a la Iglesia iban a engrosar las arcas de sus señores; además, temían la influencia creciente de los prelados y las abadías, que veían como una amenaza para sus propios juegos de poder. Apoyar a los cátaros significaba poner un límite a la Iglesia, y estos herejes no ostentaban grandes posesiones ni exigían tributo alguno, sino que trabajaban y vivían en las ciudades, en medio de la gente del pueblo. También las mujeres, que se veían con un lugar a ocupar en estas iglesias, prestaron su apoyo a los herejes. Los cátaros se presentaban a sí mismos como fieles cumplidores de los preceptos evangélicos, no comían carne y vivían del trabajo de sus manos; atendían pobres y enfermos, viajeros, y cualquier necesidad encontraba eco en ellos. Sus comunidades estaban regidas por un consejo presidido por un obispo y sus dos coadjutores: el Hijo mayor y el Hijo menor, con derecho a la sucesión. Contaban con predicadores muy versados en las Sagradas Escrituras, que citaban en lengua románica. Entre sus doctrinas podemos mencionar el dualismo que oponía a un Dios bondadoso y creador del mundo espiritual, de los ángeles y de las almas, otro ser todopoderoso y violento, creador del mal y de la materia, en la que se verifica todo mal. El Dios bueno era el del Nuevo Testamento, e implicaba el rechazo del Antiguo Testamento con su Yavhé o Jehová. Las almas de los hombres no eran para ellos otra cosa que ángeles prisioneros en la cárcel del cuerpo y del mundo material por obra del demonio, y a la espera de su salvación por Cristo. Llegaron a decir que el único infierno era este mundo visible y material[5] y prometieron la salvación universal, que se verificaría al tiempo de la destrucción de este mundo, esto es, del infierno, después de la cual sólo habría cielo. No creían en el libre albedrío, al que tenían por un engaño diabólico, y tampoco aceptaban la doctrina del pecado original. Su rechazo de la materia y del cuerpo los llevó a afirmar, prácticamente, la inevitabilidad del mal, que no se debía a una acción voluntaria sino a la naturaleza corporal del hombre; la vida era entonces una lucha (la práctica ascética) para liberarse del cuerpo y poder acceder a la vida según el espíritu. La diferencia más grave con respecto a la Iglesia Católica era la concepción cátara de Cristo, a Quien interpretaban como el Hijo de Dios o bien como un enviado Suyo cuya aparición en cuerpo humano era sólo una apariencia. Dos argumentos daban en pro de esta afirmación: uno, que mal podía el Verbo divino haberse encarnado en un cuerpo humano, cuando toda carne es obra del demonio y está sujeta a él; otro, que el Padre no había enviado a Su Hijo al mundo con la misión de morir en la cruz, sino como mensajero para anunciar la buena nueva de la salvación por el amor del Padre y el sacramento de la consolación por el Espíritu[6]. Este rechazo de la realidad de la naturaleza humana de Cristo, o bien de la presencia de Su persona divina encarnada, llevó a la negación del sacramento de la Eucaristía ya que, en uno y otro caso, la transubstanciación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús perdían sentido, y con ello el sacramento dejaba de existir. A lo largo de su vida Hildegarda de Bingen, tan lúcidamente enamorada de la Iglesia y con tal fortaleza que pudo amarla a pesar de los hombres de la Iglesia, debió señalar y combatir los errores de los cátaros, y lo hizo tanto a través de sus obras cuanto en sus predicaciones, de las que ha quedado testimonio escrito en algunas de sus cartas. En sus textos advertimos, por una parte, una fuerte y clara denuncia de la inconducta del clero católico, inconducta que facilitaba la seducción del pueblo a partir de la evangélica presentación que de sí mismos hacían los cátaros; y por otra parte la abadesa expone y esclarece, con su peculiar estilo, los principales puntos doctrinales atacados por la herejía. Precisamente, y a propósito de la obra que será presentada esta tarde, nos dice Ulrick Wiethaus en un trabajo que titula “Cathar Influences in Hildegard of Bingen’s Play Ordo Virtutum”: “Con unos pocos cambios, Hildegarda transforma brillantemente una obra moral en una discusión de teología. Aunque cada desviación puede, en sí misma, ser interpretada fuera del contexto cátaro, su acumulación y la sorprendente desviación con respecto a su prototipo parecen apuntar a la teología cátara como a un contexto desafiante. Los nuevos temas son: el papel del demonio, la activa lucha contra el mal, Dios como Creador de este mundo, la doble naturaleza de Cristo, la naturaleza de María y, finalmente, la reafirmación del Antiguo Testamento.”