EL
LIBRO DE LOS MERECIMIENTOS DE
LA VIDA, 1 La Flojedad de Ánimo
y
la Divina
Victoria
Azucena Adelina Fraboschi
(UCA)
El libro de los merecimientos de la vida,
escrito entre los años 1158 y 1163, es la segunda obra de
la gran trilogía hildegardiana, cuyas otras dos obras son: Scivias (Conoce
los caminos del Señor, 1141-51) y El
libro de las obras divinas (1163-73/74). El texto adopta la forma
de un diálogo entre virtudes y vicios, diálogo que
constituye una verdadera batalla entre los deseos desordenados del
hombre y el orden ético cristiano. Esta obra se desarrolla
en torno a una imagen, la de “un Hombre de estatura tan grande
que tocaba desde lo más alto de las nubes del cielo hasta
el abismo”, y que representa a Dios.[1] En cada una de las seis secciones del libro el Hombre vuelve
sus ojos hacia diferentes direcciones; habla entonces de lo que ve y oye, interpretando
su significado para Hildegarda. En la primera parte de la obra hay
siete pares de vicios y virtudes, de entre los cuales hemos seleccionado
para nuestra exposición el quinto par: Flojedad de Ánimo
vs. Divina Victoria.
LA FLOJEDAD DE ÁNIMO. La quinta
imagen tenía
como una cabeza humana, excepto que su oreja izquierda era como la
oreja de la liebre, pero tan grande que cubría toda la cabeza.
El resto del cuerpo se asemejaba al cuerpo de un gusano, que carece
de huesos y yace metido y enroscado en su agujero, como un infante
que está envuelto en sus ropitas. Y temblando dijo: “No
quiero perjudicar a nadie, para no ser desterrado y encontrarme sin
el consuelo de una ayuda. Porque si yo injuriara a otros, perdería
mis medios de subsistencia y quedaría sin amigos. Honraré a
los nobles y a los ricos, pero no me ocuparé de los santos
y de los pobres, porque no pueden reportarme beneficio alguno.
Quiero complacer a cada uno para no perecer. Pues si luchara
con alguno, quizá me golpearía; y si dañara a alguien,
me devolvería un daño mayor. En tanto esté con los
hombres, permaneceré tranquila con ellos; y ya sea que actúen
bien o mal, guardaré silencio. Pues a veces es mejor para mí mentir
y engañar que decir la verdad; también es mejor adquirir
algo que perderlo, y huir de los fuertes que pelear contra ellos.¿De
qué serviría que comenzara lo que no puedo acabar? Los
triunfadores y los sabios se ríen de mí; que ellos tengan
lo que tienen, pero yo tendré la casa que elegí. Pues
a menudo quienes dicen la verdad pierden sus bienes, y quienes pelean
a veces pierden la vida.”[2]
Veamos
en primer lugar su aspecto, que el mismo texto se encarga de explicar.
Tiene cabeza humana, excepto
que su oreja izquierda es como la oreja de la liebre, pero tan
grande que cubre toda la cabeza. Pues los hombres necios, en
su insensatez, creen que son honestos; en esa misma insensatez
aman la ociosidad y no avizoran ni proveen para sí bien
alguno sino que, volviéndose hacia lo malo que han escuchado,
cobardemente se dedican a las murmuraciones y a la difamación.[3]
La
cabeza humana significa la presencia de la racionalidad como condición
específica del hombre; por ello es que a continuación
se hace mención de la necedad como negación de la razón
operante, esto es, del conocimiento; negación que lleva a
la insensatez, al obrar irracional y, por tanto, inhumano. Sin embargo
la naturaleza humana está allí y clama, y por eso el
hombre quiere creerse honesto, es decir, un hombre de bien. A la
insensatez se ha unido la ociosidad, y por eso el hombre, incapaz
ahora de bien alguno, ya no puede discernir en función de
una elección que honre su libertad, sino que llevado por la
ley del menor esfuerzo decide en función de su comodidad que
no quiere ser estorbada, y de una imagen que no acepta ver mancillada.
