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El objetivo de esta comunicación es mostrar la
presencia de Hildegarda en la configuración de la Trilogía de Hans Urs von Balthasar, quien como teólogo de la belleza
no sólo la considera en el contexto de la teoestética como una mística
digna de ser situada entre los grandes pensadores de la estética teológica
medieval, sino que en el contexto de la acción teodramática la eleva
al rango de personaje teológico. Para lograr una valoración objetiva
situaremos cada mención hildegardiana en el contexto de su correspondiente
planteo teoestético y teodramático. La exposición se divide en cuatro
partes concebidas en torno a “la presencia de Hildegarda” como eje hermenéutico
que atraviesa, primero, la configuración balthasariana de la fe como
experiencia; segundo, la constelación del estilo estético teológico
monástico anselmiano; tercero, la valoración de las figuras femeninas
de la mística medieval, cuarto, el planteo de los actores del teodrama.
1. Presencia de Hildegarda en la configuración balthasariana de la fe como experiencia objetiva El primer contexto de la Trilogía en el que Balthasar menciona a Hildegarda de Bingen es la
Primera Parte de Gloria
o Estética Teológica, precisamente allí
donde, a partir de la analogía con la estética intramundana, propone
considerar la fe como una experiencia objetiva en la que la totalidad
subjetiva del hombre es toda ella un espacio que responde al contenido
divino que se le manifiesta. Así, la fe como experiencia de sintonización
de toda la existencia con Dios es considerada como obediencia a la
libre manifestación de la figura divina, de ahí que el arquetipo por
antonomasia de la fe sea el acto existencial del mismo Jesucristo. Dos postulados se derivan de esta visión de la
fe desde la analogía estética: primero, la preeminencia
objetiva de la manifestación libre de la figura bella en relación
con la cual la respuesta subjetiva es obediente y total; segundo,
el hecho de que por su carácter experiencial la fe no es un estado sino un proceso. En consecuencia, no es la entrada del hombre en
sí mismo, en sus mejores y más elevadas posibilidades, sino su introducción
en el Hijo de Dios, Jesucristo, que le es inalcanzable en el plano
natural, la que se convertirá en una experiencia que es la única que
puede reclamar su entera obediencia. De modo tal que la experiencia
cristiana solo puede significar el crecimiento de la propia existencia
en la existencia de Cristo sobre el fundamento de la creciente formación
de Cristo en el creyente. Ahora bien, si la fe en su origen y en su
centro no le pertenece propiamente al hombre sino a Dios en Cristo,
entonces lo importante es el movimiento que extasía al hombre de sí
mismo, es decir, la preferencia por lo Otro, por lo más grande, por
aquello de lo cual el que se ha expropiado a sí mismo por Dios no
quiere precisamente asegurarse. Con el fin de dejar sentados los antecedentes
teológicos de su tesis estética sobre la preeminencia de la dimensión
objetiva en la experiencia de la fe, Balthasar realiza un recorrido
histórico para mostrar el tratamiento del tema en la Escritura,
en los Padres y en la Edad Media, trazando un itinerario en el que
conocimiento y experiencia se fueron integrando. El punto culminante
de este proceso lo habría alcanzado la teología espiritual monástica
de Bernardo y Guillermo de Saint Thierry, para la cual la sapiencia
era una cima en la que la verdad era gustada a través de la experiencia.
En esta “experiencia inspirada” –notemos el origen objetivo de la
concepción monástico medieval de experiencia–, en la que el sentir
y el gustar constituían lo esencial, se encontraba la certeza suprema
en la experiencia de Dios. Pues bien, la objetividad es para Balthasar una
característica distintiva de la mística medieval, en la que la “experiencia
personal entera se inserta siempre inmediatamente en un ropaje dogmático”,
de modo tal que “los estados, experiencias y esfuerzos subjetivos
sólo están allí para captar con mayor profundidad y riqueza y para
orquestar el contenido objetivo de la revelación”
[1]
. En este coro de voces monásticas, en las que el
objeto «Dios» ocupa el centro de la experiencia del sujeto, ubica
Balthasar la figura de Hildegarda. En los siguientes términos hace
la primera mención de la abadesa: “No es necesario traer
a colación la doctrina de los dones del Espíritu Santo y de la “sabiduría
que saborea”, que desarrollan otros cistercienses, los victorinos,
Ruperto de Deutz, Adán Escoto e Hildegarda de Bingen. Los textos son
muy numerosos y, en su movilidad y fantasía, engendran fórmulas siempre
nuevas que nos sitúan en el santuario de la religiosidad medieval.
Por doquier hablan de la alegría, de la certidumbre de la fe, de la
entrega confiada (por llena de experiencia) al amor de Dios, de cierta
suavidad de la inspiración divina, de un gusto anticipado de la dulzura
divina, de una iniciación en la visión divina a través de la sabiduría
que saborea. Pero es claro que, si el criterio de la evidencia subjetiva
es sacado del contexto de la vida claustral y contemplativa y colocado
en la fría atmósfera racional de la escuela y de sus distinciones,
no podrá resistir mucho tiempo.”
