UNA LECTURA DE ORDO VIRTUTUM
DE HILDEGARDA DE BINGEN
EN CLAVE BENEDICTINA


INÉS F. DE CASSAGNE

 

Quienes se han ocupado de esta obra dramática con música opinan que es “difícil de ubicar y clasificar”. En efecto, no cabe en “modelos” previos ni posteriores. Mi modesta intención es verificar la impresión que me ha producido a raíz de mi pertenencia, como oblata, a la Orden de San Benito. Todo respira vida benedictina, alusiones a la Regla que el gran Padre de los monjes de Occidente compuso en 529 cuando fundó Montecassino, y que se extendió a los demás monasterios (ya numerosísimos) desde el momento en que Carlomagno emperador le encargó esta tarea a San Benito de Aniano (siglo IX). Puesto que la Orden tiene su rama femenina, estrenada ab initium por la hermana melliza de Benito, Santa Escolástica, no es de extrañar que una de sus hijas, la muy creativa abadesa de Bingen y Rupertsberg, se haya inspirado en la Regla a la que conformó su vida y la de su comunidad, para poner ante sus ojos un didáctico y entretenido juego escénico, dedicado a componer las virtudes en orden jerárquico e integrarlas musicalmente dentro del marco de la salvación y del orden universal al que Hildegarda era tan sensible. Internémonos en la obra[1].

LAS VIRTUDES CRISTIANAS

El drama arranca con un brevísimo Prólogo, cuyo objeto parece ser ubicar a las Virtudes de que aquí se trata, desconocidas y sorprendentes para los Personajes que solamente en este comienzo actúan: Patriarcas y Profetas. Como mirando a lo alto, ellos se interrogan (con palabras de Isaías, 60, 8):

¿Quiénes son éstas semejantes a las nubes?

Por lo dicho, no hay duda de que estas Virtudes vienen de Dios. Son altos dones de Dios. Aunque insospechados por los Patriarcas y Profetas, con todo de algún modo ellos las estaban esperando. Ellas, las Virtudes, demuestran conocerlos y los honran al saludarlos:

¡Oh santos antiguos […]!

Así muy sintéticamente se está poniendo en relación el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. El primero estaba ordenado al segundo: a la venida del Salvador, a la Encarnación de la Palabra de Dios, su acción redentora y su efecto en el alma humana. Dada esta relación, las Virtudes hablan con mucha confianza con estos “santos antiguos”, como diciéndoles “¿no nos reconocéis?”, ya que ellos previeron y anunciaron este suceso culminante de la historia.

Con Cristo advienen al mundo las “virtudes cristianas”. Se trata, pues, de Virtudes cristianas. Explícitamente declaran ellas que habiendo resplandecido en Jesús, Verbo encarnado, se espera que resplandezcan en Sus redimidos:

La Palabra de Dios resplandece en forma humana,
por eso nosotras resplandecemos con Él,
edificando los miembros de su bello cuerpo

Breves, aunque importantísimas afirmaciones, que suponen la realidad del desposorio de Cristo con la Iglesia, unidad viviente tan estrecha como la de la cabeza con su cuerpo. Las Virtudes de Cristo pasan a Sus miembros. Así se edifica este bello cuerpo que es la Iglesia, Su Esposa, por quien dio la vida, y que brotó de Su costado herido en la Cruz. De ello se hablará al final.

Pero no nos adelantemos. Basta con lo dicho: que las Virtudes cristianas están para brillar y edificar. En Cristo resplandecen Virtudes propias, desconocidas por el mundo caído: la Obediencia, la Humildad, la Caridad. Y ser cristiano es “cristificarse”: tal como lo define San Pablo, que “Cristo viva en mí”, pasando a mí “los mismos sentimientos de Cristo”, otra manera de llamar a esas disposiciones habituales que son las Virtudes. Son ellas las que con su brillo aclaran la vida, y con su fuerza la desarrollan hasta hacerla florecer y fructificar. He aquí el cometido de las Virtudes. La misma palabra “virtus” implica relación con “fuerza y vigor”, y también de por sí está vinculada a vir (varón) y vira (mujer). Así pues, estas Virtudes cristianas van a ser puestas en relación con la “viriditas” –el “reverdecer” y revigorizarse de la vida humana– como frutos de la redención operada por Cristo.

Mas desde la caída hasta llegar a este hecho culminante hubo un proceso, un tiempo previo de preparación. Bien demuestran comprenderlo los antiguos patriarcas y profetas concluyendo:

Nosotros somos las raíces y vosotras las ramas, frutos del Ojo viviente,
y nosotros en Él fuimos sólo sombras.

A cada uno su rol: a ellos les tocó ser raíces, quedarse en la sombra de la tierra, para que creciera el árbol sobre el cual habría de obrar Cristo la redención. Cristo es llamado aquí “Ojo viviente” –y es que “las cosas son porque Dios las ve”, al decir de San Agustín–, y más abajo lo nombrarán “Sol de Vida”, porque gracias a su influjo ellas surgen, crecen, florecen y fructifican; y así en tiempo oportuno les tocó brotar a las Virtudes.

Por lo dicho, podría colegirse que en la iglesia o lugar de representación hay un “Árbol de la Cruz” o “Árbol Viviente” en donde luce el rostro de Cristo (como en el ábside de San Apolinar de Ravenna). Esta presencia de la Cruz en el fondo del escenario me parece confirmada por lo que continúa. (la primera oración que se oirá, dirigida a Él).

