HILDEGARDA
MADRE ABADESA
CÁNDIDA MA. CYMBALISTA OSB

 

I

Hasta hace poco más de cincuenta años Santa Hildegarda era totalmente desconocida fuera de Alemania y de la Orden Benedictina. En estos últimos años ha ido creciendo un interés notable. En 1998 estando yo en Eibingen, precisamente en el Monasterio por ella fundado, con motivo de los novecientos años de su nacimiento, era llamativo ver la cantidad de libros, de músicas, de artículos, sobre su vida y sus escritos. Sin ninguna duda este pasaje de la oscuridad al interés puede atribuirse a la New Age que ha exhumado a una santa que cultivaba hierbas y recetaba de acuerdo a lo que hoy llamamos la medicina alternativa; que buscó afanosamente una síntesis del hombre como microcosmos con el macrocosmos; que buscó integrar en el hombre, salud, psicología y vida espiritual. Pero, un verdadero conocimiento de Hildegarda evidencia que su cosmología y su experiencia de Dios y del hombre distan de confundirse con la New Age, su pensamiento es eminentemente cristiano y sus escritos fueron aprobados por el Papa Eugenio III y antes por San Bernardo.

Es importante resaltar la riqueza y la profundidad de esta mujer polifacética que, por sobre todas las cosas, fue una gran monja y santa.

II

Antes de entrar de lleno en su vida y pensamiento es necesario ver el contexto en que ella vivió y su influencia.

Tres años antes del nacimiento de Hildegarda el Papa Urbano II incita a la cristiandad a combatir contra el Islam y a reconquistar el Santo Sepulcro. Miles y miles de hombres con la cruz roja en la espalda partieron dejando sus esposas e hijos y es en 1099 cuando Godofredo de Bouillon conquista Jerusalén. Un siglo más tarde los santos lugares se pierden para siempre. Pero es justamente en ese siglo XII cuando San Bernardo de Claraval, el monje reformador de la vida monástica y fundador del Císter, recorre a lo largo del Rin buscando reclutar hombres para la Segunda Cruzada.

A pesar de no haberse visto nunca, San Bernardo será el puente entre Hildegarda y el Papa Eugenio III. Hildegarda somete a San Bernardo su experiencia mística y le escribe:

“[...] esta visión se me forma en la mente misteriosamente”.
“Conozco la interpretación de los salmos, del Evangelio y de los otros libros, que me es mostrada a través de las visiones”

Él le contesta brevemente:

“Nos alegramos por la gracia de Dios que está en vuestro corazón. Os advertimos y suplicamos que la consideréis como un don y que correspondáis a él con toda la capacidad de amar en humildad y devoción. Sabéis que Dios contraría a los orgullosos y concede gracias a los humildes. Por lo demás, ¿cómo podríamos enseñaros o exhortaros, cuando existe ya una enseñanza interior y una unción que instruye sobre todas las cosas?”

A la vez en esa época se inicia un gran movimiento dentro de la arquitectura y del arte sagrado, en contraposición con las ideas de San Bernardo, y es la introducción del color. Es Suger, Abad de Saint Denis en París, quien considera importante la ornamentación y crea los vitrales que darán a las iglesias un estilo nuevo, sellado por la conjunción de la luz y del color. Santa Hildegarda expresará en las viñetas de sus libros ese mismo espíritu.

Victoria Cirlot, una de las mejores investigadoras de las obras de Hildegarda, dice:

“Para Hildegard von Bingen el arte es mediación, camino que conduce de la tierra al cielo, de lo visible a lo invisible. Comparte una concepción del arte análoga a la del Abad Suger de Saint-Denis, para quien, por ejemplo, las piedras preciosas no eran sino “apoyos” para contemplar la visión de la luz. El intenso cromatismo que aparece en las visiones de Hildegard, y que se trató de plasmar en las miniaturas, corresponde a ese despliegue de colores detrás de los que está la luz, y son grados y gradaciones para la visión. También parecía compartir Hildegard con el Abad de Saint Denis una idea semejante de “lujo”, pues, mientras que el Abad empleaba piedras preciosas y oro para los objetos litúrgicos, y con bronce dorado se hizo la fachada oeste de la Iglesia, la Abadesa de Rupertsberg no dudaba en colocarse ella y sus monjas las diademas o coronas de oro y las túnicas de seda resplandeciente que tanto molestaron a su coetánea Tengswich von Andernach”

Parte importante del contexto de Hildegarda es su relación con el poder, puntualmente con Federico Barbarroja, emperador de la casa Hohenstaufen desde 1152 a 1190.

