FLAVIA DEZZUTTO
(UNR)
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"To explain the grace requires a curious hand" (Marianne Moore) Intentaremos exponer en este escrito, a partir del pensamiento de Hildegarda de Bingen, los alcances del vínculo entre visio, la visión en tanto fundamento de las doctrinas hildegardianas, y affectus, la moción afectiva que a partir de lo visto, y en el ámbito mismo que abre la visión, mueve al ánimo y sensibiliza sus capacidades. Este amplio y preciso movimiento que involucra a la totalidad de las facultades humanas, las intelectivas y las apetitivas, requiere ser analizado mediante el examen de las peculiaridades perceptivas e intelectivas de la visio, determinando así su influencia en la disposición afectiva. Transitando esta senda procuramos establecer, entonces, la relevancia de la facultad perceptiva y afectiva en orden al conocimiento de lo verdadero y a la tendencia hacia lo bueno, las vías por las cuales el ser humano, como cumbre y síntesis de la obra de la creación, se reúne con Dios, su origen y finalidad. La perspectiva ética que deseamos exponer, se diseña sobre las líneas maestras de una especulación, y aún, de una concepción del mundo, cimentada en la noción de creación como clave de comprensión del obrar humano, del ejercicio de sus potencias y del esclarecimiento de sus limitaciones, de la consideración de su imagen originaria y de su peregrinación hacia las fuentes de su ser. Hildegarda de Bingen es una figura religiosa e intelectual que excede largamente el campo de la filosofía moral, pero que puede enriquecerlo enormemente, pues su caracterización de la visio, de la potencia memorativa e imaginativa, resulta ser una verdadera fuente de “moción afectiva”, affectus, no sólo para alcanzar de la finalidad propia del ser humano y de la creación entera –la unión con Dios–, sino también para brindar pautas de discernimiento e interpretación prácticas del obrar humano, que se desarrolla en el marco de la contingencia de lo creado. “Explicar la gracia requiere una mano curiosa”, nos dice la poeta estadounidense Marianne Moore; el estudio de Hildegarda de Bingen nos depara, por su fidelidad a la visión en la que se declaraba constituida, tal como se narra en su Vita “in visionem constituta sum” [1] , la maestría de una mano curiosa, e instruyéndonos, nos impulsa a avizorar en las creaturas, grandes y pequeñas, la luz de la gracia.
Deseamos detenernos brevemente en algunos de los problemas esenciales del llamado “naturalismo del siglo XII”, pues vemos en él un horizonte que procura sentidos nuevos y diferenciales a los elementos tópicos de las visiones y de los tratados médicos de la abadesa renana, en combinación con la tradición enciclopedista de la Alta Edad Media. Se ha caracterizado abundantemente al siglo XII, como un momento de valorización de la naturaleza, y de todos los seres, en particular del ser humano. Esta afirmación conlleva el surgimiento de una preocupación especulativa acerca de estos temas, y la creación de un lenguaje estético, poético e iconográfico, que refleja la variedad, armonía y vigor de los seres creados.