PLANTEO: LA VOCACIÓN Y EL MODO DE CUMPLIRLA

En efecto, una vez aclarado en el Prólogo el “tipo” y el “cometido” de estas Virtudes, ahora, en la primera escena, se irá al planteo de la situación que ellas vienen a remediar, y se verá cómo la encaran. La situación es la humanidad extraviada, sin rumbo, añorando lo que perdió. Esta situación no es planteada en abstracto, sino concretamente representada por un grupo coral femenino, y en seguida la ayuda de las Virtudes cobrará vida al presentarse éstas personificadas. Al ser una situación dramática, se presta al tratamiento escénico dramático con apoyo musical. Hay que prestar mucha atención a las alusiones en los parlamentos, que muchas veces traducen gestos y movimientos.

Nos imaginamos cabizbajo y lento en su andar al conjunto coral que se presenta y se queja:

¡Oh nosotras somos peregrinas,
¡Qué hemos hecho, desviándonos hacia el pecado?
Deberíamos ser Hijas del Rey,
Pero hemos caído en la sombra del pecado.

Con estos términos aluden al pecado original y sus consecuencias. Son “peregrinas”, no por ir hacia algún santuario, sino por andar extraviadas y sentirse extranjeras, fuera de la patria de la que han sido expulsadas, por su insensato desvío: en lugar de obedecer a Dios, del que gozaban como hijas adoptivas, han cometido la locura de prestar oídos al demonio mentiroso que les hacía falsas promesas de “algo más”, por cierto sombrío y triste: ¡conocer el mal!. Tanto en la semántica de “peregrinar” (andar a través del campo) como aquí, juega la imagen del mal camino, del “desvío” de la desobediencia, que está mencionado al principio de la Regla de San Benito como “descuido”, cuando el Maestro propone, como justo y adecuado remedio para “volver”, el recto camino de la obediencia (Prólogo 1). Y decir “sombra del pecado”, sugiere la sombra del árbol donde se cometió aquella desobediencia tan estulta y ruinosa.

De allí la inmediata contraparte: al encontrar, de pronto, aquel otro árbol luminoso, el Árbol de la Cruz, las almas claman al que allí luchó y venció:

¡Oh Sol Viviente, llévanos sobre tus hombros,
hacia esa justísimo herencia
que perdimos en Adán! Oh Rey de reyes,
combatimos en tu batalla.

No sólo le ruegan a Jesús que las vuelva a tomar y encaminar hacia la herencia del Reino, sino también se declaran prontas y dispuestas a batallar juntas en Su batalla. Aquí hay otra clara referencia a la propuesta del Maestro en la Regla: “tomar las preclaras armas de la obediencia”, imitando a Aquel que “se hizo obediente hasta la muerte y muerte de Cruz”.

La autora ha llamado a este grupo coral “almas depositadas en la carne”, pero no en el sentido maniqueo, de almas atrapadas en el cuerpo como en una cárcel; no, muy por el contrario, pues estar en el cuerpo es lo propio del hombre: unidad substancial alma cuerpo. Significa verse atadas y esclavizadas a las concupiscencias de la carne, como consecuencia de la rebelión contra Dios, el pecado original. Es importante destacar que éste fue un pecado eminentemente “espiritual”–desobediencia de la voluntad al mandato divino, por orgullo de la inteligencia pretendiendo conocer un engañoso “más”–. Ellas recuerdan con añoranza su previa condición de “hijas del Rey” –hijas de Dios por adopción, por gracia, cuando este regalo sobrenatural reforzaba las dotes naturales con que contaban: una inteligencia lúcida y una voluntad capaz de gobernar sus instintos–; y tanto más lamentan su actual flaqueza, en el contraste con el vigor inicial perdido desde Adán.

Confluyen las metáforas. Por haberse retirado del influjo solar que mana del “Ojo-Sol viviente”, que es Dios, en cuanto crea mirando –con mirada inteligente y de amor–, las almas se sentían sombrías y tristes, pero he aquí que una de ellas, al verse alcanzada por la luz y el ardor divinos, reacciona y se anima a responder. Es un alma que cree, espera y se dispone a hacer lo que haya que hacer. Por eso se la llama “alma feliz”.

Oh dulce Divinidad, oh vida deleitable
en la que me revestiré de un vestido resplandeciente
y recibiré aquello que perdí en mi primera manifestación,
a ti clamo, e invoco a todas las virtudes.

¿A quién representa esta “alma feliz”? En primer término, a toda persona que responde a la llamada de Jesús, escucha Su anuncio y Sus bienaventuranzas, y pide el bautismo. Entrevé la “dulce Divinidad” y la “vida deleitable” que se le ofrece, objeto de su anhelo, y sabe que se revestirá de un vestido resplandeciente: la gracia que le conferirá de nuevo la categoría de hija de Dios, e invoca a las Virtudes cristianas que corresponden a esta vida “en Cristo”.

Hay otra lectura posible. El vestido podría referirse también al hábito de la monja; y la vida deleitable, a la vida monástica que es matrimonio con Dios.  Hasta aquí las dos interpretaciones pueden ir paralelas.

Pero en la obra se especifica lo monástico cuando las Virtudes, observando a esa alma, reconocen que “mucho ama”, y ella misma declara que “anhela el beso de su corazón”. Hay un llamado y una respuesta especiales. El “mucho amas” está aludiendo a lo que dijo Jesús acerca de María Magdalena, que se vio libre de sus pecados a raíz justamente de su gran amor y que se entregó del todo a Cristo. Y el anhelo del beso, por parte del alma feliz, es tomado del Cantar de los Cantares, que se aplica al desposorio virginal de la monja:

Oh, libremente iré hacia ti
para que me ofrezcas el beso de tu corazón

Estamos entonces ante la propuesta del camino monástico y la libre disposición y entrega de una mujer.

