EL ESPEJO DE TODOS LOS MILAGROS DE DIOS

Mirian Lorena Mercedes Faviere
(UCA)

 

En esta ponencia haremos una breve recorrida de la mano de Hildegarda por un fragmento de una de sus obras, que vamos a comentar. Se trata de Las causas y los remedios de las enfermedades (Causae et curae), una obra de carácter médico escrita entre 1150 y 1160, dividida en cinco libros. Esta obra comienza con el relato de la creación del mundo (el macrocosmos) y del hombre (el microcosmos), para luego abordar las enfermedades que se abaten sobre el hombre caído y los remedios que brindan tanto la naturaleza cuanto el saber humano. El texto que vamos a comentar se ubica en el segundo libro de la obra, en el cual comienza hablando de la caída de Adán y de diversos aspectos relacionados con el hombre, la mujer, la creación y las enfermedades que afectan al hombre caído. El párrafo que nos ocupa hace referencia a la infusión del alma y promediando el mismo dice[1]:

Porque el hombre, creado,...

La afirmación de que el hombre es creado sirve para aclarar dos puntos importantes: por un lado apunta a afirmar la creación del hombre por Dios, porque aunque nos parezca extraño ya en ese entonces había algunas voces, quizás las menos, que apuntaban a  "La creación del primer hombre, no a partir de Dios, sino de la naturaleza, de los espíritus y las estrellas"[2], como expresa Guillermo de Saint Thierry en una carta a San Bernardo, y frente a estas voces es necesario reafirmar el carácter creado del hombre. El otro de los puntos es que nos lleva a reconocer la creaturidad del hombre, conocimiento indispensable para "andar en verdad", para captar con humildad nuestro ser de criaturas, queridas y amadas por Dios, que no nos hemos dado el ser a nosotros mismos, y por eso mismo somos dependientes.
En el primer libro de esta obra vemos esbozadas ya algunas líneas acerca de la creación del hombre y su peculiaridad:

"Dios, cuando creó el mundo, ya había decidido hacerse hombre.
Y cuando Dios creó la luz, que era volátil y podía cernirse por todas partes, estableció dar a la vida espiritual —que es aliento de vida— una masa corporal, es decir una figura erecta creada del barro, que no volase y que no fluctuase y que no pudiera —a causa de su impedimento— elevarse; estaría así de tal modo unida al punto de mirar a Dios con mayor agudeza."[3]

El hombre se encuentra en el pensamiento de Dios desde el primer instante de la creación y no sólo como una criatura más, sino que —nos dice Hildegarda— desde el principio Dios había "proyectado" hacerse hombre, lo que le confiere una dignidad particular que ya señala el Génesis cuando nos muestra cómo en la creación del hombre Dios pone un cuidado particular que lo distingue del resto de las criaturas. En El Libro de la obras divinas Hildegarda nos ilustra esta idea:

"Por eso, siendo Dios racional, ¿cómo podría ser que no obrase, cuando toda Su obra florece a través del hombre, a quien hizo a Su imagen y semejanza, y a todas las criaturas —según su medida— significó en el hombre? Pues desde toda la eternidad fue Voluntad de Dios hacer Su obra, esto es, el hombre; y cuando la acabó, le dio todas las criaturas para que trabajara con ellas, como el mismo Dios lo había hecho con él."[4]

... consta de cuatro elementos, de los cuales dos son espirituales y dos carnales: el fuego y el aire son espirituales, el agua y la tierra carnales.

En la época de Hildegarda los cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego, son entendidos como componentes esenciales del mundo creado y conforman toda la realidad y por tanto están presentes también en el hombre. Honorio de Autun, pensador representativo del siglo XII[5], los toma y aplica teniendo numerosos puntos de coincidencia con Santa Hildegarda y dice: "El cuerpo se compone de los cuatro elementos. Tiene carne de la tierra; sangre del agua; respiración (flatus) del aire, y calor, del fuego."[6] ¿Por qué esta división? Santa Hildegarda nos lo explica en esta misma obra:

"Los elementos no podrían ser ni más ni menos que cuatro. Y se dividen en dos géneros, superiores e inferiores. Los superiores son celestes y los inferiores terrestres; las cosas que se encuentran en lo alto son intangibles y son de fuego y aire; las cosas que se encuentran en lo bajo, son tangibles y son cuerpos formados, y constan de agua y barro."[7]

Y luego nos dice:

"Cuando Dios creó al hombre, unió el barro con el agua, del cual el hombre fue formado, e infundió en esa forma el aliento de vida que es ígneo y aéreo."[8]

Vemos entonces que los cuatro elementos se conjugan y armonizan en la creación del hombre el cual será un todo indivisible.

