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“Porque cuando Dios creó al hombre
lo cubrió con una vestidura celestial de manera que brillara
con gran claridad. Pero el demonio, observando a la mujer, conoció que
habría de ser la madre de un ilustre linaje; y [llevado]
por la misma malignidad por la que se había apartado de
Dios actuó como para vencerlo en esta su obra, atrayendo
hacia sí
la obra de Dios, que es el hombre. Entonces la mujer, sintiendo en
el gusto de la manzana que ella era diferente [de como Dios la había
hecho], dio la manzana a su marido, y así ambos perdieron
su ropaje celestial”
[1]
Tres puntos, entre otros varios, se ofrecen a nuestra consideración en este pasaje del Libro de las obras divinas: 1) la luminosa vestidura celestial con que Dios cubrió a la primera pareja humana, y que ésta perdió luego de la transgresión original; 2) la obra del maligno demonio, dirigida principalmente contra la mujer; y 3) el dulce gusto de la manzana, que disgustó a Dios.
“Pero viste que aquel gran esplendor que les había sido arrebatado [a los ángeles rebeldes] cuando se extinguieron retornaba inmediatamente al Ser Quien se sentaba en el trono: es decir que el diáfano y gran fulgor que el diablo perdió a causa de su soberbia y su contumacia cuando el germen de la muerte penetró en él y en todos sus secuaces –porque Lucifer tenía una luz más pura que la de los otros ángeles– volvió a Dios Padre, guardado en Su misterio; porque la gloria de Su esplendor no debía quedar vacía, sino que Dios la conservó para otra creatura luminosa. Pues Dios creó desnudo y sin la cobertura de la carne a quien [ahora] es el diablo, y a todo compañero suyo, pero [los revistió] con luminoso esplendor, esplendor que guardó para el lodo con que [luego] formó al hombre, vistiéndolo con la humildísima naturaleza terrenal para que no fuera a exaltarse asemejándose a Dios. Porque aquel a quien había creado luminoso y con inmenso fulgor, sin una cobertura tan frágil y tan mísera vestidura como la del hombre, no pudo mantenerse en la soberbia de su pretensión. Porque no hay sino un único Dios, sin principio y sin fin, eternamente; y por eso el más perverso de los crímenes es aquel por el que alguien se hace igual a Dios. Pero Yo, Dios celestial, conservé la noble luz que se separó del diablo por su maldad ocultándola cuidadosamente junto a Mí, y la di al lodo de la tierra que formé a Mi imagen y semejanza, como un hombre hace cuando muere su hijo cuya herencia no puede pasar a sus descendientes porque no tiene hijos; el padre toma la herencia y en su espíritu la dispone para otro hijo suyo aún no nacido, para dársela cuando hubiere nacido.” [2] Es
decir que, si bien el cuerpo del hombre era de un material tan
basto como el barro –para no dar lugar a la tentación
de la más necia soberbia: la de querer ser como Dios–,
irradiaba sin embargo la fulgurante luz recibida por gracia divina,
a modo de celestial ropaje. Sabían del barro, pero no lo
veían: estaban vestidos. En Las causas y los remedios
de las enfermedades vemos un texto interesante a la hora de
puntualizar la importancia de ese luminoso vestido
–blanco de las iras del demonio–, y también de su pérdida:
“Antes que Adán y Eva hubieran transgredido el precepto
divino, refulgían esplendorosos como el sol, esplendor que
era para ellos como una vestidura. Luego de la transgresión
del precepto divino no brillaron más como lo habían
hecho antes, sino que vinieron a ser oscuros y permanecieron en
dicha oscuridad. Por eso, como vieran que no refulgían como
antes lo habían hecho, conocieron que estaban desnudos y
se cubrieron con las hojas de un árbol, como está escrito
[Gén. 3, 7].”
