CRISTINA DE PIZÁN (1364-1430)

LA CONSTRUCCIÓN DE UNA IDENTIDAD RIGINAL
COMO MUJER CREADORA

PATRICIA O'DONNELL - MA. TERESA SOLÁ

 

Introducción

El siglo XV está marcado filosóficamente por Cristina de Pizán, dice Alain de Libera. Cristina de Pizán unifica la figura de una mujer multifacética.
Filósofa. Contribuyó a inventar el léxico filosófico francés que toma inspirándose en la metafísica de Aristóteles, según aparece en Tomás de Aquino.
Escritora. Abarcó distintos géneros literarios, poetisa de gran talento, abordó una variedad de temas cultivados por la poesía medieval. En una época en que aún no se había inventado la imprenta dirigió el proceso de edición de sus libros –incluso de las ilustraciones–; tuvo a cargo un taller de miniaturistas donde diagramó la ubicación y el tema de las mismas. Fue la primera persona que vivió de su producción literaria en lengua francesa, gracias al mecenazgo real o aristocrático otorgado a sus obras.
Historiadora. Escribió una obra sobre el reinado de Carlos V, y para ello realizó una investigación profunda usando una amplitud de recursos; con una actitud periodística contemporánea interrogó a quienes le conocieron, recogió crónicas y echó mano a sus propios recuerdos y vivencias.
Política. Sus comentarios sobre las distintas situaciones históricas del momento, los principios del buen gobierno y la defensa del reino, le otorgaron un lugar de consideración como analista lúcida y sagaz, contribuyendo así al pensamiento político medieval.

Algunos datos biográficos

Tomás de Pizán (originario de Bolonia), astrólogo y médico, fue un personaje eminente, y debido a su sólida fama recibió una invitación para formar parte de la corte de Francia regida por el rey Carlos V de Valois, el Sabio, de quien fuera su consejero con una notable actuación política. Casó durante su estancia en Venecia con la hija de Mondino de Luzzi, médico anatomista, quien realizó disecciones que relató en uno de los primeros textos de anatomía humana (1316), obra innovadora por pedagógica y un modelo seguido por las universidades que fueron incorporando la enseñanza anatómica a través de la disección.
La primera hija de Pizán fue Cristina; tenía ella cuatro años cuando su familia fue recibida en el Louvre por el rey en persona. Éste mandó que la niña participara en todas las fiestas y divertimentos de la corte compatibles con su edad y fuera educada como una princesa. La infancia de Cristina de Pizán transcurrió, pues, en un clima de curiosidad científica y fasto real. Tuvo dos hermanos, aunque según su padre ninguno se le parecía tanto como su hija en el extraordinario apetito de saber. Él es quien la impulsa hacia el estudio en oposición a los deseos de la madre. La ciencia, expresa Cristina, “la deseo más que nada en esta tierra”. Carlos V se distinguía por un gran interés por lo intelectual y poseía grandes bibliotecas; ahí conoce Cristina a los clásicos y entra en contacto con diversos autores.
En 1378 mueren la reina y su hija de cinco años, duelos que culminan con la muerte del rey, a sus cuarenta y cuatro años, el 16 de septiembre de 1380. Cristina, casada un año atrás –tenía quince años– con Etienne Castel –de veinticinco, intelectual de elite, notario y secretario del rey–, esperaba por entonces su primer hijo. La familia entera gozaba de prestigio y bienestar cuando acontece esta gran pérdida, que la escritora define como “la puerta abierta a sus infortunios”, y debemos agregar que también para el reino.
A Carlos VI, hijo mayor de Carlos V, de sólo doce años, es a quien corresponde la corona, pero los hermanos del rey toman las riendas del gobierno, y así se torna incierto el porvenir de Tomás de Pizán y su familia. Por suerte Etienne Castel conserva su cargo. Atraviesan a Francia por entonces problemas políticos y religiosos muy difíciles, generando un clima de confusión y desórdenes. El marido de Cristina debe partir acompañando al rey a Beauvais. Nunca más volverán a verse, el 7 de noviembre de 1389, a los treinta y cuatro años, muere Étienne, su muy amado marido, víctima de una epidemia. Él será el único amor de su vida, decisión que no volverá a considerar. Dos años antes había muerto su padre y, según relata Cristina, “ella cayó en larga impotencia y enfermedad”.
Sus sufrimientos personales van a la par de los del país. Duelo sobre duelo.
De Pizán tenía tres hijos pequeños que quedaron a cargo de ella junto con su madre, una sobrina y sus dos hermanos. Relata la escritora la separación de sus hermanos, lo que en esa época implicaba que no se volverían a ver: “Se ha convenido que mis dos hermanos, sabios, prudentes y de buena vida, puesto que aquí no tenían medios, vayan a vivir allí con la herencia de mi padre (Italia). Y yo, que soy tierna y con mis amigos natural, me lamento a Dios cuando veo a mi madre sin sus hijos queridos y a mí sin mis hermanos”.
En ese tiempo entabla una larga lucha de años con la Justicia para recuperar sus bienes. Como viuda debe defender lo que le correspondía de su marido, denunciando la mala “costumbre de los hombres casados de no contar y explicar sus asuntos enteramente a sus esposas” Atraviesa una serie de dificultades económicas llegando hasta la pobreza, soledad, indefensión y problemas de salud.
Cristina se encierra en su estudio para dedicarse a la literatura, tuvo la modernidad de conquistar un espacio femenino propio. Con audacia arquitectónica creó un íntimo recinto, un cuarto propio –dirá siglos después Virginia Woolf– donde retirarse para el trabajo intelectual. Conocedora de textos en latín y sus traducciones al francés, puede hablar de tiempos bíblicos, Roma y Grecia antigua con absoluta capacidad y fluidez. Escribe versos, baladas, recurre a géneros tan didácticos como la epístola, el ditié o la alegoría, para incursionar en la reflexión sobre la condición femenina, la historia de las mujeres y el poder político. Sus últimos años vive recluida, con su hija, en la Abadía de Poissy.