Mancillada, porque en la renuncia al esforzado uso de la razón
y a los trabajos de la voluntad; en la entrega de su libertad al
arbitrio de otros de quienes a modo de retribución espera
tan sólo un lábil bienestar sujeto a diversas vicisitudes,
en todo ello vulnera gravemente su imagen creacional, la imagen de
Dios. El detalle
llamativo en esta presentación es la oreja de la liebre cubriendo
el oído y la cabeza toda. San Benito, refiriéndose a la
fuente de todo conocimiento, a
la Sagrada Escritura
, dice:
[...] y abiertos nuestros ojos a la luz divinizante, escuchemos
con oídos atentos lo que la voz divina, con Su clamor de cada
día, nos advierte diciendo: ‘Si hoy oyereis Su voz,
no queráis endurecer vuestros corazones’; [...] ¿Y
qué dice? ‘Venid, hijos, escuchadme, os enseñaré el
temor de Dios’ [...].[4]
La
vista y el oído son las dos entradas tradicionales de todo
conocimiento, pero hay aquí una diversificación interesante,
puesto que mientras la referencia a
la Luz
deificante apunta a la iluminación del entendimiento por
la Verdad
que lo deslumbra, la referencia que se hace al oído habla de la actitud
del amor humano ante esa Verdad que es su soberano Bien: un corazón abierto,
dócil y maleable que acoge al Amado y permite Su impronta (“Ponme
como un sello sobre tu corazón”, dice
la Esposa
del Cantar de los Cantares 8, 6), y no un corazón
que Lo rechaza, endurecido y cerrado; un corazón que aprenderá a
temer la pérdida de Aquel a Quien ama y se aplicará a retenerlo
con las diligencias de su amor, y no un corazón desinteresado y negligente,
porque de este último hace presa el demonio con sus engaños y seducciones. Subrayamos
entonces la importancia del oído como puerta del conocimiento –recordemos
que tanto la cultura antigua cuanto la medieval son culturas principalmente
orales–, y la necesidad de elaboración e integración
de los conocimientos para la comprensión, conservación
y aplicación de los mismos en la conducta, esfuerzo que implica
una actitud de seriedad ante la vida. En esto consiste la sabiduría,
a la que nada se opone tanto como la necia insensatez. Se entiende ahora
mejor el significado de la oreja de la liebre: cubriendo el oído
ha obstruido la puerta de entrada del conocimiento del bien, que hubiera
permitido al hombre obrar con rectitud; y éste, con su desinteresada
negligencia, ha abierto la puerta de su corazón al demonio y su
malicia, con lo que se cumple aquello de que “de la abundancia
del corazón habla la boca”. Porque dijimos que este hombre
no quiere verse, no quiere reconocer la desnaturalización en la
que ha incurrido, y para ello no encuentra mejor remedio que descalificar
a los demás, mediante la vana conversación, la murmuración
y las calumnias. Pero continuemos con nuestra imagen,
y veamos la descripción del cuerpo.
