Marcela Azimonti
(UNR)
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n la creación del hombre se tomó tierra para hacerlo y todos los elementos lo servían porque sentían que estaba vivo y trabajaban con él, ayudándolo en todas las etapas de su vida y él con ellos.” [1] Con estas palabras inicia Hildegarda de Bingen su Physica, monumental tratado sobre “las sutilidades de la naturaleza de las criaturas divinas”, sutilidades que devela, clasifica, ordena, en una poética de la salud, en un carmen al Amor. Los elementos sirven al hombre, e Hildegarda presiente su naturaleza, descubre sus propiedades, oye sus voces en la bella armonía del cosmos y se propone, con el instrumento de sus palabras sencillas y amorosas, hacer oír esas voces para que el hombre, viviendo de modo saludable, pueda reflejar toda la belleza de su Creador y de su creación. La Physica, también conocida como Libro de la medicina simple, es un tratado enciclopédico de medicina y ciencias naturales que nos informa sobre el estado de los conocimientos médicos en el siglo XII, y la manera como Hildegarda los sintetizó en su visión ético-religiosa de la salud. Con la lectura del libro I tendremos acceso a la increíble variedad de plantas disponibles en los herbolarios de los monasterios y a la forma en que se preparaban y suministraban a los enfermos, y también a las patologías más frecuentes que Hildegarda se propone prevenir y en su manifestación plena, curar, utilizando las cualidades de las plantas y sus propiedades curativas, y evitando sus efectos perjudiciales. Subsidiaria de la tradición hipocrática y de la alegórica visión del hombre como un microcosmos –propia del siglo XII–, para Hildegarda el hombre es un mundo en pequeño: su cuerpo contiene elementos activos, los humores, que poseen las cualidades de los cuatro elementos de la naturaleza. Ya en Hipócrates está presente el postulado de vivir de manera armoniosa, manteniendo el equilibrio entre los humores y las causas externas, ya que la naturaleza posee fuerzas o principios elementales activos, la dynamis, lo seco, lo húmedo, lo caliente, lo frío. E Hildegarda describe cereales, hierbas, legumbres, raíces, flores, clasificándolos según estas propiedades, asimilándolos al hombre al enunciar el temperamento de los mismos, y los prescribe para reestablecer o mantener la salud: ellos proveerán el elemento faltante y equilibrarán los humores, ya que:
Expresando la íntima relación del hombre con el macrocosmos, Hildegarda hace corresponder el calor de las plantas al alma y el frío de las mismas al cuerpo del hombre. Y la ingesta equilibrada de ellas, por lo tanto, producirá la armonía del cuerpo y del alma, armonía que se expresa en la salud. Un cuerpo sano es el habitáculo de un alma sana, un cuerpo sano es la expresión más acabada de que el hombre obra con mesura, que se sirve de las criaturas creadas por Dios con responsabilidad.
Hildegarda, a través de toda su obra, va a señalar los caminos para la elevación espiritual del hombre y no son excepción sus tratados médicos. Ella es la que va a instruir, mediante la descripción de las propiedades curativas de las plantas, sobre las necesidades corporales y aquellos arcanos que encierran las plantas, de los cuales puede servirse para lograr el bienestar físico, anímico y mental, reactualizando ese saber que posee el hombre sobre las cosas celestiales, espirituales y corporales, señalándole el lugar que ocupa en el Universo, su íntima comunión con los elementos, y la implicancia moral y espiritual de esta relación. Al comenzar a trabajar sobre el Libro I de la Physica, pude constatar lo que otros autores sostenían: la preocupación de Hildegarda tanto por las enfermedades corporales como por los estados anímicos, no separándolos la mayoría de las veces. El desequilibrio de los humores causa las enfermedades, las enfermedades del cuerpo producen estados anímicos indeseables, como la melancolía. Me propuse hacer un relevamiento de los estados anímicos que se citaban en la Physica, de los semas que los designaban, de los humores que los producían. Aclaro que mi relevamiento es parcial, y por ello esta exposición es provisoria, es un intento de aproximación a las poblemáticas que ofrece este mundo de significaciones complejas que es la Physica . Hablo de mundo de significaciones complejas porque al comenzar a traducir los textos del latín fueron surgiendo dudas, interrogantes, contradicciones, que la falta de traducciones con las cuales cotejar las mías y de estudios específicos sobre la Physica, tal vez hubieran aclarado. También me hubiera ayudado el