[2]
Como podemos advertir, Balthasar coloca la figura
femenina de Hildegarda junto a la de insignes teólogos monásticos
medievales, para quienes saber y fe, teología y vida, teología y santidad
conformaban una unidad
[3]
, lo cual responde a la tesis balthasariana del
retorno a una teología orante y adorante que permanece de rodillas
ante el misterio de la revelación.
[4]
Dicha «sabiduría que saborea» porque contempla
en estado de oración es la que caracteriza la experiencia de fe que
vive y propone vivir Hildegarda de Bingen. Ésta es la figura que Balthasar
propone para el siglo XXI: la de una teología que tenga por protagonistas
principales a los santos. 2. Presencia
de Hildegarda en el estilo estético teológico monástico-anselmiano El segundo contexto en el que aparece Hildegarda
es el que corresponde a la Segunda Parte de Gloria o Estética Teológica
–dedicada a los estilos
eclesiales y laicales–, cuyo objeto es presentar los postulados teóricos
desarrollados en la Primera Parte –La
percepción de la forma– desde la perspectiva de su eficacia histórica.
Por «estilo estético teológico» se entiende aquí el modo en que han
expresado la gloria divina en su singularidad cada uno de los doce
autores que elige para conformar la orquesta de irradiación histórica
de la revelación.
[5]
En realidad, Balthasar concibe constelaciones configuradas
en torno a una figura común que los reúne, las que a su vez como conjunto
forman un simposio occidental. A la hora de dar razón de su elección,
el teólogo suizo quiere realizar un acto de justicia con todas las
otras figuras (cuya teología no desarrolla de modo específico por
considerarlas incluidas en alguna de las doce constelaciones). A la
abadesa de Bingen le corresponde aquí una mención en la constelación
monástica anselmiana: “No hace
falta naturalmente decir que tras las doce figuras escogidas hay otras,
en gran número, que hubieran podido ilustrar las conexiones y los
pasos histórico-espirituales entre las señaladas y aún serían dignas
por sí de una presentación. Así por citar unos ejemplos, [...] en
la época anterior a Anselmo Máximo y Escoto Eriúgena; en la época
postanselmiana Bernardo, Hildegarda, Matilde y Wolfram; [...] Sin
embargo, el estudio de estos grandes, por no hablar de otros menores,
hubiera llevado a repeticiones tediosas. Con harta frecuencia, intuiciones
esenciales de estética teológica de un pensador cristiano pueden presentarse
agregadas, por así decirlo, a la constelación de otro pensador.”
[6]
Con Anselmo
comparte Hildegarda la raíz benedictina, y en consecuencia la misma
«figura estética»
[7]
, cuya «forma», por ser monástica, es contemplativa,
y cuyo «fondo», por ser benedictino, es comunitario, dialógico, vital
y consciente de la libertad personal.
[8]
Así, para Balthasar, el núcleo de la teología anselmiana
está constituido por la «razón orante» que “[...] no es éxtasis, ni
sentimiento, sino razón contemplativa”
[9]
. La del obispo de Canterbury es, en definitiva,
una «razón estética» por ser el acto de una “facultad visual de la
mente”, puesto que “pensar es hacer espiritualmente visible una cosa”
[10]
. La integración entre
«forma monástica» y «fondo benedictino», entre «razón orante» y «razón
contemplativa», configura ciertamente el perfil del estilo hildegardiano,
que como el anselmiano no entiende otro modo de comprender la fe que
no sea en y por la experiencia. Así lo interpreta Balthasar cuando
señala que: “Entre la
fe y la comprensión se interpone la experiencia de vida. [...] ¿Y
qué es esta experiencia de la vida? Consiste en superar el plano donde
se enfrentan el pensamiento puro y el puro contenido del pensamiento,
en apercibirse efectivamente de que los enfrentados son una persona
creada libre, pero consciente de su servidumbre al pecado, y el Dios
infinitamente libre y personal, del que le es imposible disponer a
doble título: por ser criatura y por estar sumida en el pecado.”
