Vi una bellísima imagen de mujer...

ESTHER D. PORTIGLIA

 

... de tan exquisito encanto y con preciosos atavíos de tanta belleza que la mente humana jamás podría comprenderla y expresarla. Por su estatura se alzaba desde la tierra hasta el cielo. Su rostro brillaba con una gran luz y con sus ojos miraba al cielo. Llevaba una deslumbrante túnica de seda blanca y la envolvía un manto adornado con piedras preciosas ─esmeraldas, zafiros, también perlas─; su calzado era de ónix. Pero su rostro estaba salpicado de polvo, la túnica había sido desgarrada en el costado derecho, el manto había perdido su refinada belleza y sus zapatos estaban manchados en la parte superior.
Y con voz grande y dolorosa clamaba hacia las alturas celestiales diciendo: Óyeme, oh cielo, porque mi rostro ha sido afeado; oh, tierra, llora, porque mi túnica ha sido desgarrada; oh, abismo, estremécete, porque mis zapatos han sido manchados. 'Las zorras tienen cuevas y los pájaros del cielo tienen nidos' (Mat. 8, 20; Luc. 9, 18), pero yo no tengo quien me consuele y ayude.[1]

He aquí la Iglesia en una visión de Hildegarda de Bingen, así como la transmite en la Carta que dirige al sacerdote Werner y en la que reproduce, a su requerimiento, el sermón que la Abadesa había pronunciado en la ciudad de Kirchheim en el año 1170.

La Iglesia, gran amor y preocupación de Hildegarda, que la lleva a dejar el abrigo de su monasterio y salir a los caminos, a las plazas, a los templos para clamar a los hijos de aquella preciosa Mujer ─prelados, sacerdotes, religiosos, laicos─ para que acudan en su ayuda enmendando sus vidas, en aquellScivias 2, 5os tiempos aciagos de la Querella de las Investiduras, de la sumisión de los prelados al poder político (nobles, príncipes, el emperador Federico Barbarroja), de la debilidad de los Papas y sobre todo de la corrupción del clero, alejado de la auténtica vida espiritual, dado a las cosas del mundo y a toda clase de pecados, caído en descrédito ante el pueblo, al que ha abandonado y prácticamente arrojado en brazos de los herejes cátaros. Nada extraño para nuestros días, ni para los días de otra extraordinaria mujer, la Mantellata di Siena Catalina Benincasa, Hermana Terciaria de la Penitencia de Santo Domingo, que dos siglos después también empeña su espíritu hambriento de la gloria de Dios en la consecución del bien de la Iglesia, a la que llama Santa Esposa del Cordero, administradora de la Luz (la gracia), y del Cuerpo y la Sangre de Cristo, verdadero Sol que calienta e ilumina al Cuerpo Místico[2]. La tormentosa vida de la Iglesia, tan asediada interna y externamente a lo largo de su historia, y su permanencia hasta hoy a pesar de sus crisis, confirman las palabras de Cristo: “... y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt.16, 18)[3], así como nuestra esperanza en Su Palabra. Atrae la idea de espigar en el mundo visionario de Hildegarda las diversas imágenes con que es representada la Iglesia, pues además de la bellísima mujer a que hicimos referencia, aparece a lo largo de su obra a veces como una ciudad, otras como una montaña, y en otros casos como un edificio, pero siempre luminosa, hermosa y fuerte, a pesar de las heridas; mas la riqueza de contenido y sentido en cada caso es tal que amerita un tratamiento especial, tal vez para otra ocasión...

Hoy es nuestro propósito considerar la Carta[4] que Hildegarda envía, alrededor del año 1163, al Deán Felipe y los clérigos de Colonia, quienes le habían solicitado una copia del sermón recientemente predicado por la Abadesa en esa ciudad y que hace referencia, precisamente, a la negligencia de los prelados en el cuidado de las almas. La Carta, extensa y riquísima por los tantos temas que surgen de ella, no es la única en que Hildegarda se ocupa de los problemas de la Iglesia de entonces, pero sí una de las más contundentes y directas sobre el tema. Comienza con las palabras de Apocalipsis 1, 4: “Aquél que era, que es y que vendrá dice a los pastores de la Iglesia: [...]”, palabras que dejan en claro la majestad, la santidad y la autoridad absoluta de Dios. Enseguida da, en un corto párrafo, una visión completa del plan de Dios: el principio de las cosas en Él, su aparición con la creación, la redención por la Encarnación y los tiempos finales, cuando “[...] El que ha de venir purificará todas las cosas, las recreará de otra forma [...]” Siempre la señal de esperanza.