Sobre sus escritos

Cristina de Pizán se destaca por una imponente y vasta producción literaria. Presentaremos un panorama  no detallado de su obra.
Comienza a ser reconocida a partir de la querella (práctica común a la época) en torno al Roman de la Rose , donde reafirma su lugar de escritora y autoridad en el tema.
El Roman de la Rose fue escrito en dos tiempos. El primero, concebido entre 1225 y 1240 por Guillaume de Lorris, es un poema de amor que sigue la tradición cortés; el escritor recurre a la alegoría y obtiene un gran éxito, pero su muerte prematura deja inacabada la obra. Jean de Meun, entre 1275 y 1280 escribe la segunda parte del Roman cambiando el tono de la obra, denigrando a la mujer que pasa a ser considerada puro objeto de placer.
Por primera vez en la Europa medieval una mujer sale en defensa de todas las mujeres, objeto habitual de menosprecio; así Cristina a través de Epístola al Dios Amor (1399) argumenta su defensa. Refuta a Jean de Meun y a los clérigos poderosos con los que discute durante dos años. En este debate fue respaldada por Jean Gerson, canciller de la Universidad de Paris, quien cierra finalmente la disputa. Cristina de Pizan
Caracterizada por un estilo incisivo –“ganivet” o “cuchillito verbal”, como gusta llamarlo aludiendo a sus virtudes polémicas–, ironiza sobre el discurso misógino y defiende a la mujer incluyendo a Eva, a quien ve como víctima del engaño de la serpiente y, en una audaz relectura del Génesis, como libre de pecado original.
El camino del largo estudio (1402 - 1403) es el relato de su amor por el conocimiento. Las profundas ideas e intuiciones que expresa la autora mantienen su actualidad a través de los siglos. Meditando sobre el estado de disolución que afectaba al mundo entero dice: “Todo estalla en rebelión: no se trata sólo de los hombres y de todas las criaturas vivientes sino también los elementos se disputan de esta manera. Bajo el firmamento, todo se libra a la guerra.” Una de las tantas demostraciones de la actualidad de sus palabras, su condición de avanzada y la clara percepción de los cambios. Parece hablar de nuestro tiempo.
La ciudad de las Damas (1405): podemos aventurar que esta obra es un fruto o corolario de la disputa sobre el Roman. Al escribirla, Cristina toma ejemplos de toda la historia de la antigüedad de “mujeres ilustres de buen nombre”. De qué trata la obra, lo presentamos sintéticamente: deprimida por la lectura de una sátira misógina, Cristina se lamenta de haber nacido mujer. Aparecen para consolarla tres enviadas de Dios: Razón, Derecho y Justicia. Tres figuras alegóricas con las que la autora dialoga sobre la verdadera naturaleza de las mujeres y sus difíciles condiciones de vida. Con su ayuda construirá una ciudad inconquistable en la que las mujeres estarán al abrigo de las calumnias. Las piedras de este edificio serán las mujeres del pasado, guerreras, artistas y sabias, enamoradas y santas. Un esquema de sociedad surge de su obra, lo que podría ser si la voz de las mujeres fuera más escuchada. La obra concluye con un llamado final a todas las mujeres de cualquier condición, invitándolas a alegrarse por la creación de un espacio propio.
El libro de Paz (1412 – 1414) expresa sus puntos de vista sobre política contemporánea y las reglas morales a las que debe aspirar todo buen gobierno; estaba destinado al Delfín Luis de Guyena, quien tenía la influencia social y política para llenar el vacío dejado por años de liderazgo incompetente.

