LOS ELEMENTOS DEL MUNDO:
VASALLOS Y JUECES. UNA ECOLOGÍA
DEL SIGLO XII PARA EL SIGLO XXI

MIRIAN LORENA MERCEDES FAVIERE
(UCA)

“...esta maestra, llena de Dios,
 enseña que el mundo sólo puede ser comprendido y regido rectamente
 si se lo considera como criatura del Padre
 amoroso y providente que está en los cielos”.
Juan Pablo II
[1]

 

ué tiene para decirnos una mujer del siglo XII a nosotros, habitantes del siglo XXI? Mucho más de lo que podemos imaginarnos, dada la actualidad y vigencia de su pensamiento. Pareciera que recién en el siglo XX el hombre ha tomado conciencia del delicado equilibrio de la naturaleza y del papel que él juega en el mismo; ante las amenazas que ve aparecer cae en la cuenta de las consecuencias de su obrar irresponsable, y una y otra vez repite el axioma –casi con una tonalidad catastrófica– de que la naturaleza  no perdona nunca. Pero corremos también el riesgo de quedarnos en palabras o de estancarnos en una visión “romántica” de la cuestión o a lo sumo política –como si las corporaciones, gobiernos o poderosos de turno fueran los únicos responsables–, o de quedarnos sólo con una actitud acusatoria y de presentar poco proyectos realizables. [2]
Hildegarda nos ofrece la posibilidad de una visión más profunda de la situación ecológica yendo a la raíz del problema y es de ese modo, entendemos, como se le ha de dar una solución eficaz.

1. La creación

Es notorio el interés que tuvo el siglo XII por la naturaleza, y como la mayor obra conocida hasta entones era el Timeo, es inevitable que el estudio de la naturaleza estuviera unido a una concepción platónica de la realidad. [3] Este dato no deja de ser relevante ya que “tal vez el Timeo, más que ningún otro libro, sea el origen –o al menos el mediador– de la idea que establece relación entre el universo y el hombre, entre el macrocosmos y el microcosmos, ya que Platón no dudaba que existiera una relación estrecha entre naturaleza humana y naturaleza universal”. [4] El Timeo era considerado como un tratado “científico” sobre la creación del mundo, se lo utilizaba para explicar el Génesis; un ejemplo de esto lo tenemos en Thierry de Chartres, quien en su De septem diebus et sex operum distinctionibus trata de exponer la letra del texto bíblico de acuerdo con los datos de la física. Eeste tipo de obras pertenece al género denominado “Hexameron”, y hacen referencia a los seis días de la creación desde esta perspectiva platónica, siendo el más famoso de estos el que escribe Honorio de Autun. [5] Pero no sólo mediante el Timeo se transmiten las ideas platónicas, sino también gracias a numerosos comentadores y traductores como “Lucano, Estacio y Apuleyo; más tarde, a través de los neoplatónicos Plotino, Jámblico, Porfirio y Proclo, hasta llegar al Pseudo Dionisio. Además de todos los mencionados, hay que señalar a Calcidio, Macrobio y Boecio como los mayores difusores de las ideas platónicas en la Edad Media. La importancia de todos ellos es fundamental para el desarrollo del modelo medieval del mundo ya que las doctrinas platónicas constituyen una de sus bases más sólidas.” [6]
Las traducciones árabes que llegan en ese momento contribuyen sin duda a ese amor e interés por la naturaleza que Gilson denominará  “naturalismo cristiano” y que define como “...un intenso sentimiento de esta poderosa realidad que es la naturaleza, concebida como obra de Dios.” [7] El hombre medieval ve al mundo salido de las manos de Dios, quien lo crea según numerus, pondus y mesura [8] (Sab 11,20): el mundo es cosmos, orden; es bueno y bello y pertenece a Dios, de Quien el hombre es lugarteniente. En este punto es también notable la influencia de Platón para quien la belleza del mundo es reflejo de la belleza ideal. [9]
Esta es la mentalidad común de la época en Hildegarda y si bien en ella está presente la idea de cosmos, hay un punto importante de diferenciación: “...en abierto contraste con su época, Hildegarda no hace hincapié en el concepto de orden –en virtud del cual la acción creadora de Dios hace del universo un cosmos– sino en el de vida, fuerza, energía: todo cuanto existe es vida.” [10] Este concepto está expresado en Hildegarda con una palabra: viriditas, esta palabra –si bien fue utilizada por autores anteriores a ella y se la encuentra en textos patrísticos– en Hildegarda tiene un significado único: [11] verdor, lozanía, fuerza vital, fecundidad, vida, con que se refiere a Dios, a la Vida divina, a la acción creadora de Dios, a la presencia de la fuerza divina en el mundo y en el hombre, a las virtudes como fuerzas divinas que trabajan con el hombre, etc. [12] Respecto de este concepto nos dirá Michela Pereira que “es una noción clave para comprender la voluntad de la autora de descender en profundidad al interno de los procesos naturales y de encontrar en ellos aquella ‘racionalidad biológica’ que debería guiar, si la naturaleza como orden divino es correctamente entendida, también la vida moral en su germinar y florecer.” [13] Concepto que se revela muy importante por numerosas razones. Nosotros someramente diremos que no se agota en ser un concepto original, ése es sólo el principio ya que con él Hildegarda nos conduce de la mano a lo profundo de los procesos naturales captando la racionalidad biológica que los mueve y que nos devela el horizonte mismo del obrar moral.
Volviendo a nuestro hombre del siglo XII vemos aparecer otra característica: descubre que no es un mero espectador en la naturaleza, ella se le presenta ahora como Naturaleza –así, con mayúscula– o se la personifica como la Dama Naturaleza , y se involucra con ella; percibe que descubriéndola se descubre a sí mismo como parte de ella y se le revela la propia posición, que es la de señor de la misma, a la que ha de dominar según el mandato divino (Génesis 1,28). [14]   Dominación que no quiere decir servirse caprichosamente de la creación sino utilizarla respetando [15] sus leyes y en referencia al común Creador, con lo cual se tiene un fundamento trascendente para el obrar, que salva de la tentación de utilizarlas según el arbitrio del humano.
Otro tema importante en la visión del hombre medieval es la relación macrocosmos y microcosmos:

