LOS ELEMENTOS DEL
MUNDO:
VASALLOS Y JUECES. UNA ECOLOGÍA
DEL SIGLO XII PARA EL SIGLO
XXI
MIRIAN
LORENA MERCEDES FAVIERE
(UCA)
“...esta
maestra, llena de Dios,
enseña que el mundo sólo
puede ser comprendido y regido rectamente
si se lo considera como criatura del Padre
amoroso y providente que está en
los cielos”.
Juan Pablo II[1]
ué tiene
para decirnos una mujer del siglo XII a nosotros, habitantes del siglo
XXI? Mucho más de lo que podemos imaginarnos, dada la actualidad
y vigencia de su pensamiento. Pareciera que recién en el siglo
XX el hombre ha tomado conciencia del delicado equilibrio de la naturaleza
y del papel que él juega en el mismo; ante las amenazas que
ve aparecer cae en la cuenta de las consecuencias de su obrar irresponsable,
y una y otra vez repite el axioma –casi con una tonalidad catastrófica– de
que la naturalezano
perdona nunca. Pero corremos también el riesgo de quedarnos
en palabras o de estancarnos en una visión “romántica” de
la cuestión o a lo sumo política –como si las corporaciones,
gobiernos o poderosos de turno fueran los únicos responsables–,
o de quedarnos sólo con una actitud acusatoria y de presentar
poco proyectos realizables.[2] Hildegarda
nos ofrece la posibilidad de una visión más profunda de la
situación ecológica yendo a la raíz del problema y es
de ese modo, entendemos, como se le ha de dar una solución eficaz.
1. La creación
Es
notorio el interés que tuvo el siglo XII por la naturaleza, y
como la mayor obra conocida hasta entones era el Timeo, es
inevitable que el estudio de la naturaleza estuviera unido a una concepción
platónica de la realidad.[3] Este dato no deja de ser relevante ya que “tal vez el Timeo,
más
que ningún otro libro, sea el origen –o al menos el mediador– de
la idea que establece relación entre el universo y el hombre, entre el
macrocosmos y el microcosmos, ya que Platón no dudaba que existiera una
relación estrecha entre naturaleza humana y naturaleza universal”.[4]El Timeo era
considerado como un tratado “científico” sobre la creación
del mundo, se lo utilizaba para explicar el Génesis;
un ejemplo de esto lo tenemos en Thierry de Chartres, quien en su De septem
diebus et sex operum distinctionibus trata de exponer
la letra del texto bíblico de acuerdo con los datos de la física.
Eeste tipo de obras pertenece al género denominado “Hexameron”,
y hacen referencia a los seis días de la creación desde esta perspectiva
platónica, siendo el más famoso de estos el que escribe Honorio
de Autun.[5] Pero no sólo mediante el Timeo se transmiten
las ideas platónicas, sino también gracias a numerosos comentadores
y traductores como “Lucano, Estacio
y Apuleyo; más tarde, a través de los neoplatónicos Plotino,
Jámblico, Porfirio y Proclo, hasta llegar al Pseudo Dionisio. Además
de todos los mencionados, hay que señalar a Calcidio, Macrobio y Boecio
como los mayores difusores de las ideas platónicas en
la Edad Media.
