EL LUGAR DEL HOMBRE EN EL COSMOS
RESPONSABILIDAD Y TRASCENDENCIA DE SU OBRAR

FRANCISCO O'REILLY
(UNSTA)

 

La primera sensación que uno tiene al entrar en contacto con el pensamiento de Hildegarda de Bingen es una alegría enorme al ver la dimensión y profundidad de su obra. Pero en un segundo momento la desesperación es la que nos domina, como cuando somos invitados a una fiesta importante y nos encontramos ante los más variados y exquisitos manjares sabiendo nuestra imposibilidad de deleitarnos con todos. Así el pensamiento de la abadesa es tan amplio que nos desespera el no poder “probarlo todo”. Por suerte, una de las particularidades del conocimiento es que al ser compartido se multiplica, y esta Jornada nos dará un poco de tranquilidad al deseo de estar cerca del pensamiento de la abadesa y sus distintas perspectivas.

La temática que resulta de mi interés es el rescate del carácter existencial de las ideas medievales. Al hablar de existencial entiendo el hacerse de la vida, y su unión y coherencia con las ideas. Este interés por resaltar estas cualidades del pensamiento medieval surge a partir del pre-concepto extendido en todo Occidente desde el Iluminismo que entiende la Edad Media, la escolástica en especial, como un conjunto teórico oscuro, alejado de la vida cotidiana y de la civilización. Al acercarnos por primera vez a los autores de esta época, sin embargo, nos llevamos la grata sorpresa de leer obras íntimamente ligadas con la vida, y lejos de ser sistemas abstractos, allí vemos una comprensión de todas las dimensiones del hombre. Muchos de estos autores podrían ser llamados por Don Miguel de Unamuno filósofos de carne y hueso.

No es necesario investigar mucho para encontrarnos con pensadores medievales de estas características. Tenemos el Itinerario de la Mente a Dios de San Buenaventura, quien parte de la realidad, de nuestra realidad cotidiana, para llegar a Dios. Así también Tomás de Aquino al hablar del hombre e investigar su naturaleza no habla del hombre como un objeto abstracto de estudio, sino que se refiere a este hombre, y lo explicita, estos huesos esta carne. Alberto Magno y Tomás de Aquino fueron grandes filósofos y teólogos, pero a la vez fueron San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino como hombres comprometidos con su pensamiento, que fue algo más que filosofía y teología, fue filosofía y teología encarnada.

Hildegarda no es la excepción a esta regla, he descubierto en ella una persona que constantemente se refiere a nuestra vida concreta, a nuestra vida en el mundo y su trascendencia. Esta característica de la vida particular, me animaría a decir, cumple un papel importante en la obra de la Abadesa. Es este sentido profundo de la realidad humana el que quiero resaltar. Esta mirada clara de la totalidad de la realidad, incluso la divina. Allí donde el hombre no está partido en distintas dimensiones incomunicables de acuerdo a las cuales obra, sino que distinguimos al hombre en aquellas dimensiones que nos ayudan a comprenderlo como un todo. Referente al perdido y fragmentado hombre de la modernidad podemos ver lo que nos dice Berdiaeff:

“La historia moderna que se acaba fue concebida en la época del Renacimiento. Asistimos ahora al fin del Renacimiento... Todas las posibilidades están agotadas. Se ha caminado hasta el fin por las sendas del humanismo y por los cauces del Renacimiento, ya no se puede por ellos llegar más lejos ... El Humanismo no ha fortalecido, sino que ha debilitado al hombre: tal es el desenvolvimiento paradójico de la historia moderna. A través de su afirmación, el hombre se ha perdido, en lugar de encontrarse.” [1]

Siguiendo estos pensamientos, Hildegarda de Bingen es un motivo para volver más allá del Renacimiento y re-descubrir la naturaleza humana en los autores medievales, quienes nos devolverán el sentido de nuestra existencia.

