HONORIO DE AUTUN |
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Honorio de Autun (1090-1152): en sus diversas obras(1) trata los temas que más ocupan la especulación de su siglo, y que muestran significativas coincidencias –también en su tratamiento– con la temática desarrollada por Hildegarda de Bingen; nos detendremos principalmente en los que se refieren al mundo y al hombre como parte de él, con una breve introducción sobre el papel de las artes liberales y la Sagrada Escritura en el conocimiento, aunque también haremos referencia a algunas afirmaciones de índole teológica. 1. El progreso en el conocimiento: en su tratado De animae exsilio et patriae, alias, de artibus (cap. 1) propone el paso de la ignorancia —la región de las tinieblas, en la que los hombres son llamados, precisamente, "hijos de las tinieblas"— a la sabiduría —la región de la luz, que habitan los hijos de la luz— con la imagen del destierro del alma en Babilonia por una parte, y el retorno a Jerusalén por otra. En el camino de regreso el alma pasa por diez ciudades —las artes liberales, que Honorio fija en diez(2)— que son: 1) Gramática(3) (en la que al modo de los cónsules gobiernan Donato –con su Ars maior y Ars minor– y Prisciano –con la Institutio grammatica–, quienes enseñan la nueva lengua a los viajeros); 2) Retórica(4): allí Cicerón enseña a hablar con elegancia –De oratore; Orator; Brutus; De inventione rhetorica; Catilinariae, etc.–, cuidando simultáneamente de la moralidad en la conducta, por la vigencia de las virtudes cardinales; 3) Dialéctica(5) (con Aristóteles –Topica; De sophisticis elenchis; Categoriae; De interpretatione, etc.–), ciudad cuyo alcázar es la sustancia, rodeada por las nueve torres que son los accidentes; 4) Aritmética (con Boecio –Institutio arithmetica; Institutio geometrica–), donde se aprende que Dios todo lo dispuso con medida, número y peso; 5) Música(6) (también con Boecio y su De musica); 6) Geometría y Geografía (con Arato –Phainomena–); 7) Astronomía (donde Hyginio, con el tratado De astronomia, muestra el cielo y cuanto en él se contiene, y Julio explica el cómputo para el cálculo de los años); 8) Física, o Medicina (con el Corpus Hippocraticum, donde los viajeros aprenden las virtudes y las naturalezas de las hierbas, árboles, piedras y animales, para llegar al remedio del alma a través del remedio del cuerpo); 9) Mecánica, donde aprenderán a trabajar con los metales, las piedras, la madera, el mármol, y sabrán de pintura, escultura y otras artes (con Nemrod y su torre, Salomón y el Templo y el arca de Noé); 10) Economía, donde se disponen los reinos y las dignidades, y se distinguen oficios y órdenes. Y finalmente llega a la patria, es decir, a la verdadera sabiduría, "que resplandece en las Sagradas Escrituras y es perfecta en la visión de Dios" (cap. 12). Allí la Escritura se edifica una casa que sustenta en siete columnas (los dones del Espíritu Santo), cuyas paredes son los sentidos que el intelecto encuentra en su lectura del texto: histórico(7), alegórico(8), tropológico(9) y anagógico(10). En la Jerusalén celestial mora el Rey a Quien alaban los nueve coros angélicos, que no se cansan de contemplarlo. "Los patriarcas son allí figura de Cristo, los profetas lo anuncian en sus escritos, los apóstoles lo predican al mundo con los signos que realizan y con sus virtudes, los mártires le ofrecen su sangre en inmolación, las vírgenes lo adoran ofreciéndole su castidad". 2. Acerca de Dios: dedica buena parte de su obra a temas teológicos, y aunque sus desarrollos tienen mucho de tradicional, lo nuevo no está del todo ausente. 2.1. Dios es uno y trino: en su obra Elucidarium sive dialogus de summa totius christianae theologiae (diálogo entre un discípulo y su maestro) comienza planteando el tema de la Trinidad mediante una imagen, la del sol, que es inseparablemente sustancia ígnea, esplendor y calor, en los que ha de entenderse al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo(11). El Padre es la fuente y origen de donde procede todo cuanto existe; el Hijo, que es la sabiduría del Padre, es generado por el Padre como el esplendor lo es por el sol; el amor del Padre y del Hijo es llamado Espíritu Santo, casi como espirado por ellos. La fuerza creadora de Dios recibe el nombre de Padre porque pone las cosas en la existencia; la potencia del Hijo las sustenta para que no vuelvan a la nada, y la inspiración del Espíritu Santo las vivifica y les da su ornato. Todas las cosas proceden del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo (Ex Patre, per Filium, in Spiritu sancto, I, 2), reiterando el esquema agustiniano: memoria, inteligencia y voluntad. Es interesante la pregunta que a continuación plantea el discípulo: "Dado que la omnipotencia y la más grande clemencia se predican de Dios, ¿por qué no se lo llama madre?", a lo que responde el maestro: "Porque la generación principalmente procede del Padre". Y continúa el discípulo: "Y puesto que la verdad, o la sabiduría, se dicen del Hijo, ¿por qué no se lo llama hija?", a lo que el maestro replica que siendo similar al Padre, conviene más el nombre de Hijo que el de Hija. Finalmente llega la pregunta por el Espíritu Santo: siendo de ambos, ¿por qué no se le llama Hijo, para que de uno proceda como de Padre, y el otro le sea madre? Y la respuesta: "Porque procede de manera simultánea e igual de uno y de otro, y él mismo es el vínculo de toda la Divinidad". 2.2. Sobre la existencia de Dios: en De philosophia mundi libri quatuor (libro I, cap. 5) Honorio prueba la existencia de Dios por la creación del mundo y por su disposición cotidiana. En lo que a la creación del mundo se refiere, constata que está formado por la conjunción de elementos y cualidades opuestos, que naturalmente tenderían a rechazarse y no a asimilarse, lo que prueba que la constitución del mundo no puede ser fruto del azar. Por otra parte resulta también inexplicable que el azar haya producido al mundo, siendo más sencillo no hacerlo; se requeriría para ello el concurso de causas preexistentes. Pero como nada precede al mundo excepto su creador, es claro que no pudo surgir por azar, sino que su producción se debe a la obra de un artífice. Y este artífice no pudo ser el hombre, creado con posterioridad, ni pudieron ser los ángeles, porque fueron creados juntamente con el mundo. Por consiguiente, el mundo fue hecho por Dios, y es prueba de Su existencia. También la disposición de lo creado habla de la existencia de Dios, porque la disposición remite a una sabiduría: divina, angélica o humana. Humana no puede ser, porque si bien la sabiduría humana puede hacer una obra con figura de hombre o de animal, no puede darle vida y movimiento. Tampoco puede ser sabiduría angélica, porque ¿cómo podría el ángel darse una disposición a sí mismo? Por consiguiente, estamos ante la Sabiduría Divina, y Dios es el Creador del mundo. En Él residen el poder de obrar (potentia operandi), la sabiduría para hacerlo bien y la voluntad de hacerlo, por donde se designan las Tres Divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 3. La creación: Dios, que es espíritu, uno, simplísimo, vida y eternidad esencial, sabiduría, verdad, justicia, contiene ejemplarmente en sí a toda creatura y procede a crearla como desde la nada a partir de su arquetipo, por lo que la creatura es como sombra de la vida y de la verdad, imitación de la eternidad a través del nacimiento y de la muerte que se repiten una y otra vez, en el círculo de la existencia. En De imagine mundi (I, cap. 2;) dice Honorio, refiriéndose a los momentos de la creación, en esta línea de la ejemplaridad: "La creación del mundo se describe de cinco maneras. Una, por la que la inmensidad del mundo es concebida en la mente divina antes de los tiempos, concepción que recibe el nombre de arquetipo del mundo, según está escrito: ‘lo que fue hecho era vida en Él’ (Juan 1)(12). Segundo, que este mundo sensible fue creado en la materia de acuerdo al arquetipo ejemplar, según se lee: ‘Quien permanece eternamente creó todas las cosas de manera simultánea’. Tercero, que este mundo fue conformado en seis días(13) mediante formas y figuras, como está escrito: ‘En seis días el Señor hizo su obra muy bien’ (Gén. I). Cuarto, que cada uno nace de otro, de una semilla de su propio género, como el hombre del hombre, el ganado del ganado, el árbol del árbol, según se dice: ‘Mi Padre obra continuamente de la misma manera’. Quinto, que todavía el mundo será renovado, como está escrito: ‘He aquí que hago nuevas todas las cosas’ (Apoc. XXI)" "Quien permanece eternamente creó todas las cosas de manera simultánea" (Eccli. XVIII), recuerda Honorio en Libellus octo quaestionum de angelis et homine, cap. 1, aunque distingue: creación simultánea en cuanto a la materia, y no obstante en seis días(14) en relación a géneros, especies, formas, números. En tres días creó Dios los elementos, y en los tres restantes los seres que se componen de éstos. Los elementos son el fuego, el aire y la tierra; del fuego proceden los ángeles, las