Continúa luego haciendo una bella descripción antropomórfica del mundo ─aparece aquí el tema hildegardiano sobre el hombre como microcosmos─, el cual tiene “ojos para ver, orejas para oír, una nariz para oler, una boca para gustar... pues el sol es como la luz de sus ojos, el viento como el oír de sus orejas, el aire como su fragancia, el rocío como su sabor, la fuerza vital (viriditatem) que exuda es como el aliento de su boca; la luna marca el orden de los tiempos (Ps. 104)” y las estrellas evidencian “la racionalidad que comprende y abraza todas las cosas”. Manifiesta después cómo consolidó los cuatro ángulos de la tierra, cómo formó las piedras, cómo dotó de humedad a la tierra, cómo constituyó los abismos “como pies que sostienen el cuerpo en sus marcas [...]”, elementos todos que son como instrumentos para la edificación del hombre, sin los cuales “el hombre no tendría posibilidad alguna de libertad”(interesante expresión esta última, que llama a ahondar en la maravilla del ordenamiento esencial de todas las cosas al hombre ─como sugiere al final del párrafo: “Así, ellas para el hombre y el hombre con ellas”y su relación con la edificación del hombre a través de su libertad; todo un tema para nuestro tiempo consumista y globalizado). Toda esta introducción está dirigida a poner en evidencia el orden que Dios ha impuesto a su creación, a través de leyes naturales que, abarcando al hombre, sólo pueden ser abandonadas por él haciendo uso, precisamente, de esa libertad que lo hace a imagen y semejanza de su Creador. Podemos dejar sentado así el primer punto: Dios expresa Su perfección en la ley que sustenta Sus obras; el cumplimiento de esa ley es necesario en todas las cosas, pero libre en el hombre, que interactúa con ellas.

A continuación parece cambiar bruscamente de tema, pero lo que en realidad ha hecho es recordar el orden universal a aquéllos de la Iglesia que lo han abandonado y a los que dirige sentidos reproches diciendo: “¡Hijitos! —la majestad con que se expresa en el comienzo de la carta se torna ahora en dulzura materna—, [ ...] ¿Por qué no os ruborizáis, dado que ninguna de las criaturas abandona los preceptos recibidos del Maestro, antes bien los cumple a la perfección?” En realidad hay todo un pensamiento subyacente entre el tema anterior y el que inicia con este lamento, y es el de la Iglesia como nueva creación, esposa de Cristo que aun así lastimada y ensuciada por los pecados de los hombres, es en la tierra el anticipo del Reino de Dios, de la Jerusalén Celestial, de esa Tierra Nueva restaurada por la acción del Espíritu Santo que dará pleno cumplimiento a la Voluntad de Dios. Si en el orden original el hombre introdujo el desorden por el pecado, la Encarnación y Redención obrada por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, con el libre consentimiento de María Virgen, restauró ese orden mediante una Nueva Ley, que incluye a la Antigua y la perfecciona, cumplimiento pleno del primer mandamiento, Ley de la cual la Iglesia de Cristo es la obediente depositaria y comunicadora para todos los hombres que quieran aceptarla. La Iglesia es, entonces (y con el consentimiento del hombre a través del Sí de María), el principio de la nueva creación regida por la ley del Amor, aquella de la cual se dice: “Envía, Señor, tu Espíritu y seremos recreados y se renovará la faz de la tierra”.

