VISIONES Y COLORES
EN UN PINCEL MEDIEVAL

 
Blanca Parfait
(UBA - Academia de Ciencias de Buenos Aires)

 

ildegarda observaba, desde un pequeño ventanal, cómo se había transformado la abadía en el transcurso de los años. Los terrenos se habían cultivado y ya no quedaban rastros de desidia ni de dejadez aunque, tal vez, no se había pensado que a la tierra había que alimentarla para que diera sus dones; le dolía ver, ahora, ciertos claros que denotaban que ya, en ese lar, no se podría cultivar nada. Pero Dios proveería lo que los hombres no habían podido hacer. La laboriosidad de todos sus habitantes contribuiría a ello.
En la abadía de Bingen se habían dedicado al cultivo de diversas especies porque la abadesa conocía de manera perfecta las virtudes de las plantas y los jugos que se podían extraer de muchas de ellas, con los que se podían hacer las pócimas que curaban distintas enfermedades. Claro que de algunas se podían extraer, además, jugos esenciales con los que se perfumaban los ambientes.
También se cultivaban vegetales para contribuir a la alimentación de las personas que habitaban la abadía. Si bien su economía era de las llamadas “economía de gasto” porque todo lo que producían lo consumían dentro de sus muros, bien es verdad que también necesitaban ayuda, para los rudos trabajos  de labrantío, de personas ajenas a la comunidad. Y todos juntos se dedicaban a procurar y a incentivar todo lo necesario para la vida cotidiana.
La comunidad era, como todas las de la época, una comunidad cerrada. Pero estaba bien que así fuera. Todo estaba jerárquicamente organizado como lo había sido siempre. La jerarquía, bien lo sabían en la abadía, era un mandato divino. Nada podía alterarlo aunque, a veces, a Hildegarda le encantaba discutir con los dignatarios de la Iglesia , claro, por cosas importantes, no por nimiedades.
Sí, todas  ellas dependían todavía de Roma, pero sus lugares se habían desarrollado de manera independiente, eran ya centros de reunión, de trabajo y de cultivo de las artes. Bien es verdad que no se habían dedicado a la arquitectura, que ya había dado muestras de gran florecimiento y a la que se le debía Saint-Père en Chartres. Asimismo era conocida la importancia que había adquirido Cluny, cuya iglesia abacial –que había comenzado a construirse en 1088 y terminado alrededor de 1118– la había convertido en una de las más importantes de la época compitiendo, en ese sentido, con la iglesia de La Magdalena en Vézelay, consagrada en 1104 y 1132. [1] Todos mencionaban, asimismo, la maestría que había tenido el obispo Bernardo al construir las puertas de bronce de la catedral de Ildesheim, por lo que todos lo conocían como el gran defensor de las obras que se desarrollaban en las fundiciones.
Corrían de boca en boca los nombres de las iglesias –que los siglos llamarían románicas– y de las que la piedra con la que se habían construido daba cuenta de su solidez. Habían sido levantadas para realzar el nombre y la gloria de la divinidad. De líneas pesadas, primitivas, sólidas, no parecían deber nada a ninguna influencia extraña a las concepciones en boga; eran sólidas para durar eternamente, pesadas porque la piedra lo era, y con un aire a fortaleza que señalaba el poder férreo que habían establecido los monjes en la época y que tanto recordaba a las épocas romanas. Todos las conocían por los nombres de los lugares donde estaban asentadas, así se nombraba a la abadía de Thortonet, en la antigua Provincia, que ya estaban pronunciando como Provenza, cuyo claustro de cuadradas formas y columnas dóricas denotaba la simbiosis de líneas que la época manifestaba. Claro que ella estaba muy lejos, en su simplicidad, de la iglesia de San Fortunato de Charlieu en la que la decoración era fundamental ya que, en su tímpano, que representaba las bodas de Caná, el conjunto se perdía en la profusa cantidad de detalles. La escena arquitectónica se mostraba con redondeadas formas, en bajos y altos relieves, y allí se encontraban los santos invitados, aureolados, sentados a la mesa, adornada con su mantel y con los elementos necesarios para la comida puestos en su lugar; no faltaban, tampoco, los animales. El conjunto estaba  distribuido en seis arcos de medio punto y algunos de ellos, de tan perfectamente delineados que estaban, semejaban objetos vivos pero de  piedra, tal era la precisión con que los ornamentos estaban hechos. Había que construirlos con cuidado porque eran comprendidos como oraciones que se elevaban a Dios, eran  plegarias transformadas en rocas de fe.
