| Las Virtudes aparecen mencionadas por vez primera en Scivias 1, 1: “Pero del que se sentaba sobre la montaña [Dios] salieron multitud de centellas vivientes, que volaban alrededor de las imágenes con gran suavidad. Estas centellas son “las diversas y poderosísimas virtudes que vienen de Dios todopoderoso, rutilantes en la divina claridad”, las cuales “rodeándolos con su ayuda y su custodia, ardientemente abrazan y tranquilizan a quienes temen verdaderamente a Dios y fielmente aman el espíritu de pobreza”[1]. Es evidente que no se trata aquí de las virtudes naturales (hábito operativo bueno[2]): ni de las intelectuales (que perfeccionan al intelecto) –ya sea especulativas (intelecto, ciencia y sabiduría[3]) o bien prácticas (arte y prudencia[4])– ni de las morales (que disponen a la voluntad para actuar bien), las llamadas cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza[5]). Más bien podría tratarse de las virtudes sobrenaturales (como dones del Espíritu Santo que perfeccionan el obrar del alma a nivel sobrenatural), verdaderos poderes divinos entre los que las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, son las más mentadas. Las Virtudes se presentan a sí mismas en Scivias 3, 13, 9: Gunilla Iversen, en su trabajo “Ego Humilitas, regina Virtutum: Poetic Language and Literary Structure in Hildegard of Bingen’s Vision of the Virtues”[7], relaciona esta presentación con la que encontramos en El drama de las Virtudes y que viene a continuación de la exclamación de los Patriarcas y los Profetas: “¿Quiénes son éstas, que avanzan como las nubes?”[8], a lo que las Virtudes responden: Una vez más recordamos que estas Virtudes no son las virtudes morales tradicionales, esto es, los hábitos que nos disponen para obrar el bien de acuerdo a nuestra naturaleza, y que radican en nuestras potencias. Son Fuerzas, energías divinas [“en Dios estamos y en Dios permanecemos”] que sirven a Dios [“al Rey de reyes servimos”], y aquí cabe una primera acotación. En efecto, el término usado para significar el servicio es militamus, es decir que el servicio implica lucha, batalla, idea que aparece reforzada por el uso de “Rey de reyes” para designar a Dios, y que es ampliada por la explícita referencia a la batalla contra Lucifer y a la victoria de las Virtudes. El mismo verbo, militemus, expresa el servicio de las Virtudes a favor de los hombres [“ayudando a quienes nos invocan”]. A partir de lo dicho, podemos añadir que hay algún punto en común entre estas Virtudes y aquellas otras que se dan en el hombre: ambas luchan al servicio de Dios, contra el mal. Porque la virtud moral en el hombre se forja y se perfecciona a través de la multiplicación de actos que, presididos por un claro discernimiento de lo que es el bien de la naturaleza humana –finalmente se trata de realizarse como la creatura que somos: imagen y semejanza de Dios–, luchan contra el desorden, la desmesura y la falta de armonía que constituyen su legado original y la instigación enemiga. En esta dura lucha el hombre se ve auxiliado por las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad– que se refieren en forma directa a Dios Uno y Trino y, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano. Informan y vivifican todas las virtudes morales”[10]. El texto de El drama de las Virtudes nos aporta nueva precisión. Allí las Virtudes responden al asombro de patriarcas y profetas afirmando, por una parte, su inhesión en el Verbo encarnado glorioso, y por otra, su trabajo en la tierra, con los hombres: los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, las piedras vivas de la Iglesia, ambas imágenes reunidas en la expresión “edificando los miembros”. Y ahora que ya sabemos qué quiere
decir Hildegarda cuando habla de las Virtudes, conozcamos a una de
