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Pernoud, Régine. Hildegarde de Bingen.
Conscience inspirée du XIIe siècle. Nouvelle édition.
France: Éd. Du Rocher, 1995. 221 p.
CAPÍTULO
NOVENO
LAS ÚLTIMAS LUCHAS Y LA MÚSICA SACRA
Luego de su viaje a Colonia, Hildegarda realizó otros dos, a
Maguncia y a Suabia (1170). El clero destinatario de esta última
etapa se dirigió también a ella a través
de Werner, abad o preboste de las parroquias del lugar (Kircheim),
pidiéndole el texto escrito de su predicación (Carta
LII de la Patrología):
"Puesto que el perfume de vuestras virtudes ha penetrado los
vastos espacios de la tierra, porque vuestro corazón no sólo
ha embellecido el mundo obrando el bien, sino también profetizando
el futuro y permitiendo por la gracia del Espíritu Santo contemplar
las cosas celestiales, encontramos que es cosa digna aunque
nosotros seamos indignos recomendarnos a vuestra santidad tanto
como a vuestra fraternidad. [...]
En vuestra maternal piedad no descuidéis escribirnos y transmitirnos
las palabras que, por instrucción del Espíritu Santo
en nuestra presencia y la de otros muchos en Kircheim, nos habéis
dirigido a propósito de la negligencia con que los sacerdotes
celebran el divino sacrificio, de manera que esas palabras no se borren
de nuestra memoria sino que las tengamos bajo nuestros ojos, solicitando
durante mucho tiempo nuestra atención." (p. 169-170)
La respuesta de Hildegarda (1170) da a entender que ese clero, que
había caído en la tibieza, había recibido con fervor
sus amonestaciones y estaba resuelto a recuperar la santidad descuidada:
"Yo he visto, despierta en cuerpo y alma, una imagen muy bella
que tenía la forma de una mujer de suavidad muy escogida, y
tan amable por su deliciosa belleza que el espíritu humano
no sería capaz de concebirla; su estatura era como desde la
tierra hasta el cielo. También su rostro era de una extrema
claridad y sus ojos miraban al cielo. Estaba vestida con una túnica
blanquísima de seda clara y llevaba un manto adornado con piedras
extremadamente preciosas: esmeraldas, zafiros, diamantes y perlas,
y tenía en sus pies calzado de ónix. Pero su rostro
estaba cubierto de polvo y su vestido del lado derecho había
sido desgarrado, y el manto había perdido su elegante belleza;
también el calzado estaba sucio, y ella gritaba hacia las alturas
del cielo con una voz fuerte y siniestra, diciendo: 'Escucha, cielo,
pues mi rostro está manchado, y llora, oh tierra, pues mi vestidura
está desgarrada. Y vosotros, abismos, gemid, pues mi calzado
está tiznado. Los zorros tienen sus madrigueras, y los pájaros
del cielo tienen sus nidos, pero yo no tengo ni ayuda ni consolador
ni bastón en el que apoyarme y que pueda sostenerme.'
Y continúa diciendo: 'Yo he vivido en el corazón del
Padre hasta que el Hijo del hombre, que fue concebido y ha nacido
de una Virgen, hubo derramado su sangre. Él, que me desposa
y me dota con su misma sangre de manera de ser regenerada, por la
regeneración pura y simple del Espíritu y del agua,
de lo que había contaminado y consumido el odio de la serpiente.
Los que velan por mí, a saber, los sacerdotes que deberían
volver mi rostro rutilante como la aurora y gracias a los cuales mi
vestidura debería brillar como el relámpago y mi manto
destellar por las piedras preciosas, y mi calzado relucir de blancura,
ellos han rociado de polvo mi rostro, han desgarrado mis vestiduras,
han oscurecido mi manto y ensuciado mi calzado. Los que hubieran debido
adornarme por todas partes me han devastado toda. [...] Los sacerdotes
de Cristo que hubieran debido volverme pura y servirme en la pureza
no hacen sino agravar esas heridas en su exceso de avaricia, recorriendo
las iglesias de la una a la otra.'[...]
