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Newman, Barbara (ed.). Voice of the Living
Light. Hildegard of Bingen and Her World. California: University
of California Press, 1998. 278 p. (Cap. 5, p. 91-109)
Compositora y Dramaturga:
el canto melodioso y la frescura del arrepentimiento
"Como el cuerpo de Jesucristo nació de
la pureza de la Virgen María mediante la operación del
Espíritu Santo, así también el cántico
de alabanza, que refleja la armonía celestial, ha echado raíces
en la Iglesia mediante el Espíritu Santo. El cuerpo, que es
la vestidura del espíritu, tiene una voz viviente, y así
es propio del cuerpo, en armonía con el alma, usar su voz para
cantar alabanzas a Dios" (Letters 23, p. 79; Epistolarium
23, p. 64 - p. 149).
Este texto forma parte de la famosa carta de Hildegarda
ante el interdicto lanzado por los prelados de Maguncia contra la
comunidad de Rupertsberg, y permite comprender la importancia del
canto litúrgico en la vida monástica medieval: "cantar
era central para su (de Hildegarda) definición de lo que significa
ser una monja", dice Fassler (p. 149).
La música
en la comunidad monástica
Comienza destacando la importancia única de
Hildegarda como compositora de canto monofónico, por su extensa
producción con una atribución segura. Sus piezas sacras
pueden agruparse en dos colecciones que ella misma reunió y
tituló: Symphonia armonie celestium revelationum (La
sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales),
y Ordo virtutum (El drama de las Virtudes).
La mayor parte de sus piezas musicales están
relacionadas con el Oficio Divino y son antífonas (cantos cortos
vinculados a los Salmos y entonados por el coro) y responsorios (más
largos y trabajados, entonados por un solista y la respuesta por el
coro). Los responsorios solían ser el modo habitual de rezar
los oficios nocturnos (maitines); el drama podía representarse
o cantarse en la parte final de los oficios de maitines o bien de
vísperas. El canto litúrgico vinculado al Oficio fue
el que más impulso recibió en ese período de
la Edad Media, y no fue ajena a ello la celebración de los
santos, tanto de los tradicionales cuanto de los patronales y de aquellos
muy recientes.
Por otra parte, también por entonces se produce
una renovación en el estilo musical: grandes saltos y largos
melismas (el extenso fraseo sobre una vocal) subrayan la importancia
de algunas palabras en el texto. Los responsorios particularmente
son piezas muy elaboradas, cuyo canto excede en extensión a
su escritura; y era costumbre que el abad o la abadesa entonaran el
responsorio final.
Las antífonas se entonaban más frecuentemente
en los oficios de laudes y de vísperas, y también se
cantaban en las procesiones. En el siglo XII se acrecentaron las antífonas
dedicadas a la Virgen, bajo la influencia de la devoción mariana
de San Bernardo de Claraval. Las composiciones de Hildegarda sobre
este tópico se alejan de la tradición gregoriana, o
al menos de su pureza, por la inclusión de sus dramáticos
saltos con efecto de arco de bóveda, la repetición de
pares de frases y la inclusión de extensos melismas. Hildegarda
lo explica así:
"Y así las palabras simbolizan el cuerpo,
y la jubilosa música el espíritu, y la armonía
celestial muestra la Divinidad y las palabras la Humanidad del Hijo
de Dios." (Scivias III,13,12; trad Hart and Bishop, p.
533 - p.154)
El melisma solía ser una manera de expresar
el júbilo, como en el caso del Allelluia de la Misa.
Fassler indica que muy posiblemente Hildegarda compusiera sus melodías
tal cual ella las entonaba, lo que les da un fuerza vivencial inusual.
Tal sucede con "O nobilissima viriditas", donde el
melisma se da sobre la exclamación inicial.
En otro orden de cosas, señala la autora una
crítica que algunos estudiosos modernos hacen a nuestra compositora:
no haberse interesado en la novedad de las secuencias rítmicas
popularizadas por Adam de San Víctor ( ca. 1146). Y responde
que no debe esperarse que una monja benedictina se interesara en tales
novedades lideradas por los monjes agustinianos y los canónigos
de San Víctor en París. Además, "la música
de Hildegarda formaba parte de un elaborado programa de educación
diseñado por ella para las monjas de su comunidad, y provenía
de una manera benedictina de entender la vida religiosa". Sin
embargo, es interesante la referencia que Fassler hace en nota 28
(p. 244-45) a una carta del maestro parisino Odón de Soissons,
quien alrededor de 1147 dice a Hildegarda: "Se dice que, exaltada,
ves muchas cosas en los cielos y las registras en tus escritos, y
que produces la melodía de una nueva canción (atque
modus novi carminis edas), aunque nada has estudiado de tales
cosas" (Letters 40, p. 110 - p. 245). Fassler propone
otra traducción para la frase subrayada: "una forma (un
modo) de nueva canción", lo que indicaría por parte
de Odón el reconocimiento de la originalidad y carácter
innovador de las composiciones de Hildegarda.
