LA CARTA DE HILDEGARDA
AL CAPÍTULO DE MAGUNCIA

Y el origen del canto litúrgico de las Horas

MA. DELIA BUISEL DE SEQUEIROS
(UNLP)

 

Introducción: Problemática

El nutrido epistolario de Hildegarda (1098-1179) se despliega entre 1147 y 1179, año de su muerte; el vol 197 de la P.L. de Migne [1] nos provee sólo 145 cartas con sus correspondientes respuestas; el mismo año de 1882 vio enriquecido el acervo con 164 cartas más editadas por J. B. Pitra [2] ; nuevos hallazgos han ido engrosando la colección con F. Haug [3] en 1931, en 1965 Führkötter [4] añadió otras 5 inéditas, P. Dronke [5] sobre un manuscrito no trabajado del s. XIII o XIV sumó otras y finalmente L. van Acker [6] en 1991 y 1993 publicó 356, previendo un tercer tomo y elevando el nº a 390.

La nº 47 en Migne, a la que nos referiremos en parte, ofrece más de una redacción, según el hallazgo de P. Dronke en una versión más breve (última carta del manuscrito B), pero los comentaristas no dudan de que ambas redacciones son auténticas y que la recogida en la P.L. pueda representar una cierta yuxtaposición de textos salidos de su mano; los problemas mayores se presentan con los destinatarios de alta alcurnia como papas, arzobispos, obispos, religiosos y religiosas, emperadores y nobles de reconocida actuación política dentro y fuera de Alemania; existen cuatro manuscritos copiados en vida de la visionaria, otros del siglo siguiente y el hallado por Dronke puede extenderse hasta el s. XIV; los dos más recientes presentan una organización sistemática bijectiva (cada carta con su respuesta) y ordenadas según la jerarquía del destinatario; los más antiguos no ofrecen respuestas y las series respetan más la cronología que la calidad del personaje a quien van dirigidas; las variantes no son ni importantes ni contradictorias, pero hay destinatarios cambiados discutiéndose si se trata de una inadvertencia, un uso formulario, una falsificación, un retoque, una corrección meliorativa, un intento de prestigiarse con personajes más encumbrados, un empleo de escritos ya redactados que se unen por yuxtaposición o contaminatio usando lo que servía en común de una redacción anterior o, en todo caso, un descuido o una manipulación deliberada de sus copistas (inversión de la cronología de las cartas, o sea, quién escribe primero, etc.).

En el caso de la carta que nos ocupa, Führkötter, su editor de 1965, ve once (11) extractos diferentes formando un conjunto muy abigarrado, tal vez reunido después de su muerte, añadimos que excesivamente largo para desplegarlo verbalmente ante el capítulo en pleno dispuesto a escucharla, como realmente ocurrió; sin embargo el estudioso no duda de su autenticidad [7] .

Encuadre histórico

El incidente que motivó esta extensa epístola no figura en la Vita; sólo podemos compulsarlo en la misma carta y en el Protocollum canonisationis publicado en las Analecta Bollandiana [8] en 1883. Pero antes es preciso tener un panorama somero del trasfondo histórico [9] en que vivió inmersa Hildegarda, sin el cual no se puede comprender su texto.

Estamos en la Germania (conglomerado de reinos, ducados, principados, etc.) del Sacro Imperio Romano Germánico, en tiempos densos de confrontaciones internas y externas; ya antes de su nacimiento había estallado la querella de las investiduras entre el Papa y el emperador Enrique IV, cuando el primero prohibió las investiduras de oficios eclesiásticos realizadas por ciertos laicos, privilegio del que gozaban los reyes y emperadores para nombrar obispos y abades sin elección canónica [10] . El Papa Gregorio VII quiso devolver y confiar esas funciones sólo a las altas jerarquías eclesiásticas; el emperador necesitaba de esa facultad para contrapesar la influencia de la nobleza hereditaria y viabilizar otros proyectos de poder; comienza así una larga contienda alternativa que persiste, pese a la sucesión de papas y emperadores, con treguas y encarnizamientos por varios siglos. A esto se añade la lucha de facciones entre los Welf (en Italia güelfos) y los Hohenstaufen, exacerbadas en época de Conrado III (1138-1152) y de su sucesor Federico I Barbarroja (1152-1190), donde no sólo los laicos estaban enfrentados sino que eran notorias las divisiones entre el clero. Los superiores inmediatos de Hildegarda, el obispo Christian de Maguncia y el clero de su catedral tomaron partido por el emperador, aunque las posiciones no fueran extremas y absolutas.