[3]
Casi a modo de digresión, recurso muy común en la retórica monástica, nos apartamos por un momento del hilo de nuestra exposición, mas no lo hacemos arbitrariamente. Porque, en la continuidad de los tiempos, en todo tiempo y en el nuestro también, adquiere vigencia un texto del Libro de las obras divinas sobre lo que debe ser el obrar natural del hombre, de acuerdo al núcleo más entrañable de su ser: “El alma es enviada por Dios al cuerpo del hombre para que por ella sea vivificado; y porque sabe que ha venido de su Creador, por eso también el hombre, tanto si se encuentra en alguna secta como si está en la recta fe, invoca el nombre de Dios, porque esta actitud le es connatural, de acuerdo a las fuerzas buenas de su alma. Por lo cual invocando el nombre de Dios el hombre asciende hacia lo alto, y gracias a la verdadera ley discierne la forma de vida con la que ha de venerar a Aquél a Quien invoca.” [4] Es notable en este texto la preocupación de Hildegarda por subrayar que la conciencia de su creatureidad, y por ende la necesaria relación con Dios, es innata a todo hombre, y natural: no depende de su religión. Pero de la rectitud con que reconozca esta realidad dependerá el conocimiento que el hombre obtenga de la ley –divina ley natural– que ha de regir su conducta, para así ofrecer a su Creador el tributo de su alabanza, que no es otro que la realización plena del ser recibido, el Fiat del hombre al Fiat de Dios. Desde esta afirmación adquiere todo su sentido la referencia a Adán y su transgresión del precepto divino: es la transgresión de la ley natural misma, el pecado original, y original no sólo porque afecta al género humano en el primer hombre –su origen– sino porque se refiere al origen mismo del hombre. Por eso Adán se esconde de Dios, porque su desobediencia al mandato divino fue la desobediencia a la ley que regía su naturaleza de creatura: la voluntad de su Creador. Adán se oculta porque se ha desnaturalizado, ha quedado despojado de la luminosa plenitud de su naturaleza, se descubre “desnudo” ante su Señor. Ha perdido la luminosa vestidura celestial. Pero
volvamos a nuestro texto inicial, para abordar ahora el segundo
tema señalado:
“Pero como hubiese visto a la mujer vestida, en el envidioso saber por el que conoció que había sido arrojado del cielo el demonio, preguntándose en su interior por qué Dios le había dado [a ella] un vestido, se percibió a sí mismo […]. Esto debe interpretarse así. La antigua serpiente, viendo que había perdido aquel lugar en el que quería poner su trono ─porque había sido arrojada al infierno─, exacerbó su ira contra la mujer porque conoció que ella era la raíz de todo el género humano al que daría a luz. Y experimentando hacia ella un grandísimo odio se dijo que jamás cesaría de perseguirla hasta tanto no la hubiese ahogado en el mar, porque al principio él la había engañado.” [7] Porque
conoció que ella era la raíz de todo el género
humano al que daría a luz: Eva estaba
destinada a engendrar al género humano que, en estado
de inocencia, poblaría el Paraíso celestial reemplazando
a los ángeles caídos. Pero además, en esa
descendencia suya y por el eterno designio divino se encontraba
el Hijo de Dios, el Verbo encarnado en María, Quien recapitularía
en Su humanidad a toda creatura, para hacerla partícipe
de Su divinidad. La centralidad de la encarnación del
Verbo Divino aporta una verdadera clave para la comprensión
del pensamiento de Hildegarda. Por eso –y siempre en relación
con el tema del vestido-cuerpo, objeto de la reacción
del demonio– leemos en Las causas y los remedios de las enfermedades:
“Dios, Quien es la vida sin inicio antes de la eviternidad [8] y en ella, en un tiempo determinado atrajo a Sí Su vestido, que estaba eternamente oculto en Él. Y de este modo Dios y el hombre son uno, como el alma y el cuerpo, porque Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza.” [9] El
cuerpo es el vestido del alma, pero el hombre todo es también él,
precisamente, el vestido que Dios produjo en el tiempo, para
la realización de lo que era un designio eterno:
La luminosa vestidura celestial...,
la malignidad del demonio y la obra de su odio hacia la mujer...;
y así llegamos, casi como a una consecuencia, a Eva y la
famosa manzana: al dulce gusto de
El relato bíblico, ya lo
conocemos. Pero no el trabajo que la abadesa de Bingen hace sobre
el mismo. Comienza diciéndonos que al gustar la manzana,
Eva sintió que ella era diferente de como Dios la había
hecho. Lo que aquí se está diciendo, finalmente,
es que Eva, al saborear la manzana, se conoció, supo de
sí misma, se afirmó a sí misma
“frente” a Dios. No fue la sabiduría de Dios –según
la promesa de la serpiente–
lo que adquirió al gustar la manzana, sino la sabiduría
de sí misma desgajada de su Dios: creatura en la soledad de
sí misma. Una investigadora chilena: María José Ortúzar –autora
de interesantes artículos “hildegardianos”–,
en uno de ellos justamente titulado: “De gustu pomi:
Hildegard y la condición humana”, enfoca el tema del
gusto de la manzana desde una perspectiva tal vez más tradicional,
apoyándose en gran parte en la interpretación que aporta
Barbara Newman en Sister of Wisdom; St. Hildegard’s Theology
of the Feminine, y así identifica
dicho gusto con el sabor de la carne (gustus carnis) o lujuria.