[11]
De aquí podemos
deducir que, por hundir sus raíces en una razón estética, que es orante
y contemplativa, la experiencia mística hildegardiana es decididamente
objetiva en el sentido medieval, monástico y anselmiano. Ahora bien,
la proyección teológica de la abadesa de Bingen no corrió la misma
suerte que la del obispo de Canterbury. A este injusto silencio se
refiere el teólogo de la belleza: “hay espíritus cristianos a los
que se ha negado la eficacia histórica y eclesiástica, aun sin carecer
de una visión original y de capacidad formativa, como Hildegarda y
Matilde de Magdeburgo”
[12]
. En este juicio
de Balthasar podemos reconocer dos aspectos: primero, la observación
crítica hacia la negativa de la historia por reconocer la profundidad
y proyección; segundo, la valoración del pensamiento hildegardiano
como fontal, fundacional y, en consecuencia, como configurador de
nuevos horizontes en los que vida e intelecto se integran. Aunque
tardíamente, este teólogo del siglo XX se propone rescatar esta figura
del olvido, sumando su voz de merecido reconocimiento al aporte que
esta santa mujer medieval hizo a su tiempo y a la posteridad. Esta apreciación
del papel de su teología mística en el concierto de la teología medieval
será ratificada en la Segunda Parte de Teológica –dedicada a la Verdad
de Dios–: junto a la Didascalia
(VII, 27) de Hugo de San Víctor menciona el Liber
divinorum operum (PL 197, 989A, 1002, 2-3) de Hildegarda como
uno de los hitos teológicos de la introducción de la dimensión histórica
y temporal en la explicación del dogma trinitario
[13]
. 3. Presencia
de Hildegarda entre las figuras femeninas de la mística medieval
El pasaje que analizamos
en el párrafo anterior es uno de los varios en los que la figura de
Hildegarda aparece junto a otras voces teológicas femeninas medievales
que, como ella, padecieron un silencio centenario. Entendemos que
una de las causas de la ausencia del debido reconocimiento habría
que buscarla en la escisión moderna entre teología y santidad. En
efecto, en el artículo homónimo se reitera la mención de nuestra abadesa
junto a las de otras voces de mujeres místicas. La alusión la realiza
precisamente en un pasaje en el que confronta la mística subjetiva
moderna de la experiencia y de los estados con la mística objetiva.
Dicha mística subjetiva señala: “[...] está
también muy lejos de la mística dogmática de Hildegarda de Bingen,
o de las dos Matildes, de Brígida y de las dos Catalinas, a las que
interesaba ante todo un mensaje que había que transmitir a la Iglesia,
un mensaje que había que cumplir con objetividad y espíritu de servicio,
mensaje que no era, desde luego, otra cosa que una interpretación
de la revelación única para el hoy de la Iglesia.”
[14]
Este conjunto de
“mujeres de luz”, como acertadamente las llamó un historiador
[15]
, comparte el contexto histórico y geográfico (todas
viven entre los siglos XII y XIV en la Europa medieval) y el carácter
objetivo de sus experiencias místicas. Junto a las aquí mencionadas,
Matilde de Magdeburgo, Matilde de Hackeborn, Brígida de Suecia, Catalina
de Siena y Catalina de Génova, aparece en otros textos Juliana de
Norwich.
[16]
Asimismo, en la
Tercera Parte de Teológica
–dedicada a El espíritu de la
verdad–, sitúa la figura hildegardiana entre las voces femeninas
a fin de demostrar, en esta oportunidad, la unidad existente entre
la dimensión mística y la carismática, en razón del origen de ambas
en el mismo Espíritu y, consecuentemente, en virtud de la puesta del
don recibido al servicio de los otros. Dice el texto: “Esta dualidad,
realizada por el Espíritu en la Iglesia, se manifiesta aún desde otro
punto de vista: como el doble efecto del único Espíritu, que produce
ministerio y carisma. [...] Pero la unidad de ambas cosas realizada
por el Espíritu va aún más lejos: en 1 Cor 12, 31 se describe
el amor cristiano como el camino más excelente sin el cual son inútiles
hasta los carismas más elevados (1 Cor 13, 1-3). Los carismas
son teóricamente posibles sin el amor, pero, para ser eficaces, precisan
de una vida en el amor y en las virtudes teologales y cardinales infusas.
[...] Hay carismas fundacionales [...] que se suelen llamar “místicos”,
pero que son dados igualmente de forma carismática para provecho de
la Iglesia entera y en especial de la familia eclesial que se ha de
fundar. Lo mismo se puede decir de otros carismas, como por ejemplo
las profundas intuiciones de grandes Padres de la Iglesia (baste mencionar
a Orígenes, Basilio, Agustín) o de grandes “místicas” como santa Hildegarda,
las dos Matildes, Juliana de Norwich. No es posible deslindar entre
sí lo carismático y lo místico.”
[17]
La última mención
a la constelación de mujeres corresponde a la Tercera Parte de Teodramática –El último acto–. Aquí son presentadas como antecedentes de la posición
escatológica de Balthasar, quien amplía el concepto agustiniano y
medieval del sujeto que espera la salvación para sí, extendiéndolo
a una espera para todos. En la teología medieval, sólo las mujeres
se habrían atrevido a presentar una propuesta diferente, anticipándose
en siglos a la cuestión: “Si se exceptúa a algunas mujeres como Hildegarda,
ambas Matildes o Juliana, parece como si la reflexión cristiana se
hubiera detenido en el umbral”
[18]
. 4. Presencia de Hildegarda entre los actores
del teodrama En la Segunda Parte
de la Teodramática, las
menciones a Hildegarda son también dignas de ser destacadas. Los volúmenes
que la componen están dedicados a presentar a aquellos personajes
de la acción, en cuya carne se pone en juego la tensión hacia la identidad
entre papel y persona en la misión. De ahí el título común, Las
personas del drama, y la especificidad de cada uno: el carácter
antropológico del uno y el cristológico del otro. La cuestión central
de ambos es dar respuesta a la pregunta por los sujetos que protagonizan
la acción, a fin de realizar una transposición de las categorías del
drama teatral humano al drama divino. En relación con lo cual señala
Balthasar: “Dramatis personae: ¿quién va a participar en la acción? En una teodramática es obvio que
Dios es el primero en actuar. Se plantea entonces la pregunta sobre
quién interviene o puede intervenir al hallarse Dios en el escenario.