Ciertamente los falsos sacerdotes se engañan a sí mismos,
los que quieren tener el honor del oficio sacerdotal sin ejercer el
cargo. Lo que no puede ser, pues a ninguna persona le será
dada recompensa sin que el trabajo que corresponde haya sido cumplido.
Tan pronto como la gracia de Dios toca al hombre, ella lo lleva a
obrar para recibir recompensa.
'Los príncipes y el pueblo, temerarios, quieren arrojarse contra
vosotros, oh sacerdotes que hasta aquí me habéis descuidado.
Os perseguirán y os pondrán en fuga, y se llevarán
vuestras riquezas porque no habéis estado atentos a vuestro
oficio sacerdotal en su tiempo. Y dirán de vosotros: Rechacemos
la Iglesia con sus adúlteros, sus ladrones, su gente llena
de mal.' Y haciéndolo querrán prestar un servicio a
Dios, pues dicen que la Iglesia está contaminada por vosotros
[...]. Por permisión de Dios, mucha gente comenzará
a irritarse contra vosotros en su juicio, y numerosos pueblos alimentarán
pensamientos erróneos con respecto a vosotros, viendo que tenéis
en nada vuestro oficio sacerdotal y vuestra consagración. Ayudarán
a los reyes de la tierra a perseguiros y codiciarán vuestros
bienes terrenales; y los jefes que os dominarán se reunirán
para decidir expulsaros fuera de sus fronteras, porque por vuestras
obras tan malvadas habéis arrojado de entre vosotros al Cordero
inocente'. Esta imagen es la de la Iglesia.
Nuevamente yo, pobre mujer, he visto esta forma femenina con una espada
salida de la vaina, suspendida en el aire, un costado de la hoja hacia
el cielo y el otro hacia la tierra. Y esta espada estaba extendida
sobre el pueblo espiritual que en otro tiempo el profeta había
previsto cuando con admiración decía: '¿Quiénes
son aquéllos que vuelan como las nubes y como las palomas sobre
las ventanas?' Ésos, en efecto, elevados sobre la tierra y
separados del común de los hombres, deberán vivir santamente
con la simplicidad de la paloma en cuanto a las costumbres y a las
obras, aun cuando al presente, en las costumbres y en las obras, son
depravados. [...] Ahora, que el fuego inextinguible del Espíritu
Santo os llene de manera tal que os convirtáis a este camino,
el mejor." (p. 171-174)
Después de su estadía en Suabia, posiblemente
Hildegarda se detuvo en la abadía benedictina de Hirsau, cerca
de Freudenstadt. Fundada en el siglo XI, adoptó luego la reforma
cluniacense, y vinculaba a sí más de cien monasterios.
A esta abadía perteneció un casi contemporáneo
de Hildegarda, Conrado de Hirsau, gran cultor de los autores clásicos
como Cicerón, Horacio, Ovidio y tantos otros.
Del viaje anterior a Maguncia tenemos una carta de la abadesa a los
prelados del lugar, en torno a un asunto que le deparó graves
problemas, pero que dio lugar a una bellísima exposición
acerca de la música, en el pensamiento de Hildegarda:
"En una visión [...] me veo obligada a escribir a propósito
de lo que nos ha sido mandado por nuestros señores [Hildegarda
y su convento dependían del arzobispo de Maguncia] a propósito
de un muerto que ha sido sepultado entre nosotros bajo la dirección
de un sacerdote, sin que esto haya suscitado dificultades. Algunos
días después de que fuera sepultado, nuestros señores
nos han ordenado retirarlo de nuestro cementerio. Por eso, atenaceada
por un temor que se adivina, he mirado según acostumbro
hacia la luz verdadera y he visto esto en mi alma, con los ojos abiertos:
que, si según su orden se retira el cuerpo de este muerto,
este traslado hará cernir sobre nosotros un gran peligro, bajo
la forma de una vasta negrura sobre el lugar en el que estamos, nos
rodeará a la manera de una nube negra, de ésas que acostumbran
aparecer antes de la tempestad y el trueno. Entonces, en lo que concierne
al cuerpo del difunto, que había sido confesado, ungido, había
recibido la comunión y había sido enterrado sin contradicción,
nosotros no hemos querido retirarlo y no nos hemos plegado a las exhortaciones
de quienes quisieran persuadirnos u ordenárnoslo. No porque
despreciemos en ningún caso el consejo de los hombres justos
o de nuestros prelados, sino por miedo a que parezca que injuriamos
por cierta crueldad femenina a aquél que, cuando
aún estaba vivo, había recibido los sacramentos de Cristo.
