|
Clodoveo oyó las campanas que anunciaban las primas y se despertó sacudiendo su cabeza, miró a su alrededor y observó su casa; la madera lo rodeaba por todas partes. Su mundo medieval estaba hecho de madera, ella es el material universal pero, claro, las maderas de su casa no estaban bien trabajadas, porque su hogar campesino no podía aspirar a tener las maderas que habían encontrado en el bosque para la construcción de la estructura de la iglesia o del navío que su señor aspiraba botar, pues el bosque ya había provisto los grandes troncos para ello y se hacía cada vez más raro encontrarlos. Toda su vida dependía del bosque, pues él le daba también los troncos para hacer el fuego de todos los días. ¡Qué sería de él si viviera en el occidente musulmán! Había oído hablar de ello, de que los musulmanes no tenían bosques y que, por ende, no tenían madera. ¿Cómo vivirían? Sin embargo, era mejor no preocuparse por ello pues, al fin de cuentas, el que ellos no tuvieran maderas se había convertido en un buen negocio pues obtenían sus beneficios cuando los comerciantes la enviaban por barco o por flotación, por los ríos o por el mar. Sí, el buen Dios había dispuesto todo bien porque él no podía aspirar a más, era solamente un vasallo de su señor, le debía fidelidad, había puesto sus manos en las de él y ese gesto era señal de reconocimiento. Sabía que su señor lo defendería en caso de guerra, para eso habían hecho las espadas, que eran fruto de la habilidad de los herreros bárbaros que habían llegado del mundo de los metales, de las estepas de Asia, y que habían hecho también el arado, las guadañas y los instrumentos de labranza. ¡El herrero!, ese hombre era como un hechicero, manejaba el fuego y el rojo del metal se plegaba ante sus golpes. Pero él tenía la madera y se contentaba con ello. La piedra, lo sabía, era para su señor, porque tener la casa de piedra es signo de nobleza, ya que solamente los castillos y las catedrales merecían ese material. Pero
era mejor levantarse pues debía concurrir a su trabajo, a labrar la
tierra. Él la trabajaba para las viñas, no para la cebada, el trigo
o el centeno, tampoco para la avena, pues todos los que la trabajaban
sabían que las cosechas no eran buenas hacía ya algunos años, algunas
veces sólo se recuperaba la semilla, para empezar otra vez; ya le habían
contado que en muchos lugares todo era escaso, la comida era mezquina
y se temía una hambruna, por ello su trabajo debía ser intenso, había
que arrancarle a la tierra lo que se había guardado. Pero ¡faltaba tanto
para que los granos de uva se convirtieran en vino!; mas ¡qué bueno
era cuando disfrutaban de él en los casamientos! Recordaba tantas cosas
acerca del vino, como ese dicho que circulaba acerca de un musulmán
que, según contaban, había dicho que Así estaba dividida la sociedad, pero no le parecía muy justo. Los guerreros recibían una sólida formación para perfeccionarse en sus luchas y sus armaduras los protegían en las justas, ¡qué hermosas le parecían las armaduras! Relucían bajo el sol, los yelmos les cubrían totalmente la cabeza a los que lidiaban y los penachos, que ondeaban en las puntas, les daban un aspecto verdaderamente aterrador; con las cotas de malla y las armaduras protegían sus cuerpos, las espadas en cuyos filos ondula la muerte, las largas lanzas y los escudos defensores completaban su atavío de luchadores. Claro que no era dato menor el caballo y las vestiduras que tenían que lucir éstos, pero eran preferibles al buey que tenía él. ¡Cómo ondeaban las banderolas, los gallardetes y los estandartes que distinguían a los distintos bandos en las contiendas! ¡Qué espectáculo soberbio! Pero, bien lo sabía, quedaban muchos muertos e inválidos después de las lides. A éstos no se les tenía mucha conmiseración, y muchas veces los inválidos se unían a los pordioseros que recorrían los caminos. Ellos, los leprosos y los ciegos, le daban mucha pena, como cuando vio a un ciego que conducía a los otros tres. ¿Cómo lo hacía? Solamente recordaba sus ojos sin vida mientras caminaban tomados de un palo que les servía de sostén y de defensa, una pequeña sonaja anunciaba su paso. ¡Triste vida la de esos miserables! No se podían ganar el sustento y vivían de la caridad pública, que no era mucha. Nunca podrían ir por la ruta de los relojes, claro, de los relojes de agua que medían el tiempo laico –no el de la iglesia que se debía a las campanas–, la ruta ésa