HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

Pernoud, Régine. Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du XIIe siècle. Nouvelle édition. France: Éd. Du Rocher, 1995. 221 p.

 

CAPÍTULO NOVENO
LAS ÚLTIMAS LUCHAS Y LA MÚSICA SACRA

 

Luego de su viaje a Colonia, Hildegarda realizó otros dos, a Maguncia y a Suabia (1170). El clero destinatario de esta última etapa se dirigió también a ella –a través de Werner, abad o preboste de las parroquias del lugar (Kircheim)–, pidiéndole el texto escrito de su predicación (Carta LII de la Patrología):

"Puesto que el perfume de vuestras virtudes ha penetrado los vastos espacios de la tierra, porque vuestro corazón no sólo ha embellecido el mundo obrando el bien, sino también profetizando el futuro y permitiendo por la gracia del Espíritu Santo contemplar las cosas celestiales, encontramos que es cosa digna –aunque nosotros seamos indignos– recomendarnos a vuestra santidad tanto como a vuestra fraternidad. [...]
En vuestra maternal piedad no descuidéis escribirnos y transmitirnos las palabras que, por instrucción del Espíritu Santo en nuestra presencia y la de otros muchos en Kircheim, nos habéis dirigido a propósito de la negligencia con que los sacerdotes celebran el divino sacrificio, de manera que esas palabras no se borren de nuestra memoria sino que las tengamos bajo nuestros ojos, solicitando durante mucho tiempo nuestra atención." (p. 169-170)

La respuesta de Hildegarda (1170) da a entender que ese clero, que había caído en la tibieza, había recibido con fervor sus amonestaciones y estaba resuelto a recuperar la santidad descuidada:

"Yo he visto, despierta en cuerpo y alma, una imagen muy bella que tenía la forma de una mujer de suavidad muy escogida, y tan amable por su deliciosa belleza que el espíritu humano no sería capaz de concebirla; su estatura era como desde la tierra hasta el cielo. También su rostro era de una extrema claridad y sus ojos miraban al cielo. Estaba vestida con una túnica blanquísima de seda clara y llevaba un manto adornado con piedras extremadamente preciosas: esmeraldas, zafiros, diamantes y perlas, y tenía en sus pies calzado de ónix. Pero su rostro estaba cubierto de polvo y su vestido del lado derecho había sido desgarrado, y el manto había perdido su elegante belleza; también el calzado estaba sucio, y ella gritaba hacia las alturas del cielo con una voz fuerte y siniestra, diciendo: 'Escucha, cielo, pues mi rostro está manchado, y llora, oh tierra, pues mi vestidura está desgarrada. Y vosotros, abismos, gemid, pues mi calzado está tiznado. Los zorros tienen sus madrigueras, y los pájaros del cielo tienen sus nidos, pero yo no tengo ni ayuda ni consolador ni bastón en el que apoyarme y que pueda sostenerme.'
Y continúa diciendo: 'Yo he vivido en el corazón del Padre hasta que el Hijo del hombre, que fue concebido y ha nacido de una Virgen, hubo derramado su sangre. Él, que me desposa y me dota con su misma sangre de manera de ser regenerada, por la regeneración pura y simple del Espíritu y del agua, de lo que había contaminado y consumido el odio de la serpiente. Los que velan por mí, a saber, los sacerdotes que deberían volver mi rostro rutilante como la aurora y gracias a los cuales mi vestidura debería brillar como el relámpago y mi manto destellar por las piedras preciosas, y mi calzado relucir de blancura, ellos han rociado de polvo mi rostro, han desgarrado mis vestiduras, han oscurecido mi manto y ensuciado mi calzado. Los que hubieran debido adornarme por todas partes me han devastado toda. [...] Los sacerdotes de Cristo que hubieran debido volverme pura y servirme en la pureza no hacen sino agravar esas heridas en su exceso de avaricia, recorriendo las iglesias de la una a la otra.'[...]
Ciertamente los falsos sacerdotes se engañan a sí mismos, los que quieren tener el honor del oficio sacerdotal sin ejercer el cargo. Lo que no puede ser, pues a ninguna persona le será dada recompensa sin que el trabajo que corresponde haya sido cumplido. Tan pronto como la gracia de Dios toca al hombre, ella lo lleva a obrar para recibir recompensa.
'Los príncipes y el pueblo, temerarios, quieren arrojarse contra vosotros, oh sacerdotes que hasta aquí me habéis descuidado. Os perseguirán y os pondrán en fuga, y se llevarán vuestras riquezas porque no habéis estado atentos a vuestro oficio sacerdotal en su tiempo. Y dirán de vosotros: ‘Rechacemos la Iglesia con sus adúlteros, sus ladrones, su gente llena de mal.' Y haciéndolo querrán prestar un servicio a Dios, pues dicen que la Iglesia está contaminada por vosotros [...]. Por permisión de Dios, mucha gente comenzará a irritarse contra vosotros en su juicio, y numerosos pueblos alimentarán pensamientos erróneos con respecto a vosotros, viendo que tenéis en nada vuestro oficio sacerdotal y vuestra consagración. Ayudarán a los reyes de la tierra a perseguiros y codiciarán vuestros bienes terrenales; y los jefes que os dominarán se reunirán para decidir expulsaros fuera de sus fronteras, porque por vuestras obras tan malvadas habéis arrojado de entre vosotros al Cordero inocente'. Esta imagen es la de la Iglesia.
Nuevamente yo, pobre mujer, he visto esta forma femenina con una espada salida de la vaina, suspendida en el aire, un costado de la hoja hacia el cielo y el otro hacia la tierra. Y esta espada estaba extendida sobre el pueblo espiritual que en otro tiempo el profeta había previsto cuando con admiración decía: '¿Quiénes son aquéllos que vuelan como las nubes y como las palomas sobre las ventanas?' Ésos, en efecto, elevados sobre la tierra y separados del común de los hombres, deberán vivir santamente con la simplicidad de la paloma en cuanto a las costumbres y a las obras, aun cuando al presente, en las costumbres y en las obras, son depravados. [...] Ahora, que el fuego inextinguible del Espíritu Santo os llene de manera tal que os convirtáis a este camino, el mejor." (p. 171-174)

