HILDEGARDA, LOS CÁTAROS
Y EL CATARISMO... HOY
(II)


GUILLERMINA AGÜERO DE DE BRITO
(FASTA, Bariloche)

 

La carta concluye con una magnífica síntesis dogmática que confirma los principales puntos de la doctrina cristiana controvertidos por los cátaros, síntesis a la que sigue una fuerte exhortación:

Pues Dios previó Sus obras en Adán –cuya carne y huesos hizo de barro– cuando le insufló el hálito de vida (Gén. 2, 7). Mas cuando el espíritu del hombre sale del hombre, su carne y sus huesos se convierten en ceniza, pero serán renovadas en el último día. La creación que Dios hizo del hombre a partir del barro prefiguró la Ley antigua dada al hombre; pero que el mismo hombre resucite con su carne y sus huesos a partir del barro, esto manifiesta la Ley espiritual que el Hijo de Dios trajo por Sí mismo. El cual [hombre] también será renovado después de la ceniza y será eterno, quedando demostrado que con la recompensa de la santidad y con la recompensa de la Ley verdadera verá el rostro del Creador, porque ha sido verdaderamente renovado, como está escrito: “Envía Tu Espíritu, y serán creadas, y renovarás la faz de la tierra” (Sal. 103, 30). Lo que significa: Tú, Dios, Quien creaste todas las cosas, enviarás Tu Espíritu en la postrera trompeta, y los hombres surgirán inmortales, de manera tal que en lo sucesivo no crecerán ni decrecerán ni experimentarán putrefacción alguna. Así renovarás la faz del hombre, tal que su cuerpo y su alma serán uno en conocimiento y perfección.” Esto hará Dios, en Quien no hay principio ni fin. Pues Dios no se vuelve hacia la nada, porque Él mismo es todo. Y creó al hombre, en quien puso Su obra y Sus maravillas, y a quien entregó el edificio de las virtudes a través del cual iría hacia Él, porque el mismo Dios realmente lo ama, porque [Dios] es amor (1 Juan 4, 6; 16). Pues Dios hizo como un padre de familia que confía sus bienes a un amigo suyo familiar, ya que en virtud de su buena acción recibirá de él el interés de esos mismos bienes. Ahora, oh hijos de Dios, escuchad y entended lo que os dice el Espíritu de Dios, para que no os perdáis la mejor parte. Y el Espíritu de Dios os dice: “Mirad y examinad en vuestra ciudad y en vuestra región y separad de vosotros a los hombres impíos y malvados, que son peores que los judíos y semejantes a los saduceos. Pues mientras permanezcan con vosotros, no podréis estar seguros y a salvo. Pues la Iglesia llora y se lamenta sobre la iniquidad de éstos, porque sus hijos están siendo contaminados por su iniquidad. Por lo cual arrojadlos de vosotros para que no perezca vuestra congregación y vuestra ciudad, porque en Colonia desde hace ya tiempo se ha preparado el banquete de las nupcias reales, por lo que sus plazas todavía arrojan llamas (Mat. 22, 8)”.

En primer lugar tenemos la creación del primer hombre –espíritu y cuerpo, y hecho este último con un material tan humilde como el barro– llevada a cabo por Dios, y la afirmación de la centralidad del hombre con respecto a toda la obra de la Divinidad , centralidad que ya veíamos en el primer texto de nuestra exposición, donde el ornato del firmamento son, precisamente, los sentidos del hombre y sus operaciones (vista, oído, olfato, gusto y tacto): “el sol es como la luz de sus ojos, el viento como el oír de sus orejas, el aire como su fragancia, el rocío como su sabor, la fuerza vital [uiriditatem] que exuda es como el aliento de su boca”. Y en la continuidad del texto, la estructura toda del universo es como el hombre, y no sólo como su cuerpo sino también como su específica diferencia: su racionalidad (Y las estrellas parecen racionales...). Es decir que el universo es presentado como una antropofanía, un mundo descripto con bellísimas imágenes tomadas de la realidad del hombre: Dios previó Sus obras en Adán ... Y ese hombre no es un puro espíritu, porque dijo Dios:

Hagamos al hombre a nuestra imagen, esto es, según aquella túnica que germinará en el vientre de la virgen y que la persona del Hijo revestirá para la salvación del hombre, saliendo del útero de aquella que permanecerá íntegra [...]. Hagámoslo también a semejanza nuestra, para que con ciencia y prudencia entienda y juzgue sabiamente lo que ha de hacer con sus cinco sentidos, de manera tal que también por la racionalidad de su vida –que se oculta en él y que ninguna creatura, en tanto permanece oculta en el cuerpo, puede ver– sepa señorear sobre los peces que nadan en las aguas y sobre las aves en el cielo [...].”[31]