[...] Tenemos que ocuparnos en primer lugar de este problema aparentemente
«estático» antes de poder tematizar la dinámica del acontecimiento.
Pero en una teodramática no se da, como se dijo, una estaticidad pura,
pues el programa con los «protagonistas de la acción» es ya acción
en cuanto que incluye de modo implícito todo el drama. [...] Quien
lee hombre, lo contempla en su indudable procedencia-de y en su indescifrable
encaminamiento-a.”
[19]
Teatro, papel y
misión ponen de relieve la singularidad histórica de la acción humana,
de ahí la analogía que existe entre la representación teatral, la
existencia entendida como papel y la respuesta teológica a la misión.
La transición del “papel” (drama teatral humano) al “envío” o “misión”
(drama divino) supone dejar atrás el carácter arbitrario del papel
como vestidura intercambiable “para alcanzar un yo que no admite intercambio
y que por ello está capacitado como portador de un papel verdaderamente
dramático en el ámbito no del teatro, sino de la existencia”
[20]
. Y, dado que en el centro de una teodramática sólo
el nombre de un yo que no admite intercambio puede ser el partner
para el Dios único e irrepetible, la respuesta última a la pregunta
por el quién del hombre la encontrará Balthasar en el dominio de la
teología bíblica, donde quedan rebasados los planteamientos de la
filosofía, de la sicología y de la sociología. Así, la teodramática, “[...] contempla el carácter dramático
de la existencia a la luz de la revelación bíblica, y que por tanto
nosotros la pensamos como punto de partida y no como punto de llegada.
Esto se manifiesta inmediatamente en el hecho de que una intuición
de Dios, del mundo y del hombre no se alcanzará prioritariamente ascendiendo
a partir de la autocomprensión humana, sino a partir del drama con
el mundo y el hombre que Dios previamente ha puesto en escena y en
el que nosotros nos encontramos como actores.”
[21]
Tras un desarrollo
abstracto de la contraposición entre libertad finita y libertad infinita
(que para Balthasar es el presupuesto esencial de toda teodramática)
concluye en la necesidad de definir al hombre, “Desde sí mismo, porque el hombre no puede retirarse
del desarrollo de la acción dramática en la que se encuentra inmerso
desde siempre, para siquiera una vez considerar cuál es el papel que
realmente le gustaría representar. Se encuentra metido en la representación
sin previa consulta y está desempeñando de hecho un papel, pero ¿cuál?”
[22]
Para responder,
el teólogo suizo presenta las opciones antropológicas precristiana,
cristiana y postcristiana. Hildegarda aparece en el contexto de una
opción cristiana que hunde sus raíces en la antigüedad. En efecto,
su pensamiento antropológico –elaborado sobre la correspondencia entre
el microcosmos (el hombre) y el macrocosmos (el universo)– se destaca
entre el de sus coetáneos medievales. En este punto, subraya Balthasar,
la visión hildegardiana de lo humano se encuentra en continuidad con
el pensamiento griego antiguo, para el cual el concepto del justo
medio –como delimitación ética frente a la desmesura– fluctúa entre
lo natural y lo moral, entre la desmesura de las fuerzas del destino
y de la «hybris» interior, y los ideales de la «paideia»
tales como la «kalokagathia» y la «areté», cuyo origen
se encuentra en el mundo de los dioses. Esto lógicamente genera una
tensión interna en el hombre, lo cual, dice Balthasar: “[...] nos
remite a la ambivalencia de la imagen del microcosmos, que va a continuar
incluso en el período cristiano: por una parte, el hombre es el compendio
de las tensiones y oposiciones cósmicas; así lo vieron, tras Aristóteles,
los antiguos, así le describirá Escoto Eriúgena, más tarde Hildegarda
[en la impresionante cuarta visión del Liber
divinum Operum PL 197, 73ss] y de una forma nueva el renacimiento
florentino. La otra línea corresponde a la interpretación aristotélica
del alma como unidad cósmica que comprende intencionalmente al mundo
[...]. A intervalos –en la Antigüedad y en la Edad Media– sigue intacta
en ambos esquemas esta inmersión en el universo, y en nadie quizás
tan claramente como en Hildegarda, donde el cosmos como tal aparece
proyectado con vistas al hombre según el modelo de la forma humana,
y donde el hombre, en su cuerpo y en su alma, es portado y penetrado
por las fuerzas del cosmos, mientras que el todo se mantiene a salvo
en el amor del creador y en su plan originario de resumir en sí la
historia y el cosmos haciéndose hombre. Retorna aquí, esclarecida
en el plano cristiano, la equivalencia griega de lo físico y lo ético:
las fuerzas cósmicas y las virtudes vuelven a formar una unidad; el
hombre, compuesto de alma y cuerpo, no puede dejarse determinar por
las fuerzas físicas sin asumir al mismo tiempo la responsabilidad
moral de codeterminar el sentido de su existencia. Y de nuevo es la
polis la que hace de mediadora entre la
physis y el ethos, pero ahora como la figura de la Ecclesia que es la que domina todos los grandes acontecimientos de
la historia de la salvación. En este extenso
pasaje que acabamos de citar Hildegarda aparece como una figura clave
en un doble sentido. Por un lado, su antropología es síntesis creativa
de la concepción heredada de los antiguos, ya que el primer plano
le corresponde a la inmersión del hombre en el cosmos de donde se
deriva la tensión de fuerzas. Pero, por otro lado, el giro cristiano
la ubica en el umbral de la visión renacentista del hombre divinizado. La otra referencia
hildegardiana aparece en el marco del desarrollo de la temática de
los personajes teológicos que agrupa Balthasar bajo el sugerente título
de “Elegidos y enviados”. Recordemos que para
el teólogo suizo la Antropología teológica culmina en una Cristología.