La música
de Hildegarda y los sistemas de significación: el árbol
de Jesé
La labor educativa de Hildegarda comprende: el conjunto
de sus obras litúrgicas, el drama musical, la pintura y los
textos teológicos y religiosos(1).
Fassler se centra en los años 1141-51, los años de Scivias,
en cuya última visión hay un bosquejo de lo que será
luego la representación musical El drama de las Virtudes
(Ordo virtutum), y se propone organizar su estudio en torno
al árbol de Jesé, de gran presencia en esa época
(en vitrales, esculturas y manuscritos iluminados(2)),
presencia a la que Hildegarda no fue ajena. En la primera parte de
su siglo se había escrito una obra muy importante para la educación
de las monjas, Speculum virginum (El espejo de las Vírgenes),
donde la pintura del árbol de Jesé ocupaba un lugar
central; también por entonces tenemos Hortus deliciarum
(El jardín de las delicias), de Herrada de Landsberg,
con similares características. El texto bíblico correspondiente
para el árbol era Isaías 11, 1-2, y el libro de Isaías
integraba la liturgia de Adviento, lo que explica la familiaridad
y memorización de su texto. Por otra parte el texto contiene,
como lo nota Arthur Watson y recuerda Fassler (p. 158), palabras tan
importantes como lo son raíz (radix), rama (virga)
y espíritu (spiritus).
Toda la pintura se centra en torno al tema de la Encarnación
anunciada por los profetas de Cristo del linaje
de Jesé por su hijo el rey David, quien nació
de la Virgen María. En la parte superior se encuentra el Espíritu
Santo y sus dones, bajo la representación de paloma o bien
de flor. Hildegarda habría vinculado el tema de la Encarnación
de Cristo y el consiguiente renacimiento de toda criatura con la simbólica
vestimenta de sus monjas (velos finos y coronas de oro con piedras
preciosas) en las principales fiestas litúrgicas. Por otra
parte, el tema del renacimiento ya había sido puesto en boga
por la reforma cisterciense de San Bernardo, empeñado en renovar
la vida monástica para mejor cumplir con la propuesta benedictina,
y no olvidemos que la propia Hildegarda tiene un comentario sobre
la Regla.
Aquí Fassler se extiende en torno a consideraciones
sobre Hildegarda y la Regla de San Benito (ver notas 39 y 40, p. 246),
subrayando el tema de la vida monástica como una batalla por
la propia alma y, en este contexto, surge la imagen de la escalera
de Jacob. Ambas imágenes bíblicas (árbol y escalera)
se encuentran en Scivias III, 8, "La columna de la salvación"
(ver notas 41 y 42, p. 246-47). Dice la autora, reproduciendo a Hildegarda,
que la columna tiene muchos aspectos. Hay allí una escalera
que es Cristo, por donde suben y bajan las Virtudes, cuya reina es
la Humildad. Entre las Virtudes hay siete que corresponden a los dones
del Espíritu Santo, y aquí se enlaza el tema del árbol
de Jesé. La rama florecida del árbol es María,
en quien las Virtudes ponen nuevos brotes o yemas. Señala Fassler
que el árbol en Hildegarda es dinámico: "muestra
las idas y venidas de las Virtudes desde el corazón de la encarnación,
en su pelea por las almas no sólo de las monjas sino de cada
persona" (p. 159).