[7] Pero ahora nos detendremos en la carta 15r, dirigida a los pastores de la Iglesia, con la que responde a un pedido del Deán de la catedral y más tarde arzobispo de Colonia, Felipe de Heinsberg. Hildegarda, en su tercera gira de predicaciones, acababa de pronunciar un sermón público en Colonia, importante sede de los cátaros, y en dicho sermón enrostraba al clero su negligencia en el cuidado de las almas y sus costumbres pecaminosas, al tiempo que subrayaba la santidad del mundo como obra divina, en abierta contradicción con el dualismo cátaro y todos los errores que de él se seguían. Precisamente es con la afirmación de la unidad y trinidad de Dios y la exaltación de Su actividad creadora de cuanto existe que comienza la carta:
“El Único, Quien era, Quien es y Quien ha de venir”: el único Dios en la Trinidad de Personas. El que era, omnipotente Eternidad, es el Padre, Cuya presciencia es creadora, “pues así como todas las cosas que están ante un espejo se reflejan en él, así aparecieron en la santa Divinidad todas Sus obras sin la duración de los tiempos”[9]. El que es, la Palabra de Dios, es el Hijo, Quien manifiesta en el tiempo la obra del Padre, o al Padre en Sus obras, porque “cuando Dios dijo: Hágase, al punto se revistieron de una figura que la presciencia divina contemplaba como incorpórea antes del tiempo”[10]. El que ha de venir, amoroso Aliento de Vida, es el Espíritu Santo, Quien recreará la obra de Dios “haciendo nuevas todas las cosas”. La revelación del Dios Trinitario y de la actividad divina se realiza entonces a través de la obra de Dios, esto es, de la creación toda, “porque así fueron hechas todas las cosas, para que nada faltara”; el dualismo cátaro, que conlleva la afirmación del demonio y su poder, el poder de la soberbia; entrega a ese poder todo un dominio de la realidad, esto es, lo material, sustrayéndolo a la acción divina en todas sus instancias. Por eso en la carta 169r, en respuesta a una comunidad de frailes que le solicitan un escrito suyo contra los cátaros, del que han oído hablar, dice Hildegarda:
Frente al dualismo que postula la existencia de dos seres supremos, responsables el uno de todo lo que es espiritual y por consiguiente, bueno, y el otro, Lucifer, de lo que es material y radicalmente malo –dualismo éste que consagra, en definitiva, el triunfo del ángel rebelde, quien cumple su voluntad creadora por una parte, y por la otra limita con el suyo el poder y el reino de Dios–, Hildegarda, con fina observación, señala la derrota de Lucifer y la supremacía de Dios, referida ahora a la encarnación del Verbo Divino[12]: mientras la caída y finalmente la miseria y condenación eterna del demonio fue debida a su ambiciosa voluntad de elevación hasta ser como Dios por el poder; y mientras el torpe querer ser como Dios en el conocimiento fue la causa de la caída del hombre –ambos deseos de grandeza indebida fracasados–, la amorosa voluntad de humillación y anonadamiento de Dios se cumplió en la encarnación del Verbo y en Su muerte y resurrección, que dieron al hombre la salvación y la filiación divina. Tan inconcebible, tan imposible era que la criatura igualara a Su Creador, como que Éste se hiciera criatura: pero si aquella primera imposibilidad mostró la impotencia y el límite del ser creado, en la superación de esta segunda resplandeció la infinita omnipotencia del Creador Quien también, de modo conveniente, divinizó a la criatura. En cuanto a la encarnación del Hijo de Dios, no pocas herejías han negado, ya sea la divinidad de Cristo, ya sea Su humanidad. Recordamos el arrianismo (condenado en el Primer Concilio Ecuménico en Nicea, año 325)[13], que negaba la divinidad de Jesucristo, aduciendo que había sido un hombre extraordinario que recibía el nombre de Hijo de Dios solamente por gracia; el nestorianismo (condenado en el Tercer Concilio Ecuménico en Éfeso, año 431)[14], que proclamaba la existencia de dos personas, una divina (el Verbo de Dios) y otra humana (Cristo)[15]; y también el monofisismo (condenado en el Cuarto Concilio Ecuménico en Calcedonia, año 451)[16], que negaba la humanidad de Cristo, por cuanto su naturaleza humana habría sido asumida por la persona divina del Hijo de Dios. Con términos aún más explícitos y esclarecedores dirá la abadesa de Bingen en Scivias 2, 1, 3:
Como acabamos de ver, en tiempos de Hildegarda, los cátaros habían planteado nuevamente el problema, negando la encarnación del Verbo divino y haciendo de Su presencia humana una mera apariencia, a causa de ese dualismo absolutamente descalificante de toda realidad material. Paradójicamente se apoyaban para ello en el prólogo del Evangelio de San Juan, el cual era leído en la ceremonia del Consolamentum. Paradójicamente, decimos, porque nadie como el evangelista San Juan en el prólogo de su Evangelio –que la abadesa de Bingen comentará en el Libro de las obras divinas 1, 4–, nadie como él ha proclamado el misterio del amor de Dios luminosamente derramado en Su gloriosa creación, y en Su asombrosa manifestación al llegar la plenitud de los tiempos. Pero el versículo tercero: “Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada”[18], vertido en lengua de Oc por los cátaros, dio lugar a otra interpretación: “Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él se hizo la Nada”[19]. Según acota acertadamente Jean Blum, ese concepto “Nada” se contrapone a “todas las cosas”, siendo éstas la buena creación que procede de Dios como de buen principio, y aquélla la creación mala que proviene de ese mal principio que es la Nada: dos creaciones a partir de dos Principios, dualismo que limita a Dios y aborrece Su obra. La interpretación cátara de los versículos 12-13: “Pero a cuantos Lo recibieron, a ésos que creen en Su nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales han nacido no de la sangre ni de la voluntad de la carne ni de la voluntad del varón, sino de Dios”[20] profundizó este dualismo, ya que acentuó la creencia en la maldad intrínseca de la materia como sustraída a la acción divina, la cual se ejercería sólo en el reino del espíritu. Esta exégesis queda absolutamente desautorizada por la referencia de Hildegarda al “verdadero Hijo de Dios nacido de María, la verdadera Virgen, anunciado por el ángel y recibido con gozo fiel por el hombre, también él alma y cuerpo”. En efecto, en el Libro de las obras divinas 1, 4 y glosando el prólogo del Evangelio de San Juan, dice:
Quedan aquí –en Scivias y en el Libro de las obras divinas– afirmadas: 1) la encarnación real, verdadera, del Verbo de Dios –por lo que se habla de dos naturalezas, una divina y otra extraña a ésta, que es la humana–, encarnación que fue obrada por el Espíritu Santo en el seno virginal de María, sin concurso de varón; 2) la creación del mundo visible e invisible por el Verbo divino, mundo recapitulado en ese microcosmos que es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios porque su naturaleza debía ser asumida por la Segunda Persona de la Trinidad en la encarnación, según el designio divino; 3) la consiguiente dignidad del hombre, “también él alma y cuerpo”, frase que adquiere relevancia en la previsión primera de la encarnación del Verbo, y en la ulterior referencia a la misma; 4) la eternidad del Hijo de Dios, “Quien eternamente estaba junto a Dios antes de la eviternidad [y del tiempo]”, enunciado que manifiesta con clara precisión conceptual la distinción entre la eternidad[22] que sólo a Dios corresponde, y la eviternidad[23] y el tiempo[24] que son propias de la criatura; 5) la asunción de la naturaleza humana en la persona divina de manera tal que “el Verbo y la carne son una sola cosa [...] en la unidad de la persona”, porque es el Verbo Quien “vistió la carne”. Pero continuemos con nuestra lectura de la carta 15r, en la que nos referiremos principalmente a los aspectos doctrinales y no a aquellos que hacen a la conducta (o inconducta) del clero, que será tema de otro trabajo. Leemos entonces:
En el primer párrafo, y más allá del reproche que el
Señor dirige a sus sacerdotes, nos interesa subrayar el
término de la comparación –también se
encuentra en el párrafo siguiente–, que una vez más
señala a Dios como Creador
único y universal, al tiempo que exalta con su espléndido lenguaje
la obra divina: el hombre y todas las otras criaturas, entre las que se mencionan
las luminarias (sol, luna, planetas), que no por ser tales dejan de ser materiales.