De esto se sigue el carácter inclusivo de la expresión “Personajes en Cristo” que domina este abordaje de las personas del
drama. Aquí los incluidos (los personajes), aún siendo libres, están
determinados por lo incluyente (Cristo) que también es libre, de ahí
el carácter dramático de las relaciones entre ambos.
[24]
En este marco desarrolla
una de las tesis centrales del teodrama cual es la del concepto de
misión como hilo hermenéutico conductor de una Cristología que va
de la conciencia al ser. En efecto, para Balthasar, preguntarse quién
es Cristo no significa preguntarse en primer lugar por su naturaleza,
sino por su función, de modo que “la pregunta por su obra implica
la de su persona: ¿quién tiene que ser el que así se entrega y el
que hace tales cosas? El que persevera en esta pregunta irá recorriendo
el camino ascendente desde la función hasta el ser que en ella se
esconde y se presupone”
[25]
. Es justamente en virtud de la identidad de persona
y misión que se da en Cristo, que el drama humano se convierte en
teodrama. El teodrama cristológico es el que da sentido a toda la
dramaticidad humana. Dice Balthasar al respecto: “La persona de Cristo, en cuanto último Adán y
dador de sentido a toda la representación, contiene en su persona
y en su misión toda la dramaticidad de la humanidad en la relación
que ésta tiene consigo misma y con Dios, y esto de tal modo que él
no sólo en su destino personal (a través de la cruz y resurrección)
llega a ser lo que desde siempre era, sino que a lo largo de la representación
mundana, llega a ser la omega que ya era desde siempre en cuanto alpha.”
[26]
Así pues, el proceso de personalización humana
se consuma en la personalización carismática y misional operada por
Cristo. Esto trae importantes consecuencias antropológicas derivadas
de la concepción teatral del papel-personaje transpuesto a la teología.
Se es persona en sentido pleno no en el marco de un escenario cósmico
cerrado sino en el marco de un escenario teológico abierto: el cristológico.
En este marco se ubican los personajes teológicos, a los que define
señalando que: “En ellos la íntima dramaticidad de la persona
teológica se manifiesta de un modo representativo de todos los casos,
aun los escondidos: el hombre no es lo que él piensa ser por sí mismo,
sino aquello para lo que Dios lo determina, y por eso tiene que situar,
con todas sus fuerzas, su centro personal en lo que se le ha prometido
con su nuevo nombre. Y como el nombre nuevo, el teológico, es siempre
un nombre de representación social y de servicio, va creciendo en
lo que más propiamente lo constituye en su personalidad, gracias a
que va olvidando su subjetividad privada y se va adentrando en su
función.”
[27]
El cambio radical que se produce en la vida del
llamado a ser personaje teológico consiste en trasladarse al espacio
escénico de Cristo, que está abierto desde siempre. Por eso los «personajes
teológicos» participan pues en la universalidad de la misión de Cristo.
El primer núcleo misional lo constituye la figura de María Madre de
Dios. El segundo, el de las «misiones de la constelación cristológica»
conformada por Pedro, Pablo, Santiago y Juan. El tercero es el círculo
de las «misiones cualitativas», que se caracterizan por su irrepetibilidad
y por su proyección pública hacia el entorno. Por concebirlas analógicamente
éstas derivan luego en el cuarto círculo que es el de las misiones
normales. Pues bien, a la hora de ofrecer nombres concretos de personajes
teológicos que han desarrollado misiones cualitativas, aparece nuevamente
el de Hildegarda: “Se pueden enumerar misiones extraordinarias en
donde ambos aspectos resultan igualmente claros: el carácter irrepetible
de la personalidad teológica y su incidencia efectiva en el ámbito
social al que se abre y queda configurado por la misma. Pensemos por
ejemplo, en teólogos como Agustín, en fundadores de órdenes como Benito,
Francisco de Asís e Ignacio, en papas como Gregorio, en mujeres como
Hildegarda, Gertrudis, Mary Ward... Pero detrás de los grandes expuestos
a la admiración de todos, se hallan los otros innumerables que en
la apreciación de Dios pudieran tener misiones no menos trascendentes
–por ejemplo, de penitencia, de oración, de caridad, de sufrimiento–,
que han permanecido en el anonimato o han vuelto a caer en el olvido;
todas esas misiones que resume el Apocalipsis en el número simbólico
de los ciento cuartenta y cuatro mil.”
