Liber Divinorum Operum,
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| 1. Una de las notas características de las visiones de Hildegarda de Bingen es su insistencia en el tema de la luz: luminosidad, brillo, esplendor, sol, dorado, fuego, espejos, reflejo, refulgencia..., son todos términos que apuntan en la misma dirección. No olvidemos que en todo momento señala a la Luz viviente como fuente y origen de su saber, saber que es revelación. A su acción iluminadora atribuye Hildegarda todo su conocimiento: lux vivens et obscura illuminans, Luz Viviente que ilumina lo que está oscuro [ocultado por las tinieblas], variando la imagen de Juan 1, 9 (“Yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”) en el reemplazo de “verdadera” por “viviente”. (vuelve al texto) 2. Hasta aquí la descripción de la imagen, en palabras de Hildegarda. El texto continúa con la interpretación –realizada no por la abadesa sino por la figura misma–, en primera persona, y como parte integrante de la visión, como palabra revelada. (vuelve al texto) 3. Hoy es mejor entendido el término “amor”, de manera que de aquí en adelante usaremos indistintamente uno u otro. (vuelve al texto) 4. Vida ardiente, abrasadora. En la concepción hildegardiana el Amor es Vida, y aquí la abadesa se vale de la imagen del fuego (“energía ígnea”) para expresar ambos conceptos, al tiempo que implícitamente añade las notas del dinamismo, la movilidad, el calor, el brillo y la refulgencia, todas ellas identificables con el amor y la vida. (vuelve al texto) 5. Responde esta afirmación a lo que era por entonces la interpretación del texto de Juan 1, 3-4, que se leía así: Et sine ipso, factum est nihil. Quod factum est in ipso vita erat (Y sin Él no se hizo nada. Todo cuanto fue hecho era vida en Dios). La lectura, hoy: Et sine ipso, factum est nihil. In ipso vita erat (Y sin Él no se hizo nada [de cuanto fue hecho]. En Él estaba la vida). (vuelve al texto) 6. La referencia es a la sabiduría en sentido bíblico, no como un saber teorético sino como un saber práctico-moral. Por eso a continuación adscribe a la ordenación propia de la sabiduría la nota de rectitud, que la circunscribe al ámbito de lo moral. (vuelve al texto) 7. Queda aquí subrayada la afirmación de la nota 5–en el sentido de la concepción de todo lo creado como viviente– con la imagen del soplo de aire, hálito de vida (Gén. 2, 7). (vuelve al texto) 8. Viriditas: es uno de los conceptos característicos de Hildegarda a lo largo de toda su obra –y que podría traducirse como verdor, fuerza vital, fecundidad, vida–, conque se refiere a Dios, a la Vida divina, a la acción creadora de Dios, a la presencia de la fuerza divina en el mundo y en el hombre, a las virtudes como fuerzas divinas que trabajan con el hombre, etc. Recordemos que, en abierto contraste con su época, Hildegarda no hace hincapié en el concepto de orden –en virtud del cual la acción creadora de Dios hace del universo un cosmos– sino en el de vida, fuerza, energía: todo cuanto existe es vida. Tampoco subraya la presencia de un principio formal en el hombre, sino que acentúa el principio dinámico y cohesionante, capaz por ello de otorgar unidad, y unidad viva. (vuelve al texto) 9. Son los cuatro vientos que en la segunda visión aparecen representados por cuatro cabezas de animales: de leopardo (simboliza el temor de Dios), de lobo (las penas del infierno), de león (el temor ante el juicio de Dios) y de oso (las tribulaciones corporales y las angustias del alma), “no porque existan en las formas de estos animales, sino porque imitan la naturaleza de los mismos en sus fuerzas y poder.” (Sed et uersus easdem partes quatuor capita, scilicet quasi caput leopardi et lupi ac uelut caput leonis et ursi apparent, quia in quatuor partibus mundi quatuor principales uenti sunt, non tamen sic in formis suis existentes, sed in uiribus suis naturam denominatarum bestiarum imitantes, LDO I, 2, 16) (vuelve al texto) 10. Aparecen también trabajados en la segunda visión, representados por el cangrejo, el ciervo, la serpiente, el cordero. Se hacen