La concepción general que alberga esta preocupación es la de la correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos. El macrocosmos designa a la totalidad de los seres en sus relaciones armónicas, en la conveniencia dinámica y jerárquica de sus cualidades y potencialidades. El microcosmos refiere a la naturaleza humana, en tanto el ser humano se inscribe como ser creado, en la armónica correspondencia y ordenación de todos los seres, pero de un modo singular, pues, en tanto es el ápice y síntesis de lo creado por Dios, la estructura del cosmos puede localizarse proporcionadamente en la ordenación de su propio ser. Así lo resume Fr. M-D. Chenu, en su magnífico estudio sobre la teología en el siglo XII: “La vita morale umana è un caso particolare della vita universale: l’universo della libertà presupone l’universo della natura, e compie un suo vuoto.” [3] A su vez, es imposible obviar la importancia del ingreso de nuevas obras filosóficas griegas, y aún la amplia difusión de algunos autores latinos, para comprender los alcances y el contenido de este fenómeno. La filosofía platónica resulta ser clave en este sentido; el Timeo, en la traducción de Calcidio, es la fuente común de textos de indudable parentesco en cuanto a la especulación cosmológica: Bernardo Silvestre y su De Universitate Mundi, Alan de Lille y su De Planctu Naturae, Guillermo de Conches y su Philosophia mundi, en la esfera de la escuela de Chartres, o de la Orden del Cister, son ejemplos sumamente conocidos de lo dicho. Sin este marco de comprensión: una cosmología fundada en la realidad de la creación, y la presencia de un cuerpo de doctrinas que proveen pautas para la construcción intelectual, el naturalismo del siglo XII pierde sus sustancia específica y se analoga a un esteticismo vacuo, o a un humanismo anacrónico. [4] En un mismo campo de preocupaciones, pero con otro horizonte de resolución, en el ámbito de las escuelas ciudadanas, el ingreso de los libros del Órganon aristotélico reunidos en la denominada Logica Nova, así como de las obras filosóficas del Corpus Aristotelicum, conocidas como el Aristoteles Latinus, serán elementos centrales en la conformación de la autonomía y ascendencia de la dialéctica, y en la constitución de un espacio especulativo que reclamará la afirmación de la legitimidad de la racionalidad natural. Hildegarda de Bingen se halla en los contornos del monasticismo benedictino, por lo cual, en el rico panorama del siglo XII, hemos de inscribirla en el contexto de una vida consagrada a la “salvación del alma”, tal como lo propone la Regla de San Benito.
Esta llamada que leemos en la Regla de San Benito, apunta a conformar una “dominici schola servitii” [6] , una escuela del servicio divino, por lo cual el monasterio viene a ser, frente a las escuelas ciudadanas y en palabras de San Bernardo, una “schola caritatis”. La vida monástica, entonces, puede comprenderse a la luz de la inteligencia de lo que la caridad, “charitas”, significa para el cristianismo: el lazo mismo de mutua unión en la Trinidad, caridad que es la vida misma de Dios, manifestada en la creación, en la redención, en la santificación. Lo que Hildegarda nos descubra en sus visiones, lo que ella nos explique de éstas se fundará en la realidad de la vida trinitaria, que la vida monástica expresa de modo ostensible: la meta de todo ser creado, de todo ser humano, es vivir en la profundidad del misterio de la caridad. Los temas cosmológicos que podemos hallar en su obra visionaria, o la explicación de las propiedades de los elementos y del organismo humano, reflejarán esta afirmación del mundo natural que hemos mencionado, nutriéndose además, de la autoridad y las enseñanzas de la tradición precedente, de aquellos maestros que forjaron el patrimonio común de la cultura medieval. Un último elemento a considerar, respecto del marco de doctrinas del siglo XII, para comprender mejor lo dicho antes, es el llamado “simbolismo”, o la “mentalidad simbólica” medieval, por la que las cosas visibles, resultan ser “símbolos”, al modo de huellas y vestigios cargados de significación inmediata, de realidades invisibles y más altas. Acudimos nuevamente al P. Chenu, para aclarar el punto:
Hildegarda de Bingen [8] nos muestra del modo señalado, la convivencia de elementos fundamentales en la comprensión medieval del mundo natural y humano, a saber:
En este marco de doctrinas, todos los seres del universo y el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, se mueven, comprenden y reúnen, en el Creador, supremo Bien, Verdad indeficiente. Todo ser humano, en tanto imagen de Dios, posee la llave del misterio del ser, de sus vigorosas manifestaciones en la naturaleza. Cerramos entonces esta recensión de algunos temas claves del siglo XII, con las palabras de Santa Hildegarda en el Liber Divinorum Operum, en el que Dios se revela a sí mismo como el dador de vida:
En esta sección de nuestro trabajo, pretendemos avanzar sobre algunos de los elementos constituyentes de la visio [10] en Hildegarda de Bingen. Brevemente mencionaremos el catálogo de sus obras. En primer lugar, el tríptico visionario compuesto por:
Junto a sus obras principales, mencionamos sus célebres escritos de historia natural y medicina: Physica, conocido también como Subtilitates diversarum naturarum creaturarum (Historia Natural o Libro de las medicinas simples), dedicado al estudio de la naturaleza y de elementos de botánica y zoología, y Causae et Curae (Libro de las causas y los remedios o Libro de las medicinas compuestas), que estudia las enfermedades, sus causas y sus remedios. Finalmente, y no de menor importancia, encontramos una Explicación de la Regla de San Benito, las vidas de San Disibodo y San Ruperto, algunos comentarios teológicos, un cuerpo de 38 cuestiones breves, en respuesta al requerimiento de Guibert de Gembloux, y el rico y original conjunto de escritos constituido por sus textos litúrgicos, los cantos y melodías compuestos para la alabanza divina.Hemos de destacar la importancia de su Epistolario, con cerca de 300 cartas autentificadas, de gran valor para el estudio del pensamiento de la santa abadesa. Mencionamos por último, los testimonios autobiográficos que constan en la Vita redactada por Teodorico de Esternach y Godofredo, pues en ellos encontramos claves significativas para la interpretación de su obra. [11] Nuestra preocupación por la facultad visionaria, y por los modos de manifestación de la visio en Hildegarda, responde a un objetivo preciso: destacar cómo el esquema perceptivo de la visión “corporal”, en su carácter de inmediatez, de captación de la integridad del objeto, de desarrollo móvil en un ámbito que la visión misma abre, y sin el cual ella no sería posible, aparece en estas visiones suscitadas por Dios en nuestra autora, proporcionándole un conocimiento intuitivo, acabado y dinámico de realidades sobrenaturales y también de las terrenas. Así, el contenido de las visiones responde a la mentalidad simbólica, “per visibilia ad invisibilia”, y, como experiencia donada por Dios, se desarrolla en la luz de la divinidad y habilita un espacio de luminosidad que desde el interior de la visionaria, se proyecta, “ex visione”, a toda la creación, al ser humano como imagen de Dios. [12] De los múltiples relatos en los que la Sibila del Rin nos describe la modalidad de sus visiones, deseamos citar al menos dos. El que consta en la célebre epístola a Guibert de Gembloux, y el que podemos hallar en la segunda parte de su Vita. Así describe la forma en que acontece su visio a Guibert de Gembloux:
De la variedad de temas que podríamos abordar en este texto, deseamos puntualizar tres. En primer lugar Hildegarda, al igual que en otros pasajes sobre el mismo asunto, afirma que su visio no es fruto de un fenómeno extático, sino que lo que ve y oye ocurre en estado de vigilia, y es visto con los ojos del alma, en un estado normal de sus facultades; en segundo lugar aquellas cosas que ve y que conoce, son vistas y conocidas en la luz de la visión: “tomando forma a mis ojos, resplandecen en esta luz”, ámbito en el cual los contenidos de la visión toman forma e inteligibilidad en el alma de la santa; en tercer lugar, Hildegarda distingue dos tipos de “luz”, una que llama “sombra de la luz viva”, en la que las palabras y los objetos de la visión se le muestran, una suerte de espacio de resplandor que emana de la luz viva en sí; finalmente, la abadesa nos habla de otra luz, la “luz viva”, que ve a veces en la luz mencionada, y que la reconforta, según nos cuenta: “pero mientras la estoy viendo toda angustia y tristeza desaparecen de mí, de tal modo que me siento como una joven inocente y no como una anciana”. Las peculiaridades perceptivas de la visión sensible pueden ser encontradas aquí, bajo la forma de una visión intelectual [14] , mediante los “ojos del alma”, desarrollada en pleno uso de las facultades naturales, mostrando cosas que pueden ser alcanzadas por la razón argumentativa, pero que, en el espacio que abre la visión, en la “sombra de la luz viviente”, son reveladas a Hildegarda, así como la explicación del significado de los contenidos de la visión: “Y las palabras que veo y oigo en esta visión no son como palabras que salen de la boca del hombre, sino como la llama de un resplandor, como una nube que se desplaza en el aire puro”. Se trata de un conocimiento intuitivo, que se expande en la propia alma, escenario de la visión, originando una conmoción anímica como fruto de la inteligencia del sentido de lo revelado, hacia el discernimiento del significado de tales revelaciones en el orden de las realidades naturales y humanas. Finalmente, la “luz viva” que nuestra autora ve en la “otra luz”, “sombra de la luz viva”, aparece como la fuente de esta claridad, que, según dijimos antes, es vista raramente, y provoca una transformación por la cual la anciana abadesa, vetula, se siente como una puella, una joven. El poder vital de esta “luz” puede asociarse con la capacidad generativa y fecunda de la energía creadora. En el otro relato mencionado más arriba, que aparece en su Vita, nos dice:
De modo excepcional, Hildegarda nos narra un episodio de tipo extático, el que, a diferencia del modo ordinario de su visio, que le acontece desde su niñez, es mostrado como un hecho extraordinario, una “visión maravillosa y misteriosa” que altera su estado de conciencia, y también su estado corporal; en el que, como una “suave lluvia”, recibe la inspiración divina, que le revela los misterios de sus obras, como el apóstol San Juan, “sorbió” en el pecho de Cristo, aquella inspiración por la que escribió el principio de todas las cosas en su evangelio: “En el principio era el Verbo”. La santa abadesa se cuida de puntualizar el carácter sobresaliente de esta visio, que aparece como el punto de inicio de su obra más acabada, el mencionado Liber Divinorum Operum, dedicado a la obra divina de la creación. En el texto citado la santa se compara con el apóstol San Juan, quien en la Edad Media aparecía como el arquetipo del visionario, de hombre iluminado por Dios.[16] Si atendemos a lo que nos dice Peter Dronke, debemos distinguir tres significaciones del término visio en nuestra autora: “Hildegarda emplea la palabra visio para designar tres cosas interrelacionadas: su peculiar capacidad o facultad visionaria; su experiencia de esta capacidad; el contenido de esta experiencia, o sea, todo lo que ve en su visio. La forma en que experimenta su visio es completamente inusual: ve las cosas “en el alma”, mientras mantiene pleno ejercicio y conciencia de sus facultades sensoriales.” [17] La reunión de estos tres sentidos nos habilita a decir que en el orden cognoscitivo que habilita la visio, la facultad visionaria, la experiencia del visionar y el contenido de la visión, pueden ser objeto de concurrente comprensión, en la medida en que el esquema perceptivo de la visión autoriza todas estas significaciones a la vez: la potencia de ver, que se manifiesta en la visión efectiva, la cual es siempre visión de algo. Esta inmediatez y simultaneidad de la visión, nos ayuda a advertir la importancia de tal experiencia, a la hora de considerar su poder de determinación y moción en el plano afectivo, en el proceso de la deliberación ética, a través de la tendencia anímica nacida de la estimación perceptiva, el affectus. Veremos en la sección siguiente cómo las facultades humanas que Hildegarda postula, en la línea de la antropología agustiniana [18] , se relacionan entre sí, en un plano que rescata la importancia del sensus, fuente de todo movimiento anímico, para la comprensión de la persona humana y su destino final. Aquí Hildegarda se nos muestra en el cumplimiento del rol profético [19] , como una voz que persistentemente hace memoria de la situación originaria del ser humano, para interpretar su presente, e impulsarlo hacia su futuro: la bienaventuranza o beatitud.
Intentaremos en esta sección final, y a modo de conclusión, puntualizar algunos aspectos de la concepción antropológica de Santa Hildegarda, mostrando cómo el esquema cognoscitivo de la visio da lugar a una valorización del campo perceptivo en la experiencia moral humana. En la cuarta visión del Liber Divinorum Operum, se nos dice del alma humana:
El ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, quien lo ha puesto en la cima de la creación, poniendo a su servicio todas las cosas, es él mismo el camino para conocer a Dios. El alma “siente a Dios, porque viene de Dios”. [21] La “viriditas”, la energía o “fuerza germinativa” de la persona humana, cuyos frutos son sus obras, se despliega en la estructura cuaternaria del alma la que, junto a la voluntad y la inteligencia, posee el sentido, el sensus, y la scientia, un conocimiento afectivo de tipo sapiencial. [22] Las alas del alma, adquieren aquí el sentido aspirativo de la elevación a la plena Verdad, al Bien inagotable, a la unión con la Suma Caridad. En el cumplimiento del designio creatural, el ser humano ha de discernir los caminos de realización de su más profunda esencia. Para eso, el discernimiento, la sancta discretio de San Benito [23] , que abarca integralmente a la naturaleza humana proponiendo una diácrisis de sus tendencias y deseos, de sus pensamientos y sensaciones, se nos muestra como la médula de una perspectiva ética que comprende a la persona como “afectada” por su sentido interno y externo, como convocada a crecer en una scientia, en una sabiduría que unifique sus potencias dirigiéndolas hacia su origen y finalidad, Dios mismo. La sancta discretio es recomendada por Hildegarda a la abadesa Hazzecha, quien junto a algunas seguidoras pretende recogerse en una vida más estrecha, por no tolerar a sus súbditas en el monasterio, y pregunta acerca de la conveniencia de abrazar al vida eremítica:
Lo que para Hildegarda es la “moderación adecuada”, la nutricia “madre de todo en la tierra y en los cielos”, para su contemporáneo, San Bernardo de Claraval, es la “consideratio”, la ponderación de la miseria y de la grandeza humana, su lugar en la obra de la creación, con su valor y sus límites.