Federico conoce los libros de la Santa y la manda llamar. Ella va al Castillo de Ingelheim en 1154. Pero a raíz de que en Roma se ofendió con el Papa Adriano IV, Federico I se transforma en enemigo de él y en 1159, al ser elegido Alejandro III, Federico no lo reconoce; sí reconoce en cambio al antipapa Víctor IV. Hildegarda escribe a Federico y finalmente rompe su amistad. En su carta le decía:

“Oh Rey, es absolutamente necesario que seas prudente en vuestras acciones. En mis misteriosas visiones os veo, en efecto, como un niño que obra sin razón ante los ojos de Dios. Todavía podéis gobernar sobre las cosas terrenas. Tened cuidado de que el Rey Supremo no os castigue con la ceguera de vuestros ojos, que no saben ver cómo debéis sostener el cetro para reinar con justicia. Prestad atención: ¡actuad de modo que la gracia divina no se apague en vos!”

Esta situación política duró diecisiete años y solo terminó dos años antes de la muerte de Hildegarda. Esto nos muestra no solo parte del marco de su vida, sino también la valentía y la claridad de Hildegarda frente al poder político y frente a la Iglesia.

Precisamente la Iglesia no solo padecía tener Papas y antipapas, sino que su clero estaba secularizado y corrupto. Hildegarda siente la inspiración de predicar, de hablar a los sacerdotes y a los laicos. La famosa monja parte a caballo, viaja en barco por el Rin (Maguncia, Würzburg, Siegburg, Colonia, etc). Y sus sermones cuaresmales convirtieron a más de una persona. En su famoso sermón en Tréveris (que duró dos horas) dice poéticamente:

“También el viento meridional de la virtud, que es cálido, parece transformarse en estos hombres en rígido invierno. En ellos se echan de menos las buenas obras inflamadas por el fuego del Espíritu Santo, están áridos porque les falta la vivacidad del verde. El rojo de la noche se ha transformado en un cilicio...”

Señalemos dos hechos religiosos más, siempre dentro del marco histórico, cultural y religioso de Santa Hildegarda. Por un lado, el surgimiento de los cátaros y de los valdenses. Por otro lado, la aparición en Alemania y en los Países Bajos de estos grupos de mujeres, que en el siglo XIII constituirían las famosas beguinas.

Precisamente Santa Hildegarda en sus sermones considera que la culpa del surgimiento de estas herejías la tiene la corrupción del clero. Los cátaros, como reacción, se presentaban como austeros, y la Santa los llama “saduceos” porque despreciaban el cuerpo y, practicando una ascesis severa por reacción a un clero numeroso, rico y relajado, llegaron, en un afán de pureza irreal, a rechazar el matrimonio, e inclusive los sacramentos en cuanto a la materia de los mismos. Cuando los cátaros se instalaron en Albi tomaron el nombre de Albigenses. En definitiva sectores ortodoxos (como los grupos de Beguin o Beguinas), o heréticos, fueron los “puros”, los contestatarios de la corrupción en la Iglesia. Los miembros de este movimiento de ascetas puros y pobres, tanto hombres como mujeres, fueron asumidos por los monasterios cistercienses.

El problema se presentó con las mujeres vírgenes o viudas que no querían estar en un monasterio ni pertenecer a ninguna Orden. Ellas comenzaron a reunirse en grandes casas, luego a vivir en comunidad y en 1216 Jaques de Vitry consigue del Papa Honorio III el permiso para que vivan juntas y así estos grupos ya no fueron confundidos con los herejes albigenses. Y rápidamente se multiplican por toda Europa. Se van dando algunas características:

  • son laicas, no son religiosas
  • se reclutan de la burguesía naciente y del pueblo
  • viven en la ciudad o en las afueras, son urbanas
  • dejan de estar bajo la conducción de las Órdenes monásticas y lo están bajo los dominicos
  • pero no quieren estar bajo los hombres, son feministas, en un cierto sentido
  • se lanzan a las más altas especulaciones místicas
  • no hacen votos, solo prometen observar la castidad mientras están allí

Esta valiente organización femenina, totalmente innovadora en su momento, y hoy extinguida, dio lugar a las Congregaciones religiosas llamadas de vida activa (y hoy de vida apostólica) por una lógica evolución tanto social como eclesial.