Precisamente en este texto del Libro de las obras divinas la imagen de Dios está dada por la corporeidad del hombre[32], en tanto sabiduría y poder fundan la semejanza. Puede entenderse así que el Creador dio al hombre una imagen también corporal, como la que desde la eternidad había dispuesto que Su Hijo –Quien ciertamente es Dios– había de recibir un día. Por consiguiente, no sólo nuestro hombre interior sino también nuestro hombre exterior sería semejante a Dios de algún modo.”[33] Es ésta una nueva afirmación de la perspectiva cristológica –el Verbo de Dios hecho carne– como realización del eterno designio del Padre, no necesariamente ligado a la redención del hombre sino a la recapitulación de toda la creación en un estado de gloriosa alabanza a Su Creador.

Volviendo a la carta 15r: del barro surge la carne del hombre –asimilada a la Ley antigua, venida ella también de las Manos de Dios–, que será ceniza al tiempo de su muerte, para convertirse nuevamente en su carne y sus huesos en la gloriosa resurrección –figura de la Ley nueva traída por el Verbo encarnado–: no son esta carne y estos huesos el mal creado por la perversa voluntad del demonio, si bien padecen el mal provocado por esa voluntad, al punto de transitar la corrupción que los transforma en polvo y ceniza. Esta carne y estos huesos, recreados por el poder del Espíritu Santo, verán a Dios con mirada eterna e indeficiente porque, dice la abadesa, Dios no se vuelve hacia la nada, porque Él mismo es todo. Porque Dios es Amor. En impresionante contraste leemos, en Las causas y los remedios de las enfermedades, que “como Lucifer, con su voluntad perversa, se alzara hacia la nada –porque fue nada lo que quiso e intentó crear[34]–, cayó hacia la nada y no pudo levantarse, porque bajo él no había sino un abismo sin fondo[35]. [...] Pues cuando se extendió hacia la nada, el propósito e inicio de su extenderse produjo el mal, y al punto este mal, sin luz ni esplendor en sí mismo, ardió a causa de la envidia que experimentaba ante Dios, girando y dando vueltas sobre sí mismo como una rueda, y mostró en su seno tinieblas abrasadoras”[36]. No puede haber dos seres supremos ...

La carta finaliza con un muy fuerte párrafo, en el que Hildegarda establece entre los cátaros y los saduceos una semejanza que se presenta en diversos lugares de su obra, reforzando así con la reminiscencia evangélica la actitud condenatoria de la malicia de esas gentes. Si bien no explica aquí en qué consiste la similitud, podríamos conjeturar que radica en la presentación que los cátaros hacen de sí mismos como perfectos, y en la realidad de su vinculación con el poder, su no aceptación de la tradición y de la autoridad de la Iglesia , y su grosero materialismo bajo el disfraz del dualismo espíritu-materia. Recordemos que los saduceos eran los sacerdotes de los judíos, poderosos en el tiránico dominio que ejercían sobre el pueblo, y que en materia de religión sólo aceptaban los cinco primeros libros de la Biblia y las obligaciones que ello entrañaba, desconociendo la validez de los libros sapienciales y los anuncios de los libros proféticos, lo que otorgaba gran lasitud a su conducta. Por otra parte, no creían en la resurrección, incurriendo así en un craso materialismo que desconocía la presencia de un principio espiritual y por tanto imperecedero en el hombre. Es precisamente este aspecto el que subraya la abadesa de Bingen en El Libro de las obras divinas, donde establece una línea de continuidad entre los adoradores de Baal en el Antiguo Testamento, los saduceos en el Nuevo, y los cátaros (a los que no nombra) en su tiempo: “pero también [fueron secuaces del diablo] aquellos que después, ya en el Nuevo Testamento, juntamente con los saduceos negaron la resurrección despreciando la justicia divina [...]. De estos últimos proceden los herejes que contradicen la naturaleza y el modo de la primera creación, y su error resultará peor que el anterior, porque terminarán negando absolutamente a Dios en Su creación y en las almas vivientes.”[37]