Estos cuatro elementos en el hombre se unen en uno solo y lo cuecen, para formarlo de sangre y de carne con todas sus añadiduras.

Hildegarda sabe perfectamente la función de la cocción en la elaboración ya sea de una comida o de una medicina. El fuego funde, purifica, mezcla, dando a la preparación consistencia; por eso en esta imagen de los cuatro elementos unidos en el hombre la función de la cocción es la de hacernos captar esta idea de unidad, fusión, consolidación. Vemos esta idea expresada en otro párrafo en el que dice:

"Cuando Adán era aún tierra, el fuego lo espoleó, el aire lo estimuló y el agua lo inundó hasta que adquirió el movimiento. Entonces Dios le infundió el sueño y él fue cocinado en tales fuerzas, de modo que la carne tuviese el calor, en virtud del fuego, y la respiración en virtud del aire y en modo que el agua circulase en él como circula en el molino."[9]

Estos elementos conforman al hombre; si están en equilibrio permiten su salud, y en desequilibrio lo llevan a la enfermedad y hasta a la muerte.[10] Luego de mostrarnos cómo están presentes en el hombre, Hildegarda nos hace ver cómo se comportan est os cuatro elementos.

Pero el fuego y el agua son entre sí contrarios y no pueden cohabitar en uno, por lo que conviene que cada uno de ellos sea regido por un guía. Así el agua se opone al fuego para que, en su ardor, no se extienda más allá de lo conveniente; y el fuego contiene al agua para que no fluya más allá de lo debido sobre el calor de la sequedad. Y estas dos fuerzas del fuego y del agua moderan toda la tierra con el aire de las nubes, a fin de que subsistan y no perezcan.

Vemos entonces que el agua y el fuego, si bien son contrarios y no pueden coexistir, tienen una clara función en lo que se refiere al orden y el equilibrio del mundo: ambos se moderan mutuamente y se atemperan, y contribuyen con su mutuo limitarse al dinamismo y existencia del mundo y del hombre a tal punto que, de no existir esta relación de oposición-limitación entre ellos, el resto de los elementos no podría subsistir. Estos elementos en el hombre seguirán comportándose de acuerdo con su naturaleza propia.

Así también sucede en la sangre del hombre, que enrojece por el calor del fuego y es acuosa a causa del agua; porque si la sangre con su calor no fuese acuosa, jamás podría fluir, sino que se secaría y caería como una escama. También la tierra, si no fuese acuosa, se esparciría como paja y no se salvaría la integridad de criatura alguna. Por lo que toda otra criatura depende de estas dos fuerzas, y sin éstas no tendría lugar forma alguna; y si estas dos no estuvieran así unidas en una sola, las restantes formas no subsistirían.

No sólo el hombre no podría vivir sin la presencia de los cuatro elementos, sino que el resto de la creación tampoco subsistiría sin ellos...

Pues de tal manera Dios creó al hombre con el barro [hecho] de la tierra, que con el soplo del alma toma consistencia en la tierra acuosa, ígnea y aérea, y así el alma mueve al hombre con los cuatro elementos, porque la figura formada por el dedo de Dios toma su consistencia de la tierra y está mezclada con el agua, se mueve por el aire y es cocida por el fuego.

Los cuatro elementos intervienen para formar a Adán, al hombre, los cuatro están presentes en su ser corpóreo-espiritual y obran cada uno de ellos en el hombre según sus propiedades.[11] A lo largo de la obra se puede ver expresada esta relación con los diversos elementos y las diferentes funciones del hombre.
Si bien puede parecernos pintoresca y hasta hacernos sonreír, esta concepción —que se da en Hildegarda y otros autores contemporáneos— es significativa puesto que obliga a la consideración del hombre en su totalidad, ante todo en su unión alma-cuerpo.[12] Nos muestra además que el hombre no es un ser aislado ni ajeno a la creación, es parte de ella; los mismos elementos que intervienen en la formación y equilibrio del cosmos están presentes en la formación y equilibrio del hombre.