En el segundo párrafo Hildegarda sale al paso del rechazo cátaro
contra el Antiguo Testamento, presentando a algunas de sus principales figuras
como amadas, escogidas y constituidas por Dios con una misión específica
en su tiempo, pero también como anticipando el tiempo del Mesías
por venir, y Su obra redentora prolongada a través de los tiempos por
Avanzando en la carta y luego de la descripción de la infame conducta del clero de su tiempo, continuamos leyendo: “Pero Yo, Quien soy, digo a quienes Me
escuchan: En el tiempo en que esto suceda, sobre vosotros, prevaricadores
que faltáis a vuestra fe, caerá la ruina por obra de
un pueblo que os perseguirá
por doquier, y que no disimulará vuestras acciones sino que
las pondrá al descubierto, diciendo de vosotros: Éstos
son escorpiones con las costumbres y las obras de la serpiente. Y casi
como con el celo del Señor os maldecirán: ‘El camino
del impío perecerá’ (Sal. 1, 6), porque
se burlarán de vuestros caminos inicuos y os escarnecerán.
Pero
el pueblo que dirá esto de vosotros, seducido y enviado por
el diablo, vendrá
con su rostro pálido y se presentará como dotado de toda
santidad, y hará
alianza con los más grandes príncipes seculares. Y también
a ellos les dirá de vosotros: ¿Por qué tenéis
a éstos con vosotros, por qué soportáis junto
a vosotros a quienes ensucian toda la tierra con la mancha de sus iniquidades?
El pueblo que dirá estas cosas de vosotros caminará cubierto por un ropaje negro y estará apropiadamente tonsurado, y en todas sus costumbres se mostrará a los hombres sereno y tranquilo. No ama la avaricia, no tiene bienes, y en sus asuntos personales simula tanta templanza que a duras penas podría alguien reprocharle algo. Pues el diablo está con esos hombres, manifestándoseles con oculto fulgor, como era en el inicio del mundo, antes de su ruinosa caída.”[30] Hildegarda pinta con trazos precisos el modo de actuar de los cátaros –a los que en ningún momento nombra como tales– para seducir al pueblo, asemejándolo al proceder del demonio con su mentirosa astucia. Lo cierto es que los cátaros, con su vida sencilla, alejada de toda ostentación, involucrándose en el trabajo cotidiano de la ciudad con todos sus oficios, cuidando enfermos..., y todo ello presentado como una vuelta al tiempo de los apóstoles, deslumbraban a la gente cansada de las luchas de poder entre el Papado y el Imperio y de las actitudes feudales de no pocos dignatarios de la Iglesia; gente, por otra parte, que por la negligencia de los sacerdotes carecía de la instrucción y la atención necesarias para detectar el fundamento herético –y finalmente destructivo de lo mismo que pretendían salvar– de la propuesta cátara. Además, y dado que consideraban imposible resistir la malvada tendencia de la carne y por ende no aceptaban la libertad y la responsabilidad en la conducta humana, lo que los cátaros presentaban era tan sólo una apariencia de castidad y de templanza, ocultando hipócritamente el desorden de sus vidas, que tampoco juzgaban culpable. NOTAS:1. Bogomil (“amado de Dios”) era el nombre de quien regía a esta gente del reino búlgaro. (vuelve al texto) 2. Brenon, Anne. Los Cátaros. Hacia una pureza absoluta. Barcelona/Buenos Aires: Ediciones B.S.A. y Ediciones B Argentina, con Gallimard, 1998, p. 31. (vuelve al texto) 3. “La palabra castrum, procedente del latín medieval, en la Europa meridional no hace referencia a un castillo sino a un pueblo fortificado.” (Ibíd., p. 47). (vuelve al texto) 4. Sin embargo no hubo representantes de dichas iglesias en la gran