Y bien, ¿quién es la mujer que se mueve dentro de estas coordenadas, sufriendo la influencia de todos estos aspectos políticos, eclesiásticos, ideológicos, monásticos, etc, y a la vez de indiscutible trascendencia?

III

Hildegarda nace en el año 1098 hija de un noble Hildebert von Bermersheim y de Mechtild. Es la décima hija y desde el comienzo sus padres querían entregarla a Dios como un diezmo. Podemos confrontar con la entrega de Samuel al Sacerdote Elí (cfr. I Sam. 1, 19-28; 2, 18-21). Es el 1 de noviembre de 1106 cuando Hildegarda y otra niña ingresan con la joven condesa Jutta von Spanheim en la ermita que el padre de ésta había hecho construir junto al monasterio benedictino de Disibodenberg. Estos monjes hacía poco se habían establecido en esa abadía provenientes de otra abadía, la de Hirsau.

Es necesario decir algo acerca de las ermitañas. En todos los tiempos, cuando se da a la vez un sentido heroico de la vida, surge el impulso religioso del desierto, o del total aislamiento. La figura ejemplar que invita a este tipo de seguimiento es la figura de San Juan Bautista. Esto se dio muy marcadamente al comienzo del segundo milenio. Hubo un resurgimiento después del Vaticano II, tal vez por razón de que los ermitaños son incorporados al nuevo Derecho Canónico. En el siglo XI la ermita solía hacerse junto a un monasterio de hombres y a la ermitaña se unían otras jóvenes o niñas. El día de Todos los Santos de 1106 se establece la ermita de Disibodenberg y en ella quedan Jutta, una niña y Santa Hildegarda entonces de 8 años. Sus padres la dejan para que Jutta la eduque y con la ayuda de los monjes reciba una formación monástica.

IV

¿Qué se entiende por formación monástica? Se trata de imbuir a esta niña en la Regla de San Benito y en la tradición benedictina a partir del siglo VI. Y son precisamente estas pautas las que marcarán la vida y las obras de Santa Hildegarda. Veamos en qué consiste esta vida monástica en la que creció Santa Hildegarda y que debemos conocer si queremos entender tanto su experiencia de Dios como sus escritos, su música y su espiritualidad contenida simbólicamente en las viñetas de sus libros.

Como síntesis podríamos señalar cuatro puntos:

  1. El sacramento de la Palabra
  2. El sacramento de la Liturgia
  3. El sacramento del prójimo
  4. El evangelio del trabajo

1) El sacramento de la Palabra

La Regla de San Benito pretende ejercitar al monje a fin de que la Palabra de Dios ordene y desarrolle su vida. Cada capítulo es observancia y aplicación concreta de alguno o varios versículos de la Sagrada Escritura.

En el Prólogo de la RB dice: “sigamos sus caminos (los de Cristo) tomando por guía el Evangelio”, y en el Capítulo 73 a modo de epílogo dice: “¿qué página o sentencia de autoridad divina del Antiguo o del Nuevo Testamento no es rectísima norma de vida?”. En el Capítulo 8 que concierne al Oficio nocturno de Vigilias, dice: “Lo que restare después de las Vigilias los monjes lo invertirán [...] en el estudio del salterio y de las lecturas”. En el Capítulo 48 dedicado al trabajo manual dice: “y a ciertas horas a la lectura divina”. Es la famosa lectio divina, hoy por hoy remozada en la espiritualidad de toda la Iglesia pero que constituye una tradición monástica dos veces milenaria. Y es la lectura orante y sapiencial de la Sagrada Escritura. A esta oración contemplativa de la Palabra de Dios estuvo dedicada Hildegarda desde pequeña, y sin ninguna duda, esta oración fue configurándola y haciéndola verdadera maestra de vida y de oración.

