LA UBICACIÓN DE LOS PUNTOS CARDINALES

EN LAS ILUMINACIONES DE LA ABADESA DE BINGEN

AZUCENA ADELINA FRABOSCHI
(UCA - CONICET)

Esta ponencia simplemente quiere mostrar una dificultad que puede plantearse a partir de una consideración de las ilustraciones de Hildegarda, y principalmente en el Libro de las obras divinas. Me refiero a la ubicación de los puntos cardinales, ubicación que no es irrelevante por la significación que tiene en el texto del corpus hildegardiano, y por disparidades que aparecen entre el texto y algunas ilustraciones.

Ya en la segunda visión de Scivias tenemos un dato importante al respecto: Lucifer, el ángel de espléndida y luminosa belleza, va en el sentido contrario al que corresponde a la creatura: en lugar de estar a los pies del trono de Dios –el monte sagrado de la Alianza, el Sinaí– quiere poner en él su propio trono, para igualársele en altura y clara excelsitud:

“Ascenderé al cielo, elevaré mi trono por encima de los astros de Dios; me sentaré en el monte de la Alianza, en la ladera norte; subiré más allá de las nubes, seré semejante al Altísimo.” [1]

Y en estrepitosa caída –opuesta a la ascensión anunciada– es precipitado al abismo oscuro de la entera desemejanza con su Creador. Él había dicho: “Quiero brillar allá así como Él brilla aquí” [2] , y en su libro sobre Las causas y los remedios de las enfermedades (Causae et curae) Hildegarda precisa la ubicación de ese lugar:

“Pero Lucifer vio en la región del Aquilón [el Norte] un espacio vacío y sin actividad alguna y quiso establecer en él su trono, para realizar un mayor número de obras y más grandiosas que las que Dios había hecho, ignorando que Dios había decidido crear todas las otras creaturas.” [3]

El Norte aparece profetizado por Jeremías como el lugar desde donde el Señor enviaría sobre el reino de Judá los pueblos que habían de sitiarla –Babilonia–, en castigo de su idolatría y su perversión [4] ; también en Ezequiel (38, 15) encontramos la referencia al Aquilón en términos similares. Por otra parte, la orientación geográfica y la cartografía medieval hacen del Oriente el punto cardinal más importante, ya que es el lugar del inicio de la luz, la aurora del mundo con la creación de la primera pareja humana, y la plenitud de la Revelación con Cristo, el Verbo Encarnado; por consiguiente, es hacia el Oriente que mira el hombre para ubicarse, para “orientarse”, y partiendo de esa posición, el Norte queda a su izquierda, el Sur a su derecha y a sus pies, el Occidente o Poniente.

Aquí confluye otra apreciación de antigua data, que otorga a la izquierda un sentido negativo y lo contrario a la derecha, como vemos en el famoso texto evangélico del Juicio Final: “[...] y todos los pueblos se reunirán ante Él y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los machos cabríos. Y colocará las ovejas a Su derecha, y los machos cabríos a Su izquierda. Entonces el rey dirá a los que estén a Su derecha: Venid, benditos de Mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros [...]. Entonces dirá también a los que estén a Su izquierda: Apartaos de Mí, malditos, hacia el fuego eterno que fue preparado para el diablo y sus ángeles [...]” [5] . Finalmente, recordemos que a lo largo de toda su vida la abadesa de Bingen padeció por causa del viento Föhn, un viento cálido y seco originado en la ladera norte de los Alpes, de devastador efecto para la salud: dolor de cabeza, náuseas, insomnio, trastornos emocionales, debilidad. No es de extrañar entonces la naturalidad con que, aunando el fundamento bíblico y la fijación acostumbrada de los puntos cardinales con su propia experiencia, en todas sus obras señala el Norte como la morada de Satanás, el lugar desde donde adviene al hombre todo mal.