Toda la creación tiene un equilibrio perfecto. Cada criatura se encuentra en contacto con Dios, en un canto de alabanza. Ellas con su misma existencia alaban a Dios, en su respuesta al llamado a ser. Y al igual que en un coro, si alguno de los miembros desafina todos comienzan a perder el compás y el ritmo de la canción. Nos encontramos en un cosmos que ha sido establecido por Dios, y en cuanto tal responde a ese orden. Desde el punto de vista de la abadesa toda la creación se ordena a su Creador a través de una armonía, de un canto, que es oración de respuesta al acto de creación constante por parte de Dios. La creación toda es una gran orquesta, una sinfonía de alabanza al Dador de Vida. [2]

En toda esta orquesta el hombre tiene un lugar privilegiado, así como en toda cosmovisión cristiana-medieval, el hombre es el centro de todo lo creado:

“Cuando Dios observó al hombre, Le agradó sobremanera, porque lo había creado con el ropaje de Su imagen y según Su semejanza, ya que el hombre había de proclamar, por el instrumento de su voz racional, todas Sus maravillas. Pues el hombre es la plenitud de la obra divina, porque Dios es conocido a través del hombre y porque Dios creó para él todas las criaturas y le concedió, en el beso del verdadero Amor, proclamarlo por su racionalidad, y alabarlo.” [3]

Toda la creación fue destinada para ser ayuda del hombre, y los hombres no pueden ni vivir, ni sobrevivir sin los elementos [4] . En el hombre encontramos, de alguna manera, el sentido de la creación, y el hombre encontrará en Dios, de igual manera, el centro y sentido de su ser.

La conciencia del lugar que ocupa el hombre en la jerarquía del mundo es clara en la cosmovisión de Hildegarda. Así vamos a encontrar dos dimensiones en el obrar humano. Cada vez que decidimos algo en nuestra vida, esta elección tienen distintas consecuencias. Por un lado tienen una causalidad inmanente a nuestra persona, por la cual entra en juego nuestra salvación o condena. Mientras que por otro, nuestra elección tiene una trascendencia ya en el orden de los hombres (en lo doméstico, social o histórico), ya en el orden de la naturaleza.

Dado el lugar que ocupa y la trascendencia del obrar del hombre, va a ser justamente a causa de él que el equilibrio entre las criaturas y el Creador se verá alterado. Es la disonancia del hombre que en su vida se ha olvidado de Dios y lo niega. Así toda la creación sufre la desobediencia del hombre:

“Y oí como los elementos del mundo se dirigieron hacia ese hombre con un llanto salvaje. Y gritaron: 'No podemos correr nunca para terminar nuestro curso como nuestro señor lo desea. Ya que gente con sus actos malvados desvían nuestro curso, como un molino que vuelve todo al revés. Nosotros ya apestamos como la enfermedad y la hambruna para la plena justicia.'
El Hombre Cósmico contestó: 'Yo te barreré con mi escoba, y apenaré a la gente hasta que vuelvan a mí. Mientras tanto prepararé muchos corazones y los atraeré a mi corazón'... Ahora todos los vientos son llenados con la caída de las hojas, y el aire escupe tal polución que difícilmente pueden volver a  abrir sus bocas de nuevo. La potencia generativa se ha debilitado por el error impío de las engañadas almas humanas. Ellos siguen solamente sus propios deseos y gritan: '¿Dónde está este Dios, a quien nunca tenemos oportunidad de ver?” [5]

Pese a que el hombre es tan sólo una pequeña mota de polvo en comparación con la infinidad de las estrellas, las profundidades del mar, en su obrar tiene un poder superior al resto de la criaturas que habitan nuestro mundo. Él es no solamente una criatura más entre muchas. Este status del hombre en la creación lo establece no sólo en un lugar privilegiado frente al Creador, sino que también con una responsabilidad igualmente superior.

El cosmos será fecundo de acuerdo con la naturaleza del hombre, dependiendo de la calidad y dirección de sus vidas y acciones. Varón y mujer son la fecundidad de la vida de toda la naturaleza. Aquello que es decidido en cada corazón humano afecta el corazón de toda la naturaleza. [6] De esta manera, el hombre, en conexión con toda la naturaleza es responsable de toda la creación.