La actitud del hombre respecto de la naturaleza no expresa una relación de sujeto a objeto sino que se trata de una situación en la cual el sujeto forma parte del mundo exterior, por tanto no se entendía al individuo como un sujeto en relación con las cosas del mundo, sino que todo el cosmos era entendido como sujeto [...]. Tal vez encontraríamos aquí el fundamento de la correspondencia entre micro y macrocosmos: el microcosmos no se entiende en ese momento solamente como una porción o como un elemento del universo sino que es una especie de copia, de reproducción a escala reducida; el microcosmos es, en sí mismo, completo y perfecto, en la misma medida que el macrocosmos.” [16]

Hildegarda nos muestra esta relación en numerosos pasajes de su vasta obra. Citemos sólo dos a modo de ejemplo: “Dios, que lo creó todo, formó al hombre a su imagen y semejanza. En él representó a todas las criaturas superiores e inferiores.” [17] Y en este otro expresará plásticamente: “Pues cuando Dios creó al hombre, significó en él a toda criatura, al modo como en un pequeño trozo de pergamino se describe el calendario de todo el año. Y por eso Dios celebró en el hombre a toda la creación.” [18] Bellísimos pasajes que nos muestran esta relación macrocosmos y microcosmos evidenciando el carácter central del hombre: él no es un ser ajeno a la creación sino que forma parte activa y fundamental de ella. El hombre está formado por los elementos presentes en la creación, si bien está destinado a ser su señor lleva en su cuerpo los elementos que constituyen el entramado de la creación misma:

La visión moderna del mundo que nos está proporcionando la física cuántica, la biología molecular o la propia ecología nos debe llevar a comprender que todo tiene que ver con todo, que estamos envueltos en una red de relaciones y que nada ni nadie existe fuera de esas relaciones. Según la física cuántica, toda la materia del universo deriva de las mismas partículas elementales de las cuales sólo cuatro parecen ser estables: el protón, el electrón, el fotón y el neutrón. Como resultado de la atracción de las cargas opuestas de los protones y electrones surgen los átomos. [...]. A su vez, de la combinación de los átomos surgen las diferentes moléculas de que está hecho todo nuestro mundo. El agua está formada por un átomo de oxigeno y dos de hidrógeno; al aire está formado por átomos de nitrógeno, oxígeno, carbono, hidrógeno, etc. La tierra, las plantas, los animales… todo está formado por átomos mantenidos por esa especie de amor o atracción básica.” [19]

Esta es la cita del siglo XXI. Escuchemos que nos dice Hildegarda en el siglo XII:  “[...] del mismo modo en el cual los elementos sostienen el mundo, son también la trabazón del cuerpo humano, y su extensión y sus funciones están repartidas de modo que el cuerpo por ellos sea sostenido, así como están esparcidos y operan en el mundo. En efecto, el fuego, el aire, el agua y la tierra están en el hombre y el se sostiene por ellos.” Fuego, aire, agua y tierra son los cuatro elementos que se entendían como constitutivos básicos de la realidad toda, incluido el hombre; hoy tendrá otros nombres pero la idea es la misma: el ser humano no sólo es un universo en miniatura sino que además comparte con el macrocosmos la materia de la cual está hecho, el entramado del universo y la naturaleza los descubre en su cuerpo. La naturaleza, al ser creada por Dios, es una fuente privilegiada de aprendizaje y de contemplación de la misma imagen de Dios; [20] en ella –como sucede en el mismo hombre– Dios ha dejado su huella como la moneda muestra a su señor. [21]
La naturaleza es entendida entonces como una realidad en la cual el hombre está involucrado y con la que comparte su carácter creatural: pero ¿cual es su finalidad?, ¿para qué fue creada?, ¿sólo para manifestar a Dios?

2. La Creación al servicio del hombre, el hombre al servicio de Dios

Decíamos que la creación lleva impresa la huella de su Creador como la moneda muestra a su señor, y continúa explicándonos Hildegarda: “En efecto, Dios creó el mundo al cual quiso preparar como un tabernáculo destinado al hombre”, [22] el mundo fue creado para el hombre, para: estar a su servicio, ser consuelo y ayuda, y ayuda no sólo a nivel material.

Estar a su servicio: “Desde la eternidad, el deseo de Dios fue que su obra, es decir el hombre, fuera hecho, y cuando hubo cumplido esta obra suya, le confió a todas las criaturas para que el hombre pudiera trabajar sirviéndose de ellas del mismo modo que Dios hizo su obra, esto es el hombre.” [23] La creación toda es confiada al hombre con gran delicadeza por el Padre Creador, para que se sirva de ellas y la utilice con la ternura y cuidado que Él mismo había puesto al crear al ser humano: “[...] el hombre domina sobre todas las criaturas, sometiéndolas a vuestra voluntad para proveer a todas las necesidades propias. Ya que del mismo modo que el hombre siente fe, temor y amor hacia la omnipotencia de Dios, así las criaturas se fijan en el hombre y le quieren como a un dios, cuando son nutridas por él y domadas por el temor.” [24] Cuando Hildegarda describe al hombre en su obra Scivias la vemos recapitular los distintos elementos que forman parte de esta relación hombre mundo: “[el] hombre, imbuido de hondo entendimiento, que habita en medio de las fuerzas de la creación divina, hecho del barro de la tierra con gran gloria y tan unido a las energías de la creación, que no puede separarse de ellas; porque los elementos del mundo, fundados para servir al hombre, le rinden vasallaje, y él está sentado en medio de ellos gobernándolos por designio divino.” [25] Hildegarda sigue diciéndonos para que más fuera creado el mundo:

Ser consuelo y ayuda: “En su eternidad, Dios previó todas las criaturas, Él las creó en la plenitud del amor para que el hombre, en su compañía, no careciera ni de consuelo ni de ayuda, y las ató al hombre como la llama está ligada al fuego.” [26] No quisiera dejar pasar la afirmación que hace Hildegarda de la íntima conexión que hay entre el resto de la creación y el hombre. La imagen del fuego que utiliza la representa muy gráficamente: la creación está unida al hombre como la llama está ligada al fuego, unión que parece haber sido olvidada con el correr de los años y que el hombre ahora está “recordando”, [27] lo que nos lleva a apreciar también la íntima solidaridad que hay entre ambos. En otro pasaje dice también Hildegarda: “Dios, que ha compuesto el mundo a través de los elementos para gloria de su nombre, lo ha estabilizado con los vientos, lo ha iluminado con la ayuda de las estrellas, lo ha llenado con todas las otras criaturas. Rodeó al hombre de todo lo que existe en el mundo para fortalecerlo y lo dotó de gran energía para que toda la creación lo ayudara. Toda la naturaleza tenía que estar así a disposición del hombre, para que con ella el hombre trabajara, por cuanto sin ella no puede vivir ni sobrevivir.” [28]
Hildegarda como médica habrá podido apreciar además cuán útiles son para el hombre los variados elementos que conforman el mundo material puesto que de ellos se puede obtener –cuando no lo son ellos mismos– medicinas que alivian al ser humano. No olvidemos tampoco sus famosas recetas y la conexión que la misma Hildegarda establece entre la comida y la salud.

Ayuda no sólo en el ámbito material:Todas las criaturas que Dios ha hecho, tanto en el mundo superior como en el inferior, las ha asociado al hombre para que le fueran útiles. Si el hombre las utiliza para acciones perversas, el juicio de Dios las hará instrumentos de venganza. Las criaturas están destinadas a ayudar al hombre en las necesidades del cuerpo, lo que incluye también el sentido de ayudar a la salvación del alma.” [29]  Sería salirnos de tema quizás explayarnos sobre este punto, pero vemos a menudo que no sólo los grandes desastres naturales sino las enfermedades, el dolor y el sufrimiento son un momento singular en la vida de los hombres, y lo llevan en más de una ocasión, a elevar la mirada a Dios o al menos a reflexionar sobre la propia conducta, para poner en orden la escala de valores que los mueve a obrar y vivir...
Este mundo, creado para el hombre, le es entregado para que lo cuide, por tanto él no es dueño, sino administrador por designio divino; le fue entregado para su ayuda y para que se sirva de él, pero de él es responsable y ha de dar cuenta. Lo que se busca de un administrador es que sea fiel, [30] por eso cuando no lo es debe atenerse a las consecuencias...

3. El hombre desobedece, la creación se rebela

Dada la intrínseca conexión que existe entre el hombre y la creación no ha de pasar desapercibida a la misma creación la desobediencia del hombre a su Creador, nos dice Hildegarda: “...la creación, hecha para servir al hombre, nunca había sufrido adversidad; pero cuando el hombre se sublevó, desobedeciendo al Señor, abandonó su calma y se llenó de inquietud: desató terribles y funestas calamidades sobre el hombre a fin de cohibirle por lo mucho que se había denigrado. ¿Qué quiere decir esto? Que la creación, sometida al hombre para servirle, se opuso a él cuando el hombre se alzó en rebeldía contra Dios en el jardín de las delicias.” [31] La desobediencia del hombre a su Dios lleva a que el resto de la creación, que cumple su ciclo natural constantemente, se vuelva contra quien quiebra esta obediencia debida al Creador. “El hombre es el único que puede transgredir la ley natural por voluntaria elección, al hacerlo desnaturaliza a toda la creación y a sí mismo y esto constituye la suprema iniquidad.” [32]
Veamos un artículo de hace unos años en La Nación bien podría haber sido de ayer–, que nos da un panorama de la situación en general:

Desde hace más de tres décadas científicos y humanistas advierten contra el proceso de destrucción de la naturaleza y del tejido ecológico necesario para la continuidad de la vida en el planeta. Es un llamado del sentido común: no seguir envenenando el aire, el agua, los peces, los árboles; no hacer desaparecer especies enteras ni seguir derramando petróleo en los mares; no convertir el cielo ni la tierra en basurales de residuos nucleares, ni que abonos inicialmente benéficos terminen siendo un veneno para las napas freáticas. Nos hemos habituado a una erosión indetenible del suelo, a inundaciones sin freno, a medicamentos perjudiciales pese a los controles de expertos, masacres de animales, ciudades convertidas en selvas, dudosos alimentos transgénicos, etcétera. La naturaleza, las criaturas de la creación, están sometidas a una colonización humana depredatoria.” [33]

El comportamiento tiránico del hombre con el resto de la creación no dejará de tener consecuencias, la creación se volverá contra el hombre y le hará sufrir las implicancias de su obrar y, obedeciendo a Aquel que le dio sus leyes, será instrumento de la Justicia Divina , como ya nos dijo Hildegarda: “Si el hombre las utiliza para acciones perversas, el juicio de Dios las hará instrumentos de venganza.” [34] Catástrofes naturales y enfermedades nos hablan de un orden que se ha trastocado, acostumbrados a vivir en este mundo y a servirnos de él olvidamos que tiene un delicado equilibrio del que somos parte integrante y responsable, las adversidades que repentinamente golpean al hombre le recuerdan esta realidad: no está solo en el mundo ni puede servirse de los recursos naturales indiscriminadamente, no debe comportarse con la creación que le ha sido confiada como un tirano. Las leyes naturales pueden ser traspasadas, quebrantadas, pero toda transgresión de las mismas introduce un desequilibrio que se extiende al resto de la creación: “Si el hombre hubiese obrado respetando su naturaleza originaria, también las estaciones y las condiciones del aire hubieran permanecido inmutables, es decir, esta primavera hubiera sido como aquella que pasó, y este verano como el pasado y así el resto. Pero, habiendo el hombre traicionado su amor y su respeto de Dios por desobediencia, todos los elementos, a su vez, sobrepasaron sus propios límites... si infringe la justicia con sus acciones, oprime y oscurece el sol y la luna, los cuales, reflejando su obrar, producen tormentas, lluvias y sequía.” [35] Actualmente no es difícil ver imágenes de las consecuencias del obrar humano: terrenos fértiles se convierten en desérticos, inundaciones, cambios climáticos... el obrar irresponsable del hombre nos ha llevado a esto. Al respecto Hildegarda nos dice: “como un hombre que tuviese en la mano una red y la moviese, del mismo modo el hombre sacude los elementos, cuando éstos cambian las condiciones atmosféricas según su obrar.” [36]
Cuando hablamos del obrar humano que contradice las leyes del Creador nos situamos en dos planos: por un lado el de lo personal, y por el otro el del hombre que al obrar daña la naturaleza, porque Hildegarda nos plantea que el desorden, la falta moral del hombre, tiene consecuencias en la creación entera. Y no sólo se afecta la creación cuando se contaminan ríos o talan árboles sino que el odio, el egoísmo, el orgullo, la falta de respeto a la vida, ya sea en su inicio como en su fin natural y las conductas morales desordenadas comportan un obrar que conculca el orden dado y coloca arbitrariamente al propio sujeto como norma de conducta sin respetar la “gramática escrita en el corazón del hombre por su divino Creador.” [37] Nos dice entonces Hildegarda que la creación toda se convierte también en instrumento de la justicia divina, Dios permite estas calamidades que son consecuencia de las mismas acciones humanas:

Los elementos produjeron  –en su desorden y por querer divino– terribles turbaciones, exponiendo a muchísimos peligros al mundo y a los hombres. El fuego era entonces como una lanza, el aire como una espada, el agua como un escudo y la tierra como un dardo, todos arrojados por venganza sobre los hombres. Los elementos, en efecto, estando sujetos a los hombres y reflejando las acciones humanas, llevan a cabo a veces de este modo su tarea. En efecto, cuando los hombres se agitan en las batallas, en los horrores, en el odio, en la envidia y en el cometer crueles delitos, entonces los elementos son dislocados y asumen los nuevos y hostiles rostros del calor o del frío, de las lluvias (effusioni) o de las inundaciones. Y así ha sido desde la primera disposición de Dios, que estableció que los elementos operasen según las acciones humanas, porque por estas son tocadas, y el hombre obra en ellos y con ellos. Cuando los hombres están en el recto camino y obran el bien y el mal con moderación, desarrollan su tarea en la gracia de Dios, según la necesidad.” [38]

Distinguíamos dos planos, la actuación moral desordenada y el efectivo obrar hacia fuera, por tanto en ambos planos actuará la justicia divina: “Si el hombre, en cambio, descuida a Dios, incurre muy a menudo en el castigo de su cuerpo por el justo juicio de la divinidad, tal y como hemos dicho. Así, el azote de Dios lo somete a su poder tanto por parte de los elementos y por las criaturas superiores como por parte de las inferiores, con calor y con frío, con sequía y con humedad y con muchas otras aflicciones, porque al no observar la constancia en las virtudes no quiso comprender qué debía hacer.” [39]
Frente a este panorama que se nos presenta, ¿qué debe hacer el hombre? ¿Cuál es la salida?

4. La conversión del corazón, base fundamental de una ecología auténtica

“[...] lo mismo que el hombre le pide a Dios que se calmen las horribles tempestades y que le sea concedido todo lo que le es necesario, así tiene que pedir que sea vencida en él la mala ciencia.” [40] .

El orgullo, el egoísmo, el deseo de dominio debe ser vencido en el hombre para que pueda relacionarse rectamente con el Creador, con la creación y consigo mismo, pero eso no puede hacerse sin una auténtica conversión del corazón, lo cual implica una humilde obediencia a las leyes que el Creador ha dispuesto en la creación, el respeto y cuidado de la vida y de la creación toda de la cual es, lo decimos una vez más, un administrador.
En su última encíclica, Caritas in veritate, el Papa Benedicto XVI nos entrega un camino de solución para el problema ecológico que está en asombrosa línea de continuidad con lo que Hildegarda nos propone. Dice en el número 51:

El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. [...]. La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que exista una especie de ecología del hombre bien entendida. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente unida a la cultura que modela la convivencia humana: cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia. Así como las virtudes humanas están interrelacionadas, de modo que el debilitamiento de una pone en peligro también a las otras, así también el sistema ecológico se apoya en un proyecto que abarca tanto la sana convivencia social como la buena relación con la naturaleza.
Para salvaguardar la naturaleza no basta con intervenir con incentivos o desincentivos económicos, y ni siquiera basta con una instrucción adecuada. Éstos son instrumentos importantes, pero el problema decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental, es una contradicción pedir  las nuevas generaciones el respeto del ambiente natural, cuando la educación y las leyes no las ayudan a respetarse a sí mismas. El libro de la naturaleza es uno e indivisible, tanto en lo que concierne a la vida, la sexualidad, el matrimonio, la familia, las relaciones sociales, en una palabra, el desarrollo humano integral. Los deberes que tenemos con el ambiente están relacionados con los que tenemos para con la persona considerada en sí misma y en su relación con los otros. No se pueden exigir unos y conculcar otros. Es una grave antinomia de la mentalidad y de la praxis actual, que envilece a la persona, trastorna el ambiente y daña a la sociedad.”