acceso a algún otro tratado de medicina occidental de la época, pero sólo pude consultar los de la abadesa de Bingen. Este trabajo es producto de estas incertidumbres, este trabajo es una suma de problemas que esperan solución. Leer el texto, amplificar los campos semánticos, escuchar la voz de su autora fue mi propósito. Exponerles las conclusiones provisorias a las que he arribado, es el de este trabajo. SOBRE LA MELANCOLÍALa felicidad del hombre está siempre amenazada por la melancolía. Ella es la cara trágica de la existencia humana, el recuerdo de la Caída que llenó al hombre de tristeza y desesperación. Hildegarda [4] la presenta como una enfermedad de origen humoral, provocada por una preeminencia de la bilis negra sobre los otros humores, producto de un mal funcionamiento del bazo. “Si los malos humores han sobreabundado en las vísceras y en el bazo del hombre y muchas pasiones han llevado al corazón por la melancolía” [5] , expresa poéticamente cuando recomienda la ingesta de Alpinia Galanga, un rizoma proveniente de la India. Según el principio de equilibrio de los humores este rizoma, de naturaleza cálida, contrarrestaría la frialdad propia del humor melancólico. Pero en la Physica no todo es tan simple como lo parece a primera vista. Hildegarda expresa matices en la caracterización de las plantas, de las enfermedades y sus causas. Por ejemplo, cuando describe la ruda [6] , dice que es apropiada para los melancólicos, ya que nace “más de la viriditas de la tierra que del calor”. Nacer de la viriditas la hace portadora de un plus de calor que atenúa el “excesivo calor de la melancolía” pero, además, mitiga su excesivo frío. ¿Cae Hildegarda en una contradicción? ¿O está pensando en otra enfermedad, de características similares, de otro origen, que engloba en la habitual categoría “melancolía”, más genérica, más comprensible? Recomienda evitar el lúpulo [7] porque “quia melancoliam in homine crescere facit”, hace nacer la melancolía y torna triste la mente del hombre. Evidentemente, desequilibra la relación humoral, y la melancolía invadiría no sólo el corazón, sede del alma, sino también la mente, sede de la inteligencia, perturbando así las vías del conocimiento de Dios, opacando la luz del hombre, que debe ser feliz, que debe brillar, como Aquél de quien es reflejo. SOBRE LA ARMONÍA DE LA MENTELa salud de la mente es una preocupación constante en la Physica. Hildegarda no sólo se ocupa de reestablecer el equilibrio perdido, sino también del cultivo de hábitos responsables, de la vigilia permanente para la salud del cuerpo y alma, prescribiendo el uso de diversas plantas con el fin de mantener una mente clara, lúcida, alegre, despejada. Pero si el estudio de los remedios para la melancolía parece evidenciar, casi categóricamente, que la melancolía tiene origen humoral, no es tan claro el origen de las perturbaciones mentales. No discrimina los humores que afectan al cerebro, pero la mayoría de los alimentos que recomienda son de origen cálido. ¿Es la falta de calor la causante de las perturbaciones de la mente? ¿O seguimos bajo la influencia del humor melancólico? Recomienda la avena
[8] , un alimento “sano y alegre”, que proporciona “laetam
mentem ac purum et clarum intellectum”, una mente dichosa,
la claridad de la inteligencia que brilla porque es sanus, sin
defectos, prudente, Pero como antes he dicho, Hildegarda descubre las “sutilidades”, los matices. El llantén [10] es de naturaleza fría, pero aclara que en esa frialdad posee un “dulce temperamento”, y es ese dulce temperamento el que alegra la agobiada mente del hombre (opressam mentem). El cerebro de estos hombres es tan frío como su temperamento, expresa la abadesa, y la dulzura del llantén favorece la sensatez, el buen sentido, y conforta (ad sanitatem juvat et confortat). En cuanto al mijo [11] , que es un alimento perjudicial ya que produce un ataque en los humores, sin embargo vuelve el cerebro húmedo, acuoso: “sed et cerebrum hominis aquosum facit”. Al confrontar el texto con Causae et Curae [12] inferimos que esta planta le hace recobrar su humedad natural, producto del equilibrio de los buenos y males humores, que lo hacen “molle et humidum”, suave y húmedo, y que se enferma cuando es “secado” (exsiccatur), y es vital que permanezca saludable ya que es “materia scientiae, sapientiae et intellectus hominis” [13] , aquello por lo cual el hombre es hombre por designio divino. Prescribe otro alimento cálido, el trigo [14] , a quienes tienen “vacuum cerebrum”, el cerebro vacío, inútil, ocioso, peligroso porque lleva al hombre al extravío, la enajenación, la