El cuerpo tiene el gusto, el gusto tiene el placer, mas el alma tiene el deseo y el deseo, la voluntad.
El alma es como el fuego, el cuerpo como el agua, y ambos existen juntamente, y así el hombre es obra de Dios.

En el cuerpo, la carne —que a través de los sentidos del tacto y del gusto experimenta deleites específicamente corporales—, es como el agua y por ello, blanda y receptiva. En el alma, que es como el fuego —espiritual—, hallamos la activa vehemencia del deseo y la dura firmeza de la voluntad que lo cumple. El alma humana es el sujeto de inherencia de las potencias espirituales del hombre, de la inteligencia y de la voluntad, es su soporte ontológico.
Luego de habernos explicado la importancia y mutua influencia del agua y el fuego y de señalarnos algunos datos acerca de lo específico de cada uno de ellos en el hombre, nos dice que alma-fuego y cuerpo-agua existen juntos en la realidad y que esa totalidad es obra de Dios, del mismo Dios creador del mundo de la materia y del espíritu. El hombre es, entonces, una unidad substancial de alma y cuerpo, esta unión es natural y sabemos que cada individuo humano es una substancia completa, compuesta por dos elementos esenciales, uno espiritual y otro corporal. De donde concluimos que la realidad humana no es una materia sublimada por el espíritu ni un espíritu caído, sino una realidad esencialmente compuesta o constituida por dos elementos, uno espiritual y otro material.[13]
Hildegarda señala que el hombre en su realidad corpóreo-espiritual es obra de Dios y esta afirmación parece quizás menor pero no lo era en el contexto en el cual nuestra Santa estaba inmersa. Recordemos que uno de los problemas a los que la cristiandad de entonces y al que ella misma tuvo que hacer frente era la controversia con los cátaros,[14] quienes profesaban un dualismo absoluto, entendiendo que hay dos principios supremos, increados, eternos, entre los cuales existe una oposición radical e irreductible: el principio del bien, del cual procede el reino del espíritu, y el principio del mal, del cual procede el reino de la materia. Del espíritu bueno proceden todos los seres espirituales y el alma humana, mientras que el cuerpo del hombre y todos los seres materiales proceden del principio malo. Por eso se destaca esta afirmación hecha por ella porque señala y reafirma que el hombre en su realidad toda, cuerpo y alma, y la creación entera son obra de Dios, son queridos por Dios y por lo tanto buenos en sí mismos.

Por esto también el alma realiza en el cuerpo lo que éste pide como necesario, y por esto el alma es quien obra y el cuerpo quien desea; el alma es más poderosa que el cuerpo porque ella cumple su deseo, pero tampoco ella, sin el cuerpo del hombre, tendría la posibilidad de recorrer al hombre —obra de Dios— y moverlo.

Luego de marcarnos que el hombre en su totalidad es querido por Dios, nos señala la interacción que se da entre alma y cuerpo: el alma obra, el cuerpo desea. El alma si bien es más poderosa que el cuerpo no podría obrar si no fuera por éste. Alma y cuerpo son componentes de la única substancia que es el hombre. Y en medio de esta afirmación insiste en que el hombre es obra de Dios: alma y cuerpo, obra de Dios.
En un pasaje anterior de la misma obra nos dice acerca del alma:

"El alma del hombre es ígnea y trae consigo los cuatro elementos, volviendo activos en el hombre la vista y el oído y sus otras acciones similares. El alma es una fuerza en el hombre como lo es el fuego en el agua: efectivamente, el hombre no podría vivir sin el alma, así como el agua no podría correr si no advirtiese dentro de si la presencia del fuego".[15]

El alma necesita del cuerpo para manifestarse y obrar.

Ella misma no existiría sin el cuerpo, ni el cuerpo —con su carne y con su sangre— se movería a no ser por el alma.

