LAS DOS HISTORIAS

(Abelardo Y Eloísa)

 

Blanca H. Parfait
(UBA)

 

Es extraño mi nombre. Creo que se lo debo a mi madre, pero ella no me aclaró nunca por qué me lo había puesto. Tardé muchos años en encontrar el significado pero, al fin, confío en que he podido hacerlo aunque, claro, la interpretación es solamente mía; acaso puedan comprenderlo cuando sepan que mi madre era la joven más inteligente y culta del París de su época. Por eso me llamó Astrolabio. Sí, ése es mi nombre, el de un instrumento, pero el de un instrumento que solamente un astrónomo puede usar, solamente para alguien versado en los astros mi nombre-instrumento tiene un significado. Sabido es que con el astrolabio se miden las alturas de los astros y se deducen la hora y la latitud. Creo que ahí está el sentido, porque llegué a ella como descendiendo de los astros y marqué el comienzo de la hora que, si pudiera darle algún nombre, llamaría nefasta. Nefasta para su vida, nefasta para sus amores. Porque ella no era sino un puñado de amor vivo y, como todo amor, era un continuo darse. Fue así siempre, hasta sus últimos momentos. Aunque bien es verdad que no fui yo el centro de su amor sino su esposo, mi padre.

Ella se llamó Eloísa y él Abelardo, y juntos vivieron una historia de vida que tuvo mucho de amor y de sacrificio.

Quiero que la conozcan a ella cuando era una joven apasionada por los estudios, versada en idiomas –porque conocía el hebreo, el latín y el griego–, y su entusiasmo por la física, la teología y la versificación eran notorios; asimismo, para culminar con este interés por todos los conocimientos que mi madre tenía debo decirles que todo esto no iba en detrimento de las labores típicamente femeninas, como el hilado y el bordado y asimismo la música. Semejante dechado de virtudes, unido a su juventud, no podía permanecer en el anonimato; su fama se había difundido por toda la comarca. Como era huérfana, vivía con su tío, el canónigo Fulberto, avaro en todos los sentidos, menos en procurarle una educación esmerada a su sobrina, a la que consideraba la luz de sus ojos. ¿Podía existir una ocasión mejor para que ella se perfeccionara que aprovechar la presencia del maestro dialéctico, famoso por la agudeza de su ingenio? Todo París se hacía lenguas comentando las clases de Pedro Abelardo, él estaba en el apogeo de su fama y sus discípulos llegaban desde todos los rincones. Tenía, en ese entonces, aquella edad en la que los hombres comienzan a revisar sus vidas y desean un cambio pero, asimismo, la edad en que las pasiones son más intensas y, a veces, verdaderas.