Estas reflexiones de San Bernardo, nos conducen de inmediato a las especulaciones de nuestra autora sobre el carácter armónico de todo los seres, en particular del alma humana. Podemos ver así que el trabajo de la discretio y de la consideratio, se fundamenta en una doble dimensión: la potencialidad armónica propia de todo ser creado, y la capacidad de afectación en la persona humana, cuya dinámica sensitiva y espiritual, se analoga en la estructura receptiva y aspirativa de la percepción, que como facultad de la sensación recibe sus objetos al tiempo que tiende hacia ellos. Dice Santa Hildegarda en su epístola al alto clero de Maguncia, hacia el final de su vida terrena:
El primer hombre, Adán, es la figura de toda persona humana, cuyo ser gime por retornar a su Creador, y que, “musicalmente”, por la síntesis de las “voces” de sus propias potencias, y las de todos los seres creados, puede integrar su angustiosa dispersión y retornar al estado de unidad, perdido al exilarse en la región de la desemejanza como consecuencia de la primera caída. “Nihil est sine Voce”, nos dice un contemporáneo de la santa abadesa, cisterciense Isaac de Stella, y agregamos con Dronke:
Las doctrinas hildegardianas nos ayudan a comprender, nova et vetera, la relación entre el orden moral y el místico, donde la experiencia religiosa pone en perspectiva y reformula el ámbito moral. Los conceptos de visio, affectus [28] y sensus, en tanto configuran un conjunto tópico acerca del movimiento comprensivo del entendimiento y la adhesión aspirativa de la voluntad, se unen a las nociones de discretio y consideratio, como expresiones de la capacidad prudencial que nos provee de una perspectiva ética realista e integradora. La profundización en el examen del “conocimiento afectivo” realizado en la luz de la visión, y el “discernimiento” suscitado por la dinámica perceptiva del “sentido”, en la consideración de las afecciones; nos permiten acceder al modo en que las cuestiones de la Verdad y el Bien se reúnen, en la experiencia y doctrinas de la Sibila Renana. Finalizamos nuestro trabajo, recordando una breve sentencia de la filósofa francesa Simone Weil, quien nos dice: “la distancia es el alma de lo bello”. Si Santa Hildegarda nos presenta una obra plural y atravesada de unidad esencial, poblada del colorido de los seres vivos y tensionada hacia la trascendencia, es porque en el misterio y en el don de la visión, le fue concedido experimentar aquella “quietud violenta” de la que nos habla Dionisio Pseudo Aeropagita, por la que nuestra naturaleza creada vislumbra los lazos que la unen con el Creador, y la distancia que le posibilita empeñarse en el conocimiento de las vías del retorno a su origen. La abadesa renana nos invita, entonces, a scire vias, a discernir los caminos, para encontrar las claves de la sinfonía de lo terreno y lo celestial, en el ardoroso afán de habitar en la Verdad. NOTAS:[1] Vita, I, 16. (vuelve al texto) [2] Gregory, Tullio. “L’Idea de Natura prima dell’ingresso della Fisica di Aristotele”. En: AAVV. La Filosofia della Natura nel Medioevo. Atti del Terzo Congresso Internazionale di Filosofia Medievale. Milano: Società Vita e Pensiero, 1966, p. 51. (vuelve al texto) [3] Chenu, M-D. La teologia nel dodicesimo secolo. Milano: Jaca Book, 1983, p.53. Traducción italiana del francés: La théologie au douzième siècle, Paris: Librairie Vrin, 1976. (vuelve al texto) [4] Es oportuno recordar lo específico del “humanismo medieval”: “L’idée essentielle de la tradition médiévale c’est que l’âme est l’image de Dieu. Toute connaissance de l’homme s’appuie sur un commentaire de la Genèse, I, 26: “Faisons l’homme à notre image, selon notre ressemblance.” On ne pourrait méconnaître la dignité de l’âme humaine, et les prolongements infinis qu’autorise une telle