EL HOMBRE Y SU CAÍDA ORIGINAL
en dos visiones de Hildegarda de Bingen

AZUCENA ADELINA FRABOSCHI
(UCA - CONICET)

 

 

Un silencio de siglos ha acompañado a esta asombrosa, fascinante mujer, una religiosa benedictina del siglo XII redescubierta en los últimos cuarenta años del siglo pasado, y a la que la voz de las ciencias (medicina, psicología), las artes (música, pintura), y diversas vertientes de pensamiento (filosófico, teológico, ecológico, de espiritualidad, etc.) declaran de actualidad. Para citar apenas algunos casos, diré que los musicólogos tienen un gran interés en su música, y en 1979, a los 800 años de su muerte, se constituyó el grupo musical SEQUENTIA, eximio ejecutante de la música de Hildegarda, de la que ya han aparecido varios CDs. Los historiadores de la religión estudian con gran interés sus visiones, porque a lo largo de siglos no se ha dado otro caso de una mística que las tuviese en estado de vigilia, sin perder el conocimiento ni entrar en éxtasis, según lo explicara ella misma al monje Guiberto de Gembloux en una carta conocida como El modo de su visión(1). Los ecologistas, por su parte, la reclaman como una primera conciencia ecológica por el valor que otorgó al mundo natural en tanto manifestación esplendorosa de Dios, a la interacción de hombre y naturaleza y a la responsabilidad del hombre por ella, con el trasfondo de una justicia cósmica. La medicina homeopática pondera su concepción de la salud como equilibrio de cualidades, y el uso de los remedios naturales, y los psicólogos finalmente subrayan su concepto del ser humano como una totalidad, y su peculiar caracterización tipológica de la mujer. Hasta los movimientos feministas cuentan con Hildegarda a la hora de proponer modelos. Entre sus muchas obras podemos mencionar la gran trilogía: Scivias (“Conoce los caminos del Señor” –título que pareciera la contrafigura del Conócete a ti mismo de Abelardo–), obra de carácter teológico que podríamos caracterizar como una historia de la creación del hombre, su caída, su redención y su salvación, finalmente, en la Jerusalén celestial; El Libro de los méritos de la vida, de carácter ético con una fuerte impronta psicológica, y El libro de las obras divinas, que inscribe la interrelación entre macrocosmos y microcosmos en la historia de la salvación. Scivias y El libro de las obras divinas incluyen, además, bellísimas pinturas que aparecen como el medio de transmisión de los contenidos, y no sólo como una ilustración. Son, además, imágenes plurisensoriales, riquísimas, dinámicas y muy elaboradas. También recordamos otras obras como El drama de las Virtudes, el más antiguo drama litúrgico cantado de segura autoría, que habría sido estrenado en la dedicación de la iglesia del monasterio fundado por Hildegarda en Rupertsberg en 1150, y La armoniosa música de las revelaciones celestiales, ciclo de unas setenta canciones litúrgicas –antífonas, secuencias, responsorios, himnos– dedicado a Dios Padre, la Virgen y el Hijo, el Espíritu Santo, los coros angélicos y los santos. Sus obras médicas llevan por título: El libro de la medicina simple o Física, y El libro de la medicina compuesta o Las causas de las enfermedades y sus remedios.

Presentada que ha sido nuestra abadesa y algunas de sus obras, nos detendremos en la primera de ellas, dos de cuyas visiones han dado ocasión para estas líneas.

Scivias 1, 2

En la segunda visión de la primera parte de Scivias, titulada “Creación y caída del hombre”, leemos:

Luego vi como una inmensa multitud de antorchas vivientes dotadas de gran claridad las cuales, al recibir un fulgor ígneo, adquirieron un serenísimo resplandor. Y he aquí que apareció un lago muy ancho y profundo, con una boca como la boca de un foso que emitía un humo ígneo hediondo, desde el cual una horrible tiniebla, alargándose como una vena, tocó una imagen que consideraba engañosa [la serpiente]. Y en una región clara sopló sobre la luminosa nube que había salido de una bella forma humana, y que contenía en sí muchas, muchísimas estrellas; y así la arrojó de esa región y también a la forma humana. Después de esto, un resplandor intenso envolvió la región, y todos los elementos del mundo, que primero habían estado en una gran quietud, presas de la más grande inquietud mostraron horribles terrores.”(2)

Es la síntesis o el resumen del final de la historia. Pero habitualmente las historias se cuentan desde el principio y por eso, aunque sin remontarnos a tan lejana instancia, consideramos traer a colación un bellísimo texto del Libro de las obras divinas (cuarta visión de la primera parte), en que la abadesa de Bingen expresa el divino designio creacional, referido a la primera pareja humana:

Cuando Dios observó al hombre, Le agradó sobremanera, porque lo había creado con el ropaje de Su imagen y según Su semejanza, ya que el hombre había de proclamar, por el instrumento de su voz racional, todas Sus maravillas. Pues el hombre es la plenitud de la obra divina, porque Dios es conocido a través del hombre y porque Dios creó para él todas las criaturas y le concedió, en el beso del verdadero Amor, proclamarlo por su racionalidad, y alabarlo. Pero le faltaba al hombre una ayuda semejante a él, por lo que Dios también le dio esta ayuda en ese espejo que es la mujer, en la cual se ocultaba todo el género humano que debía desarrollarse en virtud de la fuerza divina, como también en virtud de Su fuerza Dios había producido al primer hombre. Y así el hombre y la mujer se unieron para realizarse el uno a través del otro, porque el hombre sin la mujer no se llamaría hombre, ni la mujer sin varón sería llamada mujer.”(3)

El hombre es esa bella forma humana de nuestro texto inicial, espejo de su Creador y de Su creación, que debía devolverle en un himno de alabanza. La mujer, esa nube luminosa fecunda de estrellas, es el espejo del varón, en quien debía continuarse la obra creadora de Dios. Ambos, unidos para su mutua realización. Implicado por el uso del verbo “contemplar”, hay aquí un juego de espejos –de luces– que multiplican imágenes y que enriquecen su significación. Adán contempla en Eva, en ese espejo que es la mujer, a su semejante, su primera imagen; pero asimismo contempla, en la futura maternidad de Eva, a sus hijos, sus imágenes subsiguientes: se sabe a sí mismo en ella y en esos hijos, pero sabiéndose a sí mismo sabe a Aquél de Quien es imagen y semejanza, sabe a su Creador; y Lo sabe también en esa nota esencial y existencial que compartirá por gracia recibida: la fecundidad del amor: como también en virtud de Su fuerza Dios había producido al primer hombre. Y Eva contempla a Adán “como los ángeles contemplan al Señor”(4), porque Adán es para ella el espejo que refleja a Dios, es imagen y semejanza de Dios; por eso su mirada se posa en él como en una etapa del camino, y se refracta hacia lo alto, hacia donde la lleva su deseo, hacia Dios. Y es por este juego de espejos y de imágenes, y es porque el hombre necesitaba para su vida una ayuda semejante a él y porque la mujer esperaba de él la plenitud de su vientre, y es porque la fecundidad del amor forma parte de este juego, que el hombre y la mujer se unieron para realizarse el uno a través del otro. Sabiendo que Hildegarda y su obra son “sinfónicas”, podríamos decir con verdad que tras las luces de estos espejos resuenan como un bajo continuo las palabras de Adán al ver a Eva por vez primera: “¡Ahora finalmente es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará ‘varona’, porque ha sido tomada del varón” (Gén. 2, 23). Porque “no es bueno que el hombre esté solo”(5), había dicho Dios; pero todos los seres vivientes –a los que Adán había puesto nombre, asentando con ello la ordenación jerárquica creacional(6)– no constituían para el hombre una ayuda semejante a él(7), no eran una compañía. Sólo Eva, formada de su costado –“hueso de mis huesos y carne de mi carne”–, es la compañía esencialmente igual, la ayuda entendida como colaboración, su alter ego. Eva, la mujer, es el amor de Adán, el varón.

Pero que Eva fue también su perdición, es el sentir generalizado de los maestros escolásticos de la época. El hombre, decía Abelardo, supera a la mujer en sabiduría y entendimiento y por consiguiente en el amor de Dios, y por eso la serpiente no intentó tentarlo sino que fue en busca de la mujer, quien siempre está tras los placeres, engaños y mentiras(8). Sin embargo, no era ése el sentir de la mayoría de los monjes, como vemos en San Bernardo quien, cuando habla de Eva, no le atribuye la totalidad de la culpa primera y dice que ella pecó por ignorancia, en tanto Adán lo hizo por debilidad, y porque prefirió cumplir los deseos de su esposa antes que los de su Creador y Señor:

La serpiente, oh Eva, te engañó: ciertamente te engañó, mas no te empujó ni te obligó. La mujer, oh Adán, te dio el fruto del árbol: pero en todo caso ofreciéndotelo, no violentándote. Tampoco fue por el poder de ella sino por tu voluntad que preferiste obedecer su voz antes que la voz divina.”
“Ella pecó por ignorancia, él por debilidad. Pecó porque amaba excesivamente a su esposa: no porque hizo la voluntad de su mujer sino porque la prefirió a la voluntad divina. Por lo que también el Señor le dijo: ‘Por esto, porque obedeciste la voz de tu mujer antes que la Mía, maldita sea la tierra por ese acto tuyo’ (Gén. 3, 17)”(9)