ellas: Con respecto a la apariencia de la imagen misma hay dos puntos a notar: su figura diferente a la humana, y sus múltiples ojos colocados a lo largo de todo su ropaje oscuro. Estamos aquí ante una figura con ojos heterotópicos, es decir, múltiples ojos situados en diversas partes que no son las que naturalmente corresponden. Chevalier y Gheerbrant entienden esta condición como infrahumana, y acuden al recuerdo del pastor Argos: los muchos ojos del mítico guardián de la vaca Io –ojos que nunca se cierran todos al mismo tiempo– significan una vigilancia volcada enteramente al mundo exterior, que así absorbe al hombre[13] imposibilitándole el recogimiento interior –hecho de una intimidad de silencio y de reflexión– en el que puedan darse la visión y la comprensión intelectuales. El Pastor Argos mira sin ver porque ve sólo una realidad aparente, las cosas exteriores en las que queda atrapado, y de allí su confusión y su falta de interioridad; en tanto que el que ve a Dios y a toda la creación como manifestación de la Divinidad, descubre la Verdad de la magnificencia de su Creador, tanto como la suya propia de pequeñez y de pecado. En este sentido –el del conocimiento reverente de la Verdad– tenemos en Ez. 1, 18 y 10, 12 los querubines, seres tetramorfos (hombre, toro, león y águila) dotados de cuatro alas y sobre ruedas llenas de ojos; en Apoc. 4, 6-9 encontramos a los cuatro vivientes (figuras semejantes al león, al toro, al hombre y al águila) también llenos de ojos. En ambos casos se trata de seres próximos a la gloria de Dios, a Quien tributan alabanza en el conocimiento y contemplación de Su belleza. Es decir que la imagen llena de ojos por todos lados es una imagen que habla de sabiduría, de visión gozosa. Como lo dice el Sal. 110, 10: “El temor de Dios es el inicio de la sabiduría, todos los que lo experimentan tienen un conocimiento verdadero”. Recordemos por otra parte un texto evangélico muy significativo sobre este tema: “La lámpara de tu cuerpo es tu ojo. Si
tu ojo es puro todo tu cuerpo será luminoso; pero si tu ojo es
turbio, todo tu cuerpo será oscuro. Por consiguiente, si la luz
que hay en ti es oscuridad, ¡cuán grande será la
oscuridad misma!” (Mat. 6, 22-23). Si bien los ojos en
la cabeza señalan la iluminación racional, de la inteligencia,
los ojos en todo el cuerpo indicarían la iluminación de
la totalidad y plenitud de la persona y el obrar conforme a la voluntad
del Señor. Porque el cuerpo, la persona translúcida, no
sólo recibe la Luz que la ilumina sino que es luz para los demás: “Señor,
que quien me mire, a Ti te vea”; entonces el ser “todo ojos” es
el hombre transfigurado, vuelto a su Dios y Señor, que puede decir
con el apóstol Pablo: “Pero ya no vivo yo, sino que Cristo
vive en mí: porque aunque ahora estoy viviendo en la carne, vivo
en la fe en el Hijo de Dios, Quien me amó y Se entregó por
mí.” (Gál. 2, 20)
Por eso en El drama de las Virtudes (Ordo Virtutum), Temor de Dios les dice: “Yo, el Temor de Dios, os preparo, hijas felicísimas, para que fijéis la mirada en el Dios vivo y no perezcáis”, y ellas le responden: “Oh Temor, tú nos eres sumamente útil, pues nosotras tenemos como cuidado nuestro diligentísimo jamás separarnos de ti”[14]. Ser todo ojos significa la total “vigilancia” (virtud muy benedictina, como veremos casi de inmediato), ese buscar más allá, buscar con sabio discernimiento al mismo Dios. Encontramos aquí apuntadas las dos notas asociadas al Temor de Dios: la preparación ya como el inicio de la sabiduría (que no otra cosa es la contemplación de Dios), preparación que ha de ser en la humildad significada por el ropaje oscuro (porque la soberbia es caída y muerte delante de Dios, como aconteció a Lucifer), y su presencia como insoslayable y necesaria para el amor que hace, de la contemplación, sabiduría. En cuanto a la figura de Temor de Dios, dice la abadesa de Bingen que no parecía humana: porque en su humildad, el Temor de Dios se ha vaciado de toda consideración humana que por cualquier forma de soberbia debilidad –mortal intento, dice Hildegarda, porque conduce a la muerte y no a la vida– quisiera ignorar la justicia divina: sus ojos sólo tienen una mirada, nuevamente decimos: agudísima y penetrante, indeficiente, para el Reino de Dios y Su justicia. Ésa es también su fuerza, que triunfa sobre la negligente lasitud del hombre. Pero en las palabras de la presentación que Temor de Dios hace de sí mismo no se muestra esta fuerza, sino que predomina la imagen del temor que pareciera hablar, precisamente, de debilidad. San Benito, refiriéndose a la fuente de todo conocimiento, a la Sagrada Escritura, dice: “[...} y abiertos nuestros ojos a la luz divina, escuchemos con oídos asombrados y atónitos lo que la voz divina, con Su clamor de cada día, nos advierte diciendo: ‘Si hoy oyereis Su voz, no queráis endurecer vuestros corazones’; [...] ¿Y qué dice? ‘Venid, hijos, escuchadme, os enseñaré el temor de Dios’ [...]”