La búsqueda de Dios se manifiesta
en el transcurso del medioevo de diferentes modos, en cuanto en cada época
se privilegian determinados aspectos del misterio cristiano y se establecen
en consecuencia relaciones particulares con la divinidad. Ya hacia
fines del siglo XI comienza a gestarse en el Occidente latino una nueva
espiritualidad en concordancia con los cambios que se producen en el
contexto histórico. Como bien señala André
Vauchez, la teología y la espiritualidad monástica deben modificarse
y adaptarse a una nueva sociedad que, pese a seguir siendo feudal, comienza a
ser socavada por nuevas corrientes de pensamiento.
[1]
Un interés creciente por los primeros tiempos, por
la época de los apóstoles y de los mártires pone de manifiesto
el deseo de reencontrar la pureza original del cristianismo y de rescatar el
modelo de vida apostólica. Surgen otras formas de espiritualidad impulsadas
por la necesidad de autenticidad del sentimiento religioso y de compromiso con
la fe, al tiempo que el monacato realiza una profunda reforma quepropicia
una vuelta a la tradición, a la regla benedictina. Es precisamente en este marco, el del monasterio, que
abordaremos los modos propuestos en el medioevo para conducir al hombre a la
práctica del bien. Con Benito de Nursia comienza el monacato latino.
La Regula sancti Benedicti, un breve texto que
la tradición atribuyó a san Benito pero en el que se rastrean tanto
ideas como frases literales tomadas de reglas anteriores, muy posiblemente de
las Instituciones cenobíticas redactadas
por Juan Casiano hacia el 420 – 424, y de la llamada Regla del Maestro de autor anónimo escrita entre el 500 y
el 530, será nuestro punto de partida para desarrollar el tema de la virtus.[2] La Regla
escrita en un latín vulgar consta de setenta y tres capítulos precedidos
por un prólogo. El capítulo séptimo aborda puntualmente
el tema de la humilitas. Partiendo de una frase del evangelio de Lucas (14,11):
“Todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado”,
Benito busca definir el concepto a través del recursoretórico de la oposición
contraponiendo la humilitas a la superbiae: “toda exaltación es una especie de soberbia”.
Para alcanzar “la más alta humildad” es decir la virtud excelsa
a la que debe aspirar todo monje, propone un camino ascensional desde “la
vida presente”
hasta la “celestial exaltación”. Cabe acotar que el texto
explicita el esfuerzo personal, “por lo tanto, hermanos, si queremos alcanzar
la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar velozmente a aquella
celestial exaltación a la cual se asciende por la humildad de la vida
presente, preciso es erigir con nuestros actos ascendentes aquella escala que
se apareció en sueños a Jacob”, tanto con el uso de la sentencia “preciso
es erigir con nuestros actos” como con el de la metáfora “aquella
escala que se apareció en sueños a Jacob”. Esta imagen no
es un aporte original ya que se encuentra en las Instituciones de Casiano y en
la Regla de Maestro. En el primer texto se presentan
diez momentos sucesivos o grados en la humildad que llevan al estado de perfección
que es, para Casiano, la caridad.[3] En el capítulo décimo de
la Regla del Maestro se alude a una escala de
doce grados al igual que en
la Regla
benedictina, pero el último escalón finaliza con una evocación
del espacio beatífico al que se define como patria de los santos y al
que se accede subiendo los distintos grados de la humildad.[4] Benito, por el contrario, presenta los doce grados como distintas
instancias de un camino interno, un proceso de introspección diríamos
en términos modernos, pero siempre durante la vida terrena. Así,
entonces, se parte del primer grado - el Temor
de Dios y desestima de sí
mismo- y se continúa con: -
la Renuncia a la propia voluntad y búsqueda de
la de Dios, -
la Obediencia a un hombre representante de Dios, -
la Paciencia hasta el heroísmo, -
la Manifestación de la conciencia, -
la Alegría en la práctica de la humildad,
-
la Conciencia de la propia vileza, -
la Exclusión de la singularidad, -
la Guarda de la lengua, -
la Seriedad
, -
la Gravedad en todas las manifestaciones, terminando
con
la Expresión externa de la humildad para, como
dice Benito:
“Subidos,
[...] estos grados de humildad, llegará el monje en seguida
a aquella caridad de Dios que, siendo perfecta, excluye todo temor;
por ella todo cuanto antes observaba no sin recelo empezará a
guardarlo sin trabajo alguno, como naturalmente y por costumbre; no
ya por temor del infierno, sino por amor de Cristo y cierta costumbre
santa y por delectación de las virtudes”.[5]
Partiendo del
temor a Dios se progresa hacia una humildad que se hace visible, que
toma carnadura, que manifiesta la virtus. Sin embargo esta humildad cristiana se construye con esfuerzo,
el monje debe ser conciente de sí mismo y por ende, de sus debilidades
humanas que debe dominar para llegar libre de miedos, con alegría,
a una instancia superior. El pensamiento de Benito atraviesa el medioevo.