En similar línea se inscribe la abadesa de Bingen, quien trabaja la caída original de la primera pareja humana de manera muy diferente a la tradicional. En efecto, era un lugar común y aceptado poner sobre Eva la iniciativa y el peso de la culpa, difiriendo las opiniones sólo en cuanto al móvil de la mujer(10); la mirada de Hildegarda es más radical, pues ubica el tema de la iniciativa en Lucifer y su feroz lucha de poder contra Dios, cuya obra quiere arrebatar, y así Eva resulta ser más una víctima del asedio y seducción de la serpiente que una protagonista activa(11). Porque no pudo el demonio soportar la vista del hombre en el Paraíso que él había perdido, y conoció entonces que faltaba a su maldad proyectarse y realizarse en otra criatura, pues así como el bien es difusivo de sí mismo, también lo es el mal, aunque de manera muy diversa. En efecto, en líneas generales podemos decir que en tanto es perfecto, el bien es apetecible y, puesto que todos los seres apetecen su perfección(12), el bien es causa final del devenir existencial de todos ellos, y es perfectivo en su comunicación. Es difusivo de sí mismo porque siendo un bien, atrae hacia sí a los demás seres para que en un proceso de autorrealización se perfeccionen por la comunicación de dicho bien. Por eso la proyección del mal a la que se hace referencia sería una irradiación que configuraría otro polo de atracción para la criatura, en pro de una comunicación del mal que terminaría por destruirla(13). Pero acabamos de decir que todos los seres apetecen por naturaleza el bien, la perfección de su propio ser; de ahí que Lucifer recurriera a los engaños para atraer al hombre y hacerlo partícipe de su maldad primero, y de su condena después.

Hablamos de engaños. Un engaño fue el de presentarse no bajo su propia forma sino bajo la forma de la serpiente, a la que consideraba “engañosa”. “Engañosa” señala aquí a la serpiente como engañada y engañadora a la vez. Fue engañada por quien la invadió, y ella a su vez, animal de múltiples formas –es lineal y simple en su aspecto de línea recta, pero multiforme en su flexibilidad; se arrastra en la tierra y se eleva hacia lo alto–, animal de intención aviesa y venenosa, engañó al hombre. No en vano Lucifer reconoce que ningún otro animal se le asemeja más: es su instrumento perfecto, y la perfecta antítesis de la pura inocencia y simplicidad de Adán y Eva, cuya vista no puede tolerar(14).  El otro engaño es el de ofrecer como un bien perfectivo del hombre lo que sabía por experiencia que había sido su propia condenación: “Seréis como dioses...”. Porque Lucifer había dicho: “Ascenderé al cielo, elevaré mi trono por encima de los astros de Dios; me sentaré en el monte de la Alianza, en la ladera norte; subiré más allá de las nubes, seré semejante al Altísimo”(15). Lucifer iba en el sentido contrario al que corresponde a la criatura: en lugar de estar a los pies del trono de Dios –el monte sagrado de la Alianza, el Sinaí– quiso poner en él su propio trono, para igualársele en altura y clara excelsitud. Y en estrepitosa caída –opuesta a la ascensión anunciada– fue precipitado al abismo oscuro de la entera desemejanza con su Creador. En el Libro de los méritos de la vida y a manera de corolario, leemos: “Pues Lucifer había sido creado como un espejo, con todo su esplendor; pero él quiso ser la luz, y no la sombra de la luz”(16), “y se hizo más horrible que todo el horror, porque la santa Divinidad en su celo lo arrojó a un lugar sin luz alguna”(17). Son las tinieblas del mal, que aparecen en la segunda visión que vamos a presentar, y que el incesante trabajo de la maligna envidia dilata cada vez más.

Pero antes de dejar esta primera visión, detengámonos un momento en esa luciferina serpiente de cuya boca surgen no una lengua en forma de flecha o bien la tradicional lengua bífida, sino tres lenguas que evocan un esquema trinitario. Y la relación no es arbitraria, si tenemos en cuenta que Lucifer quiso emular al Dios Uno y Trino y a Su soberano poder, que involucraba la amorosa creación del mundo y del hombre –imagen y semejanza de Dios– por obra del Verbo Divino. Nos lo dice Hildegarda en su libro sobre Las causas y los remedios de las enfermedades:

Pero Lucifer vio en la región del Aquilón [el Norte] un espacio vacío y sin actividad alguna y quiso establecer en él su trono, para realizar un mayor número de obras y más grandiosas que las que Dios había hecho, ignorando que Dios había decidido crear todas las otras criaturas.”(18)

Fracasado en su intento y humillado querrá, mediante el poder de su engañosa palabra seductora, recrear al hombre, también él a su imagen y semejanza: no necesitamos ser muy imaginativos para reconocer hoy que algún éxito tuvo al respecto. La palabra del demonio, mentirosa, destructora y generadora del caos, contrasta grandemente con la Palabra de Dios, verdadera, creadora y ordenadora.

Scivias 1, 2 (detalle)

Y veamos también a Adán, a quien vemos en la pintura recostado como en el sueño pero con sus ojos abiertos, su cabeza próxima a la boca llameante del negro foso y la mano derecha sobre la oreja en actitud de prestar atención. De alguna manera se sugieren aquí, por una parte y a partir de su proximidad al abismo, la posibilidad de la tentación en Adán; por otra, sus ojos y su ademán vigilantes parecen dar a entender una participación activa en los acontecimientos: ya no será el varón que, incitado y persuadido por su mujer, adhiere pasivamente a su voluntad –como leemos en los relatos tradicionales–, sino que es quien por el gran amor que le tiene busca solícitamente complacer a su mujer.

