HILDEGARDA DE BINGEN

La excepcional trayectoria de una visionaria medieval

CARMEN LÍCIA PALAZZO
(Centro Universitario de Brasilia - Georgetown University)

 


Introducción

En el transcurso del siglo XI y hasta mediados del siglo XII se propagó en Europa una imagen de la vida monástica entendida como posibilidad de pureza y perfección, en medio de una gran efervescencia religiosa que sacaba a luz disputas y debates en torno de lo sagrado pero también del poder. Lejos de representar una separación total y completa del mundo, un aislamiento absoluto, la clausura fue, en muchos casos, un lugar de reflexión y de florecimiento de nuevas ideas, más que de evasión.

La regla benedictina recibió interpretaciones diferentes, lo suficiente como para dar espacio a visiones tan opuestas unas de otras como lo son las de los monjes del Cister y las de Cluny (BERLIOZ, 1996: 49). No es de extrañar, por tanto, que en los monasterios hayan surgido muchas veces personalidades fuertes y reformadoras de la estatura de Bernardo de Claraval y de Pedro el Venerable, entre otros.

Hildegarda, que en el futuro sería conocida como de Bingen, nacida en el año 1098 en Bermersheim, lugar próximo a Mainz, y en el seno de una familia de la nobleza germánica, fue entregada muy pronto –probablemente a los ocho años de edad– al monasterio de San Disibodo para ser educada en el claustro, bajo la orientación de la reclusa Jutta de Spanheim. Jutta, también ella de familia noble, se encargó de la orientación espiritual de su pupila, al igual que de enseñarle a leer y a escribir en latín, lo que incluía la memorización de los salmos (PERNOUD, 1996: 14).

En el contexto de la época el ingreso en una institución religiosa, para las mujeres pertenecientes a la nobleza, puede ser interpretado de diversas maneras. Muchas veces las jóvenes eran enviadas por sus familias para seguir de manera definitiva la vida religiosa, pero en otros casos se trataba solamente de que tuvieran acceso a una educación de calidad, que no les sería posible en otros ambientes. Es interesante recordar también, al analizar la trayectoria de esta mujer excepcional que fue Hildegarda, que un monasterio representaba, en la Edad Media, la posibilidad de liberarse del peso de la maternidad. La sumisión a la regla benedictina poseía otras características, diferentes de la sumisión al papel de esposa y madre, que poco o ningún espacio reservaba a las aspiraciones de orden intelectual.

Entretanto, es evidente que tales consideraciones no estaban siempre presentes de forma explícita cuando los padres encaminaban a sus hijas a una determinada orden religiosa. Pero, en el transcurso de la existencia de cada una, se entretejían factores diversos que permitían muchas veces desarrollar una historia de vida favorecida por el recogimiento, por la contemplación y por la ausencia de obligaciones familiares.

El hecho de que Hildegarda aprendiera muy tempranamente a leer y a escribir en latín fue una condición esencial para que pudiese mantener, más adelante, una considerable relación epistolar con destacadas figuras de su época. Pero son sus visiones, cuyo registro principal se encuentra en Scivias –obra en tres libros, escrita entre 1141 y 1151–, las que la pusieron en una posición destacada, atrayendo la atención de las autoridades eclesiásticas (HILDEGARD, Scivias, 1978).

La obra visionaria

Hildegarda afirma que, siendo todavía una criatura, acostumbraba ver cosas que no eran evidentes para ninguna otra persona (MEWS en NEWMAN, 1998: 53). Ella misma, por tanto, hace remontar su característica de visionaria a la infancia, aunque sólo mucho después haya iniciado los relatos escritos en la edad madura. Algunos estudios atribuyen sus visiones a una patología específica denominada migraña. Popularmente asociada a dolores de cabeza crónicos, las crisis de migraña pueden manifestarse con otras características, entre ellas el surgimiento de rayos de luz de diversos colores. La historiadora Sabina Flanagan examina con mucho detalle las cuestiones relativas al origen de las visiones de Hildegarda, apuntando hacia las alteraciones de los niveles de conciencia, las alucinaciones y la aparición de auras (FLANAGAN, 1998: 191-193). Sea como fuere decimos que, para el análisis histórico, más esencial que el debate sobre los orígenes de las visiones de Hildegarda es entender cómo fue posible que una mujer, en el siglo XII, época marcadamente dominada por el saber masculino, llegara a alcanzar tal relevancia y reconocimiento.