El resto del cuerpo se
asemeja al cuerpo de un gusano, que carece de huesos y yace metido
y enroscado en su agujero, como un infante que está envuelto
en sus ropitas. Esto es que a causa de su vicio, los hombres
fastidiados y timoratos vuelcan la confianza que deberían
tener en el auxilio de Dios y en la ayuda de los hombres, en sus
sórdidos y furtivos placeres, como un gusano inmundo. Entrando
en lo oculto de sus pensamientos y enredándose con ellos –de
manera tal que no pueden levantarse y elevarse hacia la honestidad
de virtud alguna, sino que con apatía permanecen en la torpeza
de su negligencia y en la necedad de sus vanidades–, confían
más en la debilidad de su carne que en la fortaleza divina,
como lo muestra el mismo vicio con sus palabras ya vistas.[5]
La
imagen del gusano nos remite al profético anuncio del Salmo 22, 7-8: “Pero Yo soy gusano y no hombre, oprobio de
los hombres y desecho del pueblo. Todos los que me ven se burlan
de Mí; hacen una mueca con los labios moviendo la cabeza”,
referido a Cristo, a Quien a través de la despreciable figura
del gusano muestra en Su máxima humillación.Retenemos
la afirmación: “no hombre”, que coincide con lo que
antes hemos afirmado: este vicio deshumaniza al hombre porque lo enajena
de lo propio: la clara luz de la inteligencia, la fortaleza del amor,
la libertad del albedrío. Tal el hombre que se coloca por debajo
de sí mismo, el hombre pecador: gusano, no hombre... La
confianza en Dios y en el hombre requiere precisamente todo aquello
a lo que
la Flojedad
de Ánimo ha renunciado: el discernimiento para saber en quién
confía, la fortaleza que trabaja y sustenta la confianza, la
libertad que la elige cada día. A esa dirección centrífuga
del obrar humano se opone la dirección centrípeta que
encierra y entierra al hombre en sí mismo, en la maraña
de sus cavilaciones, de sus temores, de sus placeres compensatorios,
sin poder salir de su rastrera actitud porque carece del vigor de su
dignidad humana, reconocida y amada. La superficialidad de sus razonamientos,
la molicie de su vida, su falta de integridad nos hablan de ese ser
carente de columna vertebral, débil, que da mil vueltas en una
y otra dirección a fin de acomodarse placenteramente, sin molestia
alguna: el gusano... Por
esto leemos poco más adelante en el texto de Hildegarda:
La Flojedad de Ánimo no resplandece en el temor de Dios. La Flojedad
de Ánimo no brilla en el temor de Dios, ni arde en el fuego de la amorosa solicitud
por el honor de Dios.[6]
El Temor de Dios aparece
mencionado en Scivias 1, 1 y en otra obra contemporánea
a ella: El drama de las Virtudes.Se
lo representa con una figura de ojos heterotópicos –es decir,
múltiples ojos situados en diversas partes que no son las que
naturalmente corresponden– para significar su clarividencia, porque
en su humildad puede conocer a su Dios y Señor y conocerse en
su creatureidad (su gloria y su miseria), y de allí su temor:
el temor de perder a Aquel que es su verdadero ser, por Quien, de Quien
y para Quien es; finalmente, el temor de perder a Aquel a Quien ama.
El temor de perder a su Dios. Por ello su agudísima y penetrante
mirada, que procede de la claridad de la recta intención, vigila
con amor diligente y fuerte celo por el cumplimiento de la eterna voluntad
salvífica. Por eso sus ojos sólo tienen esa mirada, profunda
e indeficiente, abierta al Reino de Dios y Su justicia. Ésa
es también su fuerza, que triunfa sobre la negligente lasitud
del hombre. ¿Cómo podría
la Flojedad
de Ánimo bañarse en la luz del Temor de Dios, cómo podría
arder en su esforzado amor? Oscurecida la fe, debilitada la esperanza, descuidada
la caridad, nos dice el texto. Y contra ella se alza la respuesta
de
la Divina
Victoria
:
Respuesta de
la Divina Victoria. Y
nuevamente oí, desde aquella nube tempestuosa, una voz que respondía a esta
imagen: “Tú, hablando contra Dios en tu primer engaño, escogiste extraviarte,
y no quisiste imitar Su justicia. Así, en tu vagabundeo, con tu tremenda ofuscación
fuiste al exilio, y mudando la inclinación engañaste también al hombre, porque
en ti no hay probidad alguna. Pero yo tengo la espada de las fortísimas
virtudes de Dios, con la que corto y separo toda injusticia. Por eso con la
misma espada desenvainada te heriré en la mejilla. Me endureceré contra ti
porque eres ceniza en la ceniza, y las cosas que deseas y que reúnes para ti
son pocas y pequeñas. Pues no quiero la vida que yace en la ceniza ni la
vacuidad de las vanidades de este mundo, sino que deseo llegar a la fuente que
brota y fluye. Yo peleo contra la antigua serpiente y destruyo los frutos de
su botín con el misterio de las Escrituras de Dios, con las que siempre lucho
contra los ataques de las flechas del diablo. Y así permaneceré siempre en el
Dios verdadero.”