La frase final del texto: “porque en Colonia desde hace ya tiempo se ha preparado el banquete de las nupcias reales, por lo que sus plazas todavía arrojan llamas”, remite inmediatamente a la parábola del banquete de bodas en que el rey, ante las excusas de sus invitados para no concurrir y el desprecio que ello conlleva, ordena incendiar la ciudad. Pero hay más. A mediados del siglo XII se intensificaron los procesos y las hogueras contra los cátaros, particularmente en regiones próximas a Colonia –donde subsistían importantes núcleos de estos herejes–, de manera que la referencia a las llamas termina no siendo meramente simbólica. Sin embargo, no está de más traer aquí unas palabras de Anne King‑Lenzmeier que, creemos, reflejan el sentir de la abadesa de Bingen: “Pero no importa cuán duros fueran los sentimientos de Hildegarda hacia ellos [los cátaros]; ella en ningún lugar aboga por la violencia tomada y ejercida por manos humanas, porque el juicio y la justicia de Dios bastan. Los seres humanos deben constituirse en un buen ejemplo, suprimir el error y conducir al pueblo con rectitud. Pero eso no incluye la destrucción de las almas que bien podrían ser salvadas, desde la perspectiva de Hildegarda, si sus maestros y gobernantes fueran más formados e íntegros.”[38]

La dureza de los sentimientos que menciona King‑Lenzmeier es la firmeza de su conocimiento y proclamación de la verdad, como bien lo explica Eduard Gronau en su biografía de la abadesa de Bingen, en un párrafo que bien podría entenderse como válido para nuestro tiempo:

Santa Hildegarda conoce la debilidad de los hombres y sabe cómo son fácilmente influenciables por todo lo que aparece como drástico y extraordinario, evitando con esto de buena gana la cuestión de la verdad. Ello explica el hecho de que, si el pensamiento revolucionario llegara a obtener el poder, lo utilizaría de manera despiadada y eliminaría a cuantos le fuesen contrarios. Sabe también que una espiritualidad exasperada y un radicalismo tan unilateral a menudo desembocan en el extremo opuesto, esto es, en el desenfreno de los sentidos. [...]
En la confrontación con este movimiento, a Santa Hildegarda no le interesa demostrar que el catarismo se encuentra en un camino errado, sino que la verdad procede de Dios.”[39]

Y añade:

“¿Debemos hablar de miras limitadas? Más bien se debe hablar de la capacidad de discernir entre verdad y mentira, y subrayar el empeño y el coraje necesarios para decir estas cosas en voz alta. También en nuestros días Dios y Su creación han sido separados el uno del otro. Dios ha sido borrado, anulado; en varias visiones del mundo se reconoce únicamente a la materia como fundamento autocreativo de todo lo existente. A partir de sus premisas y como ya lo había hecho en su tiempo con el espiritualismo, hoy Santa Hildegarda condenaría el sueño creativo del materialismo puro como tentación igualmente diabólica y funesta. [...] Animaría una vez más a la Iglesia a discernir entre verdad y mentira. Porque el materialismo radicalizado, como el espiritualismo radicalizado, es propiamente una verdadera mentira con respecto a Dios, el Creador.”[40]

El discernimiento de la verdad es un acto de la inteligencia, una mirada profunda que compromete la libertad humana en la difícil tarea de realizarse, día a día, verdad a verdad, en la integridad personal. Enrique del Carril[41] habla de la mentalidad cátara imperante en la condición humana –mas no en la naturaleza humana–, que lleva al hombre a reconocer en sí la presencia de pulsiones hacia el bien, pero también hacia el mal, al modo del trigo y la cizaña de la parábola evangélica. El hombre reconoce dicha realidad pero no la acepta como tal, y entonces acude al simplificador recurso de la separación y negación de lo que no quiere o no puede afrontar de sí mismo. Tomando como texto el apéndice de una obra de Jean Guitton, Lo Impuro, del Carril desenmascara una de las formas de ese materialismo larvado presente en movimientos y utopías de nuestro tiempo, que dice: “Es el cuerpo social el que se encuentra dividido por la separación entre oprimidos y opresores. La única división real es la que hay entre las castas o entre las clases, la que introducen entre los hombres el dinero y el poder”[42], de donde se seguiría la posibilidad de terminar con el mal creando un nuevo orden social superador de tales divisiones. Pero una nueva cita de Guitton coloca al hombre ante la realidad que no quiere ver: “Volvemos a encontrarnos aquí con la confusión en la que caen tan fácilmente los hombres, de la expresión con la causa. La separación de clases, la apropiación de las riquezas por una minoría y la condición desgraciada de una inmensa mayoría son las consecuencias de la división del hombre interior; tienen su raíz en esta avaricia o en esta ambición, en ese deseo de tener más que anida en el corazón humano como su primera ilusión y su primera llaga”. Y continúa del Carril remitiendo a Guitton, quien dice que esta voluntad de los hombres, la de no verse y colocar el mal exclusivamente fuera de sí mismos, da lugar a la formación de grupos que denomina “el partido de los puros” (y recordemos que “cátaros” quiere decir precisamente “puros”), los cuales se sienten llamados a cumplir una misión específica, al modo de un llamado divino: la de purificar a la sociedad del mal que se ha encarnado en ella, eliminando a los que aparecen como los réprobos. Y esto suele hacerse con violencia.