asamblea general de 1167. (vuelve al texto) 5. A tal punto llegaba su negación de la bondad de la creación material que no podían concebir nada en ella que fuera vestigio o huella de Dios, ninguna teofanía. Tampoco edificaron templos ni concedieron valor sacro a objeto material alguno ni tuvieron lugares de veneración: el culto a Dios sólo podía darse en el corazón humano. (vuelve al texto) 6. Este sacramento era el bautismo o consolamentum, celebrado no con agua sino en el nombre del Espíritu Santo y con la imposición de las manos; único sacramento, decían, fundado en el Nuevo Testamento y que equivalía al bautismo, la penitencia, la ordenación y la extremaunción. Una vez recibido debía llevarse una vida irreprochable en pobreza y castidad, y por eso el sacramento sólo podía administrarse a los “perfectos”, quienes eran además los únicos habilitados para predicar y enseñar la fe. El sacramentum se celebraba no con agua sino en el nombre del Espíritu Santo y con la imposición de las manos. En tiempos de paz era administrado por la jerarquía, pero en tiempos de persecución todo cristiano, decían, podía administrarlo. (vuelve al texto) 7. Art. cit., p. 198-99. En: The American Benedictine Review. 1987; 38(2): 192-203. (vuelve al texto) 8. Qui erat et qui est et qui uenturus est, pastoribus Ecclesie dicit: Qui erat, creaturam facturus erat, ita quod testimonium testimoniorum in semetipso habuit, omnia opera sua faciendo sicut uoluit. Qui est, omnem creaturam fecit, et testimonium testimoniorum in omnibus operibus suis ostendebat, ita quod unumquodque formatum apparuit. Qui uenturus est, omnia purgabit et ea denuo in alia uicissitudine iterabit, et omnes rugas temporum et temporum absterget, et omnia simul semper noua esse faciet, et post purgationem ignota ostendet. De ipso uentus fluit, sic dicens: Firmamentum cum omnibus ornamentis suis posui, nulla ui carens. Oculos enim quasi ad uidendum, aures ad audiendum, nares ad odorandum, os ad gustandum habet. Nam sol quasi lumen oculorum eius est, uentus autem auditus aurium eius, aer odoramentum eius, ros gustus eius uiriditatem sudando ut oris spiramen. Luna quoque tempora temporum dat, et sic scientiam hominibus ostendit. Stelle autem, uelut rationales sint, sic sunt, quia circulum habent, sicut etiam rationalitas multa comprehendit. Quattuor etiam angulos orbis igne, nube et aqua firmaui, et sic omnes terminos terre quasi uenas coniunxi. Lapides de igne et aqua sicut ossa fudi, et terram de humiditate et uiriditate quasi medullam constitui. Abyssos uelut pedes qui corpus sustinent in fixura extendi, circa quos sudantes aque sunt ad firmamentum eorum. Sic omnia sunt constituta, ne deficiant. (Carta 15r –al deán de Colonia Felipe de Heinsberg–, año 1163, p. 34-35) (vuelve al texto) 9. Sicut enim in speculo omnia qu coram ipso sunt radiant, sic in sancta diuinitate omnia opera eius sine etate temporum apparuerunt. (Liber Divinorum Operum 1, 1, 6(7), p. 52) (vuelve al texto) 10. Quando | autem Deus dixit: Fiat, statim formatione induta sunt, qu prescientia ipsius ante euum nulla corpora habentia intuebatur. (Ibíd.) (vuelve al texto) 11. Hi sunt qui prima principia negant, scilicet quod Deus omnia creauit et ea germinando et crescendo procedere iussit. Hi sunt qui dominicum principium negant, scilicet quod ante antiquitatem dierum apparuit, quoniam Verbum Dei homo fieri debuit. Hi sunt uobis peiores Iudeis qui cecos oculos modo habent ad uidendam igneam formam que in sancta diuinitate nunc homo splendet [...]