[28]
Al incluir al personaje de Hildegarda de Bingen
en el círculo de las misiones cualitativas, la ponderación de Balthasar
alcanza su punto culminante, pues esto significa colocarla entre los
grandes amantes, fundadores y teólogos que merecieron ser expuestos
a la admiración de todos. De esta manera el gran teólogo del siglo
XX rinde su tributo a la gran teóloga del siglo XII, quien por su
mística objetiva, por la centralidad de la experiencia en la comprensión
de la fe y por el carácter contemplativo de su razón estética, con
seguridad tiene aún mucho que decirnos a nosotros hombres y mujeres
del siglo XXI.
Bibliografía
consultada:
Bertini, Ferruccio.
La mujer medieval. Madrid:
Alianza Editorial, 1991, 226 p. Dronke, Peter. Las escritoras
de la Edad Media. Trad. de Jordi Ainaud. Barcelona: Crítica, 1995.
438 p. (Colección Drakontos). Épiney-Burgard, Georgette; Zum Brunn, Émilie. Mujeres trovadoras de
Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval. Barcelona: Paidós, 1998. 238 p. Guiducci, Armanda. Medioevo
inquieto. Storia delle donne dall` VIII al XV secolo d.C. Firenze: Sansoni Editore, 1990. 317
p. Beneito, Pablo (ed.). Mujeres
de luz. La mística femenina y lo femenino en la mística. Lorenzo
Piera y Juan José Barcenilla (coord.).Madrid: Trotta, 2001. 298 p. NOTAS:
[1]
Balthasar, Hans Urs Von.
“Teología y santidad”. En: Ensayos teológicos. Verbum Caro. Madrid:
Cristiandad, [1960] 1964, p. 246.
[2]
Balthasar, Hans Urs Von.
Gloria. Una Estética Teológica. 1. La percepción de la forma. Madrid: Encuentro, [1961] 1985, p.
259-60.
[3]
En el contexto de la doctrina del
seguimiento que plantea en la Teodramática, aparece la misma decisión
de incluir a Hildegarda en la lista de los grandes de su tiempo,
cuando en la nota 74 acota: “El influjo directo de la doctrina
agustiniana de las dos ciudades se puede identificar en numerosos
autores (como Ruperto, Hugo, Ricardo, Gerardo, Hildegarda, etc.,
cfr. Tournier, p. 659).” (Balthasar,
Hans Urs Von. Teodramática. 2. Las personas del drama:
El hombre en Dios. Madrid: Encuentro, [1976] 1992, p. 154)
[4]
Cfr. Balthasar, Hans Urs Von. “Teología y santidad”. En: Ensayos teológicos. Verbum Caro, p. 265-67.
[5]
El tema de los estilos lo he tratado
en escritos anteriores a los que remito: cfr. Avenatti de Palumbo, Cecilia. La literatura en la estética de Hans Urs von Balthasar. Figura, drama
y verdad. Salamanca: Secretariado Trinitario, 2002, p. 141-230.
[6]
Balthasar, Hans Urs Von. Gloria. Una Estética Teológica. 2. Estilos
eclesiásticos. Madrid: Encuentro, [1961] 1986, p. 21.
[7]
Para una comprensión de la articulación
de la figura estética balthasariana cfr. Avenatti de Palumbo, Cecilia Ines. La literatura en la estética de Hans Urs von Balthasar. Figura, drama
y verdad, p. 233-334.
[8]
Cfr. Balthasar, Hans Urs Von. Gloria.
Una Estética Teológica. 2. Estilos eclesiásticos, p. 209.
[9]
Ibíd., p. 210.
[10]
Ibíd., p. 217.
[11]
Ibíd., p. 214.
[12]
Ibíd., p. 22.
[13]
Balthasar, Hans Urs Von.
Teológica 2. Verdad de Dios. Madrid: Encuentro, [1985] 1997, p. 195, nota
4.
[14]
Balthasar, Hans Urs Von.
“Teología y santidad”. En: Ensayos teológicos. Verbum Caro, p. 247.
[15]
Beneito,
Pablo (ed.). Mujeres
de luz. La mística femenina y lo femenino en la mística. Lorenzo
Piera y Juan José Barcenilla (coord.). Madrid: Trotta, 2001. 298
p. (Colección Paradigmas, 29).
[16]
Agradecemos a la Lic. Azucena Fraboschi
la selección del material bibliográfico, que nos posibilitó realizar
la breve presentación que ofrecemos a continuación: “Matilde de Magdeburgo (1207/1210-1282/1294), beguina, autora de
Flujo de luz de la Divinidad
(La Luz resplandeciente de la Divinidad),
una de las obras maestras de la literatura alemana. Nacida en
una familia de buenos recursos (aunque no consta que perteneciera
a la nobleza), recibió una buena instrucción y, hacia 1230 dejó
a su familia y entró en una comunidad de beguinas. A partir de
1250, estimulada por su confesor el dominico Enrique de Halle,
comenzó a redactar su libro, serie de poemas que alternan con
una prosa narrativa rimada, donde expresa sus experiencias de
Dios, los diálogos entre Dios y el Alma, Dama Alma y Dama Amor
y otras figuras alegóricas como Fidelidad, Constancia, etc. También
se refiere al purgatorio y al infierno, y en nombre de la Iglesia
critica la decadencia del clero y del Imperio, y de la propia
orden dominica, todo lo cual le valió admiración y enemistades.