Sí, él contaba con treinta y nueve años y mi madre con diecisiete. Entre ellos existía el abismo de los años, ineludibles y hondos; creo que ellos, finalmente, los separarían, porque si algo debo reprocharle a mi padre, como padre, es que no pensó como hombre sino, sin saberlo, como personaje del siglo. ¿Que qué es  lo que quiero decir con esto? Pues que a un hombre que ha vivido tanto tiempo recibiendo elogios y vituperios, ejercitando su dialéctica y brillando con ella, esa circunstancia se le hace imprescindible. Su vida necesita de sus esgrimas verbales, su existencia se vuelve deudora de la admiración o el reconocimiento de los demás. Mi padre había pasado muchos años, ya, en ese medio, no podía desprenderse de él, lo necesitaba como el río necesita el agua que corre por su lecho para ser lo que es. Eran esos los años que los separaban porque eran los años en que la personalidad se forja y las ambiciones se afianzan y en los que los hombres se templan y enriquecen espiritualmente, decantando ideas y deseos. Y también, por qué no decirlo, los separaba el profundo egoísmo de la personalidad vanidosa de mi padre que le hacía poner no solamente sus ideas delante de las demás, sino también a sí mismo, con sus antojos y sus caprichos. Mi madre bien lo comprendió cuando le pidió encarecidamente que no se casara con ella, que vivieran juntos, que siguieran estando unidos, porque lo que menos deseaba ella era un casamiento que fuera una unión reparadora de sus acciones y de mi llegada. Pero él lo creyó necesario pues pensó –sin asidero alguno– que esa enmienda ficticia podía calmar el torrente de vida que los había unido. Consideró que esa acción era una acción moral pues  mi padre pensaba que todo acto vale según su intención y que entre la intención y el acto debía existir una concordancia. Él había querido a mi madre: debía, pues, cuidar de ella porque solamente ella le había hecho descubrir el amor. Pero creo que sus amores fueron distintos. Mi padre amó, tal vez, una inteligencia encarnada en una mujer, eso fue el amor para él; mi madre, en cambio, encarnó el amor puro porque fue absoluto, buscó al hombre y no al profesor, quiso su bien por encima de todo, porque sostenía que no había más verdad que la del corazón. Eran diferentes los llamados y mi padre, quizá sin percibir la diferencia, confió en que no hubiera, después de su casamiento, ningún cambio en sus relaciones, esperó que todo siguiera como  antes. Lo que mi padre tenía en inteligencia le faltaba en conocimiento de las reacciones humanas, pues ni siquiera sospechó que los demás pudieran pensar de otra manera.

Pero se me amontonan los recuerdos y los reproches y no puedo ordenar las ideas. Tal vez si pongo un poco de distancia en los hechos van ustedes a poder entenderme. Les contaré las dos historias.

Mi padre se llamaba solamente Pedro –después le añadieron el nombre de Abelardo– y provenía de una pequeña aldea del norte de Francia, que se llamaba Le Pallet y pertenecía a Bretaña. Sé que todo lo que ahora diga será contado más tarde porque mi padre dejó escrita su propia vida en una carta dirigida a un amigo que si es real o ficticio no podré saberlo nunca. A esta carta la llamaron Historia calamitatum mearum y ahí –so pretexto de consolar a un amigo–  narra sus dichas y desdichas. La primera es una dicha, como casi todos los recuerdos de la infancia, pues cuenta la alegría que marcó la vida del pequeño que fue mi padre quien, como primogénito que era, hubiera debido seguir la carrera de las armas, mas sabemos que no fue así, pues el descubrimiento del estudio de las letras, incentivado por su propio  padre y por su natural temperamento, le hizo cambiar el rumbo. Después escribirá que “abandonaba el campamento de Marte para postrarse a los pies de Minerva” y que prefirió  “la armadura de la dialéctica a todo otro tipo de filosofía” [1] . Así pertrechado, haciendo ejercicios agudos y certeros, llegó a París.

¿Qué se proponía hacer en esa ciudad? Nada menos que dirigirse a Guillermo de Champeaux, que gozaba de renombrada fama. Su cultivada soberbia – aguda para tan pocos años– dirigió a mi padre hacia la controversia y aspiró a dirigir una escuela y ser él, también, maestro. Las escuelas que intentó en Melum y en Corbeil, el fatigoso estudio y las consabidas rivalidades lo agotaron y tuvo que volver a su hogar en Bretaña. Algunos años le costó reponerse y, cuando lo hizo, su ambición lo llevó nuevamente al lugar de sus disputas y al enfrentamiento con aquellos que no consideraba merecedores de la fama que ostentaban. Estaba en la montaña de Santa Genoveva cuando rompe lanzas con Guillermo de Champeaux; también lo hará, años más tarde, con el propio maestro de su maestro, Anselmo de Laón. Nuevo contrincante, nuevo enemigo, pero mientras en el primer caso el tema que suscitaba la pelea era el famoso tema filosófico del siglo XII, que indagaba sobre los universales, en el segundo caso la divergencia se suscitó por una interpretación de los libros sagrados. Filosofía y teología eran los campos de batalla.