lumbreras (el sol y la luna) y las estrellas, de la tierra los hombres, los árboles, las hierbas y los animales, de las aguas los peces y las aves. Y esto último se dice así porque la naturaleza de las aguas es doble: una más espesa —el mar—, está siempre adherida a la tierra, y de ella provienen los peces; la otra es más tenue y está suspendida sobre la tierra —el aire—, y de ella nacen las aves. El hombre señorea sobre todas las restantes creaturas y tiene su propio lugar en el concierto de la creación. En Elucidarium –y dada la relación entre Dios y su creatura– se pregunta Honorio si los elementos "sienten" a Dios, y se responde que Dios no creó cosa alguna incapaz de sentirlo, aunque a nosotros nos parezcan insensibles; para Él todas están vivas, sienten a su Creador. Testimonio de esta percepción es la obediencia de los astros a las leyes de su movimiento incesante, la fecundidad de la tierra en tiempo oportuno, el invariable curso de los ríos, el sosegarse de los mares y los vientos bajo Su mandato. Y añade que hasta los animales entienden (intelligunt) a Dios, puesto que custodian la ley que fue inscripta en ellos (I, 5). 3.1. La armonía de la creación: se refiere Honorio a Dios Creador como a un artista, Quien creó todas las cosas al modo de una cítara gigantesca, cuyas cuerdas emiten diversos sonidos que se armonizan en el conjunto y se contraponen entre sí. Así, el espíritu y el cuerpo, al modo de las voces graves de los adultos y las voces agudas de los niños, difieren en su naturaleza pero convienen en cuanto a la esencia del bien. También difieren entre sí los coros angélicos: los Arcángeles exceden a los Ángeles en cuanto a la gloria, a aquéllos las Virtudes los trascienden en el honor pero son superadas por las Potestades en dignidad, y los Principados son superiores a las Potestades. Las Dominaciones superan la gloria de los Principados pero no se equiparan en claridad a los Tronos, a quienes exceden los Querubines en ciencia, superados por los Serafines en sabiduría. Sin embargo, todos resuenan en dulce armonía y a un mismo tiempo alaban a su Creador con gran amor; a cada uno le basta su propia gloria y no desea el don de otro. De manera similar las voces de los seres corporales difieren en géneros, especies, individuos, formas y números, pero todas resuenan con armonía, sirviendo a la ley ínsita en ellos. Y así sucede con espíritu y cuerpo, ángel y demonio, cielo e infierno, fuego y agua, aire y tierra, dulce y amargo, muelle y duro, etc.(15) 4. Los seres espirituales: todo cuanto existe, dice Honorio en el cap. 9 del Liber XII Quaestionum, es espíritu o es cuerpo. El cuerpo está dotado de tres dimensiones: largo, ancho y alto, que lo configuran, y que no se encuentran en el espíritu. Por consiguiente, ni Dios ni los ángeles tienen figura alguna, puesto que son espíritus; y tampoco al parecer la tienen las almas de los bienaventurados, según aquello de "Spiritus, et animae justorum, benedicite Domino" (Dan. III), de donde tales almas serían espíritu (el alma tiene que ver con la vida y el sentido, en tanto el espíritu con la razón y el intelecto) y no tendrían figura alguna. Y añade Honorio que esto mismo ha de decirse de las virtudes como la sabiduría, la justicia y otras tales. 4.1. Los seres espirituales tienen cierto cuerpo: en el cap. 11 se pregunta si los ángeles tienen un cuerpo etéreo, si los demonios lo tienen aéreo y los hombres uno de tierra, pregunta originada por los textos de la Sagrada Escritura —"El mismo Satanás se transfigura en un ángel de luz" (II Cor. XI)— que se refieren a la capacidad que tiene el demonio de transformarse en un ángel de luz para engañar a los hombres, aunque también puede revestir las formas de diversos animales. Por otra parte, afirma que los ángeles tienen un cuerpo hecho de éter, elemento ígneo en cuanto a su naturaleza, y serena luz perpetua(16), y dice que se nos aparecen con diversas figuras, según sea el asunto que motiva su aparición (como Rafael apareciéndose a Tobías, Gabriel a la Virgen María, etc.). Por otra parte, en De philosophia mundi (I, 19) cita la autoridad de San Gregorio Magno quien, a propósito de los ángeles, dice: "En comparación con nuestros cuerpos se dice que los ángeles son espíritus, pero cuando se los compara con el espíritu supremo e incircumscripto, debe decirse que son cuerpos"(17), para concluir inclinándose hacia la opinión de quienes afirman que los ángeles son espíritus. 