En Scivias II, 1, visión que también trata de la caída del hombre y donde no aparece Eva, la desobediencia del hombre se plantea ante una blanca flor ofrecida por la Divinidad Una y Trina:

Scivias 2, 1 (detalle)

Aquel fuego luminoso [el Padre] ofreció al hombre, a través de esa llama [el Hijo] que con un ligero soplo [el Espíritu Santo] ardía intensamente, una blanca flor resplandeciente que pendía de la llama como el rocío pende de la planta, cuya fragancia el hombre sintió con su nariz, pero cuyo gusto no percibió con su boca ni la tocó con sus manos, apartándose así [de la flor] y cayendo en densísimas tinieblas de las que no pudo levantarse. Y las tinieblas crecieron dilatándose más y más en el aire.”(19)

El fuego luminoso, es decir, la Divinidad, ofrece la flor que es, según nos dice Hildegarda, la ley divina, el precepto de la obediencia que Adán “conoció con la inteligencia de la sabiduría como aspirándolo con su nariz; pero no introdujo cumplidamente su vigor en el íntimo abrazo de su boca, ni con la obra de sus manos lo realizó en la plenitud de la felicidad”(20). Allí es Adán quien, conociendo la Verdad, no la ama lo suficiente como para incorporar a sí su fructífero vigor, a modo de fuerza de convicción y de integridad personal –la asimilación significada por la voluntaria y gozosa ingesta del alimento–, ni hace de esa Verdad su realidad –la obra de sus manos y de su vida–, encontrando en ello su plena felicidad de criatura. Es que Adán, “por el consejo del diablo dio la espalda al precepto divino, corriendo hacia las abiertas fauces de la muerte, sin buscar a Dios ni con la fe ni con las obras; por lo que, aplastado por sus pecados, no pudo elevarse al verdadero conocimiento de Dios.”(21)

Tengamos presente que en esta visión no aparece Eva y que la flor, figura femenina, es aquí pasiva, lo que coloca todo el peso de la caída en la voluntad de Adán. La presencia de Adán es una presencia tan fuerte y definitiva en la concepción hildegardiana, que llega a decir que de haber sido él quien primero pecara no hubiera habido salvación, a causa de su fortísima obstinación en el error, en tanto la mujer es más débil y por consiguiente se halla libre de semejante pertinacia y más fácilmente puede ser liberada de su mal(22).

En carta dirigida por esa misma época (año 1153) a Conrado, abad de Kaisheim, la abadesa mantiene la misma línea de pensamiento, vinculando la obediencia al mandato divino con el delicioso, apacible jardín original, en tanto el gusto de la desobediencia se prueba en la garganta de la serpiente, en la engañosa y mortal seducción de la boca del diablo:

Porque la mano del Supremo Artífice te formó y te puso en un jardín de delicias; pero su espíritu ardiente engañó al hombre en la falaz opción por la propia voluntad, gracias a la soberbia del consejo del malvado engañador, por lo que fue expulsado a causa del gusto de la desobediencia. [...] Así el hombre probó el gusto de la garganta de la serpiente, cuando ardió en sus ponzoñosas venas, por lo que luego cometió fornicación en el deseo de la serpiente, que es la llama abrasadora [que surge] de la boca del diablo. La desobediencia produjo este alimento.”(23)

Fornicar en el deseo de la serpiente”, es la fortísima expresión con que Hildegarda se refiere al abandono del amor divino ante la solicitación diabólica, planteando así y de ahí en más todo pecado del hombre como un conflicto de amor, como una pugna entre dos amores, legítimo uno solo de ellos, y no el otro. Idea ésta que aparece gráficamente reforzada por la referencia a “la llama abrasadora que surge de la boca del diablo”, que es la contrapartida de la llama presente en el fuego luminoso de Scivias II, 1, figura de la Segunda Persona de la Trinidad divina. Ése es el adulterio por excelencia –el abandono del Amor por amores que debieron estarle subordinados y no opuestos– del que se siguen crímenes cuyo denominador común es el desorden por el que se ciega la razón, se niega el amor, los valores se subvierten y el hombre se pierde; desorden que aparece simbolizado por la rebelión, la desobediencia del miembro fecundo del varón –que lo asemejaba al poder creador de Dios pero que ya no obedece a razón ni a mesura–, y por los sufrimientos y trabajos de la mujer en la gestación y alumbramiento de los hijos. De allí la imagen de la simiente humana, del género humano nacido “en el adulterio y en otros crímenes”, es decir, falto del Amor verdadero, de la justicia original(24).