La importancia de todos ellos es fundamental para el desarrollo del modelo medieval
del mundo ya que las doctrinas platónicas constituyen una de sus bases
más sólidas.”[6] Las
traducciones árabes que llegan en ese momento contribuyen sin duda a ese
amor e interés por la naturaleza que Gilson denominará “naturalismo
cristiano” y que define como “...un intenso sentimiento de esta poderosa
realidad que es la naturaleza, concebida como obra de Dios.”[7] El hombre medieval ve
al mundo salido de las manos de Dios, quien lo crea según numerus,
pondus y mesura[8] (Sab 11,20): el
mundo es cosmos, orden; es bueno y bello y pertenece a Dios, de Quien
el hombre es lugarteniente. En este punto es también notable la influencia
de Platón para quien la belleza del mundo es reflejo de la belleza ideal.[9] Esta es la mentalidad común
de la época en Hildegarda y si bien en ella está presente la idea
de cosmos, hay un punto importante de diferenciación: “...en
abierto contraste con su época, Hildegarda no hace hincapié en
el concepto de orden –en virtud del cual la acción creadora de Dios
hace del universo un cosmos– sino en el de vida, fuerza, energía:
todo cuanto existe es vida.”[10] Este concepto está expresado en Hildegarda con
una palabra: viriditas, esta palabra –si bien fue utilizada por
autores anteriores a ella y se la encuentra en textos patrísticos– en
Hildegarda tiene un significado único:[11] “verdor, lozanía,
fuerza vital, fecundidad, vida, con que se refiere a Dios, a
la Vida
divina, a la acción creadora de Dios, a la presencia de la fuerza divina
en el mundo y en el hombre, a las virtudes como fuerzas divinas que trabajan
con el hombre, etc.”[12] Respecto de este concepto nos dirá Michela Pereira
que “es una noción clave para comprender la voluntad de la autora de
descender en profundidad al interno de los procesos naturales y de encontrar
en ellos aquella ‘racionalidad biológica’ que debería
guiar, si la naturaleza como orden divino es correctamente entendida, también
la vida moral en su germinar y florecer.”[13] Concepto que se revela muy importante por numerosas razones.
Nosotros someramente diremos que no se agota en ser un concepto original, ése
es sólo el principio ya que con él Hildegarda nos conduce de la
mano a lo profundo de los procesos naturales captando la racionalidad biológica que
los mueve y que nos devela el horizonte mismo del obrar moral.
Volviendo a nuestro hombre del
siglo XII vemos aparecer otra característica: descubre que no es
un mero espectador en la naturaleza, ella se le presenta ahora como Naturaleza –así,
con mayúscula– o se la personifica como
la Dama Naturaleza
, y se involucra con ella; percibe que descubriéndola se descubre a sí mismo
como parte de ella y se le revela la propia posición, que es la de señor
de la misma, a la que ha de dominar según el mandato divino (Génesis 1,28).[14]Dominación que no quiere decir
servirse caprichosamente de la creación sino utilizarla respetando[15] sus leyes y en referencia al común Creador, con lo
cual se tiene un fundamento trascendente para el obrar, que salva de la tentación
de utilizarlas según el arbitrio del humano. Otro tema importante en la visión del hombre medieval es la relación
macrocosmos y microcosmos:
“La actitud del hombre respecto de la naturaleza
no expresa una relación de sujeto a objeto sino que se trata
de una situación en la cual el sujeto forma parte del mundo
exterior, por tanto no se entendía al individuo como un sujeto
en relación con las cosas del mundo, sino que todo el cosmos
era entendido como sujeto [...]. Tal vez encontraríamos aquí
el fundamento de la correspondencia entre micro y macrocosmos: el microcosmos
no se entiende en ese momento solamente como una porción o como un elemento
del universo sino que es una especie de copia, de reproducción a escala
reducida; el microcosmos es, en sí mismo, completo y perfecto, en la misma
medida que el macrocosmos.”[16]
Hildegarda
nos muestra esta relación en numerosos pasajes de su vasta obra.
Citemos sólo dos a modo de ejemplo: “Dios, que lo creó todo, formó al hombre
a su imagen y semejanza. En él representó a todas las criaturas
superiores e inferiores.”[17]Y en este otro
expresará
plásticamente: “Pues cuando Dios creó al hombre, significó en él
a toda criatura, al modo como en un pequeño trozo de pergamino se describe
el calendario de todo el año. Y por eso Dios celebró en el hombre
a toda la creación.”[18]Bellísimos pasajes que
nos muestran esta relación macrocosmos y microcosmos evidenciando el carácter
central del hombre:
él no es un ser ajeno a la creación sino que forma parte activa
y fundamental de ella. El hombre está formado por los elementos presentes
en la creación, si bien está destinado a ser su señor lleva
en su cuerpo los elementos que constituyen el entramado de la creación
misma:
“La
visión moderna del mundo que nos está proporcionando
la física cuántica, la biología molecular o
la propia ecología nos debe llevar a comprender que todo tiene
que ver con todo, que estamos envueltos en una red de relaciones
y que nada ni nadie existe fuera de esas relaciones. Según
la física cuántica, toda la materia del universo deriva
de las mismas partículas elementales de las cuales sólo
cuatro parecen ser estables: el protón, el electrón,
el fotón y el neutrón. Como resultado de la atracción
de las cargas opuestas de los protones y electrones surgen los átomos.