Es preciso tener en cuenta estas rivalidades porque Hildegarda defendió siempre la autoridad del papado en diversos y gravísimos problemas como los de los cátaros, que motivaron sus predicaciones en más de una catedral a pedido de sus titulares; por otra parte, el origen noble de Hildegarda le aseguraba un trato acostumbrado y casi connatural con los altos estamentos de la corte imperial en la que su padre había sido funcionario, de allí que las cartas a Conrado III y a Federico Barbarroja por muy respetuosas que fueren, no dejaban de evidenciar carácter admonitorio si la ocasión lo requiriese.

El entierro de la discordia

En nuestro caso Hildegarda, en medio de una situación todavía muy polarizada entre ambas partes, había autorizado en su convento, como abadesa, y por conductu sacerdotis sui [11] el asilo de un caballero, excomulgado hacía un tiempo, partidario del papa Alejandro III (1159-1181) [12] ; estando asilado el noble murió y fue enterrado en el mismo convento de san Ruperto. El clero superior de Maguncia, alegando que la sentencia de excomunión no había sido nunca levantada, ordenó su exhumación y expulsión del camposanto conventual bajo pena de interdicción. Hildegarda, apoyada por sus monjas, rehusó la orden y alegó que el caballero había muerto en regla, es decir “confesado, ungido, comulgado y enterrado sin ninguna objeción” [13] .

Esta fue la última contienda de la abadesa de Bingen y la de mayor envergadura, porque llevada a enfrentar a sus superiores, sometidos al emperador, los encaró con firmeza y con la convicción de haber realizado lo que correspondía; no sólo no entregó el cadáver, sino que lo ocultó, Antígona rediviva, apoyándose en la garantía de la Luz viviente [14] , por lo que se la castigó junto a sus cofrades prohibiéndoles el canto del oficio divino y denegándoles la comunión [15] .

Conviene detenernos en la interdicción. Se trata de una pena canónica grave por la que los cristianos son privados de ciertos bienes espirituales como los sacramentos, los oficios divinos, la sepultura eclesiástica, o bien conlleva el cierre de las iglesias. El interdictum se denomina así desde el s. X, pero su práctica eclesiástica se puede remontar al s. VI; hay interdictos personales que castigan a miembros concretos, o generales de aplicación local o regional, éstos últimos muy usuales en los siglos XII y XIII. Era una medida de un rigor extremo, atenuada por algunos papas, como Alejandro III; un interdicto que cae sobre un país o una diócesis es atribución de la Sede Apóstólica, pero los personales, institucionales o locales son privativos de arzobispos y obispos [16] , siendo éste el caso de la abadía de San Ruperto.

Hildegarda aceptó el castigo, pero como buena visionaria no dejó de consultar ad verum Lumen, a la Luz verdadera que constantemente la esclarecía y aconsejaba; la Lumbre dentro de la Lumbre o la sombra de la Luz viviente le advirtió que aceptar el decreto del clero maguntino era altamente peligroso y de graves consecuencias para toda la comunidad [17] , aconsejándole pedir el levantamiento de la sanción [18] por lo que decidió apelar para obtener la restauración, en primer lugar, del sacramento y luego del canto del oficio divino, propio de la regla así violada, canto que continuaron apenas en murmullos legentes remisse, débilmente, como única forma celebratoria.