relation.” (Forest, Aimé. “La tradition humaniste et la pensée médiévale”. En: AAVV. Quelques aspects de l’Humanisme medieval. Paris: Les Belles Lettres, 1943, p. 40). (vuelve al texto) [5] Regula Sancti Benedicti. Prologus, 1-3. Ediciones latinas varias. Para la edición castellana ver: Regla de San Benito. Versión e introducción de G.M. Colombás. Zamora: Ed. Monte Casino, 1994. (vuelve al texto) [6] RB, 45. (vuelve al texto) [7] Chenu, M-D. La fe en la inteligencia. Barcelona: Editorial Estela, 1966, p. 150. (vuelve al texto) [8] Sobre los contenidos de la cultura de Hildegarda ver: Epiney- Bugard, G. y Zum Brunn, E: Mujeres trovadoras en la Edad Media. Barcelona: Editorial Paidós, 1998, p. 40-41. (vuelve al texto) [9] El original latino puede encontrarse en el locus señalado en el cuerpo de la cita, en la Patrología Latina, t. 197. La versión castellana utilizada más arriba está incluida en la Página WEB sobre Hildegarda de Bingen, a cargo de la Prof. Azucena Fraboschi, a quien pertenece la traducción del texto citado, publicada también en la revista STYLOS (Instituto de Estudios Grecolatinos “Prof. F. Nóvoa”). 2002; 11(11): 63-82. (vuelve al texto) [10] Efectuaremos algunas precisiones terminológicas, a fin de aclarar el campo semántico de los términos visio y affectus en el latín medieval. En el Vademecum in opus Saxonis. Lexicon de latín medieval, realizado en ocasión de la edición crítica de la obra de Saxo Grammatico, (edición electrónica), se nos informa de las siguientes acepciones, VISIO: visum in quiete oblatum, species per somnum oblata, y AFFECTUS: status animi, animi motus, commotio, benevolentia, amor, studium, voluntas. También en el New Latin word list, realizado por Lynn H. Nelson, University of Kansas. Edición electrónica, VISIO: likeness, face, visage, y AFFECTUS: goodwill, emotion, disposition of mind. En cuanto la consideración etimológica de estos términos, de sus familias de palabras, y de los términos de significación aneja, hemos consultado con gran provecho el Dictionnaire Etymologique de la Langue Latine. Histoire des Mots (A. Ernout, A. Meillet. 3º Ed. Paris: Librairie Klinscksieck, 1951). (vuelve al texto) [11] Para ampliar el problema de la cronología y temáticas fundamentales de la obra de Santa Hildegarda, ver: Flanagan, Sabina. “Hildegard von Bingen”. En Dictionary of Literary Bibliography. Vol. 148. Edited by James Hardin, Will Hasty. Detroit: gale research, 1995. Edición electrónica. (vuelve al texto) [12] “La visión en Hildegarda es pues, en este caso, un modo de pensamiento simbólico que hace prevalecer la investigación del sentido trascendente sobre la de las causas y explicaciones, y que favorece el lirismo poético. Toda situación concreta se traduce inmediatamente en ella en imágenes y símbolos, percibidos por otra parte a la luz de Cristo y en relación con su misión redentora. En cuanto a las grandes obras, ofrecen panoramas inspirados, recreados por la visionaria en una gran síntesis de la historia del mundo y de la salvación”. (Epiney- Bugard, G. y Zum Brunn, E., ob. cit., p. 43). (vuelve al texto) [13] El original en lengua latina en la versión completa de la carta de Hildegarda de Bingen a Guibert de Gembloux, en Dronke, Peter, ob. cit., p. 337- 341. (vuelve al texto) [14] Resulta pertinente aquí (como sobre otras cuestiones abordadas en este trabajo) considerar la especulación de la escuela de San Víctor sobre la temática de los diferentes modos de la visión, física y espiritual. Ver De Bruyne, Edgard. Estudios de estética medieval. Madrid: Editorial Gredos, 1959, T. II. C. 5. (vuelve al texto) [15] El original en lengua latina en la Patrología Latina, t. 197. (vuelve al texto) [16] Sobre este problema es muy recomendada la consulta del artículo de Cirlot, Victoria. “Hildegard de Bingen y Juan de Patmos: La experiencia