Es bueno aclarar que este camino contemplativo, a diferencia con otras corrientes espirituales, no es el del vacío, no es el del silencio y vaciamiento de todas las facultades en un ascenso gnóstico, sino que es un camino de integración de todas las facultades grávidas de la Palabra de Dios que culmina, por un lado, en un estupor maravillado y por otro en una necesidad, como decía San Benito, de tornar a esa Palabra “norma vitæ”. Por eso, el más alto grado de esta oración es una experiencia de la luz. Tal es lo que ocurrió en la vida de San Benito (Diálogos cap. XXXV):

“Y he aquí que mientras dormían los hermanos, el hombre de Dios Benito, solícito en velar, se anticipaba a la hora de la plegaria nocturna de pie junto a la ventana y oraba al Dios omnipotente. De pronto a aquellas altas horas de la noche vio proyectarse desde lo alto una luz que, difundiéndose en torno, ahuyentaba todas las tinieblas de la noche y brillaba con tal fulgor que, resplandeciendo en medio de la oscuridad era superior a la del día. En esta visión se siguió un hecho maravilloso; porque, como él mismo contó después, apareció ante sus ojos todo el mundo como recogido en un solo rayo de sol” (San Gregorio Magno, Diálogos)

Y viene al caso lo que dice Mircea Eliade:

“Cualquiera que sea el condicionamiento ideológico previo, un encuentro con la luz produce una ruptura en la existencia del sujeto, revelándole, o aclarándole más que antes el mundo del Espíritu, de lo sagrado, de la libertad; en breve, la existencia como una creación divina, o el mundo santificado por la presencia de Dios”

Es esta luz, la que constituye la gran experiencia contemplativa de Hildegarda. Sus visiones y sus audiciones son entrada en esta luz siempre interior y son ajenas a todo éxtasis, a toda ausencia de facultades y sentidos despiertos. Ella explica al monje Guiberto de Gembloux:

“Desde mi infancia [...] hasta ahora, que ya tengo más de setenta años, siempre he disfrutado del regalo de la visión en mi alma. En mi visión mi espíritu asciende, tal como Dios quiere [...]. Y como veo estas cosas de este modo, las contemplo [...]. No oigo estas cosas ni con los oídos corporales ni con los pensamientos de mi corazón, ni percibo nada por el encuentro de mis cinco sentidos, sino en mi alma, con los ojos exteriores abiertos, de tal manera que nunca he sufrido la ausencia del éxtasis. Veo estas cosas despierta [...} la luz que veo no pertenece a un lugar [...]. Se me dice que esta luz es la sombra de la luz viviente y, tal y como el sol, la luna y las estrellas aparecen en el agua, así resplandecen para mí las Escrituras, sermones, virtudes y algunas obras de los hombres formados en esa luz [...]. Y las palabras que veo y oigo en esta visión, no son como las palabras que suenan de la boca del hombre, sino como llama centelleante y como nube movida en aire puro. De ningún modo soy capaz de conocer la forma de esta luz, como tampoco puedo mirar perfectamente la esfera solar. Y de vez en cuando, y no con mucha frecuencia, percibo en esta luz, otra luz a la que nombran luz viviente [...]. Mi  alma no carece en ningún momento de la luz que llamo sombra de luz viviente, y la veo como si contemplara el firmamento sin estrellas en una nube luminosa”

Bien podemos pensar en lo que dice el Salmista: “en tu luz vemos la luz” (Sal. 36).

Esta vía intuitiva no quita en absoluto que Hildegarda pueda ser una verdadera teóloga, contrariamente a las especulaciones de su contemporáneo Pedro Abelardo (1079–1142), quien aplicó la dialéctica y la filosofía a la Revelación y a los Padres buscando hacer la ciencia de la fe hasta llegar, en sus exageraciones racionalistas, a querer tornar explicable por la razón el misterio de la Trinidad.

Santa Hildegarda, en la luz interior que la invade, capta los misterios y solamente los podrá manifestar en su música y en sus miniaturas (más de treinta) que ella no pintó, pero que dirigió en su ejecución. Con ellas ha ilustrado sus visiones y su simbología es tan frondosa como teológica. Cada una expresa un misterio de la fe, y la luz es un tema central. Habría que transcribir todos los textos con los que explica sus visiones y sus correspondientes miniaturas. Se repiten las palabras luz, fuego, llama, claridad, fulgor. Dice de sí misma: “y oí una voz venida de aquel fuego viviente que me decía: ‘Oh tú, que mísero polvo de la tierra eres, sin labranza de maestros carnales porque naciste mujer, indocta pues para leer las escrituras con la ciencia de los filósofos, pero viña que sólo Yo he cultivado: en ti siembro Mi luz, la cual enciende tu corazón como ardiente sol’ ”.