[15] La vista y el oído son las dos entradas tradicionales de todo conocimiento, pero hay aquí una diversificación interesante, puesto que mientras la referencia a la Luz deificante apunta a la iluminación del entendimiento por la Verdad que lo deslumbra, la que se hace al oído habla de la actitud humilde del amor humano ante esa Verdad que es su soberano Bien: un corazón abierto, dócil y maleable que acoge al Amado y permite Su impronta (“Ponme como un sello sobre tu corazón”, dice la Esposa del Cantar de los Cantares 8, 6), y no un corazón que Lo rechaza, endurecido y cerrado; un corazón que aprenderá a temer la pérdida de Aquel a Quien ama y se aplicará fuertemente a retenerlo con las diligencias de su amor, y no un corazón desinteresado, débil y negligente, porque de este último hace presa el demonio con sus engaños y seducciones. ‘Venid, hijos, escuchadme, os enseñaré el temor de Dios’... Precisamente en un sermón sobre los siete dones del Espíritu Santo (opuestos a siete clases de pecados), San Bernardo de Claraval –contemporáneo de Hildegarda– se refería al primero de ellos, al que está en la base de todos los demás, al Temor de Dios que escudriña la conciencia del hombre, lucha contra la negligencia y la pereza con su diligencia y solicitud, y con gran fuerza arroja fuera del hombre toda flojedad[16]. En efecto, entre los dones del Espíritu Santo aquel supremo es el de la Sabiduría, en tanto el ínfimo es el del Temor de Dios; de allí su presencia humilde delante del Señor. Pero no es sólo el primer escalón; esta imagen llena de ojos es clarividente porque en su humildad puede conocer a su Dios y Señor y conocerse en su creatureidad (su gloria y su miseria), y de allí su temor: el temor de perder a Aquel que es su verdadero ser, por Quien, de Quien y para Quien es; finalmente, el temor de perder al Amado. El temor de perder a su Dios. Por ello su agudísima y penetrante mirada, que procede de la claridad de la recta intención, vigila con amor diligente y fuerte celo por el cumplimiento de la voluntad salvífica de Dios, esto es, de Su justicia.Este temor ya no es la debilidad que quisiera huir de Dios, porque está sustentado por la fuerza del amor que Lo busca; no es miedo ante el juicio condenatorio, es celo por la realización de Su justicia salvífica. El Temor de Dios es clarividente mirada dirigida hacia la Luz, fuente de Vida eterna. “Porque en Ti está la fuente de la vida, y en Tu luz veremos la luz” (Sal. 35, 10)
BIBLIOGRAFÍA:Fuentes:Hildegardis Bingensis Liber Divinorum Operum. Cura et studio
Albert Derolez et Peter Dronke. Turnhout: Brepols, 1996. (CCCM 92). Traducciones: Hildegard of Bingen’s. Book of Divine Works with Letters
and Songs. Ed. and intr. by Matthew Fox. Santa Fe, New Mexico: Bear & Company,
1987. 408 p. Estudios sobre Hildegarda de Bingen: Burnett, Charles; Dronke, Peter (eds.). Hildegard of Bingen. The
Context of Her Thought and Art. London: Warburg Institute, 1998.
234 p. Estudios generales (cultura cristiana, pensamiento filosófico): Blum, Jean. Cátaros. Su misterio y su mensaje.
Madrid: Edaf, 2002. 463 p. (Colección “Al Límite”). Diccionarios especializados: Chevalier, Jean; Gheerbrant, Alain. Diccionario de los símbolos.
6ª ed. Barcelona: Herder, 1999. 1107 p. |
NOTAS:[1] [...] hoc est quod ab omnipotente Deo diuersae et fortissimae uirtutes in diuina claritate fulminantes ueniunt, quae illos qui Deum ueraciter timent et qui paupertatem spiritus fideliter amant, suo adiutorio et custodia circumdantes ardenter amplectuntur et deleniunt. (Scivias 1, 1, 4, p. 10). (vuelve al texto) [2] Virtus humana, quae est habitus operativus, est bonus habitus et boni operativus (Tomás de Aquino. Suma teológica I-II, q. 155, a. 3). (vuelve al texto) [3]
[4] Ibíd., a. 3 y 5. (vuelve al texto) [5] Ibíd., q. 61, a. 1-2. (vuelve al texto) [6]
[7]
[8]
[9]
[10] Catecismo de la Iglesia Católica, p. 468. (vuelve al texto) [11]
[12]
[13] Chevalier y Gheerbrant, ob. cit., v. Ojo, p. 771. (vuelve al texto) [14]
[15] [...] et apértis óculis nostris ad deíficum lumen, adtónitis áuribus audiámus, divína cotídie clamans quid nos ádmonet vox dicens: Hódie si vocem eius audiéritis, nolite obduráre corda vestra; [...] Et quid dicit? Veníte, filii, audíte me, timórem Dómini docébo vos. [...] (San Benito. Su vida y su Regla. Prólogo, 9-12, p. 316-18). (vuelve al texto) [16]
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