Las
canciones de Scivias como íconos de sonidos
Como señala la autora, muchos de los personajes
de las canciones de Scivias están relacionados con el
árbol de Jesé. El primer responsorio, "O tu
suavissima virga", pinta la más dulce rama, María,
quien brillando como el sol dará a luz a la flor de las flores,
Jesucristo (Symphonia, 21 - p. 160). Los ángeles, uno
de los cuales fue el portador del mensaje de la Encarnación,
contemplan el misterio (29-30). Los patriarcas y los profetas son
celebrados como raíces con las que se plantó el árbol
de los milagros (32). También los apóstoles se encuentran
aquí a través de la antífona "O cohors
milicie" (33); predican en el mundo y son como jardineros
que hunden las raíces en los corazones de las iglesias. Los
mártires, "Vos flores rosarum" (38) son las
flores secundarias del Cordero, Quien es la gran floración
central del árbol. El responsorio "O nobilissima viriditas"
(56) se refiere a las vírgenes, y aquí aparece la viriditas,
el verdor, la fuerza vital, el poder reverdescente de la Iglesia,
referido a las vírgenes.
Señala Fassler la dificultad de las canciones,
a las que caracteriza como "íconos sonoros" que sirven
para el estudio y la meditación de los textos, a los que se
unen las imágenes y las pinturas, y todo ello en una relación
interactiva entre ejecutante y oyente. La interacción música-texto
se llevaba a cabo por tres caminos en el siglo XII, en el ámbito
de la composición litúrgica:
1. La música
servía para la proclamación de las palabras y las sentencias,
en varios niveles estructurales.
2. Cada tipo de pieza litúrgica
tenía su estilo particular y su sentido histórico.
3. La música subrayaba
significados simbólicos.
Importa señalar aquí la idea de la ruminatio,
el masticar una y otra vez al modo de los rumiantes, proceso al que
Leclercq da una gran importancia en la oración y la cultura
monásticas, y que la autora relaciona con el aprendizaje en
el seno mismo de la liturgia, a través de las canciones de
Hildegarda.
A continuación Fassler se detiene en algunas
de las obras musicales de la abadesa.
El primero de los responsorios de Scivias es
"O tu suavissima virga" (ver los textos latino e
inglés en p. 163). Subraya la autora que cada palabra funciona
como una unidad que permite rumiarla, saborearla, gracias a los melismas
que las "estiran" en el tiempo. También los tonos
son importantes, e Hildegarda maneja con gran maestría los
contrastes entre altos y bajos, pasando con gran rapidez de uno a
otro en grandes saltos que crean un efecto de arco de bóveda.
Las palabras más importantes son las que se encuentran afectadas
por este recurso, y quedan así subrayadas ("stirpe
Iesse", estirpe o vara de Jesé; "solem",
sol, presenta la mayor elevación en esta obra).
Otra característica del estilo musical de Hildegarda
es la repetición. También debemos mencionar el hecho
de que no pocas veces tomaba melodías muy conocidas como base
para la composición de sus piezas, y ello precisamente para
aprovechar la familiaridad que suponía en el oyente, con fines
pedagógicos. Un ejemplo de ello es la antífona "Ave
regina celorum", y con la misma técnica cierra el
ciclo de canciones de Scivias, en "O nobilissima viriditas"
(56).
"O nobilissima viriditas", según
nos recuerda Fassler, describe las virtudes como vírgenes en
el corazón del árbol de Jesé, y es una reelaboración
de "Ave regina celorum". En ésta, María
es celebrada como raíz, y como aquélla de quien surge
la luz del mundo; Hildegarda privilegia la imagen del sol en los textos
marianos, y la idea del amanecer, de la aurora(3).
En aquélla, las vírgenes (las virtudes), son manifestaciones
de María, incluso sus servidoras; pero aquí el énfasis
está puesto en las palabras clave que Hildegarda refiere también
a María, y que son: Iglesia, renacimiento o renovación,
regeneración. En una palabra, viriditas, el poder vital,
la fuerza vital, generativa. "María y las vírgenes
son la vida nueva, posible gracias a la carne nueva de la Encarnación"
(p. 167-68).
Ordo
virtutum (El drama de las Virtudes):
el sonido de la batalla
El tema de esta obra es la batalla que ayudada
por las Virtudes libra el alma humana en el doble camino de
su caída en el pecado y su conversión ulterior a una
vida virtuosa. Fassler destaca una vez más que Hildegarda hizo
nuevo lo viejo, tomando materiales ya existentes y dándoles
nueva forma. En efecto, era común en el norte de Europa, para
las celebraciones de Navidad, la dramatización de la lectura
de los profetas, ordinariamente en el oficio de Maitines. Patriarcas
y profetas anunciaban al Mesías, el Verbo Encarnado. En el
prólogo de su obra, Hildegarda coloca como protagonistas a
los prescientes profetas, raíces del árbol de Jesé,
y a las Virtudes, que continúan en la Iglesia la acción
salvífica iniciada tanto tiempo atrás, y cuya apertura
en el drama las entronca con las vírgenes de "O nobilissima
viriditas".