que recorría tantos lugares y que sus vecinos hacían frecuentemente, pero tardaban años y algunos no volvían a sus hogares. ¿Cómo harían para hacerse entender? Porque Clodoveo sabía que había pueblos distintos que hablaban de manera diferente a la suya. Ese asunto era muy difícil y sólo los estudiantes lo sabían. Era mejor dejárselo a ellos. Odón era un estudiante, hacía mucho tiempo que pertenecía a esa corporación y ambicionaba vestirse con capa de gamuza y guantes, como lo hacían los doctores –que eran los únicos que podían vestirse así–, pero eso sería después de muchos años de estudios. Ahora prefería ir de un lugar a otro siguiendo a sus maestros, le gustaba esa vida trashumante, comer y dormir en las posadas y entretener al pueblo con sus dichos y sus arengas. Porque él hablaba latín, pero solamente entre los clérigos, ese latín era solamente para ellos, la plebe no lo entendía, lo que le tenía sin cuidado. Hacía tiempo que no visitaba a sus padres en la Francia del norte, donde se hablaba la lengua d’oïl; él prefería la lengua d’oc, la del mediodía, y se había peleado largamente con sus compañeros que hablaban alemán, pero tenía que reconocer que todas eran lenguas vulgares, lenguas regionales que competían con su pobre latín desgajado, opaco y sin vida, que era solamente el latín de la Iglesia de su época. ¿Por qué se había disgustado con sus compañeros alemanes? Pues porque ellos sostenían que una abadesa, Hildegarda de Bingen, había asegurado que Adán y Eva hablaban alemán: ¿sería eso verdad? Él defendía el francés, claro, el francién que era el que se hablaba en la Ile-de-France. En la universidad, en tiempos venideros, tendrían que agruparse por comunidades; cosa difícil, pues cada uno tiene sus vicios. A ellos los llamaban afeminados, los ingleses tenían fama de borrachos, los sicilianos de crueles, los flamencos de vagos, los borgoñones de estúpidos, los lombardos de avaros... sería la suma de los defectos populares, ¡la torre de Babel! ¡Pues en su época la Universidad simbolizaría la diversidad de las lenguas, la realidad viva del momento, más inclinada a los vicios que a las virtudes! [2] La condición de estudiante de Odón le había proporcionado la ocasión de ver el trabajo de los monjes en el libro de las horas, le había encantado la iluminación de las primas y los maitines, y la profusión de detalles de la que habían hecho una profesión muy rentable. Cuando había estado en Egerton había visto el cuidado que habían puesto en el manuscrito 1139 que representaba la Última Cena: dos guardas de distintos motivos enmarcaban la hoja, una con arabescos, la otra con ángulos, dos pequeñas torres con las cruces correspondientes sobre el techo rojo, a la izquierda estaba Jesús aureolado también en rojo. Junto a él y alrededor de la mesa se ubicaban los doce apóstoles, diez dirigiendo la vista hacia Cristo, dos mirando hacia otro lado. ¿Cuál sería Judas? De alguno solamente se veía la cabeza, el séptimo señalaba la fuente que, situada en el centro de la mesa, sostenía un pescado junto a dos copas. Había observado con minuciosidad –porque el gusto por el detalle era su característica– que las vestimentas también eran azules, salvo dos túnicas, una en tonos castaños y la otra en rosa, y que el negro vestía, como mantel, la mesa. Ese trabajo miniaturista, que insumía largas horas de la vida de los monjes, incluía flores, insectos, hojas y multitud de coloridos detalles, flotando en los márgenes que armonizaban con la lámina del centro que, a su vez, reproducía escenas de vida de santos, damas en las justas y ángeles, siempre ángeles que eran los que comunicaban a los hombres con Dios. Los ángeles son los guardianes de los hombres pues cada alma queda al cuidado de un ángel que le indica el camino del bien y le informa a Dios de las acciones de los hombres. Ellos pueden ayudar al hombre si es que éste reza siempre sus oraciones, porque el hombre debe cuidarse de los demonios que incitan continuamente al vicio y a las malas acciones. Para cuidar a los hombres los ángeles suben y bajan del cielo, en un ir y venir sin descanso. La escala de Jacob era por donde subían y bajaban los ángeles constantemente, la que ascendía era la que significaba la vida contemplativa, la que descendía representaba la vida activa. Odón sabía que la jerarquía angélica había sido elaborada por el pseudo Dionisio Areopagita, y que Escoto Erígena lo había traducido al latín