Otra forma de la que se vale el hombre contemporáneo para aceptarse como “puro” es lo que Guitton llama “el desdoblamiento”, que del Carril resume: “Consiste en una actitud psicológica que el hombre adquiere para aislar determinados aspectos de su vida, donde impera la pureza y el bien, mientras acepta el mal como algo inevitable y hasta necesario en sus quehaceres mundanos.”[43] Léase: en los negocios, en el ejercicio del poder, en la vida sexual, en lo que a su comodidad personal se refiere, o a su imagen, éxitos, etc. Se es bueno “en el espíritu”, pero la vida en el mundo, y la supervivencia, tienen otros “mandamientos”. Y poco a poco se va borrando la distinción entre el ser y el tener, se han perdido el discernimiento y la integridad y, una vez más, prevalece una forma de materialismo.

Como antídoto a esto que del Carril ha llamado “la mentalidad cátara de nuestro tiempo”, desintegradora del hombre y de la sociedad, y concluyendo así nuestro encuentro con Hildegarda y los cátaros de su tiempo, traemos unas palabras de otra religiosa benedictina, la abadesa Madre Cándida Cymbalista, citada por la Hna. Hildegardis en un excelente trabajo[44] que presentó en la segunda Jornada Hildegardiana:

“Es necesario desmitizar y desmistificar nuestro propio ser, aceptando reciamente nuestra verdad óntica, nuestro ser lleno de riquezas, muchas de ellas aún inexploradas, y lleno de miserias, de fisuras que duelen y a veces desesperan. Vernos como somos, aceptarnos como somos, sacarnos todas las máscaras es comenzar a ser humildes en serio, es comenzar a ser santos. Cuando caen todas las molduras artificiales, todos nuestros complejos de santidad, de humildad, de oración, de inteligencia, de abnegación, de sabiduría, de valores ignotos, de superioridades de toda índole, entonces emerge la bella construcción hecha por las manos de Dios: sobria y noble en su grande o pequeña dimensión.[...] Esta identidad es nada menos que la médula de la ascesis. Es el sexto y séptimo grados de humildad en la Regla de San Benito (cap. 7)[45]. Es esa depuración cuyo fruto es la sencillez, la simplicidad, la nitidez.”[46]

La identidad como la integridad que surge de la lúcida, humilde y valerosa aceptación de sí mismo: la bella construcción hecha por las manos de Dios.


NOTAS:

31. […] faciamus hominem ad maginem nostram, id est secundum tunicam illam, quę in utero uirginis germinabit, quam persona filii pro salute hominis induens, de utero illius, ipsa integra permanente, exibit […]. Faciamus quoque eum ad similitudinem nostram, ut scienter et sapienter ea intelligat et discernat, quę in quinque sensibus suis operaturus est, ita ut etiam per racionalitatem uitę suę, quę intra ipsum abscondetur et quam nulla creatura in corpore manens uidere potest, preesse sciat piscibus qui in aquis natant et uolatilibus in aere suspensis […]. (Liber divinorum operum 2, 1, 43, p. 328). (vuelve al texto)

32. En este sentido afirma Escoto Erígena: “Pues el alma es imagen de Dios, el cuerpo empero es imagen del alma” (Anima namque imago Dei est, corpus vero imago animae. Joannes Scotus Erigena: De divisione naturae, PL 122, 0585D). O sea que el cuerpo es imagen de la imagen. (vuelve al texto)

33. Sed quoniam dicitur: «Creavit Deus hominem ad imaginem suam;» deinde subinfertur, «ad imaginem Dei creavit illum,» sic etiam intelligi potest ut talem corporaliter quoque homini imaginem daret qualem Filium, qui utique Deus est, quandoque suscepturum ante tempora disposuerat. Sic igitur non solum interior, verum et exterior homo noster Deo quodammodo assimilis esset. (Bruno Astensis Signiensis: Expositio in Pentateuchum. Expositio in Genesim, PL 164, 0158A-B). (vuelve al texto)

34. Fuera de Dios y de Su voluntad creadora no hay ser ni existir ni bien alguno; por eso Lucifer sólo pudo “producir” la nada, la ausencia de ser, el mal, ese oscuro torbellino amenazador. (vuelve al texto)

