VIRIDITAS Y SABIDURÍA:
LA RELACIÓN DE HILDEGARDA DE BINGEN
CON LA NATURALEZA, EN CUANTO A LOS CONCEPTOS
DE LA BIOLOGÍA Y DE LA ECOLOGÍA

MÁrcio Quaranta
(Parque Nacional do Itatiaia - ICMBio (BRASIL)

 

Siglo XII: la Europa occidental

Es un siglo de renacimiento cultural, en el que vivieron Hugo de San Víctor, San Bernardo de Clairvaux, Alain de Lille. Trovadores, mercaderes y caballeros recorrían los caminos. Se expandían las ciudades existentes, surgían nuevas, el comercio crecía, se fundaban las corporaciones de oficios, se ampliaba el número de las universidades y de las escuelas. En el arte adquiría vigor el estilo románico, proliferando en monasterios y catedrales por todas partes. En música comenzó la polifonía. Se esparció la herejía de los cátaros, que suponía la existencia de dos dioses creadores: uno malo, creador del mundo visible, corporal y carnal, otro bueno, creador de las almas y del espíritu, y a quien debe seguirse.
Según Eco (1989), los artistas tenían una gran sensibilidad en cuanto a la realidad sensible en todos sus aspectos: escultores y miniaturistas transitaban por los bosques para descubrir el ritmo vivo de las cosas de la naturaleza. Lo bello constaba de forma, número y orden; se encontraba en la proporción armoniosa de las partes, se basaba en armonías concretas, orgánicas, no en números abstractos. El universo exhibía una estructura musical; macrocosmos y microcosmos se unían por la matemática y por la estética; lo bello se percibía concretamente en los ciclos cósmicos. Para el monje Hugo de San Víctor, la belleza de la naturaleza tenía carácter positivo: el mundo era obra y reflejo de Dios, y el hombre dotado de sensibilidad procuraba descubrir su belleza inteligible a través de sus órganos sensoriales. Lo bello debería coincidir con lo verdadero, con lo bueno y con los demás atributos del ser y de Dios. Para la escuela de Chartres, la obra divina era el cosmos mismo, el orden de todo lo existente sobrepuesto al caos inicial. La Naturaleza , fuerza ínsita en las cosas, mediadora de la obra, producía cosas similares a partir de cosas similares, presidía el nacimiento y el destino de todo. La belleza del mundo brotaba de cada elemento suyo (estrellas, pájaros, hombres) y aparecía cuando la materia creada se diferenciaba en número y peso, se delimitaba, tomaba figura y color. Alain de Lille celebraba un proceso orgánico cuya causa final era el Espíritu Santo, el alma del mundo: la Naturaleza regía el mundo. Por el camino de la cosmología pitagórica, el alegorismo medieval interpretaba la relación entre microcosmos (hombre) y macrocosmos (universo) a partir del número como principio del universo, con significado simbólico y de correspondencias numéricas y estéticas. La naturaleza se dividía en cuatro partes, el número cuatro se presentaba en determinaciones seriadas: puntos cardinales, estaciones, fases de la luna... El número cinco simbolizaba la perfección mística y estética: había cinco géneros vivientes (plantas, peces, pájaros, animales, hombres); el número cinco constituía la matriz para construir a Dios y al hombre. Para Hugo de San Víctor, cuerpo y alma reflejan la perfección de la belleza divina, el primero en la cifra par, imperfecta, la segunda en la cifra impar, perfecta.
Las ideas platónicas de lo bello, de las proporciones y de la armonía abrían el camino a la trascendencia, y ésta al simbolismo. El estilo románico privilegiaba la imaginación simbólica; al Espíritu Santo y a la Sabiduría correspondía mediar el proceso. Para Eco (1989), en la visión simbólica la naturaleza se torna el alfabeto utilizado por el Creador para hablar a los hombres sobre el orden del mundo, los bienes sobrenaturales y los pasos a recorrer en el mundo para adquirir los bienes celestiales.