Hildegarda en persona, vieja y  enferma, un año antes de su muerte, se dirigió a Maguncia con este alegato de carácter epistolar manifestado de viva voz, que es como su testamento espiritual, contando con la certeza del beneplácito divino porque haec vobis dominis et praelatis nuntianda, mihi divinitus imposita sunt [19] . Desplegó varios item entre ellos: la injusticia del gesto de los prelados capitulares y las gravísimas secuelas para ellos; la realización del entierro cumpliendo todos los recaudos canónicos in omni rectitudine por lo que tal ordenanza comporta una efectiva impiedad, perturbadora de la armonía celeste; la inhumación no fue secreta ni oculta realizándose a la vista de todo Bingen, cum tota Pingensi processione sine contradictione. En suma, la comunidad no ha cometido ninguna falta ni delito grave y, además, ha aceptado y soportado tan injusto castigo; no se trata de un acto de rebelión ante el clero de Maguncia sino de un acto de obediencia superior a las órdenes divinas.

La música sacra

La cesación del canto del oficio divino motivó una comunicación audible procedente de la Luz viviente sobre los diversos géneros de alabanza vocal que debemos al Creador. De esta alabanza participó Adán ante transgressionem innocens [20] cuando tenía sociedad con angelicarum laudum vocibus porque su voz era similitudinem vocis angelicae de naturaleza espiritual y que per inoboedientiam perdidit. Su conocimiento celeste se adormeció después de haber sido engañado por la sugestión del demonio y se despertó envuelto en las tinieblas de su ignorancia interior. Dios, sin embargo, que preserva con la luce veritatis el alma de los elegidos ad pristinam beatitudinem, dispuso ex suo consilio, por propio designio, que cada vez que Él tocase el corazón de algunos hombres, los más, quamplurium, que pudiera, renovándolos con la infusión del espíritu profético, éstos recuperarían junto a la interiore illuminatione algo del don paradisíaco que Adán había gozado ante de su prevaricación. En la infinita melancolía de su exilio no pudo recordar las prístinas melodías, pero la Lumbre viviente suscitó la infusión del Espíritu Santo en los profetas, quienes imbuidos e instruidos por él inventaron salmos y cánticos junto con diversos instrumentos como la cítara quae inferius sonat ad disciplinam corporis [21] y el salterio [22] quod de superioribus sonum reddit ad intentionem spiritus [23] gracias a los que fueron los hombres instruidos interiormente en ciertos suavísimos ecos de la remota patria celeste. Si nuestro primer padre hubiese permanecido en el estado en que fue creado, la debilidad humana no hubiera podido soportar la virtutem et sonoritatem vocis, la potencia y sonoridad de su voz [24] .

El demonio, agrega Hildegarda, no puede tolerar esa posibilidad de memoria y consiguiente deseo de la música primigenia, por eso trata de alejar al hombre del hambre de armonía por la que suspira y gime y, mucho más, a la Iglesia, perturbando o impidiendo con disensiones y escándalos la celebración y la pulchritudinem divinae laudationis et spiritualium hymnorum [25] . De allí que los ministros y prelados deben guardar especial atención al canto sagrado y antes de cerrar la boca de los que entonan la alabanza divina y privarlos de la comunión, es necesario examinar discutiendo con sumo cuidado las causas por las que han decretado semejante medida, ya que corren el riesgo de hacerle el juego a Satanás qui hominem a coelesti harmonia et a deliciis paradisi extraxit [26] y quiere hacernos olvidar que por naturaleza del espíritu  symphonialis est anima [27] . ¡El alma es una sinfonía! y angeli quoque vocibus suis Dei laudes symphonizant [28] .

El cántico sagrado a semejanza de la Encarnación de Nuestro Señor, secundum coelestem harmoniam per Spiritum Sanctum in Ecclesia radicatum est.