en el siglo IX, pero ellos ya estaban en el doce y compartían esa espiritualidad. Lo terrestre y lo angélico se fusionaban, era el suyo un solo mundo que desplegaba incesantemente las alas. Odón era un estudiante, por ello sabía de la patrística como modo de filosofar propio de los grandes pensadores cristianos y que había sido conservada en los conventos y en las catedrales por obra de la manía copista de los benedictinos, y sabía también de la creación de la Escuela en Chartres. Gracias a que las escuelas habían forjado su propia orientación –la de Bolonia hacia el derecho, la de Salerno a la medicina, la de París a la dialéctica y la retórica– él había estudiado el trivium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (geometría, aritmética, astronomía y música) y era, por tanto, un scholasticus. Por ello debía mediar entre la fe –defendida por la tradición y la autoridad– y la razón que pretendía también tener acceso a la verdad. Había aprendido a través de la lectio y de la disputatio, pero todavía no alcanzaba a comprender la verdad; claro, tenía tiempo, porque ésta era eterna, así que ningún cambio le era permitido. Vislumbraba que la tradición era como un legado de Dios y, por ella, podía dirigir correctamente su razón, y que la gracia de Dios había sido concederle la posibilidad de tener una imagen de esa verdad con sus propios y humanos medios. Pensando a fondo el asunto comprendía que esa unión estaba condenada al fracaso porque la razón y la fe se expulsaban, cada una, a sus propios dominios. A la razón le repugnan algunos artículos de la fe, y ésta, en realidad, no necesita de confirmaciones racionales, sólo que, cuando ocurre lo primero, se corre el riesgo de ser condenado por herejía, y en el segundo caso lo que está en peligro es la propia filosofía como disciplina inquisidora. La disputa era entre los dialécticos –que pretendían que la lógica fuera el instrumento para el análisis teológico– y los teólogos, sostenedores del dogma. Pero él opinaba que el verdadero problema era el de los universales, es decir, el que trataba de pensar el grado de realidad que correspondía a los conceptos generales. Ahí se separaban los realistas con Guillermo de Champeaux a la cabeza –que sostenía que los universales tienen una realidad previa a las cosas, realidad que, por estar en el intelecto divino, sirve de modelo a las cosas (ante rem)– y los nominalistas que consideraban a los universales meros nombres que servían para designar un conjunto de individuos. De allí procedían las posiciones más encontradas con el dogma; así le había sucedido a Roscelino, quien sostuvo que si son tres las personas que llamamos Dios, éste no es sino el nombre que designa tres sustancias separadas. También estaba en esas filas Berengario de Tours que había negado el dogma de la transustanciación porque una sustancia no puede cambiar sin que sus accidentes cambien y, tal vez, tuviera razón porque la apariencia del pan y del vino no era similar a la del cuerpo y sangre de Cristo. Sin embargo, la doctrina que lo había casi convencido era la de Anselmo, que admitía las verdades de la fe como guía necesaria de entender la fe con el uso de la razón. “Creo para entender”, decía, como había dicho Agustín; y Odón apreciaba el argumento que decía que si el incrédulo acepta que Dios es un “ser del que no puede pensarse nada más grande”, un atributo de él es, sin duda, la existencia. ¡Dios existe, qué duda cabe! Recuerda las enseñanzas de Pedro Abelardo y su lema “entender para creer” que implicaba que la comprensión racional es la que hace de las verdades de fe algo más que huecas palabras, y creía que su posición en el tema de los universales era, en realidad, nueva. Abelardo sostenía que el universal no es una realidad ni tampoco un puro sonido, sino que debíamos prestar atención a la función del universal que no era otra sino la de significar cosas. El concepto es, así, un signo que está en lugar de algo y ese algo es un conjunto de objetos semejantes. Era Abelardo, se lo habían dicho los platónicos de Chartres, el que había pensado a la filosofía como un instrumento de investigación común a todas las épocas y el que había considerado al platonismo como un anticipo del cristianismo. Abelardo había tenido que luchar arduamente con su enemigo Bernardo de Claraval quien, místico y defensor de la ortodoxia, combatió contra toda forma de herejía, obtuvo la realización de