[...]. A su vez, de la combinación de los átomos surgen
las diferentes moléculas de que está hecho todo nuestro
mundo. El agua está formada por un átomo de oxigeno
y dos de hidrógeno; al aire está formado por átomos
de nitrógeno, oxígeno, carbono, hidrógeno, etc.
La tierra, las plantas, los animales… todo está formado
por átomos mantenidos por esa especie de amor o atracción
básica.”[19]
Esta
es la cita del siglo XXI. Escuchemos que nos dice Hildegarda en el siglo
XII:“[...]
del mismo modo en el cual los elementos sostienen el mundo, son también
la trabazón del cuerpo humano, y su extensión y sus funciones
están repartidas de modo que el cuerpo por ellos sea sostenido, así como
están esparcidos y operan en el mundo. En efecto, el fuego, el aire,
el agua y la tierra están en el hombre y el se sostiene por ellos.” Fuego,
aire, agua y tierra son los cuatro elementos que se entendían como
constitutivos básicos de la realidad toda, incluido el hombre; hoy
tendrá otros nombres pero la idea es la misma: el ser humano
no sólo es un universo en miniatura sino que además
comparte con el macrocosmos la materia de la cual está hecho, el entramado
del universo y la naturaleza los descubre en su cuerpo. La naturaleza, al
ser creada por Dios, es una fuente privilegiada de aprendizaje y de contemplación
de la misma imagen de Dios;[20] en ella –como sucede en el mismo hombre– Dios
ha dejado su huella como la moneda muestra a su señor.[21] La naturaleza es entendida entonces como una realidad
en la cual el hombre está involucrado y con la que comparte su carácter
creatural: pero ¿cual es su finalidad?, ¿para qué fue
creada?, ¿sólo para manifestar a Dios?
2.
La Creación
al servicio del hombre, el hombre al servicio de Dios
Decíamos que la creación
lleva impresa la huella de su Creador como la moneda muestra a su
señor, y continúa explicándonos Hildegarda:“En efecto, Dios creó el mundo al cual quiso preparar como
un tabernáculo destinado al hombre”,[22] el mundo fue creado para el hombre, para: estar a su
servicio, ser consuelo y ayuda, y ayuda no sólo a nivel material.
Estar
a su servicio:“Desde
la eternidad, el deseo de Dios fue que su obra, es decir el hombre,
fuera hecho, y cuando hubo cumplido esta obra suya, le confió a
todas las criaturas para que el hombre pudiera trabajar sirviéndose
de ellas del mismo modo que Dios hizo su obra, esto es el hombre.”[23]La creación toda es confiada al hombre
con gran delicadeza por el Padre Creador, para que se sirva de ellas y la utilice
con la ternura y cuidado que Él mismo había puesto al crear al
ser humano: “[...]