Scivias, abreviatura de Scito vias Domini, fue su primer libro en el cual, auxiliada por el monje Volmar, registró con gran riqueza de detalles veintiséis visiones. Fue también el punto de partida para hacer de Hildegarda una persona no sólo conocida sino y sobre todo aceptada como autoridad en los más variados asuntos, tanto religiosos cuanto relativos al comportamiento humano y a la naturaleza. Más que una simple descripción del material de las visiones, Scivias comprende también explicaciones detalladas, proporcionadas con el objetivo de tornar claro el sentido de las imágenes. El proceso es el siguiente: Hildegarda presenta, en toda su exuberancia, una determinada visión y, en seguida, devela su significado, pero dejando siempre muy en claro que no lo hace en virtud de su propio entendimiento sino reproduciendo las palabras divinas. Hay un constante pasaje de la representación iconográfica a la fase discursiva y de esta manera se produce la explicación, lo que no impide pero sí dificulta la posibilidad de un gran espacio disponible para la interpretación del lector (HILDEGARD, Scivias, 1978).

Scivias comprende tres partes: la primera relata seis visiones, la segunda siete y la tercera, trece (HILDEGARD, Scivias, 1978). Como bien lo explica Marcial Maçaneiro, “el libro sigue la manifestación de las visiones. No tiene el formato de un trabajo teológico, pero en su trama se utilizan algunos ‘hilos teológicos’ que le confieren textura. Esos hilos son: creación, salvación, Verbo, Iglesia y humanidad. El estilo literario es profético” (MAÇANEIRO, 2000: 139).

Los escritos de Hildegarda develan un maravilloso medioevo, que tiene siempre presente al ser humano y la relación Cosmos – Humanidad – Naturaleza, lo que da la posibilidad de pensar el todo sin dejar de considerar sus partes. Las visiones de Hildegarda ocupan buena parte de sus trabajos y la monja hace constantes referencias a ellas. Pero, de carácter explícitamente visionario, además de Scivias están el Liber Vitae Meritorum, escrito entre 1158 y 1163, y el Liber Divinorum Operum Simplicis Hominis, escrito entre 1163 y 1173 (HOZESKI, “Introduction”. En: HILDEGARD, The Book of the Rewards of Life, 1994: xiii). En conjunto, estas tres obras componen un cuadro muy denso, que abarca desde un elaborado enfoque de temas cosmológicos hasta un detallado análisis de vicios y virtudes, bajo un refinado prisma psicológico.

Reconocimiento y autoridad

El interés de Bernardo de Claraval fue decisivo para que el Scivias recibiese una aprobación irrestricta. En 1147 el Papa Eugenio III, también cisterciense y antiguo discípulo de Bernardo, convocó un sínodo a ser realizado en Trier, cuyo tema principal sería el problema de la ingerencia de la nobleza en asuntos de la Iglesia, especialmente en la designación de abades y obispos.

Preocupaciones como las herejías y la defensa de la ortodoxia también estaban entre las grandes cuestiones del momento. En esta oportunidad, aprovechando la presencia de la más alta autoridad eclesiástica en tierras germánicas, el arzobispo de Mainz, ciertamente interesado en dar a conocer su arzobispado, trata de anunciar a Eugenio III la obra de Hildegarda, aún no terminada. El Papa envía entonces una comisión a Disibodenberg, con el objetivo de evaluar el trabajo de la monja, recibiendo en seguida una parte ya escrita del Scivias, que aprueba de inmediato (FLANAGAN, 1998:5).

Bernardo de Claraval, que es una de las figuras más destacadas en el sínodo, ya había tomado conocimiento anteriormente del trabajo que Hildegarda venía desarrollando, a través de una carta que ella misma le había enviado. Su opinión favorable, de franco apoyo, fue fundamental para la aprobación de Eugenio III (MAÇANEIRO, 2000: 139).