Sin embargo, para no encontrarnos en absoluta desobediencia, hemos
callado los cánticos de alabanza divina, según el interdicto
que se nos ha lanzado, y nos hemos abstenido de recibir el Cuerpo
del Señor; aun cuando aproximadamente cada mes Lo recibíamos
de manera habitual. Sobre esto, en tanto concebimos una profunda amargura
tanto mis hermanas como yo, y permanecemos en gran tristeza,
afligidas por un gran peso, yo escuché estas palabras en la
visión:
'No es por las palabras humanas que os conviene absteneros del sacramento
que ha revestido Mi Verbo, que es vuestra salvación y que ha
nacido de manera virginal de la Virgen María, sino que sobre
esto es necesario que demandéis el permiso a vuestros prelados,
los que os han lanzado ese interdicto.'[...] Y así, yo escuché
en el curso de la misma visión que yo era culpable de no haber
venido a la presencia de mis señores con toda humildad y devoción
para pedirles el permiso de comulgar, sobre todo dándose que
no podía imputársenos como una falta el haber recibido
a este muerto, que ha sido sepultado luego de ser provisto por su
sacerdote de todo lo que conviene al cristiano, y ha sido acompañado
por la procesión habitual hacia Bingen, sin que nadie hubiera
encontrado nada que censurar." (p. 175-177)
La situación era muy dolorosa para Hildegarda. Evidentemente,
los prelados estaban mal informados, pero habían decidido una
sanción que privaba de los sacramentos a la abadía, y
también de la liturgia cantada, tan cara a la tradición
benedictina. Las monjas debían limitarse a murmurar sus oraciones,
himnos y cánticos, acentuando la imagen de total desolación.
La abadesa dice a quienes han tomado esa decisión, el significado
teológico de la música.
"Recordemos cómo el hombre ha deseado reencontrar la
voz del Espíritu Viviente que Adán había perdido
por desobediencia; él, que antes de su falta, siendo todavía
inocente, tenía una voz semejante a la que poseen los ángeles
por su naturaleza espiritual. [...] Adán ha perdido esta semejanza
que con la voz angélica tenía en el Paraíso y,
en cuanto a ese arte con el cual estaba dotado antes del pecado, fue
hasta tal punto adormecido que, despertándose como de un sueño,
quedó en la ignorancia y en la incertidumbre de lo que había
visto en sueños después de haber sido engañado
por la sugestión del diablo. Oponiéndose a la voluntad
de su Creador, se encuentra envuelto en las tinieblas de la ignorancia
interior por su iniquidad. Pero Dios, que preserva para la beatitud
primera las almas de los elegidos a la luz de la Verdad, vino a decidir
Él mismo que cada vez que Él tocara el corazón
de algunos hombres, derramando sobre ellos el Espíritu profético,
les entregaría, al mismo tiempo que la iluminación interior,
algo de lo que Adán había poseído antes del castigo
de su desobediencia.