Luego introduce la siguiente secuencia histórica: puesto que con Adán y su pecado el hombre perdió la claridad de su entendimiento y la rectitud de su voluntad, Dios suscitó en la primera edad del mundo diversas luminarias: Abel, Noé, Moisés, los profetas... que, preconfigurando a Cristo, obedecieron los mandatos de Dios y enseñaron y condujeron con humildad al pueblo, ciego, débil y errante. También Jesucristo, la luminaria por excelencia (“Yo, la luz, he venido al mundo”; Jn. 12, 46), en obediencia plena al Padre (“[...] obediente hasta la muerte y muerte de cruz”) dio mandato a su Iglesia para que, de la mano de los sucesores de Pedro y los apóstoles, guíe a los hombres al encuentro pleno con Dios en el cumplimiento de la ley. He aquí el segundo punto, entonces: Dios elige (separa) a un pueblo y restaura la ley en el Sinaí para que el hombre, que la ha olvidado, la tenga presente y la obedezca; con ese pueblo, sus guías y esa ley prepara la Redención, y con ella la restauración definitiva de la creación mediante la Nueva Ley, atesorada en la Iglesia. Como vemos, siempre la ley, siempre la autoridad, siempre la obediencia ─espontánea y natural antes del pecado, ciega en los tiempos del hombre caído, lúcida por la fe y libre por el amor con la Revelación de Cristo─, y siempre Dios, paciente y respetuoso, restaurando aquel orden primero inscripto en la médula de cada cosa y de cada hombre..., la racionalidad que las hizo verdaderas y buenas formando un todo perfecto.

Así pues, decíamos que perdida su lucidez y soberanía en el paraíso, el hombre necesitó guía, conducción, o sea autoridad, que le recuerde la ley y le ayude a mantenerse fiel a ella. Y así como en la antigüedad Dios suscitó a los patriarcas, los jueces, los reyes, los profetas para esa tarea, en tiempos de la Iglesia la encomendó a los sucesores de los apóstoles, a los prelados, a los pastores. Éstos, “benditos y sellados en las personas celestiales”, son aquellos a los que se refiere en la Carta[5] del año 1153 al Papa Eugenio diciendo que, dentro mismo de la Iglesia, “[...] el Padre Omnipotente instituyó una parte noble, separada de los asuntos mundanos, y que en su intimidad arde vivamente delante de Dios [...], que tiene en Dios su mejor parte y que a ejemplo suyo muestra obras de misericordia”. Ésos son aquellos cuya excelencia de vida evangélica los constituye en ejemplos, maestros, otros Cristo, “montaña de justicia [que ostenta el orden mediante su obediencia amorosa a la ley de Dios] embellecida con numerosas obras justas [frutos de la obediencia], que se alza en los orígenes de la verdad [por su cercanía y fidelidad a Dios], de donde surge una doctrina útil que tiende a Dios y auxilia a los hombres mediante la enseñanza y el aroma de las Sagradas Escrituras”. Esta consideración de los prelados como “parte noble, independiente y distinta”, “separada” de las cosas del mundo, tiene su fundamento en las palabras del mismo Jesucristo, cuando dice en su oración sacerdotal, según pasajes del Evangelio de San Juan: “He manifestado tu nombre a los que me has dado, sacándolos del mundo”(Jn 17, 6); “Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo, pero porque Yo, al elegirlos, os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo” (Jn. 17,16-17). El verbo consagrar significa literalmente “separar para Dios, dedicar a Dios, santificar (en el sentido original del término)”[6]; igualmente, santo es un término muy usado en el A.T. y, aunque aplicado con preferencia a Dios, hace referencia a “lo separado de lo profano”, “purificado por el pecado”, “que participa de la justicia de Dios”. Ya diez años antes de la fecha de esta carta que nos ocupa, Hildegarda había respondido (Carta 170r) a ciertos sacerdotes que le pedían “palabras de divina admonición [reconociendo ellos que] aunque debiéramos ser el ojo de la contemplación, la oreja de la obediencia, la nariz del discernimiento, la boca de la verdad, la mano del trabajo justo, el pie del camino recto y un ejemplo de virtud para el pueblo de Dios, más bien olemos a muerte [...]”, y les confirmaba su lugar propio en la Iglesia: “Así como el hijo procede del padre, el noble del noble, el rey del rey, y cada uno según su clase, así también los sacerdotes fueron establecidos por Mí al modo como el padre lega su sustancia a su hijo, como está escrito: ‘Israel es mi herencia”(Is 19.25). En Pastores Dabo Vobis (II, 11) Juan Pablo II habla de “la conciencia de la ligazón ontológica específica que une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor”, y dice (II, 12) que “El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote.” Por eso ya en los comienzos de la historia de la salvación leemos (Lev. 19,2): “Sed santos porque Santo soy Yo, el Señor, vuestro Dios”, exhortación que en la plenitud de los tiempos confirma Jesús (Mt. 5,48) y reitera Pedro (1 Pe. 1,15). Y así decía Juan Pablo II: “Para los hombres, para las criaturas racionales, esta afirmación se traduce en al conformidad de la voluntad a la ley moral. Dios es Santo en Sí mismo, es la santidad substancial, porque su voluntad se identifica con la ley moral. Esta ley existe en Dios mismo como en su eterna Fuente y, por eso, se llama Ley Eterna. [Cf. Summa Teol. I.II q. 93, a. 1]”[7]. También en la Exhortación Apostólica Post Sinodal Pastores Gregis Juan Pablo II, comentando la Constitución Dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia (21; 27), dice: “El Buen Pastor [Cristo] no abandona su rebaño, sino que lo custodia y lo protege siempre mediante aquellos que, en virtud de su participación ontológica en Su vida y en Su misión, desarrollando de manera evidente y visible el papel del maestro, pastor y sacerdote, actúan en Su nombre en el ejercicio de las funciones que comporta el ministerio pastoral y son constituídos como vicarios y embajadores suyos”.Entonces, esa “estirpe divina” de todo sacerdote se hace “Estirpe Divina Real” en los prelados a quienes, mandados como han sido a mostrar a Cristo de modo eminente, “puse como el sol y las otras luminarias para que iluminéis a los hombres mediante el fuego de la doctrina, resplandeciendo por la buena reputación y encendiendo los corazones ardientes”, así como había hecho con Abel, Noé, Moisés y los profetas, quienes perseveraron con fortaleza “en la primera edad del mundo. He aquí la autoridad, iluminando con la enseñanza, dando ejemplo con su vida, contagiando ese fuego que en su intimidad arde vivamente delante de Dios, el amor.