Después de su estadía en Suabia, posiblemente Hildegarda se detuvo en la abadía benedictina de Hirsau, cerca de Freudenstadt. Fundada en el siglo XI, adoptó luego la reforma cluniacense, y vinculaba a sí más de cien monasterios. A esta abadía perteneció un casi contemporáneo de Hildegarda, Conrado de Hirsau, gran cultor de los autores clásicos como Cicerón, Horacio, Ovidio y tantos otros.

Del viaje anterior a Maguncia tenemos una carta de la abadesa a los prelados del lugar, en torno a un asunto que le deparó graves problemas, pero que dio lugar a una bellísima exposición acerca de la música, en el pensamiento de Hildegarda:

"En una visión [...] me veo obligada a escribir a propósito de lo que nos ha sido mandado por nuestros señores [Hildegarda y su convento dependían del arzobispo de Maguncia] a propósito de un muerto que ha sido sepultado entre nosotros bajo la dirección de un sacerdote, sin que esto haya suscitado dificultades. Algunos días después de que fuera sepultado, nuestros señores nos han ordenado retirarlo de nuestro cementerio. Por eso, atenaceada por un temor que se adivina, he mirado –según acostumbro– hacia la luz verdadera y he visto esto en mi alma, con los ojos abiertos: que, si según su orden se retira el cuerpo de este muerto, este traslado hará cernir sobre nosotros un gran peligro, bajo la forma de una vasta negrura sobre el lugar en el que estamos, nos rodeará a la manera de una nube negra, de ésas que acostumbran aparecer antes de la tempestad y el trueno. Entonces, en lo que concierne al cuerpo del difunto, que había sido confesado, ungido, había recibido la comunión y había sido enterrado sin contradicción, nosotros no hemos querido retirarlo y no nos hemos plegado a las exhortaciones de quienes quisieran persuadirnos u ordenárnoslo. No porque despreciemos en ningún caso el consejo de los hombres justos o de nuestros prelados, sino por miedo a que parezca que injuriamos –por cierta crueldad femenina– a aquél que, cuando aún estaba vivo, había recibido los sacramentos de Cristo. Sin embargo, para no encontrarnos en absoluta desobediencia, hemos callado los cánticos de alabanza divina, según el interdicto que se nos ha lanzado, y nos hemos abstenido de recibir el Cuerpo del Señor; aun cuando aproximadamente cada mes Lo recibíamos de manera habitual. Sobre esto, en tanto concebimos una profunda amargura –tanto mis hermanas como yo–, y permanecemos en gran tristeza, afligidas por un gran peso, yo escuché estas palabras en la visión:
'No es por las palabras humanas que os conviene absteneros del sacramento que ha revestido Mi Verbo, que es vuestra salvación y que ha nacido de manera virginal de la Virgen María, sino que sobre esto es necesario que demandéis el permiso a vuestros prelados, los que os han lanzado ese interdicto.'[...] Y así, yo escuché en el curso de la misma visión que yo era culpable de no haber venido a la presencia de mis señores con toda humildad y devoción para pedirles el permiso de comulgar, sobre todo dándose que no podía imputársenos como una falta el haber recibido a este muerto, que ha sido sepultado luego de ser provisto por su sacerdote de todo lo que conviene al cristiano, y ha sido acompañado por la procesión habitual hacia Bingen, sin que nadie hubiera encontrado nada que censurar." (p. 175-177)

