En esta ponencia haremos una breve recorrida de la mano de Hildegarda por un fragmento de una de sus obras, que vamos a comentar. Se trata de Las causas y los remedios de las enfermedades (Causae et curae), una obra de carácter médico escrita entre 1150 y 1160, dividida en cinco libros. Esta obra comienza con el relato de la creación del mundo (el macrocosmos) y del hombre (el microcosmos), para luego abordar las enfermedades que se abaten sobre el hombre caído y los remedios que brindan tanto la naturaleza cuanto el saber humano. El texto que vamos a comentar se ubica en el segundo libro de la obra, en el cual comienza hablando de la caída de Adán y de diversos aspectos relacionados con el hombre, la mujer, la creación y las enfermedades que afectan al hombre caído. El párrafo que nos ocupa hace referencia a la infusión del alma y promediando el mismo dice[1]: Porque el hombre, creado,... La afirmación de que el hombre
es creado sirve para aclarar dos puntos importantes: por un lado apunta
a afirmar la creación del hombre por Dios, porque aunque nos
parezca extraño ya en ese entonces había algunas voces,
quizás las menos, que apuntaban a "La creación del primer hombre,
no a partir de Dios, sino de la naturaleza, de los espíritus
y las estrellas"[2],
como expresa Guillermo de Saint Thierry en una carta a San Bernardo,
y frente a estas voces es necesario reafirmar el carácter creado
del hombre. El otro de los puntos es que nos lleva a reconocer la creaturidad
del hombre, conocimiento indispensable para "andar en verdad",
para captar con humildad nuestro ser de criaturas, queridas y amadas
por Dios, que no nos hemos dado el ser a nosotros mismos, y por eso
mismo somos dependientes.
El hombre se encuentra en el pensamiento de Dios desde el primer instante de la creación y no sólo como una criatura más, sino que —nos dice Hildegarda— desde el principio Dios había "proyectado" hacerse hombre, lo que le confiere una dignidad particular que ya señala el Génesis cuando nos muestra cómo en la creación del hombre Dios pone un cuidado particular que lo distingue del resto de las criaturas. En El Libro de la obras divinas Hildegarda nos ilustra esta idea:
... consta de cuatro elementos, de los cuales dos son espirituales y dos
carnales: el fuego y el aire son espirituales, el agua y la tierra
carnales.
En la época de Hildegarda los cuatro elementos: aire, agua, tierra y fuego, son entendidos como componentes esenciales del mundo creado y conforman toda la realidad y por tanto están presentes también en el hombre. Honorio de Autun, pensador representativo del siglo XII[5], los toma y aplica teniendo numerosos puntos de coincidencia con Santa Hildegarda y dice: "El cuerpo se compone de los cuatro elementos. Tiene carne de la tierra; sangre del agua; respiración (flatus) del aire, y calor, del fuego."[6] ¿Por qué esta división? Santa Hildegarda nos lo explica en esta misma obra:
Y luego nos dice:
Vemos entonces que los cuatro elementos se conjugan y armonizan en la creación del hombre el cual será un todo indivisible. Estos cuatro elementos en el hombre se unen en uno solo y lo cuecen, para formarlo de sangre y de carne con todas sus añadiduras. Hildegarda sabe perfectamente la función de la cocción en la elaboración ya sea de una comida o de una medicina. El fuego funde, purifica, mezcla, dando a la preparación consistencia; por eso en esta imagen de los cuatro elementos unidos en el hombre la función de la cocción es la de hacernos captar esta idea de unidad, fusión, consolidación. Vemos esta idea expresada en otro párrafo en el que dice:
Estos elementos conforman al hombre; si están en equilibrio permiten su salud, y en desequilibrio lo llevan a la enfermedad y hasta a la muerte.[10] Luego de mostrarnos cómo están presentes en el hombre, Hildegarda nos hace ver cómo se comportan est os cuatro elementos. Pero el fuego y el agua son entre sí contrarios y no pueden cohabitar
en uno, por lo que conviene que cada uno de ellos sea regido
por un guía. Así el agua se opone al fuego para
que, en su ardor, no se extienda más allá de lo
conveniente; y el fuego contiene al agua para que no fluya más
allá de lo debido sobre el calor de la sequedad. Y estas
dos fuerzas del fuego y del agua moderan toda la tierra con el
aire de las nubes, a fin de que subsistan y no perezcan.