Un día en el paraíso. Las horas monásticas

Siete veces al día, desde abadías y conventos, particularmente benedictinos, suben al cielo voces de alabanza que pautan el día monacal y conciertan con la triple división horaria de la regla de san Benito: ocho horas para el ora, ocho para el labora y ocho para el sueño. El canto de estas horas se sucede con este orden:

Maitines durante la noche (con sus tres nocturnos, el último de laudes).
Prima (al despuntar la luz del sol).
Tertia (a las nueve de la mañana).
Sexta (al mediodía, en el zenit de la luz).
Nona (a las tres de la tarde, hora en que murió N.S.J.C.).
Visperae (a las dieciocho horas, durante el crepúsculo).
Completae (a las veintiuna horas, última oración del día, ya de noche, antes de acceder al sueño).

Las horas canónicas recuerdan las intervenciones de la Providencia en épocas bíblicas, pero también se relacionan con los ritmos de la luz en la vida de Adán antes de la transgresión inicial.

Así como el cuerpo es la veste del alma y ésta tiene voz, ambos, cuerpo y alma, es conveniente que celebren la divina alabanza concedida por un spiraculo o soplo del Espíritu Santo, que pone al alma en estado de entusiasmo, apelando a su naturaleza sinfónica; este soplo que hiere amorosamente al alma como un rayo de sol con un fulgor ígneo y racional, concede al hombre una scientia boni et mali y la ubica en la aurora con las primeras claridades del alba [29] . Así el comienzo de la luz coincide con la hora de Laudes.

En el esplendor del sol naciente Dios colocó a Adán en el Paraíso y le mostró su gloriosa belleza, vetándole el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; eso ocurrió desde la hora Prima hasta la Tertia.

El plazo en que Adán, provisto de una ciencia preternatural que le permitía conocer la esencia de las cosas, llamó con nombres justos y apropiados a todos los animantia o seres vivientes y escuchó la voz de Dios que le hablaba fue el espacio de Tertia  a Sexta.

Luego Dios se le apareció desde el oriente y el primer hombre no vio Su Faz sino claritatem quamdam vultus eius;  entonces Dios lo sumió en un sopor; durante el sueño el Señor mantuvo su espíritu a la misma altura del cuerpo mostrándole su descendencia  ad coelestem Ierusalem implendam y quitándole una costilla aedificavit una mujer, cuya vista colmó de júbilo a Adán. Eva que estaba cercana al árbol del fruto vedado, tal vez tuvo el privilegio vocal de su esposo, pero Hildegarda no lo dice; su creación se desplegó desde la hora Sexta a la Nona.

El paso siguiente es la tentación y la caída; seducida Eva por la serpiente tendió a su esposo un cibum mortis, un alimento de muerte. Inmediatamente se encontraron desnudos en su propia claridad y la claritas Dei antes patente a Adán, se les manifestó como en una llama en la parte austral interrogándolo: Adán, ¿dónde estás?. El día había empezado a declinar transcurriendo todo esto en el lapso que va de la hora de Nona hasta la de Visperae.

Arrojados del Paraíso vinieron al mundo y noctem jam supra terram invenerunt. Aunque Hildegarda no lo diga la expulsión coincide con la hora de Completae donde el hombre no sólo se adentra en la oscuridad física sino en las tinieblas que se ciernen sobre el espíritu y que el canto monástico de esta hora y de los primeros nocturnos perfora con la potencia luminosa de su armonía.

El ritmo de la luz que se levanta, llega a su zenit  para luego declinar, es también el ritmo de la vida espiritual y específicamente el de la liturgia que asume con su propio esplendor las armonías del cosmos manteniendo incólumes todos los fulgores, las trasciende y las ofrenda a Dios altísimo. El cántico del oficio canónico es como una parcela de la caridad divina y esta possibilitas laudandi  nos abre, gracias a la sangre derramada del Cordero, como una anamnesis o un atisbo de la armonía y del Paraíso perdido cuyas puertas no pueden scindi ante tempus  y nos integra como décimo coro a la societatem angelicae laudis con los pregustos de la transfiguración definitiva.

Esta teoría de la música sacra desplegada en la epístola XLVII, Hildegarda, compositora inspirada y exquisita, la llevó a la práctica en las 77 obras musicales de su autoría [30] y en el drama alegórico del Ordo virtutum.