Es así como en el siglo XII vemos aparecer un flujo de espiritualidad
monástica especialmente en las comunidades femeninas de la zona
germánica que, aunque con rasgos propios, continúa el
ideal ascético. Para ejemplificarlo tomaremos tres textos que
formulan de manera explícita el trabajo progresivo para alcanzar
el estado virtuoso: el Speculum
Virginum, el Scivias y el Hortus
Deliciarum.
El Speculum
Virginum fue realizado presumiblemente en la primera mitad del
siglo XII en la zona del Rhin medio. Con respecto a su autor no hay
certezas aunque algunos presumen que podría ser Conrad de
Hirsau. El texto se inscribe en la tradición de los Miroirs y estaba destinado a las comunidades
de monjas benedictinas. Presentado como un diálogo entre su
autor, Peregrinus, y una virgen consagrada al Señor, Teodora,
tiene como propósito conducir a las religiosas al conocimiento
de sí mismas, ayudarlas a discernir entre el bien y el mal
y sobre todo mostrarles que la virginidad es la cima del camino virtuoso.[6] El Speculum tuvo
una gran difusión en los monasterios cistercienses hacia fines
del siglo XII y comienzos del XIII, quizás porque además
de la importancia del texto mismo, estaba ilustrado. En el libro
se menciona que el autor concibió tanto el texto como las
imágenes, es decir que los retratos del autor y de Teodora
junto con doce miniaturas fueron realizados para la misma época. Precisamente el capítulo VIII: “Los Frutos de
la Carne
y del Espíritu”, está acompañado por una ilustración
que muestra de manera evidente el camino ascensional hacia la divinidad. La imagen
está estructurada a partir de una escalera-cruz ubicada en el eje de simetría
axial. La asociación de la cruz con la escalera se rastrea ya desde el
siglo IV en la obra de Crómaco de Aquilea para quien la cruz de Cristo
es una escalera apoyada en la tierra por la que el hombre puede subir para llegar
al cielo. Posteriormente Quodvultdeus escribe en De cataclismo que el árbol de
la Cruz
es la escalera del cielo por la que el hombre que ha caído es llevado
hacia el Padre. Luego Zenón de Verona, Rábano Mauro y Alain de
Lille entre otros en diferentes momentos del medioevo retoman esta identificación.[7] Es interesante observar que la miniatura resuelve esta imbricación
de conceptos construyendo una cruz con peldaños, creando así compartimentos
en los que ubica, en el inferior un dragón asociado simbólicamente
con la serpiente del Pecado; en el siguiente una figura femenina que mira hacia
lo alto, alegoría de
la Ley
, que tiene en una mano un libro y en la otra una espada; en el peldaño
superior dos figuras alegóricas, a la izquierda
la Razón
y a la derecha
la Sabiduría
toman por los brazos a la figura de
la Carne
en el centro y a la figura del Espíritu que está sobre ella.