Pero ya es tiempo de ir finalizando nuestra exposición, y para ello intentaremos una recapitulación de las ideas centrales contenidas en ambas visiones. Y así tenemos en la primera de ellas a Adán y Eva juntamente con la diabólica serpiente y la tentación que triunfa sobre la prohibición del fruto; en la segunda visión, el precepto de la obediencia simbolizado en la luminosa pureza de la flor ofrecida por Dios a Adán, quien no la recibe. Adán y Eva conocieron su posibilidad de pecar en el acto mismo de la prohibición divina: “Puedes comer de cualquier árbol del jardín; pero no comas del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que comieres de él morirás.”(25) En este contexto ese árbol aparece cargado de profunda significación, porque la ciencia del bien y del mal a que se refiere es, finalmente, la ciencia de la realidad humana, de la criatura que se sabe tal ante su Creador, es la ciencia del sentido y de la plenitud de la vida del hombre orientada hacia su Dios. Paradójicamente el hombre debía adquirir dicha sabiduría absteniéndose del fruto del árbol, por su libre y radical decisión de “querer aquello que sostenía toda su situación: la obediencia de la criatura respecto al Creador, y con ello la verdad del ser.”(26) Debía querer la Voluntad divina, el señorío de Dios; pero también conoció entonces que podía no hacerlo. En virtud de la tentación, el hombre reparó más en la única prohibición impuesta a su voluntad que en la amplitud de los bienes puestos a su disposición y bajo su poder; en lugar de aceptar un orden jerárquico dado, que lo proclamaba verdadera imagen y semejanza de Dios y en amistad con Él, prefirió la mentirosa ilusión de una igualdad en rivalidad con el Todopoderoso(27). Es entonces que “la mujer vio que el árbol era bueno para comer, hermoso a la vista y de aspecto delicioso. Tomó de su fruto y comió y lo dio a su marido, quien también comió.”(28) El dulce gusto de la manzana, la dulzura del pecado.

La caída original.

 


NOTAS:

1. “Desde mi infancia, cuando mis huesos y mis nervios y mis venas aún no estaban consolidados, siempre y hasta el tiempo presente –contando ya más de setenta años– he gozado en mi alma con el don de esta visión. En ella mi espíritu, por la voluntad de Dios, asciende hacia lo alto del firmamento y hacia diversas corrientes de aire y se extiende a través de pueblos diferentes, aunque se encuentren en regiones lejanas y en lugares para mí remotos. Y porque veo estas cosas de esta manera, por eso también las percibo según el movimiento de las nubes y de otras criaturas. Pero yo no oigo estas cosas con los oídos del cuerpo ni con los pensamientos de mi corazón, ni las percibo por la acción conjunta de mis cinco sentidos, sino sólo en mi alma, con los ojos exteriores abiertos; de manera tal que jamás experimento en esto el desfallecimiento propio del éxtasis, sino que en actitud vigilante las veo de día y de noche. [...] Digo pues que la luz que veo no está localizada, pero es mucho más brillante que una nube que lleva [en sí] al sol, y yo no soy capaz de considerar su altura ni su longitud ni su anchura: la llamo sombra de la Luz viviente, y así como el sol, la luna y las estrellas se reflejan en el agua, así en esa Luz [la sombra de la Luz Viviente] resplandecen para mí las Escrituras, los sermones, las virtudes y algunas obras hechas por los hombres. Todo lo que en esta visión he visto o aprendido lo conservo en la memoria por mucho tiempo, de manera tal que, después que lo he visto y oído [aunque sea] alguna vez, lo recuerdo. Y simultáneamente veo y oigo y conozco, y casi en el mismo momento aprendo lo que conozco. Pero lo que no veo lo desconozco, porque no soy instruida. Y lo que escribo es lo que veo y oigo y no pongo otras palabras que aquellas que oigo; y con palabras latinas sin pulir digo las cosas como las oigo en la visión, porque en esta visión no aprendo a escribir como escriben los filósofos.” (Ab infantia autem mea, ossibus et neruis et uenis meis nondum confortatis, uisionis huius munere in anima mea usque ad presens tempus semper fruor, cum iam plus quam septuaginta annorum sim. Spiritus uero meus, prout Deus uult, in hac uisione sursum in altitudinem firmamenti et in uicissitudinem diuersi aeris ascendit, atque inter diuersos populos se dilatat quamuis in longinquis regionibus et locis a me remoti sint. Et quoniam hec tali modo uideo, idcirco etiam secundum uicissitudinem nubium et aliarum creaturarum ea conspicio. Ista autem nec corporeis auribus audio nec cogitationibus cordis mei, nec ulla collatione sensuum meorum quinque percipio, sed tantum in anima mea, apertis exterioribus oculis, ita ut numquam in eis defectum extasis patiar; sed uigilanter die ac nocte illa uideo. […] Lumen igitur quod uideo, locale non est, sed nube que solem portat multo lucidius, nec altitudinem nec longitudinem nec latitudinem in eo considerare ualeo, illudque umbra uiuentis luminis mihi nominatur, atque ut sol, luna et stelle in aqua apparent, ita scripture, sermones, uirtutes et quedam opera hominum formata in illo mihi resplendent. Quicquid autem in hac uisione uidero seu didicero, huius memoriam per longum tempus habeo, ita quod, quoniam illud aliquando uiderim et audierim, recordor. Et simul uideo et audio ac scio, et quasi in momento hoc quod scio disco. Quod autem non uideo, illud nescio, quia indocta sum. Et ea que scribo, illa in uisione uideo et audio, nec alia uerba pono quam illa que audio, latinisque uerbis non limatis ea profero quemadmodum illa in uisione audio, quoniam sicut philosophi scribunt scribere in uisione hac non doceor. (Carta 103r –Primera carta de Hildegarda de Bingen a Guiberto de Gembloux–, p. 261-62. In: Hildegardis Bingensis. Epistolarium.Turnholti: Brepols, 1993. (Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis 91a)). (vuelve al texto)