Vemos entonces que el agua y el fuego, si bien son contrarios y no pueden coexistir, tienen una clara función en lo que se refiere al orden y el equilibrio del mundo: ambos se moderan mutuamente y se atemperan, y contribuyen con su mutuo limitarse al dinamismo y existencia del mundo y del hombre a tal punto que, de no existir esta relación de oposición-limitación entre ellos, el resto de los elementos no podría subsistir. Estos elementos en el hombre seguirán comportándose de acuerdo con su naturaleza propia. Así también sucede en la sangre del hombre, que enrojece por el calor del fuego y es acuosa a causa del agua; porque si la sangre con su calor no fuese acuosa, jamás podría fluir, sino que se secaría y caería como una escama. También la tierra, si no fuese acuosa, se esparciría como paja y no se salvaría la integridad de criatura alguna. Por lo que toda otra criatura depende de estas dos fuerzas, y sin éstas no tendría lugar forma alguna; y si estas dos no estuvieran así unidas en una sola, las restantes formas no subsistirían. No sólo el hombre no podría vivir sin la presencia de los cuatro elementos, sino que el resto de la creación tampoco subsistiría sin ellos... Pues de tal manera Dios creó al hombre con el barro [hecho] de la tierra, que con el soplo del alma toma consistencia en la tierra acuosa, ígnea y aérea, y así el alma mueve al hombre con los cuatro elementos, porque la figura formada por el dedo de Dios toma su consistencia de la tierra y está mezclada con el agua, se mueve por el aire y es cocida por el fuego. Los cuatro elementos
intervienen para formar a Adán, al hombre, los cuatro están
presentes en su ser corpóreo-espiritual y obran cada uno de ellos
en el hombre según sus propiedades.[11]
A lo largo de la obra se puede ver expresada esta relación con
los diversos elementos y las diferentes funciones del hombre. El cuerpo tiene el gusto, el gusto tiene el placer, mas el alma tiene el
deseo y el deseo, la voluntad. En el cuerpo, la carne —que a través de los sentidos
del tacto y del gusto experimenta deleites específicamente corporales—,
es como el agua y por ello, blanda y receptiva.
En el alma, que es como el fuego —espiritual—, hallamos
la activa vehemencia del deseo y la dura firmeza de la voluntad que
lo cumple. El alma humana es el sujeto de inherencia de las potencias
espirituales del hombre, de la inteligencia y de la voluntad, es su
soporte ontológico. Por esto también el alma realiza en el cuerpo lo que éste pide como necesario, y por esto el alma es quien obra y el cuerpo quien desea; el alma es más poderosa que el cuerpo porque ella cumple su deseo, pero tampoco ella, sin el cuerpo del hombre, tendría la posibilidad de recorrer al hombre —obra de Dios— y moverlo. Luego
de marcarnos que el hombre en su totalidad es querido por Dios,
nos señala la interacción que se da entre alma y
cuerpo: el alma obra, el cuerpo desea. El alma si bien es más
poderosa que el cuerpo no podría obrar si no fuera por éste.
Alma y cuerpo son componentes de la única substancia que
es el hombre. Y en medio de esta afirmación insiste en que
el hombre es obra de Dios: alma y cuerpo, obra de Dios.
El alma necesita del cuerpo para manifestarse y obrar. Ella misma no existiría sin el cuerpo, ni el cuerpo —con su carne y con su sangre— se movería a no ser por el alma. Aquí Hildegarda nos lleva a dar un paso más adelante, porque si alma y cuerpo son necesarios cada uno para la existencia del otro, se concluye que el alma no preexiste al cuerpo, que es creada juntamente con él, y que para cada cuerpo hay un alma y sólo una y que hay tantas almas como hombres. Pero el alma puede vivir sin el cuerpo, mas el cuerpo jamás puede vivir sin el alma la cual, después del último día, reclamará su vestido y lo regirá entonces según su deseo.