Es que era en la arquitectura donde se manifestaba el arte de esa época medieval, pero los arquitectos que las habían construido no habían dejado constancia de sus nombres. Eso había sucedido, tal vez, porque como las obras se debían tanto a laicos como a monjes, se pensaba que había que dar preeminencia a los pertenecientes a los claustros  ya que, como los laicos no pertenecían, obviamente, a la orden, sus nombres no eran elementos de los que a los monjes les interesara dejar constancia; por ello, sólo destacaban, si lo hacían, los nombres de su propia grey. Se sabía que muchas veces aparecía la inscripción fecit (hecho) y el nombre de alguien, pero raramente era del ejecutor de la obra, sino que correspondía, más bien. al “presidente de la comisión constructora”. [2]
Era la arquitectura la que había encontrado la unión de lo grave y despojado con el adorno, ya que ésas eran las dos tendencias que se manifestaban en el arte occidental de la época. El primero, el románico, era predominantemente guiado por el dogma cristiano de los primeros siglos de la cristiandad y estaba dirigido por la idea de que todo lo terrenal, todo lo que se comprende como el mundo físico, estaba explicado por el pensamiento y éste, evidentemente, era anterior a él. Lo físico era solamente un símbolo de lo divino, y a él todo debía remitirse. Se podría llamar arte abstracto porque en él predominaban figuras geométricas, el cuadrado, el círculo o el triángulo. La búsqueda del adorno en cambio, procedía de Oriente, de Bizancio, donde predominaban los colores, los vidrios y los esmaltes.
La escultura va a seguir, en esa idea artística, no las leyes de la vida, es decir, sus formas naturales, sino las leyes del espacio, y se va a cuadrar o curvar según él lo permita, por lo que a veces se veían las formas humanas adaptadas a las columnas, largas y deformes, o planas y curvándose en el espacio imaginario del semicírculo. Así se presentaban figuras con torso y cabeza en la mitad del semicírculo, y cabezas solamente, ya perdido el torso por imposición de la curva, en las puntas del la figura geométrica. El espacio dictaba la ley de la figura en el que ella se inscribía. La forma no era sino aparentemente figurativa porque, en realidad, seguía la ley del esquema interior con sus simetrías y paralelismos. En uno de los capiteles de la catedral de Autun, en donde se representa a San Vicente sostenido por las águilas, se podía observar claramente la composición geométrica. San Vicente, con su cuerpo curvado en pronunciados ángulos, es sostenido por águilas que, con sus enormes alas distribuidas cuidadosamente a cada lado del eje central, ponen sus garfios en las rodillas y en uno de los hombros del santo. Las alas de las aves son colosales y el cuerpo del santo, en el aire, está alineado, por detrás, por un tronco-eje que tiene en su base inferior dos enormes hojas de acanto y cuatro hojas de palmeras en su parte superior; y, rematando el árbol, un fruto que era, seguramente, de una conífera, aunque de tamaño colosal –si tenemos en cuenta que se trataba solamente de una piña–. El tamaño desdibuja la semejanza que podría tener con el fruto. La distribución dada por el eje axial de la planta ordena y remata el capitel. Todo está geométricamente dispuesto, ordenadamente integrado, pero desproporcionado en términos  de realidad representativa.
El estilo románico no hacía sino transparentar una de las corrientes que alimentaron la Edad Media : el agustinismo o, si queremos retrotraernos en el tiempo, el platonismo. Así podemos comprender la importancia que tuvo la arquitectura en la época, ya que San Agustín había sostenido que ella y la música debían ser las artes preferidas porque no representaban nada. Sobre esta base podemos entender que la realidad sensible deba ser siempre comprendida solamente como símbolo. Y de la misma y simbólica manera fue pensada por Bernardo de Chartres, llamado, por ello, el perfecto platónico de su tiempo.
Sin embargo la época estaba preparada para librar una lucha que se trasladaría al arte. El conflicto entre la abstracción y la observación va haciendo que las ideas vayan encontrando su repercusión en lo artístico Se incubaba, en esa lucha, otro movimiento que se llamaría, después, gótico. Éste estaba guiado por la idea de que toda realidad sensible puede ser percibida ya que nos es accesible a través de nuestros sentidos. Nada hay más allá de ella. Dios se mostraba, a su juicio, en sus obras, se veía en la naturaleza, que era así descubierta con ojos nuevos.