4.2. La creación de los ángeles y del hombre: su creación obedece a la bondad de Dios, quien en el primer día creó la luz espiritual y a toda creatura espiritual, y en el sexto día creó al hombre, y a ambos los destinó a habitar en su palacio real, en un número que no podía ser excedido ni faltante: el número diez (nueve órdenes angélicos(18) y uno humano(19)). Pero un ángel bellísimo, al conocer su excelencia, quiso igualarse a Dios y aún superarlo, por donde vino a ser expulsado del palacio y confinado a la cárcel, deviniendo de nobilísimo en pérfido, de esplendoroso en tenebroso y de digno de toda alabanza y honor en execrable por todo horror(20). 4.2.1. Cómo fueron creados los ángeles: el Libellus octo quaestionum plantea esta cuestión (cap. 3), cuya respuesta la excede ampliamente porque, en efecto, comienza diciendo que los espíritus angélicos, las almas humanas y la informe materia del mundo han sido creados a partir de la nada. De la materia informe fueron separados los cuatro elementos ("Quien hizo el mundo de la materia informe") de que constan todos los cuerpos, con prevalencia de alguno de ellos según que se trate de cuerpos ígneos, acuosos, terrestres o bien aéreos. El cuerpo del hombre está formado de tierra, pero no el alma, que Dios creó a Su imagen y semejanza, incorpórea como Él lo es. Los cuerpos de los animales, de las bestias en general, son de tierra; de agua, más densa o más sutil, son los peces del mar y las aves del cielo; pero los cuerpos de los espíritus angélicos son de fuego. "Así como se dice que el hombre es el alma racional vestida con un cuerpo, así también se llama ángel al espíritu intelectual vestido con un cuerpo". 5. El hombre: el hombre es una sustancia corporal y espiritual(21). "En cuanto es corporal —y microcosmos— toma de la tierra la carne, del agua la sangre, la respiración del aire y el calor lo toma del fuego. Su cabeza es redonda, al modo de la esfera celeste; los ojos brillan como dos estrellas; y hay en ella siete agujeros, en recuerdo de las armonías(22) que adornan el séptimo cielo. El pecho, que es el lugar de la respiración y de la tos, se asemeja al aire en que se dan cita los vientos y los truenos. El vientre recibe todos los líquidos como el mar acoge los ríos. Los pies sostienen el peso de todo el cuerpo, como lo hace la tierra con el conjunto del universo. Del fuego celeste recibe el hombre el sentido de la vista, del aire superior el oído, del inferior el olfato, el gusto lo recibe del agua y el tacto de la tierra. Participa de la dureza de la piedra en sus huesos, de la vigorosa fecundidad de los árboles en sus uñas, del ornato del césped en sus cabellos, tiene en común con los animales la capacidad de sentir: tal es la sustancia corporal del hombre"(23). En cuanto a la sustancia espiritual, provendría del fuego espiritual –aquí Honorio no afirma, sino que opina–, en el que se expresa la imagen –en relación con la forma– y la semejanza –en relación con la cualidad y la cantidad– de Dios. El alma tiene, en efecto, la imagen de Dios Trino porque tiene memoria del pasado, intelección de lo presente e invisible, y voluntad que elige lo bueno y rechaza lo malo. Decimos que todas las virtudes se sustentan en Dios, y afirmamos que el hombre es capaz de todas las virtudes: en esto consiste su semejanza. Y así como Dios comprehende todas las cosas sin ser comprehendido por ninguna, así el hombre comprehende todas las cosas visibles sin ser comprehendido por ninguna de ellas: "pues ni el cielo puede impedirle tratar las cosas celestiales, ni el infierno puede estorbarle la consideración de las cosas infernales, [porque] el alma es una sustancia espiritual"(24) (cap. 11). Los animales fueron creados en función del hombre, para satisfacer sus necesidades (en Su presciencia Dios conoció su pecado y su indigencia), para humillar su soberbia, para deleitar su espíritu y sus sentidos. 5.1. Por qué Dios creó al hombre: Muchos, dice Honorio, creyeron que la creación del hombre obedecía a la necesidad de ocupar el lugar dejado por los ángeles en su caída y llenar su número, para el orden y la alabanza de Dios. Pero de ser así, el hombre no hubiese sido creado si los ángeles no hubieran pecado; pero tampoco existirían los animales, ni las plantas, ni el mundo, que fueron creados para el hombre y señoreados por él(25). Ni el infierno, que está en este mundo, al cual fue arrojado el diablo cuando fue arrojado del cielo; ni el aire –que es parte de este mundo– en el que los demonios se encuentran hasta el día del Juicio. Pero entonces tampoco sería cierto lo que afirma San Juan: "Lo que