Tal sería el veneno vertido por la serpiente sobre el fruto:
la dulzura del pecado. En apoyo de tal afirmación traen un
párrafo de una carta de Hildegarda:
“La serpiente vino y respiró sobre
la mujer con su elocuencia, y ella la aceptó y se inclinó hacia
la serpiente. Y le dio la cosa (hoc) que había probado
de la serpiente a su marido, y esto permaneció en el hombre,
porque es el hombre el que lleva todos los actos a su culminación”,
con
cuya traducción y significado marcamos diferencias. Nuestra
versión:
“Pero viniendo la serpiente, exhaló su
aliento hacia la mujer a través de su palabra; ella la recibió y
se inclinó
hacia la serpiente. Y así como había gustado la palabra
[recibida] de la serpiente, así la dio a su marido; y la palabra
permaneció en el varón, porque el varón realiza
plena y acabadamente todas las obras. Pero Dios no le había
mandado que hiciera esto, sino la serpiente que con sus palabras
suaves y mentirosas engañó a la mujer. De este modo
se recibió de la serpiente el gusto de la carne, y por esto
es voluble, liviano y falaz, como el consejo de la serpiente.”
[11]
Ortúzar
traduce el neutro “hoc” por “la cosa” – le
dio la cosa que había probado de la serpiente a su marido–,
tal vez refiriéndose a la manzana; nosotros preferimos mantener
la referencia a “la palabra”, entendiendo que se trata
de aquel “Seréis como dioses”, interpretación
que da más sentido a ese
“permaneció” en el varón (¿qué sentido
tendría la permanencia de la manzana en el varón –esto
permaneció en el hombre–?), y también a la afirmación
de que es el varón quien culmina la realización de toda obra,
por su capacidad rectora y su fortaleza. Porque no es la manzana –la
lujuria– la causa o el sentido del obrar humano, pero sí lo es
la palabra interior, como expresiva de una identidad esencial –seréis
como dioses– que lleva a obrar en consecuencia. En cuanto al gusto
de la carne, recordemos que “carne” no significa
sólo lo corpóreo, sino más bien la consideración
exclusiva del “sí mismo” en el mundo, con exclusión
de toda otra persona estimada como tal, ya que queda convertida, por tanto,
en objeto de uso. Toda otra persona: Dios, y el prójimo... Por eso enumera
San Pablo las que llama “obras de la carne”, y entre ellas encontramos
algunas que, en el sentir cotidiano, hubiéramos tenido como del espíritu: “Pero
las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, obscenidad,
lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, enfrentamientos,
rivalidades, ira, riñas, discordia, divisiones, envidia, homicidios,
ebriedad, orgías y otras similares a éstas. [...] Fruto del Espíritu
es el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad,
la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la templanza, la castidad.” (Gál. 5, 19-23) Finalmente, y en
Otro
texto traen Newman y Ortúzar para corroborar la tesis de
la lujuria como “raíz y comienzo de todo pecado”,
y esta vez pertenece a san Ambrosio de Milán, quien se refiere
a los diversos géneros de tentaciones que asechan al hombre
y nombra al demonio, “quien vomitó sobre este mundo
cierta ponzoñosa sabiduría, para que los hombres
pensaran que son verdaderas las cosas que son falsas, y para que
su afectividad fuera seducida por una apariencia.”