Románico y gótico serán las formas artísticas captadas como maneras distintas de llegar a Dios: la primera a través de textos sagrados, formas geométricas y abstracciones, con su compañero: el símbolo que es el que le va a permitir entender la naturaleza. La forma gótica, en cambio, va a estar dominada por la idea aristotélica de observación de lo natural, por su experiencia sensible. Las catedrales irán surgiendo, ahí, como las plantas, de acuerdo a la necesidad del espacio y de los hechos que deban resolverse. Así se alargan las torres y las columnas se adornan con cuerpos reales, vestidos con ropas plegadas y con movimiento, las estatuas van a estar siempre en actitudes de vida observables, como si conversaran entre ellas y los capiteles se cubrirán de follajes acentuando la preeminencia de lo natural y desterrando del espacio sagrado los monstruos que se asomaban, inesperadamente, en todos vericuetos de las iglesias románicas.
Románico y gótico son dos mundos que se enfrentan, dos maneras de comprender, dos visiones de la realidad. Todo ello sucedía en la misma época en la que un movimiento se despedía y otro comenzaba su propia vida. [3]
Hildegarda sabía que había distintas maneras de construir pero eso no era de su interés; la abadía en la que se refugiaba ya tenía sus líneas y nada había que cambiar. Tampoco había que hacerlo en lo referente a su organización porque correspondía a la que se había reglado en los monacatos, y ellos habían establecido la división del trabajo. Así se desarrollaban en armonía las tareas y, si bien todavía seguía existiendo el desprecio por el trabajo manual, éste era indispensable, y eran buscados aquellos que podían hacerlo, ya sea como vasallos o como artesanos libres.
Ya se sabía que quien quisiera copiar manuscritos debía acudir a los monasterios, pues de seguro encontraría allí a quienes se ocuparan de hacerlo y, también, de adornar sus folios. En los monasterios benedictinos se habían creado bibliotecas, lo que hacía necesaria la búsqueda del material con que dotarlas, y se habían dispuesto en Vivarium, por obra de Casiodoro, amplios salones llamados scriptoria donde se realizaba el trabajo conjunto de los monjes. En los trabajos de iluminación de manuscritos regía la división o especialización, estaban los miniatores o pintores, los que se especializaban en la escritura caligráfica, llamados antiquirii, los que los ayudaban eran los scriptores y se contaba, además, con los dibujantes de iniciales que recibían el nombre de rubricatores. [4]
Mas en las tierras de Hildegarda no se sucedían estos trabajos en completa paz porque ya había tierras que se habían agotado y en las que se sabía que no se podía producir nada, eran improductivas por exceso de cosechas. Los bosques se habían talado en demasía y el equilibro del medio ambiente se veía alterado; también se chocaba con la cría del ganado no sólo para la subsistencia, sino para el incipiente comercio con conglomerados urbanos que se veían compensados por lo que podría llamarse la colonización alemana del Este. Ya en la segunda mitad del siglo XII se fundaban monasterios entre los ríos Elba y Vístula y se alejaban o cristianizaban a los príncipes eslavos.
Recordaba ella también la creación de la Hansa que se debió a la penetración alemana en el Báltico, ya que se habían fundado ciudades nuevas y abierto una región importante, tanto desde el punto de vista comercial como industrial, lo que había permitido el desarrollo de aglomerados urbanos como Lubeck. La unión en la Liga Hanseática , tanto en Flandes como en Alemania, daba cuenta de la instauración de comunas y ciudades libres que hablaban de un nuevo poder económico, en especial alrededor de los puertos, que posibilitaban  el comercio de lanas, trigo, miel y arenques. [5]
Hildegarda sabía todo eso pero ahora su interés estaba concentrado en el don que Dios le había dado: sus visiones. Se había propuesto, primero, solamente escribirlas para que su memoria tuviera siempre un testigo fiel, pero luego pensó que podía también pintar algunas de las escenas entresoñadas. Ello había significado una tarea más ya que se había unido su propio deseo artístico con las dificultades para conseguir los materiales con que realizarlo. Lo haría en la medida en que pudiera, estaba decidida.