Si bien el hombre es una unidad substancial de alma y cuerpo, si bien dicha unión es natural y la dependencia que se da entre ambos es fuerte tanto para obrar como para existir, el alma puede vivir sin el cuerpo debido a su naturaleza espiritual. Es creada juntamemte con él pero puede sobrevivirle. Puede existir sin el cuerpo, sin su "vestido", pero no está completa porque el hombre es cuerpo y alma; la muerte pone al hombre en un estado que no le es natural. En el alma separada hay un deseo natural de la resurrección de su cuerpo y es por ello que lo reclamará al final de los tiempos como algo que le pertenece. Entonces podrá conducirlo según su arbitrio, ya que en el tiempo actual —por la herida del pecado original— no siempre puede regir al cuerpo según sus deseos. Resuena aquí el eco esa famosa frase de San Pablo que es como grito de la condición humana caída: no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero.[16] Recordemos además que la resurrección de los muertos está incluida en la profesión de fe cristiana y desde los comienzos esta creencia en la resurrección al final de los tiempos fue distintivo de dicha fe.[17] Es el mismo Jesucristo quien nos dice en el conocido discurso del Pan de Vida:
En este pasaje tenemos claramente expresado el momento en el cual se dará
la resurrección de los cuerpos: no inmediatamente a la muerte
sino en el "último día"; así aparece
asociada nuestra resurrección a
Recapitulando: el alma al final de los tiempos reclamará su cuerpo glorificado y entonces podrá regirlo según su deseo, con un querer recto, ya que gozará de la visión beatífica. Y así el hombre existe con dos naturalezas: cuerpo y alma, como la carne no existe sin la sangre ni la sangre sin la carne, aunque son de naturaleza disímil;... La unión cuerpo y alma es una vez más reafirmada, y con claras imágenes nos ilustra acerca de esta unión de elementos en apariencia tan opuestos: la carne y la sangre no pueden existir la una sin la otra a pesar de tener una naturaleza disímil; del mismo modo, la unión alma-cuerpo es intrínseca e inseparable, son distintos pero se unen de tal modo que resultan una totalidad armónica a tal punto que el alma sin él está incompleta y lo ha de reclamar en el día postrero. ... Y así como el alma no es sin el
cuerpo, tampoco Dios es sin su obra.
Este
párrafo está explicado por
La afirmación se repite: el alma puede vivir separada del cuerpo pero este estado no le es natural, y el día del juicio lo reclamará a Dios. Añade aquí una palabra que, como al pasar, sigue ilustrándonos acerca de esta relación: "anhelándolo"; el hombre es el compuesto, sin su cuerpo puede subsistir pero lo ansía porque sólo de ese modo estará completo. El cuerpo es el vestido del alma, el que ésta suplicará a Dios al fin de los tiempos para revestirse nuevamente. Así también Dios, Quien es la vida sin inicio antes de la eviternidad y en ella, en un tiempo determinado atrajo a Sí su vestido, que estaba eternamente oculto en Él. Como ya lo habíamos
vislumbrado al comenzar, el hombre en su totalidad es el vestido
que Dios creó
en el tiempo para llevar a cabo la decisión del Eterno Consejo,
esto es
Y en uno de sus sermones sobre Jesucristo le dice:
En su presciencia Dios ya tenía preparado desde siempre ese
"vestido" con el cual habría de revestirse y en el
momento determinado lo atrajo hacía sí, esto es que se
produjo
La creación del hombre podría decirse que es un "segundo momento" en cuanto que Dios había proyectado hacerse hombre y la humanidad es el vestido que Dios crea para revestir a Su Hijo. Y de este modo Dios y el hombre son uno, como el alma y el cuerpo, porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Por
lo tanto si el hombre fue creado en vistas a
Vemos en este párrafo que la imagen de Dios está dada por la corporeidad del hombre y la semejanza por la ciencia y prudencia. Imagen y semejanza entonces se fundan en Dios mismo y abarcan al hombre en su realidad corpóreo-espiritual. Pero como toda cosa tiene una sombra, así también
el hombre es la sombra de Dios; la sombra es la manifestación
de la obra, y el hombre es la manifestación del Dios omnipotente
en todos sus milagros. Él mismo es una sombra porque tiene
un comienzo; Dios, en cambio, no tiene inicio ni fin.