Para que se entienda mejor todo el contexto es importante recordar que Bernardo lidera el movimiento que pretende no sólo disminuir la influencia de la nobleza en los asuntos de la Iglesia, sino también recuperar la austeridad que los cistercienses consideran amenazada por el estilo de vida de los monjes de Cluny. Además de esto, hacía varios años el propio Bernardo había sido también un férreo opositor a la enseñanzas de Abelardo, a quien condenó en nombre de la ortodoxia religiosa (BERLIOZ, 1994: 50). Abelardo, que ya había fallecido en 1142 –por consiguiente antes de la convocatoria del sínodo–, pero cuyos escritos continuaban circulando y eran leídos, fue un profesor brillante y carismático que procuró adecuar las Escrituras al pensamiento racional y recurrió a la lógica aristotélica en tanto instrumento de explicación de dogmas como el de la Santísima Trinidad (VERGER, 1994: 62). Sus enseñanzas, sin embargo, estaban muy alejadas de la ortodoxia defendida no sólo por Bernardo sino por los cistercienses en general. Entre estos dos enfoques se situaba el debate religioso de la época y, a mediados del siglo XII, la posición oficial de la Iglesia se inclinaba hacia el lado que más predispuesto se hallaba a afirmar las enseñanzas establecidas y no a cuestionarlas. Las autoridades eclesiásticas procuraban evitar la actitud contestataria, habida cuenta del factor de riesgo representado por movimientos considerados heréticos. Especialmente temida era la herejía de los cátaros, muy activa y en expansión que, predicando una pureza absoluta y una visión maniqueísta del mundo, atraía a los descontentos en un momento en que muchos clérigos eran acusados de desvíos morales (BAIRD y EHRMAN, “Introduction”. En: HILDEGARD, Letters: 13).

A nuestro entender, dentro de este cuadro es posible encontrar los motivos que explican cómo Bernardo de Claraval acoge de forma tan positiva los relatos de las visiones de Hildegarda. Al aceptar el universo visionario de una monja todavía no muy conocida, él obtenía un material que reforzaba tanto su desaprobación de los lujos de los monjes de Cluny, cuanto la autoridad de sus críticas en la condenación de enseñanzas como las de Abelardo. El contenido de lo maravilloso inherente a la idea misma de visiones era una alternativa al uso sistemático de la dialéctica en la búsqueda de explicaciones racionales que marcaron la trayectoria intelectual abelardiana. La innegable riqueza de las descripciones contenidas en Scivias podría haber abierto un espacio para interpretaciones que escaparan a la ortodoxia religiosa. De cualquier manera, como las discusiones en el transcurso de todo el siglo XII se encontraban polarizadas entre los que defendían la posibilidad de examen de las cuestiones de fe a la luz de la razón y aquellos para quienes una verdad revelada no necesitaba explicaciones intelectuales, habría sido imposible una lectura del material visionario de Hildegarda con una mayor libertad, sin que su autora corriese el riesgo de ser clasificada como hereje. A ella no le quedaba otra opción que la de afirmarse exclusivamente como un vehículo para las revelaciones divinas. Con este punto de partida le fue posible, paso a paso, establecer su propia autoridad en otros aspectos, como consejera, terapeuta, compositora y fundadora de dos monasterios femeninos.

Recibida la aprobación del Papa Eugenio III y el amplio apoyo de Bernardo, Hildegarda pasó a asumir mayor presencia también en su propia comunidad. En la medida en que insistía en sus escritos que no era una persona culta y que sus conocimientos eran rudimentarios (NEWMAN, 1998: 6-7), lo que relataba era leído como palabras divinas, que no habían sido elaboradas y tampoco habían pasado por su interpretación. La humildad constantemente afirmada, sin embargo, contrastaba con sus actitudes y con la manera decidida e independiente como dirigía a sus compañeras en el monasterio.

Desde la muerte de su tutora Jutta, en 1136, Hildegarda se constituyó en la persona responsable de la sección femenina del monasterio de San Disibodo. Con el reconocimiento creciente de sus escritos y de sus cualidades de visionaria, la subordinación al monasterio principal, es decir al monasterio masculino, ya no la favorecía.

