EL DULCE GUSTO DE LA MANZANA.

HILDEGARDA Y LA CAÍDA ORIGINAL

 

AZUCENA ADELINA FRABOSCHI
(UCA)

n encuentros anteriores nos hemos referido a Hildegarda, abadesa de Bingen, religiosa benedictina del siglo XII, autora de una cuantiosa y variada obra: Scivias (Conoce los caminos del Señor); El libro de los méritos de la vida; El libro de las obras divinas; Las causas y los remedios de las enfermedades; La armoniosa música de las revelaciones celestiales, son sólo algunos de los títulos; la primera y la tercera de las obras mencionadas están, lo recordamos, bellísimamente ilustradas. Pero también cabe acotar una interesante producción musical, y una copiosa correspondencia con papas, reyes, obispos, abades y abadesas, religiosos, nobles... De entre los múltiples temas objeto de su atención nos detenemos hoy en uno, siempre vigente, porque nos afecta: el tema de la caída original, del pecado de la primera pareja humana, del que Hildegarda trata en diversos lugares, y que ahora presentamos así:

Porque cuando Dios creó al hombre lo cubrió con una vestidura celestial de manera que brillara con gran claridad. Pero el demonio, observando a la mujer, conoció que habría de ser la madre de un ilustre linaje; y [llevado] por la misma malignidad por la que se había apartado de Dios actuó como para vencerlo en esta su obra, atrayendo hacia sí la obra de Dios, que es el hombre. Entonces la mujer, sintiendo en el gusto de la manzana que ella era diferente [de como Dios la había hecho], dio la manzana a su marido, y así ambos perdieron su ropaje celestial” [1]

Tres puntos, entre otros varios, se ofrecen a nuestra consideración en este pasaje del Libro de las obras divinas: 1) la luminosa vestidura celestial con que Dios cubrió a la primera pareja humana, y que ésta perdió luego de la transgresión original; 2) la obra del maligno demonio, dirigida principalmente contra la mujer; y 3) el dulce gusto de la manzana, que disgustó a Dios.

La luminosa vestidura celestial: es un lugar común, a partir del relato bíblico, suponer la creación del hombre en la desnudez de su cuerpo, vivida con la inocencia original que resultó perdida después del pecado, cuando el hombre descubre que estaba desnudo y se oculta de Dios. Sin embargo, no es ésa la perspectiva desde la que Hildegarda aborda el tema, como vemos a partir del texto de Scivias 3, 1, 16, que leemos a continuación:

 Pero viste que aquel gran esplendor que les había sido arrebatado [a los ángeles rebeldes] cuando se extinguieron retornaba inmediatamente al Ser Quien se sentaba en el trono: es decir que el diáfano y gran fulgor que el diablo perdió a causa de su soberbia y su contumacia cuando el germen de la muerte penetró en él y en todos sus secuaces –porque Lucifer tenía una luz más pura que la de los otros ángeles– volvió a Dios Padre, guardado en Su misterio; porque la gloria de Su esplendor no debía quedar vacía, sino que Dios la conservó para otra creatura luminosa. Pues Dios creó desnudo y sin la cobertura de la carne a quien [ahora] es el diablo, y a todo compañero suyo, pero [los revistió] con luminoso esplendor, esplendor que guardó para el lodo con que [luego] formó al hombre, vistiéndolo con la humildísima naturaleza terrenal para que no fuera a exaltarse asemejándose a Dios. Porque aquel a quien había creado luminoso y con inmenso fulgor, sin una cobertura tan frágil y tan mísera vestidura como la del hombre, no pudo mantenerse en la soberbia de su pretensión. Porque no hay sino un único Dios, sin principio y sin fin, eternamente; y por eso el más perverso de los crímenes es aquel por el que alguien se hace igual a Dios. Pero Yo, Dios celestial, conservé la noble luz que se separó del diablo por su maldad ocultándola cuidadosamente junto a Mí, y la di al lodo de la tierra que formé a Mi imagen y semejanza, como un hombre hace cuando muere su hijo cuya herencia no puede pasar a sus descendientes porque no tiene hijos; el padre toma la herencia y en su espíritu la dispone para otro hijo suyo aún no nacido, para dársela cuando hubiere nacido.” [2]