amentia. También recomienda el trigo para los frenéticos, ya que colma el cerebro de fuerzas, de vigor, y debe administrársele hasta que recobre el juicio, vuelva a su mente, al equilibrio “ad mentem suam redeat”. ¿Quiénes son estos frenetici? Desde la antigüedad se consideraba el frenesí como una inflamación en el cerebro, una enfermedad mental: “impedimento mentis” la denomina Isidoro de Sevilla en sus Etimologías [15] y la describe como “una perturbación con gran agitación y demencia, producida por la fuerza colérica”. ¿Qué es esta vis colérica que cita San Isidoro? ¿Es la cholera, humor ausente en la Physica al describir las perturbaciones de la conducta? Cuando menciona las cualidades del liquiricio [16] , Hildegarda expresa que también esta raíz es muy útil para el frenético, pues extingue la locura, el delirio, los deseos violentos que están en el cerebro “quia furorem qui cerebro eius est extinguit”. Si, según Dronke [17] , Hildegarda va más allá de las implicancias de los cuatro humores en cuanto a la determinación de la personalidad, también en esta distinción entre amentia y frenesis la abadesa sintetiza un saber que nos aparece velado ¿amentia y frenesis sólo se distinguen por la violencia, el furor? ¿Si hay determinismo físico en el freneticus, también lo hay en el amens?. Yo creo que para Hildegarda la amentia, como patología, presentaba un amplio espectro, variadas manifestaciones, y que el hombre tenía en sí el poder de evitarla, si establecía un riguroso control de sus conductas y sus pensamientos. SOBRE LA INTELIGENCIAMantener la mente clara, serena, feliz, es el imperativo de Hildegarda. Imagen de Dios, el ser humano se caracteriza por la inteligencia, su capacidad para discernir el bien y el mal:
El hombre que brilla por su inteligencia, que reproduce en su ser la realidad trinitaria de su Creador –ya que tiene cuerpo, alma y racionalidad–, es la única criatura que conoce a Dios y su Obra y, por esto, tiene responsabilidad sobre Ella, debe servirla, debe cuidarla, debe vivir armoniosamente con Ella y con Dios. Entonces, la mente vacía, oprimida, errante, debe ser evitada, como el apio, que causa en el hombre una mente inconstante, vacilante, “vagam mentem”, ya que la viriditas que hay en él a veces alegra y a veces torna triste e inestable al hombre, vacilante, inseguro (tristem in instabilitate). La Caída no sólo vulneró la salud del hombre, cuyos humores deben estar equilibrados si se quiere disfrutar de salud física y mental; también vulneró su capacidad de conocimiento, el ojo de la contemplación se ha cerrado, el de la razón se ha vuelto perezoso y dubitativo, según Hugo de San Víctor [19] . El pensamiento que vaga, inestable, vacilante, sin esfuerzo perseverante, se aleja de la contemplación de Dios y de su Obra, se aleja de la sabiduría. Por ello Hildegarda insiste, indica branchwurtz [20] , una pequeña flor silvestre de Europa, a quien tiene muchos pensamientos encontrados “diversas ac multas cogitationes”, ya que hacen desvanecer el saber, la scientia, el conocimiento. Por primera vez en el texto, desaparece la impersonalidad de la tercera persona y es la voz de Hildegarda la que interpela al lector diciendo que el branchwurtz “como el aire luminoso…hará tu voz serena, sanará tu pecho”. Armonía y serenidad, aire luminoso que impide la pérdida de la “intelligentiam mentis”, la pérdida de la inteligencia iluminada por la presencia divina, que en un doble movimiento conoce a Dios, produce la sabiduría e ilumina la razón, como discretio, virtud capital que permite discernir el bien y el mal, querer lo que es justo. Éste es el punto de inflexión donde convergen las propuestas terapéuticas de Hildegarda. La discretio es un don otorgado al hombre, que ilumina su entendimiento y su espíritu para que obre de manera conveniente y justa, en armonía con la voluntad de Dios. El hombre, inmerso en las fuerzas antagónicas del bien y el mal, debe elegir constantemente, debe estar atento, mantener la mente lúcida para no alejarse de Dios. Este don divino le permite al hombre conocer a Dios a través de su Obra, y por lo tanto lo convierte en responsable tanto de su salvación como de la de su entorno. “Los elementos beben todo lo que pertenece a la naturaleza del hombre, lo mismo que el hombre absorbe en él los elementos” [21] . El hombre debe respetar la medida fijada, actuar con moderación, para no alterar el equilibrio de los elementos que participan en la historia de la salvación; y debe estar atento, ordenado, armónico para mantener su mirada en Dios y así seguir los caminos que hacia Él lo lleven.