La Divina
Victoria
forma parte del grupo de siete virtudes que aparece en Scivias 3, 3, y que son justamente las que coprotagonizan la primera
parte del Libro de los merecimientos de
la vida. Hildegarda se explayó sobre las virtudes en Scivias, dejando para este libro, que
es posterior, la profundización en los vicios. Volviendo al texto, y a la respuesta de
la Divina Victoria
: el primer engaño al que se refiere es el de Lucifer, quien pretendió mentirse
a sí
mismo y a sus secuaces, queriendo igualar y superar a Dios. Lo suyo fue la debilidad
de quien carece, precisamente, de la fortaleza de ánimo necesaria para
reconocer y servir a su Dios. El segundo engaño fue perpetrado contra el hombre para
vencer en él a Dios. Hay aquí una doble mudanza de inclinación:
la de Lucifer, que ya no confronta directamente con Dios sino a través
del hombre, y la del hombre, que ya no se inclina en obediencia hacia Su Creador
sino que se vuelve sobre sí mismo, siguiendo su propia voluntad, que termina
siendo la del diablo, su señor. Engañaste al
hombre, porque en ti no hay probidad alguna, dice
la Divina
Victoria
a
la Flojedad
de Ánimo, una de las presencias del demonio en el hombre. Lucifer recurre
a los engaños para atraer al hombre y hacerlo partícipe de su maldad
primero, y de su condena después. Un engaño fue el de presentarse
no bajo su propia forma sino bajo la forma de la serpiente; otro, el de ofrecer
como un bien perfectivo del hombre lo que sabía por experiencia que había
sido su propia condenación: el que quiso ser como Dios promete su “Seréis
como dioses”. La seguridad, el bienestar, la vida misma..., todos los bienes
legítimos mencionados por
la Flojedad
de Ánimo se tornan ilegítimos, y son tan sólo ceniza y
vacío cuando son buscados por sí mismos como bienes absolutos,
cuando como verdaderos ídolos sustituyen al verdadero Dios:
Pero cuando el hombre llega a transgredir
Tus mandatos, rindiendo culto a los ídolos en lugar de hacerlo a Tu
nombre, entonces con justo juicio combates contra Tu enemigo, quien desde su
primer engaño persuadió al hombre para que Te tuviera por nada.
Y entonces envías a la tierra rayos y truenos, derramas un diluvio de
aguas y mandas que la tierra sea estéril; provocas en los hombres enfermedades
y guerras, para que sepan que todo esto no puede acontecer sino por Ti, y para
que conozcan que Tus juicios son verdaderos y justos.
Nos encontramos ante la tormenta, o bien el terremoto, o cualquier
otra circunstancia en que los elementos pierden su curso[7] y su medida y con ello, su actitud de servicio al hombre,
tornándose agentes de devastación natural. Esto acontece en momentos
de una especial presencia divina, prodigiosa en Su operación, con lo
que el desorden de la naturaleza adquiere una significación especial –una “voz
propia” podría decirse– que advierte y castiga al hombre
pecador para que, arrepintiéndose, reconozca a su Creador y Lo alabe
con la humildad de la conversión de su vida. Un ejemplo cabal de esta
situación lo tenemos en el relato de Mateo sobre la muerte del Señor:
El centurión y los que estaban con él
custodiando a Jesús, al ver el terremoto y estas cosas que habían
sucedido, se llenaron de temor mientras decían: Verdaderamente éste
era el Hijo de Dios. (Mat. 27, 50-54).