Ese día, en el que tanto había meditado sobre la historia pasada, ocultaba su preocupación ya transformada en un grito interior. ¡No había llegado todavía el alumbre! Sin él, que venía con los cargamentos de especias desde Oriente, y que le daba fijeza a los colores con que se teñían las lanas, no podría realizar la pintura de sus visiones. No podría conservar en ellas el cromatismo deseado, que tanto amaba, ni hacer que sus colores, con todo lo que significaban, permanecieran. Sin el alumbre todo su trabajo se decoloraría con el tiempo. Había que esperar pero la espera la inquietaba, aunque era mejor que se proveyera de paciencia porque nada podía desviar a los que realizaban las rutas prefijadas. Ella las conocía, las rutas de la seda, la de las peregrinaciones, la de las especias y tantas otras que mostraban la vida itinerante del medioevo. Estaba recluida en su abadía y los reclamos y pedidos que podía hacer debían seguir su curso natural.
Ahora nada le importaba más que sus pinturas, a ellas se dedicaría pero, ante todo, debía pensar en los colores con que podía pintarlas y, naturalmente, en el significado de cada uno de ellos ya que, de esa manera, el símbolo visual se resaltaría.Y ésa era su intención porque era lo que había subsistido desde épocas muy lejanas, el color y su función decorativa, porque las formas y las observaciones críticas de las apariencias se habían perdido en la oscura noche de los siglos. Lo que ella conocía, la primacía del color sobre la forma, era lo digno de cuidarse, el color y su simbolismo eran el objetivo principal de su pintura.
Si elegía el azul sabía que él era el más profundo de los colores y también el más frío. Transparente se presentaba en la naturaleza, en el cielo y en las flores. El azul era un color inmaterial porque hacía que todos los objetos, al ser pintados con él, perdieran su materialidad. Por eso el cielo era azul, porque no había materia que pudiera representarlo. Era el símbolo del infinito, el que podía transformar lo real en imaginario. El azul y el blanco estaban siempre aliados y sus rivales eran el rojo y el verde. El azul siempre aludía al más allá. El blanco y el azul eran colores marianos y sugerían el vuelo del alma hacia Dios, hacia el oro que muestra Su esplendor. Por eso siempre se pintaban los vestidos de la Virgen de azul.
El rojo, en cambio, estaba ligado al principio de la vida, era un color de fuego y sangre. Conocía ella dos tonos de rojo, uno masculino, diurno, atractivo e irresistible como un torbellino. Se sabía que las figuras pintadas con ese color tenían un poder irrefrenable de atracción. Al otro tono se lo consideraba femenino, nocturno, y se pensaba que poseía poder centrípeto. Era el color del alma vital, del corazón. El tono masculino constituía el símbolo de las fuerzas de la vida, encarnaba el ardor y la fuerza impulsiva. Tanto desde el punto de vista sagrado como profano se asociaba siempre a la juventud, la riqueza y el amor. Aunque también a la guerra.
El verde, en cambio, era considerado un color equidistante del rojo infernal y del azul celestial. Es de valor medio, un color humano. Por eso, en la primavera, significaba el renacimiento de la esperanza, y la seguridad de que los frutos de la tierra se ofrecerían una vez más y el hombre podría alimentarse de ellos. Era el color del agua y de lo vegetal, de la fuerza y de la inmortalidad. Su símbolo se visualizaba específicamente en el verdor de los brotes de las plantas que, en invierno, parecían muertas. Era el anuncio del surgir nuevo de la vida que nacía cíclicamente.
El blanco, más bien los matices del blanco, desde su absoluta y vacía tersura hasta su plena brillantez, era considerado siempre un color de transición porque significaba lo mudable, aquello que iba a cambiar, lo que dejaba de ser para convertirse en otro. Era el que representa el momento del amanecer, el instante vacío entre la noche y el día. Por ello era el color de los espíritus, de los fantasmas, de todo lo onírico. Era también  símbolo de afirmación, de poder, de responsabilidad, de consagración. Era la revelación, la gracia y la transfiguración. Era el símbolo de la teofanía. Por ello, en el Evangelio de San Marcos, cuando Jesús, junto con Pedro, Joaquín y Juan, aparecía transfigurado, lo había hecho “con la transfiguración de sus vestimentas, porque ellas resplandecían con tal blancura que ningún fulgor de la tierra podía hacerlo de ese modo” [6]
Los colores y las formas debían reproducir sus visiones místicas, ¡ya se lo había advertido, en una de ellas, el Hildegarda de Bingen y Sciviasmismísimo Dios, cuando la había conminado a comunicar lo que ella había visto! No podía dejar de hacerlo, debía, obviamente, obedecerlo. Tenía que dejar constancia absoluta de todo. Por ello, además de escribirlas, las pintaría; de ahí provenía su inquietud por los colores y la reproducción posible de las formas, pues las quería perfectas. ¡Ah, tan perfectas como pudiera, porque perfecto era el cielo! Tendría que representarlo con el círculo que era la figura perfecta como ya la consideraban los antiguos, pues no tenía principio ni fin. Ella lo comprendía así, y también reproduciría los hombres, y el universo entero.