así presentes –simbólicamente– el reconocimiento de los pecados, el arrepentimiento, la confianza en Dios pero también la duda, la esperanza, el sufrimiento como purificación, la consolación y la constancia, la perfección espiritual..., “todos ellos vientos colaterales que son como las alas de los vientos principales y que no cesan de soplar, aunque suavemente” (Ibíd., 24), en tanto los vientos principales están como detenidos en su inmenso poder, a la espera del juicio de Dios al fin del mundo. (vuelve al texto) 11. Como se advierte en el mismo párrafo, no se trata de una inmortalidad individual sino específica y, según podría desprenderse del contexto, la inmortalidad de la especie en Dios (“porque Yo soy la vida”). Como dice Guillermo Blanco en su Curso de Antropología Filosófica (Buenos Aires: EDUCA, 2002, p. 121), “todo era vida en Dios antes de ser realidad, porque todo era en Dios objeto de pensamiento y de amor: todo vivía en la inteligencia de Dios”. (vuelve al texto) 12. Hay aquí una clara alusión trinitaria: Racionalidad, Palabra y Aliento de Vida, en el contexto de la actividad creadora, “por la que toda creatura fue hecha”. Pero el Aliento no sólo da vida, sino que lo hace porque es en Él que la Palabra creadora resuena, produciendo su efecto de causalidad eficiente y formal ejemplar. (vuelve al texto) 13. Se mencionan las concepciones idolátricas más primitivas, sí, pero que también se encontraban en los pueblos bárbaros que habían conquistado Europa –y con fuerte penetración e influencia en la Germania– en tiempos no tan lejanos. (vuelve al texto) 14. Esta imagen del “florecer” en la raíz (la Palabra que resuena en la Racionalidad, y en Ella todo lo que vive), es otra aparición de la riquísima –en sentidos y matices– viriditas. Su fecundidad aparece también proclamada en el párrafo siguiente, en que la creación habla del Creador, las creaturas configurando un cosmos, un orden, se manifiestan como la obra de su Dios. (vuelve al texto) 15. El hombre como resumen de toda la creación, el hombre como microcosmos, es un tópico de la época. Así, leemos en Honorio de Autun: “En cuanto es corporal –y microcosmos– toma de la tierra la carne, del agua la sangre, la respiración del aire y el calor lo toma del fuego. Su cabeza es redonda, al modo de la esfera celeste; los ojos brillan como dos estrellas; y hay en ella siete agujeros, como las siete armonías que adornan el cielo. El pecho, que es el lugar de la respiración y de la tos, se asemeja al aire en que se dan cita los vientos y los truenos. El vientre recibe todos los líquidos como el mar acoge los ríos. Los pies sostienen el peso de todo el cuerpo, como lo hace la tierra con el conjunto del universo. Del fuego celeste recibe el hombre el sentido de la vista, del aire superior el oído, del inferior el olfato, el gusto lo recibe del agua y el tacto de la tierra. Participa de la dureza de la piedra en sus huesos, de la vigorosa fecundidad de los árboles en sus uñas, del ornato del césped en sus cabellos, tiene en común con los animales la capacidad de sentir: tal es la sustancia corporal del hombre.” (Unde et microcosmus, id est minor mundus dicitur: habet namque ex terra carnem, ex aqua sanguinem, ex aere flatum, ex igne calorem. Caput ejus est rotundum, in coelestis sphaerae modum: in quo duo oculi ut duo luminaria in coelo micant; quod etiam septem foramina, ut septem coelum harmoniae ornant. Pectus, in quo flatus et tussis versantur, simulat aerem, in quo venti et tonitrua concitantur. Venter omnes liquores, ut mare omnia flumina recipit. Pedes totum corporis pondus, ut terra cuncta, sustinent. Ex coelesti igne visum, ex superiore aere auditum, ex inferiore olfactum, ex aqua gustum, ex terra habet tactum. Participium duritiae lapidum habet in ossibus, virorem arborum in unguibus, decorem graminum in crinibus, sensum cum animalibus: haec est substantia corporalis, Elucidarium I, 11. En: Migne. PL 172). (vuelve al texto) 16. Gén. 1 y 2. Aun en la diversidad de ambos relatos, un hecho se presenta como indubitable: la creación tiene al hombre como