La Physica es un tratado sobre el arte de la armonía. Como una poética, sus preceptos orientarán la actividad del hombre, señalando que el acto cotidiano de la alimentación, primario y vital para la preservación de la vida, también debe ser escrutado. El presente trabajo es sólo un esbozo, un borrador imperfecto, un intento de escuchar la voz de esta mujer maravillosa que nos llama desde el siglo XII para hacernos reflexionar sobre nuestra vida actual, el caótico mundo que debemos transitar, nuestras formas de actuar, de sentir, de pensar. La Physica de Hildegarda aun espera ser develada, estudiada, porque es mucho más que un catálogo: nos habla del amor de Dios, del lugar del hombre en el universo, de su responsabilidad, de su potencial de intelección. Canto a la armonía, al sutil arte de llevar una vida acorde al Plan Divino, merece ser escuchada, con sus matices, con sus acordes disonantes, y así tal vez podamos iluminar nuestras mentes, ordenar nuestros pensamientos, calmar la angustia, mitigar nuestras incertidumbres.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:Corpus Hildegardis Bingensis Causae et Curae. Edidit Paulus Kaiser. Leipzig: Teubner Verlag, 1903. Liber Divinorum Operum. In: Migne, J.P. (ed) PL 197 Physica (Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum). In: Migne, J.-P. (ed.). Patrologiae cursus completus. Series latina. Vol. 197. Paris: 1882. (S. Hildegardis Abbatissae Opera omnia).
Curtius, E.R. Literatura Europea y Edad Media Latina. 2 vol. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1976 De Bruyne, Edgard. Estudios de Estética Medieval. Madrid: Ed. Gredos, 1959. Dronke, Peter. Las escritoras de la Edad Media. Trad. de Jordi Ainaud. Barcelona: Crítica, 1995. 438 p. (Colección Drakontos) Epiney-Burgard, Goergette, Zum Brunn, Émilie. Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval. Barcelona: Paidós, 1998. 238 p. Fraboschi, Azucena Adelina. Hildegarda de Bingen. La extraordinaria vida de una mujer extrordinaria. Buenos Aires: Educa, 2004. 208 p. Pernoud, Regine. Hildegarda de Bingen. Una conciencia inspirada del siglo XII. Trad. de Alejandra González Bonilla. Barcelona: Paidós, 1998. 164 p. (Colección “Testimonios”, 20) NOTAS:[1] Hildegarda de Bingen. Physica, 1125 A. En: Fraboschi, Azucena. Hildegarda de Bingen. La extraordinariaria vida de una mujer extraordinaria, p. 80-81. (vuelve al texto) [2] Ibíd. (vuelve al texto) [3] Hildegarda de Bingen. Liber Divinorum Operum I, 1, 10(11). En: Fraboschi, Azucena, ob. cit., p. 105. (vuelve al texto) [4] Todas las citas de plantas , sus efectos curativos, las patologías que evitan o engendran son traducción de la autora de: Hildegarda de Bingen, Physica (Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum) In: Migne, J.-P.(ed) PL 197. (vuelve al texto) [5] Physica 1134 A. (vuelve al texto) [6] Ibíd., 1155 D. (vuelve al texto) [7] Ibíd., 1153 C. (vuelve al texto) [8] Ibíd., 1130 C. (vuelve al texto) [9] Hildegarda de Bingen. Causae et Curae. De amentia, Liber II. (Ed. P.Kaiser). (vuelve al texto) [10] Physica 1140 D (vuelve al texto) [11] Ibíd., 1133 A (vuelve al texto) [12] Causae et Curae. De Cerebro, Liber II. (vuelve al texto) [13] Ibíd.(vuelve al texto) [14] Physica 1129 A (vuelve al texto) [15] Isidoro de Sevilla. Etimologías, LiberV, De medicina, cap. 6 (sin datos de edición) (vuelve al texto) [16] Physica 1138 D (vuelve al texto) [17] Dronke, Peter. Las escritoras de la Edad Media, p. 251. (vuelve al texto) [18] Hildegarda de Bingen. Liber Divinorum Operum I, 1, 8. En: Fraboschi, Azucena, ob. cit., p. 104. (vuelve al texto) [19] De Bruyne, Edgar. Estudios de Estética Medieval. T. II, p. 237. (vuelve al texto) [20] Physica 1150 B (vuelve al texto) [21] Hildegarda de Bingen. Causae et Curae, p. 18. (vuelve al texto) [22] Dronke, Peter, ob. cit., p. 243. (vuelve al texto)
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