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1. La percepción de la naturaleza del conflicto El siglo XII presenta un ímpetu reformista en el ámbito de la Iglesia que iniciado en el siglo anterior pretende, entre otras metas, la disociación del poder eclesiástico del secular. Este programa de acción causó graves conflictos, no sólo en el enfrentamiento de intereses entre ambos poderes, sino en el mismo seno de la Iglesia. Los agudos conflictos se extendieron a las esferas especulativa, teológica y política, y en la misma convivencia cotidiana de los claustros, que movilizados desde su interior deseaban participar de las innovaciones propuestas por las altas jerarquías. A través de las cartas escritas a Hildegarda se observa un estado de permanente zozobra por parte de aquellos que ven peligrar la estabilidad de su comunidad, tanto religiosa como secular. Estos documentos no abundan en los pormenores de las disputas; los interlocutores parecen estar lo suficientemente informados de los problemas que los acucian y obvian el relato, que sin dudas nos acercaría a las causas y los detalles. Los aquejados por el conflicto priorizan la razón del contacto, que es establecer un vínculo con Hildegarda con la esperanza de esclarecer la situación que los agobia. Abades, obispos, monjes, reyes, mujeres y hombres acuden a la abadesa de Bingen por una palabra de aliento ante tanta inseguridad. Son épocas de grandes cambios, la apertura hacia modelos nuevos de pensamiento hace agitar las conciencias y las formas de relación entre los hombres, y de los hombres con Dios. Nuestra hipótesis de trabajo es que la percepción hildegardiana del conflicto es, como en tantos otros aspectos de su pensamiento, una apreciación muy actual de la cuestión. En primer término aparece la idea de conflicto como un estado permanente de la cultura [1] , un continuo ciclo de confusión que afecta a las personas y a las relaciones. La idea de la humanidad sumergida en un caos de confusión es una imagen recurrente en las cartas hildegardianas [2] . Ese estado de insatisfacción, de desacuerdo o expectativas no cumplidas dentro de una organización son el motivo principal de los pedidos de ayuda, oración o consejo que recibe la abadesa. Por otro lado observamos que el conflicto es un proceso que se extiende en el tiempo. No tenemos datos concretos de la duración del conflicto, pero los que acuden a Hildegarda por ayuda manifiestan estar en medio de cuestiones preocupantes que parecen prolongarse inconvenientemente e impedir la ejecución eficiente de sus mandatos. Algunos, como el caso de Conrado II, lo toman con la naturalidad de enfrentar los conflictos como un acontecer cotidiano; dice el rey: “Como no podemos visitarte como nos gustaría, impedidos por nuestros deberes reales y agitados por fuertes vientos y tormentas, no dejamos de acercarnos a ti a través de una carta” [3] . A otros, el tiempo de duración del conflicto los afecta gravemente y les urge la resolución del mismo: “[…] si el disenso no es extinguido rápidamente, enfrentamos grave peligro tanto en nuestro cuerpo como en nuestra alma” [4] . Destacamos entonces que el conflicto es un proceso que se manifiesta con distinta intensidad y duración en el tiempo y que su persistencia es un factor de presión para las partes afectadas. |
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A las denuncias de los jefes religiosos hacia grupos de disidentes, Hildegarda responde con la convicción de que la autoridad de la comunidad es el responsable directo del conflicto, y advierte: “Si no puedes servir bien como señor de tus hermanos, entonces permanece en sujeción como ellos” [8] . Esta apreciación incluye tanto a dirigentes religiosos como laicos, que inmersos en sus propias limitaciones, provocan el conflicto o están incapacitados para ver claramente las perspectivas de resolución. Las sociedades, nos dice la Abadesa, se ven agitadas hasta sus cimientos por la perversidad de los poderosos, quienes impulsados por la avaricia no reparan en ocasionar daños terribles, que van desde la corrupción de las almas buenas hasta el asesinato de inocentes [9] . Para la abadesa de Bingen el conflicto surge fundamentalmente porque los