su centro y ápice; todas las demás creaturas están en función de él, quien debe trabajarlas y usarlas con rectitud, esto es, con sabiduría, medida y orden. El hombre tiene una responsabilidad ética por el cosmos, por el mundo natural, y desde este punto de vista la obra de Hildegarda bien podría proveer los elementos para elaborar una ecología cristiana, tan necesaria en tiempos en los que el hombre parece más dedicado a la destrucción de su mundo que a su conservación. (vuelve al texto) 17. El hombre, creado a imagen de Dios, reproduce en su ser la realidad trinitaria de su Creador. El esquema parece indicar el cuerpo como la realidad material del hombre, el alma como su principio vital y animador, y la racionalidad como su espíritu o principio intelectual. En lo que viene del párrafo, ¿podría tal vez leerse un esbozo de distinción entre esencia y existir, lo que algo es y su ser mismo? (vuelve al texto) 18. Esta afirmación no implica que si el ángel no hubiera caído, el hombre no hubiese sido creado (tema discutido por entonces en la escuelas); apunta más bien a que el hombre, además de su lugar propio, vino a cubrir el lugar que los ángeles pecadores habían dejado vacío. (vuelve al texto) 19. Dicha figura humana es Cristo, Dios-Verbo encarnado, Quien eligió hacerse hombre (belleza) sin dejar de ser Dios (poder), por ese amor del Padre que se expresa con el término “caritas”, amor que es gracia, gratuidad del don del amor. (vuelve al texto) 20. Las ideas principales de este párrafo, doctrinalmente densísimo, son: 1) la excelencia del amor divino es la Trinidad; 2) sólo puede ser conocida gracias a la fe, y una fe devota, esto es, alentada por un amor diligente en las obras del amor; 3) pero esta fe y la revelación trinitaria son un don divino, gratuito –la fe es gracia–; 4) por consiguiente, Dios es Quien da el don de la fe que, cultivada por el amor del hombre, le merece los bienes celestiales, est es, a Dios mismo. (vuelve al texto) 21. Marc. 12, 29-31. (vuelve al texto) 22. Hildegarda otorga un lugar de privilegio en sus obras al tema de los ángeles. (vuelve al texto) 23. “la grandeza de la sumisión que triunfa”: claro eco del Magnificat mariano (Lc. 1, 46-55). (vuelve al texto) 24. Los hombres espirituales a los que aquí se refiere Hildegarda son los religiosos, los monjes. (vuelve al texto) 25. En el ángel el conocimiento no es discursivo sino intuitivo; de ahí la imagen de los espejos, apuntando a la visión simplemente tal. No olvidemos, por otra parte, lo dicho en la nota 1 sobre la presencia de la luz y todo aquello que pueda relacionársele o sugerirla, y que campea por todo el texto. (vuelve al texto) 26. El uso de imágenes como ésta es muy propio de Hildegarda, quien constantemente recurre a la naturaleza para dotar de concreción a sus conceptos. (vuelve al texto) 27. Junto a la presciencia creadora de Dios, Hildegarda señala Su providencia, que sostiene a la creatura en la existencia y la mueve hacia su perfección. (vuelve al texto) 28. Hildegarda subraya aquí la idea de que el conocimiento mismo que Dios tiene de la creatura es luz que la hace presente, por así decirlo: es un conocimiento creador, es en virtud de ese conocimiento que la creatura comienza a mostrarse, a brillar, a ser. (vuelve al texto) 29. “Opacar”: en el contexto de lo que para Hildegarda significa la luz, opacar significa negar a Dios Su luz, el brillo de Sus obras, de donde los ángeles rebeldes, finalmente, se niegan a ver la luz, se ciegan, quedan en la oscuridad, son oscuridad. (vuelve al texto) 30. Confirma la idea de la nota anterior. (vuelve al texto) 31. Nuevamente encontramos aquí esa reminiscencia del Magnificat, la paradoja de la “humillación triunfante”. (vuelve al texto) 32. Lo propiamente humano es aquí la humildad de la creatura ante su Creador: ésta es la virtud y el esplendor de la humildad. (vuelve al texto) 33. Según Honorio de Autun, Dios en el primer día creó la luz espiritual y a toda creatura espiritual, en tanto en el sexto día creó al hombre; los primeros proceden del fuego –no olvidemos que una de