No sin conflictos con los monjes, Hildegarda funda inicialmente el convento de San Ruperto, próximo a Bingen, donde se instala a partir de 1152 (ENGEN. En: NEWMAN, 1998: 30-51) y donde, como abadesa, pasa a tener mayor libertad. Más adelante funda una segunda casa en Eibingen, pues a medida que su nombre se torna más conocido –ya entonces como Hildegarda de Bingen– crece el número de nobles que desean colocar a sus hijas bajo los cuidados de una figura de tanto prestigio.

Afirmación e independencia

Hildegarda de Bingen fue no sólo autorizada a divulgar todo un complejo cuadro visionario, sino también a predicar en público en su región y en otras diversas ciudades, lo que era admirable para una mujer en cualquier época de la historia de la Iglesia, y especialmente en la Edad Media. Con el crecimiento de su fama aumentaron también las consultas que se le hacían por carta (HILDEGARD, Letters, 1994).

La correspondencia que Hildegarda intercambió, tanto con grandes personalidades de su época cuanto con desconocidos, fue muy vasta, poniendo de manifiesto su papel de consejera para diversos asuntos. Habiendo sido reconocida por el Papa Eugenio III en persona como visionaria pasó a ser considerada, a partir de entonces, capaz de responder a cuestiones sobre los males del espíritu y del cuerpo y también sobre temas ligados a la política de la época. Además de esto, ella misma tomó la iniciativa, cuando lo juzgó necesario, de dirigirse a diversas personas para advertirles sobre su comportamiento o para dar apoyo en determinadas circunstancias (HILDEGARD, Letters, 1994, principalmente cartas escritas a obispos y abades). Hildegarda era implícitamente aceptada como profetisa en atención a sus características de visionaria. Diversas cartas solicitaban revelaciones divinas de las que ella pudiera ser portadora (HILDEGARD, Letters, 1994: carta 29: 93; carta 48: 120; carta 87r/b: 199).

Una cuestión sobre la que podemos continuar reflexionando y que atraviesa el estudio de toda su obra es: ¿por qué Hildegarda de Bingen fue autorizada no sólo a divulgar un rico y complejo cuadro de visiones, sino también a predicar en público y a difundir comentarios proféticos, disfrutando siempre de un considerable grado de libertad?

Sería engañoso, de cualquier manera, pensar que todo ocurrió sin controversia alguna y que la monja alemana fue una figura pasiva y discreta, que recibió el apoyo directo de las autoridades eclesiásticas apenas se dedicó a escribir. Si en el inicio, como ya mostramos, el apoyo de Bernardo de Claraval constituyó un elemento esencial para que las visiones relatadas en Scivias fuesen reconocidas por la Iglesia, en seguida Hildegarda se afirmó tanto por su propia capacidad de liderazgo en un grupo de monjas cuanto por la calidad de su obra y por la dedicación y profundidad con que respondía siempre las consultas que le llegaban.

Por otro lado, surgían también cuestionamientos y críticas. El abad Kuno, del monasterio de San Disibodo, quedó bastante descontento con la idea de Hildegarda de fundar una nueva casa, que lo privaba de disfrutar de la fama que sin duda le traía la presencia de la visionaria (ENGEN. En: NEWMAN, 1998: 37). Ella no obstante se mantuvo firme y se mudó con sus pupilas a San Ruperto, donde consolidó su liderazgo.

Entre las críticas que le fueron hechas, justamente una de ellas es con relación a sus funciones de abadesa y a la libertad de que disfrutaba. En una carta Tengswich, superiora de Adernach, pregunta sobre las irregularidades que estarían ocurriendo entre las monjas de Hildegarda, que participaban de las ceremonias religiosas con los cabellos sueltos, usando como parte de su vestimenta largos velos de seda cayendo al piso y adornadas con anillos de oro, demostrando igualmente poca modestia y preocupación por la apariencia (HILDEGARD, Letters, 1994: carta 52: 127-128). Hildegarda responde con seguridad y sin el menor temor. Explica que las recomendaciones de modestia en el peinado y en el vestuario sólo se aplican a las mujeres casadas, que deben aparecer muy discretas ante los otros hombres. Últimamente las vírgenes –y principalmente las monjas– no están obligadas a cubrir sus cabellos y pueden usar sin restricciones sus largos y bellos trajes blancos (HILDEGARD, Letters, 1994: carta 52r: 128-129). En último análisis, lo que Hildegarda pretende es defender los rituales propios de su monasterio y, en nuestra opinión, sobre todo demarcar con mucha claridad su espacio, conservando su libertad.