Benedictinos, naturaleza y cultura

El monasterio producía y almacenaba conocimientos, los monjes copistas reproducían obras antiguas. Los primeros misioneros católicos, por orientación papal, edificaron los templos del Dios único en los lugares donde habían existido templos dedicados a los dioses paganos, apropiándose de los mismos en su asimilación a la doctrina cristiana (Sheldrake, 1993). En el siglo VI San Benito de Nursia (el fundador de la orden benedictina) erigió el monasterio de Monte Cassino donde había existido un templo de Apolo.
Para Dubos (1975), San Benito se preocupaba por la dedicación, suya y de sus compañeros, al culto divino. En la Regla Benedictina estableció el trabajo como forma de oración; los monjes deberían utilizar sus propias manos en el campo y en los talleres, dedicarse a los problemas prácticos, lo que les facilitó una profunda integración con el mundo natural que los rodeaba, a través de rituales y de trabajos cotidianos, coordinados con los ritmos cósmicos. La intervención benedictina en la naturaleza se inspiraba en el segundo capítulo del Génesis: Dios colocó al hombre en el Edén como un jardinero, capaz de crear y de implementar actividades en una relación armoniosa con el mundo viviente, en el papel de asociado a Dios en la Creación. Los monjes modificaban la naturaleza para hacerla más adecuada al uso humano y al culto divino, de una manera tan sabia que lograron mantener una cualidad ambiental apropiada; y desplegaron una tradición de trabajo intelectual, al fundir la erudición con la pericia artística.

Hildegarda: una luz viva

Monja benedictina, fundadora de conventos, escritora, poetisa, compositora, investigadora de plantas medicinales, médica herborista, teóloga, mística, profetisa, consejera de reyes y de nobles, de papas y otros religiosos; representada como santa en pinturas y esculturas, inscripta en el Martirologio Romano (conmemorada el diecisiete de septiembre): Hildegarda de Bingen. Una vida marcada por la búsqueda de la justicia, por el respeto a la creación divina, por la crítica a los excesos de la Iglesia y de sus clérigos, así como a las herejías (en especial, la de los cátaros).
En la teología de Hildegarda, con su concepción sinfónica del alma, apoyada en las proporciones y en el númeroHildegarda de Bingen cinco, el sentido sinfónico de la naturaleza y la experiencia de lo absoluto manaban de los temas musicales (Eco, 1989). Los escritos más famosos de la fundadora de los monasterios de Rupertsberg y Eibingen se refieren al contenido de sus visiones (percibidas en una “Luz Viviente”) y a sus tratados sobre medicina; su trilogía teológica incluye Scivias, el Liber Vitae Meritorum y el Liber Divinorum Operum. Scivias intenta decir cómo debe vivir un cristiano para alcanzar la Ciudad Celestial. El Liber Vitae Meritorum describe las diversas virtudes y define sus vicios correspondientes, el castigo y la penitencia para cada uno. El Liber Dvinorum Operum trae una reflexión cosmológica sobre la revelación cristiana: mujeres y hombres, obra de Dios, son llamados a cooperar activamente con Él para perfeccionar su creación (Flanagan, 1985). Para Fraboschi (2008), esta última obra procura entrelazar el microcosmos (Hombre) al macrocosmos (Universo).
Los monasterios benedictinos auxiliaban a los enfermos; Hildegarda trabajaba en el herbario y preparaba remedios para atenderlos. Su obra Subtilitates Diversarum Naturarum Creaturarum se divide en: Liber Simplicis Medicinae o Physica, que trae las propiedades curativas de más de doscientas plantas, de los elementos tierra, agua y aire, de los árboles, animales, piedras preciosas y minerales; y Liber Compositae Medicinae o Causae et Curae, que enumera más de doscientas afecciones o estados a que están sujetas las personas, y apunta una cura para centenas de dolencias, a partir de hierbas y otros elementos naturales cuyas proporciones son indicadas en las recetas (Flanagan, 1995). El abordaje de Hildegarda consideraba al hombre como un todo, como un organismo, y no miraba sólo su enfermedad. En sus obras visionarias y en las médicas sobresalía la noción de viriditas, la capacidad de reacción y de recuperación de la salud de la naturaleza.
Además del Ordo Virtutum, Hildegarda compuso más de setenta obras musicales (responsorios, antífonas, himnos, secuencias, etc.) reunidas en la Symphonia Armonie Celestium Revelationum, en las que se cita con frecuencia a Viriditas, Sabiduría y Caritas.