fue hecho era vida en Él" (Juan, I), vida y verdad, porque Dios es Vida y Verdad, y la creatura es sombra de la vida y de la verdad. En la mente de Dios toda creatura es simple, invariable y eterna, en tanto en sí misma es compleja, variable y transitoria(26). Dios creó cada género, cada especie por sí mismo y no por otro, y a cada uno en su propio lugar y no en el de otro. Por eso, dice Honorio(27) que aun si todos los ángeles hubiesen permanecido en el cielo, aun así los hombres hubieran tenido su lugar propio; y después de la caída de algunos ángeles, no ha variado el número de los hombres que han sido o habrán de ser llevados al cielo, porque no ocupan el lugar de los ángeles sino el suyo propio. Por otra parte, y tras recordar que Dios creó todas las cosas para que subsistieran en el ser y no para ser reducidas a la nada, recuerda también que fue en uso de su libertad que tanto el ángel cuanto el hombre declinaron el bien supremo por un bien menor, como cuerdas disonantes en la gran cítara de la creación(28). Por eso perdieron su lugar de excelencia y fueron y serán arrojados a un sitio en extremo gravoso para ellos, y esto no introduce una falta de armonía en el plan divino, sino que todo queda en su lugar apropiado y congruente. 5.1.1. Sobre la creación del hombre: en el Libellus octo quaestionum (cap. 1) dice Honorio que la creación del hombre es dual: una en la eternidad en virtud de la predestinación, y en la temporalidad la otra en lo que hace a la formación. La primera está enunciada en Gén. I: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, etc."; la segunda en Gén. II: "Dios formó al hombre con el barro de la tierra y le insufló en el rostro el aliento de vida, y el hombre cobró vida". 5.2. ¿Por qué Dios hizo su cuerpo de tierra?: dada la dignidad del hombre, cabe la pregunta, pues pareciera que su cuerpo debió ser de un material más digno, como el fuego por ejemplo. Pero Honorio (cap. 4) responde que en cualquier caso, el centro excede en dignidad al círculo, siendo como es lo inmóvil frente a lo móvil, lo fijo y estable frente a lo sumamente lábil. Además, la tierra es el centro del mundo y nutre a todos los vivientes, en tanto el fuego los destruye (a excepción de algunos como la salamandra). Por otra parte, la tierra es la primera de las obras de Dios, y de la primera Dios formó al hombre, y de la más pura, que es el fuego, formó al ángel: hombre y ángel, las dos creaturas racionales de las cuales la primera debía ser deificada en sí misma, y la segunda, glorificada en el cielo. 5.3. La creación de la mujer: el hombre fue creado en el Hebrón y puesto luego en el paraíso, donde la mujer fue creada del costado de Adán mientras dormía, para que fuesen uno no sólo en la carne sino también en el espíritu, por el amor. Y también en esto, que Eva y todo el linaje humano provienen de un solo hombre, quiso Dios poner una semejanza consigo, único de Quien proviene toda la creación. 5.4. La generación humana: en el paraíso nos dice Honorio que varón y mujer se habrían unido con naturalidad y sin concupiscencia, y la mujer hubiera parido sin mancha ni dolor. Los hijos hubieran tenido el uso de todas sus capacidades desde el momento mismo de su nacimiento, y en el momento prefijado por Dios hubieran comido del árbol de la vida para luego permanecer en su mejor estado por siempre. 5.5. La recreación del género humano: se llevó a cabo en virtud de la Encarnación del Verbo y su obra redentora. Y aquí Honorio se pregunta por qué Cristo quiso nacer de una virgen. En su respuesta considera que hay cuatro maneras en que Dios hace a los hombres: una, no de padre y madre sino de la tierra (Adán); otra, de sólo el varón (Eva); la tercera, de varón y mujer, que es el modo común para todos los mortales, y la cuarta, de mujer solamente, que es el modo según el cual quiso nacer Cristo, para que así como la muerte entró en el mundo a causa de una mujer virgen, por otra tal entrara la vida que vence a la muerte(29). 5.5.1. La causa de la Encarnación del Verbo: en el Libellus octo quaestionum la pregunta del discípulo(30) es más bien una afirmación: si el hombre no hubiera pecado, el Verbo no se habría encarnado, pues el motivo de su venida a este mundo —y de su Pasión, Muerte y Resurrección— fue la redención del género humano. ¿Es el pecado la causa de la Encarnación? A lo que el maestro responde negativamente, puntualizando: la causa de la Encarnación del Verbo no fue el pecado, sino el eterno designio divino de la deificación del hombre, que debía ser cumplido por el Hijo, y que el pecado del hombre no pudo impedir. Por eso recuerda Honorio las palabras del Apóstol: "Dios nos eligió en Cristo antes de la constitución del mundo" (Ephes. I). Sólo cuando el Verbo se hizo carne el hombre se hizo Dios, la humanidad fue deificada. 