La situación era muy dolorosa para Hildegarda. Evidentemente, los prelados estaban mal informados, pero habían decidido una sanción que privaba de los sacramentos a la abadía, y también de la liturgia cantada, tan cara a la tradición benedictina. Las monjas debían limitarse a murmurar sus oraciones, himnos y cánticos, acentuando la imagen de total desolación. La abadesa dice a quienes han tomado esa decisión, el significado teológico de la música.

"Recordemos cómo el hombre ha deseado reencontrar la voz del Espíritu Viviente que Adán había perdido por desobediencia; él, que antes de su falta, siendo todavía inocente, tenía una voz semejante a la que poseen los ángeles por su naturaleza espiritual. [...] Adán ha perdido esta semejanza que con la voz angélica tenía en el Paraíso y, en cuanto a ese arte con el cual estaba dotado antes del pecado, fue hasta tal punto adormecido que, despertándose como de un sueño, quedó en la ignorancia y en la incertidumbre de lo que había visto en sueños después de haber sido engañado por la sugestión del diablo. Oponiéndose a la voluntad de su Creador, se encuentra envuelto en las tinieblas de la ignorancia interior por su iniquidad. Pero Dios, que preserva para la beatitud primera las almas de los elegidos a la luz de la Verdad, vino a decidir Él mismo que cada vez que Él tocara el corazón de algunos hombres, derramando sobre ellos el Espíritu profético, les entregaría, al mismo tiempo que la iluminación interior, algo de lo que Adán había poseído antes del castigo de su desobediencia.
Entonces, para que el hombre pueda gozar de esta dulzura y de la alabanza divina de la que el mismo Adán gozaba antes de su caída, y de la que no podía ya acordarse en su exilio, para incitarlo a recordarlas los profetas, instruidos por ese mismo Espíritu que habían recibido, inventaron no sólo salmos y cánticos que eran cantados para aumentar la devoción de quienes los escuchaban, sino también diversos instrumentos de música gracias a los cuales emitían múltiples sonidos a fin de que, despiertos y ejercitados por estos medios, tanto por las formas y las cualidades de los instrumentos como por el sentido de las palabras que escuchaban y que se les repetían, los hombres pudieran ser instruidos interiormente. Es por eso que los sabios y los seres estudiosos, imitando a los santos profetas, gracias a su arte encontraron ellos también ciertos géneros de instrumentos para poder cantar según la delectación del alma. Y lo que cantaban, gracias a las articulaciones de sus dedos y a las flexiones que practicaban, lo adaptaron recordando a Adán formado por el dedo de Dios –es decir, el Espíritu Santo–, en cuya voz todo sonido de armonía y todo el arte de la música era suavidad, antes de que hubiera pecado. Si hubiese permanecido en el estado en el que había sido formado, la debilidad del hombre mortal no hubiera podido en manera alguna soportar la fuerza y la sonoridad de su voz.
Así pues, cuando el diablo mentiroso escuchó que bajo la inspiración de Dios el hombre había comenzado a cantar, y que por ello era invitado a recordar la suavidad de los cánticos de la patria celestial, al ver que las maquinaciones de su astucia quedaban reducidas a la nada, se aterrorizó, se atormentó y comenzó a reflexionar y a buscar, según los múltiples recursos de su maldad, de qué manera podría en lo sucesivo multiplicar, no sólo en el corazón del hombre las malvadas sugestiones e inmundos pensamientos o distracciones diversas, sino también en el corazón de la Iglesia, dondequiera que fuera posible, a través de disensos y escándalos o por órdenes injustas, perturbar o impedir la celebración y la belleza de la alabanza divina y de los himnos espirituales.
Es por eso que vosotros debéis reflexionar, vosotros y todos los prelados, con una vigilancia extrema y, antes de clausurar por una sentencia la boca de quienquiera que en la Iglesia canta las alabanzas de Dios, cuando lo suspendéis impidiéndole recibir los sacramentos, antes de hacer todo eso, es preciso que examinéis con cuidado las causas por las cuales lo hacéis, discutiéndolas de antemano con la más grande atención." (p. 177-179)