Es decir que, si bien el cuerpo del hombre era de un material tan basto como el barro –para no dar lugar a la tentación de la más necia soberbia: la de querer ser como Dios–, irradiaba sin embargo la fulgurante luz recibida por gracia divina, a modo de celestial ropaje. Sabían del barro, pero no lo veían: estaban vestidos. En Las causas y los remedios de las enfermedades vemos un texto interesante a la hora de puntualizar la importancia de ese luminoso vestido –blanco de las iras del demonio–, y también de su pérdida:

 Antes que Adán y Eva hubieran transgredido el precepto divino, refulgían esplendorosos como el sol, esplendor que era para ellos como una vestidura. Luego de la transgresión del precepto divino no brillaron más como lo habían hecho antes, sino que vinieron a ser oscuros y permanecieron en dicha oscuridad. Por eso, como vieran que no refulgían como antes lo habían hecho, conocieron que estaban desnudos y se cubrieron con las hojas de un árbol, como está escrito [Gén. 3, 7].” [3]

Casi a modo de digresión, recurso muy común en la retórica monástica, nos apartamos por un momento del hilo de nuestra exposición, mas no lo hacemos arbitrariamente. Porque, en la continuidad de los tiempos, en todo tiempo y en el nuestro también, adquiere vigencia un texto del Libro de las obras divinas sobre lo que debe ser el obrar natural del hombre, de acuerdo al núcleo más entrañable de su ser:

El alma es enviada por Dios al cuerpo del hombre para que por ella sea vivificado; y porque sabe que ha venido de su Creador, por eso también el hombre, tanto si se encuentra en alguna secta como si está en la recta fe, invoca el nombre de Dios, porque esta actitud le es connatural, de acuerdo a las fuerzas buenas de su alma. Por lo cual invocando el nombre de Dios el hombre asciende hacia lo alto, y gracias a la verdadera ley discierne la forma de vida con la que ha de venerar a Aquél a Quien invoca.” [4]

Es notable en este texto la preocupación de Hildegarda por subrayar que la conciencia de su creatureidad, y por ende la necesaria relación con Dios, es innata a todo hombre, y natural: no depende de su religión. Pero de la rectitud con que reconozca esta realidad dependerá el conocimiento que el hombre obtenga de la ley –divina ley natural– que ha de regir su conducta, para así ofrecer a su Creador el tributo de su alabanza, que no es otro que la realización plena del ser recibido, el Fiat del hombre al Fiat de Dios. Desde esta afirmación adquiere todo su sentido la referencia a Adán y su transgresión del precepto divino: es la transgresión de la ley natural misma, el pecado original, y original no sólo porque afecta al género humano en el primer hombre –su origen– sino porque se refiere al origen mismo del hombre. Por eso Adán se esconde de Dios, porque su desobediencia al mandato divino fue la desobediencia a la ley que regía su naturaleza de creatura: la voluntad de su Creador. Adán se oculta porque se ha desnaturalizado, ha quedado despojado de la luminosa plenitud de su naturaleza, se descubre “desnudo” ante su Señor. Ha perdido la luminosa vestidura celestial.

Pero volvamos a nuestro texto inicial, para abordar ahora el segundo tema señalado: la malignidad del demonio y su obra. El demonio es, aunque en la sombra –y dicho esto con toda propiedad–, verdadero coprotagonista de este drama que transcurre en el inicio de los tiempos: “Pues Lucifer había sido creado como un espejo, con todo su esplendor; mas él quiso ser la luz, y no la sombra de la luz, [5] pero el celo y la ira de Dios, extendiéndose como una nube de oscuro fuego, lo abatió con todos los suyos, y así quienes habían sido creados fulgurantes se transformaron en seres quemados por el fuego, y en lugar de ser luz clara y serena vinieron a ser negrura” [6] , nos recuerda Hildegarda. La soberbia del demonio se potencia con la envidia que despierta en él la luminosidad de la creatura hecha de barro, y se transforma en odio contra la primera mujer a causa de su maternidad presentida (observando a la mujer, conoció que habría de ser la madre de un ilustre linaje). Así lo vemos en el muy personal comentario de Hildegarda al capítulo 12 del Apocalipsis, comentario en el que –contrariando la interpretación tradicional y universal– identifica a la mujer vestida de sol con Eva (y no con María), aunque también podría referirse a toda mujer, a “la mujer”:

Pero como hubiese visto a la mujer vestida, en el envidioso saber por el que conoció que había sido arrojado del cielo el demonio, preguntándose en su interior por qué Dios le había dado [a ella] un vestido, se percibió a sí mismo […].

