HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

Newman, Barbara (ed.). Voice of the Living Light. Hildegard of Bingen and Her World. California: University of California Press, 1998. 278 p. (Cap. 3, p. 52-69)

 

Una Filósofa Religiosa:
"un frágil ser humano" y una vida apasionada

Constant Mews

 

"Yo, la Luz Viviente que ilumina lo que es oscuro, he puesto al ser humano que Yo quise –y a quien Yo afligí portentosamente según me plugo– en medio de cosas maravillosas, más allá del alcance de los seres humanos que en el pasado vieron en Mí muchas cosas ocultas; pero la he abatido sobre la tierra de manera tal que no pueda engreírse en su espíritu" (Scivias, Protestificatio, 4)

Hildegarda de Bingen no se presentó jamás como una teóloga; por el contrario, habla de sí misma como un ser humano frágil (homo fragilis), ceniza y corrupción, carente de toda educación formal. Sin embargo, sus escritos hablan de un pensamiento teológico, de un rico contenido teológico.

Sabina Flanagan(1) atribuye sus visiones a factores físicos y psíquicos. Hans Liebeschütz pondera su genio literario, que ella atribuye a experiencias místicas, pero que sería en realidad producto de su familiaridad con toda una tradición literaria; Peter Dronke trabaja también sobre esta línea de interpretación. Matthew Fox es atraído por la forma como Hildegarda presenta el trabajo de Dios a través de la creación concebida como un todo(2). Bárbara Newman trabaja el pensamiento de Hildegarda como "una teología de lo femenino"(3). Veamos cómo surge su pensamiento teológico en San Disibodo.

Hildegarda narra que tuvo experiencia visionaria desde muy pequeña, pero que no habló de ello por temor al ridículo. La autora se remite a la época en que la por entonces joven reclusa vivió con Jutta, y lo que pudo haber aprendido en cuanto a la vida monástica y en la experiencia espiritual de Jutta y su trato con la gente, que acudía a ella en busca de consejo y de oración. Le llama la atención lo poco que Hildegarda reconoce como deuda personal para con Jutta en tales aspectos, y que contrasta con las palabras que dedica al monje Volmar, su secretario y amigo. Por otra parte, Hildegarda atribuye todo su conocimiento, incluso su interpretación de la Sagrada Escritura, y los escritos de santos y filósofos, a sus revelaciones, a la acción de la Luz Viviente.

En Scivias presenta esta iluminación como una luz ígnea (igneum lumen) volcándose sobre la totalidad de su ser. La llama "Luz Viviente", la cual ilumina todo lo que está oculto (lux vivens et obscura illuminans), variando la imagen de Juan 1.9 ("Yo soy la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo") en el reemplazo de "verdadera" por "viviente"(4).

Para Hildegarda la Palabra de Dios es la vida que sostiene toda la creación: Luz viva, Palabra viva... "La preferencia de Hildegarda por una imaginería orgánica para describir la fuente de su inspiración cobra particular significado, cuando se la compara con la tendencia de los pensadores cristianos de formación clásica a emplear las nociones estáticas de ser supremo o de bondad suprema, antes que la noción de vida suprema" (p. 55).

En la abadía de San Disibodo había un gran aprecio por los estudios ya en tiempos de Hildegarda, gracias a los esfuerzos de San Anselmo (1033-1109) por promover los estudios sagrados y seculares, no desde una perspectiva escrituraria y por el argumento de autoridad sino desde la conceptualización filosófica y la evidencia de la verdad. Sin embargo, Hildegarda insiste en que ella no ha recibido educación alguna. Ella y Anselmo difieren, entre otras cosas, en que el razonamiento de Anselmo lleva finalmente a la formulación de verdades en términos filosóficos como "sustancia", "accidente·", "ser"; ella desarrolla su pensamiento en torno a conceptos orgánicos como "vida", "verdor". En cuanto a la teología escolástica, está vertida en términos de "sacramento" (Hugo de San Víctor, 1141: Los Sacramentos de la fe cristiana), de "forma" o de "esencia" (Pedro Abelardo, 1079-1142; Gilberto de Poitiers, 1075-1154), con desarrollos conceptuales formados a partir de diferentes tradiciones filosóficas. Por otra parte, el pensamiento de San Bernardo de Claraval (1090-1153) gira en torno al tema de la presencia de la Palabra divina en el alma, sin relación con el mundo natural. Nada de esto sucede con Hildegarda.