Aquí Hildegarda nos lleva a dar un paso más adelante, porque si alma y cuerpo son necesarios cada uno para la existencia del otro, se concluye que el alma no preexiste al cuerpo, que es creada juntamente con él, y que para cada cuerpo hay un alma y sólo una y que hay tantas almas como hombres.

 

Pero el alma puede vivir sin el cuerpo, mas el cuerpo jamás puede vivir sin el alma la cual, después del último día, reclamará su vestido y lo regirá entonces según su deseo.

 

Si bien el hombre es una unidad substancial de alma y cuerpo, si bien dicha unión es natural y la dependencia que se da entre ambos es fuerte tanto para obrar como para existir, el alma puede vivir sin el cuerpo debido a su naturaleza espiritual. Es creada juntamemte con él pero puede sobrevivirle. Puede existir sin el cuerpo, sin su "vestido", pero no está completa porque el hombre es cuerpo y alma; la muerte pone al hombre en un estado que no le es natural. En el alma separada hay un deseo natural de la resurrección de su cuerpo y es por ello que lo reclamará al final de los tiempos como algo que le pertenece. Entonces podrá conducirlo según su arbitrio, ya que en el tiempo actual —por la herida del pecado original— no siempre puede regir al cuerpo según sus deseos. Resuena aquí el eco esa famosa frase de San Pablo que es como grito de la condición humana caída: no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero.[16] Recordemos además que la resurrección de los muertos está incluida en la profesión de fe cristiana y desde los comienzos esta creencia en la resurrección al final de los tiempos fue distintivo de dicha fe.[17] Es el mismo Jesucristo quien nos dice en el conocido discurso del Pan de Vida:

"La voluntad del que Me ha enviado es que Yo no pierda nada de lo que Él me dio, sino que lo resucite en el último día. Ésta es la voluntad de Mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna y que Yo lo resucite en el último día."[18]

En este pasaje tenemos claramente expresado el momento en el cual se dará la resurrección de los cuerpos: no inmediatamente a la muerte sino en el "último día"; así aparece asociada nuestra resurrección a la Parusía de Cristo.[19]
El Catecismo de la Iglesia Católica al explicar este punto del Credo nos dice:

"La 'resurrección de la carne' significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros 'cuerpos mortales' (Rm 8,11) volverán a tener vida.[20]
Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por virtud de la resurrección de Jesús."[21]

Recapitulando: el alma al final de los tiempos reclamará su cuerpo glorificado y entonces podrá regirlo según su deseo, con un querer recto, ya que gozará de la visión beatífica.

Y así el hombre existe con dos naturalezas: cuerpo y alma, como la carne no existe sin la sangre ni la sangre sin la carne, aunque son de naturaleza disímil;...

La unión cuerpo y alma es una vez más reafirmada, y con claras imágenes nos ilustra acerca de esta unión de elementos en apariencia tan opuestos: la carne y la sangre no pueden existir la una sin la otra a pesar de tener una naturaleza disímil; del mismo modo, la unión alma-cuerpo es intrínseca e inseparable, son distintos pero se unen de tal modo que resultan una totalidad armónica a tal punto que el alma sin él está incompleta y lo ha de reclamar en el día postrero.

... Y así como el alma no es sin el cuerpo, tampoco Dios es sin su obra.
Pues su obra se ocultaba eternamente en él, antes de la eviternidad y en ella, como el alma se oculta invisiblemente en el cuerpo.

Este párrafo está explicado por la Licenciada Azucena Fraboschi en una glosa que hace del mismo en Scivias 1, 4. Dice allí:

"La clave de este texto es la actividad o energía o vida, desplegándose, la del alma a través del cuerpo, al que anima, así como la de Dios se difunde en su creación, eternamente oculta en Él antes del tiempo, como leemos en la visión cuarta del Libro de las obras divinas: 'Pues el alma mueve visiblemente el cuerpo en el que ha sido infundida de manera invisible por el poder de su creador, y vivificándolo permanece invisible en él, del mismo modo que Dios, con la fuerza invisible de Su poder y a partir de la fecunda vitalidad de la tierra, del calor del aire y de la humedad de las aguas, fortaleció a toda criatura creada al servicio del hombre, y procuró al alma un ropaje, esto es el cuerpo, desconocido y extraño a su naturaleza.'[22] Es conveniente subrayar que la expresión 'el cuerpo es extraño a la naturaleza del alma' apunta a la materialidad del mismo, diferente en su condición de la espiritualidad del alma; pero el cuerpo no es ajeno al hombre, y la imagen que la abadesa de Bingen usa habitualmente para referirse a él no es la de la cárcel que despoja al hombre y encerrándolo lo limita y aisla, sino que es la del vestido o ropaje que viste al alma y la completa en su ser 'humana', al tiempo que le permite la relación activa con las criaturas materiales creadas por Dios al servicio del hombre."