Esto debe interpretarse así. La antigua serpiente, viendo que había perdido aquel lugar en el que quería poner su trono ─porque había sido arrojada al infierno─, exacerbó su ira contra la mujer porque conoció que ella era la raíz de todo el género humano al que daría a luz. Y experimentando hacia ella un grandísimo odio se dijo que jamás cesaría de perseguirla hasta tanto no la hubiese ahogado en el mar, porque al principio él la había engañado.” [7]

Porque conoció que ella era la raíz de todo el género humano al que daría a luz: Eva estaba destinada a engendrar al género humano que, en estado de inocencia, poblaría el Paraíso celestial reemplazando a los ángeles caídos. Pero además, en esa descendencia suya y por el eterno designio divino se encontraba el Hijo de Dios, el Verbo encarnado en María, Quien recapitularía en Su humanidad a toda creatura, para hacerla partícipe de Su divinidad. La centralidad de la encarnación del Verbo Divino aporta una verdadera clave para la comprensión del pensamiento de Hildegarda. Por eso –y siempre en relación con el tema del vestido-cuerpo, objeto de la reacción del demonio– leemos en Las causas y los remedios de las enfermedades:

Dios, Quien es la vida sin inicio antes de la eviternidad [8] y en ella, en un tiempo determinado atrajo a Sí Su vestido, que estaba eternamente oculto en Él. Y de este modo Dios y el hombre son uno, como el alma y el cuerpo, porque Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza.” [9]

El cuerpo es el vestido del alma, pero el hombre todo es también él, precisamente, el vestido que Dios produjo en el tiempo, para la realización de lo que era un designio eterno: la Encarnación del Verbo divino, el Hijo de Dios hecho hombre, el Dios humanado para que el hombre, y en él la creación toda, fuera divinizado. Es en relación con tan increíble prodigio que cobra su verdadero sentido la expresión: hizo al hombre a Su imagen y semejanza, unidad de alma y cuerpo; no porque en Dios hubiera corporeidad, sino porque había de atraerla hacia Sí en ese acto de amor por el que Dios y el hombre serían uno, designio que no logró frustrar el diabólico engaño: “Y Dios hizo al hombre a Su imagen y semejanza, porque también quiso que la forma del hombre fuera el vestido de la santa divinidad; y por eso significó en el hombre a todas las creaturas, de la misma manera que toda creatura provino de Su Verbo.” [10]

La luminosa vestidura celestial..., la malignidad del demonio y la obra de su odio hacia la mujer...; y así llegamos, casi como a una consecuencia, a Eva y la famosa manzana: al dulce gusto de la manzana.

El relato bíblico, ya lo conocemos. Pero no el trabajo que la abadesa de Bingen hace sobre el mismo. Comienza diciéndonos que al gustar la manzana, Eva sintió que ella era diferente de como Dios la había hecho. Lo que aquí se está diciendo, finalmente, es que Eva, al saborear la manzana, se conoció, supo de sí misma, se afirmó a sí misma “frente” a Dios. No fue la sabiduría de Dios –según la promesa de la serpiente– lo que adquirió al gustar la manzana, sino la sabiduría de sí misma desgajada de su Dios: creatura en la soledad de sí misma. Una investigadora chilena: María José Ortúzar –autora de interesantes artículos “hildegardianos”–, en uno de ellos justamente titulado: De gustu pomi: Hildegard y la condición humana”, enfoca el tema del gusto de la manzana desde una perspectiva tal vez más tradicional, apoyándose en gran parte en la interpretación que aporta Barbara Newman en Sister of Wisdom; St. Hildegard’s Theology of the Feminine, y así identifica dicho gusto con el sabor de la carne (gustus carnis) o lujuria. Tal sería el veneno vertido por la serpiente sobre el fruto: la dulzura del pecado. En apoyo de tal afirmación traen un párrafo de una carta de Hildegarda:

La serpiente vino y respiró sobre la mujer con su elocuencia, y ella la aceptó y se inclinó hacia la serpiente. Y le dio la cosa (hoc) que había probado de la serpiente a su marido, y esto permaneció en el hombre, porque es el hombre el que lleva todos los actos a su culminación”,

con cuya traducción y significado marcamos diferencias. Nuestra versión:

Pero viniendo la serpiente, exhaló su aliento hacia la mujer a través de su palabra; ella la recibió y se inclinó hacia la serpiente. Y así como había gustado la palabra [recibida] de la serpiente, así la dio a su marido; y la palabra permaneció en el varón, porque el varón realiza plena y acabadamente todas las obras. Pero Dios no le había mandado que hiciera esto, sino la serpiente que con sus palabras suaves y mentirosas engañó a la mujer. De este modo se recibió de la serpiente el gusto de la carne, y por esto es voluble, liviano y falaz, como el consejo de la serpiente.” [11]

Ortúzar traduce el neutro “hoc” por “la cosa” – le dio la cosa que había probado de la serpiente a su marido–, tal vez refiriéndose a la manzana; nosotros preferimos mantener la referencia a “la palabra”, entendiendo que se trata de aquel “Seréis como dioses”, interpretación que da más sentido a ese “permaneció” en el varón (¿qué sentido tendría la permanencia de la manzana en el varón –esto permaneció en el hombre–?), y también a la afirmación de que es el varón quien culmina la realización de toda obra, por su capacidad rectora y su fortaleza. Porque no es la manzana –la lujuria– la causa o el sentido del obrar humano, pero sí lo es la palabra interior, como expresiva de una identidad esencial –seréis como dioses– que lleva a obrar en consecuencia. En cuanto al gusto de la carne, recordemos que “carne” no significa sólo lo corpóreo, sino más bien la consideración exclusiva del “sí mismo” en el mundo, con exclusión de toda otra persona estimada como tal, ya que queda convertida, por tanto, en objeto de uso. Toda otra persona: Dios, y el prójimo... Por eso enumera San Pablo las que llama “obras de la carne”, y entre ellas encontramos algunas que, en el sentir cotidiano, hubiéramos tenido como del espíritu: “Pero las obras de la carne son manifiestas: fornicación, impureza, obscenidad, lujuria, idolatría, hechicería, enemistades, enfrentamientos, rivalidades, ira, riñas, discordia, divisiones, envidia, homicidios, ebriedad, orgías y otras similares a éstas. [...] Fruto del Espíritu es el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, la templanza, la castidad.” (Gál. 5, 19-23) Finalmente, y en la Carta a los Efesios, da forma más explícita y profunda a lo dicho anteriormente, con una importante variación en la exposición: “Porque para nosotros la lucha no es contra la carne y la sangre sino contra los príncipes y las potestades, contra quienes gobiernan este mundo de tinieblas, contra los espíritus de la maldad en los cielos.” (Ef. 6, 13). Queda con esto, creemos, un poco más perfilado el sentido de los términos.

Otro texto traen Newman y Ortúzar para corroborar la tesis de la lujuria como “raíz y comienzo de todo pecado”, y esta vez pertenece a san Ambrosio de Milán, quien se refiere a los diversos géneros de tentaciones que asechan al hombre y nombra al demonio, “quien vomitó sobre este mundo cierta ponzoñosa sabiduría, para que los hombres pensaran que son verdaderas las cosas que son falsas, y para que su afectividad fuera seducida por una apariencia.” [12] Pero tampoco nos parece que este texto sea definitorio, puesto que precisamente la primera consecuencia enunciada del veneno de la serpiente (cierta ponzoñosa sabiduría) pertenece al orden del conocimiento; y la segunda (la seducción de las apariencias), que parece seguirse de la primera, no está referida a la lujuria como única y necesaria secuela, y mucho menos y de la misma manera como raíz de pecado.

No nos parece, entonces, que estemos ante una interpretación adecuada en cuanto al gusto de la manzana (aunque sí lo es en cuanto a una de las más fuertes consecuencias que trajo el haberla saboreado). Tratemos de profundizar un poco más en este tema, y lo haremos a partir de un párrafo de una carta dirigida por esa misma época (año 1153) a Conrado, abad de Kaisheim. La abadesa mantiene la misma línea de pensamiento, vinculando la obediencia al mandato divino con el delicioso, apacible jardín original, en tanto el gusto de la desobediencia se prueba en la garganta de la serpiente, en la engañosa y mortal seducción de la boca del diablo:

Porque la mano del Supremo Artífice te formó y te puso en un jardín de delicias; pero su espíritu ardiente engañó al hombre en la falaz opción por la propia voluntad, gracias a la soberbia del consejo del malvado engañador, por lo que fue expulsado a causa del gusto de la desobediencia. [...] Así el hombre probó el gusto de la garganta de la serpiente, cuando ardió en sus ponzoñosas venas, por lo que luego cometió fornicación en el deseo de la serpiente, que es la llama abrasadora [que surge] de la boca del diablo. La desobediencia produjo este alimento.” [13]

El gusto de la garganta de la serpiente: se reitera aquí la apelación al sentido del gusto en la referencia a las palabras del demonio, portadoras de la tentación a través del fruto ofrecido para saborear: el fruto de la sabiduría. Una vez más el contraste entre la Palabra de Dios, verdadera, creadora y ordenadora, y la palabra del demonio, mentirosa, destructora y generadora del caos.