¡Oh, de tanto recordar no había advertido Hildegarda que ya estaba en los fines del otoño y que llegarían las primeras nevadas! Pronto los caminos estarían intransitables y el invierno aislaría la abadía más de lo acostumbrado. Tenía que apresurarse para encontrar las últimas raíces que necesitaba para los pigmentos y buscar las hojas antes de que la nieve las cubriera y no les pudiera ya encontrar el rastro. Necesitaba acopiarlos ya que, cuando se había decidido a ilustrar sus visiones, se había propuesto hacerlo de tal modo que todos comprendieran la inmensidad del don que Dios le había dado y, asimismo, pudieran verlas tal como ella las había visto. Un último resquemor la había paralizado hasta ahora porque tenía miedo de que algunos no pudieran resistir Su gloria. Pero lo sentía como un deber, un mandato divino que tenía que cumplir.
Era preferible que se abocara a lo que había pensado, porque, a veces, le sobrevenía un terror secreto: el de olvidar lo que había visto. En cuanto cesara la caída de esa primera nevisca, que por suerte la constituían pequeños copos que pronto se derretirían, recorrería el camino para tener la materia necesaria para destilar los jugos que las plantas del bosque le proveían.
Amaba esa época del año, cuando su bella tierra se preparaba para el rigor del invierno y los árboles agitaban sus últimas hojas en curiosas danzas, y el pálido sol del norte alumbraba los dorados del otoño en los que resplandecían, brillantes, los blancos troncos de los abedules, con sus lineales heridas marrones, indicios de la tierra que pugnaba por mostrarse. Graciosos y elegantes eran los árboles propios de la región y crecían decorando el suelo que, mansamente, dormitaba a la espera de la mano del hombre que sacara los frutos de sus entrañas.
Sería mejor no esperar más tiempo, porque el camino podía volverse intransitable; se ayudaría con ese cayado que le habían tallado con tanta delicadeza los artesanos de la abadía, y buscaría también algunas bayas que ya debían de haber caído después de la tormenta que había ennegrecido el cielo, aún más, la noche anterior. ¡Ojalá que en el huerto subsistieran algunas de esas flores rojas que tanto le gustaban, porque el zumo de sus pétalos machacados le daría un rojo perfecto para pintar los detalles de sus visiones! Recogería todo lo que pudiera y se pondría manos a la obra.
En Scivias estaba narrando sus visiones místicas y había decidido ya pintar la primera. Aunque recordaba algunos detalles: Cristo, las alas, el hombre acostado, muchos ojos y estrellas, pero también monstruos, plantas, flores cabezas rojas y cabezas verdes, sería mejor acudir a la lectura donde constaba toda la descripción para así reproducir lo que la había deslumbrado. ¡Era una lástima no tener medios para hacer oír las voces que había oído, hubiera podido dar una idea completa de las visiones! pero, por ahora, se conformaría con escribirlas y pintarlas.
¡Ah, había olvidado buscar los pergaminos donde asentaría las visiones! Siempre los colocaba en el lugar correspondiente, pero, seguramente, las hermanas habían ordenado y lo habían guardado mejor que ella. Ya los encontraría.
Recordaba que un manuscrito comenzaba así “Vi como una gran montaña color de hierro y, sobre ella alguien sentado que resplandecía con tal luminosidad que ofuscaba mi vista y, a cada lado, un ala se extendía, maravillosa en largo y en ancho y con delicada sombra.”
¿Qué significaba?, era preciso indagar primera los símbolos para poder representarlos, y así escribió “la montaña designa la fuerza y la estabilidad de la eternidad del reino de Dios”.