"Tú, bendito entre los antiguos, ¿por
qué te maravillas de nosotras?
La Palabra de Dios crece resplandeciente en la forma de hombre,
y entonces nosotras brillamos con Él
fortaleciendo los miembros de este hermoso cuerpo." (Ordo
virtutum, 161)
Se señala aquí un punto de intersección
entre Palabra y Carne (verso segundo), donde el Sol arde a través
del cuerpo de María y donde los hombres virtuosos tendrán
su morada. En nota 66 la autora indica la importancia que en este
punto reviste la virtud de la Caridad ("Yo soy Caridad, la flor
del amor / venid a mí, Virtudes, y yo os conduciré al
interior de la radiante luz de la flor de la vara [de Jesé]",
Ibíd., 167). Desde el inicio está presente la imagen
del jardín y la de la cámara nupcial del Cantar de
los Cantares; pero también está allí la cámara
o tálamo nupcial del Salmo 18,6: "Allí le
puso tienda al sol, / que sale como un esposo de su tálamo,
/ y se lanza alegremente cual gigante / a recorrer su carrera."
Fassler señala que hay en esta obra una defensa
de la vida monástica y de la virtud de la castidad; pero también
está el camino del alma de toda alma desde el pecado
hacia el árbol de Jesé, y los cambios que ello implica.
Las Virtudes como guías, y el arrepentimiento y la pureza de
corazón importan en todas las personas, y no sólo en
las religiosas(4).
La acción dramática aparece centrada
en lo que viene a ser el vestido de Anima (Alma), esto es, su carne,
su naturaleza y significación, que el demonio procura subvertir,
excitando los deseos de la carne, su lujuria y avaricia:
I. Eva fue seducida
por su deseo de conocer, así que la primera Virtud que habla
es Conocimiento de Dios, quien la llama al verdadero entendimiento.
II. Nuevamente tienta el demonio
a Eva (y a Anima) con el mismo deseo, diciendo a las Virtudes y a
su Reina: "¡Ni siquiera sabéis lo que sois !" (5).
A Eva y su desordenado deseo de saber se contrapone la Virtud de la
Humildad, María, quien conoce al demonio por lo que él
es, y también las Virtudes saben algo: que ellas habitan las
alturas desde las que él se precipitó.
III. La tercera tentativa del
demonio es una parodia de oración de súplica, siempre
en torno al tema del conocimiento. Las Virtudes, dice, no sólo
se desconocen a sí mismas, sino también a Dios a quien
no temen ni aman, ya que sólo es una creación de su
imaginación. Responden las Virtudes Obediencia y Fe, encareciendo
el conocimiento que el hombre debe tener de su debilidad y de sus
caídas como remedio para tales faltas. Pero Anima quiere el
conocimiento mundano y fácil, y aquí comienza su caída
personal.
Sobre la mitad de la obra las Virtudes pierden a Anima.
Fassler trae la opinión de Gunilla Iversen de que podría
haber aquí una referencia de carácter autobiográfico,
siendo Anima en este punto figura de la monja Ricarda, quien dejó
Rupertsberg para hacerse cargo de otro monasterio en carácter
de abadesa (contrariando los deseos y la opinión de Hildegarda),
y falleció poco después, anhelando volver a su casa
abandonada. También Anima desea volver a su casa, término
que en la obra significa la cámara nupcial a la que toda alma
es llamada, pero también es el convento, donde cada monja es
llamada a vivir una vida virtuosa. Amina regresa de su camino de perdición,
herida y sucia, como todo el género humano que sólo
puede ser purificado por la Sangre, al pie de la Cruz. El demonio
pretende reconquistarla y lucha contra las Virtudes, quienes lo atan.
A pesar de ello, él continúa desafiándolas, denigrando
la esterilidad de su virginidad, su desconocimiento de lo que son
(porque "no conocen varón"). Castidad replica: la
Virgen a quien ella representa dio a luz a un Hombre,
y este alumbramiento es fuerza y poder para Virtudes y vírgenes.
El conocimiento es el antídoto contra el demonio y las caídas.
Finaliza la obra con la derrota del malvado, y canta Victoria con
una frase del "Ave regina celorum": "Regocíjate,
Virgen, la más justa de todas".