Otra fortísima expresión: fornicar en el deseo de la serpiente, es aquella con que Hildegarda se refiere al abandono del amor divino ante la solicitación diabólica, planteando así y de ahí en más todo pecado del hombre como un conflicto de amor, como una pugna entre dos amores, legítimo uno solo de ellos, y no el otro. Porque Adán y Eva conocieron su posibilidad de pecar en el acto mismo de la prohibición divina: “Puedes comer de cualquier árbol del jardín; pero no comas del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que comieres de él morirás” (Gén., 2, 16-17). En este contexto ese árbol aparece cargado de profunda significación, porque la ciencia del bien y del mal a que se refiere es, finalmente, la ciencia de la realidad humana, de la creatura que se sabe tal ante su Creador, es la ciencia del sentido de la vida del hombre orientada hacia su Dios. Paradójicamente el hombre debía adquirir dicha sabiduría absteniéndose del fruto del árbol, por su libre y radical decisión de “querer aquello que sostenía toda su situación: la obediencia de la creatura respecto al Creador, y con ello la verdad del ser.” [14] Debía querer la Voluntad divina, el señorío de Dios; pero también conoció entonces que podía no hacerlo. En virtud de la tentación, el hombre reparó más en la única prohibición impuesta a su voluntad que en la amplitud de los bienes puestos a su disposición y bajo su poder; en lugar de aceptar un orden jerárquico dado, que lo proclamaba verdadera imagen y semejanza de Dios y en amistad con Él, prefirió la mentirosa ilusión de una igualdad en rivalidad con el Todopoderoso, según las palabras de la serpiente: “De ninguna manera moriréis. Pues Dios sabe que el día en que comáis de él [el árbol que está en el medio del Paraíso] se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal” (Gén. 3, 1-5). Es entonces que “la mujer vio que el árbol era bueno para comer, hermoso a la vista y de aspecto delicioso. Tomó de su fruto y comió y lo dio a su marido, quien [también] comió” (Gén., 3, 6). El dulce gusto de la manzana, la dulzura del pecado.

Pero la misteriosa fidelidad de Dios no podía dejar que el hombre perdiera su vida saboreando el fruto de muerte, el dulce gusto de la manzana. Y es a María José Ortúzar a quien agradecemos otra consideración suya, una comparación esta vez, que nos ha parecido muy interesante, y es la que relaciona por modo de antítesis la manzana ofrecida por el demonio como fruto para la perdición, con la Eucaristía en la que Cristo se brinda como alimento para la salvación. Por donde el hombre puede, ahora sí, saborear “el dulce gusto de la carne”. Corpus Christi... En efecto, en Scivias dice la abadesa de Bingen:

Y habiendo padecido en el madero de la cruz por vuestra salvación, se entregó a vosotros para que también vosotros con sincero afecto recibáis, sin mezcla de amargura alguna, este pan dulce y puro, consagrado en el altar como Su cuerpo por la divina invocación; y así, al libraros por este Cuerpo del hambre del hombre interior, podáis llegar al banquete de la felicidad eterna.” [15]

Es en el momento de la muerte de Cristo en la cruz que el dulce gusto de la manzana cede ante el Pan Celestial nacido de la Virgen por obra del Espíritu Santo. El Pan Celestial nacido en Belén, la ciudad del pan, termina de hornearse en la consumación de Su Amor haciéndose Pan Eucarístico en Jerusalén, la ciudad santa.