Pero también había visto “una figura llena de ojos en la que no se podía distinguir ninguna forma humana a causa de la multitud de ojos y, delante de ella, otra figura, vestida sombríamente, pero calzada de blanco y de la que de su cabeza descendía una gran claridad que molestaba la vista con su intensidad”.
Eso significaba claramente el reino de Dios que, con su ala, ejerce el dominio a los que están bajo ella, y no se puede distinguir figura humana ninguna porque es el reino de todos bajo la perspicacia divina.
La figura central que estaba sentada en la montaña se encontraba rodeada por una infinidad de chispas vivaces que la envolvían en su gran claridad. Y aparecían, como en pequeñas ventanas, cabezas de hombres: unas oscuras, otras blancas.
El que estaba sentado en la montaña  había hablado de los hombres, ella lo había oído claramente, por lo que podía afirmar que no había susurrado, sino mas bien gritado con estentórea voz: “Hombre, polvo invisible del polvo de la tierra y ceniza de la ceniza”.
Ésa era la voz de Dios, pero lo que Él era el hombre no lo podía saber, pues permanecía siempre incomprensible para los humanos. ¡Le era tan difícil representar su significado!
Pero había que poner manos a la obra, buscar el pincel y someter los colores a las mezclas debidas.
Se concentró, pues, en la primera visión ya que la iba a enmarcar con los colores de la tierra, marrones y verdes, siempre el verde para simbolizar la esperanza que Dios le había concedido. Comenzó con la representación de Cristo con el rojo del corazón y el amarillo del esplendor, aureolado y con sus rasgos bien definidos, y sus manos, una sobre un libro y la otra con tres dedos a la muestra y dos escondidos sobre sí mismos; ésa era una buena señal. Las alas, siempre las alas, inmensas en blanco y azul. Una, sí, mejor la representaba como la había visto, tan grande que sobresaliera del marco. La corriente roja y dorada descendía, como río fluctuante, hasta la humanidad, sí, ella la había visto sin cabeza porque representaba a todos los hombres, por lo tanto, no podía particularizar. Las cabezas, de a dos, asomadas en las pequeñas ventanas, mostraban sus grandes ojos bien abiertos y la inmensa multitud de ojos, solamente ojos que navegaban en el espacio acompañados por las estrellas que relucían, esplendorosas, en la corriente azul. Sí, eso era lo que ella había visto, su primera visión.
Recordaba aquellos días con intensa emoción y pretendía trasmitirla en sus representaciones. ¡ Ay! Se había corrido el pergamino y casi se había caído el pote de azul. Mucho tenía que cuidarlo porque, sin él, los cielos y la Virgen iban a quedar de tonos distintos ya que tendría que combinar varios colores y distintos tonos para lograr ese color como a ella le gustaba.
Era en la segunda visión que aparecía el monstruo negro, con alas negras y tres lenguas también negras. Mejor era enmarcar el pergamino primero con algo que lo realzara, sí, lo iba a adornar bien a ese marco con grecas y plantas y muchos colores azules, marrones, verdes y, sí,  una gran flor roja en al costado superior derecho compensaría el negro del monstruo y le daría calidez a lo pintado. Después de todo, su visión había sido la del nacimiento de Adán que, acechado por el monstruo del pecado, estaba, al mismo tiempo, amparado por la enorme planta verde con flores amarillas que lo protegía con su belleza. Ella no era sino el árbol de la sabiduría, a la que el demonio ni conocería ni sabría qué era. Porque Satán o Lucifer no era sino el demonio que, llevado por su orgullo y su suprema belleza, había sido condenado por Dios a causa de su envanecimiento y arrojado a las llamas del infierno. Hildegarda también había escrito que en esa visión estaba Eva, nacida de la costilla de Adán. Eva que significaba la debilidad y Adán la fortaleza y que debían estar juntos porque Dios así lo había dispuesto. Eva, salida de la carne de Adán era para siempre carne de su carne, sangre de su sangre y, juntos, procrearían  a sus hijos: la humanidad entera. La madre de toda la humanidad, la que los llevaba en sí a todos los hombres por toda la eternidad, siempre debería estar junto a su hombre, a Adán y no se deberían separar jamás, como tampoco lo deberían hacer los hombres y mujeres que descendieran de ellos, solamente podía quedar solo aquel hombre que se consagrara a la Iglesia. Porque los hombres amarían siempre a Dios, a pesar de sus debilidades y de sus pecados. Pero, para los que no amaran a Dios, para los condenados por la eternidad, “la luz de los impíos se extinguirá, el infierno los cubrirá con sus ondas y estarán bajo las tormentas de Su cólera. Ellos serán como las briznas de paja bajo la furia del viento y como las cenizas que el torbellino dispersa”. Para los demás, la gloria eterna de Dios.