Viriditas: la llama verde de la naturaleza

En la teología hildegardiana, el ígneo y consolador Espíritu Santo anima toda la creación; verde poder de Dios, el calor del Espíritu Santo confiere vida a todas las creaturas. Llama verde de la naturaleza, savia de vida al ascender de la tierra: la vegetación reverdece después de riguroso invierno, la floresta tropical se recupera luego de un incendio o de una exploración humana; los árboles vuelven a brotar, florecen, dan fruto, las heridas se cicatrizan, el enfermo se cura; la vida se diferencia y procrea: viriditas.
Hildegarda alababa la belleza del mundo, se procuraba consuelo en la tierra, en las creaturas vivas, se deleitaba con el murmullo de las corrientes de agua, observaba los animales, plantaba esquejes y abrazaba los árboles, meditaba sobre el poder curativo de las hierbas y demás plantas. Como herborista, dedicó su atención a ungüentos y bálsamos; invocaba a viriditas, soplo verde de Dios, para ayudarse a escoger la raíz, semilla u hoja adecuada, y curar a los enfermos. Según Pernoud (1996), Hildegarda, a partir de la observación, procuró en sus obras médicas conectar al Hombre y a la Naturaleza ; describió las propiedades de los elementos naturales para comprender el valor curativo de los mismos a favor del hombre. Ella entendía la viriditas como una pujanza de vida manifestada en su pleno y lozano vigor, no sólo en las plantas sino en todos los seres vivos; sus recetas tendían a recuperar el equilibrio del cuerpo y del alma. Trataba al enfermo como un todo, no sólo a su enfermedad; no aislaba los estados del alma de las dolencias corporales; los síntomas acusaban un desequilibrio interno. La salud es un estado natural del ser humano; para mantenerla, éste precisa inhalar olores agradables, observar el verdor de la naturaleza y practicar un régimen alimentario adecuado.
En la quinta visión del Liber Vitae Meritorum Hildegarda describe una mujer desnuda, la Tristeza del Mundo, aprisionada por un árbol totalmente seco. Espíritus malignos la rodeaban, y ella se lamentaba. Depresión y apatía: una persona enferma, incapaz de volverse hacia el mundo o hacia Dios; sin viriditas, había caído en el vicio, en el pecado (Flanagan, 1995). La persona dominada por la Tristeza del Mundo, sin virtudes y sin savia vital, lleva a otras a perder su humedad; la viriditas, la humedad, impide la aridez, difunde la fertilidad y la renovación en el mundo. El cuerpo y el alma, lo masculino y lo femenino, la generación de nuevas vidas y la maternidad manifiestan la viriditas, así como las virtudes morales y la ciencia. Picozzi (2003) entiende la noción de viriditas como inseparable de la visión del mundo en la que todo se conecta con todo en un único hilo de existencia, donde la muerte genera la vida; esa interdependencia caracteriza al cosmos como una unidad compleja, una totalidad, fertilizada por la viriditas que fluye a través de todas las creaturas y del propio universo: anima mundi. La obra divina previó la solidaridad del Hombre con la Naturaleza , su responsabilidad ética con el cosmos, el mundo natural; el hombre bueno, amigo de Dios, procura la viriditas en el contacto amistoso con la naturaleza; el hombre rebelde frente a Dios, obstinado en el pecado y en el mal, sufre la pérdida del lozano vigor (Fraboschi, 2007).