dirigentes han abandonado las virtudes teológicas de la fe, la esperanza y la caridad. El hombre se ata a sí mismo al pecado, lo que aparta a su alma de Dios. Cuando la fe se debilita y se produce la desviación del deseo y de la conducta, aparece la tristeza y la desolación, la falta de esperanza que hace miserable la vida y el trabajo [10] . Es común la expresión de la frustración, la protesta, la angustia, y si no se encuentran los canales adecuados de resolución se pierde la energía y la motivación. Se alteran los equilibrios reconocidos por los seres humanos [11] , que según Hildegarda deben basarse en la ley divina que naturalmente regula la vida de todos los seres creados, y esta realidad tiene como factor común la incertidumbre con respecto a la resolución final de la cuestión [12] . Inmersos en un escenario de conflicto los seres humanos suelen tener dificultad para ver el cuadro general y sus implicaciones con las acciones inmediatas, capaces de revertir el proceso. Esta conducta se evidencia desde las más altas esferas: el “papado divido e incapaz de contener su propio apetito” y los “príncipes seculares, tan violentos e irracionales, que no se avienen a los consejos de los obispos de lo que es justo y correcto” [13] . Incluso tacha a algunos señores temporales de blandos y débiles al momento de seguir las indicaciones de los prelados. Junto a otros pensadores de este siglo, como Juan de Salisbury [14] , critica las frivolidades de la época, en una carta importantísima dirigida a Conrado II [15] . Estas vanidades de los cortesanos serán causa de injusticias, y con elocuencia profética anuncia el advenimiento de mayores calamidades, si los dirigentes no restringen los placeres y corrigen sus actitudes. La denuncia de Hildegarda hacia los religiosos se centra en el abandono de la caridad y castidad, la vida afectada por la vanidad y el orgullo, la malicia y la venganza, la inclinación a las actitudes perversas, la negligencia, la desobediencia. En el campo del pensamiento critica severamente la unión de algunos monjes con los cismáticos, que los llevan a cuestionamientos intelectuales improductivos y que siembran la discordia [16] . Las imágenes visuales del conflicto son categóricas, ligadas fundamentalmente a la a la oscuridad como la negra noche; los fenómenos meteorológicos desapacibles del norte como tormenta, tornado, huracán, nube de tormenta, viento del norte; la confusión representada por el humo que enturbia y ahoga, el humo en la viña del Señor [17] . En general las representaciones del conflicto se relacionan con las desapacibles sensaciones de frío, oscuridad y desconcierto, y establecen un paralelismo con la impotencia del hombre frente a las calamidades climáticas. 2. La resolución del conflicto. Una visión esperanzadora Las imágenes que expone la abadesa de Bingen para anunciar la resolución del conflicto son contundentemente opuestas a la oscuridad que hemos descrito anteriormente. En general las asocia con la aurora, al rojo de la esperanza, el Este y la esfera del sol [18] , en definitiva con la luminosidad que caracteriza la presencia de la divinidad en sus visiones. La resolución en imágenes refleja el motor transformador de la gracia divina en los corazones de los hombres y que posibilita la concordia. El simbolismo de la luz en la liturgia y en la metafísica cristiana tiene una larga tradición que se remonta a San Agustín, que a su vez retoma a Platón y los neoplatónicos: “Sólo donde hay luz y donde las cosas aparecen en su no-ocultación […] es donde el hombre se puede orientar y encontrarse bien en su mundo” [19] . La luz pertenece a los símbolos primitivos de la humanidad, y la cristiandad encuentra esta imagen repetidas veces representada tanto el Antiguo como en el Nuevo Testamento. La abadesa tiende a ver los conflictos como una ocasión para el cambio y la salvación del alma. Ayuda a concentrarse en los compromisos contraídos y apuesta positivamente a una renovación del espíritu. Los caminos propuestos van enderezados a los dirigentes que a modo de eje dinamizador pondrán en movimiento la honda expansiva de la conversión. Hildegarda reitera: “dejen que la luz arda en Ustedes” [20] , propiciando tiempos de