la segunda cruzada y logró la condenación de algunas tesis de Abelardo. Bernardo de Claraval, el místico, predicaba la búsqueda de la liberación del cuerpo y de los lazos terrenales y el dejarse guiar por la voluntad de Dios ¡era necesario el rechazo a la razón y a la filosofía! Odón pertenecía, ya lo sabemos, a la escuela de Chartres, lo que significaba combinar estoicismo, platonismo y atomismo, porque se intentaba dar allí una explicación naturalista de la formación del mundo. Almacio de Bena y David de Dinant sostenían que Dios es la esencia del mundo y que el mundo es parte necesaria de Dios, e identificaban al Espíritu Santo con la potencia formadora de las criaturas, o naturaleza. Sus tesis los llevaron a desconocer la jerarquía eclesiástica, al considerar que Dios está en todas las criaturas y que, para que el hombre pueda salvarse, basta con conocer a Dios en cada uno de ellos. Odón debía reconocer que, en esa escuela, había ejercido gran influencia la ciencia árabe. El mundo islámico no era semejante al mundo cristiano porque los árabes eran hombres prácticos –pensaba Odón– . Conocía un proverbio árabe que decía que “las ramas de la ciencia eran tres: la religión para el otro mundo, la medicina para nuestros cuerpos y la matemática para ganarnos la vida” [3] . Sabía que los emires y los cadíes preferían acercarse al placer y no al dolor y que tenían médicos personales en sus cortes. Los médicos, para ellos, eran el equivalente de los teólogos. Los musulmanes Avicena y Averroes y el judío Maimónides eran médicos del cuerpo, y su filosofía pretendía ser una medicina para el alma. El libro de los musulmanes, el Corán, daba indicaciones, reglas para la vida, y ellos no pretendían explicar nada más que esto. Ellos amaban mirar su profundo cielo azul que hacía que las estrellas brillaran más que en ningún lado y, tal vez por ello, se habían dedicado a la astrología. Odón sabía que Al Mamun también había construido el primer observatorio desde donde habían observado el sol. ¡El sol!, ¿qué habrían observado?, porque todos sabían que el sol era un cuerpo perfecto, sin manchas, como lo había sostenido Aristóteles. También había escuchado que buscaban transmutar los metales en oro y que insistían en buscar la sustancia que fuera capaz de curar todas las enfermedades, ya que pensaban que, dado que todo está compuesto de los mismos elementos, tierra, agua, aire y fuego, es posible, en principio, variando sus proporciones, transformar una materia en otra. Y que la transformación podía realizarse mediante la intervención de cierta sustancia preciosa denominada el quinto elemento o quintaesencia: la piedra filosofal. Sabía de la existencia de un poeta, Omar Jayam que había sido, también, un matemático importante que había llegado a sostener la identidad parcial entre álgebra y geometría. Pero lo que más recordaba Odón era la enciclopedia médica de Avicena a la que llamaban Canon y que era el manual de medicina de todos los estudiantes de Salerno, que continuamente estaban recitando sus aforismos. A él, el aforismo que hablaba de comer le gustaba mucho pues le decía “come lo que es de tu agrado pues el alma sabrá cooperar con el cuerpo para la buena digestión” [4] y, así, ellos sabían del cuerpo humano, de los miembros, temperamentos, dolencias, de la higiene y de la muerte. Avicena le había dado a la enfermedad precisión matemática pues usaba los números, esos que los árabes habían copiado de los indios, basados en un sistema decimal con el número cero. Pero era hora ya de que Odón emprendiera el camino hacia la ciudad donde pensaba encontrarse con su amigo Hucbaldo, el músico, quien le había comentado que habían sido los árabes los que habían introducido, en el mundo del cristianismo, el órgano. Este había sido un regalo que el califa Harun-Ar- Raschild le había enviado a Carlomagno y estaba en una iglesia en Aix. La Iglesia había acudido a la música como una manera de plasmar las ideas religiosas. No se habían olvidado a los autores clásicos y Terencio y Plauto gozaban de gran popularidad. Como era una ampliación del oficio el drama litúrgico se representaba, en su casi totalidad, en música. Cada iglesia deseaba rendir homenaje a su santo patrono local por medio de una conmemoración digna; así nacieron una infinidad de oficios en los que se relataba la vida del santo, pero esos oficios eran rimados y dramatizados, por ejemplo, cuando se hablaba de la