SeÑora SabidurÍa

Creada antes del inicio de los tiempos, hija primogénita de Dios, Su rostro femenino, Su amada y compañera en la creación, el Hijo como mujer, don del Espíritu Santo: la Señora Sabiduría del Antiguo Testamento (Sofía griega, Sapientia latina). Mujer bella, vestida de blanco, dorado o bien verde –que recuerda a viriditas–, asociada a Caritas (Amor) en la obra de la creación, distribuye cualidades de manera ecuánime, triunfa sobre el desequilibrio, abraza el mundo, protege a las personas con las alas de su compasión, ilumina profetas como Hildegarda; compasiva y generosa, armoniza el cuerpo y el alma, el hombre y la mujer, la tierra y sus creaturas; presta sus alas al Amor para que pueda surcar la bóveda celeste, ordenar todas las cosas, ligar al hombre con todas las creaturas en un pacto de lealtad.
Para Góngora (2006), la imagen de la Sabiduría constituye un marco importante en la tradición sapiencial cristiana, presente, por ejemplo, en las obras de Hugo de San Víctor; Hildegarda la menciona sus visiones y cartas como fuente de su enseñanza visionaria, voz manifestada a través de la Luz Viviente. La Sabiduría ha sido considerada como manifestación de la Trinidad en las personas de Espíritu Santo o del Hijo, principio femenino interior o exterior a la Trinidad , prefigura de María y de la Iglesia , novia de Dios, arquitecto y ángel guardián del universo. En la antífona “O virtus sapientiae”, ella abarca todo el mundo por el triple alcance de sus tres alas (dimensión trinitaria). La Sabiduría se enraíza en la tierra como un árbol, imagen interpretada como la encarnación de Cristo; promueve el surgimiento de la gracia; exhibe dones que la unen a la gracia del Espíritu Santo; se la imagina como el poder de girar por el círculo que representa el mundo y la divinidad en su plenitud; transmite las enseñanzas sobre la salvación y la redención a los iluminados; representa la actividad divina en la Iglesia y en el cosmos; abraza tiernamente, en una danza amorosa, a Dios. En el Liber Vitae Meritorum la Sabiduría se asimila a Caritas, también su esposa, con quien Él todo lo reparte; en el Liber Divinorum Operum refulge como una bella mujer, vestida de seda blanca y túnica verde, adornada con joyas, frente a Dios omnipotente, que explica su papel en la creación y en los preceptos que provee para la acción humana. Pernoud (1996) ve en el manto verde la conexión de la Sabiduría con los seres vivos: ella les permite crecer, reproducirse, los protege pues exceden su naturaleza cuando el ser humano se aparta del camino recto. Viriditas y Sabiduría se integran en un único ser, de carácter femenino: la naturaleza como mujer.
Góngora (2006) resalta las analogías entre el poder del amor y el de la sabiduría, vistos como virtudes. La Sabiduría-Caridad (amor) se iguala a María, mujer que atrae a sí el amor divino, madre de Cristo, del amor, del conocimiento y de la esperanza. Para Di Scala (2005), quien recorre los caminos de la Sabiduría se integra con ella. Al seguirlos, Hildegarda superó dicotomías como las que existían entre microcosmos y macrocosmos, fe y razón, e integró los opuestos para expresar lo absoluto, lo universal.