En este ejemplo podemos comprender muy claramente cómo,
a partir del terremoto y de otras pavorosas manifestaciones, el temor lleva
a los hombres al reconocimiento y proclamación de
la Divinidad
, de ese ser tan absoluta, inconmensurable e inefablemente Otro. El libro de los merecimientos
de la vida presenta al hombre la posibilidad del arrepentimiento y la
purificación –esto es, la confesión de Dios y de Su señorío,
la restauración de la justicia y la conversión de la vida hacia Él– ya
en esta vida:
Y oí la voz que desde
la Luz
viviente me decía: Estas cosas que ves son verdaderas, y como las ves,
así son. Pero los hombres que aman la flojedad de ánimo y no
sirven a Dios con fidelidad y con diligente esfuerzo, si no quieren ser escarnecidos
por esos espíritus, y si quieren librarse de estos sufrimientos, castíguense
con cilicio según haya sido su negligencia, inflíjanse azotes,
mortifíquense también con ayunos y cuiden de los pobres. Y cúmplanlo
de acuerdo al precepto de su director.[8]
Dos
acotaciones cabe hacer al texto que acabamos de leer. La primera de ellas,
aunque la última en el orden de aparición, es que toda práctica
que se encuadre en esta intención y actitud de vida debe ser llevada
a cabo con discernimiento y prudencia, siendo muy de recomendar la consulta
o conversación espiritual con quien sea reconocido, precisamente,
por la presencia de dichas virtudes. Porque en esto todo exceso o defecto
aleja de la virtud. La segunda acotación
se refiere a las prácticas mencionadas: cilicio, azotes, ayuno y atención
de los pobres, y requiere una doble lectura: una de carácter histórico,
y otra que podríamos llamar de adaptación a nuestro tiempo.
La primera es sobradamente conocida, de manera que tan sólo sobre
la segunda haremos una brevísima reflexión, buscando el significado
y lo que podríamos llamar las equivalencias de dichas prácticas
en la vida del hombre, hoy. El cilicio o
cíngulo tiene muchas significaciones, de entre las que retenemos la
de la fidelidad, que implica castidad y requiere protección, aun a
costa del sufrimiento que ocasiona el rechazo de cuanto pretende apartar
al hombre de un compromiso que ha asumido con libertad, y que debe mantener
con la misma libertad fiel, cada día. Y esto vale para todo tipo de
compromiso humano: conyugal, amical, intelectual, social, religioso, etc.,
porque se trata de la integridad en la entrega de sí. Es la victoria
de la verdadera afirmación de sí mismo y de su dignidad sobre
la negación de su verdadero ser, que hace al hombre esclavo de cuanto
no es él. Los azotes hablan
de castigo, el cual tiene un valor punitivo y de restauración de la
justicia objetiva, aunque también de la justicia subjetiva, en tanto
hace posible la rectificación de la conducta para que sea, precisamente,
justa; pero asimismo tienen un valor preventivo, ya que por el padecimiento
presente el hombre reflexionará y fortalecerá su voluntad para
abstenerse en el futuro de la mala acción y de su secuela de castigo.
Cuáles serían los azotes que podemos reconocer en nuestra tiempo?
Además de los azotes provenientes de
la Naturaleza
, hay una inmensa gama de actitudes y de hechos que hacen del hombre un azote
para el otro hombre. Y a esto debemos añadir todo lo que configura la
autoagresión y la deshumanización: todo lo que va desde la frivolidad
de modas perjudiciales para el ser humano en cuanto a su salud psicofísica
y espiritual, pasando por su negligencia en cuanto al crecimiento y madurez personal,
por la relativización y finalmente la negación de la verdad y del
bien, por la idolatría de todos los
ídolos posibles (dinero, poder, sexo, ciencia y técnica, ideologías,
etc.), por la esclavitud de las diversas adicciones, hasta la autodestrucción
que trae el hecho de creerse un dios todopoderoso y desde cada frustración
descubrir que no lo es. Queda en cada uno reconocer los azotes con los que es
llamado a convertirse, pagar su propia deuda, y procurar una vida justa.