Bellísima imagen, la sombra manifiesta la obra, la sombra es siempre sombra de algo y así el hombre es la sombra de Dios porque lo manifiesta de un modo particular. Nos dice Hildegarda en una carta:
En el hombre Dios condensa de un
modo único Sus maravillas, en el hombre Dios manifiesta Sus dones.
Esa humanidad que estaba destinada a ser el ropaje de la divinidad recibe
de Dios Omnipotente su llamada al ser.
POR ESO
Y EL HOMBRE ES EL ESPEJO DE TODOS LOS MILAGROS DE DIOS.
BIBLIOGRAFIA FRAILE,
GUILLERMO. Historia de
NOTAS:[1] Agradecemos a
[2] Cf. LE GOFF,
JACQUES. Los intelectuales de
[3] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure delle infermità, p. 37. (vuelve al texto) [4] HILDEGARDE DE BINGEN. Le livre des oeuvres divines (Visions). [LDO, I, 1 (II)] (Trad. de Azucena Fraboschi). (vuelve al texto) [5] Cf. Fraile,
Guillermo. Historia
de
[6] Elucidarum I II: PL 172, 1116. Cit. por Fraile, ob. cit., p. 409. (vuelve al texto) [7] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure, p. 86. (vuelve al texto) [8] Ibíd., p. 87. (vuelve al texto) [9] Ibíd., p. 91. (vuelve al texto) [10] " Cuando los elementos obran ordenadamente en el hombre, lo sostienen y lo conservan sano; mientras que si están en desacuerdo, lo hacen enfermar y lo matan." ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 97. (vuelve al texto) [11] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 88-89.
[12] Cf. LE GOFF, JACQUES. Los intelectuales... p. 74. (vuelve al texto) [13] Cf. MONDIN, BATTISTA. L'Uomo: chi è?... (vuelve al texto) [14] Cf. LLORCA - GARCIA VILLOSLADA - MONTALBAN. Historia de
[15] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 199. (vuelve al texto) [16] Rm 7, 19. (vuelve al texto) [17] Cf. Catecismo de
[18] Jn 6, 39-40. (vuelve al texto) [19] ¿Cuándo? Sin duda en el "ultimo día" (Jn 6,39-40.44.54;11,24);
"al fin del mundo" (LG 48). En
efecto, la resurrección de los muertos está íntimamente
asociada a
[20] nº 990. (vuelve al texto) [21] nº 997. (vuelve al texto) [22] Liber divinorum operum 1, 4, 41. (vuelve al texto) [23] Sermón sobre Nuestro Señor, 3-4.9; Liturgia de las Horas. (vuelve al texto) [24] ILDEGARDA DI BINGEN. Cause e cure... p. 37. (vuelve al texto) [25] Scivias: Conoce los caminos 3, 1, p. 268. (vuelve al texto) [26] Cf. "Gaudium et Spes" 22. (vuelve al texto) [27] Liber divinorum operum 2, 1, 43. (Trad. de A. Fraboschi). (vuelve al texto) [28] Carta 149r —a Werner de Kircheim—, año 1170, citado por Gronau, Eduard. Hildegard. Vita di una donna..., p . 381. (vuelve al texto) [29] Cf. LEON-DUFOUR, XAVIER. Vocabulario de Teología Bíblica. Voz: Sombra. (vuelve al texto) [30] 1 Re 8,12. (vuelve al texto) [31] Lc 1, 35. (vuelve al texto)
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