El problema de los universales había llegado a la época a través del neoplatónico Porfirio y también de Boecio. Ninguno de ellos lo había aclarado, más bien lo habían confundido, pues mientras Porfirio ve en los universales un planteamiento platónico y lo enuncia en sentido ontológico, Boecio lo oscurece al establecer una alternativa entre res y voces.  Así el problema se planteaba siempre como si debiera haber una opción entre considerar que los universales eran cosas (res), o  palabras (verba). La filosofía se dirimía entre las cosas o las palabras, res o verba era el gran tema del pensamiento del momento. Los realistas, exagerando su postura, sostenían que los géneros y las especies existen como ideas ejemplares que solamente están así en el intelecto divino y que  son, además,  realidades de las cuales participaban todas las cosas sensibles. Así existían por un lado los hombres (cosas sensibles) pero también la humanidad (de la cual participan todos los hombres). Sostenedores de esta tesis fueron Escoto Eriúgena y también Guillermo de Champeaux y su doctrina de la indiferencia. Mi padre los llamaba los sostenedores de la vieja doctrina.

Pero también motejaba de esa manera a los que consideraban que los universales eran solamente flatus vocis, una interpretación que se remontaba a Roscelino quien la llamaba “sophistica vocalis”, y que entendía que solamente existen los individuos y no los universales, es decir que lo que así llamamos son solamente palabras con las que designamos cosas semejantes que tienen elementos comunes. ¿Entendía que los universales, por ejemplo, la humanidad, era solamente un ruido producido por la boca y no algo pensado? ¿Confundía las cosas con las palabras como le imputó mi padre? No creo que haya sido tan ingenuo porque, por otra parte, mi padre, de algún modo, siguió sus ideas.

¿Por qué lo digo? Pues, acaso, porque él solo sustituyó la palabra voces por la palabra sermo ya que Pedro Abelardo –se llamaba así en ese entonces–, entendió que los universales eran sermones, es decir, hizo hincapié en la lógica para intentar destrabar la oposición planteada entre verbalistas y realistas.

Comenzó su disputa negando a los realistas la afirmación de que los universales eran cosas porque ningún universal tiene existencia fuera de los individuos, únicamente éstos son los que existen; por lo tanto, si buscamos los géneros y las especies no vamos a poder encontrarlos sino en los individuos. Así insistió en que no pueden predicarse cosas de cosas y por ello los universales no pueden ser res. Y sostuvo, con sus terminantes argumentos lógicos, que si bien algunas frases pueden estar bien construidas gramaticalmente, no tienen sentido lógico ninguno. Así si digo “este hombre es un árbol”, la frase está bien construida gramaticalmente pero es falsa lógicamente, es erróneo lo que afirmo porque no todo predicado puede predicarse de todo individuo, porque como cada individuo es una unión de materia y forma que le son propias, no puedo predicar de uno lo que corresponde al otro. Por ello es absurdo decir que el hombre es un árbol, tan falso como si dijéramos que “el árbol es Juan” o que “Sócrates es Platón”. Pero no saquemos conclusiones apresuradas como si solamente se pudiera hablar en forma tautológica. Además, ¿qué sucedería si pensáramos que el individuo es una suma de propiedades que se unen a su naturaleza universal? O bien: ¿qué pasaría si sustraemos todos los accidentes a lo universal? ¿Qué tendríamos para partir o qué nos quedaría después de sustraer? La posición de mi padre fue puramente pensada, lógicamente esgrimida. Si el individuo es una suma de propiedades a una forma universal, estamos negando que las formas sean  distintas y es bien sabido que las formas son diversas, distintas cada una de ellas por sí mismas, porque los individuos son particulares. Y, razonando según el argumento de los contrarios, sostuvo que si sustraemos todos los accidentes al individuo lo que nos queda es su sustancia misma que es particular. Por ello tampoco admitió la teoría de la indiferencia de Guillermo de Champeaux –como les comenté antes– porque no salía de su realismo, ya que sostenía que los hombres –las cosas– son singulares en lo que se distinguen e iguales en su universalidad. Era lo mismo que no decir nada.