Jerusalén, la ciudad santa, pero asimismo la ciudad que mata a los profetas... Allí también Jesús es el Cordero de Dios inmolado, prefigurado en aquel cordero pascual que los hebreos comieron en Egipto: un cordero sin mancha, que con su muerte preservaría a los judíos de la muerte y los liberaría de la esclavitud, y al que en la posterior prescripción de la observancia pascual celebratoria no debía quebrársele ningún hueso (Éx. 12). El Jueves Santo Jesús comió con sus discípulos el cordero ritual, y al consagrar el pan y el vino –Su carne y Su sangre– anticipó al pascual Cordero de Dios del Nuevo Testamento, hecho Eucaristía. [16]

El Pan celestial, el Cordero Pascual, el Cuerpo de Cristo... Y continúa Hildegarda diciéndonos, en su visión sobre la Eucaristía :

Cuando la oblación de pan y vino ha sido ofrecida sobre el altar dedicado a Mi Nombre en memoria de Mi Hijo, Yo el Todopoderoso, iluminándola milagrosamente con Mi poder y con Mi gloria, la transformo en el cuerpo y la sangre de Mi Unigénito. ¿Cómo? Por el mismo milagro por el cual Mi Hijo recibió un cuerpo de la Virgen , por ese mismo milagro también esta ofrenda se convierte en Su cuerpo y Su sangre en la consagración.” [17]

Una carta de la abadesa se explaya sobre este misterio, reuniendo de algún modo todos los elementos que venimos trabajando:

Y el ángel anunció la vestidura de la santa Encarnación a la candorosa sencillez de la Virgen (Luc. 1), en quien halló el fundamento de la humildad como Dios lo había puesto; porque se llamó a sí misma la esclava del Señor cuando el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su sombra. (ibíd.) Pues el Espíritu Santo, que supera todo humano conocimiento, la visitó infundiéndose en ella de una manera diferente, que jamás conoció mujer alguna al engendrar. Y el poder del Altísimo la cubrió con Su sombra, porque con Su calor la atrajo y tranquilizó de tal manera, que en Su dulcísima sombra ahuyentó de ella por entero todo ardor de pecado, como el hombre por el calor del sol estival busca la sombra. Y así el mismo poder del Altísimo, que se hizo carne en el vientre de la Virgen , a las palabras del sacerdote convierte la ofrenda de pan y vino que está sobre el altar en el sacramento de la carne y de la sangre, calentándolo y animándolo con Su poder.” [18]

Dejado el agridulce gusto de la manzana –porque la demoníaca soberbia cede ante la humildad de María– ya puede el hombre, recuperado en el Verbo encarnado el resplandor de su vestidura celestial, saborear el pan de vida y la bebida de salvación, el dulce gusto de la carne, el Corpus Christi.

 


NOTAS:

[1] Nam cum Deus hominem crearet, celesti vestimento eum induit, ita ut in magna claritate fulminaret; sed diabolus, mulierem inspiciens, matrem cuiusdam magni mundi eam futuram esse cognouit, ac in eadem malignitate qua a Deo recessit, effecit ut ipsum in hoc opere suo superaret; ita ut idem opus Dei, quod homo est, in societatem suam conuerteret. Tunc mulier, in gustu pomi se aliam esse sentiens, pomum uiro suo dedit; et sic ambo celeste uestimentum perdiderunt. (Liber divinorum operum 1, 1, 14. Turnhout: Brepols, 1996, p. 56-57. (CCCM 92). (vuelve al texto)

[2] Sed quod splendorem illum magnum qui eis abstractus est uidisti subito in earum exstinctione reuerti ad ipsum sedentem in throno: hoc est quod perspicuus et magnus fulgor, quem diabolus propter superbiam et contumaciam suam perdidit, cum ipsum et omnes sequaces eius intrauit germen mortis (quoniam idem Lucifer purioris erat luminis quam ceteri angeli) reuersus est ad Deum Patrem seruatus in secreto eius; quia gloria splendoris illius non debuit esse uacua, sed Deus seruauit eam alteri factae luci. Nam quem Deus nudum surgere iussit atque non coopertum carne, qui diabolus est cum omni comitatu suo, sed tamen in splendore clarum, illius splendorem seruauit limo, quem formauit hominem, tegens ipsum uilissima natura terrae, propterea ne se extolleret in similitudinem Dei; quia quem clarum creauerat in multo fulgore, sed non coopertum tam fragili et tam misera forma ut est homo, hic non potuit stare in elatione sua, quia non est nisi unus Deus sine initio et sine fine, in aeternitate. Ac ideo sceleratissimum est prae ceteris criminibus qui se Deo similat. Nunc autem ego Deus caelestis seruaui illustre lumen quod secessit a diabolo propter malum eius, hoc diligenter abscondens apud me, et dedi illud limo terrae quem formaui ad imaginem et similitudinem meam, sicut aliquis homo facit cum filius eius moritur, cui non adhaeret hereditas in natis ipsius; quia non habet filios hereditatis, eandem hereditatem attrahit sibi pater et componit eam in mente sua alii filio suo nondum sibi nato, dans eam illi cum natus fuerit ex ipso. (Scivias 3, 1, 16. Turnhout: Brepols, 1978, p. 344-45. (CCCM 43a) (vuelve al texto)