las nociones corrientes por entonces era la de un cuerpo espiritual o etéreo para los ángeles–, pero el hombre, de la tierra: “Los cuerpos de los ángeles son simples, es decir, hechos del puro éter. El éter es ígneo –el cuarto elemento– y sereno, no por el calor sino por la luz perpetua, por lo que acerca de la creación de los ángeles está escrito: Hágase la luz” (Angelorum corpora sunt simplicia, videlicet ex puro aethere facta. Aether est ignis, scilicet quartum elementum, non calore, sed perpetua luce serenum; unde de creatione angelorum scribitur: Fiat lux, Gen. I, Liber duodecim quaestionum, 11. En: Migne, loc. cit. ). (vuelve al texto) 34. Otro tema de discusión teológica en la Edad Media: ¿habría tenido lugar la creación del hombre de no haber pecado el ángel? ¿Llegará a ocupar en la gloria un lugar propio, o tan sólo completará el lugar dejado por el ángel caído? (vuelve al texto) 35. El “conocimiento del amor” es una expresión que da lugar, sin más, a múltiples interpretaciones: el conocimiento por connaturalidad afectiva, el conocimiento que brota del amor que lo urge –motor, peso y centro de gravedad de la persona–, la primacía de este conocimiento en la realización plena del hombre..., son diversas consideraciones en torno a una misma realidad, que es la naturaleza humana tomada en su especificidad. (vuelve al texto) 36. ¿Cómo no reconocer aquí la dolorosa situación del hombre a la que se refiere San Pablo: “El bien que quiero, no lo hago; antes bien, el mal que no quiero, ése practico” (Rom. 7, 19)? (vuelve al texto) 37. No cuesta mucho reconocer en este párrafo los ecos del contexto en el que transcurrió la vida de la abadesa de Bingen, ese siglo XII signado por la discordia entre el Papado y el Imperio, la herejía de los cátaros y la tremenda corrupción del clero. (vuelve al texto) 38. En esta presentación que hace Hildegarda del pecado del hombre (Adán y Eva), más que una desobediencia explícita de la mujer en cuanto al mandato divino parece darse un rendirse a la seducción del demonio, ordenada ésta no tanto a causar la caída de la mujer sino a vencer a Dios en la lucha por la supremacía, arrebatándole su obra. (vuelve al texto) 39. “Sintiendo en el gusto de la manzana que era diferente”: además de subrayar nuevamente la característica apelación de Hildegarda a todos los sentidos, recordamos que lo que aquí se está diciendo, finalmente, es que Eva, al saborear la manzana, se conoció, supo de sí misma, se afirmó a sí misma “frente” a Dios. No fue la sabiduría de Dios lo que adquirió al gustar la manzana, sino la sabiduría de sí misma desgajada de su Dios: creatura en la soledad de sí misma. Como se lee a continuación en el mismo párrafo, ambos (Adán y Eva) perdieron así su luz y quedaron desnudos, despojados. Como le había sucedido a Lucifer. En sombras. (vuelve al texto) 40. No fue su castigo como el que infligiera al ángel, sin redención posible y en absoluta y definitiva soledad. El hombre partió hacia el exilio, varón y mujer unidos en matrimonio de inviolable fidelidad, acompañándose y sosteniéndose en el arduo camino de retorno a la Patria. (vuelve al texto) 41. Dios busca al hombre; el movimiento del Amor de Dios como caritas, como gracia, como don. (vuelve al texto) 42. Desde el cautiverio de los judíos en Babilonia bajo Nabucodonosor, ese nombre quedará como signo de exilio, corrupción y desdichada condición del hombre y de la Iglesia. Recordemos que a este episodio se asimiló el cautiverio de los Papas en Aviñon (siglo XIV), y que Lutero no titubeó en llamar a la Roma del Renacimiento, Babilonia. (vuelve al texto) 43. Gén. 22, 15-19. (vuelve al texto) 44. María es la tierra durmiente, que no saboreó la manzana: no fue despertada al conocimiento de sí y rebelde a su Creador, sino que permaneció quieta y enteramente atenta y rendida a la Voluntad de su Señor. No tuvo la sabiduría de sí, sino la sabiduría de Dios; y por eso albergó en sí y fue madre de la Sabiduría misma, como proclaman las letanías lauretanas. (vuelve al texto)
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