6. Sobre el cosmos, Imago mundi: Honorio justifica el nombre de "mundus" por el movimiento perpetuo, y dice que el mundo tiene la redonda figura de una pelota, y en él se distinguen diversas partes: de manera semejante a como se distinguen en un huevo la cáscara que lo rodea por todas partes, la clara que contiene la yema y ésta con una gota de gordura, así se distinguen en el mundo el cielo que lo circunda, el éter claro y sereno que contiene el aire turbio y tormentoso, que a su vez contiene la tierra(31). 6.1. Los elementos: fuego, aire, agua y tierra, que son la materia de todas las cosas, se mueven circularmente de manera incesante, convirtiéndose el fuego en aire, éste en agua, el agua en tierra y ésta nuevamente en agua, el agua en aire, el aire en fuego y el ciclo vuelve a comenzar. Las cualidades propias de cada uno de los elementos se relacionan con las de los otros como en un abrazo, integrando sus discordancias en recíproca armonía(32). La tierra, que es muy pesada, ocupa el lugar más bajo; el fuego es el elemento más liviano, y ocupa el lugar más alto, en tanto el agua y el aire son intermedios, quedando el agua más próxima a la tierra y el aire al fuego. En la tierra se encuentran los seres que caminan (animales y hombre), en el agua los que nadan, los que vuelan en el aire y aquellos que brillan (el sol y las estrellas), en el fuego(33). 6.1.1. La Tierra: es redonda, y se encuentra en el medio del mundo, como un punto equidistante del círculo, sostenida tan sólo por el poder de Dios ("Suspendí la tierra en la nada, pues la establecí sobre su propia estabilidad"(34)). La rodea el Océano, y en su interior la recorren corrientes de agua —como por las venas fluye la sangre en el cuerpo— que riegan su aridez. Geográficamente está dividida en cinco zonas, de las que las dos extremas son inhabitables por el frío extremo, la del medio lo es por el calor excesivo, quedando como habitables las dos intermedias, de las cuales sólo una está habitada (Europa, Asia y África). A continuación Honorio se embarca en pormenorizadas descripciones de lugares, países, animales reales pero también toda una fauna fantástica y enlazado todo ello con relatos bíblicos. En el centro de la tierra está situado el infierno; su parte superior es angosta y se dilata luego en el extremo inferior, y es un lugar de fuego y azufre, de muerte. Se lo llama también lago de fuego, tierra tenebrosa, tierra del olvido(35) y muchos otros nombres de igual horror. Para huir del fuego del infierno Honorio se aboca a la consideración del agua (De imagine mundi I, 38). 6.1.2. El agua: toma su nombre de la igualdad de la superficie (aqua, ab aequalitate, aequor), porque según Honorio es plana, y se reúne en los mares, se difunde por los ríos, se divide en las fuentes, se conecta a través de las corrientes, se disipa en las tierras y se evapora por los aires. 6.1.3. El aire: luego de referirse al agua nos habla del aire (cap. 53), del que dice que se asemeja a la nada, que se percibe desde la tierra hasta la luna, y que de él se alimenta el espíritu vital. En él vuelan los pájaros, porque es húmedo, así como los peces nadan en las aguas de los ríos y de los mares; pero también en el aire habitan los demonios que, tomando cuerpo de él, se aparecen a los hombres. Allí se originan los vientos, que no son otra cosa que aire en movimiento y agitación; provienen de los cuatro puntos cardinales, y los más tempestuosos son los que provienen del sur, los vientos australes, húmedos, cálidos y que traen tormentas eléctricas. 6.1.4. El fuego: es el cuarto elemento, que casi parece no tener origen, y que se extiende desde la Luna hasta el firmamento. "Es tanto más sutil que el aire cuanto el aire es más tenue que el agua y ésta menos densa que la tierra. Aquí también el éter — aire casi puro— se alegra con perpetuo esplendor" (cap. 67). Del fuego toman su cuerpo los ángeles que se aparecen a los hombres en cumplimiento de una misión. En el fuego hay siete planetas o estrellas errantes; cada uno de ellos se mueve en sentido contrario al movimiento de la tierra, con una órbita propia, y atraviesan el firmamento a gran velocidad, de derecha a izquierda, en una zona media (ni en lo más alto ni en lo más bajo), avanzando