Pero hasta aquí, ¿dónde está la dificultad? Precisamente, en el comienzo mismo, en Scivias, cuyas pinturas –esbozadas por Hildegarda y ejecutadas por los monjes o las monjas del scriptorium– fueron visadas por su autora. Porque las cosas cambian, según que la ilustración se refiera a un lugar, o a una persona; dicho de otro modo, según que nos requiera ubicarnos como espectadores, o en el lugar del protagonista. Así, por ejemplo, frente a El edificio de la salvación (III, 2), Cristo, piedra angular, está en el ángulo superior, correspondiente al Oriente; a nuestra izquierda, en el ángulo norte, se halla el celo o la ira de Dios (un rostro tri-alado); el pilar de la Trinidad se encuentra en el ángulo inferior, el Occidente. Aunque en esta visión está presente la figura de Cristo, el texto ha dado prioridad al edificio y sus partes frente al cual debemos ubicarnos, y por eso puede darse que el Norte esté a la derecha de Cristo, porque no está la consideración de Él como persona, sino como piedra angular, una parte arquitectónica, aunque fundamental.

Scivias III, 2

En cambio en El Juicio Final (III, 12) somos nosotros quienes seremos juzgados por el Hijo del Hombre y destinados a Su derecha o a Su izquierda, a salvación o a condenación eterna. Es por eso que en el texto, manteniéndose la correspondencia entre el extremo superior y el Oriente, donde aparece Cristo sedente, se indica la región de la izquierda de Cristo (nuestra derecha) como el Aquilón, el lugar de las huestes diabólicas y de los condenados: el hombre no puede ponerse aquí como espectador sino que aparece involucrado como uno de sus actores. No mira la pintura, la protagoniza.

Scivias III, 12

Las ilustraciones del Libro de las obras divinas fueron indicadas por la abadesa de Bingen, pero la muerte la sorprendió antes de su ejecución por parte de las monjas del scriptorium del monasterio de San Ruperto, quienes debieron trabajarlas sin la tutela de su superiora. Lo hicieron con esmero, preparando una primorosa edición de la obra con vistas al proceso de canonización que descontaban se abriría en breve tiempo, como efectivamente sucedió. Es para dar fe del origen divino del escrito que, en la pintura correspondiente a cada visión, pusieron una imagen de Hildegarda en su celda, con la mirada dirigida hacia lo alto, y descendiendo sobre ella torrentes de luz, o bien una filacteria que viene de la mano de Dios. Pero hay a veces notorias divergencias entre imagen y texto, como en el caso de la única visión que compone la parte segunda, que suele llevar por título: La estructura del mundo y los lugares de purificación.

Previamente, y en las notas de la última edición que conocemos del Libro de las obras divinas –una cuidada edición bilingüe (latín–italiano) a cargo de Marta Cristiani y Michela Pereira [6] – leamos el comentario de las editoras, con referencia a la segunda visión de la primera parte, en la que la Trinidad aparece abrazando el mundo-macrocosmos en cuyo centro se encuentra el microcosmos, el hombre:

“Con la mirada interior, Hildegarda percibe la visión colocada en lo alto, suspendida en el cielo, orientada entonces según la orientación de las cartas celestes: el Oriente en la parte superior, el Occidente en la inferior, el Sur a la izquierda (de quien mira el mapa, a la derecha de la figura, en este caso de la figura del hombre representada en el centro), el Norte a la derecha (siempre de quien mira). La persona que tiene a su cargo la iluminación prefiere más bien un esquema terrestre, colocando el Sur en la parte alta de la página, según una difundida tradición manuscrita (siendo éste el único punto cardinal determinable con seguridad, es fijado en primer término), el Norte en la parte baja, el Oriente a la izquierda de quien mira (a la derecha de la figura representada), el Occidente a la derecha de quien mira (la izquierda de la figura). La línea que separa el espacio del Aquilón (el Norte) de la zona meridional es entonces una línea horizontal que corta la página por la mitad. En la lógica de la visión, que se revela principalmente en el comentario, la línea debiera cortar la página por la mitad en sentido vertical.” [7]