La ciencia actual

El modelo de civilización que prevalece en el mundo actual enfatiza excesivamente la economía y los valores materiales, apela a un consumismo exagerado, usa perversamente la ciencia y la tecnología, no respeta la vida, minusvalora y coarta la biodiversidad, ve la preservación del patrimonio natural y cultural como un obstáculo para el progreso; ganancias inmediatas e intereses políticos dificultan la conservación de la naturaleza.
Para Sheldrake (1993), la idea de una naturaleza viva, que existía desde las más remotas épocas, persistía en la Edad Media. La desacralización del mundo natural tomó impulso en la revolución científica iniciada en el Renacimiento, apoyada por la Reforma Protestante (que suprimió el culto a los santos y a los ángeles, la devoción a María, las prácticas rituales, las festividades estaciónales y las peregrinaciones, tenidas por paganas; desencadenó la destrucción de objetos y lugares sagrados, para erradicar la idea de la presencia de un alma en el mundo natural, cuyos trazos de sacralidad y de poder espiritual deberían borrar). En el siglo XVII, la naturaleza se redujo a materia inanimada en movimiento, mecánicamente obediente a leyes eternas, sin espontaneidad, libertad y creatividad, dando vigor a la concepción de la máquina del mundo, creada por un Dios ingeniero todopoderoso. Al final del siglo XVIII la figura divina desapareció de la visión científica del mundo. Según Prigogine & Stengers (1997), la naturaleza antigua era fuente de sabiduría, la medieval hablaba de Dios, la moderna se volvió muda. El mundo de las cualidades y de las percepciones sensibles, donde se vive, se ama y se muere, cedió el lugar al de la geometría deificada y de la cantidad, sin lugar para el Hombre. El mundo científico se separó enteramente del mundo de la vida.
Para Sheldrake (1993), los valores simbólicos vinculados a determinados lugares, a plantas y animales, vaciados de su significado, fueron sustituidos por los materiales. En un mundo material sin vida, finalidad o valor propio, los recursos naturales existen para ser explorados, su único valor proviene del mercado, de los planificadores oficiales. La religión atea del progreso económico ilimitado, basada en el materialismo y en una visión mecanicista de la naturaleza, globalmente diseminada, socavó las visiones tradicionales del mundo. Una naturaleza inanimada propicia en el hombre la sensación de controlarla, de superar los modelos antiguos de pensamiento, vistos como supersticiones o como simples fuentes de inspiración poética. Sin embargo, muchas personas, inspiradas por su belleza, todavía mantienen un sentimiento del carácter sacro de la naturaleza, crean lazos emocionales con lugares y empatía con animales y plantas, experimentan vivencialmente un sentimiento místico de unidad con la naturaleza, tratándola como viviente y femenina: poemas, cantos e incluso obras de arte la celebran.
Según Morin (1999), la ciencia moderna elimina al sujeto observador, resalta al máximo la objetividad, quiebra aspectos de lo real (reducido a modelos con leyes inmutables y deterministas: simplificación), elimina juicios de valor y manifiesta un carácter ambivalente: trajo beneficios a la humanidad, inseparables de riesgos como la extinción de la especie por las armas nucleares, o alteraciones ambientales globales. El hombre debe ejercer su ciencia con conciencia.
Un ser humano alienado de la naturaleza comete crímenes contra el mundo natural, mezcla una rara sabiduría con una violencia extrema, extingue sin remordimiento otras especies: Homo terminator, el exterminador humano, fiera que amenaza erradicarlas (Serres, 2003). Wilson (2002) responsabiliza a la raza humana por una guerra contra la naturaleza, signada por la destrucción de los habitats, la caza indiscriminada, la invasión de territorios por especies exóticas, la polución generalizada y las extinciones masivas. La destrucción de habitats, sobre todo en regiones cubiertas por florestas tropicales, ya desmanteladas en más de la mitad de su extensión, acelera la reducción de la biodiversidad, desequilibra ecosistemas, el clima, la economía. La importancia de la biodiversidad para el bienestar humano escapa a la percepción de la persona común, a la que poco importa la supresión de la naturaleza, sustituida por artefactos. Al menos un quinto de las especies podrían haberse extinguido o estar predestinadas a la extinción en 2030; la mitad sufrirá el mismo destino hasta 2100. El siglo XXI puede dejar como su trágica herencia para la humanidad la soledad. Serres (1994) convoca a tratar a la naturaleza como un sujeto, no como un objeto. La belleza del mundo exige la paz; el hombre debe firmar la paz con la tierra, un contrato natural de simbiosis, reciprocidad, contemplación y respeto, revertir su parasitismo y su actitud de posesión en cuanto a ella. El contrato natural promovería la simbiosis del objeto mundo y del sujeto hombre, daría nacimiento al Homo universalis, nacido del amor, protector de la paz, de la cooperación, de la equidad y la diversidad, capaz de crear continuamente a su mundo y a sí mismo (Serres, 2003).