Entonces, para que el hombre pueda gozar de esta dulzura y de la alabanza
divina de la que el mismo Adán gozaba antes de su caída,
y de la que no podía ya acordarse en su exilio, para incitarlo
a recordarlas los profetas, instruidos por ese mismo Espíritu
que habían recibido, inventaron no sólo salmos y cánticos
que eran cantados para aumentar la devoción de quienes los
escuchaban, sino también diversos instrumentos de música
gracias a los cuales emitían múltiples sonidos a fin
de que, despiertos y ejercitados por estos medios, tanto por las formas
y las cualidades de los instrumentos como por el sentido de las palabras
que escuchaban y que se les repetían, los hombres pudieran
ser instruidos interiormente. Es por eso que los sabios y los seres
estudiosos, imitando a los santos profetas, gracias a su arte encontraron
ellos también ciertos géneros de instrumentos para poder
cantar según la delectación del alma. Y lo que cantaban,
gracias a las articulaciones de sus dedos y a las flexiones que practicaban,
lo adaptaron recordando a Adán formado por el dedo de Dios
es decir, el Espíritu Santo, en cuya voz todo sonido
de armonía y todo el arte de la música era suavidad,
antes de que hubiera pecado. Si hubiese permanecido en el estado en
el que había sido formado, la debilidad del hombre mortal no
hubiera podido en manera alguna soportar la fuerza y la sonoridad
de su voz.
Así pues, cuando el diablo mentiroso escuchó que bajo
la inspiración de Dios el hombre había comenzado a cantar,
y que por ello era invitado a recordar la suavidad de los cánticos
de la patria celestial, al ver que las maquinaciones de su astucia
quedaban reducidas a la nada, se aterrorizó, se atormentó
y comenzó a reflexionar y a buscar, según los múltiples
recursos de su maldad, de qué manera podría en lo sucesivo
multiplicar, no sólo en el corazón del hombre las malvadas
sugestiones e inmundos pensamientos o distracciones diversas, sino
también en el corazón de la Iglesia, dondequiera que
fuera posible, a través de disensos y escándalos o por
órdenes injustas, perturbar o impedir la celebración
y la belleza de la alabanza divina y de los himnos espirituales.
Es por eso que vosotros debéis reflexionar, vosotros y todos
los prelados, con una vigilancia extrema y, antes de clausurar por
una sentencia la boca de quienquiera que en la Iglesia canta las alabanzas
de Dios, cuando lo suspendéis impidiéndole recibir los
sacramentos, antes de hacer todo eso, es preciso que examinéis
con cuidado las causas por las cuales lo hacéis, discutiéndolas
de antemano con la más grande atención." (p. 177-179)
"El alma es una sinfonía'. Sobre el mismo tema, ella
va a comentar las horas monásticas, esos tiempos de oraciones
cantadas que se reiteran siete veces a lo largo del día para
la alabanza de Dios. Y de la misma manera como ya ha mostrado cómo
las horas canónicas recuerdan las intervenciones de Dios en las
épocas bíblicas, establecerá una relación
entre esos ritmos del día y los momentos de la creación:"
(p. 180)
"Reflexionad que, puesto que el cuerpo de Jesucristo ha nacido
del Espíritu Santo en la integridad de la Virgen María,
así también el cántico de alabanza está
arraigado en la Iglesia según la armonía celeste por
el Espíritu Santo. En efecto, el cuerpo es la vestidura del
alma que tiene una voz viviente, y es por eso que conviene que el
cuerpo con el alma cante con su voz las alabanzas de Dios. De donde
viene que el espíritu profético ordene expresamente
que Dios sea alabado por la alegría de los címbalos
y por otros instrumentos que hombres sensatos y sabios han inventado,
porque todas las artes útiles y necesarias a los hombres provienen
de este soplo de espíritu que Dios ha enviado al cuerpo del
hombre, y porque es justo que en todo tiempo ellos alaben a Dios.