En el inicio de Scivias hay una visión de una figura brillante sentada en lo alto de una montaña, de la cual salen muchas chispas vivientes (viventes scintillae), no advertidas por las figuras que viven en la montaña pero que miran en otra dirección (I.1). Hildegarda interpreta dichas chispas como manifestaciones de la Luz viviente. Sin explayarse sobre la naturaleza divina, explica la presencia del mal en el mundo por la caída del ángel de luz en la oscura fosa, y a partir de allí el trabajo de Lucifer para engañar a Adán y a Eva (I.2). Ella ve una gran fosa de fétido olor que atrapa a Adán, de quien sale una nube que contiene numerosas estrellas, y ésta es su original versión de la caída original. La culpa de la caída es principalmente del demonio y su trabajo de seducción sobre una inocente mujer, antes que de la desobediencia de Eva (I.2.10). La consecuencia de la caída es la hostilidad de la creación hacia el hombre, con quien antes había existido en armonía (I.2.27); pero el paraíso existe todavía, "floreciendo con el verdor (viriditas) de las flores y de la hierba y el encanto de las especias, lleno de finos olores" (I.2.28 - p. 56). Le interesa a Hildegarda el tema de la relación entre hombre y mujer, visto en la primera pareja humana, y que también atrajera a Ruperto de Deutz (1079-1129), "cuyos copiosos y a veces controvertidos comentarios sobre la Escritura gozaron de gran popularidad en las abadías reformadas del territorio renano en la época en que Hildegarda aún se encontraba en San Disibodo" (p. 57). Ruperto, en su exégesis del Génesis, consideró el tema de la relación marital entre Adán y Eva, y la consideró como una forma de oración. Hildegarda no llegó a tanto, pero su concepción de los roles de varón y mujer como complementarios es algo muy novedoso en la tradición monástica.

La autora relaciona la lectura que Hildegarda hace de la historia de la salvación con la obra de Hugo de San Víctor, Sobre los Sacramentos de la fe cristiana (1130), cuya idea-nexo desde la creación, pasando por la Ley mosaica hasta la humanidad restaurada por Cristo y su Iglesia, es la idea de sacramento. Para Hildegarda, la idea unificadora es la noción de vida(5). En la segunda visión de Scivias la naturaleza del matrimonio se le aparece, no como un sacramento, sino como una condición natural del ser humano, y da sobre la relación mujer-varón la imagen de la tierra blanda y la piedra dura (I.2.11); deben estar juntos por un amor puro. Dedica al tema veinte capítulos, y luego (I.2.24) hay otro sobre la castidad. Su mayor preocupación no es en realidad la mujer, sino la complementariedad de los roles de ambos en la transmisión de la vida(6).

Al comenzar el segundo libro de Scivias Hildegarda retoma el tema de Dios como un fuego deslumbrante y vivo (II.1).Frente a la tradicional identificación de Dios por el orden inherente a la creación, la abadesa propone la fecundidad, la vitalidad y, fundamentalmente la viriditas, el verdor (II.1.2-3)(7). La autora indica que se han propuesto múltiples traducciones para este último término, en un intento por captar su rico y complejo sentido: frescura, vitalidad, fertilidad, fecundidad, fructífero, verdor, brote [crecimiento]. La Palabra de Dios es entonces una llama dentro del fuego divino, que se encarnó por la viriditas (fecundidad) del Espíritu Santo, y vivificó a la humanidad derramando sobre ella la viriditas como una madre amamanta a su criatura (II.1.7). Pero la viriditas ya estaba en la creación, porque sólo por ella fue posible (II.2.1).