Es imposible citar gran cantidad de textos, pero todos confirman el genio teológico de Santa Hildegarda que parte de la lectio divina.

Entre la teología trascendente y teocéntrica que prevaleció desde la escolástica hasta mediados del siglo XX y la teología inmanente y antropológica que caracteriza el modernismo, podemos situar la “teología monástica o sapiencial” sobre la cual dice el Abad de Monserrat Josep Soler i Canals:

“Se trata de afirmar esperanzadamente que es posible una teología sapiencial, es decir, la elaboración de un discurso sobre Dios, que sea narración de sus maravillas en la creación y en la redención y al mismo tiempo narración de su presencia en el ser humano, a partir de las fuentes de la revelación, usando todos los medios intelectuales que el Creador ha dispuesto en nosotros, dejándose iluminar por la fe, la esperanza y la caridad, en un marco espacio temporal muy concreto que facilita la vida espiritual, con el objetivo de saborear el don de Dios, de dejarse cautivar por Él, de dejarse llevar por sus desafíos, para dejarse poseer por el Espíritu Santo.”

2) El sacramento de la Liturgia

El segundo esencial monástico formativo es el sacramento de la liturgia.

Si analizamos la obra poética y musical de Hildegarda nos encontramos que toda ella gira alrededor del Oficio Divino, del sacrificio de alabanza. Son antífonas, responsorios, himnos. Partes de Oficios dedicados a la Virgen, o San Disibodo, o San Ruperto o Santa Úrsula.

En la Regla de San Benito el Oficio Divino es central. En el Capítulo 43 dice: “Nada se anteponga a la Obra de Dios”. Desde el Capítulo 8 al 18 detalladamente se establece el contenido de esta Liturgia de las Horas. En el Capítulo 19 se dan características fundamentales:

  • que la mente debe concordar con la voz
  • que se está en presencia de Dios
  • que es un canto
  • que es un servicio. (En el Capítulo 50 llama al Opus Deiservitutis pensum”)

A lo largo de toda la Regla surgen las observancias concernientes al Oficio Divino: el toque de campanas, qué pasa con los que llegan tarde, o los que están trabajando lejos del monasterio, etc. Incluso en el Capítulo 22 que titula “Cómo han de dormir los monjes” dice: “[...] hecha la señal, [...] se apresuren a anticiparse unos a otros para la Obra de Dios [...]”. Es en esta Regla que Hildegarda y sus compañeras, mientras estuvieron en Disibodenberg, serán formadas, y, en el caso de ella, recordemos que desde los 8 años.

Hildegarda escribe:

“[...] también compuse cantos y melodías en alabanza de Dios y a los Santos, sin enseñanza de ningún hombre, y los cantaba, sin haber estudiado nunca ni neumas ni canto.”

Ella reconoce en las alabanzas cantadas en su abadía el eco de la “armonía celeste”. Así el cuerpo del hombre que canta “es la vestimenta del alma, que da vida a la voz. Todas las artes han sido inventadas a partir del soplo transmitido por Dios al cuerpo del hombre. El alma proviene de la armonía divina, ella es sinfónica”. Hildegarda en su Liber Vitæ Meritorum dice que entre 1150 y 1160 ha reunido sus composiciones musicales bajo el título Symphonia armoniæ cælestium revelationum. Son 77 piezas y una cantata titulada Ordo Virtutum que tal vez consideremos, ya que su contenido es profundamente monástico y, en definitiva, es la lucha ascética entre el bien y el mal. A pesar de que sus composiciones son originales tanto en la letra como en la música, ella siempre depende de la liturgia y su inspiración se origina en la tradición benedictina y en la esencialidad del rezo coral de la Liturgia de la Horas.