. (Carta 169r –Carta sobre los Cátaros–, año 1163, p. 379). (vuelve al texto) 12. Recordemos que los cátaros no creían en la encarnación del Hijo de Dios, y decían que Éste, o un ángel, había tomado apariencia humana para transmitir el mensaje de la salvación por el Evangelio y el bautismo del Espíritu. (vuelve al texto) 13. En la proclamación del Credo Niceno leemos: “Y en un solo Señor Nuestro Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, esto es de la sustancia del Padre, Dios de Dios [...], nacido, no hecho, de una sola sustancia con el Padre (lo que en griego se llama homousion), por Quien todas las cosas fueron hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, Quien por nuestra salvación descendió, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.” ( “Credo Niceno”. En: Denzinger, Heinrich et Hünermann, Peter, ob. cit., p. 90). (vuelve al texto) 14. Los Sínodos de Toledo (año 400 y 447) definen, en el Símbolo Toledano y luego en su forma más extensa atribuida al obispo Pastor de Palencia, la presencia de dos naturalezas –una divina y otra humana: verdadero Dios y verdadero hombre– en una sola persona, que es la persona divina, la persona del Hijo: “Este Hijo de Dios, pues, Dios, nacido del Padre antes de cualquier inicio, ha santificado en el seno de la bienaventurada Virgen María y de ella ha tomado un hombre verdadero, generado sin semen de hombre, [encontrándose dos naturalezas, o sea la de la divinidad y la de la carne absolutamente en una única persona], o sea el Señor [nuestro] Jesucristo. [Y] no tuvo un cuerpo imaginario o compuesto de una sola forma [el de una aparición], sino sólido [y verdadero]. Y [-!] éste tuvo hambre y sed y sintió dolor y lloró y sintió todas las heridas del cuerpo [soportó todos los ultrajes del cuerpo]. Finalmente fue crucificado [por los judíos], murió [-!] y fue sepultado, [y} resucitó al tercer día; después estuvo con los discípulos [suyos], al día cuarenta [después de la resurrección] subió a los cielos [al cielo].” (“Symbolum Toletanum I” y “Libellus in modum symboli”, años 400 y 447. En: Denzinger, Heinrich et Hünermann, Peter, ob. cit., p. 121). (vuelve al texto) 15. La tercera carta de Cirilo de Alejandría a Nestorio (noviembre de 430) –añadida a la Carta del Sínodo de Alejandría preparatorio del Tercer Concilio Ecuménico de Éfeso– contiene doce anatemas, en el cuarto de los cuales dice: “Si alguno distribuye entre dos personas o hipóstasis las voces contenidas en los escritos apostólicos o evangélicos, o dichas sobre Cristo por los santos o por Él sobre Sí mismo, y acomoda algunas como convenientes al hombre propiamente entendido al margen de Dios, y otras como dignas solamente del Verbo de Dios Padre, sea anatema.” (“Anatematismos”. En: Denzinger, Heinrich et Hünermann, Peter, ob. cit., p. 148). (vuelve al texto) 16. El Concilio de Calcedonia define: “Siguiendo, pues, a los santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios, y verdaderamente hombre <compuesto> de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad [...]; engendrado del Padre antes de los siglos según la divinidad, y en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, la madre de Dios, según la humanidad. [...] La diferencia de naturaleza de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en una sola persona y en una sola hipóstasis [...].” (“Credo de Calcedonia”. En: Denzinger, Heinrich et Hünermann, Peter, ob. cit., p. 162-63). (vuelve al texto) 17. [...] quod est in Patre ante tempora constitutae creaturae infinitum Verbum, quod in ardore caritatis sub decursu labentium