2. [...] vidi uelut maximam multitudinem uiuentium lampadarum multam claritatem habentium, quae igneum fulgorem accipientes ita serenissimum splendorem adeptae sunt. Et ecce lacus multae latitudinis et profunditatis apparuit, os uelut os putei habens et igneum fumum cum multo foetore emittens, de quo etiam taeterrima nebula se extendens quasi uenam uisum deceptibilem habentem tetigit, et in quadam clara regione candidam nubem quae de quadam pulchra forma hominis plurimas plurimas que stellas in se continens exierat per eam afflauit ac illam eandem que formam hominis de eadem regione ita eiecit. Quo facto lucidissimus splendor eandem regionem circumdedit, et ita omnia elementa mundi, quae prius in magna quiete constiterant, in maximam inquietudinem uersa horribiles terrores ostenderunt. (Hildegardis. Scivias I, 2, p. 13. Ed. Adelgundis Führkötter O.S.B. collab. Angela Carlevaris O.S.B. Turnhout: Brepols, 1978. (CCCM 43-43a)). (vuelve al texto)

3. Cum autem Deus hominem inspexit, ualde bene ei placuit, quoniam secundum tunicam imaginis suę et secundum similitudinem suam illum creauerat, quatinus per tubam uocis racionalis omnia miracula eius pronunciaret. Homo enim plenum opus Dei est, quia Deus per eum cognoscitur et quoniam Deus omnes creaturas propter illum creauit, eique in osculo ueri amoris per racionalitatem ipsum predicare et laudare concessit. Sed ipsi adiutorium similitudinis suę defuit. Vnde et Deus illi adiutorium dedit, quod speculatiua forma mulieris fuit; in qua omne humanum genus latuit, quod in ui fortitudinis Dei producendum erat, sicut et primum hominem in ui fortitudinis suę perfecerat. Vir itaque et femina sic ad inuicem admixti sunt, ut opus alterum per alterum est; quia uir sine femina uir non uocaretur, nec femina sine uiro femina nominaretur.  (Hildegardis Bingensis Liber Divinorum Operum I, 4, 100, p. 243. Cura et studio Albert Derolez et Peter Dronke. Turnhout: Brepols, 1996. (CCCM 92)). (vuelve al texto)

4. Antiquus vero serpens cognoscens, quia in alium respiceret, sicut angeli in Dominum respiciunt, eam ad decipiendum aggressus est. (Epistola 47, 0222D. In: Migne, J.-P. (ed.). Patrologiae cursus completus. Series latina. Vol. 197. Paris: 1882. (S. Hildegardis Abbatissae Opera omnia)). (vuelve al texto)

5. Dixit quoque Dominus Deus: Non est bonum esse hominum solum; faciamus ei adiutorium simile sibi. (Gén. 2, 18). (vuelve al texto)

6. Ibíd., 1, 28-30. (vuelve al texto)

7. Ibíd., 2, 20. (vuelve al texto)

8. Per sapientiam quoque sive rationem virum feminae praeeminuisse supra docuimus, et in hoc eum sapientiorem constare quod a serpente seduci non potuit. A quo etiam Deum magis diligi non dubitandum est, qui nequaquam eum sibi invidere vel dolose quidquam dicere, vel in mendacium prorumpere credere potuit, sicut mulier seducta fecit.  (Petrus Abaelardus. Expositio in Hexameron, PL 178, 0761C-D). (vuelve al texto)

9. Serpens, o Eva, decepit te: decepit profecto, non impulit aut coegit. Mulier tibi, o Adam, de ligno dedit: sed offerendo utique, non violentiam inferendo. Neque enim potestate illius, sed tua factum est voluntate, ut eius voci plus oboedieris quam divinae. (Bernardus Claraevallensis. Sermones de diversis 11, 2. Turnhout: Brepols, 1991-93. (CCCM 6,1)). Y: Illa per ignorantiam, iste peccavit per infirmitatem. Peccavit autem nimis diligendo uxorem, non quia uxorem voluntatem fecit, sed quia eam divinae voluntati praetulit. Unde et a Domino ei dictum est: Pro eo quod oboedisti voci uxoris tuae plus quam meae, maledicta terra in opere tuo (Gen. III, 17) . (Ibíd., 66, 2). (vuelve al texto)