En ese caso, todo lo que sigue corresponde a una dramatización didáctica hecha ante novicias que se prepararan a hacer sus votos de consagración al Divino Esposo Cristo. Bastará compararlo con el Ritual propio de la profesión y con la Regla de San Benito.[2]

San Benito también junta el llamado del Evangelio a todo cristiano, con el especial llamado hecho al monje –y en este caso a la monja–. Asimismo menciona y enfatiza el indispensable combate que habrá que enfrentar, como aquí la abadesa Hildegarda les hace decir a las Virtudes: “Nosotras debemos militar contigo”.

Comparemos ahora con la la Regla que arranca, en el Prólogo, con esta invitación: “Escucha hijo…Mi palabra se dirige ahora a ti, quienquiera que seas, que renuncies tus propias voluntades y tomes las preclaras y fortísimas armas de la obediencia, para militar por Cristo, verdadero Rey” (PrólogoI).

Y, tal como Hildegarda llama “alma feliz” a la convocada, el diálogo que entabla San Benito en el Prólogo recalca la felicidad que implica ser llamado: “¿Quién es el que quiere la vida y desea gozar de días felices?” (Salmo 33, 12). Multiplica las exhortaciones y promesas, rescatándolas de la Escritura. Por ejemplo: “Abramos los ojos a a la luz divina, y oigamos con oído atento lo que diariamente nos amonesta la voz de Dios que clama diciendo: Si oyereis hoy Su voz no endurezcáis vuestros corazones.” (Ps 94,8). Finalmente: “Vamos, pues, a instituir una escuela del servicio divino, y al hacerlo, esperamos no establecer nada que sea áspero o penoso (nihil asperum, nihil grave).

Nos imaginamos a la abadesa o maestra aleccionando a sus novicias con la Regla, que ellas conocen pues se lee y medita cotidianamente: cada día una parte, tres veces a lo largo del año.

COMPLICACIÓN: LAS DIFICULTADES

Empero, he aquí que alguna, entre las que han oído el llamado, lo encuentra “pesado” (gravis) y se desanima. A esa persona –probablemente la misma que al principio se sintió “feliz”– ahora la autora la califica de alma “apesadumbrada”, en clara alusión a la acedia, que acecha ante el bien y la felicidad que, si bien atraen, resultan a veces arduos. Recordemos a aquel joven del Evangelio, llamado por Jesús, pero que no respondió a esta vocación, aun sintiéndose muy atraído, porque no osaba desprenderse de sus riquezas, y entonces se fue “apesadumbrado”. La “acedia”es así: descuido de la vocación, con pena o tristeza, al no seguir uno el camino que lo hubiese plenificado. En el caso de esta postulante, lo que le cuesta no es tanto combatir la avaricia sino la lujuria. Se lamenta el alma apesadumbrada:

¡Oh pesado trabajo y dura carga
la que llevo revestida en esta vida;
es demasiado difícil para mí
luchar contra mi carne.

En este punto, casi todos los comentaristas tienden a una interpretación maniquea, dualista, cual si la carne fuese mala de por sí. Y no es tal, ya que las Virtudes ayudan a aquella alma acobardada recalcando precisamente una gran “victoria” “en la carne”: “lo que Dios quebrantó (contrivit) en una naturaleza virgen”: es decir, la Encarnación del Verbo en la Virgen María, ya anunciada desde el Génesis. ¿Qué fue quebrantado? El pecado original, la desobediencia a Dios. No se trata, pues, de evadirse de la carne sino de hacer buen uso de ella, obedeciendo como María que dijo “Sí”. Notemos el paralelo con la propuesta inicial del Maestro San Benito en el Prólogo: “Escucha hijo…para que vuelvas por el trabajo de la obediencia a Aquel del que te alejaste por la desidia de la desobediencia”. Una de las causas de la desobediencia es la desidia, o incuria o acedia.  Tales palabras aluden al “descuido” de la vocación, en la cual se repite la tentativa del diablo, de alejar al alma de su felicidad. De todo esto hablan las Virtudes:

Oh alma, ... ¿por qué te muestras tan débil
frente a lo que Dios quebrantó en la naturaleza virgen?
Con nosotras tú has de superar al diablo.

Mostrar la victoria habida en el vientre de María supone animar a la que va a hacer los votos, a consagrarse virgen, como María. Las Virtudes le indican primero, como medio, el voto de estabilitad: “esto stabili”. Esto es clara alusión al ritual propio de la Profesión Monástica[3], que empieza por el voto de estabilidad en la comunidad bajo la guía de la abadesa, y continúa con la Consagración Virginal. Hildegarda, con su experiencia de madre abadesa, está poniendo ante los ojos de las que se preparan a hacer tal compromiso, las tentaciones que pueden acaecer después, para ponerlas en guardia y adelantarles los medios para superarlas.