Se cree que a raíz de estas últimas se refugió en sus últimos
años en el convento cisterciense de Helfta, junto a la abadesa
Gertrudis de Hackeborn, sobre la cual, así como sobre la hermana
menor de la abadesa, Matilde de Hackeborn, y sobre la que sería
luego llamada Gertrudis la Grande, influyeron la persona y los
escritos de la beguina. De la obra se conserva un solo manuscrito
en lengua alemana, que incluye el texto completo en siete libros.
En palabras del sacerdote secular Enrique de Nördlingen, quien
la tradujo del medio bajoalemán al medio altoalemán, “es el alemán
más maravilloso y el fruto del amor más perfectamente apaciguador
que jamás he leído en lengua alemana.” Matilde de Magdeburgo está en el origen de todo el gran movimiento místico alemán, desarrollado
por Eckhart, Tauler y Suso. Matilde de Hackeborn:
Santa Matilde de Hackeborn (1241-98), noble de nacimiento
y artística de temperamento, había recibido una educación esmerada
y la encargaron de las niñas que se educaban en el convento. Nuestro
Señor la colmó de sus gracias, pero por muchos años las tuvo secretas.
Sus únicas confidentes eran Santa Gertrudis conocida luego como
la Grande (1256-1302) y otra hermana. Por mandato de su nueva
abadesa, estas dos escribieron una relación de las experiencias
espirituales de Matilde, sin saberlo ella hasta el final, y así
resultó el Liber Specialis
Gratiae. Santa Matilde legó también una colección de oraciones.
En toda su vida, esas fueron las favoritas del sacerdote jesuita
San Pedro Canisio, que copió algunas en un librito que siempre
llevó consigo, hasta en su lecho de muerte. A Matilde de Hackeborn
se debe la devoción de las Tres Avemarías. Para Matilde, Cristo
no es tanto el Hombre de Dolores, sino el Señor glorificado, subido
al trono en la gloria del cielo. Aunque sufrió mucho, halló un
refugio y paz en el Corazón del Señor glorificado, cuya devoción
propició. Brígida de Suecia (1303-73): de noble familia, enviudó en 1344 luego de tener ocho hijos
y, mediando experiencias místicas, visiones y alocuciones proféticas
habidas en su país, peregrinó a Roma en 1349 y allí dio comienzo
a lo que sentía era su misión: trabajar cerca del emperador y
del Papa en pro de la paz en Europa, donde había comenzado en
1339 lo que se llamaría la Guerra de los Cien Años, entre Francia
e Inglaterra. Parte de ese trabajo fueron sus duras palabras dirigidas
al Papa Clemente VI radicado en Aviñón pidiendo, a él y a sus
sucesores, el regreso de la sede pontificia a Roma, lejos del
dominio francés. Catalina de Siena (1347-80): tuvo experiencias místicas desde
los seis años, que acompañó con una vida muy ascética, y entre
los quince y los dieciséis años se hizo terciaria dominica y se
dedicó a las obras de misericordia hacia enfermos y marginados
de toda condición y edad. A comienzos del siglo XIV, en 1309,
el Papa francés Clemente V traslada oficialmente la sede papal
a Aviñón, que quedó así bajo la tutela de los reyes de Francia,
con lo que el papado pierde presencia y prestigio espiritual.
Catalina, quien venía ocupándose del prójimo con sus obras de
misericordia, armaba grupos de oración, asistía a moribundos y
rezaba por los pecadores, por quienes obtiene conversiones milagrosas.
Entre los años 1370 y 1380, luego de una experiencia mística en
que Jesús y ella intercambiaron los corazones, se lanzó al mundo
y afrontó situaciones políticas y pastorales dentro de la Iglesia,
como su intervención ante el Papa Gregorio XI para que retornara
la sede pontificia a Roma –cosa que sucedió en 1376–, y sus peticiones
por una reforma de la Iglesia a favor de la pureza de las costumbres
y de los intereses que debían guiarla, al igual que su trabajo
en pro de la paz, peticiones en las que no tuvo igual fortuna.
Escribió el Diálogo de la
divina doctrina (1378), cuyo tema es el amor. Catalina de Génova (1434-1507): muy joven aún (a los dieciséis
años) y contrariando su vocación religiosa, se unió en matrimonio
con Julio Adorno no por amor, sino por el oportunismo político
de sus padres y de su esposo. Los primeros años fueron tristes
y desolados, por el carácter difícil de su esposo, pero logró
superar la crisis después de la visión de Cristo derramando sangre
en su viacrucis y en
la crucifixión como signo de misericordia en favor de los pecadores
(1473). Desde entonces quedó animada por una gran devoción hacia
la Eucaristía y se dedicó más aún al ejercicio de la caridad.