matanza de los inocentes: realmente parecía que los soldados mataban a los niños y las mujeres lloraban y gritaban suplicando misericordia. Todos asistían a esas representaciones en la creencia de que asistencia equivalía a salvación y perdón de los pecados [5] . Hucbaldo era un verdadero estudiante, de aquellos a los que les gustaba andar por los caminos y entretenerse largo tiempo en ellos ¡no fuera cosa que tuviera que volver pronto a la disciplina del convento! Tenía sus cancioneros, esas melodías que repetían para gusto de todos los oyentes y en el monasterio de Benedictbeuren, en Baviera, se guardaban esas canciones a las que, tal vez, les pusieran de nombre Carmina Burana. En Inglaterra, Alemania y Francia se los llamaba goliardos a estos estudiantes que eran, más bien, vagantes, y sostenían que eran falsi fratres, contrarios a lo que fuera bueno y verdadero, como hijos de Satanás que debían ser. Eran materialistas y ateos, pero no lo eran solamente ellos, porque muchos eruditos de los recintos que luego serían universitarios también lo eran. Ese espíritu de esparcimiento mundano era una tendencia promovida por los profesores que se decían continuadores de las doctrinas de Averroes que declaraban que la fe estaba libre de todas las ataduras y no acataban ningún dogma. Los poemas goliárdicos eran la expresión de una parte de las multitudes que abarrotaban los estudios medievales y que hallaban privilegios en su vida de estudiantes. Sus cantos, llenos de fantasía, son una muestra de la literatura de aquellos días. Mas no olvidemos que la poesía lírica se escribía para ser cantada, testigo de ello eran los trovadores. Ese arte había nacido de la música litúrgica, de la cual conservaban las escalas y los motivos. Como Hucbaldo era de Provenza su arte se llamaba gay saber, es decir, gaya ciencia, pero, como él utilizaba su arte como medio de vida, era solamente un juglar, no un trovador, porque para eso había que ser de noble linaje y cultivar el arte desinteresadamente. Hucbaldo cantaba para los plebeyos que no hubieran podido entender el amor cortesano, aquél que, ya entonces, había pasado del amor a la mujer al amor mariano, uniendo, de ese modo, la música y la religión. En el viaje hacia Alemania había sabido de la existencia de los Minnesinger pero allí la música tenía un acento diferente, sus cantos eran sombríos y tristes y sus voces aludían continuamente a la muerte, el dolor y las lágrimas. En general, no eran personas conocedoras de música los Minnesinger, por lo que su método consistía en silbar o cantar para que un músico que conociera las notaciones pudiera escribirlo; algunos de ellos nunca supieron escribir como sucedería más tarde con Wolfram von Eschenbach y su Parzival, dictado a un clérigo. Cantaban al amor de modo más hondo y profundo y unían a este sentimiento un peculiar misticismo, casi un panteísmo, manifestado en su relación con la naturaleza. ¿Llegaría a saber el juglar de la existencia de Walther von der Vogelweide, quien uniría lo culto y lo plebeyo, la música y la política y que, cantando sus poemas que reflejaban todo cuanto sucedía en su tiempo y ejecutando su propia música, recorrería la corte de los Hohenstaufen? Su arte uniría lo popular y lo aristocrático. Lleno de ideales, en su canto aparecerían las críticas que los hombres del pueblo hacían a la Iglesia, al clero y al Papado. Así, sutilmente, se había empezado a marcar una línea que diferenciaba al pontífice máximo de la cristiandad, de ésta misma. La cristiandad era el nombre que unía a todos aquellos caballeros que combatían contra el Islam, es decir, contra los paganos. Por esa razón las Cruzadas habían sido guerras santas y los papas Juan VIII y León IV habían prometido recompensas ultraterrenas para todos los que combatieran, y el papa Alejandro II había acordado indulgencia plenaria para los que lucharan en sus filas, es decir, había santificado las armas y en nombre del cielo, todo había sido perdonado. Pero el fracaso de la segunda Cruzada, que se había iniciado con fervor místico, los había paralizado de terror. ¿Cómo había sido posible que una marcha santa, integrada por los mejores caballeros de la cristiandad y escoltada por peregrinos de toda laya que, como se sabía, eran una muestra de que Dios recibía sus homenajes con benevolencia, hubiera terminado tan mal? ¿Es que Dios no estaba más de su parte? Esa pregunta era de muy difícil contestación. Pero