temporum mirabiliter sine sorde et grauedine peccati per uiriditatem suauitatis Spiritus sancti in aurora beatae uirginitatis erat incarnandum, ita tamen ut sicut ante susceptam carnem indiuisibiliter fuit in Patre, sic etiam post assumptam humanitatem inseparabiliter in eo maneret; quoniam ut homo non est absque uitali tractu in itinere uiscerum, sic a Patre non erat omnino separandum unicum eius Verbum. (Scivias 2, 1, 3, p. 114). (vuelve al texto) 18. Omnia, per ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil. (Juan 1, 3). (vuelve al texto) 19. Totas causas son faitas per Lui e senes Lui es fait nient. (Ritual de Lyon. Citado por: Blum, Jean. Cátaros. Su misterio y su mensaje, p. 285). (vuelve al texto) 20 [...] quotquot autem receperunt eum, dedit eis potestatem filios Dei fieri, his qui credunt in nomine eius, qui non ex sanguinibus, neque ex voluntate carnis neque ex voluntate viri, sed ex Deo nati sunt. (Juan 1, 12-13).. (vuelve al texto) 21 . In mundo erat, cum regale indumentum de carne uirginis induit, ubi sancta diuinitas in uterum illius se reclinauit; quia in aliena natura homo factus est, et non sicut alius homo, quoniam caro ipsius per sanctam diuinitatem inflammata est. […] Et mundus per ipsum factus est, ita ut mundus ab ipso, non ipse a mundo exortus sit; quoniam creatura per verbum Dei processit, scilicet quicquid creaturarum tam inuisibilium quam uisibilium est, quia quędam sunt quę nec uideri nec tangi possunt, quędam autem et uidentur et tanguntur. Sed homo utrumque in se habet, animam scilicet et corpus, quoniam ad imaginem et similitudinem Dei factus est. Vnde et uerbo iubet ac manibus operatur. Sic Deus hominem secundum se ordinauit, quia filium suum de homine incarnari uoluit. [...] Et uerbum caro factum est, et habitauit in nobis. Verbum enim, quod apud Deum eternaliter ante euum erat et quod Deus erat, per ardorem Spiritus Sancti carnem de utero uirginis assumpsit, qua ita induit, quemadmodum uenę compago carnis sunt et ut ipse sanguinem portant, et tamen sanguis non sunt. Deus enim hominem ita creauerat, ut omnis creatura ei seruiret. Vnde etiam Deum decuit, quatinus indumentum carnis in homine acciperet. Sic etenim uerbum carnem induit, scilicet quod uerbum et caro unum sunt; non tamen sic, ut alterum in alterum transmutatum sit, sed unum in unitate personę sint. (Liber Divinorum Operum 1, 4, 105, p. 257-63). (vuelve al texto) 22. La eternidad es, según la conocida definición de Boecio, “la entera, simultánea y perfecta posesión de una vida interminable” (Aeternitas igitur est interminabilis vitae tota simul et perfecta possessio. Boethius. De consolatione philosophiae V, prosa 6. Anicius Manlius Severinus Boethius. Consolatio philosophiae, p. 376). No sólo excluye la sucesión sino que afirma, juntamente con la simultaneidad, la plenitud de la perfección, esto es, la actualidad pura, sin mezcla de potencialidad alguna. Es vida interminable, sin término inicial ni final. (vuelve al texto) 23. La eviternidad es una condición intermedia entre la eternidad y el tiempo. Es la duración sin término natural de un ser incorruptible (el ángel), y en eso difiere del tiempo; pero no es absolutamente sin término puesto que es la duración de un ser contingente que no es su propia razón de ser sino que tiene un origen o principio y puede tener asimismo un fin –aunque no natural–, y en eso difiere de la eternidad. La eviternidad no implica mutación sustancial según un antes y un después, y en esto difiere del tiempo, pero sí presenta mutación accidental en cuanto