El ayuno
es un ejercicio más conocido hoy en día, aunque se encuentra
bastante banalizado en cuanto a su sentido religioso: penitencial por una parte,
y de vaciamiento de sí para dar lugar al Dios que viene, por otra. Sentido éste
que podemos recuperar con la lectura de un texto de El
Pastor de Hermas, obra que Hildegarda conocía bien:
Dios no quiere ese ayuno inútil; pues el que así ayuna
delante de Dios nada hace a favor de la justicia. Pero haz para Dios este ayuno:
no cometas maldad alguna en tu vida, y sirve al Señor con un corazón
puro; cumple Sus preceptos caminando en Sus mandamientos, y que ningún
mal deseo amanezca en tu corazón. Confía en Dios porque si haces
estas cosas y Le temes y te abstienes de toda mala acción, vivirás
para Dios. Y si haces estas cosas, cumplirás un gran ayuno, aceptable
y grato a Dios. Ante todo guárdate de toda palabra mala y de todo mal
deseo, y purifica tu corazón de todas las vanidades de este mundo. Si
cumples estas cosas, éste será para ti el ayuno perfecto. El
día en que ayunes no tomarás sino pan y agua; reunirás
el importe de lo que estabas dispuesto a comer ese día y se lo darás
a una viuda o a un huérfano o a un pobre, y así te tornarás
humilde, para que el que ha recibido de tu humildad sacie su vida e interceda
por ti ante el Señor. Entonces, si así cumples el ayuno, tal
como te lo he mandado, tu sacrificio será agradable a los ojos de Dios.[9]
Es
un bello texto, que integra la última de las prácticas mencionadas
por la abadesa de Bingen: la atención a los pobres. Sin embargo, y
en un sentido más lato, podríamos apuntar a lo que es el ayuno
de sí mismo, de nuestro tiempo, de las actividades programadas, de
la palabra y hasta del silencio, a favor esos otros necesitados que no lo
están de pan o de techo, sino de nuestra persona, de una mirada humana,
de un corazón de carne...
Todas
estas prácticas pueden resumirse en una sola palabra: ascetismo. Palabra
de muy diversa fortuna a lo largo de los siglos, ya que durante mucho tiempo
se pensó
que designaba una actitud contraria a la vida, restrictiva de la libertad personal,
dirigida a causar en el hombre tristeza por vivir en un mundo digno de desprecio,
y otras interpretaciones por el estilo. Como contrapartida Jacques Rousse,
OSB, en un artículo sobre la “Actualidad de la ascesis”,[10] nos da algunas precisiones acerca de la misma que, favoreciendo
su comprensión, nos la tornan más “amigable”, podríamos
decir. Dice Rousse:
Así se podría
definir la ascesis como el conjunto de ejercicios concretos que hacen posible
una ejecución. Sin embargo, debemos hacerlo notar, si los ejercicios
de la ascesis permiten la ejecución, es porque comprometen también
a toda la persona en la conquista, el dominio y el desarrollo de sus diversas
potencias. En efecto, más que un esfuerzo aceptado una vez, de paso,
se requiere aquí una suma de esfuerzos: esfuerzo corporal y espiritual,
esfuerzo que podrá ser fácil, pero que, la mayoría de
las veces, tendrá un aspecto penoso, aun aflictivo, pues habrá que
velar sobre sí mismo para privarse de ciertas cosas que a uno le agradaban,
habrá que elegir y, en consecuencia, renunciar; esfuerzo que habrá que
renovar cada día corriendo el riesgo de la monotonía, del aburrimiento,
esfuerzo finalmente que deberá ser consciente, explícito, metódico.