El esfuerzo por construir una teología racional llevó a los autores del siglo XII a extremar la búsqueda y el uso de analogías; también Hildegarda lo hace, pero sus imágenes están tomadas del mundo natural: un ser humano perfecto (el Hijo) bañado en luz (el Padre) y ardiendo con el fuego (el Espíritu Santo). Las imágenes se multiplican, pero siempre son de seres de la naturaleza: fuego, piedra....(8) Su preferencia es por la viriditas, término que en Abelardo aparece una sola vez, referida a la vida mundana "un desperdicio cortado de la tierra y sin la fuerza de su viriditas"(9), en tanto que Gregorio Magno lo usa reiteradamente (43 veces) en sus Moralia in Job, referido a la salud espiritual por la que clama Job. San Agustín la usa una sola vez, en La Ciudad de Dios, para indicar la mutabilidad(10). En la correspondencia entre Abelardo y Eloísa aparecería tres veces, en las cartas de ella.

La relación entre el Dios y el mundo es de gran interés para Hildegarda. En I,3,1 representa el mundo como un huevo cósmico, imagen que no es original, pero que está originalmente trabajada. Abelardo la usó en el Comentario al Hexameron, a propósito de una traducción de Génesis 1.2, "el espíritu calentaba las aguas", donde sugirió que el Espíritu, divina bondad, podía ser entendido como alimento y vida del mundo al modo como el pájaro mantenía con calor su huevo. Hildegarda ve el huevo bañado en un fuego divino que, a su vez, recubre un fuego oscuro donde se producen movimientos a causa de los vientos malignos. Da una significación a cada uno de los elementos del universo.

Toca también la relación entre el hombre y la creación. En la visión I.4 ve una mujer embarazada, asaltada por tormentas(11). Se interesa por subrayar la unidad del alma y del cuerpo, y presenta al alma como la savia del árbol, el cuerpo, en tanto el intelecto es la viriditas de sus ramas y hojas. Nada es estático, todo es dinamismo fructífero.

Por el mismo motivo su atención se dirige más a la Encarnación del Verbo, nacido de mujer, que a la Pasión de Cristo en la Cruz. En Scivias presenta a la Sinagoga como madre de la Encarnación del Hijo de Dios (I.5.1). No son destacables sus consideraciones sobre la muerte y la resurrección del Señor (II.1.13-17; II.6.22), pero dedica mucha atención a una imagen de mujer: ciudad, verdadera Iglesia, novia de Cristo y madre del creyente (II.3). La raza humana misma proviene de una mujer, cuya humedad compara con la de la tierra (II.3.22). También los tres órdenes dentro de la Iglesia: clero, monjes y vírgenes deben hacerla florecer con la viriditas (II.5.26). Hildegarda vierte duras expresiones para quienes siguen la vida religiosa por motivos espúreos, o para quienes entregan a sus niños a la vida religiosa sin su consentimiento. No son los padres quienes brindan a sus niños el rocío o la humedad fecundantes (viriditas), sino el Espíritu Santo (II.5.45-46); a la vida religiosa se accede a partir de la fecundidad del espíritu humano viril (II.5.48).

La Redención se da por la encarnación de la Palabra de Dios en Cristo (III.7.7). El Hijo de Dios existía desde el principio de los tiempos, procedente del Padre "en ardiente viriditas" (III.7.9). En Cristo encarnado se manifestaron todas las virtudes (III.8.13). Surge como una rama de la fecundidad (viriditas) de la Virgen, que adquiere proporciones emblemáticas de la fecundidad de la mujer y de la tierra (III.8.15). En el final del Scivias, representación teatral de la ciudad celestial, Hildegarda simboliza la humanidad de Cristo con las palabras, en tanto su divinidad está significada por la armonía celeste, la música (III.13.12).

En el segundo libro de Scivias Hildegarda trata los sacramentos. La autora menciona su enseñanza tradicional en cuanto a la doctrina, pero nuevamente las imágenes se apartan de lo común. Así por ejemplo, junto a la pila bautismal el sacerdote, el padrino y la madrina son figura del Padre, el Espíritu Santo y el Hijo de Dios encarnado, respectivamente (II.3.32).