Pero el alma vive sin el cuerpo, y luego del día postrero, anhelándolo, pedirá a Dios su ropaje para vestirlo.

La afirmación se repite: el alma puede vivir separada del cuerpo pero este estado no le es natural, y el día del juicio lo reclamará a Dios. Añade aquí una palabra que, como al pasar, sigue ilustrándonos acerca de esta relación: "anhelándolo"; el hombre es el compuesto, sin su cuerpo puede subsistir pero lo ansía porque sólo de ese modo estará completo. El cuerpo es el vestido del alma, el que ésta suplicará a Dios al fin de los tiempos para revestirse nuevamente.

Así también Dios, Quien es la vida sin inicio antes de la eviternidad y en ella, en un tiempo determinado atrajo a Sí su vestido, que estaba eternamente oculto en Él.

Como ya lo habíamos vislumbrado al comenzar, el hombre en su totalidad es el vestido que Dios creó en el tiempo para llevar a cabo la decisión del Eterno Consejo, esto es la Encarnación del Verbo. El cuerpo es el vestido del alma así como la humanidad es el vestido del Verbo.
Hildegarda no es la primera en usar esta imagen de "vestido" para hablar de la humanidad de Jesucristo, ha estado presente en algunos de los Padres. Entre quienes la utilizan podemos mencionar a San Efrén, quien tiene bellísimos pasajes al respecto; sólo menciono a modo de ejemplo dos párrafos, uno extraído del Himno por el Nacimiento de Cristo, que dice:

"María tiene muchos nombres, y es para mí un grande gozo llamarla con ellos. Es la fortaleza donde habita el poderoso Rey de reyes, mas no salió de allí igual que entró: en Ella se revistió de carne, y así salió. Es también un nuevo cielo, porque allí vive el Rey de reyes; allí entró y luego salió vestido a semejanza del mundo exterior."

Y en uno de sus sermones sobre Jesucristo le dice:

"A ti sea la gloria, que te revestiste de un cuerpo humano y mortal, y lo convertiste en fuente de vida para todos los mortales."[23]

En su presciencia Dios ya tenía preparado desde siempre ese "vestido" con el cual habría de revestirse y en el momento determinado lo atrajo hacía sí, esto es que se produjo la Encarnación del Verbo. Hildegarda lo expresa al comenzar la obra que nos ocupa y, como hemos recordado, dice: "Pues cuando Dios creó el mundo, ya había concebido el designio y la voluntad de hacerse hombre."[24] Y lo expresa también de modo similar en su primera obra Scivias donde dice:

"Ilústrame, enséñame la senda, dame la voz para contar el antiguo designio divino que dispusiste en Tu corazón, cómo quisiste que Tu Hijo Se encarnara haciéndose hombre en el tiempo, pues ya antes de la creación decidiste, en Tu pureza y en el fuego de la Paloma, el Espíritu Santo, que Tu Hijo prodigiosamente amaneciera como Sol esplendoroso al rayar el alba de la virginidad, revestido verdaderamente de humanidad, tomando forma de hombre por la causa de los hombres."[25]

La creación del hombre podría decirse que es un "segundo momento" en cuanto que Dios había proyectado hacerse hombre y la humanidad es el vestido que Dios crea para revestir a Su Hijo.

Y de este modo Dios y el hombre son uno, como el alma y el cuerpo, porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza.