Uno de los dolores más grandes en la vida de la Santa, y la cruz siempre es plantada en el punto más sensible, fue el entredicho establecido por los canónigos de Mainz. La controversia se centró en la decisión de Hildegarda y su comunidad de enterrar en el cementerio de la Abadía a un joven revolucionario que había sido excomulgado por el arzobispo, a quien el cura de Bingen le había dado la extremaunción y lo había confesado. Dada su excomunión, en ese momento, no podía tener sepultura religiosa. Para evitar que los canónigos de Maguncia exhumaran el cuerpo Hildegarda hizo borrar todos los rastros del enterramiento. Esto le valió la interdicción, lo que significaba que no podían celebrar ningún servicio divino, que las campanas de la iglesia tenían que callar y que ni ella ni sus hijas podían recibir la eucaristía. Sería largo describir la conversación con los canónigos, las cartas de la Santa, las intervenciones del Obispo de Colonia y el de Maguncia que solía estar en Roma. Después de casi un año, la anciana Abadesa logra que se levante el interdicto. Ella les había dicho:

“Pensad también esto: del mismo modo que el cuerpo de Jesucristo nació por el Espíritu Santo de la pureza de la Virgen María, así también el cántico de alabanza a Dios según la armonía celeste (canticum laudum secundun cælestem harmoniam) tiene sus raíces en la Iglesia por el Espíritu Santo. El cuerpo es el vestido del alma que tiene la voz viva. Por eso es justo que el cuerpo cante con el alma a través de la voz las alabanzas a Dios.”

3) El sacramento del prójimo

El tercer esencial monástico es el sacramento del prójimo, del hermano que está dentro y fuera del monasterio.

La RB en su conocido Capítulo 72 da pautas muy concretas sobre cómo amarse unos a otros. En el Capítulo 4 que titula “Cuáles son los instrumentos de las buenas obras”, y en base al cual Hildegarda escribirá el Ordo Virtutum, dice entre las 74 normas: “Honrar a todos los hombres”; “No aborrecer a nadie”; “No tener celos”; “No obrar por envidia”; “No amar las discusiones”; “Venerar a los ancianos”; “Amar a los jóvenes”, etc.

En el Capítulo 34 que titula con un interrogante: “Si todos deben recibir igualmente lo necesario”, San Benito considera que unos necesitan más, otros menos, y que cada uno debe tener según sus propias necesidades. Esta consideración de la índole personal, este mirar a cada persona en su individualidad, se repite a lo largo de la Regla. Así en el Capítulo 2 que se refiere al Abad, le dice que debe combinar “el rigor con la dulzura” y esto con todos, pero ha de proceder de manera diferente ya se trate de “indisciplinados e inquietos”, ya de “obedientes, pacíficos y sufridos”, ya de“negligentes y menospreciadores”; por otra parte, a unos debe corregirlos, “a los más dóciles e inteligentes” de palabra; en cambio a “los malos, los duros” debe corregirlos de otra manera pues “el necio no se enmienda con palabras”. En el Capítulo 65: “Del vestido y calzado de los monjes”, como en el Capítulo 39: “De la medida de la comida”, el 40: “De la tasa de la bebida”, siempre se tiene en cuenta la persona. Significativo es el Capítulo 37 “De los ancianos y de los niños”, pues a ellos se los debe tratar con “piadosa consideración”, por ejemplo, duermen más temprano, y comen según su debilidad. Podríamos citar más textos de la RB.

La razón de este sentido profundamente humano, que se hace extensivo a los huéspedes (Capítulo 53) a quienes “se les obsequiará con el mayor agasajo (omnis ei exhibeatur humanitas)”, es la visión cristocéntrica que debe caracterizar al monje: El Abad hace las veces de Cristo, al huésped hay que recibirlo como al mismo Cristo, al hermano enfermo (Capítulo 36) “se lo sirve como a Cristo en persona”. Esta antropología monástica unida a la visión del mundo del siglo XII motivan fuertemente la visión del mundo y del hombre en Santa Hildegarda. Dios se acerca a la creación, es la humanización de lo sagrado. Todo converge en una síntesis cuyo centro es el hombre y éste centrado en Cristo. Reconocer a Dios en la creación fue la divisa de Hildegarda. Sería el más interesante de los estudios analizar sus treinta y cinco miniaturas, hechas por diversos artistas monásticos pero dirigidos por la Santa. Excede la posibilidad del tiempo de esta conferencia.