La
ascesis implica, indudablemente, una clara visión de la meta a perseguir,
que da sentido a un esfuerzo sostenido en el tiempo y graduado en pos de
una progresión; involucra la decisión libre del fin y de los
medios; requiere perseverancia y un espíritu atento y vigilante, tanto
para las afirmaciones cuanto para las negaciones o renuncias. El buen estudiante,
el atleta, el artista, pero también el hombre cotidiano en su familia,
en su trabajo...: hoy por hoy, ¿se puede ser un hombre de bien y vivir
como tal, con integridad, sin ascesis? Y continúa el texto de Rousse: “El
que se somete a semejante ascesis parece adquirir una cierta libertad. Libertad
respecto de sí mismo, libertad respecto a todo lo que rodea y que
ya no podrá
impedir que se alcance el fin. ¿Pero cómo no ampliar aquí el ángulo
de visión? Pues las necesidades que solicitan al hombre, lo hostigan,
lo constriñen, son múltiples y diversas: tabaco, alcohol, ocios, mass-media, pero
además el dinero, la comida, el sexo.Liberarse de ellos, o, por lo menos,
no ser su esclavo...” La visión
cristiana del ascetismo implica, como lo dice Guardini, “que el hombre
se decida a existir como hombre”, ordenando su escala de valores, regulando
sus acciones y entrenando su libertad para un recto ejercicio.
Y para
que el eco de las palabras de
la Divina
Victoria
resuene una vez más, en la continuidad de nuestras vidas:
"Yo peleo
contra la antigua serpiente [...]. Y así permaneceré siempre
en el Dios verdadero."
NOTAS:
[1]Liber vitae meritorum 1,
19. (Hildegardis Liber Vite
Meritorum.
Ed. Angela Carlevaris O.S.B. Turnhout:
Brepols, 1995, CCCM 90)(vuelve
al texto) [2]LVM 1, 9.(vuelve
al texto) [3]LVM 1, 71.(vuelve
al texto) [4] Sancta Regula,
Prologus, 9-12, p. 316-18. (San Benito. Su vida y
su Regla.
Dir. e introd. del P. Dom García M. Colombas. Versiones del P. Dom León
M. Sansegundo. Coment. y notas del P. Dom Odilón M. Cunill. 2ª ed.
Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1968).(vuelve
al texto) [5]LVM 1, 71.(vuelve
al texto) [6]LVM 1, 96.(vuelve
al texto) [7] “Y oí una gran voz [que surgía]
de los elementos del mundo, y que decía al Hombre [Dios]: ‘No podemos
cumplir nuestro curso y finalizar nuestra jornada como nos fue prescripto por
nuestro Maestro, porque los hombres, con sus malvadas acciones, nos han dado
vueltas y trastornado como [lo haría] un molino. Por eso apestamos con
fetidez y hambre de toda justicia.”
(LVM 3, 1, p. 124).(vuelve
al texto) [8]LVM 1, 95.
(vuelve al texto) [9]Hermas. El Pastor.
Ed., trad. y notas por Juan José Ayán Calvo. Madrid: Ciudad Nueva,
1995, p. 190-94 (traducción propia). No
está de más recordar el texto de Isaías 58,
6, en el que luego de denostar la mera práctica exterior, dice: “¿Acaso
no es más bien éste el ayuno que Yo amo: desata las ataduras de
la impiedad, suelta las cargas que oprimen, libera a quienes están quebrantados
y rompe todo yugo? Parte tu pan con el hambriento, lleva a tu casa y recibe en
ella a los necesitados y sin techo. Cuando veas a alguien desnudo cúbrelo,
y no desvíes la mirada ni desprecies a tu prójimo.”(vuelve al texto) [10]Cuadernos Monásticos. 1973;
8(24).
(vuelve al texto)