el hombre domina sobre todas las criaturas, sometiéndolas a vuestra
voluntad para proveer a todas las necesidades propias. Ya que del mismo modo
que el hombre siente fe, temor y amor hacia la omnipotencia de Dios, así las
criaturas se fijan en el hombre y le quieren como a un dios, cuando son nutridas
por él y domadas por el temor.”[24]Cuando
Hildegarda describe al hombre en su obra Scivias la vemos recapitular
los distintos elementos que forman parte de esta relación hombre
mundo: “[el] hombre, imbuido
de hondo entendimiento, que habita en medio de las fuerzas de la creación
divina, hecho del barro de la tierra con gran gloria y tan unido a las
energías de la creación, que no puede separarse de ellas;
porque los elementos del mundo, fundados para servir al hombre, le rinden
vasallaje, y él está sentado en medio de ellos gobernándolos
por designio divino.”[25]Hildegarda
sigue diciéndonos para que más fuera creado el mundo:
Ser
consuelo y ayuda: “En
su eternidad, Dios previó todas las criaturas, Él las
creó en la plenitud del amor para que el hombre, en su compañía,
no careciera ni de consuelo ni de ayuda, y las ató al hombre
como la llama está ligada al fuego.”[26] No quisiera dejar pasar la
afirmación que hace Hildegarda de la íntima conexión que
hay entre el resto de la creación y el hombre. La imagen del fuego que
utiliza la representa muy gráficamente: la creación está unida
al hombre como la llama está ligada al fuego, unión que
parece haber sido olvidada con el correr de los años y que el hombre ahora
está “recordando”,[27] lo que nos lleva a apreciar también la íntima
solidaridad que hay entre ambos. En otro pasaje dice también Hildegarda: “Dios,
que ha compuesto el mundo a través de los elementos para gloria de su
nombre, lo ha estabilizado con los vientos, lo ha iluminado con la ayuda de las
estrellas, lo ha llenado con todas las otras criaturas. Rodeó al hombre
de todo lo que existe en el mundo para fortalecerlo y lo dotó de gran
energía para que toda la creación lo ayudara. Toda la naturaleza
tenía que estar así a disposición del hombre, para que con
ella el hombre trabajara, por cuanto sin ella no puede vivir ni sobrevivir.”[28] Hildegarda
como médica habrá podido apreciar además cuán útiles
son para el hombre los variados elementos que conforman el mundo material puesto
que de ellos se puede obtener
–cuando no lo son ellos mismos– medicinas que alivian al ser humano.
No olvidemos tampoco sus famosas recetas y la conexión que la misma Hildegarda
establece entre la comida y la salud.
Ayuda
no sólo en el
ámbito material: “Todas
las criaturas que Dios ha hecho, tanto en el mundo superior como en el inferior,
las ha asociado al hombre para que le fueran útiles. Si el hombre las
utiliza para acciones perversas, el juicio de Dios las hará instrumentos
de venganza. Las criaturas están destinadas a ayudar al hombre en las
necesidades del cuerpo, lo que incluye también el sentido de ayudar
a la salvación del alma.”[29]Sería
salirnos de tema quizás explayarnos sobre este punto, pero vemos a menudo
que no sólo los grandes desastres naturales sino las enfermedades, el
dolor y el sufrimiento son un momento singular en la vida de los hombres, y
lo llevan en más de una ocasión, a elevar la mirada a Dios o
al menos a reflexionar sobre la propia conducta, para poner en orden la escala
de valores que los mueve a obrar y vivir... Este
mundo, creado para el hombre, le es entregado para que lo cuide, por
tanto él no es dueño, sino administrador por designio
divino; le fue entregado para su ayuda y para que se sirva de él,
pero de él es responsable y ha de dar cuenta. Lo que se busca
de un administrador es que sea
fiel,[30] por eso cuando no lo es debe atenerse a las consecuencias...