Tanto en las miniaturas como en sus libros: Scivias, El libro de los notables, Libro sobre las obras divinas (visiones del cosmos), Physica (tratado de las plantas) Causæ et curæ (tratados médicos), se expresa esa síntesis del microcosmos con el macrocosmos. Todos los elementos del cosmos en íntima relación con el hombre, ingresan en la Trinidad a través de Jesucristo, quien al ser el Verbo encarnado, tomó sobre sí al hombre entero con todo su ámbito. Hay entonces un orden en el cosmos, un equilibrio, y cuando éste se pierde, influye en la salud del hombre, y a la vez el desequilibrio moral del hombre desordena el cosmos. Este orden del cosmos no aparece solo como una relación de fuerzas cósmicas y las acciones del hombre, sino también aparece en la estructura del cuerpo humano. Todo se unifica: historia de la creación, historia de la salvación, culminación en el fin del mundo (tema muy presente en el medioevo). En estas profecías del fin del mundo se advierte la influencia del Apocalipsis de San Juan y elementos de la cultura medieval. La naturaleza y la historia se entrelazan, tal como lo vemos tanto en el Génesis como en San Pablo cuando habla de la salvación del cosmos, en que éste y el hombre dentro de él están sufriendo dolores de parto (Rom. 8, 18 – 23).

En Hildegarda no hay dualismo: carne–espíritu, hombre–cosmos. Todos estamos enlazados en un común plan de Dios. Juan Pablo II en su libro de poesías dice:

Y vio Dios que era bueno”
Vio, descubría la huella de su Esencia.
Hallaba su resplandor en todo lo  visible.
El Verbo eterno es como si fuera un umbral
tras del cual vivimos, nos movemos y existimos [1]

Lo reiteramos, Hildegarda buscó unir ciencia (en su época era una científica), naturaleza y religión. En el siglo siguiente lo haría Santo Tomás de Aquino al integrar a Aristóteles con el pensamiento teológico. Hoy por hoy el Magisterio de la Iglesia ha expuesto admirablemente la relación entre razón y fe. Pero entre la ciencia y la fe, está el arte. Y los tres buscan resolver el misterio y el estupor que provocan la naturaleza, el hombre y el cosmos. Hildegarda plasma su ahondamiento de la naturaleza no solo contemplando la Palabra de Dios (véase la miniatura “La columna de la Palabra de Dios”) sino también cultivando sus plantas medicinales (nos llegan hasta hoy sus estudios) y componiendo sus músicas y sus poemas.

Como parte de su concepción del hombre, está el tema de la enfermedad y de la salud, hoy retomado por la medicina alternativa. La caída de Adán rompió no solo el equilibrio moral y psicológico sino también el del cuerpo. Desde entonces los pecados del hombre se transforman en fuerzas cósmicas. Y éstas a la vez, habiendo perdido su equilibrio, castigan al hombre. Evidentemente Hildegarda busca dar un fundamento teológico y bíblico de algo que ella misma desde su infancia experimentaba y que hasta hoy concentra la investigación y la reflexión del hombre. El hombre busca el sentido del sufrimiento y de la muerte. Por eso (y dentro de la concepción medieval) la enfermedad tiene una explicación a la vez teológica y física. La explicación física la da en base a los “humores”. Los “humores” que fluyen de los órganos, reciben la influencia de los vientos; a la vez éstos influyen sobre el estado anímico del hombre. Los “humores” deben tener equilibrio; cuando éste se rompe el hombre se enferma y transforma los humores en sus contrarios. Y este equilibrio o desequilibrio va ligado al carácter y a las pulsiones o pasiones. Podemos decir que Hildegarda es precursora en el conocimiento de las enfermedades psico-somáticas [2] . Nada más estudiar sus recetas, donde también podríamos decir que es precursora de la prevención. Ella tiene dos tratados: Physica (tratado de las plantas) Causæ et Curæ (tratados médicos).

Como vemos, para Hildegarda la enfermedad y la salud son parte de su antropología teológica. La medicina es una terapia que lleva a vivir mejor con Dios. El hombre enfermo y que sana, es imagen del pecador que se convierte. Y tanto el hombre como la creación en la que está inmerso, deben orientarse a la salvación; por eso el hombre debe querer curarse, a la vez que debe respetar la naturaleza y no contaminarla. De allí también el valor ecológico de sus escritos. El sentido de la naturaleza, y la integración de la misma en la vida, lleva a su cuidado y como dice el P. Chenu: “el universo sacramental está lleno de Dios”. Santa Hildegarda dice por su parte, poniéndolo en boca de Dios:

“Yo soy la ardiente vida de la sabiduría divina, yo inflamo la belleza de las llanuras, yo brillo en las aguas, yo quemo en el sol y la luna y las estrellas.”