a las diversas operaciones que realiza el ángel, y en esto se diferencia de la eternidad. (vuelve al texto) 24. El tiempo, según la definición de Aristóteles traída por Boecio, es “la medida [y el número] del movimiento según el antes y el después” (numerus motus secundum prius et posterius): supone un movimiento fluyente e implica la sucesión de sus partes, a diferencia de la eternidad, que es simultaneidad plena y perfecta; y este movimiento incluye el cambio sustancial de seres que son corruptibles, lo que lo diferencia de la eviternidad, como se dijo en la nota anterior. (vuelve al texto) 25. O filioli, qui greges meos pascitis de instanti instructione dominice uocis, quare non erubescitis, cum omnes creature precepta, que de magistro suo habent, non deserunt, sed perficiunt? Vos constitui sicut solem et cetera luminaria, ut luceretis hominibus per ignem doctrine, in bono rumore fulgurantes et ardentia corda parantes. Hoc in prima etate mundi feci. Abel enim elegi, Noe dilexi, Moysen ad institutionem legis imbui, prophetas etiam amantissimos amicos meos constitui. Vnde etiam Abel sacerdotium prefigurabat, Noe principale magisterium, Moyses regale nuntium et prophete plurima magisteria. Sed et Abel ut luna splendorem suum effudit, quia tempus obedientie in munere suo ostendit, et Noe uelut sol, quoniam edificium obedientie perfecit, ac Moyses ut fortes planete, cum per obedientiam legem collegit; et prophete ut quattuor anguli qui terminos terre sustinent, in fortitudine perstiterunt, cum orbem terre propter instantem iniquitatem corripuerunt, per quod etiam Deum ostenderunt. (Carta 15r –al deán de Colonia Felipe de Heinsberg–, año 1163, p. 35-36) (vuelve al texto) 26. Et ego dico tibi quia tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam. Mat. 16, 18. (vuelve al texto) 27. Nolite putare quoniam veni solvere legem aut prophetas: non veni solvere, sed adimplere. Mat. 5, 17. (vuelve al texto) 28. Mea doctrina non est mea, sed eius qui misit me. Juan 7, 16. (vuelve al texto) 29. Euntes in mundum universum praedicate evangelium omni creaturae. Marc. 16, 15. (vuelve al texto) 30. Sed ego, qui sum, audientibus me dico: In tempore illo cum istud fiet, per quendam populum super uos preuaricantes preuaricatores ruina cadet, qui ubique uos persequetur, et qui opera uestra non celabit, sed ea denudabit, et qui de uobis dicet: Isti scorpiones sunt in moribus et operibus serpentinis. Sed et quasi in zelo Domini de uobis imprecabitur: Iter impiorum peribit. Nam uias uestras in iniquitate uestra deridebunt et subsannabunt. Sed populus iste qui hoc faciet, a diabolo seductus et missus, pallida facie ueniet, et uelut in omni sanctitate se componet ac maioribus secularibus principibus se coniunget. Quibus et de uobis sic dicet: Quare hos uobis cum tenetis, et quare eos uobis cum esse patimini, qui totam terram in maculosis iniquitatibus suis polluunt? Populus autem qui hoc de uobis dicet, cappatus sub nigra ueste incedet et recto modo tonsus, atque omnibus moribus suis placidum et quietum se hominibus ostendet. Auaritiam quoque non amat, pecuniam non habet, ac in occultis suis tantam abstinentiam imitatur, quod etiam uix ullus ex eis reprehendi poterit. Diabolus enim cum hominibus istis est, latitante fulgore eis se ostendens, uelut in constitutione mundi ante ruinam fuit. (Carta 15r –al deán de Colonia Felipe de Heinsberg–, año 1163, p. 39-47). (vuelve al texto)
Presentación | La vida | Las obras | Actualidad e interés | Obras sobre H. | Sus pinturas | Estudios sobre H. | Contenido | Jornadas |