Tras la recomendación de afirmarse en su voto de estabilidad monástica, señala la tentación más sutil de dudar del valor de la virginidad en sí. Muestra a una monja que se siente “infeliz”quejándose del  “vestido del que está revestida”, es decir de su virginidad[4], en pro de poder disfrutar lo que sería natural. Las Virtudes subrayan que su infelicidad radica más bien en huir de la presencia de Dios. Debería acudir, justamente, a la virtud del “Conocimiento de Dios”, quien la llevaría ante Él y la enamoraría. Pero ella se aparta de tal conocimiento, pretextando que no es malo querer disfrutar del mundo que Dios creó. El Demonio aprovecha: se oyen sus gritos de burla ¿para qué esforzarse?, y su tentadora promesa: mejor volver al mundo que te llenará de honores.
Para ayudarla, las Virtudes insisten en la importancia de la virginidad. Dos veces aluden a la concepción virginal de María:

Ah, qué admirable victoria
surgió del admirable deseo de Dios,
en la que la delectación de la carne de por sí latente se escondió
(Quedam mirabilis victoria
in mirabili desiderio Dei surrexit,
in qua delectatio carnis se latentur abscondit)
¡Ay, ay! Donde la voluntad no conoció el crimen
y donde el deseo huyó de la lujuria del hombre”.
(Ubi voluntas crimina nescivit,
et ubi desiderium hominis lasciviam fugit)

No se trata de despreciar lo natural –la unión normal del hombre y la mujer en el matrimonio–, sino de admirar lo sobrenatural, pues el matrimonio mismo se ha convertido en sacramento, como lo remarca también la Consagración de Vírgenes[5], recalcando además que ésta apunta a las nupcias del Cielo a las cuales todos estamos convocados. Ambos estados se relacionan y apuntalan entre sí.

Hay que estar al tanto de la maravilla que Dios realizó en el seno virginal de María, y del Magnificat, el canto con que ella glorifica a Dios por haberle hecho tal gracia que implica tanta felicidad: Ser Madre de Dios por obra del Espíritu Santo y permanecer siempre Virgen –constantemente toda dispuesta para Dios–. A su semejanza, la monja ha renunciado a la legítima unión del matrimonio y, como en lenguaje bíblico se usa el término “conocer” para la unión marido-mujer (“y Adán conoció a Eva”), aquí acude la virtud que representa la renuncia a ese conocimiento –la “Inocencia”– para reconvenirla en tono jocoso:

Laméntate por esto, Inocencia,
tú que en tu modestia no perdiste tu integridad
y no engulliste ávidamente
con el apetito de la antigua serpiente.

¡Cómo lamentarse! Mas otra vez, irrumpe e interrumpe la melodía, el graznido del diablo –¡bien marcado está que él no canta!–, proponiendo todo al revés: tras llamar “fatuidad” al acogerse del alma al don de la virginidad, aún se atreve a insinuar que Dios no existe, e incita a fantasear mayores “satisfacciones” de la carne.

SOLUCIÓN: LA ESCALA DE LA HUMILDAD

Entonces se adelanta la HUMILDAD. Sólo ella podrá apartarlo y resolver el problema del alma confundida por las astucias del diablo. De entrada desenmascara a aquel engañador que empezó engañándose a sí mismo con su vana ilusión (o promesas) de pretender siempre un “más” que resulta ser un “menos”, diciéndole:

Mis compañeras y yo sabemos muy bien que tú eres el antiguo dragón
aquel que quiso volar más alto más alto que el Altísimo
pero el mismo Dios lo precipitó al abismo

Nosotras, en cambio, moramos en lo alto”– cantan ufanas las Virtudes

Como veremos, lo dicen justamente porque se apoyan y se elevan en la Humildad. ¿Qué son las Virtudes sin la Humildad? Fatuidades, como lo ha dicho el diablo. La Humildad es el sustento de las Virtudes. Al contrario de la soberbia diabólica, la Humildad propone un “menos” que es un “más”. Así, contra la diábolica inversión engañosa, lo que se proclama como solución, al cabo de la primera escena, es la verídica paradoja evangélica: “El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será exaltado”.

San Benito y Santa HildegardaY esta visión de la humildad está inviscerada en la Regla de San Benito. Su capítulo VII está consagrado a esta virtud cristiana fundamental –pues Cristo se abajó para alzarnos hacia Dios–. Como recalca San Pablo y lo repetimos en la liturgia: “Él no retuvo como codiciable tesoro Su categoría de Dios, sino se abajó…(se anonadó…) haciéndose como uno de tantos …”

El capítulo VII empieza así:

Clama, hermanos, la Divina Escritura diciéndonos: Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado (Lc 14, 11). Al decir esto nos muestra que toda exaltación es una forma de soberbia.
Por eso, hermanos, si queremos alcanzar la cumbre de la más alta humildad, si queremos llegar rápidamente a aquella exaltación celestial a la que se sube por la humildad de la vida presente, tenemos que levantar con nuestros actos ascendentes la escala que se le apareció en sueños a Jacob, en la cual veía ángeles que subían y bajaban. Sin duda alguna, aquel bajar y subir no significa otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. Ahora bien, la escala misma así levantada es nuestra vida en el mundo, a la que el Señor levanta hasta el cielo cuando el corazón se humilla. Decimos, en efecto, que los dos lados de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, y en esos dos lados la vocación divina ha puesto los diversos escalones de humildad y de disciplina por los que debemos subir.