Retorno a la historia

El alegato de Hildegarda, basado en su condición y convicción de persona profética (alegato que se extiende a otros aspectos que omitiremos considerar porque no hacen específicamente al caso del canto del oficio divino), no debió haber caído en saco roto, sobre todo pesando la amenaza de la privación en el cielo de la participación en la alabanza angélica para aquellos prelados maguntinos [31] que castigaron de tal manera a las monjas de san Ruperto. Sin embargo el capítulo catedralicio se mostró reticente a la apelación de la confidente de la Lumbre divina y desestimó su pedido insistiendo en el tema de la excomunión como un hecho no suficientemente aclarado. Hildegarda fue entonces auxiliada por Felipe, arzobispo de Colonia, quien se presentó personalmente en Maguncia con dos testigos favorables a su causa: un caballero a quien se le había levantado la excomunión y había sido absuelto junto con el difunto y el sacerdote que los había reconciliado con el sacramento.

La argumentación religiosa sobre la naturaleza del oficio divino en la economía de la salvación garantizada por sus visiones no bastó sin los testimonios concretos aportados por el arzobispo de Colonia, dicho de otro modo, Dios se sometió al derecho canónico.

Con esta presentación parecía solucionado el entredicho y el convento estaba a punto de recuperar sus fueros, cuando se produjo otro malentendido con Christian de Buch, arzobispo de Maguncia, príncipe elector y archicanciller del Sacro Imperio [32] , quien por no estar al tanto de la presentación de su par de Colonia, confirmó desde Roma, donde se encontraba, el edicto de interdicción, por lo que la abadesa de Bingen volvió a apelar a su superior jerárquico con una nueva epístola [33] recapitulatoria del asunto, comparativamente brevísima, y completada con el episodio de Colonia: fidelis amicus meus, Coloniensis archiepiscopus ad ipsos in Moguntiam venit, et quodam milite libero homine asistente, qui sufficientibus testibus probare voluit, quod ipse et praedictus mortuus, adhuc in corpore vivens, eum pariter in eodem excessu fuissent, pariter etiam ab anno, eodem loco, eadem hora, ab eodem sacerdote soluti essent, eodem sacerdote, etiam qui eos absolvit praesente [34] .

El quid del asunto reside en un dato al parecer escamoteado por la historia y que nos explica tal vez la negativa de Christian: no sabemos el nombre del caballero ni tampoco quién lo había excomulgado (¿un arzobispo de la facción imperial?), por qué, en qué momento y qué simpatías profesaba el sacerdote que se la levantó; podemos sospechar el condimento más que urticante de razones políticas en la gravísima pena infligida a un partidario del Papa junto con sus defensoras y entrever los motivos de la negativa del gran canciller de Federico Barbarroja, manteniéndonos en el plano de las conjeturas porque Rupertsberg y Maguncia representaban lealtades opuestas y el problema siempre actual de las discrepancias entre lo debido a Dios y al César.

Pero esta vez Christian vuelve a contestar [35] y no es casual que su respuesta se siga a la firma de la paz de Venecia sellando la reconciliación entre el Papa y el emperador [36] ; el tono es diplomático y conciliatorio tratando de justificar a sus cofrades capitulares que habrían obrado de buena fe, pero admitiendo su ignorancia sobre la presentación final; convencido ahora por el idoneo testimonio bonorum virorum in facie Ecclessiae [37] de la inocencia de la abadesa y de sus monjas, pidiendo perdón y misericordia rescripsimus Ecclesiae Moguntinae, las reincorpora a la Iglesia maguntina, levanta una sanción injusta y prolongada más de la cuenta, les concede que otra vez los divina oficia vobis celebrari, lo que le permitió a Hildegarda, la sibila del Rin, después de librar el buen combate y de anunciar proféticamente el día de su tránsito, morir [38] en paz y comparecer ante Dios, circunvalada por el coro de sus amadas hermanas.