La Carne
tiene los brazos levantados y toca la capa que porta sobre sus hombros el Espíritu,
quien se toma por las muñecas con Cristo ubicado sobre él. La representación
está acompañada de tituli que permiten identificar a las
figuras alegóricas pero también marcan una toma de posición,
como por ejemplo la serpiente está definida como receptor
veteranus,
la Carne
, caro bonum, el Espíritu, spiritus melius y Cristo como Deus optimus y Gratia; además
el travesaño entre
la Carne
y el Espíritu tiene escrito libre arbitrio. Así pues esta imagen propone un camino ascensional
para alcanzar
la Redención
; partiendo del Pecado Original, luego la instauración de
la Ley
para llegar a
la Carne
, al hombre sostenido por
la Razón
y
la Sabiduría
que, por propia determinación, participa del Espíritu, instancia
previa a
la Salvacióna través de
la Gracia
otorgada por Dios. Uno de los pasajes más significativos del tratado,
en el que Peregrinus le dice a Teodora, tomando las palabras de Mateo (7,14) “Estrecha
es la puerta y angosto el camino que conducen a la salvación, y son pocos
los que los encuentran”[8] está ilustrado con una escalera de siete peldaños
por la que suben las vírgenes para llegar a un Cristo con nimbo crucífero
contenido en un medallón, que ofrece ramos de palma. La ascensión
está obstaculizada por un dragón a los pies de la escalera y por
un personaje negruzco y monstruoso, que lanza espadas parado en el tercer peldaño.
El texto explicita la representación al parangonar el camino y la escalera;
al homologar al dragón con los peligros que desvían al alma de
la buena senda y al negro con rostro demoníaco, el etíope, con
aquel que ataca a las vírgenes. Peregrinus dice que en las historias de
los santos mártires una virgen tuvo en sueños la visión
de una escalera que la conducía a la victoria celestial[9] y luego alude a
la Regla
de San Benito como la escalera por la que ascienden el cuerpo y el alma, y a
los escalones como los preceptos a observar.
Hildegarda,
la abadesa del convento benedictino de Rupertsberg, cerca de Bingen,
fue una de las personalidades más relevantes del siglo XII. Pese
a definirse como una persona “simple,
pobre e inculta”, poseía una vasta cultura que se conjugó con
su carácter visionario y místico. Da cuenta de ello su
vasta obra literaria: Physica (sobre
historia natural y medicina), Causae
et curae (sobre las enfermedades y sus remedios), comentarios teológicos,
vidas de santos y una Explicación
de
la Regla
de san Benito. Además escribió setenta y siete cantos (letra
y música) y tres obras proféticas, Scivias, Liber vitae meritorum y Liber
divinorum operum.[10] El Scivias redactado
entre 1141 y 1158 está compuesto por tres libros; en el libro tercero
se describen las etapas de
la Salvación
a través de metáforas arquitectónicas, y en la visión
octava, La columna de la salvación, se
presentan las virtudes:
“En
esta columna se ascendía por una especie de escalera desde la
base hasta la cima, y allí vi ascendiendo y descendiendo a todas
las virtudes cargadas de piedras para la obra, mostrando un gran esfuerzo
para terminarla. Y oí al ser luminoso que estaba sentado en
el trono y decía: ‘Estos son los obreros más fuertes
de Dios.’ Pero entre estas virtudes vi a siete, de las cuales
contemplé con atención sus formas y vestimentas.”
Hacia 1165 se
realizó en Wiesbaden un manuscrito de gran factura técnica
del que nos quedaron reproducciones de las ilustraciones. En
la III
, 8 vemos ubicadas a los lados de la columna-escalera, de abajo hacia arriba,
a
la Castidad
que tiene un niño en su regazo, símbolo de la inocencia, y un cetro
en su mano derecha, y está protegida por una inmensa paloma:
la Esperanza
, que dirige su mirada y sus brazos hacia el Cristo crucificado;
la Fe
con el collar rojo del coraje y del martirio;
la Obediencia
con sus pies y sus manos atados con una cadena blanca; el Temor de Dios con el
cuerpo cubierto de ojos;
la Caridad
con un vestido azul con dos bandas de oro aludiendo al amor de Dios y al amor
al prójimo y, en lo alto,
la Humildad
con un espejo en el que se refleja la imagen de Cristo encarnado. En la cima,
la Gracia
de Dios envuelta en un titilante resplandor.[11] La imagen de la ascensión de las virtudes permite
a Hildegarda marcar una progresión espiritual al modo de Benito pero además,
al precisar que estas siete virtudes significan los siete dones del Espíritu
Santo, sigue el pensamiento de Agustín recogido durante el medioevo en
los manuales devocionales y le confiere una instancia contemplativa que le permite
participar del orden de lo creado.