Esta lección se constituye en la savia de la vida benedictina, y la abadesa Hildegarda lo toma muy en cuenta. Por su parte, ella la profundiza en sus visiones y la enriquece con sus descripciones. Leemos en Scivias 3,8:

En la visión hay una escalera por la que suben y bajan las virtudes, cargando piedras para su obra (la construcción del edificio de la salvación).
La primera –que es la Humildad– llevaba una corona de oro sobre su cabeza [...]En su pecho tenía un luminoso espejo en el que aparecía con maravillosa claridad la imagen del Hijo de Dios encarnado []

Evidentemente, pues el Verbo se abajó y humilló en la encarnación y en su pasión, “por eso Dios le dio el Nombre sobre todo nombre” (Filip. 2,9). Si hemos de tener los sentimientos de Cristo hemos de empezar, continuar y terminar por la Humildad. Y así Hildegarda le hace declarar en Scivias:

Yo soy la columna de los espíritus humildes y la que mata los corazones soberbios. Comencé en el lugar más bajo y ascendí a lo más alto de los cielos [...] Quien quiera imitarme, si anhela abrazarme como a madre realizando cumplidamente mi obra conmigo, ése parta de los cimientos y pacientemente ascienda hacia lo alto […], progresando gradualmente de virtud en virtud, con ánimo suave y apacible; porque quien, para trepar a un árbol, se toma primero de su rama más alta, muy a menudo y sorpresivamente cae. Pero el que quiere ascender desde la raíz, éste no caerá tan fácilmente si procede con cautela.” (3,8)

Sin duda tenía experiencia la abadesa…Además, al igual que San Benito, conecta la Humildad con la Caridad, ya que sin ésta no tendría sentido. Siendo la Caridad la Vida misma de Dios y la que nos regala con Su gracia en el bautismo, no pueden separarse. Lo notable es que no sólo aparecen juntas en Scivias, y con la Paz, sino que en El libro de las obras divinas ve a estas tres en la Santísima Trinidad misma:

La Caridad y la Humildad existen en la divinidad purísima de la que fluyen los ríos de la santa felicidad […]. La Caridad y la Humildad, descendiendo con el mismo Hijo de Dios a la tierra, Lo acompañaron cuando retornaba a los cielos.” (LDO 3,3)

En todo momento se nota el movimiento de arriba abajo y abajo arriba que es típico de la Escala de la Humildad tal como la concibió Nuestro Padre San Benito. Ella es la que une el Cielo y la tierra. Y en una de las visiones de Scivias se ve representada esta escalera, apoyada sobre “la columna de Cristo”, que bien podría interpretarse como el árbol de la Cruz pues es la Cruz quien la hace posible.

Así en la obra que consideramos, a partir de este momento se pone en evidencia que la Humildad es la “reina de las virtudes”, y provee la solución a todos los problemas que se presentan a las convocadas –postulantes, novicias y monjas profesas– en cuanto ella, la Humildad, es “alma mater”, “mediadora” y “medicina” del alma. Ella es la disposición descendente que paradojalmente eleva al encuentro con Dios, a las bodas de la esposa con el Esposo.

H –Yo, la Humildad, reina de las Virtudes, digo:
Venid a mí, Virtudes, y os alimentaré.

VV –Oh reina gloriosa y dulcísimo mediadora,
gustosamente vamos hacia ti.

H –A cambio, hijas dilectísimas,
os retendré en el tálamo real. (Esc. III, 1)

C – o soy la Caridad, flor amable,
Venid a mí, Virtudes, y os guiaré
Hacia la luz radiante de la rama florecida.

En efecto, como la Humildad habrá de depositar a la esposa en brazos del Esposo, a continuación habla la Caridad de la cual la Humildad es inseparable y a cuyo fin está ordenada. Veamos, para comprobarlo, el enunciado final del capítulo de la Regla sobre la Humildad y sus doce gradas o peldaños:

Subidos, pues, finalmente, todos estos grados de humildad, llegará el monje en seguida a aquella caridad de Dios que, siendo perfecta, excluye todo temor (I Juan 4,18); por ella cuanto antes observaba no sin recelo empezará a guardarlo sin trabajo alguno, como naturalmente y por costumbre […] por amor de Cristo y cierta costumbre santa y por la delectación de las virtudes. Todo lo cual se dignará el Señor manifestar por el Espíritu Santo en su obrero purificado ya de vicios y pecados.” (R VII, 67-70)

Las Virtudes son hábitos deleitosos que hacen florecer y dar frutos a la persona convocada por Cristo y animada por Su Espíritu. Las Virtudes no serían tales de no apoyarse en la Humildad que, animada por la Caridad, lleva a las Bodas.

Así, la Escena II de esta obra constituye una “propuesta de vida”: la vida benedictina, a la que se comprometen quienes harán su profesión monástica y consagración virginal. Una por una habrán de presentarse las Virtudes que son los grados de humildad, tal como en el capítulo VII de la Regla, aunque no siempre en el mismo orden. No nos es posible, por falta de tiempo, detallar el paralelo, aunque tomaré algunos ejemplos. Lo que sí se ve en ambos casos es que las Virtudes se interpenetran y entre sí forman el tejido suave y armonioso de la vida cristiana.

De la misma manera que la Regla enuncia que “el primer grado de humildad” estriba en el “Temor de Dios”, en la obra se adelanta esta Virtud –la primera que se presenta– y dice:

Yo, el Temor de Dios, os preparo, hijas felicísimas,
para que podáis contemplar al Dios viviente y no perezcáis.

Hildegarda lo ha representado lleno de ojos y, de hecho, se habla aquí y en la Regla de la penetrante mirada de Dios y de un consecuente mirarlo con reverencia y constancia.