El hombre ha ocultado su canto y dejando de alabar a Dios ha comenzado a desarmonizar la gran música de la creación. Nosotros no estamos más en contacto con nuestra verdadera naturaleza y vivimos en el exilio de la incomunicación. Hildegarda de Bingen nos habla sobre la responsabilidad del hombre con el cosmos y la historia. Nosotros no somos simplemente responsables de nuestra alma, sino que nuestra responsabilidad va más allá de nuestro ser y trasciende a los otros hombres, siendo también responsables por la armonía de toda la creación. No somos, como lo entiende la cosmovisión contemporánea, mónadas aisladas e incomunicadas cuyas actividades no influyen en el resto. Nuestra responsabilidad es total y con cada elección que hacemos estamos modificando toda la realidad.

Hoy en un mundo signado por el individualismo es difícil de comprender este pensamiento, sin embargo no hay mayor coherencia que este planteo que nos hace Hildegarda. Si todo el cosmos fue destinado para un fin, cada partícula debe hacer su movimiento en orden a tal fin; de no hacerlo, obliga al resto a realizar un esfuerzo mayor y algunas veces los condena a la incomunicación. Cada palabra que escribimos o pronunciamos, cada acto de nuestra vida está influyendo en el mundo y en las personas, y nosotros somos responsables de estos efectos.

Nosotros hemos sido creados desde el barro, Hildegarda nos ve allí, en manos del Creador, adornados con joyas y perlas, las vírgenes y los mártires, y dotados de poderes que han sido dados por Dios. Por un abrazo y un beso los seres humanos hemos sido creados desde las profundidades del corazón de Dios y enviados al seno del mundo. Así somos dependientes del mundo por nuestra procedencia, pero somos aún más dependientes de nuestro deseo de Dios, nuestra madre. En Él encontraremos el eterno descanso y la protección que tanto buscamos. [7]

Estamos ligados íntimamente con Dios, por lo cual no podemos abandonar o perder absolutamente nuestro deseo de Él porque eso sería abandonar nuestra propia naturaleza y poder. Sin embargo tenemos la inclinación a decir: “¡Sé que yo puedo hacer todo!” [8] , olvidándonos de esta inclinación divina. Así es como nos encontramos en una incomunicación con Dios, nuestros sentidos han sido cerrados por el pecado; por ello, para recuperar nuestra comunicación, Hildegarda nos impera como San Benito a escuchar con los oídos del corazón, así renovar nuestra visión del cosmos, y encontrar en esta visión el orden del amor de Dios.

Esta comprensión de la vida humana, esta visión clara de nuestra naturaleza tan antagónica, en la cual nos negamos a nosotros mismos, negamos nuestra naturaleza y la naturaleza, nos dice que necesitamos volver constantemente sobre nuestra esencia para poder obrar en consecuencia. Pero a la vez, es necesario encontrarnos con nuestra Madre, con nuestra procedencia absoluta, quien nos dará la pauta de nuestra existencia. Es necesario siempre retornar con el corazón renovado, con los ojos libres de los vicios para comprender nuestra naturaleza.

No es patrimonio exclusivo de Geoffrey Chaucer y sus Canterbury Tales el describir las miserias y vicios del hombre de esta época. Hildegarda de Bingen tiene unos diálogos en su Liber Vitae Meritorum en los cuales discuten vicios y virtudes en un debate por la comprensión del Mundo. Los binomios con los cuales nos encontramos en las discusiones entre vicios y virtudes nos muestras un conocimiento de la naturaleza humana, de su miseria y grandeza. La clasificación en la perspectiva de Hildegarda es muy particular. No encontraremos la clásica división de acuerdo a las potencias del alma, sino que generalmente las encontraremos en referencia a nuestra relación para con los otros y El Otro.