Y porque al escuchar ciertos cantos el hombre a veces suspira y muchas
veces gime recordando la naturaleza de la armonía celeste en
su alma, el profeta, considerando y sabiendo la naturaleza del espíritu
pues que el alma es de naturaleza sinfónica, nos
exhorta en el salmo que cantamos a Dios con la cítara, y que
salmodiamos con el decacordio. [...] Y así se llama laudes
(alabanza) el comienzo del día, cuando la aurora surge antes
del sol, y en seguida Tú, verdadera sabiduría y caridad
verdadera, has inspirado en él un soplo de vida. En efecto,
al igual que el sol después de la aurora envía al punto
sus rayos fulgurantes, el alma, soplo de vida que es fuego, cuya llama
es racionalidad, se hace reconocer por su ciencia del Bien y del Mal,
como el sol se reconoce por su esplendor.
El tiempo siguiente durante el cual Dios pone a Adán en el
Paraíso y le muestra el glorioso placer de ese Paraíso,
le concede todos los frutos excepto el [del] árbol de la ciencia
del Bien y del Mal, fue como de la hora primera (prima) a la tercera
(tertia).
El tiempo durante el cual Adán llama por sus nombres a todo
cuanto respira y a todas las aves del cielo que vio y conoció
en la visión de su ciencia, y durante el cual oyó a
Dios hablarle en la claridad de Su divinidad, ése fue el espacio
entre la hora tercera a la sexta (sexta). Dios se le apareció
entonces del lado del oriente, y él no veía Su Rostro,
sino la claridad de Su Rostro. En seguida Dios, habiéndolo
regocijado por este conocimiento, envió sobre él el
sueño y así, el alma dichosa en el deseo del sueño,
se durmió como un hijo delante de su padre. En ese sueño
Dios mantuvo su espíritu a la misma altura que el cuerpo adonde
lo había enviado con la ciencia del Bien y del Mal, y todo
lo que iba a venir. Le muestra su progenitura destinada a completar
la Jerusalén celestial. Y en ese mismo sueño le quita
una costilla y hace a la mujer que, cuando le fue presentada y él
la hubo visto, regocijó grandemente a Adán. Él
y su esposa elegían lo que iban a comer y a hacer; ella, encontrándose
próxima al árbol de la ciencia del Bien y del Mal, esperaba
a su esposo. Viéndolo, la antigua serpiente que la miraba como
los ángeles miran al Señor se aproxima para engañarla.
El espacio de tiempo durante el que todo esto se llevó a cabo
fue como el espacio desde la hora sexta hasta la novena (nona).
La mujer que Dios había hecho en el Paraíso de una costilla
del hombre vivificada teniendo entonces en su presciencia y
previendo la vida en la que toda vida permanece cuando [la vida] desciende
en la mujer, [la vida] por la que todo hombre está destinado
a entrar en la gloria del Paraíso celestial, seducida
por la serpiente ofreció a su esposo un alimento de muerte.
Cuando ellos se encontraban desnudos en su propia claridad, la claridad
de Dios que inicialmente se había aparecido a Adán se
les apareció como una llama por el lado sur y dijo: 'Adán,
¿dónde estás?' Este espacio de tiempo fue como
el que hay entre la hora novena y la de vísperas (visperas).
Después de lo cual, expulsados del Paraíso, vinieron
al mundo y encontraron ya la noche sobre la tierra." (p. 180-182)
En otro lugar, en el Libro de las obras divinas, al narrar la
séptima visión, Hildegarda habla de "la flauta de
la santidad, la cítara de la alabanza, el órgano de la
humildad, que es la reina de las virtudes" (p. 182). Y continúa
aquí la carta amonestando con acritud a quienes pretenden silenciar
la música litúrgica:
"Ésos que injustamente han privado a Dios de la belleza
de Su alabanza en la tierra, no gozarán en el cielo de la compañía
de las alabanzas angélicas, a menos que se corrijan por una
verdadera penitencia y con una humilde satisfacción."