[12]
Pero tampoco nos parece que este texto sea definitorio,
puesto que precisamente la primera consecuencia enunciada del veneno de la
serpiente (cierta ponzoñosa sabiduría) pertenece al orden
del conocimiento; y la segunda (la seducción de las apariencias),
que parece seguirse de la primera, no está referida a la lujuria como única
y necesaria secuela, y mucho menos y de la misma manera como raíz de
pecado.
No nos parece, entonces, que estemos ante una interpretación adecuada en cuanto al gusto de la manzana (aunque sí lo es en cuanto a una de las más fuertes consecuencias que trajo el haberla saboreado). Tratemos de profundizar un poco más en este tema, y lo haremos a partir de un párrafo de una carta dirigida por esa misma época (año 1153) a Conrado, abad de Kaisheim. La abadesa mantiene la misma línea de pensamiento, vinculando la obediencia al mandato divino con el delicioso, apacible jardín original, en tanto el gusto de la desobediencia se prueba en la garganta de la serpiente, en la engañosa y mortal seducción de la boca del diablo: “Porque la mano del Supremo Artífice te formó y te puso en un jardín de delicias; pero su espíritu ardiente engañó al hombre en la falaz opción por la propia voluntad, gracias a la soberbia del consejo del malvado engañador, por lo que fue expulsado a causa del gusto de la desobediencia. [...] Así el hombre probó el gusto de la garganta de la serpiente, cuando ardió en sus ponzoñosas venas, por lo que luego cometió fornicación en el deseo de la serpiente, que es la llama abrasadora [que surge] de la boca del diablo. La desobediencia produjo este alimento.” [13] El
gusto de la garganta de la serpiente:
se reitera aquí la apelación al sentido del gusto
en la referencia a las palabras del demonio, portadoras de la
tentación a través del fruto ofrecido para saborear:
el fruto de la sabiduría. Una vez más el contraste
entre
Otra fortísima expresión: fornicar en el deseo de la serpiente,
es aquella con que Hildegarda se refiere al abandono del amor divino
ante la solicitación diabólica, planteando así y
de ahí en más todo pecado del hombre como un conflicto
de amor, como una pugna entre dos amores, legítimo uno solo
de ellos, y no el otro. Porque Adán y Eva conocieron su
posibilidad de pecar en el acto mismo de la prohibición
divina: “Puedes comer de cualquier árbol del jardín;
pero no comas del árbol de la ciencia del bien y del mal,
porque el día que comieres de él morirás” (Gén.,
2, 16-17). En este contexto ese árbol aparece cargado de
profunda significación, porque la ciencia del bien y del
mal a que se refiere es, finalmente, la ciencia de la realidad
humana, de la creatura que se sabe tal ante su Creador, es la ciencia
del sentido de la vida del hombre orientada hacia su Dios. Paradójicamente
el hombre debía adquirir dicha sabiduría absteniéndose
del fruto del árbol, por su libre y radical decisión
de “querer aquello que sostenía toda su situación:
la obediencia de la creatura respecto al Creador, y con ello la
verdad del ser.”