o retrocediendo o estacionarios, estorbados irregularmente por la acción de los rayos del sol, que es el cuarto planeta, cuya presencia determina los días y las noches. Se inserta aquí la consideración de la música de los planetas, tema de antigua tradición en la historia de la filosofía. Honorio lo expone en forma breve, y hermosa: "Estas siete esferas giran con una dulcísima armonía, y su circunvolución produce un suavísimo concierto que nuestros oídos no pueden percibir, porque se origina más allá del aire, y porque su magnitud excede nuestra capacidad auditiva. Nosotros sólo podemos percibir los sonidos que resuenan en nuestra atmósfera" (cap. 80). Sin embargo y desde la Antigüedad, los hombres han procurado encontrar una medida que les permita reproducir algo de dicha música. "Y así como entre los planetas hay siete tonos, así también en la música humana se distinguen siete voces; y las partes de nuestro cuerpo se unen de siete modos, porque el cuerpo con sus cuatro elementos se une al alma con sus tres potencias, y la Música todo lo reconcilia naturalmente con su arte. También por esto se dice que el hombre es un microcosmos(36), porque se conoce como semejante a la música celestial por su armonía" (cap. 82). 6.2. El cielo: el cielo superior es llamado firmamento, porque se encuentra establecido como algo firme –al modo del agua cristalizada en hielo– entre las aguas. Es de forma esférica y está adornado por multitud de estrellas. Por encima del firmamento Honorio habla de un cielo acuoso —agua semejante a nubes muy livianas— que lo rodea, y sobre éste hay un cielo espiritual que el hombre no conoce y donde se encuentran las moradas de los nueve coros angélicos, y el paraíso que recibe las almas de los justos. Este cielo fue creado juntamente con la tierra, según las Escrituras. Finalmente está el cielo de los cielos, donde habita el Rey de los ángeles. 6.3. El tiempo: se distinguen aquí el evo, que sólo a Dios pertenece y que es anterior, concomitante y aun posterior al mundo; los tiempos eternos, que competen al arquetipo o modelo del mundo, y a los ángeles; y finalmente el tiempo simplemente tal, o los tiempos del mundo —que comienzan y terminan con él—, y que son una sombra del evo. Los cuatro tiempos —las cuatro estaciones— se relacionan con los cuatro elementos: la tierra, seca y fría, con el otoño; el agua fría y húmeda, con el invierno; el aire, húmedo y cálido, con la primavera y el fuego, que es cálido y seco, con el verano. También en el hombre se encuentran estas cualidades —porque el hombre es un microcosmos—, configurando los diversos temperamentos: "la sangre que bulle en primavera es húmeda y cálida, y es vigorosa en los niños; la bilis roja que aumenta en verano es cálida y seca, y abunda en los jóvenes; la melancolía proveniente de la bilis negra en el otoño se encuentra en los adultos, y la flema que domina en el invierno es propia de los ancianos" (II, 59). Los primeros son risueños, locuaces, proclives al buen humor y compasivos; los segundos tienen buen apetito, son audaces, ágiles y rápidos para el enojo; los siguientes son personas moderadas, de buenos modales, serias y engañosas y los últimos son lentos, olvidadizos y dados al sueño. Las edades del mundo —que son seis, de acuerdo a los seis días de la creación(37)— también aparecen correlacionadas con las edades del hombre. Otros temas, y otros desarrollos de los mismos temas, serán presentados en la medida en que el estudio de los textos de Hildegarda de Bingen lo requieran. NOTAS:1. Las obras de Honorio de Autun se encuentran en el tomo 172 de la Patrología Latina (MIGNE, J.-P. Patrologiae cursus completus. Series latina. Paris: 1882) (vuelve al texto) 2. Honorio relaciona simbólicamente el número diez con los Mandamientos, que son la ley divina, y con las ca-tegorías, que resumen la sabiduría del siglo; también con las diez vírgenes del Evangelio, y dando al número como múltiplo de muchos, lo menciona con una referencia oblicua al denario prometido a los trabajadores de la viña. (vuelve al texto) 3. Vasallas de esta ciudad son cuatro villas, los libros de los poetas: las tragedias de Lucano, las comedias de Te-rencio, las sátiras de Persio y la lírica de Horacio (cap. 2). (vuelve al texto) 4. Esta ciudad tiene bajo su dominio a la historia, las fábulas y los libros de derecho y de ética (cap. 3). (vuelve al texto) 5. Aquí dirimen sus posiciones los silogismos hipotético y categórico, y los caminantes pueden ver a los herejes y otros enemigos de la fe, que