Entonces, esta condición de “separados” que indica la carta de Hildegarda respecto de los prelados, no tiene sólo el carácter que tiene en el sacerdote en general, según los textos que hemos visto, sino que se da en ellos de un modo especial en razón de su condición de pastores, maestros, conductores tanto de los sacerdotes como de los fieles que tienen a su cargo. Ellos deben reproducir el magisterio, la paternidad y el amor de Jesucristo a la manera de los apóstoles, de quienes son sucesores, razón por la cual deberían ser “el monte Sión donde Tú tienes tu morada” (Ps. 73,2)... “habitación que exhala incienso y mirra”, amantes de la santa racionalidad y de la santa justicia de Dios –la cual deberían “meditar con diligencia y santidad, enseñándola una y otra vez a los pueblos con santa discreción.” Por eso también, así como sustentó la tierra en sus cuatro ángulos, Dios puso en la Iglesia a los prelados para sustentarla con fortaleza, dando ejemplo con su propia vida e “inundando a los subordinados con los preceptos de la ley para que ningunos de ellos, a causa de su fragilidad, actúe según su elección... y se esparzan como ceniza (como sucedería a la tierra si le faltara la humedad y la fuerza vital, viriditate)”. Según esto último, entonces, podríamos decir que  los prelados son a la Iglesia lo que la viriditas a la naturaleza: son la vida medular de la Iglesia, porque ellos administran para todos los hombres y aún para el resto de los sacerdotes la enseñanza de la Palabra y el Misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, corazón vivo de la Iglesia. Y a esta comparación con el orden de la naturaleza agrega otra con el orden celestial: “Porque el Verbo de Dios se había encarnado, plugo a Dios que todos los órdenes de los ángeles [...] estuvieran espiritualmente representados en el pueblo espiritual, como en los presbíteros, en los obispos y en los restantes ordenes espirituales [...]” Así en la tierra como en el cielo. Entonces, la dignidad, la santidad, la condición de maestro, guía y servidor que confiere la consagración episcopal es de tal eminencia que, efectivamente, hace necesario que esos hombres puestos como autoridad en la Iglesia estén separados, también de manera eminente, no del mundo –destinatario general del mandato de Cristo– sino de los asuntos mundanos, es decir, de la fama, de la riqueza, del poder, de la vanagloria, de los placeres, de la soberbia, de la lujuria... El hombre con autoridad (“No tendrías autoridad si mi Padre no te la hubiera dado [...]” Jn. 19,11) debe ser santo, ésa es la condición indispensable para cumplir su función de servicio a sus subordinados.