El Hortus
Deliciarum es una extensa compilación enciclopédica
realizada hacia 1180-1195 bajo la dirección de la abadesa
Herrade de Hohenbourg para las religiosas alsacianas de Santa Odilia.
El códice se perdió en el bombardeo de Estrasburgo
en el año 1870; sin embargo se conserva una copia realizada
en las primeras décadas del siglo XIX a instancias del conde
Bastard d’Estaing. El tema medular,
la Salvación
, está
dividido en cuatro momentos: la antigua alianza;
la Redención
con la llegada del Mesías, su enseñanza y su Pasión;
la Iglesia
como cuerpo místico de Cristo, y los fines últimos.[12] Como en los textos anteriores, también encontramos
una Escalera de las virtudes. Esta tiene quince
escalones con un dragón en la base y la mano de Dios dándole a
la Caridad
la corona de la vida. En la ilustración, la escalera ubicada en forma
diagonal crea dos espacios: a la derecha la mayor parte de los personajes y sus
objetos de deseo, a la izquierda, dos demonios lanzando flechas a los hombres
en tanto dos
ángeles con espadas intentan disuadirlos. A diferencia de los ejemplos
a los que hemos aludido, aquí caen todos los personajes, salvo
la Caridad
, en cuanto representan la jerarquía social: el caballero y su esposa,
los laicos atraídos por los placeres de la carne; el clérigo sucumbiendo
ante una comida suculenta y una amiga; a la izquierda, una monja tentada por
el dinero de un religioso; un monje cayendo por el peso de una bolsa con monedas
de plata; un recluso yendo hacia un lecho cómodo y un ermitaño
hacia un pequeño jardín. Es interesante advertir que se incluyen
tentaciones poco comunes como las del recluso y el ermitaño que remiten
a la esfera mental más que a la concreción material, quizás
por esto ocupan los espacios superiores. Por otra parte, en el larguero izquierdo
una inscripción explicita que la penitencia permite encontrar el camino
que conduce a la virtud, por esto
la Caridad
se presenta como el paradigma virtuoso que se debe alcanzar en cuanto puede abrir
las puertas del cielo a los fieles. El texto abreva en el extenso poema del siglo IV
La
Psicomaquia
,de Aurelio Clemente Prudencio, en
el que aparecen personificados los Vicios y las Virtudes enfrentados en un combate
espiritual:
la Fe
lucha contra
la Idolatría
,
la Castidad
con
la Lujuria
,
la Paciencia
con
la Cólera
,
la Humildad
con
la Vanidad
,
la Sobriedad
con
la Lascivia
,
la Caridad
con
la Avaricia
y
la Concordia
con
la Discordia
, es decir que el combate es entre las pulsiones que habitan el alma humana.
Pero también en un tratado del siglo VII, La
escalera, redactado en griego por san Juan Clímaco que se inspira
en el relato bíblico del Sueño de Jacob (Génesis 28,
10-15), en donde combaten ángeles y demonios. La imagen de
la Caridad
en especial, próxima a las puertas del cielo y que recibe la corona de
la mano divina, remite al texto de Clímaco aunque en
la Regla
de Benito (capítulo VII) la caridad ocupa la cima de la escalera de la
humildad. Además el Hortus Deliciarum contiene
largos pasajes copiados del Speculum Ecclesiae de
Honorio Augustodunensis que aluden al simbolismo de la escalera; ésta
en cuanto es asociada a la caridad tiene dos montantes, el amor a Dios y el amor
al prójimo,y quince escalones, las virtudes, pues la caridad tiene quince
ramas como el Templo de Jerusalén tenía quince escalones y como
los quince salmos graduales.[13]
Pues bien, a través de este
recorrido hemos intentado alumbrar determinados momentos de creación
textual e icónica referidos al tema de la virtud. La escalera
como imagen paradigmática de la ascensión está
presente en la literatura monástica aludiendo a un proceso virtuoso que
conduce al alma hacia Dios como en el Scivias de
Hildegarda,o como instrumento que
permite a los hombres, luego de vencer sus limitaciones, llegar al Todopoderoso
como en el Hortus Deliciarum, pasando
por el Speculum Virginum en donde el
mensaje se constriñe al concepto de virginidad. Estos libros reflejan
el espíritu de
la Regla
de Benito que generó durante los largos siglos medievales un diálogo
fecundo con otros textos y que posibilitó otros discursos en relación
con la ética y también con la estética. Es interesante observar cómo el paradigma “benedictino” se
enlazó hacia finales de la edad media con otros conceptos cristianos.