Por lo tanto si el hombre fue creado en vistas a la Encarnación del Verbo, la relación entre Dios y el hombre no es equiparable a la que pueda tener ninguna otra criatura, ya que el hombre tiene un destino y una dignidad singulares. Así como el alma no puede ser entendida sin el cuerpo el hombre no puede ser entendido sin esta particular relación con Dios. ¿Por qué? Porque la creación del hombre, su vocación y su misterio se esclarecen solamente a la luz del misterio del Verbo Encarnado.[26]
Porque Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza: aquí Hildegarda, si bien usa las palabras tan conocidas del Génesis, nos invita a adentrarnos más en el misterio del hombre y su relación con Dios. Veamos si podemos seguirla, y para ello tomemos algunas pistas que nos deja en El libro de las obras divinas al narrar la creación del hombre:

"Hagamos al hombre a nuestra imagen, esto es, según aquella túnica que germinará en el vientre de la virgen y que la persona del Hijo revestirá para la salvación del hombre, saliendo del útero de aquella que permanecerá íntegra [...]. Hagámoslo también a semejanza nuestra, para que con ciencia y prudencia entienda y juzgue sabiamente lo que ha de hacer con sus cinco sentidos, de manera tal que también por la racionalidad de su vida –que se oculta en él y que ninguna criatura, en tanto permanece oculta en el cuerpo, puede ver– sepa señorear sobre los peces que nadan en las aguas y sobre las aves en el cielo [...]."[27]

Vemos en este párrafo que la imagen de Dios está dada por la corporeidad del hombre y la semejanza por la ciencia y prudencia. Imagen y semejanza entonces se fundan en Dios mismo y abarcan al hombre en su realidad corpóreo-espiritual.

Pero como toda cosa tiene una sombra, así también el hombre es la sombra de Dios; la sombra es la manifestación de la obra, y el hombre es la manifestación del Dios omnipotente en todos sus milagros. Él mismo es una sombra porque tiene un comienzo; Dios, en cambio, no tiene inicio ni fin.

Bellísima imagen, la sombra manifiesta la obra, la sombra es siempre sombra de algo y así el hombre es la sombra de Dios porque lo manifiesta de un modo particular. Nos dice Hildegarda en una carta:

"Pues cuando Dios creó al hombre, significó en él a toda criatura, al modo como en un pequeño trozo de pergamino se describe el calendario de todo el año. Y por eso Dios celebró en el hombre a toda la creación."[28]

En el hombre Dios condensa de un modo único Sus maravillas, en el hombre Dios manifiesta Sus dones. Esa humanidad que estaba destinada a ser el ropaje de la divinidad recibe de Dios Omnipotente su llamada al ser.
En cuanto al significado inmediato que nos da la palabra "sombra". En la Biblia tiene matices diversos a lo largo del Antiguo y del Nuevo Testamento. En la circunstancia de la consagración del Templo[29], la nube invadió el Santo de los Santos y Salomón exclamó: "Yaveh ha decidido habitar en la nube oscura"[30] por lo que la sombra indica no sólo protección, como nos recuerda la nube del Éxodo u otros pasajes del Antiguo Testamento, sino que en ella se anuncia una presencia: la presencia íntima de Dios. En María esto se hace patente, si nos detenemos en la Anunciación cuando el Ángel dice: "el Poder del Altísimo te cubrirá con su sombra"[31] , la sombra nos indica esta presencia singular de Dios; María concibe a Aquel sobre el que reposará la nube en la transfiguración (Lc 9,34ss), nube que nos indica también una presencia especial de Dios.
El hombre entonces es la sombra de Dios, lo refleja, pero también Dios está presente en él, no sólo por la gracia, ni por el hecho de haberlo creado diciendo que está presente como el autor en su obra, sino que está presente en todo su ser corpóreo-espiritual, lo que nos lleva a concluir de la mano de Hildegarda:

 

POR ESO LA ARMONÍA CELESTIAL ES EL ESPEJO DE LA DIVINIDAD,

Y EL HOMBRE ES EL ESPEJO DE TODOS LOS MILAGROS DE DIOS.