3. El hombre desobedece, la
creación se rebela
Dada
la intrínseca conexión que existe entre el hombre y la
creación no ha de pasar desapercibida a la misma creación
la desobediencia del hombre a su Creador, nos dice Hildegarda: “...la
creación, hecha para servir al hombre, nunca había sufrido
adversidad; pero cuando el hombre se sublevó, desobedeciendo
al Señor, abandonó su calma y se llenó de inquietud:
desató terribles y funestas calamidades sobre el hombre a fin
de cohibirle por lo mucho que se había denigrado. ¿Qué quiere
decir esto? Que la creación, sometida al hombre para servirle,
se opuso a él cuando el hombre se alzó en rebeldía
contra Dios en el jardín de las delicias.”[31] La desobediencia del hombre a su Dios lleva a que el
resto de la creación, que cumple su ciclo natural constantemente, se vuelva
contra quien quiebra esta obediencia debida al Creador. “El
hombre es el único que puede transgredir la ley natural por voluntaria
elección, al hacerlo desnaturaliza a toda la creación y a sí mismo
y esto constituye la suprema iniquidad.”[32] Veamos un artículo de hace unos años
en
La Nación –bien podría haber sido de ayer–, que nos da un panorama
de la situación en general:
“Desde
hace más de tres décadas científicos y humanistas
advierten contra el proceso de destrucción de la naturaleza
y del tejido ecológico necesario para la continuidad de la
vida en el planeta. Es un llamado del sentido común: no seguir
envenenando el aire, el agua, los peces, los árboles; no hacer
desaparecer especies enteras ni seguir derramando petróleo
en los mares; no convertir el cielo ni la tierra en basurales de
residuos nucleares, ni que abonos inicialmente benéficos terminen
siendo un veneno para las napas freáticas. Nos hemos habituado
a una erosión indetenible del suelo, a inundaciones sin freno,
a medicamentos perjudiciales pese a los controles de expertos, masacres
de animales, ciudades convertidas en selvas, dudosos alimentos transgénicos,
etcétera. La naturaleza, las criaturas de la creación,
están sometidas a una colonización humana depredatoria.”[33]
El
comportamiento tiránico del hombre con el resto de la creación
no dejará de tener consecuencias, la
creación se volverá contra el hombre y le hará sufrir
las implicancias de su obrar y, obedeciendo a Aquel que le dio sus leyes,
será instrumento de
la Justicia Divina
, como ya nos dijo Hildegarda: “Si el hombre las utiliza para acciones perversas,
el juicio de Dios las hará instrumentos de venganza.”[34]Catástrofes naturales y enfermedades nos hablan
de un orden que se ha trastocado, acostumbrados a vivir en este mundo y a servirnos
de él olvidamos que tiene un delicado equilibrio del que somos parte integrante
y responsable, las adversidades que repentinamente golpean al hombre le recuerdan
esta realidad: no está solo en el mundo ni puede servirse de los recursos
naturales indiscriminadamente, no debe comportarse con la creación que
le ha sido confiada como un tirano. Las leyes naturales pueden ser traspasadas,
quebrantadas, pero toda transgresión de las mismas introduce un desequilibrio
que se extiende al resto de la creación: “Si el hombre hubiese obrado respetando su naturaleza originaria, también
las estaciones y las condiciones del aire hubieran permanecido inmutables, es
decir, esta primavera hubiera sido como aquella que pasó, y este verano
como el pasado y así el resto. Pero, habiendo el hombre traicionado su
amor y su respeto de Dios por desobediencia, todos los elementos, a su vez, sobrepasaron
sus propios límites... si infringe la justicia con sus acciones, oprime
y oscurece el sol y la luna, los cuales, reflejando su obrar, producen tormentas,
lluvias y sequía.”[35]Actualmente
no es difícil ver imágenes de las consecuencias del obrar humano:
terrenos fértiles se convierten en desérticos, inundaciones, cambios
climáticos... el obrar irresponsable del hombre nos ha llevado a esto.
Al respecto Hildegarda nos dice: “como
un hombre que tuviese en la mano una red y la moviese, del mismo modo el hombre
sacude los elementos, cuando éstos cambian las condiciones atmosféricas
según su obrar.”[36] Cuando hablamos del obrar humano que contradice las leyes del Creador nos situamos
en dos planos: por un lado el de lo personal, y por el otro el del hombre que
al obrar daña la naturaleza, porque Hildegarda nos plantea que el desorden,
la falta moral del hombre, tiene consecuencias en la creación entera.