visionaria en el siglo XII”. Cyber Humanitatis. Revista Electrónica de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Invierno 2001, Nº 19. (vuelve al texto) [17] Dronke, Peter. Las escritoras de la Edad Media. Barcelona: Editorial Crítica, 1994, p. 203. (vuelve al texto) [18] “Si la connaissance de la natura est lecture de Dieu en filigrane dans le sensible, à la plus forte raison la connaissance de l’homme est-elle le miroir idéal du divin. Nous n’avons pas à dire à quell point la trinité agustinienne: mémoire, intelligence, et colonté y est inscrite.” (Javelet. Robert. “Image et Nature au XIIe siècle” En: AAVV. La Filosofia della Natura nel Medioevo. Atti del Terzo Congresso Internazionale di Filosofia Medievale. Milano: Società Vita e Pensiero, 1966, p. 291). De obligada consulta en este sentido es el importante tratado De Trinitate, de San Agustín, por cuanto la elucidación antropológica se realiza al ritmo de la formulación trinitaria, como fundamento para una teología de la imagen. (vuelve al texto) [19] Una rápida mirada al uso del término visio y su familia de palabras en la Vulgata, en los libros de los profetas Ezequiel, Jeremías e Isaías, así como en el Apocalipsis, nos informa del uso frecuente del sustantivo visio, o del verbo video, como constitutivos de la misión profética, o de la fuente de las revelaciones a comunicar. (vuelve al texto) [20] Vauchez, André. Le prophétisme medieval d’Hildegarde de Bingen à Savonarole. Collegium Budapest, Institute for Advanced Study. Public Lecture Series Nº 20. , 1999, p. 5. (vuelve al texto) [21] La célebre medievalista Régine Pernoud señala con precisión la valoración hildegardiana del ser humano, al comentar la novena visión del Liber Divinorum Operum: “La visión termina con las palabras que resumen su concepción del ser humano: “Así, el hombre es la consumación de las maravillas de Dios”. Una mano desconocida, probablemente a mediados del siglo XIII, copió esta frase, que resuena como una clave de la obra de Hildegarda, al final de la novena visión del manuscrito de Lucca: Homo est clausura mirabilium Dei.” (Pernoud, Régine. Hildegarda de Bingen. Barcelona: Editorial Paidós, 1998, p. 86). (vuelve al texto) [22] El historiador de la ciencia Lynn Thorndike insiste, en su estudio sobre la producción científica de Santa Hildegarda, en la comprensión cristiana que fundamenta sus observaciones empíricas: “Hildegard also held the view, common among medieval writers, that one purpose of the natural world about us is to illustrate the spiritual world and life to come, and that invisible and eternal truths may be manifested in visible and temporal objects.” (Thorndike, Lynn. History of magic and experimental science. New York: Columbia University Press, 1958, T. II, p. 137). (vuelve al texto) [23] Para profundizar en los fundamentos antropológicos de la sancta discretio: Huerre, Denis osb: “L’anthropologie de la Règle de Saint Benoît”. Collectanea Cisterciensia. (Revue de Spiritualité Monastique. Sainte Marie du Mont). 2002; 64: (vuelve al texto) [24] El original en lengua latina de la carta a Hazzecha, en Dronke, Peter, ob. cit., p. 343-344. (vuelve al texto) [25] San Bernardo de Claraval. De Consideratione. En: Obras Completas. Edición Bilingüe. T.I. Madrid: BAC, 1984. (vuelve al texto) [26] El original latino en Patrología Latina, Ep. 218c, 221d. (vuelve al texto) [27] Dronke, Peter: ob. cit., p. 277. (vuelve al texto) [28] Para profundizar en el estudio de la antropología teológica bernardiana, y en el problema del affectus, ver: Cattin, Yves. “L’Amour exilé. Saint Anselme et saint Bernard: Saint Bernard et le désir d’aimer”. Collectanea Cisterciensia (Revue de spiritualité Monastique. Sainte Marie du Mont). 1990; 52(3): (vuelve al texto)
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