Sus visiones, ella bien lo sabía al escribirlas, eran las reglas a las que debían atenerse los hombres, pues siempre contenían indicaciones y preceptos de vida para todos. En ésta, su segunda visión, hablaba del matrimonio y sus reglas.
Pero fue en la tercera visión, cuando Dios, Job, y David hablaban, cuando vio ese increíble formato oval del globo terrestre y comprendió el significado de la ascensión del sol y de su inclinación, y supo del significado de las tormentas, los vientos, los terremotos y de la condena de Dios a los augures que pretendían saber el futuro a través de la interpretación de los astros. Fue una visión estremecedora.
Ahí entonces comprendió que las cosas intemporales y eternas se muestran a los hombres a través de las cosas sensibles. No podía ser de otra manera. ¡Ah, el fuego, ese fuego maravilloso envuelto en las sombras!. ¡Sí, no tenía ninguna duda! Era imprescindible comenzar de inmediato. A ver, los marcos bien delineados, y el fuego abrasador, el fuego que todo lo consumía desbordándolo, sí, ésa era la réplica de su visión. Y las tres cabezas, una vez eran verdes, otra azules y la tercera rojas, con lenguas y hablando, por eso había pintado esas ondas saliendo de sus bocas, sí ésos eran los augures, aquellos que Dios había condenado porque era un engaño querer adivinar el porvenir a través de lo celeste. Era, sin duda, un engaño de Lucifer, de Satán, del Diablo. Sí, mejor ponía las flores junto a las lenguas de fuego, el rojo y al amarillo le parecían los colores adecuados para pintarlos juntos. De cualquier manera, las flores eran también una manifestación sensible de la hermosura del Paraíso, sin duda, era así. Ahora se iba a dedicar a pintar la luna que, como estaba en el cielo y él era perfecto, debía ser pintada en círculos, ya sabía de su perfección y la luna era, a su modo, perfecta también. Ese círculo tenía que resplandecer con el brillo del sol, que tanto le gustaba hacer resaltar con el amarillo dorado y las estrellas fijas como puntos en el espacio y la luna, tan blanquecina, sería como una hoz reluciente recortándose en el cielo. Pero ¿interpretarían, acaso, que era ésta un signo de lo musulmán? No, no sabía cómo podía habérsele ocurrido. Nadie pondría en duda la perfecta reproducción de la luna, era ella y nada más, ella, tan blanca y tan linda y a la que tanto le gustaba ver en las frías noches del norte, cuando observaba el cielo y se maravillaba de la gran obra de Dios. Ella había escuchado su voz que le había dicho: “Dios, que ha hecho todas las cosas por su voluntad, las ha creado para el conocimiento y el honor de Su nombre, no solamente para mostrar  las cosas visibles y temporales, sino las cosas invisibles y eternas que se manifiestan en ellas”. Sí, su visión le había confirmado, una vez más, la gloria, el poder y el misterio de lo divino.
Pero la visión cuarta, a la que se dedicaría en los próximos días, había sido muy extraña.
Mejor sería dividir el pergamino, pensó, porque era mucho lo que tenía que dibujar y pintar. Los ojos, siempre los ojos, multitud de ojos y estrellas en el cielo azul, la Virgen postrada con el niño Jesús en el vientre y su largo cordón umbilical que la unía a los ojos y a la cabeza de un hombre y, también, los hombres vestidos de blanco, con sus túnicas cortas y con sus pies con calzados en punta y llevando ofrendas en sus cestas. Estaba segura de que, en algunas de las cestas de arcilla sus ofrendas consistían en quesos, redondos quesos gustosos de la región que ella bien conocía. Hasta sabía de su fabricación, a la que se dedicaban algunos hombres de la zona. Ella, siempre tan inquieta, debía reconocerlo, se había interesado mucho por ese tema, tanto por su afán por la química como por su gusto particular por ellos, así sabía el tiempo que se debía esperar para que sazonaran convenientemente y adquirieran su punto justo de maduración. El color, en eso, también la ayudaba porque todos los quesos tenían matices distintos.