Para el hombre medieval el texto bíblico fue el manantial al que recurrió
incesantemente para calmar su sed de espiritualidad pero llegó a él
a través de distintos caminos. Hacia el siglo XII se buscó no solamente
leer reflexivamente las Sagradas Escrituras sino pasar por etapas a la iluminación;
autores como Hildegarda de Bingen o el cisterciense Elredo de Rievault consideraron
que la palabra divina “actúa primero sobre el espíritu como
una llama, cortando los lazos que la unen a la carne y al pecado” y que
luego que la “memoria se purifica, el alma puede apoyarse sobre las palabras
y las imágenes para intentar elevarse hacia su creador”; es decir
que a través de sucesivas etapas ascensionales el alma, como subiendo
por una escalera, se acerca a Dios.[14]Con respecto a la imagen medieval cabe acotar que
no es meramente una ilustración literal de un texto, sino que acompaña,
recrea y hasta desmiente, en algunos casos, el referente lingüístico.
En nuestro tema, la virtus, no
existe una única imagen sino que se
construye un tema iconográfico, articulando las formas con los
sentidos y atendiendo a las funciones y los usos de la representación,
de allí que la imagen de la escalera como traslación icónica
de un proceso ascensional abarque una pluralidad de sentidos. Quizás,
como señala Chiara Frugoni, en tanto para los cristianos el paraíso
es factible de ser concretamente imaginado, habitado por los difuntos junto
a un Dios que luego de encarnarse en la tierra retornó a los cielos
con su cuerpo humano, el instrumento pensado para alcanzar el mundo trascendente
fue tomado de la vida cotidiana, algo real como una escalera conectando
visualmente la tierra con el cielo, es decir uniendo al hombre con Dios.[15]
BIBLIOGRAFÍA
Appiano,
Ave.Anima e forma.Torino: Ananke, 2006. BÉriou, Nicole; Berlioz, Jacques; LongÈre,
Jean (dir.) Prier
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Belgique: Brepols, 1991. Cirlot,
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de Hildegard von Bingen. Madrid: Siruela, 2001. Chevalier, Jean-Gheerbrant. Dictionnaire
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: Robert Laffont, 1999. De Gourmont. Le latin mystique. Paris: Mercure de France,
1930. Duby,
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trovadoras de Dios. Barcelona: Paidós, 1998. Frugoni,
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appunto”, en: Morfologie sociali è culturali in Europa
fra tarda antichità e alto medioevo. Spoleto: Centro di studi
sull’alto medioevo, 1998, p. 703-743. Heck, Christian. L’échelle
céleste dans l’art du moyen âge.Paris
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Testamento. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1996. SebastiÁn,
Santiago. Iconografía
medieval. Donostia: Etor, 1988. SebastiÁn,
Santiago., Mensaje simbólico
del arte medieval., Madrid: Encuentro, 1996. Vauchez,
AndrÉ. La spiritualité du
Moyen Age occidental VIIIe.-XIIIe. Siècle.Paris:
Editions du Seuil, 1994.
NOTAS:
[1]Vauchez, AndrÉ. La
spiritualité du Moyen Age occidental VIIIe.-XIIIe. Siècle. Paris:
Editions du Seuil, 1994, p. 68-73.
(vuelve al texto)
[2]San Benito.
Su vida y su regla. Madrid: B.A.C., 1954. Heck,
Christian. L’échelle
céleste dans l’art du Moyen Age.Paris:
Flammarion, 1997 (vuelve
al texto)
[3] Juan Casiano habría nacido en Europa oriental
antes del 385-386. Alrededor del 400 estaba en Constantinopla junto
a Juan Crisóstomo y cuatro años más tarde se dirigió a
Roma donde fue ordenado sacerdote. En el 415 funda en la ciudad de
Marsella dos monasterios, uno para hombres y el otro para mujeres.