10. Barbara Newman (Newman, Barbara. Sister of Wisdom; St. Hildegard’s Theology of the Feminine. 2nd ed.. Berkeley: University of California Press, 1997, p. 109-10) aporta al respecto las interpretaciones de Arnaldo de Boneval, quien habla de la presunción de Eva ─la serpiente le dijo lo que quería oír─ (“Finalmente consta que la mujer no ignoraba que en verdad era el diablo quien le hablaba en la serpiente; pero presionada por el deseo de un poder sin trabas, porque no quería estar bajo el dominio de Dios, escuchó de buen grado a quien le hablaba contra Dios y de acuerdo al deseo de su propia voluntad”. Constat itaque non ignorasse mulierem quia vere ei diabolus in serpente loquebatur; sed appetitu liberae potestatis oppressa, quia sine Dei dominio esse voluit, eum qui contra Deum et ad voluntatem suam loquebatur libenter audivit. Ernaudus Bonaevallis. De operibus sex dierum. PL 189, 1545B-C); y de Ruperto de Deutz, quien da como motivo de la desobediencia de la primera mujer su curiosidad (“[...] pero la mujer, inquietos el cuerpo y los ojos, deambula sin cesar quizá tratando de descubrir qué mundo habrá fuera del Paraíso; y la serpiente, como que es astuta, se mueve más atraída por la tierra o bien está enroscada, es el lugar dado al diablo, y la ocasión ofrecida para la tentación.” [...] sed mulier corpore et oculis vaga dum incontinenter deambulat, forte prospectans qualis extra paradisum mundus haberetur, et serpens, utpote astutus, dulcedini terrae propius vel ambitiosus innititur, locus diabolo datus est, et occasio porrecta unde tentaret. [...].Rupertus Tuitensis. De Trinitate et operibus ejus. PL 167, 0289B). (vuelve al texto)

11. “Porque cuando Dios creó al hombre lo cubrió con una vestidura celestial de manera que brillara con gran claridad. Pero el demonio, observando a la mujer, conoció que habría de ser la madre de un ilustre linaje; y [llevado] por la misma malignidad por la que se había apartado de Dios actuó como para vencerlo en esta su obra, atrayendo hacia sí la obra de Dios, que es el hombre. Entonces la mujer, sintiendo en el gusto de la manzana que ella era diferente [de como Dios la había hecho], dio la manzana a su marido, y así ambos perdieron su ropaje celestial.” (XIIII. Nam cum Deus hominem crearet, celesti vestimento eum induit, ita ut in magna claritate fulminaret; sed diabolus, mulierem inspiciens, matrem cuiusdam magni mundi eam futuram esse cognouit, ac in eadem malignitate qua a Deo recessit, effecit ut ipsum in hoc opere suo superaret; ita ut idem opus Dei, quod homo est, in societatem suam conuerteret. Tunc mulier, in gustu pomi se aliam esse sentiens, pomum uiro suo dedit; et sic ambo celeste uestimentum perdiderunt. Liber divinorum operum I, 1, 14, p. 56-57). “Sintiendo en el gusto de la manzana que era diferente”: además de subrayar nuevamente la característica apelación de Hildegarda a todos los sentidos, recordamos que lo que aquí se está diciendo, finalmente, es que Eva, al saborear la manzana, se conoció, supo de sí misma, se afirmó a sí misma “frente” a Dios. No fue la sabiduría de Dios lo que adquirió al gustar la manzana, sino la sabiduría de sí misma desgajada de su Dios: criatura en la soledad de sí misma. Como se lee a continuación en el mismo párrafo, ambos (Adán y Eva) perdieron así su luz y quedaron desnudos, despojados. Como le había sucedido a Lucifer. En sombras. (vuelve al texto)

12. Esta afirmación no implica la restricción a lo humano solamente. Hay un “apetito” natural que es la propia naturaleza de un ser en cuanto está “orientando” su actividad hacia la plenitud de su ser, y esta afirmación admite diversos modos de realización, en los que hablaremos de tendencia, instinto, deseo, amor, elección, etc. (vuelve al texto)

13. Eduard Gronau, en su excelente biografía de Hildegarda, dice: “Santa Hildegarda, con ánimo tembloroso, reconoce la acción del demonio en el interior de la creación de Dios. En su visión, ella ve a Satanás como un ser cuya dimensión excede el conocimiento humano, pleno de demoníaca vitalidad y de infatigable dinamicidad, loco en su determinación, incansable en la búsqueda de nuevas formas para estropear la creación de Dios y vengarse así de su Creador, inagotable en la fantasía cuando se trata de inventar instrumentos y modos para arrojar en el abismo de la nada la imagen viviente de Dios, esto es, los hombres.” (Gronau, Eduard. Hildegard. Vita di una donna profetica alle origini dell’età moderna. Trad. de Roberta Osculati. Milano: Àncora, 1996, p. 138). (vuelve al texto)

14. En diversas mitologías se considera a la serpiente una hierofanía, capaz de dar vida y también muerte; se la asocia a la vida y a la libido, pero también a la sabiduría; es enigmática; su morada estaría en las profundidades de las aguas o de la tierra, o en los desiertos; su aparición es súbita y desde un lugar de sombras, y así de repentina es también su desaparición; la muda de la piel y el surgimiento de una piel nueva –juntamente con sus otras características de fuerza y peligrosidad, que la tornarían invencible– ha dado pie a hablar de la inmortalidad de la serpiente. (vuelve al texto)