(p. 183)
No parece probable que los prelados tuvieran en poco tales reproches
que comprendían bien, pues tenían una gran tradición
en el canto litúrgico: uno de sus arzobispos, Rabano Mauro, es
el autor del famoso himno Ven, Espíritu creador (Veni,
Creator Spiritus). Sin embargo, Hildegarda no tuvo la respuesta
esperada, y debió recurrir al arzobispo de Colonia, Felipe, quien
se trasladó al lugar acompañado de un caballero a quien
se le había levantado la excomunión al mismo tiempo que
se lo había hecho con el noble sepultado en el cementerio de
la abadía de Hildegarda, y que lo atestiguaba. La interdicción
iba a ser levantada, cuando un nuevo episodio de la historia lo complicó
todo de nuevo.
En efecto, el arzobispo de Maguncia, Christian, envió una carta
desde Roma confirmando la medida contra Hildegarda, quien se apresuró
a escribirle suplicándole que se informara mejor de las circunstancias
de la muerte y sepultura del caballero; una segunda carta del arzobispo
lo muestra informado, y de hecho, en ella levanta la sanción.
La carta a los prelados de Maguncia, además de tratar el problema
de los cátaros, incluye tópicos muy característicos
de la visionaria:
"Es bienaventurado, en efecto, el hombre al que Dios ha hecho
como el tabernáculo de Su sabiduría, gracias a la sensualidad
de sus cinco sentidos, quien hasta el fin de su vida por los santos
deseos de las buenas obras, el hambre de justicia y de las virtudes
más dulces de la que jamás podrá ser saciado,
asciende continuamente de novedad en novedad por la gracia de Dios,
y de la misma manera llegará felizmente a la gloria de la vida
que no cambia, que es sin disgusto y permanece siempre, sin fin. En
efecto, de la misma manera Dios hace todas las cosas nuevas hasta
el último día, y lo que Él quiere hacer después
de ese último día, gracias a Su poder y a Sus infinitas
posibilidades, eso queda como conocido sólo por Él.
Entretanto, los hombres bienaventurados que vivan en esta novedad
tendrán, gracias a las cítaras y a las sinfonías
y en el sonido de toda alabanza, una alegría de todas las alegrías
sin fin, en presencia de Dios." (p. 185-186)
La valoración del hombre en cuerpo y alma, y el tema del valor
sagrado de la música. Y otra vez la consideración del
alma como "fecundidad del cuerpo":
"En efecto, el alma obra por el cuerpo y el cuerpo por el alma,
y el alma es la fecundidad del cuerpo, y así el hombre se revela
plenamente, en quien se encuentran fuego, agua y aire acuoso o
aire húmedo, este aire húmedo por el cual él
mismo aspira y respira el soplo húmedo. Al igual que el sol,
desde el lugar en que se encuentra la rueda del círculo que
cumple agitado con el viento, expande el calor de sus rayos y suscita
todas sus fuerzas y sus virtudes, así el alma racional expande
en el cuerpo su soplo húmedo, y esto se produce en la criatura
que ella conoce gracias a su razón. En efecto, el alma y el
cuerpo con sus fuerzas y sus particulares recursos, lo mismo que la
carne y la sangre, son uno, y por los tres, a saber: el cuerpo, el
alma y la razón, el hombre se encuentra completado y puede
obrar." (p. 185)
También hay allí una referencia al pobre inspirada, según
Hildegarda, en la carta de Santiago apóstol:
"El rico quiere ser honrado a causa de su gran fortuna: es recibido,
honrado, sobre todo por la ayuda que aporta contra la adversidad y
por el temor ante su poder. El pobre debe ser recibido por amor a
Cristo y porque es hermano del hombre. El uno y el otro no pueden
ser considerados semejantes, pues eso sería no discernir. Aquél
que hace sentar al rico y al pobre en el mismo asiento, [se encuentra
con que] el rico desdeñaría hacerlo, y el pobre se sentiría
espantado. Pero el pobre debe ser recibido y considerado por el amor
de Dios, pues es hermano del hombre; y aunque Dios permite que el
rico posea las riquezas que dé parte a los pobres, no obstante