LDO I, 2

La primera afirmación del texto que venimos de leer coincide con la nuestra tratándose, como es éste el caso, de una figura humana. En cuanto a la segunda, la que se refiere a la cartografía terrestre, queremos simplemente apuntar la existencia de cartas geográficas y de esquemas de la época que presentan en su parte superior, como ya lo hemos dicho, el Oriente y, más específicamente, la indicación del continente asiático; a la derecha de quien mira, esto es al Sur, ubican el África, y en la parte baja opuesta al Oriente, esto es, en el Occidente, está Europa. En el centro, y con un valor evidentemente simbólico, está Jerusalén.

Pero vamos sin más dilación a la visión de LDO II, 1. Aquí la desemejanza de la ilustración con respecto al texto llega al absurdo, y es realmente inexplicable. Porque cuando Hildegarda describe cuanto contempla en el lado oriental, fuera de la circunferencia, dice:

“Pero hacia el Oriente, sobre la circunferencia de la tierra, veía a cierta altura un globo rojo rodeado por un círculo de color zafiro del que procedían dos alas a la derecha y dos alas a la izquierda. En ambos lados una de las alas se extendía hacia lo alto y ambas, al llegar a su ápice, se curvaban la una hacia la otra como mirándose; pero en cada lado la otra ala descendía bajando hasta la mitad de la circunferencia de la tierra, de manera que estas dos alas rodeaban la mitad del círculo terrestre, más allá del firmamento. [...] En la parte oriental de la circunferencia y entre las alas mencionadas aparecía un edificio que ascendía hacia aquel globo; y desde el globo hacia arriba, hasta la mitad de las alas superiores, se extendía algo semejante a una  calle sobre la que resplandecía una como estrella radiante.

Y luego, en medio de lo más alto de esas alas se veía un globo de fuego que emitía rayos [...]

Pero hacia el lado occidental, fuera de la circunferencia de la tierra, aparecían las tinieblas que se extendían a ambos lados de la circunferencia, curvadas en forma de arco, hasta la mitad de la misma, hasta donde también descendían las alas inferiores. En esas tinieblas, entre el ángulo occidental y el ángulo septentrional, había otras tinieblas más densas y penetrantes, que tenían la forma de una boca abierta, horrible y devoradora, y que se hallaban adheridas a otras densísimas e infinitamente terribles que eran exteriores a las anteriores, como si fueran su boca abierta en una mueca de risa.” [8]

LDO II

Y notamos que:

1.  son muy claras en el texto las referencias a los movimientos de ascenso y de descenso, que no pueden confundirse con los que se dirigen hacia delante o hacia atrás (en el dibujo);
2.  pero además, el movimiento ascensional aparece vinculado a la parte oriental, de lo que se sigue que deben ir unidos en el dibujo, guardando la orientación indicada;
3.  el texto ubica entre los ángulos occidental y septentrional la figura maligna, en forma de boca devoradora; pero el dibujo, si bien la pone en lo que en su perspectiva corresponde a dicha indicación, es impreciso en cuanto a la dirección última, ya que el conjunto de sombras está orientado hacia el oeste o bien en dirección contraria al norte, según se interprete. Pero de ningún modo, hacia el norte.

Por eso hemos rehecho el dibujo en base al texto, simplemente como un intento de dar mayor coherencia a la figura en su relación con el mismo, y lograr una mejor comprensión. Conviene tener presente que las ilustraciones de las restantes visiones del Libro de las obras divinas adolecen de algunas dificultades similares, aunque no son tan notorias ni dificultan la lectura, por lo que no cabe sino contemplarlas, y admirarlas.

LDO II

Creemos, a través de estas breves palabras y pocos dibujos, haber cumplido nuestro cometido: la obra de Hildegarda requiere ─y merece─ una lectura atenta que sin duda nos mostrará que todo está por hacerse. Y Dios mediante, lo haremos.