15. In caelum conscendam, super astra Dei exaltabo solium meum; sedebo in monte testamenti, in lateribus aquilonis; ascendam super altitudinem nubium, similis ero Altissimo. (Is. 14, 13-14). (vuelve al texto)

16. Lucifer enim uelut speculum cum omnibus ornamentis suis constitutus erat; sed ipse lux, et non umbra eiusdem lucis esse uoluit. (Hildegardis Liber Vite Meritorum VI, 14. Ed. Angela Carlevaris O.S.B. Turn­hout: Brepols, 1995. (CCCM 90)). (vuelve al texto)

17. […] ipse in contrarium | uadens horribilior cunctis horribilibus factus est, quoniam sancta diuinitas in zelo suo illum in locum qui sine luce est eiecit. (Liber Divinorum Operum I, 1, 7(8), p. 53). (vuelve al texto)

18. Lucifer autem ad aquilonem locum vacantem nec aliquid operantem vidit et ibi sedem suam ponere voluit, quatinus illic plura et maiora deo operaretur, voluntatem ipsius ad creationem reliquarum creaturarum ignorans. (Hildegardis. Causae et curae 1, p. 1, 14-18 (Ed. Paul Kaiser. Leipzig: Teubner Verlag, 1903)). (vuelve al texto)

19. Quo facto ille lucidus ignis praebuit per eandem flammam leni flatu ardenter flagrantem ipsi homini candidissimum florem pendentem in eadem flamma ut ros pendet in gramine, cuius odorem idem homo naribus quidem sensit, sed gustum eius ore non percepit, nec manibus eum tetigit, ita uidelicet se auertens atque cadens in densissimas tenebras, de quibus se erigere non ualuit. (Scivias II, 1, p. 110). (vuelve al texto)

20. […] quoniam ipse praeceptum legis cum intellegentia sapientiae quasi naribus attraxit, sed uim illius intimae amplexionis ore perfecte non intromisit, nec opere manuum in plenitudine beatitudinis adimpleuit […]. (Ibíd., II, 1, 8, p. 116-17). (vuelve al texto)

21. […] quia diuino praecepto consiliante diabolo dorsum praebuit corruens in maximos rictus mortis, sic quod Deum nec in fide nec in opere requisiuit; unde ad ueram cognitionem eius peccatis grauatus surgere non potuit […]. (Ibíd., p. 117). (vuelve al texto)

22. Quare Eva prius cecidit. Sed et si Adam transgressus fuisset prius quam Eva, tunc transgressio illa tam fortis et tam incorrigibilis fuisset, quod homo etiam in tam magna obduratione incorrigibilitatis cecidisset, quod nec salvari vellet nec posset. Unde quod Eva prior transgrediebatur, facilius deleri potuit, quia etiam fragilior masculo fuit. (Causae et curae II, p. 47, 4-10. Cit. por Garber, Rebecca L.R. “Where Is the Body?”, nota 32, p. 128-129. En: Burnett McInerney, Maud. Hildegard of Bingen. A Book of Essays. New York: Garland Publis­hing, Inc., 1998, p. 104-132). (vuelve al texto)

23. Nam manus summi artificis formauit te et posuit te in hortum uoluptatis. Sed hominem decepit flagrans mens eius in uana optione uoluntatis ipsius per superbiam consilii criminosi deceptoris; unde ipse expulsus est per gustum inobedientie. […] Sic tetigit homo gustum gutturis serpentis, quando estuauit in uenenosis uenis suis. Vnde et postea fornicatus est in uipereo desiderio, quod est flagrans flamma ab ore diaboli. Hunc cibum operata est inobedientia. (Carta 144r –de Hildegarda al abad Conrado–, año 1153. In: Hildegardis Bingensis. Epistolarium, p. 320-21). (vuelve al texto)

24. La injusticia se manifiesta como una pretensión de autosuficiencia con desmedido apetito de poder y de gloria, como desobediencia a la ley de Dios por el desconocimiento de su autoridad, y en la negación de la ley natural por la necia ilusión de recrear el mundo. (vuelve al texto)

25. Ex omni ligno paradisi comede; de ligno autem scientiae boni et mali ne comedas; in quocumque enim die comederis ex eo morte morieris. (Gén. 2, 16-17). (vuelve al texto)

26. Guardini, Romano. Meditaciones teológicas. Madrid: Cristiandad, 1965, p. 62. (Colección “Cristianismo y hombre actual”, 71). (vuelve al texto)

27. “De ninguna manera moriréis. Pues Dios sabe que el día en que comáis de él [el árbol que está en el medio del Paraíso] se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Nequaquam morte moriemini. Scit enim Deus quod in quocumque die comederitis ex eo aperientur oculi vestri, et eritis sicut dii scientes bonum et malum. Gén. 3, 1-5). (vuelve al texto)

28. Vidit igitur mulier quod bonum esset lignum ad vescendum et pulchrum oculis aspectuque delectabile, et tulit de fructu illius et comedit deditque viro suo, qui comedit. (Ibíd., 3, 6). (vuelve al texto)

 

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