 

 

BIBLIOGRAFIA

FRAILE, GUILLERMO. Historia de la Filosofía. T. II. El Judaísmo y la Filosofía. El Cristianismo y la Filosofía. El Islam y la Filosofía. Madrid : Biblioteca de Autores Cristianos, 1960.
Gronau, Eduard. Hildegard. Vita di una donna profetica alle origini dell’età moderna. Trad. de Roberta Osculati. Milano: Àncora, 1996.
Hildegarda de Bingen. Scivias: Conoce los caminos. Trad. de Antonio Castro Zafra y Mónica Castro. Madrid: Trotta, 1999.
Hildegarde de Bingen. Le livre des oeuvres divines (Visions). Trad. Bernard Gorceix. Paris: Albin Michel, 2006.
Ildegarda di Bingen. Cause e cure delle infermità. Trad. Paola Calef. Palermo: Sellerio, 1997.
Le Goff, Jacques. Los intelectuales de la Edad Media. Buenos Aires. EUDEBA, 1965.
Leon-Dufour, Xavier. Vocabulario de Teología Bíblica. Barcelona: Herder, 1982.
Llorca; Garcia Villoslada; Montalban. Historia de la Iglesia Católica II. Edad Media (800—1303). 3ª ed.  Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1963.
Mondin, Battista. L'Uomo: chi è?. Elementi di Antropologia Metafisica. Milano: Massimo, 1993.

 


NOTAS:

[1] Agradecemos a la Lic. Azucena Fraboschi la traducción de este texto, en torno al cual gira nuestro trabajo. (vuelve al texto)

[2] Cf. LE GOFF, JACQUES. Los intelectuales de la Edad Media , p. 64.(vuelve al texto)

[3] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure delle infermità, p. 37. (vuelve al texto)

[4] HILDEGARDE DE BINGEN. Le livre des oeuvres divines (Visions). [LDO, I, 1 (II)] (Trad. de Azucena Fraboschi). (vuelve al texto)

[5] Cf. Fraile, Guillermo. Historia de la Filosofía. T. II, p.  401. (vuelve al texto)

[6] Elucidarum I II: PL 172, 1116. Cit. por Fraile, ob. cit., p. 409. (vuelve al texto)

[7] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure, p. 86. (vuelve al texto)

[8] Ibíd., p. 87. (vuelve al texto)

[9] Ibíd., p. 91. (vuelve al texto)

[10] " Cuando los elementos obran ordenadamente en el hombre, lo sostienen y lo conservan sano; mientras que si están en desacuerdo, lo hacen enfermar y lo matan." ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 97. (vuelve al texto)

[11] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 88-89. (vuelve al texto)

[12] Cf. LE GOFF, JACQUES. Los intelectuales... p. 74. (vuelve al texto)

[13] Cf. MONDIN, BATTISTA. L'Uomo: chi è?... (vuelve al texto)

[14] Cf. LLORCA - GARCIA VILLOSLADA - MONTALBAN. Historia de la Iglesia Católica II. Edad Media (800—1303), p. 724ss. (vuelve al texto)

[15] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 199. (vuelve al texto)

[16] Rm 7, 19. (vuelve al texto)

[17] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica nº 991. (vuelve al texto)

[18] Jn 6, 39-40. (vuelve al texto)

[19] ¿Cuándo? Sin duda en el "ultimo día" (Jn 6,39-40.44.54;11,24); "al fin del mundo" (LG 48). En efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía de Cristo, nº 1001. (vuelve al texto)

[20] nº 990. (vuelve al texto)

[21] nº 997. (vuelve al texto)

[22] Liber divinorum operum 1, 4, 41. (vuelve al texto)

[23] Sermón sobre Nuestro Señor, 3-4.9; Liturgia de las Horas. (vuelve al texto)

[24] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 37. (vuelve al texto)

[25] Scivias: Conoce los caminos 3, 1, p. 268. (vuelve al texto)

[26] Cf. "Gaudium et Spes" 22. (vuelve al texto)

[27] Liber divinorum operum 2, 1, 43. (Trad. de A. Fraboschi). (vuelve al texto)

[28] Carta 149r —a Werner de Kircheim—, año 1170, citado por Gronau, Eduard. Hildegard. Vita di una donna..., p . 381. (vuelve al texto)

[29] Cf. LEON-DUFOUR, XAVIER. Vocabulario de Teología Bíblica. Voz: Sombra. (vuelve al texto)

[30] 1 Re 8,12. (vuelve al texto)

[31] Lc 1, 35. (vuelve al texto)

 

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