corrección y enmienda para componer los disensos que se suscitan en los monasterios. Se ajusta aquí a los postulados escolásticos imperantes en la época, que consideran que todos las potencialidades se centran en la cabeza de una institución, en quienes tienen el poder rector para transformar la realidad [21] . El caput dirige al cuerpo, mide sus actividades y como Cristo con su Iglesia, es fuente de gracia vivificante. Por la renovación de las cabezas visibles se logrará el consenso y la paz. La advertencia para los religiosos es firme: “abraza la disciplina y no peques” [22] . La abadesa condena a los monjes por sus faltas, especialmente los deslices sexuales, y los intima a la conversión. En cuanto a los dirigentes laicos, hace hincapié en dos postulados básicos: el gobierno justo y la necesidad de una vida virtuosa. La idea de la ley está íntimamente relacionada con el gobernante y el ejercicio del buen gobierno, no se concibe el desarrollo de ley y la justicia como entidades autónomas, sino enmarcadas en un escenario estatal en auge. Hildegarda está a tono con la doctrina política imperante en la época, que propone al príncipe como imagen de la equidad o de la justicia [23] . Este perfil de rey es una transferencia de la idea de Cristo como la encarnación de la justicia: el príncipe es la personificación misma de la Justicia en la tierra, debe emular al Supremo Juez y Supremo Rey y su potestad deviene de Dios [24] . La autoridad ejemplificadora del príncipe llega a todos los miembros del cuerpo político, de allí la importancia de una gestión intachable. El ejercicio de la virtud y la observancia de la ley conducen a la felicidad y el orden. La virtud es entonces el aglutinante natural de las voluntades de los gobernados, que responden con obediencia a los designios del soberano. La abadesa agrega que para lograr concordancia es necesario que también los sacerdotes actúen con justicia: no sólo los que detentan el poder secular están obligados por mandato divino. La jerarquía debe servir de ejemplo en su comunidad: Un magistrado tiene la obligación de enseñar qué es lo sagrado y justo, y brindar ejemplos sanos, como Cristo lo hizo, de quien muchos corren, de quien muchos se apartan [25] . Advierte además que los señores temporales probablemente no atiendan a las reflexiones de los eclesiásticos, aunque sean justas y correctas. La perspectiva de un futuro mejor se basa para Hildegarda en la posibilidad de que los monarcas establezcan acuerdos duraderos, y la consecuencia será la eliminación de los disensos y la destrucción de las herejías. La abadesa aporta un enfoque racional, una salida basada en los intereses comunes más que en la confrontación de ideas, básicamente la unión contra de la herejía, que considera un factor de disgregación en el seno de la Iglesia militante. Hildegarda anuncia: “los príncipes del mundo estarán en completa concordancia uno con el otro, como un hombre de guerra levantarán la bandera de la alianza contra del tiempo del error de las terribles herejías” [26] . Con esta afirmación se inscribe en la línea directriz de la política gregoriana: el brazo secular debe trabajar intensamente en la consecución de un cristianismo universal, subordinando sus propios intereses terrenales a los fundamentos escatológicos de la Iglesia [27] . 3. La mediación de la Abadesa de Bingen Hemos considerado la orientación hildegardiana del conflicto como oportunidad para el crecimiento y la transformación humana. En armonía con esta concepción, la mediación representará para Hildegarda una opción para el desarrollo conjunto de las partes en dos direcciones: la adquisición de poder para luchar contra de la adversidad y el fortalecimiento de la propia capacidad como individuos [28] . En este sentido el conflicto da la ocasión para progresar en la autodeterminación y en la autoconfianza, y es por ello que Hildegarda insiste en el desarrollo del potencial de cambio de las personas al descubrir sus propios defectos y habilidades. La teoría del conflicto y la negociación considera al mediador como un consejero sin poder de decisión, sólo es un asistente al servicio de las partes enfrentadas [29] : la condición fundamental es la imparcialidad y la