[3] Sed antequam Adam et Eva divinum praeceptum praevaricati fuissent, ut sol in splendore fulgebant, qui splendor etiam ipsis quasi pro vestimento fuit. Qui dum praeceptum dei transgredientes amplius non fulgebant, ut prius fecerant, sed obscuri facti sunt, et ita in obscuritate illa permanserunt. Unde cum viderent se non fulgere, sicut prius fulgebant, cognoverunt se nudos esse et foliis arboris, sicut ibi scriptum est, se obtexerunt. (Causae et curae 2, p. 46, 25-33. Leipzig: Teubner Verlag, 1903). (vuelve al texto)

[4] Anima itaque a Deo in formam hominis mittitur, quatinus eadem forma per ipsam uiuificetur; et quia a creatore suo se uenisse sentit, idcirco etiam homo tam in secta aliqua quam in fide recta positus Deum nominat, quoniam hoc ex bonis uiribus animę sibi insitum habet. Quapropter et ipse nomen Dei querendo in altitudinem ascendit atque per quandam legem disciplinam excribrat, qua illum quem nominat ueneretur. (Liber divinorum operum 1, 4, 18, p. 150). (vuelve al texto)

[5] Lucifer enim uelut speculum cum omnibus ornamentis suis constitutus erat; sed ipse lux, et non umbra eiusdem lucis esse uoluit. (Liber Vite Meritorum 6, 14. Turn­hout: Brepols, 1995, p. 270. (CCCM 90). (vuelve al texto)

[6] [...] zelus Domini se extendens in ignea nigredine illum cum omni comitatu suo deiecit, ita quod ipsi feruidi contra fulgorem et nigri contra serenitatem quam habuerant effecti sunt. (Scivias 1, 2, 2, p. 15. (CCCM 43) (vuelve al texto)

[7] Sed cum diabolus mulierem uestitam uidisset, in inuida scientia, qua se de celo proiectum cognouit, intra se sciscitando ut quid Deus illi uestitum dedisset, seipsum decerpsit […]. Hoc considerandum sic est: Antiquus dracho, uidens quia locum illum perdidisset in quem sedem suam ponere uolebat, quoniam in tartarea loca proiectus erat, iram suam in mulierem exacuit quia illam radicem omnis humani generis per partum esse cognouit; et in maximo odio eam habens intra se dixit quod numquam cessaret illam persequendo quousque ipsam uelut in mari suffocaret, quia eam primum deceperat. (Liber divinorum operum 2, 1, 16, p. 283-84). (vuelve al texto)

[8] La eviternidad es una condición intermedia entre la eternidad y el tiempo. Es la duración sin término natural de un ser incorruptible (el ángel), y en eso difiere del tiempo; pero no es absolutamente sin término puesto que es la duración de un ser contingente que no es su propia razón de ser sino que tiene un origen o principio y puede tener asimismo un fin –aunque no natural–, y en eso difiere de la eternidad. La eviternidad no implica mutación sustancial según un antes y un después, y en esto difiere del tiempo, pero sí presenta mutación accidental en cuanto a las diversas operaciones que realiza el ángel, y en esto se diferencia de la eternidad. (vuelve al texto)

[9] [...] et ita etiam deus, qui ante aevum et in aevo vita sine principio fuit, in constituto tempore indumentum suum, quod aeternaliter in ipso latuit, sibi attraxit. Et hoc modo deus et homo unum sunt ut anima et corpus, quoniam deus hominem ad imaginem et ad similitudinem suam fecit. (Causae et curae II, p. 65, 14-18). (vuelve al texto)

[10] Et Deus ad imaginem et similitudinem suam formam hominis fecit, quia etiam ut forma illius sanctam diuinitatem tegeret uoluit; ideoque et omnes creaturas in homine signauit, quemadmodum etiam omnis creatura per uerbum suum processit. (Liber divinorum operum 1, 4, 14, p. 145). (vuelve al texto)