había algo positivo, se había instituido, por esa fusión propia del largo caminar juntos, una unión entre el caballero y guerrero cristiano con el monje, que se había plasmado en la orden de los templarios en 1128, y cuyas reglas habían sido escritas por San Bernardo. Pero lo más importante no era eso sino la idea de la Iglesia de que el poder espiritual propio de la institución, debería ser reforzado por la actitud contemplativa orientada hacia el interior del hombre –lo que había dado como resultado los eremitas, los peregrinos y los penitentes–, hombres religiosos que habían hecho de la pobreza su estilo de vida y que se habían apartado de la curia, generando sus propios monasterios cuando el número de fieles que los seguían les daba ocasión para ello. Porque la pobreza era no solamente un desligarse de los enseres que hacen la vida más liviana o más agradable, sino que era una actitud ante la vida, una profesión de fe ante ella y, ante Dios, un compromiso personal. La pobreza estaba alentada por una esperanza, aquella que prometía la eternidad. De nada valían los oropeles mundanos, de nada las armas con las que se podía vencer o caer derrotados y, de mucho menos el poder, el verdadero enemigo de la pobreza. La consigna era la imitación de Cristo con la pobreza absoluta que su sola mención traía, y la jerarquización del trabajo manual, tan vilipendiado por los caballeros. El desprecio del mundo era su consigna y, refugiándose en la pobreza, vivían con la oración en los labios. Y aquí se advertía una curiosa relación con los dichos musulmanes, pues Mahoma había dicho: “¡Hazme vivir y morir pobre!... y no ser como los reyes que son esclavos del mundo que adoran; los pobres, en su pobreza, son dueños y señores de sí, porque el mundo ni les preocupa ni lo quieren” [6] . Ese hombre, solo y perdido para la vida de las incipientes ciudades, se encontraba con la naturaleza y se comprendía como un microcosmos y, a ella, como un macrocosmos. Esa estrecha relación es la que permitía que las visiones y los sueños nos hablaran. Porque los sueños constituyen la otra parte de nuestra vida ¿por qué soñamos, se preguntaban, si no podemos después interpretar nuestros sueños así como interpretamos los actos de los demás hombres buscando su sentido? Pues si las acciones diurnas de los hombres tienen un sentido, también lo deben tener los sueños. Debemos, pues, cuidarnos de burlarnos de los sueños. Si los sueños tenían su importancia, también la tenían las visiones. Las visiones conformaban un escenario especial para comprender de qué manera Dios o el demonio hacían su aparición a algunas personas, porque, Hucbaldo lo sabía bien, la abadesa Hildegarda von Bingen tenía visiones y una visión que había tenido ella le causaba especial terror a él. ¡Porque ella había visto al Anticristo! Y así contaba su visión del Anticristo como siendo “una bestia de cabeza monstruosa, negro como el carbón, de ojos llameantes, con orejas de asno y cuyas mandíbulas abiertas de par en par estaban dotadas de dientes de hierro” [7] . Mas ya es hora de que abandonemos a Clodoveo, Odón y Hucbaldo. Ellos nos han permitido, al trazar un fresco de sus vidas y entrelazarlo con las ideas propias del siglo XII, mostrar el entramado en el que los hilos de las culturas musulmana y cristiana se estaban tejiendo. El resultado fue una urdimbre tan compacta que, a veces, es imposible efectuar el deslinde de las respectivas fuentes. Esta recorrida imaginaria unió las voces de la vida con los ojos de los años y así entrevimos el ambiente espiritual del siglo XII. Epoca de fusión, caldera de ideas, rica en personajes múltiples, fermento que fructificará en los siglos siguientes. NOTAS:[1] Guraieb, José. Cultura árabe. Buenos Aires: Peuser, 1952, p.463. (vuelve al texto) [2] Cfr. Le Goff, Jacques. La civilización del occidente medieval. Trad. Godofredo González. Barcelona-Buenos Aires-México: Paidós, 1999. (vuelve al texto) [3] Guraieb, José, ob. cit., p. 61. (vuelve al texto) [4] Ibíd., p. 322. (vuelve al texto) [5] Cfr. Láng, Paul Henry. La música en la civilización occidental. Trad. por José Clementi. Buenos Aires: EUDEBA, 1963. (vuelve al texto) [6] Guraieb, José, ob. cit., p. 377. (vuelve al texto) [7] Le Goff, Jacques, ob. cit., p. 166. (vuelve al texto)
Presentación | La vida | Las obras | Actualidad e interés | Obras sobre H. | Sus pinturas | Estudios sobre H. | Noticias | Contenido | Jornadas |