Así tenemos la Obduratio, que es el vicio de la insensibilidad, es una resistencia a ver la realidad tal cual es. Y le recrimina a la Misericordia, su antinomia, lo siguiente:

“¿ Por qué me haré cargo de alguien a quien no le he dado la vida, yo no decidí que él naciera, por lo cual no tengo responsabilidad de él?”

¡Ahí está el hombre mónada, el hombre aislado del mundo, sordo a la misma realidad!. No reconoce al otro como miembro de la naturaleza. No reconoce al otro como “otro yo” ni a la naturaleza como quien está para servirle y él para gobernarle rectamente. Justamente por esta línea es por donde la Misericordia responde a este reclamo de la Obduratio:

 “¡Ser Petrificado! Toda la naturaleza se dona en busca de la comunidad en el amor, y se encuentra al servicio del hombre, y en este servicio da todos sus bienes al hombre. Mi corazón está lleno y deseoso de ayudar a todos.... Yo soy la que salva cada ser, quien cuida cada dolor.” [9]

Veamos con qué sensatez responde, no viene –como presupondrían algunos contemporáneos– con principios de autoridad ni con preceptos bíblicos, sino que nos llama a abrir nuestros sentidos, a ver el orden que impera en la naturaleza. Seguir ese ejemplo de donación perpetua y predisposición. En el amor, que es donación, es donde vemos el bien y donde el mal se ve mitigado. Al negar esta realidad se nos petrifica el ser, cuando perdemos la conexión con el mundo y con Dios nos volvemos seres solipsistas.

Otro vicio que entra en juego en esta misma dinámica de cerrarse a la realidad es Oblivio Dei, el Olvido de Dios que se distingue de la Sanctitas. Así el Olvido de Dios recrimina y se defiende:

“¿Por qué debo no seguir mi propio deseo cuando Dios no se ocupa de mí y nada sobre Dios es sentido por mí? Quiero ocuparme de las cosas que son para mi beneficio y hacer todo lo que quiero. Cualquier cosa que conozco, entiendo y deseo que yo quiero hacer.”

Y la Sanctitas le responde:

“¿Qué dices? ¿Quién te creó, quién te llamo a la vida? ¡Sólo Dios! ¿Por qué no puedes ver que no te creaste por tu cuenta? Si yo prestara atención sólo a mis necesidades egoístas, me alejaría de Dios. No es la tierra la que nos provee con comida, ropa y otras cosas que necesitamos, sino Dios. Los hombres vemos cómo las cosas suceden, cómo las cosas crecen y surgen, pero no sabemos cómo se originaron.” [10]

La Obduratio negaba el ser de la realidad, negaba el ser del otro y de la naturaleza. Mientras que en el Olvido de Dios no se reconoce al autor, al Dador del Ser. Hildegarda en ambas nos muestra una gran confianza en los sentidos y en la razón. Entiende que podemos alcanzar, de alguna manera, la comprensión del mundo; por ello nos presenta al Olvido de Dios como el acto de un necio, de alguien que niega explícitamente la realidad. Y justamente la respuesta de la Sanctitas a esta negación de lo evidente, es mostrarnos cuánto no tendría respuesta si Él no existiera. El necio no comprende que su pregunta por ¿dónde está Dios? tiene una respuesta evidente y está ante sus ojos. Antes de preguntarnos eso hay que preguntarnos: ¿De dónde viene toda la realidad? Y allí comprendemos el salto que damos. La respuesta está ahí, a Dios no lo vemos directamente, pero sin embargo está ahí sosteniendo toda la realidad. En nuestro siglo tenemos un caso archiconocido en el cual se plantea esta dificultad de la incomprensión de distinto nivel de pregunta. Este caso es el de los cosmólogos que intentan explicar el origen absoluto del universo desde el Big Bang, sin reconocer que las respuestas que puede dar la física es del orden del movimiento, mientras que la creación corresponde a una dimensión meta-física. [11]

En otro conjunto de vicios y virtudes pondremos: Cobardía – Victoria Divina [12] , Amor secular – Amor celeste [13] , Ira – Paciencia [14] y Tristeza del mundo – Alegría celeste [15] .