[14]
Debía querer
Pero la misteriosa fidelidad de
Dios no podía dejar que el hombre perdiera su vida saboreando
el fruto de muerte, el dulce gusto de la manzana. Y es a María José Ortúzar a
quien agradecemos otra consideración suya, una comparación
esta vez, que nos ha parecido muy interesante, y es la que relaciona
por modo de antítesis la manzana ofrecida por el demonio
como fruto para la perdición, con
“Y habiendo padecido en el madero de la cruz por vuestra salvación, se entregó a vosotros para que también vosotros con sincero afecto recibáis, sin mezcla de amargura alguna, este pan dulce y puro, consagrado en el altar como Su cuerpo por la divina invocación; y así, al libraros por este Cuerpo del hambre del hombre interior, podáis llegar al banquete de la felicidad eterna.” [15] Es en el momento de la muerte
de Cristo en la cruz que el dulce
gusto de la manzana cede ante el Pan
Celestial nacido de
Jerusalén, la ciudad santa,
pero asimismo la ciudad que mata a los profetas... Allí también
Jesús es el Cordero de Dios inmolado, prefigurado en aquel
cordero pascual que los hebreos comieron en Egipto: un cordero sin mancha, que con su
muerte preservaría a los judíos de la muerte y los
liberaría de la esclavitud, y al que en la posterior prescripción
de la observancia pascual celebratoria no debía quebrársele
ningún hueso (Éx.
12). El Jueves Santo Jesús comió con sus discípulos
el cordero ritual, y al consagrar el pan y el vino –Su carne
y Su sangre– anticipó al pascual Cordero de Dios del Nuevo Testamento,
hecho Eucaristía.
[16]
El
Pan celestial, el Cordero Pascual, el Cuerpo de Cristo... Y continúa
Hildegarda diciéndonos, en su visión sobre
“Cuando
la oblación de pan y vino ha sido ofrecida sobre el altar
dedicado a Mi Nombre en memoria de Mi Hijo, Yo el Todopoderoso,
iluminándola milagrosamente con Mi poder y con Mi gloria,
la transformo en el cuerpo y la sangre de Mi Unigénito.
¿Cómo? Por el mismo milagro por el cual Mi Hijo recibió un
cuerpo de
Una carta de la abadesa se explaya sobre este misterio, reuniendo de algún modo todos los elementos que venimos trabajando: “Y el ángel anunció la vestidura de la santa Encarnación
a la candorosa sencillez de
Dejado el agridulce gusto de la manzana –porque la demoníaca soberbia cede ante la humildad de María– ya puede el hombre, recuperado en el Verbo encarnado el resplandor de su vestidura celestial, saborear el pan de vida y la bebida de salvación, el dulce gusto de la carne, el Corpus Christi.
NOTAS:[1] Nam cum Deus hominem crearet, celesti vestimento eum induit, ita ut in magna claritate fulminaret; sed diabolus, mulierem inspiciens, matrem cuiusdam magni mundi eam futuram esse cognouit, ac in eadem malignitate qua a Deo recessit, effecit ut ipsum in hoc opere suo superaret; ita ut idem opus Dei, quod homo est, in societatem suam conuerteret. Tunc mulier, in gustu pomi se aliam esse sentiens, pomum uiro suo dedit; et sic ambo celeste uestimentum perdiderunt. (Liber divinorum operum 1, 1, 14. Turnhout: Brepols, 1996, p. 56-57. (CCCM 92). (vuelve al texto) [2] Sed quod splendorem illum magnum qui eis abstractus est uidisti subito in earum exstinctione reuerti ad ipsum sedentem in throno: hoc est quod perspicuus et magnus fulgor, quem diabolus propter superbiam et contumaciam suam perdidit, cum ipsum et omnes sequaces eius intrauit germen mortis (quoniam idem Lucifer purioris erat luminis quam ceteri angeli) reuersus est ad Deum Patrem seruatus in secreto eius; quia gloria splendoris illius non debuit esse uacua, sed Deus seruauit eam alteri factae luci. Nam quem Deus nudum surgere iussit atque non coopertum carne, qui diabolus est cum omni comitatu suo, sed tamen in