Forman parte de los cuidados de la abadesa en cuanto a sus monjas y a la calidad y refinamiento de los oficios, sus composiciones musicales (HILDEGARD, Symphonia Armonie Celestium Revelationum, 1998). Como señala Margot Fassler, en todo el siglo XII no hay ningún otro cuerpo tan grande y tan diversificado de composiciones pertenecientes a un solo autor, fácilmente identificable, como es el caso de las que fueron escritas por Hildegarda de Bingen (FASSLER. En: NEWMAN, 1998: 150).

Lo que sorprende, por consiguiente, es no sólo la variedad de su obra sino la profundidad de sus escritos, la calidad de todos sus trabajos, desde los relatos de las visiones hasta la música, la poesía, la correspondencia en general y sus compendios de medicina. En los libros Physica y Causae et Curae, Hildegarda se inclina con una mirada inquisidora sobre la naturaleza, investigando el uso terapéutico de las plantas, profundizando en la tradición benedictina de sustentar farmacias y de dar asistencia a los enfermos en los monasterios (GLAZE. En: NEWMAN, 1998: 125-148). El interés de la abadesa por la curación de las enfermedades refleja su propia visión del hombre en el mundo, integrado con la naturaleza.

Visionaria, escritora, compositora, terapeuta ejerciendo el poder de la sanación a través de las hierbas pero también de los dones espirituales, como mística, predicando en dominios hasta entonces exclusivamente masculinos, ¿no correría Hildegarda el riesgo de una condenación? Su firme crítica a las herejías, principalmente a la de los cátaros, ¿habría sido suficiente para desechar toda posibilidad de acusación que recayera sobre sí misma?

La verdad es que Hildegarda se movió siempre con gran habilidad, y también con una inteligencia y sutileza extraordinarias. Supo mantener el apoyo que se había granjeado entre las autoridades de la Iglesia, inclusive después de la desaparición de sus protectores Bernardo de Claraval y Eugenio III, sin que para esto tuviese que despojarse de sus convicciones o de sus severas críticas al comportamiento de diversos representantes de la Iglesia (HILDEGARD, Letters, 1994, carta 74r: 159). La abadesa alemana vivió ochenta y un años, habiendo fallecido en septiembre de 1179. Se mantuvo activa hasta una edad avanzada, pues alrededor de 1170 realizó todavía algunas giras de predicaciones (PERNOUD, 1996: 118). Sus diversas actividades fueron, de esta manera, mucho más allá de lo que serían los cometidos de una religiosa visionaria medieval. Un análisis atento de todo lo que dejó escrito nos remite a importantes consideraciones tanto de orden político cuanto psicológico.

Conclusión

A pesar de que recientemente han surgido nuevos estudios sobre Hildegarda de Bingen, aún hay mucho por hacer, y un camino que nos parece bastante fecundo es la lectura de su obra integrada en el contexto más amplio de las discusiones de su época. También quizá un trabajo académico de equipo, muy abarcativo y que privilegie la interdisciplinariedad.

El simbolismo que se encuentra entrelazado en los relatos de las visiones merece por sí sólo una reflexión específica. De cualquier manera, no debe separárselo totalmente de una comprehensión más amplia de lo maravilloso presente en las mentalidades del siglo XII y que torna posible la aceptación de una visionaria, profetisa y terapeuta cuya capacidad sobrepasa todo lo que podría esperarse de una mujer medieval.

La insistencia de Hildegarda en su humildad, reafirmando constantemente ser apenas un vehículo para la palabra divina, abre un espacio para que lo maravilloso y lo fantástico pueda aflorar libre de censura en sus escritos.