Hildegarda nos hablaba también –utilizando las palabras del Santo Padre– de una ecología humana y de una ecología ambiental;una y otra son indispensable para un desarrollo verdaderamente humano sobre el planeta que comporte una real y verdadera paz del hombre consigo mismo, con sus semejantes y con la creación. Hace más de ochocientos años esta monja benedictina nos proponía un camino a seguir. Hoy, con impresionante actualidad, nos lo vuelve a proponer, escuchemos su llamada y obremos en consecuencia, por el bien de la humanidad y la creación entera. Pues “[...] quien no confía en Dios ni comprende que ha sido creado por Dios, antes bien lo regaña como si fuera culpable de sus pecados y como si Dios no le hubiera enseñado los caminos de la justicia. Quien no quiere contemplar la salida y la puesta del sol, de la luna y de las estrellas, que Dios ha puesto en el cielo, ni el viento con sus ráfagas, ni la tierra con sus océanos y las otras criaturas que Dios ha creado para el hombre, ni reconoce en ellas la dignidad con que fueron creadas, ése desprecia a su Dios, que no tiene principio ni fin, y destruye cualquier criatura, antes de conocerla y ni siquiera se conoce a si mismo perfectamente.” [41]

BIBLIOGRAFÍA:

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Juan Pablo II, Carta al Obispo de Maguncia con ocasión del 800 aniversario de la muerte de Santa Hildegarda
Massuh, VÍctor El puesto del cosmos en el hombre. La Nación , suplemento cultura, 2 de diciembre de 2001.
Schmitt, Mirian.Hildegard of Bingen: Viriditas, Web of Greening Life-energy”. The American Benedictine Review. 1999; 50(3-4): 253-76; 357-80.


NOTAS:

[1] Carta al Obispo de Maguncia con ocasión del 800 aniversario de la muerte de Santa Hildegarda. 8 de septiembre de 1979. (vuelve al texto)
[2] Cfr. Gialdi, Silvestre ofm. cap. Fundamentos franciscanos de justicia, paz y ecología. Cuadernos franciscanos, 1991, nº 96 (http://www.franciscanos.net/teolespir/ecologiagialdi.htm) (vuelve al texto)
[3] Cfr. Faggin; Vanni-Rovighi; Di Napoli; Giacon. Historia de la Filosofía. Tomo I,  p. 256 (vuelve al texto)
[4] GonzÁlez Ochoa, César. A lo visible por lo invisible. Imágenes del occidente medieval. México: UNAM, 1995, p. 39. (vuelve al texto)
[5] Neocosmos de primis sex dierum. (vuelve al texto)
[6] GonzÁlez Ochoa, César, ob. cit., p. 37-38 (vuelve al texto)
[7] Gilson, E. La filosofía en le Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta fines del siglo XIV. Madrid: Gredos, 1989, p. 309. (vuelve al texto)
[8] cfr. Eco, Umberto. Arte y belleza en la estética medieval. (vuelve al texto)
[9] cfr. Eco, Umberto, ob. cit, p. 29ss. (vuelve al texto)
[10] Fraboschi, Azucena. Hildegarda de Bingen. La extraordinaria vida de una mujer extraordinaria. Buenos Aires: Educa, 2004, p. 84. (vuelve al texto)
[11] Cfr. Ildegarda di Bingen. Il Libro delle Opere Divine. A cura di Marta Cristiani y Michela Pereira. 3ª ed. Milano: Mondadori, 2004, nota 4 de la Prima visione della Prima Parte, p. 1141; y también más específicamente Schmitt, Mirian. “Hildegard of Bingen: Viriditas, Web of Greening Life-energy”. The American Benedictine Review. 1999; 50(3-4): 253-76; 357-80. (vuelve al texto)
[12] Fraboschi, Azucena, ob. cit., p. 100, nota 185. (vuelve al texto)
[13] Cfr. Ildegarda di Bingen, loc. cit. (vuelve al texto)
[14] Un ejemplo de esta consideración de la naturaleza lo vemos en la obra de Alano de Lille, en cuyo De planctu naturae la figura alegórica de la Naturaleza domina la escena y aparece como fuente de la vida universal. (vuelve al texto)
[15] Es interesante recordar que la palabra “respeto” proviene del verbo latino respicere (mirar), e indica un modo de mirar las cosas y las personas –con solicitud y con cuidado– que lleva a reconocer su realidad y a no tratar de apropiarse de ellas. Esta idea ha sido expresada por Benedicto XVI en una Homilía durante la santa misa celebrada en la parroquia de Santa Ana, domingo 5 de febrero de 2006. L’Osservatore Romano (ed. en español). 10 de febrero de 2006; p. 68. (vuelve al texto)
[16] GonzÁlez Ochoa, ob. cit., p. 82-83. (vuelve al texto)
[17] LDO I, I, 3. (vuelve al texto)
[18] Carta 149r –a Werner de Kircheim–, año 1170, citada por Gronau, Eduard. Hildegard. Vita di una donna profética alle origini dell’ etá moderna. Milano: Áncora, 1996, p. 381. (vuelve al texto)
[19] GarcÍa PeregrÍn, Eduardo. La filosofía ecológica fue anticipada por Francisco de Asís (http://www.tendencias21.net/La-filosofia-ecologica-fue-anticipada-por-Francisco-de-Asis_a2318). (vuelve al texto)
[20] GonzÁlez Ochoa, ob. cit., p. 83. (vuelve al texto)
[21] LDO, I, IV, 105. (vuelve al texto)
[22] Ibíd. (vuelve al texto)
[23] LDO I, II II. (vuelve al texto)
[24] LDO I, II, 46. (vuelve al texto)
[25] Scivias, p. 53 (vuelve al texto)
[26] LDO I, 2, 13. (vuelve al texto)
[27] Es interesante cómo se habla ahora, por ejemplo, de “ecourbanismo”  “arquitectura sustentable” o “bioconstrucción”. Y se explica que: “El principio inquebrantable de este sistema constructivo es respetar a la naturaleza y servirse de ella imitándola [...] La idea es que el diseño de las futuras construcciones no necesitará oponerse al medio ambiente para brindar a la humanidad, aún en mayor medida, una mejor calidad de vida...” (http://filosofia.laguia2000.com/ciencia-y-filosofia/el-hombre-y-la-ecologia) (vuelve al texto)
[28] LDO I, II, 2. (vuelve al texto)
[29] LDO I, III, 2. (vuelve al texto)
[30] Cf. 1 Cor 4, 2  (vuelve al texto)
[31] Scivias I, II, 27. (vuelve al texto)
[32] Cf. Fraboschi, Azucena. Hildegarda de Bingen y la divina ley natural. Ponencia leída en las Terceras Jornadas De Filosofía Del Siglo XII, organizadas por el Departamento de Filosofía Medieval (Universidad de Navarra), el Centro de Estudios Filosóficos Medievales (Universidad Nacional de Cuyo) y la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad Católica Argentina), los días 30-31 de agosto y 1 de septiembre de 2006. (vuelve al texto)
[33] Massuh, VÍctor. El puesto del cosmos en el hombre. La Nación , suplemento cultura. (vuelve al texto)
[34] LDO I, 3, 2. (vuelve al texto)
[35] Cause e cure delle infermità. p. 56. (vuelve al texto)
[36] Cause e cure delle infermità. p. 57. (vuelve al texto)
[37] Benedicto XVI, Mensaje  para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz : La persona humana, corazón de la paz. 1 de enero de 2007. (vuelve al texto)
[38] Cause e cure delle infermità. p. 107-8 (vuelve al texto)
[39] LDO I, II, 26. La traducción que utilizo es la de Rafael Renedo Hijarrubia, que se encuentra en el sitio: http://www.hildegardiana.es (vuelve al texto)
[40] LDO I. II, 22, en dicha traducción. (vuelve al texto)
[41] Ibíd . (vuelve al texto)

 

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