resisten los argumentos de la razón y a quienes deberán vencer (cap. 4). (vuelve al texto) 6. Aquí se encuentran los coros con las voces graves de los hombres y aquéllas claras de los niños, aquí las flautas, las liras, los címbalos, las siete voces que confluyen armónicamente y las tres modulaciones, los intervalos, los tonos y toda la música que transporta a los viajeros a la música celestial (cap. 6). (vuelve al texto) 7. Se refiere a lo acontecido, el hecho: “Jerusalén fue la ciudad por excelencia de los judíos, en la que se levantaba el Templo del Señor”. (vuelve al texto) 8. Se da cuando diciendo algo, se entiende algo otro: “Jerusalén es la Iglesia, y nosotros mismos somos el templo del Señor”. (vuelve al texto) 9. Es el sentido moral del texto: “Jerusalén es el alma fiel, en la que un corazón puro es el templo que el Espíritu Santo habita”. (vuelve al texto) 10. Es el sentido espiritual que conduce a Dios y a la vida eterna: “Jerusalén es la ciudad celestial en la que los santos, unidos a los ángeles, tendrán la presencia de Dios”. (vuelve al texto) 11. Libro I, cap. 1. (vuelve al texto) 12. En Elucidarium Honorio se apoya en este texto de San Juan para manifestar que, así como el constructor primero planifica la casa que quiere construir y luego la hace surgir en la realidad y fuera de su imaginación, así también todas las creaturas siempre han estado presentes a Dios en su predestinación, antes de estarlo por su creación: el antes y el después no se dicen por la consideración del tiempo, sino de la dignidad (I, 4). (vuelve al texto) 13. Es interesante la referencia que en Elucidarium se hace a la obra de cada día, y en particular a la obra del día primero (el día de la eternidad, en el que fueron creadas la luz espiritual y todas las creaturas espirituales) y del cuarto (el día de la temporalidad, día del sol, de la luna y de las estrellas): I, 5. (vuelve al texto) 14. Días que no son pasajeros como los nuestros, porque son días fijados en la eternidad. (vuelve al texto) 15. Liber duodecim quaestionum, cap. 2. (vuelve al texto) 16. Recordemos que Honorio pone la creación de los ángeles en el momento mismo de la creación de la luz. (vuelve al texto) 17. Moralia in Job. (vuelve al texto) 18. El número trinitario, tres veces repetidos (Elucidarium). (vuelve al texto) 19. La unidad en la Trinidad. (vuelve al texto) 20. I, 7. (vuelve al texto) 21. Elucidarium I, 11. (vuelve al texto) 22. La referencia de manera un tanto oblicua puede ser a la flauta, la cual tiene siete agujeros en relación con las notas de la escala musical, amén de otros tres. (vuelve al texto) 23. Ibíd. (vuelve al texto) 24. Texto de difícil intelección, porque no es clara su relación con la afirmación anterior, a la que pretende co-rroborar. Sin embargo, el camino parece allanarse si recordamos la materialidad de ese cielo y de ese infierno, inclusive en su locación: por esa materialidad no parece que puedan impedir la actividad cognoscitiva del alma espiritual. (vuelve al texto) 25. Recuerda Honorio que en el primer capítulo del Génesis dice: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra”. El cielo como morada de los ángeles, y la tierra para que la habitasen los hombres (Libellus octo quaestionum, cap. 1). (vuelve al texto) 26. Liber duodecim quaestionum, cap. 1. (vuelve al texto) 27. Ibíd., 3. (vuelve al texto) 28. Ibíd., 4. (vuelve al texto) 29. Elucidarium, I, 18. (vuelve al texto) 30. Libellus octo quaestionum, cap. 2. (vuelve al texto) 31. De imagine mundi I, cap. 1. (vuelve al texto) 32. “Pues la tierra seca y fría se une con el agua fría, el agua fría y húmeda se entrelaza con el aire húmedo, el aire húmedo y cálido se asocia al fuego cálido, el fuego cálido y seco se funde con la tierra seca” (Ibíd. I, 3). (vuelve al texto) 33. Sobre los elementos trata también extensamente en De philosophia mundi, a partir del cap. 21. (vuelve al texto) 34. Salmo 103, 5, citado en De imagine mundi I, 5. (vuelve al texto) 35. “[...] como ellos se olvidaron de Dios, así el Señor olvida Su compasión hacia ellos” (ibíd., cap. 37). (vuelve al texto) 36. El tema del hombre-microcosmos aparece nuevamente simbolizado en el nombre del primer hombre: Adam, porque cada letra de su nombre es la letra inicial de cada una de las regiones de la tierra, nombradas en griego: Oriente (anatóle), Occidente (dýsis), Septentrión (árktos) y Meridión (mesembría), cap. 86. (vuelve al texto) 37. Hexaemeron, cap. 3 (0259C-D). (vuelve al texto)
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