En la procesión final hay una súplica
por disfrutar del árbol de Jesé, como jardín
y como Iglesia. Su verdor (viriditas) apagado espera, como
Cristo espera el tiempo de su encarnación, y sobreviene el
cansancio. El clamor final suplica que Dios toque el alma penitente,
como lo hizo con Anima, acompañado por María y por las
Virtudes. Y Dios tiende su mano llamando al alma a postrarse ante
Cristo llagado, es decir, ante la Cruz.
Nota Fassler la gran diferencia de estilo musical entre
las canciones del Ordo virtutum y las de Scivias, destacando
que aquellas que son cantadas por la comunidad son más simples
que las entonadas por solistas o por un grupo selecto de monjas. La
misma Hildegarda, en la visión final de Scivias, describe
tres tipos de música:
"Entonces vi el cielo luminoso en el que yo escuchaba
diferentes clases de música, las cuales expresaban maravillosamente
todo lo que yo había escuchado antes. Escuché las alabanzas
de los gozosos ciudadanos del Cielo que habían perseverado
firmemente en los caminos de la Verdad; y los lamentos que llamaban
nuevamente al pueblo a esas alabanzas y gozos; y las exhortaciones
de las virtudes, estimulándose unas a otras a asegurar la salvación
de la gente engañada por el demonio." (En nota 79: Scivias
III, 13,1 - Hart & Bishop, p. 525)
Esta música, dice Fassler, es el Cuerpo de Cristo,
es la Música de los cielos, es la música de la Ciudad
de Dios. Pero también es Cristo la música de los que
se encuentran atrapados por los engaños del demonio, música
que describe el cuerpo herido de Cristo. En este contexto, los melismas
se aplican a la música celestial, pero el demonio no tiene
música ni esperanza: no puede tener música.
Luego de la lucha de las Virtudes contra el demonio,
el alma finalmente conoce su mal, su enfermedad y pide ayuda: es ahora
cuando el demonio es derrotado y principia la salvación. La
comunidad acude en auxilio del alma para conducirla a la victoria;
la salvación se realiza en la comunidad, alusión a las
religiosas y los monjes que viven bajo la santa Regla de San Benito.
NOTAS:
1. En nota 29 (p. 245) se recuerda que era una
característica de la época acudir a múltiples
medios para organizar, comunicar y retener los contenidos. Hugo de
San Víctor se valió de pictogramas para la enseñanza
y la contemplación, los que no se han conservado, aunque sí
la descripción de algunos de ellos, siendo el más famoso
el que se describe en el inicio de La mística arca de Noé
(PL 176:681-82). (vuelve al texto)
2.En nota 31 (p. 245) nos dice: "la clásica
pintura del árbol de Jesé es la que se encuentra en
la ojiva norte de la fachada occidental de la catedral de Chartres,
que data de mediados del siglo XII y parece modelada sobre el árbol
de Jesé de la ventana (ahora excesivamente restaurada) de San
Dionisio, del mismo período. Aquí Jesé duerme
al pie del árbol mientras de su espalda, como de un falo, brota
el árbol de su linaje; a ambos lados del árbol están
los profetas con sus escritos, que apuntan a la manifestación
de la herencia mesiánica dentro del árbol mismo".
(vuelve al texto)
3. La autora dice que "el amanecer es el
tiempo litúrgico mayor para la canción monástica,
las tempranas horas de la mañana cuando los monjes o las monjas,
llamados en la oscuridad a levantarse de sus lechos, permanecen más
tiempo en sus actos de oración y de alabanza durante los servicios
de maitines y de laudes, y reciben en comunidad la llegada de la luz"
(p. 166). (vuelve al texto)
4. En nota 71 (p. 250) dice, citando Scivias
I, 4,30 (Hart & Bishop p. 128): "Hay muchas almas que aceptan
la penitencia por sus pecados sólo con dificultad; sin embargo,
aunque con mucho esfuerzo, la llevan a cabo por temor a la muerte.
Pero Yo les doy Mi mano y cambio su amargura en dulzura... El que
deja de arrepentirse por sus pecados... no quiere mirarse a sí
mismo, o buscar un médico, o ser curado de sus heridas".
(vuelve al texto)
5. Una interesante observación de Fassler:
cuando el hombre tiene conocimientos verdaderos y sólidos,
ellos son un obstáculo para la acción del demonio.
(vuelve al texto)
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