Coincide el segundo grado expuesto por San Benito –abandonar la voluntad propia para dedicarse a la de Dios–, con la segunda Virtud que se presenta en la obra: la Obediencia. Esta Virtud es remarcada en el tercer grado de la Regla, y en el cuarto se anuda con la Paciencia, señalada más adelante en la obra.

Pero la intención de la autora desborda el tema de la Escala de la Humildad, ya que, a lo que parece, quiere exponer por completo los requerimientos de la vida benedictina. En clara alusión a las preguntas que han de hacérsele a las candidatas en el Ritual de Admisión, se menciona “el Desprecio del mundo”, y la “renuncia” al mismo, pero en conexión con la Humildad y la Caridad, sin las cuales carecería de sentido tal renuncia. Si la primera condición es ésta (“Hija, has dejado el mundo”), la segunda es la “conversión de costumbres según la Regla de San Benito”, que tiene su correspondencia en la obra al presentarse, sucesivamente y justamente, las costumbres monásticas: la Disciplina –que dice “amar las costumbres sencillas” en pro de estar todo tiempo “mirando al Rey de Reyes y abrazándolo con honor”–; la Modestia –que se pinta “oscureciendo, ahuyentando y pisoteando toda la suciedad del Diablo”–; la Misericordia –que se ocupa de los que sufren, en especial los enfermos y los sin techo (“¡Oh loable madre de los peregrinos!”)–. Con ello se muestran ámbitos esenciales de todo monasterio: el hospital y la hospedería. Al ejercicio de la hospitalidad se suma otra Virtud benedictina esencial: la Discreción.

Al final de la escena se manifiesta la Victoria, porque ella, a través de las Virtudes antedichas ha “guerreado” contra la “antigua serpiente” y la ha “pisoteado”. Esta “guerrera” no sólo ha sido sólo “valiente”, sino ha demostrado la otra faz que presupone el valor: la Paciencia. Las demás la aclaman por “firme”, “gloriosa guerrera que soportas todas las cosas”. Y en este punto se cierra el acto, con una intervención de la Humildad de suma importancia. Ella refiere toda la victoria a Dios:

Oh hijas de Israel, Dios os levantó de debajo del árbol,
ahora recordad como fue plantado.
¡Regocijaos, entonces, hijas de Sión!

En perfecta simetría, la autora está aludiendo a la visión del principio, cuando los profetas se admiraban preguntándose: “¿Quiénes son ésas como nubes?” Claro, estas Virtudes eran, a más de inalcanzables, desconocidas. De hecho, como consecuencia del pecado original las Virtudes estaban “caídas”, bajo aquel árbol que vio engreírse y desobedecer a nuestros primeros padres, pero han sido “levantadas” por la amorosa “Humildad de María” y la Caridad de Cristo que se “humilló” en el Árbol de la Cruz. Gracias a esto son posibles las “bodas” –les dice la abadesa a sus novicias señalando el Crucifijo– Cantemos pues como en el libro nupcial:

Regocijaos, entonces, hijas de Sión!·”

LA OVEJA DESCARRIADA

Pero la abadesa ha previsto posibles defecciones después de los votos. Por ello ha agregado las Escenas III y IV en las que una oveja perdida se allega de nuevo al redil, arrepentida, y es recogida, curada y restablecida en su previo estado. Como la exposición es lo suficientemente elocuente, nos limitaremos a resaltar que la Humildad sigue en su rol protagónico, ligada a Jesús. A esta  “Reina de las virtudes” se dirige el alma llagada y arrepentida, llamándola “Oh tú, verdadera medicina”, y la Humildad a su vez la remite al “gran Médico”, Jesús. El alma reconoce que fueron las “heridas” del “gran médico” las que la han curado. Es una referencia al texto de Isaías y al de San Pedro, que se insertan en la liturgia del Triduo Pascual. Consecuentemente, las Virtudes prorrumpen en expresiones de regocijo que recuerdan el Exultet con su “0h feliz culpa, que nos valió tal Redentor!”. En efecto, aquí como en ese pregón pascual, se subraya el mismo gozo:

Regocíjate entonces, hija de Sión,
puesto que Dios te devuelve mucho más
de lo que la serpiente quería arrebatarte,
pues ahora brillas con una luz mayor que la primera.

Ciertamente, el efecto del perdón de Cristo es insuflarle vigor para luchar contra el Enemigo, que retorna furioso. El vigor de esta alma radica en aferrarse a la Humildad. Ella había dicho que la soberbia la llevó a pecar, y ahora impetra:

Tú, Reina Humildad, ayúdame con tu medicina.

La Humildad incita a la Victoria, y bien marcado está que las Virtudes guerreras han de lograr vencer sólo si se mantienen unidas a la Humildad:

Oh Reina nuestra, te obedeceremos
y en todas las cosas cumpliremos tus preceptos.

Estamos en plena lección benedictina. ¿Qué son las Virtudes sin Humildad? Por eso, en el momento en que ellas encadenan al Diablo, no es este hecho el que se marca (cosa factible y de esperar en un teatro), ellas no se engríen, sino al contrario rinden alabanza a Cristo y a Su Madre.