Varios factores, por tanto, son fundamentales para el amplio reconocimiento de Hildegarda, lo que no disminuye, sin embargo, las cualidades intrínsecas de su vasta obra, como su tenacidad y sobre todo su aguda comprensión de la época y de las condiciones políticas del momento. Ya a partir de fines del siglo XII habían sido arrojadas todas las semillas de las completas transformaciones que ocurrirán en seguida, como la entrada en escena de las órdenes mendicantes en el siglo XIII, y como el crecimiento de la importancia de las universidades como centros productores del saber. Se proyecta, entonces, un mundo en el cual difícilmente habrá lugar para la afirmación de una personalidad femenina como la de Hildegarda de Bingen.

FUENTES

Obras de Hildegarda de Bingen

a) Textos latinos

  • Epistolarium. Editado por L. Van Acker. Corpus Christianorum: Continuatio Mediaevalis, v. 91, 91-a. Turnhout: Brepols, 1991 y 1993.
  • Liber divinorum operum. Editado por Albert Derolez y Peter Dronke. Corpus Christianorum: Continuatio Mediaevalis, v. 92. Turnhout: Brepols, 1996.
  • Liber vite meritorum. Editado por Angela Carlevaris. Corpus Christianorum: Continuatio Mediaevalis, v. 90. Turnhout: Brepols, 1995.
  • Scivias. Editado por Aldegundis Führkötter y Angela Carlevaris. Corpus Christianorum: Continuatio Mediaevalis, v. 43, 43-a. Turnhout: Brepols, 1978.
  • Symphonia Armonie Celestium Revelationum (edición bilingüe, latín/inglés). Introducción, traducción y comentarios de Barbara Newman. Ithaca: Cornell University, 1998.

b) Traducciones

  • Scivias. Traducción de Columba Hart y Jane Bishop. New York: Paulist Classics of Western Spirituality, 1990.
  • Le livre des oeuvres divines (Visions). Traducción y presentación de Bernard Gorceix. Paris: Albin Michel, 1982.
  • Letters. Introducción y traducción de Joseph Baird y Radd K. Ehrman. New York: Oxford University Press, 1994.
  • The Book of the Rewards of Life. Traducción de Bruce W. Hozeski. Oxford: Oxford University Press, 1994.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Beer, Frances. Women and Mystical Experience in the Middle Ages. Suffolk: Woodbridge, 1992.
  • Berlioz, Jacques. Saint Bernard en Bourgogne. Lieux et Mémoires. Dijon: Le Bien Public, 1990.
  • Berlioz, Jacques (apres.). Monges e Religiosos na Idade Média. Lisboa: Terramar, 1994.
  • Dronke, Peter. Women Writers of the Middle Ages. Cambridge: Cambridge University Press, 1984.
  • Dronke, Peter. Poetic Individuality in the Middle Ages: New Departures in Poetry (1000-1500). Oxford: Clarendon Press, 1970.
  • Flanagan, Sabina. Hildegard of Bingen: a Visionary Life. Londres: Routledge, 1998.
  • Jolivet, Jean. Arts du Langage et Théologie chez Abélard. Paris: Vrin, 1969.
  • Lauand, Luiz Jean (org.). Cultura e Educação na Idade Média. São Paulo: Martins Fontes, 1998.
  • Maçaneiro, Marcial, S.C.J. “Para conhecer Hildegarda de Bingen”. En: Grande Sinal. Petrópolis: OFM, mar./abr. 2000, p. 131-148.
  • Morris, Colin. The Discovery of the Individual (1050-1200). Toronto/Buffalo: University of Toronto Press/ Medieval Academy of America, 2000.
  • Newman, Barbara (ed.). Voice of the Living Light: Hildegard of Bingen and her World. Berkeley/Los Angeles: University of California Press, 1998.
  • Newman, Barbara. Sister of Wisdom: St. Hildegard’s Theology of the Feminine. Berkeley: University of California Press, 1987.
  • Pernoud, Régine. Hildegard de Bingen: a consciência inspirada do século XII. Rio de Janeiro: Rocco, 1996.

 

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