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Épiney-Burgard, Georgette; Zum Brunn, Émilie. Mujeres trovadoras de Dios. Una tradición silenciada de la Europa medieval. Barcelona: Paidós, 1998, p. 35-72 (Cap. 1, "Hildegarda de Bingen (1098-1179)"; cap. 2, "Cartas y visiones de Hildegarda"). Vida y personalidad: las autoras brindan aquí una excelente presentación de la abadesa de Bingen, enmarcada históricamente por las luchas entre el Imperio y el Papado, las Cruzadas, el creciente movimiento herético de los cátaros y la reforma eclesiástica necesaria ante la corrupción del clero. |
| Las obras de Hildegarda:
luego de aludir al tema de su autenticidad, se refieren a la cultura de
Hildegarda.
Trabajan la declaración de Hildegarda: "persona simple (homo simplex)", "pobrecilla (paupercula mulier)", "mujer inculta (indocta mulier)", como conveniente en un mundo en el que no se permitía a la mujer enseñar públicamente; su ignorancia personal permitía entonces reconocer un origen inspirado a su conocimiento, origen que lo avalaba y que no permitía que fuera acallado. Por otra parte, por ser religiosa benedictina conocía muy bien las Sagradas Escrituras y los textos litúrgicos del Oficio monástico, es decir, los Padres de la Iglesia. Le tocó en suerte vivir en tiempos de gran auge intelectual (escuelas de Chartres y de San Víctor), tanto en lo literario cuanto en lo filosófico, y mantenía correspondencia con abades, teólogos y príncipes de su época, en términos de un pensamiento no sólo culto, sino también docto. En cuanto a sus conocimientos científicos, fue una gran observadora de la naturaleza, y no desconocía la obra enciclopédica de San Isidoro de Sevilla (s. VI-VII) y otras, hasta la de Honorio Augustodunense (primera mitad del s. XII). Hildegarda visionaria: de manera excepcional en cuanto al modo de la visión, la abadesa de ordinario tiene sus visiones en estado de vigilia, sin pérdida de conocimiento (sólo en una ocasión parece haber entrado en éxtasis). Habla de la "sombra de la luz viva", donde habitualmente ve, y de la luz viva misma, donde ve en raras ocasiones. Y describe su vivencia en el final del Liber vitae meritorum:
A la visión sigue la interpretación en forma didáctica, y se destaca que la elaboración de las obras que narran las visiones y su presentación han llevado aproximadamente diez años en su composición. Las autoras dan luego un listado de las obras de Hildegarda, deteniéndose en la trilogía mayor: Scivias (Conoce los caminos del Señor), 1141-1158; Liber vitae meritorum (Libro de la retribución del bien y del mal), 1158-1163 y Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), 1163-1173.
En comparación con los teólogos de su época (Alain de Lille, Hugo de San Víctor), Hildegarda se caracteriza por el dinamismo de sus visiones, y la riqueza de sus detalles, riqueza pictórica y de formas. El hombre y el mundo en la obra de Dios: las autoras
aportan diversos lugares de la obra de Hildegarda en apoyo de su afirmación
teológica primera: Dios es "El que es", sin principio
ni fin, vida eterna, inmutable, idéntico a sí mismo, Unidad
que se manifiesta Trinidad. En cuanto a la creación, existió
desde siempre en el pensamiento divino textos del Liber divinorum
operum, y el Verbo es su causa ejemplar. En ella el hombre,
creado a imagen y semejanza de Dios, cuerpo-alma-inteligencia, "sombra
de Dios", está llamado a ocupar el lugar del ángel
caído. Hildegarda trabaja al hombre como microcosmos en todos
sus detalles, y en permanente y absoluta correspondencia con los elementos,
con la vida moral y con la vida sobrenatural. El hombre y la mujer: el hombre es llamado "obrero de Dios" (operarius divinitatis), y su obra transcurre en un universo de varones y mujeres. Las autoras recuerdan el sentir común en el Medioevo, que reconoce a hombre y mujer igualdad en cuanto a ser imagen y semejanza de Dios, pero que subordina al hombre a Dios, y a la mujer al hombre, y que sienta la debilidad de la mujer por comparación con la fuerza del hombre. Hildegarda introduce matices en estas consideraciones, y varía el tratamiento de la mujer según que se encuentre en obras religiosas o bien científicas. En su trilogía la mujer antes de la caída es llamada "el amor del hombre", en igualdad con él y mirándose el uno al otro; el lazo que los une es la fidelidad, que permanece aún después de la caída. La mujer simboliza la tierra materna (terra materna) donde todo germina, en tanto la Virgen es la tierra áurea (terra aurea) de donde nacerá el Verbo encarnado. Pero también Hildegarda relaciona la unión carnal potencia (fortitudo), deseo (concupiscentia) y acto (studium) con la obra de la Trinidad, analogía sin precedentes y que demuestra "la importancia que otorga a la unión de los cuerpos en el amor" (p. 48). Habla la abadesa del amor materno de Dios, que da la vida y trata con dulzura y misericordia y, a propósito del Verbo encarnado, habla de la fuerza de Dios y de la debilidad de la carne, en conjunción para la obra de la salvación. Las autoras concluyen:
La responsabilidad del ser humano: se subraya aquí la capacidad de discernimiento y de elección entre bien y mal como lo propio del hombre, en medio del combate entre las fuerzas antagónicas en que transcurre su vida. Fundamental es entonces el discernimiento o la discretio (laeta scientia) para la recta vida del hombre en el mundo, virtud que le permite cumplir su parte del plan divino en el mundo, entendiendo por tal también a la naturaleza, que participa de la suerte del hombre en un intercambio de bienes y de males. Hay aquí una referencia a la enfermedad, presentada como una "deficiencia del ser" vinculada a la mala elección personal, y de la que puede recuperarse el enfermo gracias a la solidaridad misericordiosa del médico que lo acompaña, frente al desinterés que lo perjudica. Las autoras relacionan esta visión de la responsabilidad del hombre por el mundo y de las consecuencias de sus acciones en este sentido, con lo que ocurre en nuestra época:
Esta capítulo es muy interesante, y trae abundancia de citas de las obras de Hildegarda. Todas sus afirmaciones están apoyadas por textos de la abadesa. El capítulo siguiente contiene:
La edición original: Femmes Troubadours de Dieu, es de Brepols (Belgique: 1988).
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e interés | Obras sobre H.
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