Milburn (1998) se preocupa por la pérdida del alma del mundo, evidenciada en la vida actual inexpresiva, secuela de la pérdida de subjetividad del mundo; los sujetos vaciados se tornan objetos. Pero cada cosa presenta su realidad subjetiva: el alma del mundo expresa la dimensión intrínseca de la realidad, clama por la apertura del ser humano a ella; fértil como toda imagen, está grávida de significados. El hombre necesita cambiar su percepción del mundo, considerar la cualidad expresiva de lugares y de paisajes, rodearse con la riqueza inherente al mundo natural… Un mundo de sujetos ofrece la base para un sentido moral de la naturaleza. La realidad entrelaza elementos subjetivos y objetivos, trasciende a las personas; la ciencia misma ya acepta componentes estéticos y de valor.
Durand (2004) recuerda la exclusión, a partir del siglo XVII, del imaginario en los procesos intelectuales, como delirio, irracionalidad; y el rechazo de la naturaleza por el pensamiento sin imagen. Pero para el hombre, animal simbólico, todo pensamiento es representación; el pensamiento científico pasó a recurrir a lo imaginario que persistió en las religiones: en todas ellas, una red de imágenes une el hombre religioso al hombre simbólico. Poetas y artistas procuran reconstituir el pensamiento por medio de imágenes; la imaginación poética unifica la percepción del mundo, reencuentra el sentido de unidad.
Para Griffiths (2000), en el pecado original el hombre se volvió contra la naturaleza e intentó dominarla por todos los medios disponibles, con resultados ambiguos. El conocimiento resulta no sólo del pensamiento abstracto, conceptual, que aísla hombre y naturaleza, apartando lo espontáneo y lo imaginativo; lo excesivamente racional cierra el camino a la intuición (proveniente de la reflexión de la mente sobre sí misma, no de los conceptos y del raciocinio) que brota de los sentidos, de los sentimientos, de la imaginación. Conectada a la emoción, no a la reflexión, la intuición visualiza el todo. La razón abstracta no se aproxima a lo real más de lo que lo hace la imaginación, es inteligente mas estéril sin la intuición; y ésta, sin la razón, es fértil pero ciega. Integrar lo racional y lo intuitivo religa en una unidad profunda al hombre y a la naturaleza. Las dimensiones racional e intuitiva de la naturaleza humana se reencuentran en el poeta y en el artista, transmisores de las riquezas de la experiencia profunda, de la vida emocional, imaginativa.
Las ciencias naturales superaron la visión mecanicista del mundo, ahora asumen el caos, el indeterminismo, la espontaneidad; describen evoluciones, singularidades y crisis. En la naturaleza, la indeterminación y la irreversibilidad permiten procesos de organización espontánea; el concepto de auto-organización, utilizado en las investigaciones en Cosmología, Ecología y Biología, sitúa al Hombre en el interior de la Naturaleza ; el diálogo con ella encuentra una interlocutora compleja y múltiple; la ciencia actual procura, en la complejidad, su nueva forma de ser en el mundo (Prigogine & Stengers, 1997).
La teoría de los sistemas intenta abarcar los grupos de fenómenos que no presentan una relación lineal entre sí, cuyos elementos interactúan, y procura descubrir los principios de su organización; acentúa las cuestiones sobre organización y totalidad, excluidas de la ciencia mecanicista como metafísicas (Bertalanffy, 1973). El orden jerárquico, su concepto básico, se relaciona con cuestiones de evolución y diferenciación, como la medida de organización interna del sistema; éste se organiza internamente, como en la evolución biológica, secuencia de transiciones para una mayor heterogeneidad y organización. La teoría de los sistemas propone modelos para explicar los seres vivos y su autorregulación. La interacción de actividades preexistentes, espontáneas y autónomas, entre elementos del sistema, lleva a una auto-organización. Si bien la organización emergente, derivada de la auto-organización, no tendrá las características de una creación organizativa, puede ser identificada como reproducción o duplicación de otra ya existente; ello se verifica en el autopoiesis, propiedad auto-organizativa que garantiza la constante manutención y reproducción de los seres vivos (Maturana & Varela, 1995).
Según Morin (1999), la complejidad impide la separación nítida entre el ser vivo y su medio ambiente: la vida se mantiene al captar energía del medio ambiente, su autonomía depende del medio ambiente; esto es, la autonomía y la dependencia son opuestas complementarias. Un sistema, para preservar su autonomía, precisa ser dependiente, como los sistemas vivos, inspiradores del principio de auto-eco-organización: vivir de la muerte y morir de la vida. Opuestas complementarias, muerte y vida se excluyen y se integran en una misma realidad, vinculadas en el fenómeno complejo.
Esto ocurre en los ecosistemas. Las especies de seres vivos y los factores abióticos interactúan, cambian materia entre sí; la energía solar, absorbida por los vegetales, transformada en energía química, exhalada en cada nivel de la cadena alimentar como calor, fluye de los productos a los consumidores, y de ambos a los descompositores. El ecosistema evoluciona, se torna más complejo con el pasar del tiempo (sucesión ecológica); alterado, retoma su auto-organización, se recupera de sus pérdidas, al menos parcialmente. La mayor complejidad conocida: la Tierra , como superorganismo autorregulador, al mantener las condiciones para permanecer viva y sustentar la vida en la biosfera: Gaia, cuya biodiversidad y medio ambiente evolucionan en interacción (Lovelock, 2006). Las actividades antrópicas modifican el medio ambiente global en desacuerdo con las necesidades de Gaia, aceleran la erosión de los ecosistemas y de la biodiversidad.