Los argumentos lógicos de Abelardo penetraban como espadas en las posiciones de quienes consideraba como enemigos y los desarmaba rápidamente. Debo reconocer que, en esto, era feroz, no conocía la piedad. Disfrutaba desarticulando ideas opuestas a la suyas y, por ello, era brillante en el razonamiento y más aún, en la retórica. Era contundente y demoledor, pero lo guiaba su afán de resolver el problema. Por eso lo hizo con los medios de la época y asentó una nueva interpretación de los universales. Nos dijo que los géneros y las especies, los universales, en fin, no pueden ser cosas ni estar en las cosas, pero también negó que fueran solamente voces. Los universales eran sermones, nomina, es decir, predicaciones.

Sí sostuvo que no es lo mismo convenir con todos que predicar con todos porque convenir es sostener que todos tienen las mismas cosas, por lo tanto ¿qué diferencia habría entre individuo y universal? Por eso al universal no podemos buscarlo en las cosas porque siempre seguiríamos teniendo cosas singulares. Por otro lado, si nos basamos en las palabras, como sostenía Roscelino, ¿qué encontramos? Ahí Abelardo –si bien sigue la línea nominalista– planta su primera pica pues distingue entre la palabra como simple voz y la palabra con significación, el sermo, es decir, la predicación. La palabra como sonido físico no tiene significación, no es un universal ni puede predicarse. En cambio la palabra como sermo une al sonido un significado –al que Abelardo entiende como convencional–. La  palabra es un sonido más un significado, es un signo de aquello a lo que se refiere.

Así podemos concluir que los universales no son cosas –porque no existen en la naturaleza– sino que, considerados desde ese punto de vista, son solamente voces. Pero a ellas les añadimos un significado por el que se convierten en signos de las cosas y, si bien el significado es por convención, ésa es la única manera en la que las palabras pueden referirse a las cosas, es decir,  predicarse y, por lo tanto, puede afirmarse que Sócrates es un hombre.

Desplazó el tema de los universales del campo ontológico al lógico. Se encerró en su fuerte y lo matizó con su teoría de la abstracción.

En ésta consideró que hay tres tipos de conocimientos: el sensitivo, el imaginativo y el intelectivo. Por el primero percibimos las cosas particulares con todos sus detalles, por el segundo formamos una imagen de ellas, que funciona como su recuerdo y que hace que las tengamos presentes cuando las cosas no están. En cambio, el conocimiento intelectivo es el que abstrae de las imágenes lo que éstas tienen de común. Así es función del entendimiento considerar unido lo que, en realidad, está separado y viceversa. Como en todo individuo la forma y la materia están unidas, el trabajo del entendimiento será separarlas. Será verdadero el conocimiento que afirma que existe lo que está unido y será considerado error el que afirma que está unido lo que en la realidad no lo está.

Si éste es nuestro criterio entonces tendremos algunas imágenes formadas por el intelecto que serán verdaderas, claras  y correctas y otras serán generales, confusas y que pueden ser erróneas porque unen lo que no está unido en la realidad: son éstos los conceptos o imágenes del entendimiento.  Los sermones son conceptos universales y serán más confusos cuanto más universales sean. El concepto es una imagen intelectiva y el universal será la palabra que se refiere a esa imagen del intelecto. La verdad, finalmente, está dada por los sentidos, con la inteligencia solamente podemos tener opiniones de las cosas.

Si alguien siguiera la línea de mi padre, tal vez podría llamarse empirista, porque todo el conocimiento está dado por los sentidos físicos. Quizá  esta teoría persista, no lo sé.

Tal vez no haya resuelto el problema pero, sin duda, le dio un nuevo cariz. Pero ¿por qué esta disputa tan aguda sobre los universales?, ¿de qué manera influía en la vida de cada uno de nosotros el que adoptáramos una posición o la otra?