NOTAS:

[1] In caelum conscendam, super astra Dei exaltabo solium meum; sedebo in monte testamenti, in lateribus aquilonis; ascendam super altitudinem nubium, similis ero Altissimo. (Is. 14, 13-14). (vuelve al texto)

[2] Et uidens locum ubi se subsistere posse putauit, ibi decorem et fortitudinem suam ostendere uolens, in semetipso sic de Deo dicebat: 'Volo fulgere illic quemadmodum et iste hic'. (Hildegardis Scivias I, 2, 2, p. 14-15. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B. Turnhout: Brepols, 1978. (CCCM 43-43a)). (vuelve al texto)

[3] Lucifer autem ad aquilonem locum vacantem nec aliquid operantem vidit et ibi sedem suam ponere voluit, quatinus illic plura et maiora deo operaretur, voluntatem ipsius ad creationem reliquarum creaturarum ignorans. (Hildegardis. Causae et curae 1, p. 1, 14-18. Ed. Paul Kaiser. Leipzig: Teubner Verlag, 1903). (vuelve al texto)

[4] Et dixit Dominus ad me: Ab aquilone pandetur malum super omnes habitatores terrae; quia ecce ego convocabo omnes cognationes regnorum aquilonis, ait Dominus, et venient et ponent unusquisque solium suum in introitu portarum Ierusalem et super omnes muros eius in circuitu et super universas urbes Iuda [...].” (Jer. 1, 14-15). (vuelve al texto)

[5] […] et separabit eos ad invicem, sicut pastor segregat oves ab haedis, et statuet oves quidem a dextris suis, haedos autem a sinistris. Tunc dicet rex his qui a dextris eius erunt: Venite, benedicti Patris mei, possidete paratum vobis regnum […]. Tunc dicet et his qui a sinistris erunt: Discedite a me, maledicti in ignem aeternum, qui paratus est diabolo et angelis eius […] (Mat. 25, 31-46). (vuelve al texto)

[6] Ildegarda di Bingen. Il libro delle opere divine. A cura di Marta Cristiani e Michela Pereira con un saggio introduttivo di Marta Cristiani. Traduzione di Michela Pereira. [edición bilingüe, incluye el texto latino de CCCM]. 2ª ed. Milano: Arnaldo Mondadori, 2003. 1318 p. (I Meridiani. Classici dello Spirito). (vuelve al texto)

[7] Ibíd., p. 1150-51. (vuelve al texto)

[8] Sed uersus orientem supra prefatam terrę rotunditatem in quadam altitudine uidebam globum rubeum circulo saphirini coloris circumdatum, a cuius dextra et sinistra parte utrimque duę alę procedebant, quarum altera earundem duarum partium ab utraque parte eiusdem circuli sursum in altum se extendebat, ita ut ambę in summitate sua recuruando ad inuicem respicerent; altera uero ab eisdem partibus deorsum usque ad medietatem predictę rotunditatis terrę descendebat, ita ut ęedem alę eandem medium rotunditatem extra firmamentum circumamplectendo tegerent. [...] Ab ipsa autem rotunditate uersus orientem inter prefatas alas quasi edificium sursum usque ad supradictum globum ascendens apparebat, et ab eodem globo sursum usque ad medietatem predictarum alarum uelut platea extendebatur, supra quam quasi stella candida radiabat. Et deinde inter summitatem earundem alarum uelut globus igneus quosdam radios de se emittens uidebatur […] Sed et uersus occidentem extra predictam terrę rotunditatem tenebrę apparebant, quę ab utraque parte eiusdem rotunditatem ad medietatem ipsius, quo et prefatę alę deorsum descendebant, in modum arcus se extendebant. In quibus inter angulum occidentalem et angulum septentrionalem alię densiores et acriores tenebrę uelut formam horribilis et deuorantis hiatus oris habentes erant, aliis quibusdam densissimis et pessimis infinitisque tenebris, quę extra istas erant, quasi os et rictus earum essent, adherentes. (Ildegarda di Bingen. Il libro delle opere divine II, 1, 1, p. 668-70). (vuelve al texto)

 

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