Pero debía abocarse a otra cosa en ese momento, debía pintar los monstruos, esos horribles monstruos que siempre se le presentaban en forma de horrendos lobos rojos con largas orejas junto con los terribles diablos dentudos y los que vomitaban fuego. Todo rojo, el rojo, el rojo infernal al que tanto temía, hasta aparecía el rojo en la sangre de un hombre cuyo brazo estaba apretado por un torniquete.
Las continuas alusiones al Diablo y a las cadenas de Satán, en su visión cuarta, aludían al combate que se desarrollaba entre el alma y la astucia satánica. El alma, dolorida y mostrando sus heridas, resistía a los engaños del diablo que la incitaba a la corrupción y al vicio –al que arrastraba a los hombres con su persuasión dialéctica que tantos males causaba– y que ella veía como  escorpiones, serpientes y dragones, monstruos diabólicos todos ellos.
Hildegarda comprendía bien la batalla titánica que debía librar para resguardar las almas, ellas eran las flores de su huerto y su propio nombre, Hildegarda “la que cuida su jardín” le había indicado cultivarlas y cuidarlas, estaba escrito en sus letras lo que debía hacer y a eso se había dedicado.
Ahora leía nuevamente lo escrito sobre esa visión: “Oh, hija, corre con las alas que te han sido dadas, con el fin de que vueles, por el poder donador al que nadie puede resistir. Vuela, con la rapidez de tus alas, por sobre todas las contrariedades. Y, reconfortada por numerosos consuelos, desplegué las alas y atravesé rápidamente todas las serpientes venenosas y mortales”...
“¿De dónde viene el mal que causan los errores? De ella, de la antigua serpiente que posee la astucia, la bajeza y el veneno mortal de la injusticia que me incita a la obstinación en el pecado y me dice ¿Qué es Dios?. ¿No sé qué es Dios?.”... [7]
¡Cómo no saberlo, cómo no verlo, no oírlo, cuando todo canta Su gloria, cuando los siglos repetirán su nombre y los hombres acudirán a él como fuente de su saber, o, quizás, lo rechazarán, acuciados por el diablo que sólo busca confundirlos!
Hoy creen en Él, mañana, tal vez, decretarán su muerte, pero nunca podrán ignorarlo porque jamás los hombres podrán explicar por qué son posibles el conocimiento y la ignorancia, la belleza y la fealdad, el amor y el odio, por qué, en fin, la humanidad es tal como es.
La visionaria pintora había intuido todo eso, y, con un gesto de amor infinito, agradeció el poder dado por Él de haber podido unir la magia de la palabra escrita, que apuntaba al corazón y a la razón, con la belleza de las imágenes que se dirigían a los ojos para recrear el espíritu de todos los hombres.
Ya el crepúsculo había anulado el contorno de las cosas cuando la abadesa llegó a su celda. Aún titilaba la tenue luz de una vela. Hildegarda pensó en su obra y sonrió. No pudo ver como las brillantes alas que ascendían hacia el cielo iluminaron, con su destello iridiscente, la vieja abadía.


NOTAS:

[1] Huyghe, René. El arte y el hombre. París - Buenos Aires- México: Larousse. Edición española, Pala, 1966, tomo II, p. 226. (vuelve al texto)
[2] Hauser, Arnold. Historia social de la literatura y el arte. Trad. A. Tovar y E.P: Varas-Reyes. Madrid: Guadarrama, 1964, p.208. (vuelve al texto)
[3] Cfr., Huyghe, René, op. cit., cap. XI y XII. (vuelve al texto)
[4] Hauser, Arnold, op. cit., p. 204. (vuelve al texto)
[5] Crouzet, Maurice. Historia general de  las civilizaciones. Tomo III, Ferroy, Eduard, Auboy et alii, La Edad Media. Trad. por Ripoll Perelló, Eduardo. Barcelona: Destino, 1961, p.389 (vuelve al texto)
[6] Cfr. Chevalier, Jean; Gheerbranbt, Alain. Dictionnaire des symboles. 8me. Édition. Paris: Seghers, 1974, p.207. (vuelve al texto)
[7] Sainte Hildegarde. Scivias ou Les Trois Livres des Visions et Révélation, , trad. del latín de R.. Chamonal, dedicado a Monsieur le Comte Charles-Diedonen Dejean, (versión electrónica), Libro I. Visiones 1 a IV, (trad. propia). (vuelve al texto)

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