Tomemos un problema vital, por ejemplo, el pecado original. Si éramos partidarios del realismo debíamos sostener que, porque somos seres sensibles y, al mismo tiempo, participamos de la humanidad, también debíamos participar del pecado original. Todos éramos pecadores ab origine pero, ¿también lo era Dios? Porque si el universal estaba en su intelecto, ¿también Él era pecador? En la posición contraria podemos sostener que si los universales eran meros sonidos, ¿por qué influían en nuestros razonamientos?; esta línea nos llevaba a afirmar que toda existencia podía considerarse errónea, fantasmal, y fomentar el escepticismo porque si nada existiera verdaderamente, ¿existía Dios o era solamente un fantasma de nuestro pensamiento?

Mas el pensamiento de ese siglo creía firmemente en Dios y no se hubiera atrevido a sacar esas conclusiones que son, tal vez, divagaciones mías; pues yo tengo, también, el hábito de pensar y ver las consecuencias. No sé si alguien sostendrá estas tesis algún día pero seguramente habrá que esperar varios siglos. No sé por qué se me ocurren estas cosas. Lejos estaba mi padre de ello porque si algo unía a su costado dialéctico era su pasión por la fe. Sólo por la fe se llega a lo divino, pero sostenía que todo acto de fe es, al mismo tiempo, acto de intelección.

Pero las épocas, tanto como los hombres, tardan en comprender y, cuando esto sucede, los pensadores ya no están entre ellos. Por eso el presente es difícil de vivir para aquel que trae nuevas ideas porque las personas no soportan las nuevas conclusiones. De ahí la virulencia de las argumentaciones y de las condenas a que se hacían merecedores los que las sustentaban. Mi padre estaba en esa lucha y no cejó nunca en sus intentos de esclarecimiento; sé que dejó una honda huella.

Pero tal vez haya sido más honda su preocupación por conquistar a mi madre. Ella tenía todo lo que podía atraerlo pues era bonita, joven y, sobre todo poseía aquello que a él más lo fascinaba: inteligencia y conocimiento.

Se propuso conquistarla y lo logró: ¿acaso podía ella quedar indiferente ante quien era un hombre atractivo, inteligente sin comparación, que escribía y cantaba versos para ella y que, además, la deseaba? Porque, a influjos del amor, el profesor se había convertido en poeta. La inteligente joven no pudo resistirlo y sucumbió a su asedio. Pero cruzó el límite como puede hacerlo una mujer confiada  porque creyó en él y en su amor, que terminó destruyéndola como mujer.

Tal vez esté tomando partido por mi madre, pero a su amor puro, a su infinito amor humano, sólo puedo comprenderlo con más amor, y por eso su historia va a diferir de la de mi padre.

Ella descendía de los Montmorency y de los Beaumont; era, pues, de la aristocracia de la isla de Francia, a la que también pertenecía mi padre porque ambos eran miembros de las facciones que se disputaban el poder en la monarquía de Luis VI.

Su interés por Eloísa –ése era el nombre de mi madre, un derivado de Elohim– y la confianza de ella en el profesor lo recuerda mi padre en su propia historia, con palabras que señalan sus deseos: “era como ofrecer un cordero a un lobo” [2] . Con la excusa de enseñar las letras, fueron otras las enseñanzas pues según confió después, “el estudio de la lección nos ofrecía los encuentros secretos que el amor deseaba [...] ninguna gama del amor se nos pasó por alto [...] había más besos que palabras” [3] . Semejante pasión no podía permanecer oculta mucho tiempo y si bien “solemos ser los últimos en conocer los males de nuestra casa y los vicios de nuestros hijos y cónyuges, mientras los cantan los vecinos” [4] –como bien lo señaló San Jerónimo–, llegó el tiempo en que todo se supo.