confianza que promueve. Hildegarda personifica al “tercero” en el conflicto: el aledaño, el que no es parte principal pero posee en forma potencial o real capacidad de influenciar o ser influenciado por el mismo [30] . Si el mediador posee un alto grado de aceptabilidad por el prestigio de su trayectoria y además influye positivamente para el acercamiento de grupos enfrentados, toma entonces el nombre de reconciliador [31] . Hay que destacar que son los afectados por el conflicto los que piden ayuda: “Traemos este problema en la esperanza que puedas abocarte a arreglar (o terminar) el desacuerdo que, como tú sabes, ha surgido en nuestro monasterio” [32] . Presumen que la mediación puede ser capaz de modificar la dinámica de poder de la relación conflictiva influyendo sobre las creencias o las formas de comportamiento y así facilitar la resolución de la disputa. Parecen permeables o dispuestos a que un tercero asesore y los ayude a zanjar las diferencias [33] . La función de la Abadesa es implicar a las partes a través de la palabra clarificadora que se despliega en el intercambio epistolar. La eficacia de la mediación de Hildegarda consiste en ayudar a la gente a cambiar sus “percepciones” acerca del problema que las aflige. Modificar la percepción significa mirar desde otro lugar [34] . La abadesa es una constructora de puentes [35] aquella que establece un vínculo transversal que atraviesa una línea de conflicto. Su función es bajar la tensión existente, liberar a los contendientes del peso opresor [36] del disenso, la irracionalidad [37] que les impide ver un horizonte de resolución. Es aquella que promueve la identificación con metas superiores, la reunión en un esfuerzo cooperativo [38] . En las cartas analizadas la acción de la abadesa no va dirigida específicamente a sellar un acuerdo [39] , sino a la transformación de los individuos involucrados. Hildegarda es una movilizadora de las conciencias y, como dice Jean-François Six [40] , “si es mediador, sólo puede ser inoportuno”: viene a despertar al hombre de un letargo, viene a desatar el nudo de las complicaciones, devela las flaquezas para que del caos pueda surgir cierto avance. Es provocadora, propicia un cambio real: el cambio de las personas desde su interior y la transformación de las relaciones entre las partes atrapadas en una oposición infecunda, ya se ignoren o se quieran imponer cada uno radicalmente al otro. La mediación de Hildegarda supera el escenario terrenal de la contienda: el crecimiento moral que involucra su enfoque transformador se basa en el reconocimiento y la valorización de la acción salvífica de Cristo en el proceso del acuerdo. Los períodos de bienaventuranza en esta tierra sólo se deben a la intervención celestial: en sus visiones ella contempla la oscuridad de cada conflicto en particular, y afirma: “Pero veo también una luz gloriosa que se alza hacia Dios desde algunos de tu congregación, y por su salvación Dios sostiene todo el lugar con su Gracia” [41] ; a los príncipes seculares les advierte: “Es necesario que temas y ames al Juez y Rey Supremo, ya que todas las cosas se someten a su poder divino [...]” [42] . Los que se acercan a Hildegarda con el fin de solucionar sus problemas encuentran en ella un canal de la Gracia santificante: ella es trasmisora de la palabra de salvación y es presencia viva de la divinidad a través de sus visiones. Ella habla con autoridad, es una interlocutora entre Dios y los hombres. Descubrimos que no todos los terceros son facilitadores del acuerdo: está también presente el conspirador, el ave negra que desde su posición accesoria manipula a los protagonistas en beneficio propio [43] . Es un tercero muy peligroso, un interferidor, que agrava el conflicto condicionando las voluntades para la ejecución de metas personales o de otros interesados ajenos al conflicto. Dice Hildegarda a Enrique II previniéndolo de los malos asesores: “no escuches al ladrón que te da este consejo del ejercicio de un poder ilimitado, superior a la misma ley, porque fue él quien te sacó de la gloria […] tú tienes buenas intenciones y estás deseoso de hacer el bien si no influye la moral escuálida de la gente que te circunda […]” [44] . Según su opinión hay quienes trabajan intensamente para conducir las partes al conflicto, porque en medio de las disputas logran satisfacer los propios intereses, que seguramente serán ajenos al bien común. 