Y no sólo se afecta la creación cuando se contaminan ríos
o talan árboles sino que el odio, el egoísmo, el orgullo, la falta
de respeto a la vida, ya sea en su inicio como en su fin natural y las conductas
morales desordenadas comportan un obrar que conculca el orden dado y coloca arbitrariamente
al propio sujeto como norma de conducta sin respetar la “gramática escrita en el corazón del
hombre por su divino Creador.”[37]Nos dice entonces Hildegarda que la creación
toda se convierte también en instrumento de la justicia divina, Dios permite
estas calamidades que son consecuencia de las mismas acciones humanas:
“Los elementos produjeron–en su desorden y por querer divino–
terribles turbaciones, exponiendo a muchísimos peligros al mundo y a los
hombres. El fuego era entonces como una lanza, el aire como una espada, el agua
como un escudo y la tierra como un dardo, todos arrojados por venganza sobre
los hombres. Los elementos, en efecto, estando sujetos a los hombres y reflejando
las acciones humanas, llevan a cabo a veces de este modo su tarea. En efecto,
cuando los hombres se agitan en las batallas, en los horrores, en el odio, en
la envidia y en el cometer crueles delitos, entonces los elementos son dislocados
y asumen los nuevos y hostiles rostros del calor o del frío, de las lluvias
(effusioni) o de las inundaciones. Y así ha sido desde la primera disposición
de Dios, que estableció que los elementos operasen según las acciones
humanas, porque por estas son tocadas, y el hombre obra en ellos y con ellos.
Cuando los hombres están en el recto camino y obran el bien y el mal con
moderación, desarrollan su tarea en la gracia de Dios, según la
necesidad.”[38]
Distinguíamos
dos planos, la actuación moral desordenada y el efectivo obrar
hacia fuera, por tanto en ambos planos actuará la justicia divina: “Si el hombre, en cambio, descuida a Dios, incurre muy a menudo en el
castigo de su cuerpo por el justo juicio de la divinidad, tal y como
hemos dicho. Así, el azote de Dios lo somete a su poder tanto
por parte de los elementos y por las criaturas superiores como por parte
de las inferiores, con calor y con frío, con sequía y con
humedad y con muchas otras aflicciones, porque al no observar la constancia
en las virtudes no quiso comprender qué
debía hacer.”[39] Frente
a este panorama que se nos presenta, ¿qué debe hacer el
hombre? ¿Cuál es la salida?
4. La conversión del
corazón, base fundamental de una ecología auténtica
“[...] lo mismo que el hombre le pide a Dios
que se calmen las horribles tempestades y que le sea concedido todo
lo que le es necesario, así tiene que pedir que sea vencida
en él la mala ciencia.”[40].
El
orgullo, el egoísmo, el deseo de dominio debe ser vencido en el
hombre para que pueda relacionarse rectamente con el Creador, con la
creación y consigo mismo, pero eso no puede hacerse sin una auténtica
conversión del corazón, lo cual implica una humilde obediencia
a las leyes que el Creador ha dispuesto en la creación, el respeto
y cuidado de la vida y de la creación toda de la cual es, lo decimos
una vez más, un administrador. En su última encíclica, Caritas
in veritate, el Papa Benedicto XVI nos entrega un camino de solución
para el problema ecológico que está en asombrosa línea
de continuidad con lo que Hildegarda nos propone. Dice en el número
51:
“El
modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que
se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad
actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del
mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose
de los daños que de ello se derivan. [...].
La Iglesia
tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer
en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra el agua
y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger
sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario
que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto,
la degradación de la naturaleza está
estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se
respeta la “ecología humana” en la sociedad, también
la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas
están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en
peligro también a las otras, así también el sistema ecológico
se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena
relación con la naturaleza. Para salvaguardar la naturaleza
no basta con intervenir con incentivos o desincentivos económicos,
y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son
instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral
global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte
natural, si se hace artificial la concepción, la gestación
y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación,
la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología
humana y con ello de la ecología ambiental, es una contradicción
pedirlas nuevas generaciones el respeto del
ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan
a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible,
tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia,
las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral.
Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los
que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su
relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros.
Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece
a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.”
Hildegarda
nos hablaba también –utilizando las palabras del Santo
Padre– de una ecología humana y de una ecología
ambiental;una y otra son indispensable para un desarrollo verdaderamente
humano sobre el planeta que comporte una real y verdadera paz del hombre
consigo mismo, con sus semejantes y con la creación. Hace más
de ochocientos años esta monja benedictina nos proponía
un camino a seguir. Hoy, con impresionante actualidad, nos lo vuelve
a proponer, escuchemos su llamada y obremos en consecuencia, por el
bien de la humanidad y la creación entera. Pues
“[...] quien no confía en Dios ni comprende que
ha sido creado por Dios, antes bien lo regaña como si fuera culpable de
sus pecados y como si Dios no le hubiera enseñado los caminos de la justicia.
Quien no quiere contemplar la salida y la puesta del sol, de la luna y de las
estrellas, que Dios ha puesto en el cielo, ni el viento con sus ráfagas,
ni la tierra con sus océanos y las otras criaturas que Dios ha creado
para el hombre, ni reconoce en ellas la dignidad con que fueron creadas, ése
desprecia a su Dios, que no tiene principio ni fin, y destruye cualquier criatura,
antes de conocerla y ni siquiera se conoce a si mismo perfectamente.”[41]
BIBLIOGRAFÍA:
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NOTAS:
[1]Carta al Obispo de
Maguncia con ocasión del 800 aniversario de la muerte de Santa Hildegarda.
8 de septiembre de 1979.
(vuelve al texto) [2] Cfr. Gialdi, Silvestre ofm. cap. Fundamentos
franciscanos de justicia, paz y ecología.
Cuadernos franciscanos, 1991, nº 96 (http://www.franciscanos.net/teolespir/ecologiagialdi.htm)(vuelve
al texto) [3] Cfr. Faggin;
Vanni-Rovighi; Di Napoli; Giacon. Historia de
la Filosofía. Tomo I,p.
256
(vuelve al texto) [4]GonzÁlez
Ochoa, César. A lo visible por lo invisible. Imágenes
del occidente medieval. México:
UNAM, 1995, p. 39.(vuelve al texto) [5]Neocosmos de primis
sex dierum.(vuelve al texto) [6]GonzÁlez
Ochoa, César, ob. cit., p.
37-38(vuelve al texto) [7]Gilson,
E. La filosofía en le Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta fines del siglo XIV. Madrid:
Gredos, 1989, p.
309.
(vuelve al texto) [8] cfr. Eco,
Umberto. Arte y belleza en la estética medieval.
(vuelve al texto) [9] cfr. Eco,
Umberto, ob. cit, p. 29ss.
(vuelve al texto) [10]Fraboschi,
Azucena. Hildegarda de Bingen. La extraordinaria vida de una mujer
extraordinaria. Buenos Aires: Educa, 2004, p. 84.
(vuelve al texto) [11] Cfr. Ildegarda
di Bingen. Il Libro delle Opere Divine. A cura di Marta Cristiani
y Michela Pereira. 3ª ed. Milano: Mondadori, 2004, nota 4 de
la Prima
visione della Prima Parte, p. 1141; y también más específicamente Schmitt,
Mirian.
“Hildegard of Bingen: Viriditas,
Web of Greening Life-energy”. The
American Benedictine Review. 1999; 50(3-4): 253-76; 357-80.(vuelve al texto) [12]Fraboschi,
Azucena, ob. cit., p.
100, nota 185.