Le ditié de Juana de Arco (1429), último de sus escritos, representa el tesoro mismo de La Ciudad de las Damas, pero a este texto se referirá María Teresa Solá.

Comentarios generales y fantasías alrededor de su vida y obra

Dice Cristina en su obra La ciudad de las damas: “No todos los hombres, y sobre todo los más cultos, piensan que está mal que las mujeres estudien” y a través de un personaje con el que dialoga expresa: “A tu padre, gran sabio y filósofo, le causó gran alegría tu inclinación hacia el estudio. Fueron los prejuicios femeninos de tu madre los que te impidieron durante tu juventud profundizar y extender tus conocimientos”.
A través de estas palabras se destaca la relevancia que adquiere la mirada masculina en la articulación entre feminidad y deseo de conocer, capaz de despertar la intensidad de la pulsión destinada a profundizar la feminidad junto con una sensorialidad oculta en la creatividad femenina. A su vez le otorga a las  capacidades intelectuales un dinamismo creativo.
Cristina de Pizán, mujer escritora, desde el padre y oposición a la madre buscó el conocimiento para una realización personal. Las figuras del Rey, el padre y el marido estimularon su capacidad intelectual sin dejar de ubicarla en un lugar femenino. Podemos pensar en el hecho extraordinario que significó en la vida de esta mujer la valoración de su inteligencia por los hombres que la rodearon, sobre todo en épocas en que la mujer era considerada un ser inferior y no se admitía que tuviese acceso al saber. La escritora se hace famosa defendiendo a la mujer, reivindicando el lugar de la misma.
Como fantasía que despierta Cristina de Pizán cuando uno estudia su vida, ¿hubo en ella un deseo de reparar en sus desarrollos intelectuales a una madre que, siendo hija de un padre destacadísimo, no pudo hacer florecer su inteligencia?
Otro punto a tener en cuenta es la relación entre duelo y creatividad. Sabemos las pérdidas que sufrió en tiempos no tan largos. Dice Cristina:

“Me sentía con corazón fuerte y atrevido,
De ello me sorprendo, mas yo experimentaba
Que en verdadero hombre me había convertido”