Otro tema importante es el del oficio sacerdotal, que Hildegarda reverencia, sin dejar por ello de insistir en la necesidad de que los sacerdotes lleven una vida moral: la generosidad para con el pobre (II.3.3), la observancia de la castidad (II.5.3; II.6.62)(12). En cuanto al sacramento de la Eucaristía, no se embarca en las discusiones teológicas en términos de sustancia y accidente, sino que busca nuevamente las imágenes naturales. Así dice que el pan es ofrecido en el altar porque es el fruto del trigo, el más fuerte de los frutos del campo, que no produce un jugo amargo sino harina seca; y el vino, porque la uva no está cubierta por cáscara dura y difícil (II.6.26-28). La explicación de la presencia del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía es dada en términos naturalistas: así como el hombre da su semilla a la mujer para la procreación de un niño, sin conservar en el hijo su identidad separadamente, así el pan y el vino ocultan la carne y la sangre de Cristo, no visibles a los ojos humanos (II.6.43).

Estos grandes misterios justifican su insistencia en la exigencia de una vida de pureza para los sacerdotes, por cuyos pecados se lamenta toda la creación (II.6.94-95). En todo momento insiste más en la rectitud de vida que en la gracia conferida por los sacramentos: su interés es la vida, sea la de la creación, la de la humanidad o la de la Divinidad. Las virtudes ayudan a los hombres a crecer, palmeras que adornarán la Ciudad de Dios (III.2.26); dedicadas a la construcción de la ciudad celestial, encarnan [expresan] la vida misma (III.4.13).

Tiene también Hildegarda su visión apocalíptica. En la visión III.12, las tres esferas simbolizan a Dios, los justos y la creación, devueltos a la armonía. La obra musical que cierra el Scivias y que tendrá un mayor desarrollo en Ordo virtutum, tiene características de celebración de la vida. En esta pieza, Anima, inicialmente creyente, comienza a desorientarse:

"¡Oh, duro esfuerzo y pesada carga que debo soportar mientras ando en esta vida! Es más duro para mí luchar contra la carne... ¡Oh, no sé qué hacer o adónde huir! ¡Ay de mí! No puedo llevar bien lo que me viste. Realmente quiero arrojarlo fuera... Dios creó el mundo; no digo que sea injusto, pero quiero disfrutarlo" (III.13.9)

Las virtudes la animan, pero una profunda desesperación se abate sobre Anima, quien sólo gradualmente aprenderá humildad y esperanza. Hildegarda no usa la palabra "gracia", sino que prefiere las imágenes de fragancia y suavidad para describir el regreso del alma al hogar, y la música para presentar su ideal de la fusión de cuerpo y espíritu (las palabras simbolizando el cuerpo y la música, el espíritu), que alcanza su plenitud en la armonía de divinidad y humanidad del Hijo de Dios (III.13.12). La obra finaliza con una visión que guarda relación con la primera visión de Scivias, en que una luz brillante cae sobre una joven que representa al pobre en el espíritu, pero la joven es ahora la Esposa de Cristo.

Luego de trasladada a San Ruperto, Hildegarda escribió una de sus obras científicas sobre Las propiedades de las diversas creaturas, que no está estructurada en forma de visiones, pero de la que ella dice refleja lo aprendido en sus visiones(13). Recuerda que la naturaleza está unida en su destino al destino del hombre: hoy afectada por el pecado de éste, y esperando con él la redención. Menciona la viriditas y la humedad, que aparecen como manifestaciones de la vida, fundamentalmente divina en su origen.

En 1158 da comienzo a su obra sobre el comportamiento humano, el Libro de los méritos de la vida, cuya visión central es el hombre en el medio del universo, un hombre en lucha según lo predicho por Isaías 42.13, imagen de la Palabra de Dios que se dio a conocer al mundo por la Encarnación (I.21; I.28-29). Esta figura está cubierta hasta las rodillas por los vientos, el aire y la viriditas de la tierra (III.1), e Hildegarda comenta en ella las formas de comportamiento humano que no se ajustan a los ideales que la figura encarna. Desde un nubarrón sostenido por esta figura, en el que se encuentra una muchedumbre de bienaventurados, da respuestas a una variedad de comportamientos pecaminosos. Hildegarda varía aquí su tema centralizante, que ya no es la Iglesia, como en Scivias, sino el Hijo del Hombre.