Todos estos diálogos son realmente ricos en consejos y en conciencia para la propia vida, nos marcan cómo el mundo nos va formando un callo en nuestra percepción y así vamos perdiendo nuestra capacidad de captar nuestros errores. Así se queja la Cobardía:

“Deseo vivir en paz con todos. Si ellos actúan correcta o incorrectamente, yo me mantengo tranquilo... Es mejor tomar que dar, evadir el obstáculo que bloquear sus caminos, en cualquier caso yo tengo mi pequeña casa que edifique para mí. Aquellos que dicen la verdad frecuentemente pierden todas sus posesiones y aquellos que participan en la batalla pierden sus vidas.”

Nos describe al hombre que vive escondiéndose, que no se revela como realmente es y por lo cual a la larga deja de ser quien es y comienza a no ser. Es el no tener amor a la verdad, el no buscar el Bien. Y a la vez, podríamos decir que encuadra el concepto de tolerancia como se lo entiende hoy en día, que consiste en no permitir a uno pronunciarse en nada, mi afirmación como sujeto me hace intolerante a los ojos del resto. Hoy esta cobardía está acompañada por una indiferencia por la verdad, un agnosticismo, escepticismo e incredulidad. Por ello, lo que se hace ante el mal es permitirlo, pero sin querer, ni aún pudiendo, impedirlo. Mal puede indignarse contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y por tanto no encuentra oposición ninguna. No hay verdadera tolerancia, la tolerancia que verdaderamente es virtud es aquella que se encuadra por la caridad y la humildad. Yo respeto al otro porque mis opiniones son también probables y por ello el otro también puede tener la razón, o por otro lado tolero una opinión contraria, pese a mí certeza, por quien plantea la opinión contraria, por el respeto a esa persona. [16]

Frente a la Cobardía la Victoria Divina responde:

“No deseo que mi vida sea una vida que esté ubicada en las cenizas y no deseo un vacío fútil. Deseo alcanzar la fuente de la sabiduría. Así que participo de la batalla y permanezco en la verdad de Dios.”

Aquí Hildegarda de ninguna manera nos pide que practiquemos la intolerancia, sino que nos llama a ser coherentes con nuestras posiciones, a no permitir que nos resulte indiferente la realidad, a estar convencidos de que nuestro camino es recto. Así referente a una verdad no importa quién ha pensado esto o aquello otro, sino lo importante es que responda a la verdad que es la realidad, y por esto el permanecer en la verdad en contra del error de otro no quiere decir que combatamos contra aquel. Un ejemplo de ello lo encontramos en un texto de Benedicto XIV cuando nos habla de la persona de Santo Tomás de Aquino y su actitud ante los filósofos o teólogos a los cuales refutaba:

“En efecto, si las palabras de aquellos contenían alguna dureza, ambigüedad, oscuridad, él las endulzaba y explicaba interpretándolas con indulgencia y benevolencia. Y si la causa de la Religión y de la fe le imponía rechazar sus ideas, lo realizaba con tal modestia, que lo hacía no menos digno de elogio cuando se separaba de ellos que cuando afirmaba la verdad católica.” [17]

En el Amor del Mundo – Amor celeste encontramos un caso distinto al resto, ya que aquí las dos actitudes son intrínsecamente válidas. El amor del mundo es bueno, ya que toda la creación es buena. Hildegarda nos aclara que el amor del mundo no es impuro o incorrecto, precisamente todo lo opuesto, pero sin el referente al Amor celeste pierde su sentido. Sin Dios el amor no existe, sin EL AMOR no podrá haber amor. Sólo comprendemos la profundidad y sentido del amor humano iluminado por el Amor divino. Recordemos que dado que el mundo fue creado por Dios, toda la creación debe ordenarse a Él.