35. Is. 14, 12-15: “Ascenderé al cielo, elevaré mi trono por encima de los astros de Dios; me sentaré en el monte de la Alianza, en la ladera norte; subiré más allá de las nubes, seré semejante al Altísimo”. (In caelum conscendam, super astra Dei exaltabo solium meum; sedebo in monte testamenti, in lateribus aquilonis; ascendam super altitudinem nubium, similis ero Altissimo). Lucifer va en el sentido contrario al que corresponde a la criatura: en lugar de estar a los pies del trono de Dios –el monte sagrado de la Alianza, el Sinaí– quiere poner en él su propio trono, para igualársele en altura y clara excelsitud. Y en estrepitosa caída –opuesta a la ascensión anunciada– es precipitado al abismo oscuro de la entera desemejanza con su Creador. (vuelve al texto)

36. Et cum Lucifer in perversa voluntate sua se ad nihilum erigeret, quoniam nihilum fuit, quod facere voluit, in illud cecidit et stare non potuit, quia sub se fundum non habuit. [...]. Cum enim ille ad nihilum se extendit, inceptio extensionis eius malum produxit, et mox malum hoc absque claritate et absque luce in semet ipso per zelum dei exarsit, ut rota se circumferens et circumvolvens, et ignitas tenebras in se ostendet. (Hildegardis Causae et curae 1, p. 1, 25-2, 7 (Leipzig: Teubner Verlag, 1903). (vuelve al texto)

37. […] sed et illos qui postea in nouo testamento cum Saduceis resurrectionem in afflictione iusticie abnegauerunt […]. Sed tamen deinde ab istis heretici procedent, qui conditioni prime pullulationis contradicent; errorque istorum peior priore erit, quoniam Deum in creatione sua et in uiuentibus animabus ex toto negabunt. (Liber Divinorum Operum 3, 5, 31, p. 453-54). (vuelve al texto)

38. King‑Lenzmeier, Anne H. Hildegard of Bingen. An Integrated Vision. Collegeville (Minnesota): A Michael Glazier Book, The Liturgical Press, 2001, p. 186. (vuelve al texto)

39. Gronau, Eduard. Hildegard. Vita di una donna profetica alle origini dell’età moderna. Trad. de Roberta Osculati. Milano: Àncora, 1996, p. 420. (vuelve al texto)

40. Ibíd., p. 422. (vuelve al texto)

41. Del Carril, Enrique. El País de los Cátaros. Un ensayo sobre el maniqueísmo en la historia. Bs. As., Dunken, 2003, cap. 7, p. 152-72. (vuelve al texto)

42. Ibíd., p. 161. (vuelve al texto)

43. Ibíd., p. 165. (vuelve al texto)

44. Hna. Hildegardis OSB. “La Discretio y la ascesis de la normalidad en Hildegarda de Bingen y su Comentario a la Regla Benedictina”. (vuelve al texto)

45. RB cap. 7: “Sextus humilitatis gradus” est si omni vilitate vel extremitate contentus sit monachus, et ad omnia quae sibi iniunguntur velut operarium malum se iudicet et indignum, dicens sibi cum Propheta: “Ad nihilum redactus sum et nescivi; ut iumentum factus sum apud te et ego semper tecum.” (“El sexto grado de humildad” consiste en que el monje esté contento con todo lo que es vil y despreciable, y que juzgándose obrero malo e indigno para todo lo que se le mande, se diga a sí mismo con el Profeta: “Fui reducido a la nada y nada supe; yo era como un jumento en tu presencia, pero siempre estaré contigo” (Sal 72,22s). “Septimus humilitatis gradus” est si omnibus se inferiorem et viliorem non solum sua lingua pronuntiet, sed etiam intimo cordis credat affectu, humilians se et dicens cum Propheta: “Ego autem sum vermis et non homo, obprobrium hominum et abiectio plebis. Exaltatus sum et humiliatus et confusus.” Et item: “Bonum mihi quod humiliasti me, ut discam mandata tua.” (“El séptimo grado de humildad” consiste en que uno no sólo diga con la lengua que es el inferior y el más vil de todos, sino que también lo crea con el más profundo sentimiento del corazón,  humillándose y diciendo con el Profeta: “Soy un gusano y no un hombre, oprobio de los hombres y desecho de la plebe (Sal 21,7). He sido ensalzado y luego humillado y confundido” (Sal 87,16). Y también: “Es bueno para mí que me hayas humillado, para que aprenda tus mandamientos” (Sal 118,71). (vuelve al texto)

46. M. Cándida  María Cymbalista OSB. “La ascesis de la normalidad”. (vuelve al texto)

 

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