Se amaban, sí, pero a ese sentimiento se unió en la joven la vergüenza de haber engañado a su tío y preceptor –que había confiado en la continencia de mi padre– que, por supuesto, él había transgredido, y no menor desagrado sufrió mi madre por la bochornosa situación en  que se vio envuelta.

Seguían amándose y seguían deseándose, estaban separados y sin embargo estaban unidos, y “la ausencia del cuerpo encendía más el amor” [5] al que se entregaban todos los momentos en los que podían, con el cuidado que la nueva situación requería. Pero me anuncié yo y mi madre, alegre y al mismo tiempo inquieta, comunicó la nueva a su esposo en la carne. A mi padre sólo se le ocurrió raptar a mi madre para que pudiera darme a luz tranquila y la llevó hasta la casa de su hermana, en su tierra natal, donde yo nací y donde me pusieron el curioso nombre que ostento.

Pero estaba en el medio Fulberto, el rencoroso tío de mi madre, que destilaba odio por todos sus poros y a quien mi padre Abelardo tuvo, de alguna manera, que lavar la honra, y por ello ofreció casamiento a mi madre, sin pensar que ella iba a rehusarse porque, conociendo bien a su pariente, presentía el mal que se avecinaba. De todos modos, ella era un suave papel en sus manos, podía mi padre estrujarlo y ella le respondía amándolo más aún y perdonando todo. Por ello se plegó una vez más a sus requerimientos y el casamiento tuvo lugar. Me olvidaba un detalle: el casamiento debía ser secreto para que la fama de mi padre no sufriera daño. ¡Extraña decisión! Porque significaba que, para salvar su reputación, se avenía a vivir toda su vida en la hipocresía. Creo que empezáis a conocerlo.

El canónigo Fulberto, sin embargo, desconfiando de su sobrino por ley, comenzó a divulgar el casamiento y mientras más Eloísa lo negaba, él más lo difundía. Así la situación era insostenible y Abelardo, entonces, decide llevarla al convento de Argenteuil, donde ella había estudiado y donde le correspondía estar según su jerarquía social. Allí mi mismo padre la viste con el hábito religioso de las arrepentidas. Eloísa quedó así sin marido, sin hijo y sin familia y convertida en religiosa –que era lo que menos deseaba–. Tenía recién veinte años.

Esta situación a la que mi padre la había llevado desata enormes iras en Fulberto y planea su venganza. Soborna a los que velaban el sueño de mi padre y contrata a varios sicarios para que consumen la acción más tremenda: emascular a su odiado pariente.

¡Qué desesperación la de mi padre, qué gritos horrendos ante tamaña acción, qué dolor físico y, más aún, qué dolor del alma! Pero la mutilación había tenido lugar y no había vuelta atrás. Él nos lo contó así: “me hería más la compasión que la herida misma, sintiendo más la vergüenza que el castigo” [6] . “Me preguntaba qué nuevos caminos me quedarían abiertos para el futuro”. “Confieso que, en tanta postración y miseria, fue la confusión y la vergüenza más que la sinceridad de la conversión las que me empujaron a buscar un refugio en los claustros de un monasterio” [7] . No sospechaba, entonces, que su conversión iba a ser tan  profunda. Se dirigió pues a la abadía de Saint Denis, su nuevo hogar, para convertirse en filósofo de Dios así como antes lo había sido del mundo.

Comenzó, pues, mi padre a explicar las Sagradas Escrituras y nuevamente sus clases se llenaron de alumnos y una vez más la envidia se cebó en él. Claro que lo que sostenía era – ya se los comenté– difícil de aceptar, porque decía que no se puede creer en algo si antes no se entendía y, aunque en su tratado De Unitate et Trinitate no pudo encontrarse nada que atentara contra la fe, él mismo tuvo que tirarlo a la hoguera cumpliendo la orden impartida por el Concilio de Soissons. Fue la primera admonición que sufrió mi padre, la segunda devino del Concilio de  Sens.