splendore clarum, illius splendorem seruauit limo, quem formauit hominem, tegens ipsum uilissima natura terrae, propterea ne se extolleret in similitudinem Dei; quia quem clarum creauerat in multo fulgore, sed non coopertum tam fragili et tam misera forma ut est homo, hic non potuit stare in elatione sua, quia non est nisi unus Deus sine initio et sine fine, in aeternitate. Ac ideo sceleratissimum est prae ceteris criminibus qui se Deo similat. Nunc autem ego Deus caelestis seruaui illustre lumen quod secessit a diabolo propter malum eius, hoc diligenter abscondens apud me, et dedi illud limo terrae quem formaui ad imaginem et similitudinem meam, sicut aliquis homo facit cum filius eius moritur, cui non adhaeret hereditas in natis ipsius; quia non habet filios hereditatis, eandem hereditatem attrahit sibi pater et componit eam in mente sua alii filio suo nondum sibi nato, dans eam illi cum natus fuerit ex ipso. (Scivias 3, 1, 16. Turnhout: Brepols, 1978, p. 344-45. (CCCM 43a) (vuelve al texto) [3] Sed antequam Adam et Eva divinum praeceptum praevaricati fuissent, ut sol in splendore fulgebant, qui splendor etiam ipsis quasi pro vestimento fuit. Qui dum praeceptum dei transgredientes amplius non fulgebant, ut prius fecerant, sed obscuri facti sunt, et ita in obscuritate illa permanserunt. Unde cum viderent se non fulgere, sicut prius fulgebant, cognoverunt se nudos esse et foliis arboris, sicut ibi scriptum est, se obtexerunt. (Causae et curae 2, p. 46, 25-33. Leipzig: Teubner Verlag, 1903). (vuelve al texto) [4] Anima itaque a Deo in formam hominis mittitur, quatinus eadem forma per ipsam uiuificetur; et quia a creatore suo se uenisse sentit, idcirco etiam homo tam in secta aliqua quam in fide recta positus Deum nominat, quoniam hoc ex bonis uiribus animę sibi insitum habet. Quapropter et ipse nomen Dei querendo in altitudinem ascendit atque per quandam legem disciplinam excribrat, qua illum quem nominat ueneretur. (Liber divinorum operum 1, 4, 18, p. 150). (vuelve al texto) [5] Lucifer enim uelut speculum cum omnibus ornamentis suis constitutus erat; sed ipse lux, et non umbra eiusdem lucis esse uoluit. (Liber Vite Meritorum 6, 14. Turnhout: Brepols, 1995, p. 270. (CCCM 90). (vuelve al texto) [6] [...] zelus Domini se extendens in ignea nigredine illum cum omni comitatu suo deiecit, ita quod ipsi feruidi contra fulgorem et nigri contra serenitatem quam habuerant effecti sunt. (Scivias 1, 2, 2, p. 15. (CCCM 43) (vuelve al texto) [7] Sed cum diabolus mulierem uestitam uidisset, in inuida scientia, qua se de celo proiectum cognouit, intra se sciscitando ut quid Deus illi uestitum dedisset, seipsum decerpsit […]. Hoc considerandum sic est: Antiquus dracho, uidens quia locum illum perdidisset in quem sedem suam ponere uolebat, quoniam in tartarea loca proiectus erat, iram suam in mulierem exacuit quia illam radicem omnis humani generis per partum esse cognouit; et in maximo odio eam habens intra se dixit quod numquam cessaret illam persequendo quousque ipsam uelut in mari suffocaret, quia eam primum deceperat. (Liber divinorum operum 2, 1, 16, p. 283-84). (vuelve al texto) [8] La eviternidad es una condición intermedia entre la eternidad y el tiempo. Es la duración sin término natural de un ser incorruptible (el ángel), y en eso difiere del tiempo; pero no es absolutamente sin término puesto que es la duración de un ser contingente que no es su propia razón de ser sino que tiene un origen o principio y puede tener asimismo un fin –aunque no natural–, y en eso difiere de la eternidad. La eviternidad no implica mutación sustancial según un antes y un después, y en esto difiere del tiempo, pero sí presenta mutación accidental