Estamos en plena lección monástica. La abadesa pone la alabanza en boca de la Castidad, en cuanto Dios planeó “pisotear la cabeza de la antigua serpiente” ¡nada menos que en un vientre virginal! Gracias a la humilde Virgen que creyó y dijo “Sí” arrancó la Redención del género humano. Que lo recuerden las monjas. Pues en la obra el diablo insiste en menospreciar el celibato. Parece que es una fantasía bastante común, hija de la acedia, que acecha a todo monje, puesto que el Ritual tiene una oración especial para la consagrada, que refleja justamente este episodio:

Líbrala del antiguo enemigo que contamina los mejores propósitos
con los más sutiles engaños, y trata de menoscabar el mérito del celibato,
arrebatándole la castidad que también debe resplandecer en las mujeres casadas.”

La lección desemboca en un breve momento litúrgico contemplativo. Cantan juntas en coro las Virtudes y las almas: prueba de que éstas han adquirido esas aptitudes que las vigorizan. En este coro resume la historia: creación, caída, redención, esperanza escatológica. Seguramente está en torno al Crucifijo, y ora rogándole a Su Padre que mire las joyas que son sus heridas, en pro de la salud de todos los hombres. Y a éstos les pide que se arrodillen para recibir su bendición.

CONCLUSIONES

Según lo que hemos venido observando y destacando, se trata de una obra didáctica conventual: su comprensión depende del conocimiento y vivencia de la Regla de San Benito, entre monjas; escrita en latín en el siglo XII, presupone el conocimiento mínimo de esta lengua, que tenían los monjes y no el pueblo por entonces. Para éste ya desde el siglo VIII se habían inventados representaciones paralitúrgicas, juegos escénicos en la iglesia para “traducir”, en gestos y movimientos comunes, la liturgia de Navidad, Pascua o de la fiesta de algún santo[6]. Pero el Ordo Virtutum no remite al ámbito de la liturgia de la Iglesia y lo único que se aproxima a ello es la escenografía de la Cruz, Árbol de la Vida, y las oraciones que se le dirigen. No es clasificable como “drama litúrgico”.

En cuanto al resumen final de la historio de la salvación, se asemeja al de los muy posteriores “autos sacramentales” (de los Siglos de Oro españoles y hispanoamericanos): con éstos hay muchas coincidencias, en la presentación alegórica, la lucha con el demonio y el afán didáctico y celebratorio.

La presentación de las Virtudes es tradicional por su representación alegórica, usual desde la época patrística; pero no conlleva la habitual “psichomachia” o lucha entre vicios y virtudes, por lo cual tampoco puede ser contada como antecedente de las “moralidades” en lengua vulgar del final del medioevo. Lo original en este aspecto es el ordenamiento y jerarquización de las Virtudes, y el acompañamiento musical. Creo que ambas cosas van a la par pues el orden se traduce en música. También en esto hay una vivencia muy benedictina. Los monjes viven al ritmo de las “Horas canónicas”, cantan el Oficio en canto gregoriano, y esto se va grabando en sus corazones, ordenándolos según los textos inspirados: salmos, antífonas, responsorios, lecturas... Estos textos mueven también a admirar el orden de las plantas, de las estaciones, del cielo, del cosmos. Con este impulso constante y su genio musical, Hildegarda ha contribuido al canto gregoriano con una sinfonía universal, dentro de la cual ha insertado el cántico de los Vírgenes, que les es propio, particular. Dice al respecto el Apocalipsis 14, que los Vírgenes cantan un “cántico nuevo“, que “nadie puede aprender fuera de ellos”, “primicias” de la humanidad nueva, quienes “siguen al Cordero donde quiera que va”. Y en efecto, en su ópera musical, Hildegarda pone bien en evidencia que todo se desarrolla en torno al Cordero inmolado en la Cruz, y que de Éste provienen la gracia y el vigor que permite vivir ya en la tierra como los ángeles en el cielo.

Sin duda vale también universalmente, en cuanto todos estamos llamados a ser esposas del Cordero, unirnos estrechamente a Él como el Cuerpo a la cabeza; entramos desde ya en la construcción de la Iglesia, como piedras vivas que se ensamblan, y la vamos edificando desde ahora con las Virtudes cristianas.


BIBLIOGRAFÍA

Obras  de Hildegarda

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Le Livre des oeuvres divines (visions), présenté et traduit par Bernard Gorceix. Paris: Albin Michel, 1982.  
Liber de composite medicine o Cause et cure (Las causas y los remedios de las enfermedades). Ed. Paul Kaiser. Leipzig: 1903.
Liber de simplicis medicine o Physica (Las ciencias naturales). In: Migne, J.-P. (ed.). PL. Vol. 197, cols. 1117-24. Paris: 1882.
Ordo Virtutum –drama musical: texto bilingüe, traducción de la madre Cándida Cymbalista OSB
Ordo Virtutum. Il cammino di Anima verso la salvezza. Texto latino a fronte. Introduzione, traduzione e note a cura di Maria Tabaglio. Verona: Il Segno dei Gabrielli Editori, 1999. 196 p. (Col. Memorie del Medioevo, 1)
Scivias. Trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro. Madrid: Trotta, 1999. 508 p. (Colección Estructuras y Procesos. Serie Religión)
Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales. (77 composiciones litúrgicas: antífonas, himnos, responsorios y secuencias). Trad. de María Isabel Flisfisch. Intr. y comentarios de María Isabel Flisfisch, María Eugenia Góngora, Ítalo Fuentes, Beatriz Meli y María José Ortúzar. Madrid: Trotta, 2003. 402 p.