Si insisto con las peripecias de la vida de mi padre es porque, en un momento, se vuelve a encontrar con mi madre. No me interesan más los detalles sino solamente hacerlos reflexionar acerca de lo que sucedió en el Paracleto, lugar en el que primero estuvo mi padre –a él se le debe el nombre de Espíritu Santo Paracleto, es decir, Consolador– y en el que luego se refugiaron las monjas de la abadía de mi madre y se convirtieron en la referencia del lugar. Del erial hicieron un vergel. Pero el encuentro de mis padres fue nuevamente fuente de difamaciones, no podía ser de otra manera. Sin embargo su relación fue solamente fraternal ya que mi padre la trató como una abadesa y no como una mujer. La huida a Dios de Abelardo fue una coraza que lo aisló del mundo. Pero mi madre no había huido del mundo, ella era abadesa porque las circunstancias de su vida determinaron que hallara su refugio en un convento, pero no fue ese nunca su deseo. Pensaba como mujer y sentía como mujer: Eloísa deseaba, aún.

Sabía –con esa intuición que da el amor– que la situación era irreversible, pero no podía sostener sola el aguijón del deseo y el recuerdo de lo pasado; suplica, pues, ayuda a su marido y le escribe. Tal vez la posteridad haga uso de estas cartas y quizá las deforme para responder al gusto de la época, pero lo realmente cierto es que ella lo necesitaba, aún creía en él, aún lo amaba, ¿qué digo?, lo amó y lo amará siempre, pero con amor de mujer, no con cariño de hermana en Jesucristo como mi padre dio en llamarla. ¿Qué dicen esas cartas?. Difícil es resumirlas, unos dirán que es una defensa velada del matrimonio, otros que son la expresión de dos temperamentos humanos, otros, en fin, crearán una figura de mi padre y otra de mi madre que, tal vez, no se ajustarán a la realidad. Pero con las vidas humanas sucede eso, en cuanto trascienden, se hilan los hechos que conformaron sus existencias de tal modo que van tomando el color que el tiempo les da. Aprehenden la vida, la solidifican, fijan e  inmovilizan, pero la existencia es movimiento, es desarrollo, es crear barreras para transgredirlas. Por eso será siempre tan complicado escribir sobre los laberintos del alma.

Mi madre siempre lo llamó “mi único, mi solo amor” porque eso era lo que sentía porque ella, además de desearlo, lo quería con cariño y ternura, lo quería con verdadero amor. Con el amor que perdura a pesar de los sinsabores, con el amor que piensa en el otro y no es egoísta jamás. Siempre vio por los ojos de aquel a quien quiso, nunca dejó de subordinarse a él, jamás hizo otra cosa sino doblegarse a sus designios. La sabiduría de mi madre no fue conocida más que por un pequeño círculo, por eso solamente puedo hablar de ella en términos humanos, únicamente puedo relatar su “pequeña historia” que fue, sin duda, una historia de amor.

Me gustaría hacerles conocer otra carta, pero ésta sí verdadera. Les anticipo que viene de Cluny. El abad le escribe a mi madre desde el lugar en el que  mi padre permaneciera sus últimos tiempos y donde muriera a los sesenta y tres años.

Corría el año de  1142  cuando mi madre recibe la carta.

Después de saludarla con una fórmula de reconocimiento le cuenta los detalles que mi madre, angustiada, esperaba.

Pedro el Venerable –tal era su nombre– conocía desde joven a mi madre y así le dice “Apenas había traspasado el umbral de la juventud [...] cuando oí hablar de ti y de tu reputación, no sólo por tu profesión religiosa, sino por tus virtuosos y meritorios estudios” [8] . “Harás miel, pero no sólo para ti misma. Puesto que de diferentes maneras has ido reuniendo el bien aquí y allá [...] habrás de escanciarlo para todas las hermanas en tu casa y para todas las demás mujeres” [9] .

