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Pernoud, Régine. Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du XIIe siècle. Nouvelle édition. France: Éd. Du Rocher, 1995. 221 p.
CAPÍTULO
PRIMERO
El capítulo primero se refiere a la infancia de Hildegarda en el monasterio benedictino de Disibodenberg, subrayando la importancia del orden de vida impuesto por la liturgia de las horas canónicas oración y canto, y su incidencia en la formación de la joven. 1095.- El 18 de noviembre, en la catedral de Clermont, el Papa Urbano II exhorta a los cristianos a reconquistar la Ciudad Santa, Jerusalén, en poder de los turcos quienes, a lo largo del siglo, habían masacrado las poblaciones del Asia Menor, los bizantinos, los armenios luego y los sirios. La respuesta al llamado del Papa es la Primera Cruzada predicada entre otros por Pedro el Ermitaño, que involucró a señores, caballeros, campesinos y religiosos, y que llegó a Antioquía luego de tres años (1098, el año del nacimiento de Hildegarda de Bingen), apoderándose tras dura lucha del lugar. En Tarso edificaron una catedral dedicada a San Pablo. También en Europa se multiplicaba la construcción de iglesias: la Casa de Dios, la abadía de Cluny, la iglesia de Santa Flora, la catedral de San Esteban en Limoges, entre otras. Y de las ciudades, y de los castillos. Florecen asimismo las abadías y se renueva la vida monástica: en 1098 se funda la abadía de Cîteaux, que profundiza la observancia de la regla benedictina, y en la que se destacará poco después San Bernardo. En este mundo nace la décima hija de Hildeberto y Matilde de Bermersheim, Hildegarda. De su infancia dirá: "A los tres años de edad, vi una luz tal que mi alma se estremeció, pero por ser tan pequeña, no pude decir nada. [...] A los ocho años fui ofrecida a Dios como ofrenda espiritual, y hasta los quince años vi muchas cosas, y a veces las decía con total simplicidad; pero quienes me escuchaban se preguntaban de dónde venía y de qué se trataba lo que decía. Y yo misma, yo también me asombraba, porque lo que yo veía en mi alma lo veía sin perder la visión exterior, y al ver que esto no le sucedía a ninguna otra persona, ocultaba la visión de mi alma hasta donde me era posible. Ignoré muchas cosas de la vida exterior pues casi siempre estaba enferma después del tiempo de mi lactancia, y aún más tarde, lo que perjudicó mi desarrollo y me impidió cobrar fuerzas" (p. 15-16). La niña preguntó a su nodriza si ella también tenía visiones, y ante la respuesta negativa, se asustó y no comentó con nadie más el tema. Sin embargo, en las conversaciones cotidianas a veces anunciaba acontecimientos futuros, o bien hablaba de realidades que sonaban extrañas a quienes la escuchaban. A los ocho años y siguiendo una costumbre de la época la niña fue confiada para su educación a la hija del conde de Spanheim, Jutta, quien era reclusa en el monasterio de Disibodenberg, monasterio doble fundado tres o cuatro siglos atrás por un monje irlandés. Con su maestra aprendió los salmos y la ejecución del decacordio, con el que se acompañaba para cantarlos. Ése era, por entonces, el principio de toda educación: "aprender a leer" significaba "aprender el salterio", nos dice Pernoud (p. 17-18); probablemente se tratara de reconocer en los manuscritos los textos que se sabían de memoria. Más tarde, Hildegarda recordará que, si bien había aprendido el texto del salterio, los Evangelios y algunos libros de ambos Testamentos, no había estudiado sobre dichos textos la gramática: interpretación de las palabras, división de las sílabas, conocimiento de los casos y de los tiempos. Confiando en Jutta, la niña le hizo la confidencia de sus visiones, y Jutta acudió a su vez a Volmar, uno de los monjes del monasterio, que llegaría a ser consejero, secretario y amigo de Hildegarda a lo largo de treinta años. A la edad de catorce o quince años hizo sus votos religiosos, según la regla benedictina del monasterio, con sus horas canónicas, la misa cotidiana, los tiempos de trabajo y de descanso. Y vivió bajo el gobierno de Jutta hasta la muerte de ésta, en 1136, sucediéndole en el cargo de abadesa por elección de sus compañeras, cuyo número había aumentado durante esos años.
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