La abadesa no se aleja de la tradición de la Iglesia en su concepción ética, pero elude el recurso a los conceptos de "pecado" y de "gracia" (de uso convencional en los escritos monásticos): el hombre debe buscar aquellas conductas que lo llevan al conocimiento de Dios. Más interesa a Hildegarda trabajar el concepto de vida que remontarse al tema de la creación.

En el Libro de las obras divinas Hildegarda identifica la vida ardiente (ignea vita) con el corazón de la creación y la mirada central de la Sagrada Escritura. Allí la Palabra de Dios, tal como se encuentra en el principio del Génesis y en el prólogo del Evangelio de San Juan, es concebida como la vida misma, y constituye el tema central. Las referencias a la Iglesia son sólo en función de los prelados que deben convertir sus costumbres perversas.

La vida ardiente resplandece en toda creatura, y es también racionalidad por la que todo existe, y Palabra de Dios que resuena en la creación. Dios no es tanto el ser omnipotente sobre todo lo creado, sino la vida del universo: "Todas esas cosas viven en su esencia, y no están establecidas [no se encuentran] en la muerte, porque Yo soy vida" (I.1.2). La Divinidad está presente en toda la creación, que existía en el pensamiento de Dios antes de comenzar a existir en el tiempo (I.1.6)(14). Es la luz racional que emana de Dios quien puso a todas las creaturas en la existencia, dándoles vida. (I.1.9). Después de la caída, Adán y Eva son privados de la viriditas, que recuperarán gracias al Hijo de Dios.

En las visiones 2-4 Hildegarda expone el significado espiritual de las partes de la creación y las relaciona con las partes del organismo humano, estructuradas según los mismos principios (I.4.16). El alma es fuego vivo en el cuerpo, y hay entre ambos una tensión cuyo tratamiento es un lugar común en la literatura ascética. La alteración física es siempre signo de un profundo desequilibrio en el alma, y toda oscuridad debe ser rechazada si se quiere recuperar la salud. La clave de la salud es la moderación, tal que ningún humor prevalezca sobre otro(15). "El alma tiene dos poderes por los cuales modera sus actividades: uno, para elevar sus sentidos a Dios; el otro, para deleitarse en el cuerpo ‘porque ha sido creado por Dios' (I.4.19)." (p. 65). Como se ve, Hildegarda trabaja el alma no tanto como forma del cuerpo, sino como dinamismo, fuerza vital. Enfatiza la relación entre el alma y el cuerpo como una complementariedad, concepto que hace extensivo a la relación varón-mujer, ninguno de los cuales podría decirse tal, ni existir siquiera, sin el otro. Exalta esta afirmación al establecer una imagen con Cristo, cuya divinidad estaría significada por el varón, en tanto la mujer es figura de su humanidad.

Dios es la vida ardiente que sostiene la creación, y la Palabra de Dios no se distingue de la racionalidad (rationalitas) que anima la creación mediante el sonido de su voz (I.4.105). La interpretación tradicional identifica la Palabra de Dios con la Sabiduría divina; Hildegarda trabaja el tema desde la relación entre carne y alma en el cuerpo humano, y entonces aquello de "La Palabra se hizo carne", la Encarnación, ya no es una intervención que de alguna manera permanece externa al mundo sino que es la manifestación plena de un proceso natural. A Hildegarda le interesa el mundo y lo describe (segunda parte), comentando el relato de la creación según el Génesis: el séptimo día prefigura la Encarnación (II,1,48).

En la tercera parte del libro habla de la redención por hacer, a partir de la venida de Cristo. Habla del Amor (caritas), figura femenina, "el esplendor del Dios viviente" (III.3.2). La Sabiduría ha ordenado todas las cosas mediante el Amor. En este concierto, aparece el ser humano, llamado "vida" porque vivirá aún después de la muerte de su carne (III.4.14).

La visión final vuelve a la imagen de la rueda(16) (presente en las cinco primeras visiones, en tanto de la seis a la nueve encontramos la imagen rectangular(17) de la ciudad). "La fusión de las dos imágenes provee una metáfora para la conclusión del Libro de las obras divinas, integración de la interpretación hildegardiana de la creación en su visión de la ciudad celestial" (p. 67).