Las oraciones, los sacrificios y el ejemplo de Catalina dieron
como fruto la conversión de su esposo. A los treinta años (1478)
se retiraron ambos a vivir en el hospital civil de Parnmatone
poniéndose a tiempo completo al servicio de los enfermos, de los
cuales vino a ser una humilde enfermera y sucesivamente, administradora
y rectora del hospital (1489). De su experiencia personal de purificación
nació su brillante Tratado del
Purgatorio. Juliana de Norwich (siglo XIV, nacida en 1342 y viviendo aún en 1415): mística inglesa, tal
vez monja benedictina o bien una inclusa en una celda adicionada
al monasterio. Fue objeto de revelaciones divinas en 1373, las
que puso por escrito en un libro titulado Revelaciones
del Amor divino. A pesar de decirse iletrada, tenía un lenguaje
teológico y usaba analogías neoplatónicas. Una de sus expresiones
más sorprendentes es “Dios es la Madre”, y aquí van dos textos
que lo prueban. “Es como decir, yo soy la Potencia y la Bondad del Padre; yo
soy la Sabiduría de la Madre; yo soy la Luz y la Gracia que es
amor beato; yo soy la Trinidad; yo soy la Unidad, yo soy la soberana
Bondad de todas las cosas, yo soy Aquél que te hace amar, yo soy
Aquel que te hace desear, yo soy la satisfacción infinita de todos
los verdaderos deseos. (...) Nuestro altísimo Padre, Dios
omnipotente, que es el Ser, nos conoce y nos ama desde siempre:
en un tal conocimiento, por Su maravillosa y profunda caridad
y por el consenso unánime de toda la Trinidad beata, Él quiso
que la Segunda Persona fuese nuestra Madre, nuestro Hermano, nuestro
Salvador. Es por tanto lógico que Dios, siendo Padre nuestro,
sea también nuestra Madre. El Padre nuestro quiere, la Madre nuestra
opera y nuestro buen Señor, el Espíritu Santo, confirma; por ésto
a nosotros nos conviene amar a nuestro Dios, en el que tenemos
el Ser, darle gracias reverentemente y alabarlo por habernos creado,
y rezar ardientemente a nuestra Madre para obtener misericordia
y piedad, y rezar a nuestro Señor, el Espíritu Santo , para obtener
ayuda y gracia.”
[17]
Balthasar, Hans Urs Von.
Teológica 3. El espíritu de la verdad. Madrid: Encuentro, [1987] 1998, p. 313-315. No
queremos dejar de subrayar que las figuras femeninas de Juliana
de Norwich, Catalina de Siena y Catalina de Génova ocupan –junto
a Angela de Foligno- un lugar de preeminencia en la metafísica
de los santos (cfr. Balthasar, Hans Urs Von. Gloria.
Una Estética Teológica. 5. Metafísica. Edad Moderna. Madrid:
Encuentro, [1961] 1988, p. 79-101).
[18]
Balthasar, Hans Urs Von.
Teodramática. 5. El último acto. Madrid: Encuentro, [1983] 1997, p. 312.
[19]
Balthasar, Hans Urs Von.
Teodramática. 2. Las personas del drama: El hombre en Dios, p. 22.
[20]
Balthasar, Hans Urs Von.
Teodramática. 1. Prolegómenos. Madrid: Encuentro, [1973] 1990, p. 627.
[21]
Balthasar, Hans Urs Von.
Teodramática. 2. Las personas del drama: El hombre en Dios, p. 13.
[22]
Ibíd., p. 317.
[23]
Ibíd., p. 329-30.
[24]
Cfr. Balthasar, Hans Urs Von. Teodramática. 3. Las personas del drama: El
hombre en Cristo, p. 19. “El designio de Dios sobre el mundo
consiste en recapitular en Cristo como cabeza todo lo que existe
en el cielo y en la tierra (Ef
1, 10). Por ello se requiere de antemano un conocimiento de esa
“totalidad” con el fin de obtener un conocimiento semejante de
la síntesis que Jesucristo producirá y cuya sustancia llegará
a ser él mismo, aun cuando en otro sentido nunca se puede contar
por anticipado con una síntesis a partir de los simples elementos
a sintetizar; pues Cristo es enviado libremente por Dios “desde
arriba”, pero no reunificado según su esencia, sino simplemente
como clave de bóveda de la creación que debe ser levantada enteramente
“desde abajo”. Ambos aspectos [...] van juntos, [...] de tal manera
que en su persona concreta parece dominar un recíproco influjo
causal a primera vista desconcertante: él influido por el mundo
y su historia, el mundo y su historia por él. Bajo el primer aspecto
él es la omega del mundo, bajo el segundo su alpha, de tal modo
que entre ambos extremos, que en él se identifican, encuentra
espacio y lugar el entero drama del mundo.”
[25]
Ibíd., p. 144.
[26]
Ibíd., p. 189.
[27]
Ibíd., p. 247.
[28]
Ibíd., p. 258-59.
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