Una característica del duelo es la identificación con el objeto perdido. Cristina de Pizán, en un proceso positivo de duelo, se identifica con los hombres amados e inteligentes y logra dirigir su vida con apoyo de aquellos que quedaron inscriptos en su mente. Aspecto creativo de los procesos identificatorios durante el trabajo de duelo, que pueden reconstruir el recuerdo, la visión de sí misma y del mundo desde distintas perspectivas como dice Cristina Melgar (2007), paradoja del duelo que finaliza con una adquisición, transformación interna y a veces también externa llegando a la creación de obras artísticas. Despertar de la epistemofilia que intenta descubrir algo nuevo.
Con respecto a la creatividad en sí misma valdría recordar aquí a D. Winnicott, psicoanalista inglés, quien teoriza sobre los elementos femeninos y masculinos existentes en el psiquismo humano.  Según este autor el hacer está más relacionado con el elemento masculino y el ser, la madre y la creatividad con lo femenino. Ideas que desde la literatura expresa Virginia Woolf, en un juego de afinidades con Cristina de Pizán. En su ensayo Un cuarto propio dice: “En el varón la parte femenina de su cerebro tiene que tener influencia, y la mujer debe también tener trato con el hombre que hay en ella… Al producirse esta fusión es cuando la mente fertiliza a pleno y emplea todas sus facultades”.
La figura de Cristina de Pizán satisface la curiosidad de saber más sobre la creatividad femenina, conocer más sobre la historia de las mujeres que marcaron el camino del conocimiento.

¿Por qué la poesía?, por María Teresa Solá

Es el fruto de un simple “calembour” emitido una tarde en que con Patricia O´Donnell leíamos y pensábamos a Cristina de Pizán. Fruto, sí, de la perplejidad que me causó comprobar que a través del tiempo, misteriosa dimensión de la realidad, de Pizán resultaba conmovedoramente próxima. ¿Por qué esa mujer filósofa, historiadora, política, moralista –y podría continuar enumerando– era poeta?
Recordé entonces un trabajo de Héctor Murena llamado Historia del silencio donde dice: “Tanto la tradición islámica como la judía declararon que en el paraíso, Adán hablaba en verso. El estigma de la Caída se manifiesta esencialmente en la palabra. La palabra que nos dio la serpiente, la palabra del Árbol de la Ciencia es juzgadora, oprime hasta la muerte lo existente. En el otro polo se encuentra la poesía, en la que la palabra tiene de nuevo la ocasión de tornarse paradisíaca. La poesía existe para salvar el mundo”. Cristina de Pizán ha sido obligada a paladear la palabra juzgadora del Árbol de la Ciencia. ¿Qué otra cosa sino eso era el texto de la segunda parte del Roman de la Rose , perpetrado y no escrito por el desprecio, la desvalorización y el desdén de Jean de Meun? ¿Cómo no iba pues a acogerse al espacio intocado por el tiempo de la poesía? Y digo acogerse y no refugiarse, porque Cristina de Pizán tenía un alma intrépida y no buscaba refugio sino esclarecimiento y verdad. Lo que deseaba decir era esencial y urgente, necesitaba otra palabra.
Albert Einstein en su ensayo “The Cosmic Religious Feeling” dice: “Sentimiento y anhelo son las fuerzas intrínsecas detrás de todo esfuerzo y de toda creación humana”. “Sentimiento” aquello que nos hace vibrar y no meramente durar, y “Anhelo”, la modalidad con que la melancolía responde a lo que está ausente. Ambos estaban presentes en Cristina de Pizán. Busca, sí, un lenguaje que le permita traspasar lo cotidiano y aproximarse a aquello que está más allá de lo inmediatamente perceptible. Emergen allí significados desconocidos, no cercados por el estricto tamiz de la razón sino convocados por el conjuro de la palabra poética.
En el Cuento de la Rosa , escrito en el día  de San Valentín en 1402, hace de su pluma afilada instrumento de risas, música y alegría y funda la Orden de la Rosa. Los caballeros que allí profesan defenderán el honor de todas las mujeres, como si cada una de ellas fuera su amada.
De allí pasará a la erudita e inspirada Ciudad de las Damas, donde con acabada versatilidad usa una prosa culta, docta, y al mismo tiempo se complace en deliciosos diálogos con habla cotidiana, familiar en la que ella es esa “femme naturelle”, esa mujer natural que muchas veces afirma ser.
Cristina de Pizán es considerada por muchas pensadoras contemporáneas como la madre del feminismo. Creo, sí, que es una precursora al proponer que la mujer sea tratada en un pie de igualdad con el hombre, pero creo también que encerrarla en una cuestión de género es no hacerle justicia. Ella fue una mujer de totalidades y no de segmentaciones. Siempre habló de la mujer y del hombre. Y si bien pudo reaccionar con fiereza e ironía frente a un Jean de Meun, debe recordarse que su entrada a la palabra escrita se hizo a través de baladas, rimas, y lágrimas, es decir, ya en poesía, para expresar su dolor por la muerte del amado. Así dice en una balada:

“Sola estoy y sola quiero estar,
Sola me ha dejado mi dulce amigo.
Sola estoy sin mi compañero y maestro.
Sola he quedado.”

Todas las batallas contra los hombres injustos, hábiles en vilipendiar a las mujeres, vienen de una mujer cuya experiencia personal con tres hombres que estuvieron cerca de ella: su padre, el Rey y su marido, fueron relaciones fundantes y no pudieron ser más satisfactorias. Con Étienne tuvo once años de vida feliz. En una balada recuerda que en su primera noche matrimonial Etienne fue “fogoso y delicado”.
Si su vida literaria comenzó en poesía también en poesía terminó. Durante los últimos once años recluída en la Abadía de Poissy, sólo interrumpirá su silencio de plegaria para escribir Les heures de Contemplation sur la Passion de notre Seignur, obra de oración y de unión con Cristo que la acerca a la vivencia mística de otras mujeres de la época. Pero de pronto la vida le ofrece el broche de oro de su existencia: escucha hablar de una peculiar joven que quiere salvar a su país de la opresión de los invasores ingleses, y ve en ella la conjunción de todos los valores evocados en la Cité de Dames. Esta última obra, Le ditié de Jeanne d´Arc (1429), en verso, más que una epopeya es un Gloria in Excelsis Deo. Ve en La Pucelle las condiciones masculinas y femeninas, el coraje y la compasión que ve en las mujeres y en sí misma. La Doncella de Orleans, junto con la valentía y el arrojo de sus acciones militares, exige a sus soldados que no ejerzan el pillaje y la violación.
Cristina de Pizán muere por misericordia de Dios un año antes que Juana de Arco muera en la hoguera.

En la Populorum Progressio habla Pablo VI de la emergencia de las mujeres en la vida pública como de una de las “tres señales de los tiempos”. Esto sucede en la segunda parte del siglo XX. Atreviéndome a entrar en el Misterio creo poder decir que Cristina de Pizán debe haberse regocijado con la magnífica Encíclica Papal.Seguiremos pues las mujeres tejiendo la trama del tapiz de la vida en la incertidumbre y la esperanza, caminando por el tiempo hacia la eternidad, como somos testigos lo hizo Cristina de Pizán. Y continuaremos tendiendo la mano al hombre que ha sido y sigue siendo nuestro padre, nuestro hermano, nuestro hijo, nuestro amor y nuestro amigo. Pero nos comprometemos para que esto pueda suceder –como con tanta lucidez y vehemencia lo deseaba Cristina de Pizán– desde el reconocimiento mutuo en el mundo de la Justicia y no en el mundo del Poder.

BIBLIOGRAFÍA

De Pizan, C. La Ciudad de las Damas. Madrid: Siruela, 1995.
––––– El cuento de la rosa La Rosa y el Príncipe. Madrid: Gerdos, 2005.
Einstein, A. “The Cosmic Religious Feeling”. Alexandria. Cosmology, Philosophy, Mith and Culture. N. 4. Michigan: Phanes Press, 1997.
Murena, H. “Historia del silencio” Página literaria de La Nación , 3 de septiembre de 1972.
Pernoud, R. Cristina de Pizan. Barcelona: José Olañeta, 2000.
Rivera Garretas, M. M. “Christine de Pizan: La utopía de un espacio separado”. En: Textos y Espacios de Mujeres, cap. X. Barcelona: Icaria, 1995.
Vallas, M. “El camino del largo estudio y el arte de la construcción”. Medallones de Damas Herméticas III. Symbolos. Rev. Internacional de arte, cultura y gnosis.

 

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