Las palabras finales que Cristo dirige al Padre:

"En el comienzo todas las cosas creadas eran verdes. En el período medio, las flores florecieron, pero más tarde se debilitó la viriditas... Mi cuerpo está debilitado, mis niños se han hecho débiles... Me consume el hecho de que todos mis miembros han venido a ser objeto de irrisión. Mira, Padre, estoy mostrándote mis heridas. Por esto ahora, pueblo todo, dobla tus rodillas ante tu Padre, para que Él pueda extender Su mano hacia ti" (III.5.8 - p. 67).

hablan del verdor del Paraíso, de la floración por la Sangre de Cristo, y de la sequedad posterior que motiva la actualidad del sufrimiento del Señor. Mucho atribuye Hildegarda a la responsabilidad de los malos prelados, que han perdido la pureza original de la Iglesia (III.5.16), y también se refiere a la declinación del Sacro Imperio Romano (III.5.25). Trata aquí también el tema de la castidad, y de quienes la atacan, considerándola contraria a la naturaleza.

En ocasión del interdicto que afectó a su comunidad (1178), Hildegarda escribió una carta a los prelados de Maguncia, en la que expone algunos puntos fundamentales de su pensamiento, en el que la música ocupa un lugar central, porque es a través de ella que el hombre retornará a su condición original. Recuerda la actitud de los profetas, y los salmos de David, y declara que la música es una acabada expresión de la unión de alma y cuerpo.

En su conjunto, la vasta obra de Hildegarda se presenta como una síntesis de lectura accesible por sus imágenes y analogías con la experiencia, antes que por elaboradas abstracciones.


NOTAS:

1. Flanagan, Sabina. Hildegard of Bingen, 1098-1779: A Visionary Life. London: 1989, p. 199-211. (vuelve al texto)

2. Ver nota 4, p. 210. (vuelve al texto)

3. Newman, Bárbara. Sister of Wisdom: St. Hildegard's Theology of the Feminine. Berkeley: 1987. (vuelve al texto)

4. En la nota 18 (p. 211), la autora recuerda que la Sagrada Escritura no menciona la "Luz Viviente", pero que en Job 33.28 hay una expresión próxima: "Libró su alma para que no caminara hacia la muerte sino que, viviente, viera la luz" (Liberavit animam suam ne pergeret in interitum, sed vivens lucem videret). Y dos versículos después aparece la expresión "luce viventium", la luz de los vivientes. (vuelve al texto)

5. Ver la nota 22 (p. 211). (vuelve al texto)

6. Ver la referencia bibliográfica (TRADITIO 1984; 40: 149-174) (nota 23, p. 211). (vuelve al texto)

7. Ver importante nota 24 (p. 211-212). (vuelve al texto)

8. Ver p. 58. (vuelve al texto)

9. Pedro Abelardo. Sermo 32. PL. 178, 584d. (vuelve al texto)

10. Ver nota 28 (p. 212). (vuelve al texto)

11. Turbines. En la pintura están representados por demonios. (vuelve al texto)

12. Hildegarda niega a la mujer el acceso al sacerdocio, por cuanto su fecundidad está ordenada a la procreación de los hijos, no pudiendo confundirse con la fecundidad del sacerdote, que pertenece a otro orden, a otro plano (II.6.76). (vuelve al texto)

13. "Después la misma visión me mostró para que lo comprendiera y explicara las sutilidades de las diversas naturalezas de las creaturas". LVM I.1 (nota 38, p. 213). (vuelve al texto)

14. La autora dice que precisamente esta concepción de la existencia de la creación en la mente divina permite a Hildegarda afirmar que Dios jamás fue sin Su potencial creador. (vuelve al texto)

15. Aquí Hildegarda relaciona la doctrina tradicional de los humores con la visión cosmológica, paso absolutamente inusual. (vuelve al texto)

16. El círculo representa la divinidad y la creación. (vuelve al texto)

17. El rectángulo simboliza la Ciudad de Dios. (vuelve al texto)

 

 

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