Él ama la figura del pobre, que es Su imagen. En efecto, el
rico, a causa del orgullo de sus riquezas, domina a los hombres a
los que puede perjudicar, y los trata como si no fueran hombres como
él, y en esto ha blasfemado contra el nombre de hombre, ése
que es por sí mismo imagen y semejanza de Dios." (p. 186-187)
Superados ya los conflictos, Hildegarda transcurre en el monasterio
de Eibingen sus últimos días, asistida por Guiberto de
Gembloux, su último secretario. Su muerte fue descripta por las
religiosas de esta manera: "Presa de disgusto por la vida presente,
cada día ella deseaba irse y estar con Cristo. Dios, escuchando
su deseo, le revela su fin lo mismo que ella antes lo había predicho
en espíritu de profecía, y ella lo predice un tiempo antes
a sus hermanas. En fin, sufriendo por su enfermedad, pasa felizmente
de este mundo hacia el Esposo celestial a los ochenta y dos años
de edad, el 15 de las calendas de octubre (17 de noviembre) del año
1179. Sus hijas, para quienes ella era toda la alegría y la consolación,
llorando muy amargamente asistieron a los funerales de la madre bienamada,
pues si bien no habían dudado de las recompensas y de la ayuda
que ella había de brindarles, sin embargo, a causa de la partida
de aquélla por la que siempre eran consoladas, experimentaban
en su corazón una inmensa tristeza. Sobre la mansión en
la que la santa virgen entregaba dichosa su alma a Dios, al comienzo
de la noche del domingo, aparecieron en el cielo dos arcos muy brillantes
y de diversos colores, que iban dilatándose a lo largo de un
gran escenario y se extendían sobre las cuatro partes de la tierra,
uno del norte al sur, el otro del oriente al occidente. Los dos arcos
se juntaban en la parte alta. Una luz clara emergía, como la
del círculo lunar, y extendiéndose a lo lejos, parecía
repeler de su casa las tinieblas de la noche. En esta luz se vio una
cruz rutilante, inicialmente pequeña, creciendo poco a poco,
hasta llegar a ser inmensa, en torno a la cual se mostraban innumerables
círculos de variados colores, en los cuales se veían pequeñas
cruces brillantes en sus círculos, entre las más pequeñas
la primera. Y como se extendía en el firmamento, se desplegaba
hacia el oriente e iluminaba la tierra junto a la morada en la que la
virgen santa había pasado de la tierra al cielo, y luego parecía
declinar. Puede creerse que por este signo Dios muestra con qué
claridades había inundado a aquélla que Él amaba,
en las moradas celestiales." (p. 187-188). En esa Vida se
mencionan algunos milagros acontecidos sobre su tumba, entre los que
se cuentan curaciones.
La época de la muerte de Hildegarda se presenta con gran vitalidad:
en la arquitectura (las iglesias góticas), en las peregrinaciones
a Tierra Santa... Tan sólo ocho años después Saladino
conquista Jerusalén, pero los caballeros cristianos no abandonan
el territorio. Por otra parte, el comercio con el Oriente ha cambiado
aspectos de la cultura en Occidente, y también la ciencia y la
política experimentan cambios. También habrá visionarios
y profetas como Joachim dei Fiori (muerto en el 1204), quien predijo
una nueva era, el reinado del Espíritu, y contó con numerosos
seguidores principalmente franciscanos, aunque se apartó
de la ortodoxia en su interpretación de los Evangelios
y en su relación con la Iglesia.
La vida intelectual se desarrollará principalmente en las Universidades,
surgidas en el siglo XIII, y dará un lugar preeminente a Aristóteles
que, rechazado primero por el pensamiento cristiano, se impone luego
gracias a los esfuerzos de san Alberto Magno y santo Tomás de
Aquino. En cuanto a la vida religiosa, se profundizan las reformas de
las órdenes como el Carmelo, y la jerarquía eclesiástica
tiende a separarse del poder político, al tiempo que busca una
mayor austeridad de vida.
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