Otras

Cohen, Gustave. Anthologie du drame liturgique en France au Moyen Âge. Paris: Cerf, 1955.
Davidson, Audrey Ekdahl (ed.). The Ordo Virtutum of Hildegard of Bingen. Critical Studies. Kalamazoo, Michigan: Medieval Institute Publications, Western Michigan University, 1992. 128 p.
Dronke, Peter. Las escritoras de la Edad Media. Trad. de Jordi Ainaud. Barcelona: Crítica, 1995. 438 p. (Colección Drakontos).
Fassler, Margot. “Composer and Dramatist”. En: Newman, Barbara. Voice of the Living Light. Hildegard of Bingen and her World. Berkeley: University of California Press, 1998. 278 p.
Fraboschi, Azucena (ed.). I Jornada Interdisciplinaria. Conociendo a Hildegarda. La abadesa de Bingen y su tiempo. Buenos Aires: Educa, 2003. 251 p.
King-Lenzmeier, Anne H. Hildegard of Bingen. An Integrated Vision. Collegeville (Minnesota): A Michael Glazier Book, The Liturgical Press, 2001. 231 p.
Leclercq, Dom Jean. La Liturgia et les paradoxes chrétiens, Lex Orandi. Paris: Cerf, 1963.
Leclercq, Dom Jean. L’amour des lettres et le désir de Dieu. Paris: Cerf, 1960.
Mews, Constant J. “Hildegard and the Schools”. En: Burnett, Charles; Dronke, Peter (eds.). Hildegard of Bingen. The Context of Her Thought and Art. London: Warburg Institute, 1998. 234 p.
Penco, Gregorio. Medioevo monástico. Roma: Studia Anselminana, 1988.
Pernoud, Régine. Hildegarda de Bingen, una conciencia inspirada del siglo XII. Barcelona: Paidós, 1998. 154 p. (Paris 1988)
Riché, Pierre. Les Carolingiens, une famille qui fit l’Europe. Paris: Hachette, 1983.
Ritual  de Profesión Solemne y Consagración de Vírgenes.
Rivas, Fernando. “La espiritualidad benedictina según Gregorio Penco OSB”. Coloquio (Luján). 2001; 4(15):
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NOTAS:

[1] Utilizo el texto bilingüe latín-castellano, de la Madre Cándida Cymbalista OSB (vuelve al texto)

[2] Profesión solemne: A) Llamado
Finalizada la homilía el obispo se sienta en la sede. El guía explica el significado de la profesión. El diácono, o uno de los concelebrantes llama a la profesa: Hermana… el Señor te llama para que Lo sigas.
La profesanda responde desde su lugar: Heme aquí Señor porque me has llamado.
El obispo llama a la hermana diciendo: Ven, hija, escúchame, te enseñaré el temor del Señor.
La hermana se adelanta cantando. (vuelve al texto)

[3] Profesión monástica: 2) El obispo pregunta desde la sede: Querida hija, por el bautismo ya has muerto al pecado y has sido consagrada a Dios. ¿Quieres unirte más íntimamente a Él por el nuevo vínculo de la profesión monástica?
Hermana: SÍ, QUIERO.
Obispo: Hija, has dejado el mundo y te has puesto bajo el amparo de Dios. Ahora, ante Él, junto a este santo altar y en presencia de las hermanas aquí reunidas, ¿quieres fijar la estabilidad en este Monasterio?
Hermana: SÍ, QUIERO.
(vuelve al texto)

[4] Recibe el hábito de San Benito, para que revistiéndolo y viviendo en la estabilidad, la conversión monástica y la obediencia que has prometido, puedas vivir eternamente en compañía de Dios, de los ángeles y de todos los Santos que han llevado este mismo hábito.
La profesa responde: Amén. (vuelve al texto)

[5] La monja que va a ser consagrada se arrodilla ante el altar. El obispo reza la oración de consagración: Señor que habitas en los cuerpos castos y amas las almas virginales; Señor, que en Tu Hijo, por Quien todo fue hecho, restauras la naturaleza humana herida en el primer hombre por el engaño del demonio; Señor, que no sólo reintegras al hombre su inocencia original sino que también le permites experimentar algunos de los bienes que le están reservados para la vida futura, haciendo semejantes a los ángeles del cielo a quienes viven sujetos a la condición mortal, mira a esta sierva Tuya que al colocar en Tus manos su propósito de virginidad, te ofrece el amor que Tú mismo le inspiraste. Al derramar Tu gracia sobre todos los pueblos, has suscitado de entre todas las naciones del mundo herederos del Nuevo Testamento tan incontables como las estrellas.Pero entre los dones que concediste a Tus hijos, que han sido engendrados no de la sangre ni por obra de la carne sino por el Espíritu Santo, quisiste otorgar a algunos de ellos el don de la virginidad. De esta manera y sin menoscabo de la grandeza del matrimonio, sobre el que permanece la bendición que le concediste en los orígenes del mundo, quisiste que algunos de Tus hijos, por un designio de Tu providencia, renuncien a esta legítima unión, con el propósito de lograr lo que el sacramento significa, no imitando la unión que se realiza en las nupcias, sino amando lo que las nupcias prefiguran. Por eso Te pedimos, Señor, que protejas y guíes a esta hija Tuya que implora Tu ayuda y desea ser afianzada en Tu consagración.Líbrala del antiguo enemigo que contamina los mejores propósitos con los más sutiles engaños, y trata de menoscabar el mérito del celibato, arrebatándole la castidad que también debe resplandecer en las mujeres casadas. (vuelve al texto)

[6] Cfr Cohen, Gustave. Antologie du drame liturgique en France au Moyen-Âge. Paris: Cerf, 1955. (vuelve al texto)

 

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