"‘El alma es una sinfonía'. Sobre el mismo tema, ella va a comentar las horas monásticas, esos tiempos de oraciones cantadas que se reiteran siete veces a lo largo del día para la alabanza de Dios. Y de la misma manera como ya ha mostrado cómo las horas canónicas recuerdan las intervenciones de Dios en las épocas bíblicas, establecerá una relación entre esos ritmos del día y los momentos de la creación:" (p. 180)

"Reflexionad que, puesto que el cuerpo de Jesucristo ha nacido del Espíritu Santo en la integridad de la Virgen María, así también el cántico de alabanza está arraigado en la Iglesia según la armonía celeste por el Espíritu Santo. En efecto, el cuerpo es la vestidura del alma que tiene una voz viviente, y es por eso que conviene que el cuerpo con el alma cante con su voz las alabanzas de Dios. De donde viene que el espíritu profético ordene expresamente que Dios sea alabado por la alegría de los címbalos y por otros instrumentos que hombres sensatos y sabios han inventado, porque todas las artes útiles y necesarias a los hombres provienen de este soplo de espíritu que Dios ha enviado al cuerpo del hombre, y porque es justo que en todo tiempo ellos alaben a Dios. Y porque al escuchar ciertos cantos el hombre a veces suspira y muchas veces gime recordando la naturaleza de la armonía celeste en su alma, el profeta, considerando y sabiendo la naturaleza del espíritu –pues que el alma es de naturaleza sinfónica–, nos exhorta en el salmo que cantamos a Dios con la cítara, y que salmodiamos con el decacordio. [...] Y así se llama laudes (alabanza) el comienzo del día, cuando la aurora surge antes del sol, y en seguida Tú, verdadera sabiduría y caridad verdadera, has inspirado en él un soplo de vida. En efecto, al igual que el sol después de la aurora envía al punto sus rayos fulgurantes, el alma, soplo de vida que es fuego, cuya llama es racionalidad, se hace reconocer por su ciencia del Bien y del Mal, como el sol se reconoce por su esplendor.
El tiempo siguiente durante el cual Dios pone a Adán en el Paraíso y le muestra el glorioso placer de ese Paraíso, le concede todos los frutos excepto el [del] árbol de la ciencia del Bien y del Mal, fue como de la hora primera (prima) a la tercera (tertia).
El tiempo durante el cual Adán llama por sus nombres a todo cuanto respira y a todas las aves del cielo que vio y conoció en la visión de su ciencia, y durante el cual oyó a Dios hablarle en la claridad de Su divinidad, ése fue el espacio entre la hora tercera a la sexta (sexta). Dios se le apareció entonces del lado del oriente, y él no veía Su Rostro, sino la claridad de Su Rostro. En seguida Dios, habiéndolo regocijado por este conocimiento, envió sobre él el sueño y así, el alma dichosa en el deseo del sueño, se durmió como un hijo delante de su padre. En ese sueño Dios mantuvo su espíritu a la misma altura que el cuerpo adonde lo había enviado con la ciencia del Bien y del Mal, y todo lo que iba a venir. Le muestra su progenitura destinada a completar la Jerusalén celestial. Y en ese mismo sueño le quita una costilla y hace a la mujer que, cuando le fue presentada y él la hubo visto, regocijó grandemente a Adán. Él y su esposa elegían lo que iban a comer y a hacer; ella, encontrándose próxima al árbol de la ciencia del Bien y del Mal, esperaba a su esposo. Viéndolo, la antigua serpiente que la miraba como los ángeles miran al Señor se aproxima para engañarla. El espacio de tiempo durante el que todo esto se llevó a cabo fue como el espacio desde la hora sexta hasta la novena (nona).
La mujer que Dios había hecho en el Paraíso de una costilla del hombre vivificada –teniendo entonces en su presciencia y previendo la vida en la que toda vida permanece cuando [la vida] desciende en la mujer, [la vida] por la que todo hombre está destinado a entrar en la gloria del Paraíso celestial–, seducida por la serpiente ofreció a su esposo un alimento de muerte. Cuando ellos se encontraban desnudos en su propia claridad, la claridad de Dios que inicialmente se había aparecido a Adán se les apareció como una llama por el lado sur y dijo: 'Adán, ¿dónde estás?' Este espacio de tiempo fue como el que hay entre la hora novena y la de vísperas (visperas). Después de lo cual, expulsados del Paraíso, vinieron al mundo y encontraron ya la noche sobre la tierra." (p. 180-182)