Recuerdo la desazón de mi madre cuando sus ojos recorrieron esas líneas, el dolor la carcomía y las lágrimas anticipadoras de la noticia se deslizaban por sus mejillas. Leyó el párrafo esperado: “Pero, aunque la providencia de Dios que dispensa todas las cosas, nos haya negado tu presencia, todavía seguimos siendo favorecidos con aquél que fue tuyo. Me refiero a aquél que, a menudo y siempre, se ha de llamar y ser honrado como el servidor y verdadero filósofo de Cristo, el Maestro Pedro, a quien en los últimos años de su vida esa misma Providencia nos trajo a Cluny. Y al hacerlo así ha enriquecido a esta abadía en su persona con un don más precioso que el oro y el topacio [...] nunca dejó pasar un momento sin rezar, leer, escribir o componer [...] En estas santas ocupaciones le salió al encuentro el Visitador de los Evangelios y lo encontró despierto [...] cuando le llegó el momento de pagar el común tributo de la humanidad, la enfermedad que sufría se agravó y  rápidamente se produjo el desenlace final” [10] .

El rostro de mi madre, desfigurado por el sufrimiento, se permitió una leve sonrisa de esperanza cuando llegó a las líneas finales, en las que se dibujaba, por debajo de la negra escritura, la promesa esperada, pues decía: “(murió) aquél [...] con quien después de tu unión en la carne, estás ahora unida por un mejor y más fuerte lazo del amor divino, [...] aquél que Dios abraza en su seno y te lo guarda para devolvértelo” [11] .

En la espera de la devolución divina mi madre, como una novia más que como una viuda, vivió todo el tiempo que Dios le marcó, que fue tanto como el que vivió mi padre. Al final, ya traspasadas las fronteras de la vida terrena, los brazos de ambos se abrieron para recibirse y la eternidad los guardó bajo su manto.

Sé que los amores de mis padres serán famosos, porque la ofrenda de amor de mi padre, los versos que le dedicó a quien tanto lo amara serán eternos, porque la música los ha llevado por todas las rutas y los hombres los nombran cuando le cantan a sus novias y las mujeres oyen sus rimas esperanzadas. La música será la que mantendrá  vivos sus nombres y la historia, alguna vez, los rescataré del olvido al que el polvo de los años condena la pasajera existencia de los hombres, sus amores y sus odios. ¿Y saben, además por qué vivirán para siempre?, porque sintieron verdaderamente, se amaron con intensidad, con la alegría y el dolor del verdadero amor, con sus desgracias también. Perdurarán porque la anodina vida humana a veces se ilumina con el resplandor de lo distinto. De esa luz, ya no que no en ella, se alimentan los hombres en su gris cotidianeidad. Ése fue su mérito, su gloria y su tormento.

Yo, Astrolabio, soy clérigo porque no podía sino seguir sus caminos. Mis pasos se hundirán en el abismo del tiempo pero seré, para siempre, el hijo de Abelardo y Eloísa.


NOTAS:

[1] Historia calamitatum”. En: Cartas de Abelardo y Eloísa. Introducción, traducción y notas de Pedro R. Santidrián y Manuela Astruga. Madrid: Alianza,1993, p.38. (vuelve al texto)

[2] Ibíd.,  p. 49. (vuelve al texto)

[3] Ibíd.,  p. 50. (vuelve al texto)

[4] Ibíd.,  p. 51. (vuelve al texto)

[5] Ibíd.,  p. 51. (vuelve al texto)

[6] Ibíd.,  p. 59. (vuelve al texto)

[7] Ibíd.,  p. 60. (vuelve al texto)

[8] Ibíd.,  “Carta de Pedro el Venerable a Eloísa”, p. 306. (vuelve al texto)

[9] Ibíd.,   p. 309. (vuelve al texto)

[10] Ibíd.,  p. 313. (vuelve al texto)

 

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