A pedido de los obispos de Provenza redacta las Instituciones y
las Collationes, textos en los que aborda
la espiritualidad cristiana teniendo como modelo el monacato oriental.
Cf. BÉriou, N., Berlioz, J., LongÈre,
J. (Dir.) Prier au
Moyen Age. Pratiques et Expériences (Ve.-XVe. siècles). Belgique:
Brepols, 1991.
(vuelve al texto)
[4] En la Regla del Maestro se rastrearon influencias
orientales como La escala de
Jacob, un relato apocalíptico judío del siglo I
y un texto del Pseudos-Macario de fines del siglo IV y comienzos
del siglo V, en cuanto en ambos la escala es de doce escalones. Cf.
op. cit. Heck, Christian, L’échelle
céleste, p. 56 (vuelve
al texto)
[9] En este pasaje se alude a la Passio de Perpetua y Felicidad, texto que relata
el martirio de un grupo de jóvenes catecúmenos muertos
en Cartago en el 203. Cf. Frugoni,
Chiara. “Immagini fra tardo antico e alto medioevo:
qualche appunto”, en: Morfologie sociali e culturali in Europa fra
tarda antichità e alto medioevo. Spoleto: Centro italiano
di studi sull’alto medioevo, 1998, p. 703-743. Op.cit., Heck,
Christian, p.74. Ntedika,
Joseph. L’évocation
de l’au-delà dans la prière pour les morts.Louvain:
Editions Nauwerlaerts, 1971. Sin embargo en la Passio se produce un ligero corrimiento de paradigma en cuanto se
alude a una ascensión que no comporta esfuerzo sino que es
una recompensa al compromiso con la fe. Cf. “Habíamos sufrido el martirio, habíamos dejado nuestra
carne, cuando cuatro ángeles, sin tocarnos con sus manos,
nos llevaron hacia Oriente. Subimos, no acostados y mirando hacia
arriba, pero pareciendo subir una suave pendiente. Cuando hubimos
atravesado primero el mundo, vimos una luz brillante y dije a Perpetua,
que se encontraba a mi lado:”Aquí está lo que
el Señor nos prometía, la promesa se cumplió”,
en Carbol, F.; Leclercq, H. Dictionnaire
d’archéologie chrétienne et de liturgie. Paris:
Librairie Letouzey et Ané, 1938, vol. 14e. 1ère. partie,
p. 416-417. (Traducción del autor). (vuelve
al texto)
[10]Epiney-Burgard,
Georgette; Zum Brunn, Emilie. Mujeres
trovadoras de Dios. Barcelona: Paidós, 1998. (vuelve
al texto)
[11]Cirlot, Victoria (ed.). Vida
y visiones de Hildegard von Bingen. Madrid: Siruela, 2001.Op. cit. Heck, Christian, p. 75-78.
(vuelve al texto)
[12]Cf.
Op. cit. Heck, Christian,
p. 89-91. MÂle,
Louis. l’Art religieux du XIIe. siècle
en France. Paris: Armand Colin, 1998, p. 317,318. SebastiÁn, Santiago. Mensaje simbólico del arte medieval.
Madrid: Ediciones Encuentro, 1996, p. 239-240.
(vuelve al texto)
[13] Ya Tertuliano presentó a la virtud como una
guerrera que combate a los vicios, ejemplificando así la batalla
interior del hombre entre las pulsiones del bien y del mal. SEBASTIÁN,
SANTIAGO. Iconografía medieval. Donosita:
Etor, 1988, p. 285. Cf. Op.cit. HECK, CHRISTIAN, L’échelle
céleste...(vuelve al texto)
[14] Op. cit. VAUCHEZ, ANDRÉ. La spiritualité de Moyen Age occidental VIIIe. –XIIIe. siècle, p.
183.
(vuelve al texto)
[15] Op. cit.FRUGONI, CHIARA, “Immagini
fra Tardo Antico e Alto Medioevo: Qualche appunto”, p. 705.(vuelve al texto)