En otro lugar, en el Libro de las obras divinas, al narrar la séptima visión, Hildegarda habla de "la flauta de la santidad, la cítara de la alabanza, el órgano de la humildad, que es la reina de las virtudes" (p. 182). Y continúa aquí la carta amonestando con acritud a quienes pretenden silenciar la música litúrgica:

"Ésos que injustamente han privado a Dios de la belleza de Su alabanza en la tierra, no gozarán en el cielo de la compañía de las alabanzas angélicas, a menos que se corrijan por una verdadera penitencia y con una humilde satisfacción." (p. 183)

No parece probable que los prelados tuvieran en poco tales reproches que comprendían bien, pues tenían una gran tradición en el canto litúrgico: uno de sus arzobispos, Rabano Mauro, es el autor del famoso himno Ven, Espíritu creador (Veni, Creator Spiritus). Sin embargo, Hildegarda no tuvo la respuesta esperada, y debió recurrir al arzobispo de Colonia, Felipe, quien se trasladó al lugar acompañado de un caballero a quien se le había levantado la excomunión al mismo tiempo que se lo había hecho con el noble sepultado en el cementerio de la abadía de Hildegarda, y que lo atestiguaba. La interdicción iba a ser levantada, cuando un nuevo episodio de la historia lo complicó todo de nuevo.

En efecto, el arzobispo de Maguncia, Christian, envió una carta desde Roma confirmando la medida contra Hildegarda, quien se apresuró a escribirle suplicándole que se informara mejor de las circunstancias de la muerte y sepultura del caballero; una segunda carta del arzobispo lo muestra informado, y de hecho, en ella levanta la sanción.

La carta a los prelados de Maguncia, además de tratar el problema de los cátaros, incluye tópicos muy característicos de la visionaria:

"Es bienaventurado, en efecto, el hombre al que Dios ha hecho como el tabernáculo de Su sabiduría, gracias a la sensualidad de sus cinco sentidos, quien hasta el fin de su vida por los santos deseos de las buenas obras, el hambre de justicia y de las virtudes más dulces de la que jamás podrá ser saciado, asciende continuamente de novedad en novedad por la gracia de Dios, y de la misma manera llegará felizmente a la gloria de la vida que no cambia, que es sin disgusto y permanece siempre, sin fin. En efecto, de la misma manera Dios hace todas las cosas nuevas hasta el último día, y lo que Él quiere hacer después de ese último día, gracias a Su poder y a Sus infinitas posibilidades, eso queda como conocido sólo por Él. Entretanto, los hombres bienaventurados que vivan en esta novedad tendrán, gracias a las cítaras y a las sinfonías y en el sonido de toda alabanza, una alegría de todas las alegrías sin fin, en presencia de Dios." (p. 185-186)

La valoración del hombre en cuerpo y alma, y el tema del valor sagrado de la música. Y otra vez la consideración del alma como "fecundidad del cuerpo":

"En efecto, el alma obra por el cuerpo y el cuerpo por el alma, y el alma es la fecundidad del cuerpo, y así el hombre se revela plenamente, en quien se encuentran fuego, agua y aire acuoso –o aire húmedo–, este aire húmedo por el cual él mismo aspira y respira el soplo húmedo. Al igual que el sol, desde el lugar en que se encuentra la rueda del círculo que cumple agitado con el viento, expande el calor de sus rayos y suscita todas sus fuerzas y sus virtudes, así el alma racional expande en el cuerpo su soplo húmedo, y esto se produce en la criatura que ella conoce gracias a su razón. En efecto, el alma y el cuerpo con sus fuerzas y sus particulares recursos, lo mismo que la carne y la sangre, son uno, y por los tres, a saber: el cuerpo, el alma y la razón, el hombre se encuentra completado y puede obrar." (p. 185)

También hay allí una referencia al pobre inspirada, según Hildegarda, en la carta de Santiago apóstol:

"El rico quiere ser honrado a causa de su gran fortuna: es recibido, honrado, sobre todo por la ayuda que aporta contra la adversidad y por el temor ante su poder. El pobre debe ser recibido por amor a Cristo y porque es hermano del hombre. El uno y el otro no pueden ser considerados semejantes, pues eso sería no discernir. Aquél que hace sentar al rico y al pobre en el mismo asiento, [se encuentra con que] el rico desdeñaría hacerlo, y el pobre se sentiría espantado. Pero el pobre debe ser recibido y considerado por el amor de Dios, pues es hermano del hombre; y aunque Dios permite que el rico posea las riquezas que dé parte a los pobres, no obstante Él ama la figura del pobre, que es Su imagen. En efecto, el rico, a causa del orgullo de sus riquezas, domina a los hombres a los que puede perjudicar, y los trata como si no fueran hombres como él, y en esto ha blasfemado contra el nombre de hombre, ése que es por sí mismo imagen y semejanza de Dios." (p. 186-187)

Superados ya los conflictos, Hildegarda transcurre en el monasterio de Eibingen sus últimos días, asistida por Guiberto de Gembloux, su último secretario. Su muerte fue descripta por las religiosas de esta manera: "Presa de disgusto por la vida presente, cada día ella deseaba irse y estar con Cristo. Dios, escuchando su deseo, le revela su fin lo mismo que ella antes lo había predicho en espíritu de profecía, y ella lo predice un tiempo antes a sus hermanas. En fin, sufriendo por su enfermedad, pasa felizmente de este mundo hacia el Esposo celestial a los ochenta y dos años de edad, el 15 de las calendas de octubre (17 de noviembre) del año 1179. Sus hijas, para quienes ella era toda la alegría y la consolación, llorando muy amargamente asistieron a los funerales de la madre bienamada, pues si bien no habían dudado de las recompensas y de la ayuda que ella había de brindarles, sin embargo, a causa de la partida de aquélla por la que siempre eran consoladas, experimentaban en su corazón una inmensa tristeza. Sobre la mansión en la que la santa virgen entregaba dichosa su alma a Dios, al comienzo de la noche del domingo, aparecieron en el cielo dos arcos muy brillantes y de diversos colores, que iban dilatándose a lo largo de un gran escenario y se extendían sobre las cuatro partes de la tierra, uno del norte al sur, el otro del oriente al occidente. Los dos arcos se juntaban en la parte alta. Una luz clara emergía, como la del círculo lunar, y extendiéndose a lo lejos, parecía repeler de su casa las tinieblas de la noche. En esta luz se vio una cruz rutilante, inicialmente pequeña, creciendo poco a poco, hasta llegar a ser inmensa, en torno a la cual se mostraban innumerables círculos de variados colores, en los cuales se veían pequeñas cruces brillantes en sus círculos, entre las más pequeñas la primera. Y como se extendía en el firmamento, se desplegaba hacia el oriente e iluminaba la tierra junto a la morada en la que la virgen santa había pasado de la tierra al cielo, y luego parecía declinar. Puede creerse que por este signo Dios muestra con qué claridades había inundado a aquélla que Él amaba, en las moradas celestiales." (p. 187-188). En esa Vida se mencionan algunos milagros acontecidos sobre su tumba, entre los que se cuentan curaciones.

La época de la muerte de Hildegarda se presenta con gran vitalidad: en la arquitectura (las iglesias góticas), en las peregrinaciones a Tierra Santa... Tan sólo ocho años después Saladino conquista Jerusalén, pero los caballeros cristianos no abandonan el territorio. Por otra parte, el comercio con el Oriente ha cambiado aspectos de la cultura en Occidente, y también la ciencia y la política experimentan cambios. También habrá visionarios y profetas como Joachim dei Fiori (muerto en el 1204), quien predijo una nueva era, el reinado del Espíritu, y contó con numerosos seguidores –principalmente franciscanos–, aunque se apartó de la ortodoxia en su interpretación de los Evangelios y en su relación con la Iglesia.

La vida intelectual se desarrollará principalmente en las Universidades, surgidas en el siglo XIII, y dará un lugar preeminente a Aristóteles que, rechazado primero por el pensamiento cristiano, se impone luego gracias a los esfuerzos de san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino. En cuanto a la vida religiosa, se profundizan las reformas de las órdenes como el Carmelo, y la jerarquía eclesiástica tiende a separarse del poder político, al tiempo que busca una mayor austeridad de vida.

 

 

 

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