4. Conclusiones A través del análisis de estos documentos epistolares evidenciamos la concepción hildegardiana del conflicto como un proceso inexorable de las relaciones interpersonales, con una causalidad variada, pero que se resume en la esencia corrupta de la naturaleza humana. La percepción de Hildegarda, como en tantos otros aspectos, es absolutamente actual. El conflicto es ineludible, inexorable: dada la imperfección del hombre, las disputas son una realidad de la vida. Simultáneamente el conflicto es visto desde su función transformadora, como una oportunidad de crecimiento para el ser humano y para la sociedad. Si bien la actitud de la abadesa es siempre esperanzadora, vemos que las críticas son expuestas con crudeza y los caminos propuestos para culminar con los disensos recaen indefectiblemente en los que detentan la autoridad en un mundo de continuos enfrentamientos. Los responsables del conflicto y los únicos con capacidad para resolverlos eficientemente son los obispos y los que detentan el poder secular, y es a ellos a los que dirige sus advertencias y sus amonestaciones. La mediación efectuada por Hildegarda a través de las cartas analizadas evidencia una concepción relacional del mundo: integra la pluralidad de sí-mismos individuales y la unidad constituida por una red de relaciones humanas. Sus consejos van dirigidos al ser humano particular, pero en el marco de las relaciones con los “otros” y con “Dios”. Induce a la adquisición de un poder, que no debe ser utilizado para imponerse, sino para luchar contra la propia imperfección. En este marco de desarrollo de las capacidades humanas, Hildegarda ejerce una mediación inteligente y lúcida. La intervención de la abadesa de Bingen parece hacerse eco en el primer apartado de la actual Carta de Centro Nacional de Mediación de París [45] , que dice: “Creemos que la mediación es ante todo voluntad, una voluntad de abrir caminos, de construir puentes, de establecer lazos allá donde no existen, con el fin de permitir que personas o grupos se reencuentren, de que un ser pueda encontrar el camino hacia sí mismo”. Hildegarda es la voz de la esperanza en un mundo de elevadísimo índice de conflictos. Ella habla con la autoridad de la Palabra divina; ella es vehículo de revelación de Dios a través del milagro de las visiones. La abadesa de Bingen personifica la misión de la Iglesia misma: ser mediadora ante Dios, ser puente entre los hombres. BIBLIOGRAFÍA Bobbio, Norberto. El filósofo y la política. México: F.C.E., 1996. Bush, Robert, y Folger, Joseph. “Ideología, orientaciones respecto al conflicto y discurso de la mediación”. En: Folger, Joseph y Jones, Tricia (comp.). Nuevas direcciones en mediación. Investigación y perspectivas comnicacionales. Buenos Aires: Paidós, 1997. Congar, M.J. Histoire de l´Église. L´Église de Saint Agustin à nos jours. Éditions du Cerf, 1999. Constantino, Cathy A., y Sickles Merchant, Christina. Diseño de sistemas para enfrentar conflictos. Barcelona: Granica, 1997. Díez, Francisco y Tapia, Gachi. Herramientas para trabajar en mediación. Buenos Aires: Paidós, 1999. García-Pelayo, Manuel. Los mitos políticos. Madrid: Alianza Editorial, 1981. Gracia, María Isabel de. La negociación. Una capacidad práctica del abogado. La Plata: Librería Editorial Platense, 1999. Kantorowicz, Ernst. Los dos cuerpos del rey. Un estudio de la teología política medieval. Madrid: Alianza, 1957. Kasper, Walter. Jesús, el Cristo. Salamanca: Ed. Sígueme, 1982. Martín, Miguel Ángel. Manual de mediación, conciliación y arbitraje. Buenos Aires: Master, 1997. Miethke, Jürgen. Las ideas políticas en la Edad Media. Buenos Aires: Biblos, 1993. Moore, Christopher. El proceso de mediación. Métodos prácticos para la resolución de conflictos. Buenos Aires: Granica, 1995. Murro, Carlos. Negociemos! Herramientas eficaces para soluciones reales. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo, 2001. Salisbury, Juan de. Policraticus. Madrid: Ed. Nacional, 1984. Schelling, Thomas. La estrategia del conflicto. Madrid: Tecnos, 1964. Senellart, Michel. Les Arts de gouverner. Du regimen médiéval au concept de gouvernement. Paris: Seuil, 1995. Sitnisky, Mario. De la negociación. Ensayo sobre los modos no violentos de transformación y cambio de la realidad. Buenos Aires: Ed. Argonauta, 1985. Six, Jean-François. Dinámica de la mediación. Barcelona: Paidós, 1997. The letters of Hildegard of Bingen. Transl. by Joseph L. Baird and Radd K. Ehrman, New York/Oxford: Oxford University Press, Vol. I, 1994; Vol. II, 1998; Vol. III, 2004. Touchard, Jean. Historia de las ideas políticas. Madrid: Tecnos, 1990. Touzard, Hubert. La mediación y la solución de conflictos. Estudio psicosociológico. Barcelona: Herder, 1981. Ury, William, Bret, Jeanne, Goldberg, Stephen. Cómo resolver las disputas. Diseño de sistemas para reducir los costos del conflicto. Buenos Aires: Rubinzal-Culzoni ed., 1995. Ury, William. Alcanzar la paz. Buenos Aires: Paidós, 2000. NOTAS:[1] La teoría del conflicto surgida luego de la segunda guerra mundial advierte que estos procesos de manifestación de insatisfacciones son permanentes en todo tiempo y lugar: el conflicto es un hecho innegable en todas las sociedades. Cfr. Schelling, Thomas. La estrategia del conflicto, p. 16. (vuelve al texto) [2] “73. Hildegard to the Congregation of Nuns, 1161-63 (?)”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol. I, p. 158. (vuelve al texto) [3] “311. Conrad, King of the Romans, to Hildegard, 1150-52”. Ibíd., Vol. III, p. 110. (vuelve al texto) [4] “113 The Monks to Hildegard, Before 1173”. Ibíd., Vol. II, p. 55. (vuelve al texto) [5] “72. The Abbot to Hildegard, about 1150”. Ibíd., Vol. I., p. 156. Aparentemente se trataría de conflictos de valor, provocados por diferencias en los criterios de evaluación de las ideas o de los comportamientos. Este tipo de conflictos, que se originan probablemente en metas intrínsecamente excluyentes, se verían profundizados por problemas de relación dentro de una colectividad, fundamentalmente por errores de comunicación o por una comunicación mediocre. Cf. Gracia, María Isabel de, La negociación. Una capacidad práctica del abogado, p. 57. (vuelve al texto) [6] Un abad perturbado afirma: “[…] algunos […], instigadores del mal nunca cesan de provocarnos problemas a nosotros y a todo el monasterio […] ahora, todo el mundo está diciendo que es el resultado de nuestros propios pecados secretos”. (“72. The Abbot to Hildegard, about 1150 (?)”. Ibíd., Vol I, p.156). (vuelve al texto) [7] “72r. Hildegard to the Abbot, about 1150”. Ibíd., Vol. I, p. 157. (vuelve al texto) [8] “112 ( ?). Hildegard to the Abbot, before 1170”. Ibíd., Vol. II, p. 54. (vuelve al texto) [9] “288. Hildegard to a Cleric, 1173-79(?)”. Ibíd., Vol. III, p. 86. (vuelve al texto) [10] “42. Hildegard to Geodfrey, Bishop of Utrecht, about 1163”. Ibíd., Vol.. I, p. 114-15. (vuelve al texto) [11] Las causas de conflicto se centran en la ruptura de los equilibrios preestablecidos. Cfr. Sitnisky, Mario. De la negociación. Ensayo sobre los modos no violentos de transformación y cambio de la realidad, p. 28. (vuelve al texto) [12] “Los maestros y superiores se niegan a soplar la trompeta de la justicia de Dios. Entonces, el Este de las buenas obras, que ilumina el mundo entero y es, como era, el espejo de la luz, ha sido extinguido en ellos.” (“223r. Hildegard to the Clerics, 1160-61”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol. I, p. 18). (vuelve al texto) [13] “265r. Hildegard to the Prelate, after 1159”. Ibíd., Vol. III, p. 61. (vuelve al texto) [14] Juan de Salisbury. Policraticus, en especial el Libro IV. (vuelve al texto) [15] “311r. Hildegard to Conrad, King of Romans, 1150-52(?)”