Sencillez, humildad, pureza, obediencia, enseñanza y trabajo en donación total de sí, con un corazón que en su intimidad arde continuamente[8] en Su presencia, para restaurar el orden querido por Dios mediante el cumplimiento de la Nueva Ley, plenitud del primer mandamiento: he ahí el sentido y la misión de la autoridad eclesiástica, con su consiguiente responsabilidad.

Por eso, dice la carta, el no cumplimiento de la ley manifiesta la irracionalidad del hombre que  no ama la santa racionalidad como lo hacen las estrellas, las cuales cumplen fielmente los mandatos de la mente divina. Esa irracionalidad surge de la voluntaria (libre) no aceptación que el hombre hace de la ley de Dios, del orden, de la racionalidad establecida por Él en cada ser y en todo el universo. Por esa razón las lenguas de los prelados están mudas, no meditan la justicia de Dios (es decir su ley, tanto la natural como la revelada), ni la practican con diligencia y santidad (la ley moral), ni la enseñan con insistencia“a los pueblos con santa discreción y en los tiempos propicios [es decir, ejercitando la virtud de la prudencia, virtud eminentemente racional e imprescindible en todo aquel que guía o gobierna ...], antes bien los golpean con ella hasta el exceso”, o sea imponiéndola medianteel temor en vez de hacer, con ejemplaridad, paciencia y perseverancia (condiciones de su oficio), que la comprendan y la cumplan por amor, obrando así y sólo así, la conversión –es decir la vuelta al orden divino– de los corazones.
La irracionalidad es obscuridad, y en la obscuridad el hombre se percibe sólo a sí mismo, y a tientas (con error y parcialmente). Entonces, para guiarse en esa obscuridad el hombre enciende su propio luz, y en “la petulancia de vuestra propia voluntad [...] sois la noche que exhala tinieblas”: he aquí el tema de la soberbia, el hombre vuelto sobre sí mismo en franca actitud contraria a la obediencia, alejado por lo tanto de la luz de Dios, de su santa y perfecta Voluntad, cuyo cumplimiento, libremente escogido por el hombre, es única garantía de bien y verdad. He ahí la soberbia como principio de todo desorden (recordemos el (Non serviamus! de Lucifer), de toda desobediencia, de todo quebrantamiento de la ley, y de sus consecuencias para los subordinados: “[...] en vuestras palabras y discursos faltan la luminarias del firmamento de la justicia de Dios, no ilumináis a los hombres mediante el fuego de la doctrina [... para que ardan con ella sus corazones; por eso en su conducta esos prelados son] rápidos para la lascivia [...] Con vuestros cuellos inicuamente erguidos [...] inflados como estáis [...] no conocéis a Dios ni teméis a los hombres ni despreciáis la iniquidad como para querer arrojarla de vosotros.” Son como la serpiente: ella se oculta en la cueva para mudar su piel, y “vosotros ocultáis vuestra suciedad en la vileza propia de los animales. [Y todo ello porque] no veis a Dios ni queréis verlo [la soberbia produce ceguera voluntaria], pero miráis vuestras propias obras y las juzgáis según vuestras propias normas [...] haciendo y dejando de hacer lo que queréis a vuestro gusto.” Así pues, porque sin ratio, sin ordo, sin lex, el universo caería en un caos absoluto, el hombre, si no acepta la ley de Dios, necesita darse “sus propias normas”. Por eso las obras de los prelados, dice, “no brillan ante los hombres con el fuego del Espíritu Santo –por eso no tenéis ojos–, [su firmamento] carece de la justicia de Dios, [y como consecuencia no existe] el fruto de la suave y dulce fragancia de las virtudes.”
Como responsables de la predicación los exhorta:

Deberíais ser una columna de fuego precediéndolos y exhortándolos, realizando buenas obras delante de ellos [...] Porque si corrigiérais sinceramente a vuestros subordinados mediante la racionalidad que Dios os dio, ellos no osarían resistir la verdad, sino que en la medida de sus posibilidades dirían que vuestras palabras son verdaderas. Pero vosotros no defendéis a la Iglesia sino que huís a la cueva de vuestro propio deseo, y a causa del tedio y la fatiga de las riquezas, de la avaricia y de otras vanidades no instruís a vuestros subordinados ni permitís que os requieran enseñanza, diciendo: no podemos hacerlo todo..., tiempo para hablar no tenemos... y como no tenéis costumbres rectas y estables en favor del pueblo (como cuando los pies sostienen el resto del cuerpo), os movéis en medio de gran titubeo, por lo que el pueblo, perdido el respeto a vuestra autoridad, dice: ‘Están turbados y si mueven como ebrios, y toda su sabiduría se ha perdido’ (Ps. 2.12). Y así, porque vosotros deberíais ser día pero sois noche, el pueblo ha caído en el engaño [de los cátaros], a quienes los hombres errantes de hoy que no saben lo que hacen [...] temerán y servirán imitándolos en la medida de lo posible, y cuando así se haya completado el curso del error, perseguirán por todas partes a los maestros y los sabios que entonces hayan perseverado en la fe católica.” [Y dice aún:] Del cielo son la ley y la enseñanza, por las cuales [Dios] hubiera habitado entre vosotros si hubiérais sido el ornato de las virtudes y un fragante huerto de delicias [...] Pero sois un mal ejemplo para el espíritu de los hombres, porque sólo tenéis obras injustas sin el bien del conocimiento [otra vez aquí la oscuridad, la ignorancia y el mal como opuestos a la luz, el conocimiento y el bien]. Por lo que vuestro honor perecerá [...] Esos hombres infieles serán vuestro azote para castigaros porque no amáis ni rendís un culto puro a Dios.”

Asombrosa pintura, que parece hecha sobre nuestro tiempo.  "El que tenga ojos para ver que vea y oídos para oír que oiga...".

La carta tiene una frase que es como una sentencia conclusiva y englobante del tema: “Porque la ley del Señor es la plenitud de la enseñanza a través del amor y del temor [respeto], y por eso toda naturaleza, tanto espiritual cuanto carnal, debe ser ejercitada en el recto camino [el camino que marca la ley de Dios, natural y revelada] para que el Creador no destruya a los que creó porque no caminan por Sus caminos.” La plenitud de la enseñanza está en manos y bajo la responsabilidad de la autoridad, que con amor y respeto debe hacer cumplir la ley del Señor –en obediencia él mismo a la ley–, para que los hombres tanto en su espíritu como en su carne la cumplan, recorriendo así el recto camino que restaura al hombre.

Amor - Orden - Ley - Luz - Racionalidad - Autoridad - Obediencia - Amor: una secuencia circular que no sólo se manifiesta en la Iglesia y sus prelados sino en la creación entera con el hombre a la cabeza.


NOTAS:

[1] Epistola 149r. In: MIGNE, J.-P. (Ed.). PL 179. Traducción de Azucena Fraboschi. (vuelve al texto)

[2] “Diálogo”. En: Santa Catalina de Siena. Obras. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1955. (vuelve al texto)

[3] Biblia de Jerusalén. Brouxelles (Belgium): Desclée de Brouwer, 1967. (vuelve al texto)

[4] Carta 15r. En: The Letters of Hildegard of Bingen. T. I, 54. Transl. Joseph L. Baird and Radd K. Ehrman. New York: Oxford University Press, 1994. (vuelve al texto)

[5] Ibid., Carta 6, pág. 57. (vuelve al texto)

[6] Biblia de Jerusalén, p. 1440, n.a.p. 17.17. (vuelve al texto)

[7] Audiencia General del 18 de diciembre de 1983. (vuelve al texto)

[8] Repito y resalto esta expresión por entender que apunta al centro de la vida consagrada: la necesidad de mantener y acrecentar una viva y constante intimidad del alma con Dios en el Amor y la entrega total, sin lo cual no puede haber magisterio que muestre y contagie el fuego, la vida de la gracia, al pueblo. (vuelve al texto)

 

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