(vuelve al texto) [13] Cfr. Ildegarda
di Bingen, loc. cit.(vuelve al texto) [14] Un ejemplo de esta consideración de la
naturaleza lo vemos en la obra de Alano de Lille, en cuyo De planctu naturae la
figura alegórica de
la Naturaleza
domina la escena y aparece como fuente de la vida universal.(vuelve
al texto) [15] Es interesante recordar que la palabra “respeto” proviene
del verbo latino respicere (mirar), e indica un modo de mirar las cosas y las
personas
–con solicitud y con cuidado– que lleva a reconocer su realidad y
a no tratar de apropiarse de ellas. Esta idea ha sido expresada por Benedicto
XVI en una Homilía durante la santa misa celebrada en la parroquia de
Santa Ana, domingo 5 de febrero de 2006. L’Osservatore Romano (ed.
en español). 10 de febrero de 2006; p. 68.(vuelve
al texto) [16]GonzÁlez
Ochoa, ob. cit., p. 82-83.
(vuelve al texto) [17]LDO I, I, 3.(vuelve al texto) [18] Carta 149r –a Werner
de Kircheim–, año 1170, citada por Gronau,
Eduard. Hildegard. Vita di una donna profética alle origini
dell’ etá moderna. Milano: Áncora, 1996, p. 381.(vuelve al texto) [19]GarcÍa
PeregrÍn, Eduardo. La filosofía ecológica
fue anticipada por Francisco de Asís (http://www.tendencias21.net/La-filosofia-ecologica-fue-anticipada-por-Francisco-de-Asis_a2318).(vuelve al texto) [20]GonzÁlez
Ochoa, ob. cit., p. 83.
(vuelve al texto) [21] LDO,
I, IV, 105.
(vuelve al texto) [22]Ibíd.
(vuelve al texto) [23]LDO
I, II II.(vuelve al texto) [24] LDO
I, II, 46.
(vuelve al texto) [25]Scivias, p. 53
(vuelve al texto) [26]LDO
I, 2, 13.(vuelve al texto) [27] Es interesante cómo
se habla ahora, por ejemplo, de “ecourbanismo”“arquitectura
sustentable” o “bioconstrucción”. Y se explica que: “El principio inquebrantable de este sistema constructivo es respetar
a la naturaleza y servirse de ella imitándola [...] La idea es que el
diseño de las futuras construcciones no necesitará oponerse al
medio ambiente para brindar a la humanidad, aún en mayor medida, una mejor
calidad de vida...” (http://filosofia.laguia2000.com/ciencia-y-filosofia/el-hombre-y-la-ecologia)
(vuelve al texto) [28] LDO
I, II, 2.
(vuelve al texto) [29] LDO
I, III, 2.
(vuelve al texto) [30] Cf. 1
Cor 4, 2
(vuelve al texto) [31]Scivias I,
II, 27.
(vuelve al texto) [32] Cf. Fraboschi,
Azucena. Hildegarda de Bingen y la divina ley natural. Ponencia
leída en las Terceras Jornadas De Filosofía Del Siglo XII, organizadas
por el Departamento de Filosofía Medieval (Universidad de Navarra), el
Centro de Estudios Filosóficos Medievales (Universidad Nacional de Cuyo)
y
la Facultad
de Filosofía y Letras (Universidad Católica Argentina), los días
30-31 de agosto y 1 de septiembre de 2006.
(vuelve al texto) [33]Massuh,
VÍctor. El puesto del cosmos en el hombre.
La Nación
, suplemento cultura.
(vuelve al texto) [34] LDO I, 3, 2.
(vuelve al texto) [35]Cause e cure delle
infermità. p. 56.
(vuelve al texto) [36]Cause e cure delle
infermità. p. 57.
(vuelve al texto) [37]Benedicto
XVI, Mensajepara la celebración de
la Jornada Mundial
de
la Paz
: La persona humana,
corazón de la paz. 1 de enero de 2007. (vuelve
al texto) [38]Cause e cure delle
infermità. p. 107-8
(vuelve al texto)
[39]
LDO
I, II, 26. La traducción que utilizo es la
de Rafael Renedo Hijarrubia, que se encuentra en el sitio: http://www.hildegardiana.es(vuelve al texto) [40] LDO I. II, 22, en dicha
traducción.
(vuelve al texto) [41] Ibíd . (vuelve
al texto)