Finalmente encontramos el diálogo entre la Tristeza del mundo y el Gozo celeste. La Tristeza del mundo tiene que ver justamente con esta soledad del hombre, con la negación de la trascendencia. Sin Dios nada tiene sentido, ni el mismo gozo terrenal, ya que en el mismo instante que inicia se termina, y la misma ausencia de ese gozo pasajero es condena. ¡Mucho más aún lo será la presencia del dolor!. Mientras que con la conciencia de la realidad divina, con la comprensión de la realidad y su finalidad en lo divino, nuestra visión de la realidad es más profunda. Así en el Gozo celeste la tristeza se convierte en alegría con la promesa del paraíso. Si todo es en búsqueda de la gloria eterna, nuestra vida es tan sólo un instante en comparación de la eternidad.

Este ha sido mi humilde aporte a la comprensión del mundo planteada por Hildegarda de Bingen. Pido disculpas a ella, sobre todo, por lo breve del tratado y la rapidez con que traté algunos temas. Mi intención era mostrar rápidamente el lugar del hombre en el cosmos, ¿cómo el hombre se ubicaba en un lugar privilegiado? Y ¿de qué manera éste debía responder al papel que cumplía en la Creación?

La responsabilidad que nos deja el legado de la Abadesa es grande. Los movimientos armónicos de las estaciones, los vientos, el mar y la tierra fértil son la música por la cual la creación reza a Dios. Nosotros, los hombres, somos los que desafinamos en la gran orquesta del mundo. El hombre está destinado a definir el desarrollo de la creación, y sólo encontrará este camino volviendo sus ojos al origen y así re-descubrir su naturaleza. Por nuestra rebelión hemos perdido nuestro contacto con Dios e interferimos, como en toda orquesta, en la comunicación del resto, por ello, nuestra corrupción comenzó a corromper el resto de la creación y su orden a Dios.

Santa Hildegarda nos convoca a comprender la importancia de nuestras obras, nos muestra el protagonismo de cada uno en el plan divino, y en la salud de toda la creación. Es necesario recuperar este sentido que une a toda la realidad, es necesario ver la trascendencia de cada uno de nuestros actos.


NOTAS:

[1] Berdiaeff, N. Una nueva edad media. Reflexiones acerca de los destinos de Rusia y de Europa. (trad. Esp. de J. Renom). Barcelona: Apolo, 1933, p. 12ss. (vuelve al texto)

[2] Liber vitae meritorum, en PL I, 14,  n.22, p. (vuelve al texto)

[3] Hildegardis Bingensis. Liber divinorum operum. ... Pars I, visio IV, 100. Las cursivas son mías. (vuelve al texto)

[4] Cf. W. M. II, 2. (vuelve al texto)

[5] M. V. III, 2-3. (vuelve al texto)

[7] Cf. Scivias III, 1. (vuelve al texto)

[8] Scivias, I, 4. (vuelve al texto)

[9] MV I, 16-17. (vuelve al texto)

[10] MV IV, 8-9. (vuelve al texto)

[11] Creatio non est mutatio” Santo Tomás de Aquino, S. Th. I, 45, 2, ad 2. También podemos encontrar referencia a esta cuestión en el reciente libro de William Carroll La creación y las ciencias naturales. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2003. (vuelve al texto)

[12] MV, I, 19-20. (vuelve al texto)

[13] MV, I, 10-11. (vuelve al texto)

[14] MV, I, 22-23. (vuelve al texto)

[15] MV, V, 16-17. (vuelve al texto)

[16] Cf. Forment, Eudaldo. El Personalismo Medieval. Barcelona: EDICEP, 2002, p. 65-71. (vuelve al texto)

[17] Benedicto XIV, Const. Sollicita et provida, 10-VII-1753, n. 24. (vuelve al texto)

 

A resúmenes

Presentación | La vida | Las obras | Actualidad e interés | Obras sobre H. | Sus pinturas | Estudios sobre H. | Noticias | Contenido | Jornadas

Hildegarda de Bingen: ¡Bienvenidos!