Y en otra parte:

“La Palabra [de Dios] es vida, ser, espíritu, germinación primaveral, toda la creatividad. Toda la creación se ve despertada, llamada por la resonante melodía de la invocación de la Palabra de Dios” (cfr El cántico de los jóvenes – Dn. 3, 57-88; Deut. 15, varios Salmos).

4) El evangelio del trabajo

El cuarto esencial monástico es el “Evangelio del trabajo”.

San Benito en el Capítulo 48 de la Regla sienta los dos ejes del trabajo monástico que estarán presentes en sus otras normas sobre el tema. Dice así:

“La ociosidad es enemiga del alma, por eso han de ocuparse los hermanos a unas horas en el trabajo manual, y a otras, en la lectura divina”

El otro texto del mismo capítulo dice:

“... son verdaderamente monjes, cuando viven del trabajo de sus propias manos, como nuestros Padres y los Apóstoles.”

Otros textos:

“si hay artesanos en el monasterio, que trabajen en su oficio con toda humildad” (RB 57)
“Si alguien mientras está trabajando en cualquier ocupación, en la cocina, en la despensa, en el servicio, en la panadería, en la huerta, en un oficio personal o donde sea, comete alguna falta [...]” (RB 46)
“Cuando el trabajo sea más duro, el Abad podrá añadir algo más” [en la ración de la comida de los monjes] (RB 39)

Este estilo de vivir que integró, en el siglo VI, el trabajo como un valor, dio la base de la Europa cultivada y productiva que luego se consolidó en la Edad Media. Y como bien sabemos, Santa Hildegarda fue educada dentro de la Regla de San Benito. Por ello a diferencia de lo que podía ser una comunidad de nobles que vivían de los grandes patrimonios feudales, en su monasterio se trabajaba en la huerta medicinal la cual no faltaba en ningún monasterio (cfr. Silos), pues Carlomagno en sus Capitulares había insistido en que los monasterios tuviesen huertas aromáticas y medicinales. Además el otro trabajo importante era el de copistas. Guiberto de Gembloux, contemporáneo y biógrafo de Hildegarda escribe:

“Realizan con celo las lecturas y los cantos y siguiendo el lema apostólico: ‘Quien no trabaje que no coma’: se las puede ver durante la semana dedicadas al trabajo, escribiendo libros, tejiendo vestimentas eclesiásticas o ejecutando otras tareas manuales [...] Pensad en lo maravilloso que es que este convento no haya sido fundado por ningún emperador u Obispo, poderoso y señor, sino por una pobre mujer forastera y enferma”.

V

Para concluir podríamos hacer una síntesis diciendo que Hildegarda fue una gran mujer, una gran monja y una gran santa, y que no se la puede confundir o ubicar dentro del ambiente de la New Age.

Como mujer se independizó de la tutela de los monjes, gobernó su monasterio con total libertad del Emperador, de los Señores y de las presiones de eclesiásticos en una época de relajamiento y opresión masculina y una sociedad totalmente patriarcal. Podemos ...

 

Aquí Madre Cándida dejó su pluma en una pausa que supuso temporal; la Divina Providencia lo quiso de otra manera. ¡Deo gratias! Es por ello que la lectura de su conferencia –último trabajo de una vida fecunda–, casi terminada días antes de su muerte, nos fue ofrecida en la voz de la Madre Clara Marcela Venica, quien desde 1999 es la Abadesa de Gaudium Mariae, monasterio que fuera fundado por la Madre Cándida Cymbalista en 1979.


NOTAS:

[1] Tríptico Romano Meditaciones sobre el Libro del Génesis en el umbral de la Capilla Sixtina. (vuelve al texto)

[2] “la ira provoca una gran inundación del sistema sanguíneo. Entonces el alma se afloja exhausta y se retira, mientras el cuerpo se derrumba”. (vuelve al texto)

 

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