en cuanto a las diversas operaciones que realiza el ángel, y en esto se diferencia de la eternidad. (vuelve al texto) [9] [...] et ita etiam deus, qui ante aevum et in aevo vita sine principio fuit, in constituto tempore indumentum suum, quod aeternaliter in ipso latuit, sibi attraxit. Et hoc modo deus et homo unum sunt ut anima et corpus, quoniam deus hominem ad imaginem et ad similitudinem suam fecit. (Causae et curae II, p. 65, 14-18). (vuelve al texto) [10] Et Deus ad imaginem et similitudinem suam formam hominis fecit, quia etiam ut forma illius sanctam diuinitatem tegeret uoluit; ideoque et omnes creaturas in homine signauit, quemadmodum etiam omnis creatura per uerbum suum processit. (Liber divinorum operum 1, 4, 14, p. 145). (vuelve al texto) [11] Sed serpens veniens mulierem per eloquium afflavit, et ipsa illud suscepit, ac se ad serpentem reclinavit. Et sicut a serpente hoc gustaverat, sic viro suo idem dedit, et illud in viro permansit, quia vir omnia opera pleniter perpetrat. Hoc autem Deus fieri non jussit; sed serpens per blanda et lusoria verba mulierem decepit. Tali enim modo gustus carnis a serpente susceptus est, et ipse ideo lubricus, et levis ac fallax, ut consilium serpentis est. (Carta 110r –a una abadesa–, año ant. de 1175. Turnhout: Brepols, 1993, p. 273 (CCCM 91a). (vuelve al texto) [12] Alia sunt per principem istius mundi, qui quaedam venena sapientiae in hunc mundum evomuit; ut vera putarent homines esse quae falsa sunt, et specie quadam hominum caperetur affectus. (Ambrosius Mediolanensis. De paradiso, PL 14, 0302A). (vuelve al texto)
[13]
[14] Guardini, Romano. Meditaciones teológicas. Madrid: Cristiandad, 1965, p. 62. (vuelve al texto)
[15]
Et in ligno pro salute uestra
passus semetipsum uobis contulit, ita ut et uos sine admixtione ullius
amaritudinis suauem et purum panem diuina inuocatione corpus eius
in altari consecratum sincero affectu suscipiatis, quatenus per hoc
esuriem interioris hominis effugientes ad epulas aeternae beatitudinis
peruenire ualeatis. (Scivias 2, 6, 27, p. 256). En cuanto al tema
eucarístico, agradecemos la excelente exposición de
Guillermina Agüero de De Brito, “Hildegarda de Bingen:
su visión sobre
[16]
Charbonneau-Lassay, Louis. El Bestiario de Cristo. El simbolismo animal en
[17] Ego omnipotens cum oblatio panis et uini super altare nomini meo dedicatum in memoria Filii mei oblata fuerit, eam mirabiliter uirtute et gloria mea illustrans in corpus et sanguinem eiusdem Vnigeniti mei transfundo. Quomodo? Ipso miraculo quo idem Filius meus carnem ex Virgine suscepit, ipso etiam oblatio haec in consecratione ista caro et sanguis eius efficitur. (Scivias 2, 6, 36). (vuelve al texto) [18] Et ipsa indumenta sanctae Incarnationis angelus simplicitati Virginis nuntiavit (Luc. 1), in qua fundamentum humilitatis invenit, sicut Deus illud posuit, quia anquillam Domini se nominavit, ubi idem ángelus ad eam dixit: Spiritus sanctus superveniet in te, et virtus Altissimi obumbrabit tibi (ibid). Nam Spiritus sanctus omni humanae scientiae superexcellentius eam visitavit, alio scilicet modo se illi infundens, quam nunquam ulli feminae in pariendo infunderetur. et virtus Altissimi illam obumbravit, quoniam in calore suo ipsam ita delinivit, ut ei omnem fervorem peccati in dulcissima obumbrationi sua ex toto abstergeret, velut homo propter aestum solis umbram quaerit. Itaque eadem virtus Altissimi, quae in utero Virginis carnem operata est, super altare ad verba sacerdotis oblationem panis et vini in sacramentum carnis et sanguinis convertit,virtute sua illud fovens. (Carta 43, PL 197, 0212D-0213B). (vuelve al texto)
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