NOTAS:

[1] Migne, J.P. Patrologia Latina, t. 197, Liber epistolarum, col. 145-382. Paris: 1882. Las citas se harán por esta edición. (vuelve al texto)

[2] Pitra, J.B. Analecta sacra, t.VIII, Sanctae Hildegardis Opera. Monte Cassino: 1882, p. 328-440 y 518-582. (vuelve al texto)

[3] Haug, F. Stuttgart Letters. En: Revue Bénédictine. 1931; 43: 59-71. (vuelve al texto)

[4] Führkötter, A. Briefwechsel. Salzbourg: 1965. (vuelve al texto)

[5] Dronke, P. Women writers of the Middle Ages. Cambridge: 1984, p. 256-264 y 314-315. Existe de su Epistolarium una traducción inglesa Letters of Hildegard of Bingen. 2 vol. New York- Oxford: Oxford Univ. Press, 1994-1998. (vuelve al texto)

[6] van Acker, L. Hildegardis Bingensis Epistolarium. En: Corpus christianorum, continuatio medievalis (CCCM), Turnhout, Belgium: Brepols, t. XCI, 1991; t. XCIa, 1993. (vuelve al texto)

[7] Führkötter, A. und  Schrader, M. Die Echtheit des Schrifttums der heiligen Hildegard von Bingen. Köln: 1956, citado por Gouguenheim, S. La Sibylle du Rhin. Hildegarde de Bingen, abbesse et prophétesse rhénane. Paris: Publications de la Sorbonne, 1996, p. 35-38. (vuelve al texto)

[8] Datos provistos por Flanagan, S. Hildegard of Bingen. A visionary life. London and New York: Routledge, 1996, cap. 9, p. 184-192. (vuelve al texto)

[9] Previté-Orton, C.W. The shorter Cambridge Medieval History. Traducción  de M. Riu Riu y R. Ballester Scala, Historia del mundo en la Edad Media. Barcelona: Sopena, 1967, T. II, cap. 17-19, p. 645-804. (vuelve al texto)

[10] Un ejemplo posterior de estas facultades religiosas de los laicos lo constituirá después la canonización de Carlomagno debida a Federico Barbarroja el 29 de diciembre de 1165. (vuelve al texto)

[11] Epistula XLVII, col. 218, P.L. (vuelve al texto)

[12] Con este Papa las relaciones con Barbarroja fueron muy tensas, ya que el emperador apoyó la elección simultánea de un antipapa, Víctor IV, por una minoría pro imperial; Alejandro III no se dejó apabullar y consiguió a la larga modificar el esquema de alianzas que terminó siéndole favorable; Alejandro excomulgó al antipapa y a Federico, quien insistió con otra elección no canónica de un nuevo antipapa, Pascual III, contando con el impulso y apoyo de Reinaldo de Dassel, gran canciller del reino y más tarde arzobispo de Colonia; además  prohibió a sus súbditos aceptar la legitimidad de Alejandro, lo que acrecentó el cisma entre el clero germánico. Recién a partir de 1177 con el tratado de Venecia, se abrió la posibilidad de un acuerdo y a Federico se le levantó la excomunión, pero las remezones continuaron todavía un cierto tiempo. (vuelve al texto)

[13] Corpus ejusdem  defuncti, utpote confessi, inuncti et communicati et sine contradictione sepulti” (col. 218). (vuelve al texto)

[14] La experiencia visionaria de Hildegarda  infixa est, ha sido clavada en su alma desde el vientre materno, antequam nata, antes de nacer, por Deo opifice, aclaración expuesta en el primer renglón de la carta XLVII. (vuelve al texto)

[15] “a divinarum laudum canticis hactenus secundum eorum interdictum cessavimus et a participatione Domini corporis” (col. 219). (vuelve al texto)

[16] Cf. Naz, RDictionnaire de Droit Canonique. Paris : Letouzey et Ané, 1953, T. 5ème, col. 1464-1475. (vuelve al texto)