.En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol. III, p. 111. (vuelve al texto) [16] Ibíd., abandono de la caridad y castidad, Vol. III, p. 41; vanidad y orgullo desmedido, Vol. III, p. 86; malicia y venganza, Vol. I, p. 157; actitudes perversas, Vol. I, p. 114; negligencia, Vol. III, p. 41; unión con herejes, Vol.III, p. 73. (vuelve al texto) [17] Ibíd., ejemplos de utilización de estos vocablos, tanto en clérigos, monjes, reyes, fieles, como en Hildegarda: Vol. I, p. 114; p. 156; p. 157; Vol. III, p. 40; p. 41; p. 57; p. 110; p. 111. (vuelve al texto) [18] Ibíd., Vol. I, p. 157;Vol. III, p. 111; Vol. III, p. 19. (vuelve al texto) [19] Kasper, Walter. Jesús, el Cristo, p. 323. (vuelve al texto) [20] "113r. Hildegard to the monks, before 1173”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol. II, p. 59. (vuelve al texto) [21] Congar, M.J. Histoire de l´Église. L´Église de Saint Agustin à nos jours. Cap. VII. L´Ecclésiologie dans la scolastique du XII e siècle. (vuelve al texto) [22] "241r. Hildegard to the community of monks, Mid 1153-54”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol. III, p. 41. (vuelve al texto) [23] Kantorowicz, Ernst. Los dos cuerpos del rey. Un estudio de la teología política medieval, p. 99-100. (vuelve al texto) [24] “Hildegard to the Emperor Frederick (?), After April 1163?”. En: The letters of Hildegard of Bingen. Vol. III, p. 115. (vuelve al texto) [25] “265r. Hildegard to a Prelate, after 1159”. Ibid., Vol.III, p. 61. (vuelve al texto) [26] "311r. Hildegard to Conrad, King of the Romans, 1150-52 (?)”. Ibíd., Vol III, p. 111. (vuelve al texto) [27] Touchard, Jean. Historia de las ideas políticas, p. 149-150; Miethke, J. Las ideas políticas en la Edad Media, p. 40-44; García-Pelayo, Manuel. Los mitos políticos, p. 328-29; Senellart, Michel. Les Arts de gouverner. Du regimen medieval au concept de gouvernement, p. 40. (vuelve al texto) [28] Folger, Joseph y Bush, Robert, “Ideología, orientaciones respecto al conflicto y discurso de la mediación” en, Folger, Joseph y Jones, Tricia (comp.), Nuevas direcciones en mediación. Investigación y perspectivas comunicacionales, pp. 25-53, p. 42. (vuelve al texto) [29] Touzard, Hubert. La mediación y la solución de conflictos. Estudio psicosociológico, p. 137. (vuelve al texto) [30] Para la intervención de terceros en procesos conflictivos cf. Martín, Miguel Ángel. Manual de mediación, conciliación y arbitraje, Cap. I; Murro, Carlos. Negociemos! Herramientas eficaces para soluciones reales, p. 39-40; Ury, William; Bret, Jeanne; Goldberg, Stephen. Como resolver las disputas. Diseño de sistemas para reducir los costos del conflicto, p. 7. (vuelve al texto) [31] Bobbio, Norberto. El filósofo y la política, p. 339. (vuelve al texto) [32] “113. The monks to Hildegard, before 1173”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol II, p. 55. (vuelve al texto) [33] Moore, Ch. El proceso de mediación. Métodos prácticos para la resolución de conflictos, p. 47. (vuelve al texto) [34] Diez, Francisco y Tapia, Gachi. Herramientas para trabajar en mediación, p. 23. (vuelve al texto) [35] Ury, William. Alcanzar la paz, p. 142 ss. (vuelve al texto) [36] “72. The Abbot to Hildegard, about 1150”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol I, p.156. (vuelve al texto) [37] “241. A prior to Hildegard, Mid. 1153-54”. Ibíd., Vol III, p. 40. (vuelve al texto) [38] Moore, Christopher. El proceso de mediación…, p. 224. (vuelve al texto) [39] El enfoque de la mediación hildegardiana tendría algunos puntos de contacto con el modelo transformativo que han desarrollado recientemente Robert Bush y Joseph Folger en el libro The promise of mediation (San Francisco: Jossey-Bass, 1994), p. 99. Es un modelo orientado a la comunicación y a las relaciones interpersonales, con el objetivo del desarrollo del potencial de cambio de las personas. Esta aproximación amplia el espectro del modelo de Harvard que define mediación como negociación colaborativa asistida por un tercero, orientada a la satisfacción de intereses por medio del acuerdo. (vuelve al texto) [40] Six, Jean-François. Dinámica de la mediación, p. 162-163. (vuelve al texto) [41] “72r. Hildegard to the Abbot, about 1150 (?)”.En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol. I, p. 157. (vuelve al texto) [42] “316. Hildegard to the Emperor Frederick (?), after april 1163 (?)”. Ibíd., Vol III, p.115. (vuelve al texto) [43] Murro, Carlos. Negociemos!..., p. 39-40. (vuelve al texto) [44] “317. Hildegard to Henry, King of England, 1154-70”. En: The letters of Hildegard of Bingen, Vol III, p. 116. (vuelve al texto) [45] Six, Jean-François. Dinámica…, p. 205. (vuelve al texto)
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