Hildegarda redescubierta

La ideología del progreso ilimitado expulsó la viriditas del mundo, vilipendió la sabiduría, rompió la unidad del microcosmos con el macrocosmos, volvió a la especie humana parásita de la tierra.
Hildegarda de Bingen superó dicotomías, integró la intuición y la emoción, religó lo místico y lo intelectual; al recorrer el mundo natural, observar atentamente sus formas de vida, abrazar los árboles y volver a equilibrar el microcosmos de las personas enfermas, reintegró Hombre y Naturaleza, cultivó una visión sistemática que unió el microcosmos al macrocosmos; trabajó con la dimensión poética y la visión científica de la naturaleza, uniéndolas al saber tradicional; conectó el carácter sagrado del mundo con el saber de la ciencia. Es preciso, ahora, que ésta mude su tipo de lenguaje, se abra a la metáfora, a lo mítico, a lo sagrado, que dialogue con otros saberes, con las tradiciones y las religiones.
La noción de viriditas, de una naturaleza dotada de espontaneidad, de libertad y de creatividad, creada por Hildegarda, anticipó el enfoque más actual de la ciencia, del mundo tejido como un complejo de fenómenos y mezcla de conexiones; reavivada en la visión sistemática de la naturaleza, permea y fecunda conceptos de la biología y la ecología (auto-organización, auto-eco-organización, autopoiesis), ilumina la imagen de un planeta vivo, Gaia, expresión plena del anima mundi; reverdece la espiritualidad, revitaliza como símbolo el árbol, obliga al hombre a conservar las florestas y las especies que las habitan.
El nivel de destrucción de la biodiversidad exige la inmediata retirada de la Sabiduría de la sombra a la que el hombre la relegó, al reducir el mundo natural a una máquina previsible y repetitiva, al cultivar imprudentemente el progreso material a cualquier costo, al no prever las posibles consecuencias de su intervención irrestricta sobre el hogar terrenal. El hombre deberá pautar su modo de ser en el mundo por la Sabiduría , atender a sus reales necesidades sin minar la naturaleza; si actúa irresponsablemente, si impide la manifestación del alma del mundo, si deja de cultivar el amor a los lugares, a los semejantes, a la vida, a la Tierra , continuará como un exterminador de las especies, de los ambientes y de sí mismo.
Es preciso que el investigador aprenda a apreciar la belleza del mundo natural, a involucrarse con él y no sólo estudiarlo como objeto, incorporar el arte y la poesía a su cultura general, y nunca abandonar la espiritualidad. Con Hildegarda como ejemplo, sabrá integrar diversos campos de conocimiento e investigar la vida, sin inspirarse en el mecanicismo y en el reduccionismo, para conservarla.

BIBLIOGRAFIA

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