[11] Sed serpens veniens mulierem per eloquium afflavit, et ipsa illud suscepit, ac se ad serpentem reclinavit.  Et sicut a serpente hoc gustaverat, sic viro suo idem dedit, et illud in viro permansit, quia vir omnia opera pleniter perpetrat. Hoc autem Deus fieri non jussit; sed serpens per blanda et lusoria verba mulierem decepit. Tali enim modo gustus carnis a serpente susceptus est, et ipse ideo lubricus, et levis ac fallax, ut consilium serpentis est. (Carta 110r –a una abadesa–, año ant. de 1175. Turnhout: Brepols, 1993, p. 273 (CCCM 91a). (vuelve al texto)

[12] Alia sunt per principem istius mundi, qui quaedam venena sapientiae in hunc mundum evomuit; ut vera putarent homines esse quae falsa sunt, et specie quadam hominum caperetur affectus. (Ambrosius Mediolanensis. De paradiso, PL 14, 0302A). (vuelve al texto)

[13] Nam manus summi artificis formauit te et posuit te in hortum uoluptatis. Sed hominem decepit flagrans mens eius in uana optione uoluntatis ipsius per superbiam consilii criminosi deceptoris; unde ipse expulsus est per gustum inobedientie. […] Sic tetigit homo gustum gutturis serpentis, quando estuauit in uenenosis uenis suis. Vnde et postea fornicatus est in uipereo desiderio, quod est flagrans flamma ab ore diaboli. Hunc cibum operata est inobedientia. (Carta 144r –al abad Conrado–, año 1153, p. 320-21, CCCM 91a). (vuelve al texto)

[14] Guardini, Romano. Meditaciones teológicas. Madrid: Cristiandad, 1965, p. 62. (vuelve al texto)

[15] Et in ligno pro salute uestra passus semetipsum uobis contulit, ita ut et uos sine admixtione ullius amaritudinis suauem et purum panem diuina inuocatione corpus eius in altari consecratum sincero affectu suscipiatis, quatenus per hoc esuriem interioris hominis effugientes ad epulas aeternae beatitudinis peruenire ualeatis. (Scivias 2, 6, 27, p. 256). En cuanto al tema eucarístico, agradecemos la excelente exposición de Guillermina Agüero de De Brito, “Hildegarda de Bingen: su visión sobre la Eucaristía (Scivias 2, 6)”, 321-52. En: Fraboschi, Azucena Adelina (comp.). Desde el fulgor de la Luz Viviente... Hildegarda, abadesa de Bingen. Buenos Aires: Educa, 2007. 445 p. (vuelve al texto)

[16] Charbonneau-Lassay, Louis. El Bestiario de Cristo. El simbolismo animal en la Antigüedad y en la Edad Media. 2 vol. Barcelona: José J. de Olañeta, 1997. vol. I, p. 163. (vuelve al texto)

[17] Ego omnipotens cum oblatio panis et uini super altare nomini meo dedicatum in memoria Filii mei oblata fuerit, eam mirabiliter uirtute et gloria mea illustrans in corpus et sanguinem eiusdem Vnigeniti mei transfundo. Quomodo? Ipso miraculo quo idem Filius meus carnem ex Virgine suscepit, ipso etiam oblatio haec in consecratione ista caro et sanguis eius efficitur. (Scivias 2, 6, 36). (vuelve al texto)

[18] Et ipsa indumenta sanctae Incarnationis angelus simplicitati Virginis nuntiavit (Luc. 1), in qua fundamentum humilitatis invenit, sicut Deus illud posuit, quia anquillam Domini se nominavit, ubi idem ángelus ad eam dixit: Spiritus sanctus superveniet in te, et virtus Altissimi obumbrabit tibi (ibid). Nam Spiritus sanctus omni humanae scientiae superexcellentius eam visitavit, alio scilicet modo se illi infundens, quam nunquam ulli feminae in pariendo infunderetur. et virtus Altissimi illam obumbravit, quoniam in calore suo ipsam ita delinivit, ut ei omnem fervorem peccati in dulcissima obumbrationi sua ex toto abstergeret, velut homo propter aestum solis umbram quaerit. Itaque eadem virtus Altissimi, quae in utero Virginis carnem operata est, super altare ad verba sacerdotis oblationem panis et vini in sacramentum carnis et sanguinis convertit,virtute sua illud fovens. (Carta 43, PL 197, 0212D-0213B). (vuelve al texto)

 

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