[17] La exhumación traería aparejada “ ejectio illa in modum magnae nigredinis, ingens periculum loco nostro minaretur et in similitudine atrae nubis nos circumvallaret” (col. 218). (vuelve al texto)

[18] licencia quaerenda est” (col. 219). (vuelve al texto)

[19] “porque estas cosas que os debo anunciar, señores y prelados, me han sido impuestas divinamente. (vuelve al texto)

[21] “que suena desde abajo para disciplina del cuerpo”. (vuelve al texto)

[22] En la visión VII del Libro de las obras divinas se evoca el valor simbólico de los instrumentos musicales que han sido creados naturaliter para la alabanza divina. (vuelve al texto)

[23] “que retorna el sonido desde las (cuerdas) superiores para dirección del espíritu”. (vuelve al texto)

[24] Salvadas las debidas distancias, también Cicerón en el s. I a.C., recuerda en el Somnium Scipionis la sinfonía cósmica que emite en una octava la orbitación de las esferas planetarias,  música que el hombre perdió –Cicerón no indaga el porqué-, pero que no podría en su estado actual escuchar, por su envergadura sonora. (vuelve al texto)

[27] Idem col. 221. (vuelve al texto)

[29] La comparación de las horas monásticas con el día de Adán en el Paraíso se desarrolla en las columnas 222-223. (vuelve al texto)

[30] Cf. un somero análisis de la misma en las obras citadas de S. Gouguenheim (p. 159-160), S. Flanagan (cap. 6) y R. Pernoud (p. 193-219); cf. también Disandro, C.A. Los himnos latinos de Santa Hildegarda. En: El son que funda. La Plata: Fundación Decus, 1996, p. 305-325. Un excelente análisis de la mejor bibliografía hildegardiana se lo debemos en nuestro país a su difusora Fraboschi, A. Hildegarda de Bingen. Nota bibliográfica, en la revista del Instituto de Estudios Grecolatinos “F. Novoa” de la UCA, Stylos. 2000; 9(2): 411-430.  También de la misma autora  Hildegarda de Bingen: una mujer para el siglo XX en Stylos. 1999; 8: 41-58. (vuelve al texto)

[31] Pernoud, R. Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du  XIIe siècle. Monaco: Éditions du Rocher, 1995. La autora destaca que Maguncia se preciaba de una tradición rutilante en el canto litúrgico, habiendo fijado las abadías renanas el canto gregoriano, así por ejemplo fue arzobispo en esa sede en el s. IX Rabano Mauro, autor del Veni Creator. (vuelve al texto)

[32] Pernoud, R., ob. cit., p. 183. (vuelve al texto)

[33] P.L., Epistula VIII, col. 159-160. (vuelve al texto)

[34] “Un fiel amigo mío, el arzobispo de Colonia, se llegó a Maguncia hasta los mismos (prelados) con la asistencia de cierto hombre libre, soldado, quien con suficientes testigos quiso probar que él mismo y el antedicho muerto, hasta entonces aún en vida, como juntos hubiesen estado en la misma partida, también juntamente hubiesen sido absueltos a partir del mismo año, lugar y hora por el mismo sacerdote, estando presente el mismo sacerdote que los absolvió.” (vuelve al texto)

[35] P.L., Epistula  IX, col. 160-161. Cf. el análisis de la carta en S. Flanagan, ob. cit., p. 185. (vuelve al texto)

[36] Cf. Gouguenheim, S., ob. cit., p. 163 y  Previté-Orton, C.W., ob. cit., p. 762. (vuelve al texto)

[37] Idem. Ep. IX, col. 161. (vuelve al texto)

[38] Después de su tránsito, sobre el cielo de Bingen se vieron arcoiris cruzados con una cruz sobreelevada en la intersección de ambos, fenómenos lumínicos que persistieron varios días. (vuelve al texto)

 

A resúmenes

Presentación | La vida | Las obras | Actualidad e interés | Obras sobre H. | Sus pinturas | Estudios sobre H. | Noticias | Contenido | Jornadas

Hildegarda de Bingen: ¡Bienvenidos!