| “Cuando finalmente pudimos estar
juntos y mantener la frente alta, Helen se enfrió. Seguía yendo a trabajar
hermosa, pero en casa no se ocupaba de su aspecto… el sexo comenzó a
decaer. Ella ya no se interesaba. Traté de no presionarla, pero me resultaba
frustrante. Cuando al fin me sentía menos culpable y más dispuesto a
disfrutar realmente estando con ella tanto en casa como afuera, ella
se apartaba de mí. |
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Hemos elegido sólo una historia, quizás una de las más corrientes, de las miles que a diario ocurren dentro de las sociedades en las cuales hoy vivimos; tal vez entre nuestros mismos conocidos, amigos o también parientes. Hoy nos toca asistir a un mundo al que podríamos denominar “afectivamente enfermo”. ¡Cuántas personas buscan ser felices junto a alguien sin poder lograrlo! Y muchas veces creen estar poniendo lo mejor de sí, en cierto sentido tal como Charles, lo cual no hace finalmente sino aún más amarga la propia frustración. Él, tal como lo esuchamos de otras tantas personas, pudo “ver todo esto con sinceridad” recién hacia el final de su vida. Algo esencial seguramente se nos está olvidando desde el comienzo. “—¿Dónde están tus grandes peligros?”, preguntaba Nietzsche a los supuestos filosóficos del mundo contemporáneo. La respuesta que se dejaba oír era: “—En la piedad.” [2] La “pietas” revela el amor del hijo. Si algo maravillosamente exquisito encontramos en los textos de la abadesa de Bingen es la virtud de volvernos en forma directa a ese carácter esencialmente filial del hombre y, desde allí, permitirnos redescubrir todo un mundo nuevo –y no tan nuevo– de cosas. Este carácter filial del hombre, tan duramente combatido por el iluminismo desde sus orígenes hasta nuestros días, hoy, más que nunca, se nos hace más que necesario volver a considerar. Como bien lo viera Nietzsche, la “pietas” constituye en sí misma el peligro del derrumbe de los principios del ateísmo contemporáneo. La enmascarada desmitificación que ha padecido el hombre de hoy no le ha traído a éste más que angustia e infelicidad. Tal vez por esto, en nuestro tiempo vemos cómo el pensamiento de grandes autores como Hildegarda de Bingen son entusiastamente sacados a la luz después de tanto tiempo de olvido. [3] Hoy nos encontramos ante un hombre ávido de fe y de sentido. Queremos salir de una vez por todas de la angustia y la infelicidad personal y social en la cual hemos caído. Y esta admirable mujer, llena de luz y de virtud, bien puede ser nuestra guía en el camino hacia nuestra propia perfección. La consideración de cualquier tema que podamos abordar en Hildegarda, también el de la unión conyugal, no se inscribe sino dentro de una luminosa teología cósmica [4] . Desde aquí todo, absolutamente todo, cobra un sentido único e indeleble. Podríamos decir que la verdadera constante en su obra es un profundo sentido platónico de todo cuanto acontece en el universo. Ningún tema en esta autora está desprovisto de un carácter genuinamente metafísico y teológico. Y sólo desde aquí hemos de abordarlo si no queremos traicionar su pensamiento. Hay un Dios que es “Padre-Madre” y que crea [5] . Por eso, la importancia de reconocernos “hijos”. El sentido de las cosas no lo inventamos nosotros sino que nos viene dado. Recorriendo las páginas de Hildegarda aprendemos a descubrir, casi como niños, lo que desde un comienzo nos fue dicho; pero que, hundidos en la marcada falta de trascendencia de nuestro tiempo, es como si lo hubiéramos olvidado casi por completo. La unión conyugal aparece creada por Dios en el Paraíso y es anterior a la caída. Hay una vocación y una misión grabadas en la naturaleza misma del hombre y de la mujer desde el principio. Hildegarda nos introduce de lleno en el tema en la Segunda Visión del Libro Primero del Scivias [6] : “El que la primera mujer haya sido formada del varón señala la unión de la mujer al hombre. Y debe entenderse así: esta unión no será vana ni se realizará en el olvido de Dios; porque Él, que creó a la mujer del hombre, estableció buena y honestamente esta alianza para formar carne de la carne. Y así como Adán y Eva fueron una sola carne, también el hombre y la mujer se hacen ahora una sola carne en la unión del amor, a fin de que se multiplique el género humano. Por tanto debe existir entre estos dos un amor perfecto, igual que lo hubo entre los dos primeros.” [7] Cuando al comienzo presentábamos el caso de Charles, como un ejemplo de tantos otros, decíamos que nos parecía que algo esencial se nos estaba olvidando en nuestro tiempo. Y creemos sin duda que es precisamente lo que Hildegarda apunta aquí con tanta certeza: el olvido de Dios. “Coniunctio ista non est uana nec obliuione Dei exercenda”. Cuando las decisiones de la vida entera se llevan a cabo en el olvido de Dios, tarde o temprano la vida misma se nos torna insípida y vana. Cuánto más ocurre esto con el vínculo, tan íntimo y especial, que nos une a una persona de por vida. Es imposible que el fundamento de la relación pretenda descansar por completo y, aún más, consolidarse, en el propio amor de los esposos [8] . Lamentablemente debemos decir que éste, por sí sólo, no es suficiente, no basta. Muchísimo menos aún, después de la caída. El marcado olvido de Dios de nuestro tiempo no ha hecho más que socavar las uniones interpersonales dejándolas en falso, esto es, cargadas de inconsistencia y fugacidad. Bástenos mirar a nuestro alrededor. La alianza conyugal ha sido establecida por Dios desde el comienzo de la creación, “buena y honestamente”. “Coniunctionem istam bene et honeste constituit” [9] . Tenemos en el texto tan sólo tres palabras claves, un verbo y dos adverbios, pero ¡cuánto se nos puede dar a entender con ellas! El verbo “constituo” apunta al carácter propio del acto creador de Dios Quien, al dar la vida al varón y a la mujer, “fijó”, “fundó”, al mismo tiempo para ellos un verdadero sacramento de amor [10] . Las raíces etimológicas de este verbo nos remiten al “orden” y a la “justicia” primeras. Los adverbios “bene” y “honeste” nos dicen al mismo tiempo atributos de la acción divina y características propias de la alianza de amistad creada por Dios para el vínculo más íntimo y profundo entre el hombre y la mujer. “Bene” nos habla de “rectitud” y de “dicha”. En sus orígenes resuenan los ecos de “fortaleza”, de “riqueza” y de “hermosura” puesto que lo que es “bonus”, posee “bonitas”, palabra que nos habla a la vez de “liberalidad” y de “ternura”. Característica, esta última, propiamente femenina. En “honeste” encontramos la “honra” y la “gloria”, lo que nos dice del “honor” y la “dignidad”que le son propias, lo que hace que la unión conyugal sea también “merecedora de respeto”. Pero, lamentablemente, todo lo anteriormente dicho no hace más que describir, en cierto modo, algo que ya no existe. El matrimonio se nos presenta en este texto de Hildegarda tanto en su origen divino como también en su condición esencialmente natural para el ser humano en el concierto de toda la creación, como algo provisto de abrumadora excelencia. Pero sería un tremendo error de nuestra parte si no aceptáramos ver que el pecado original nos ha dejado una grave herida. La descripción de antaño hoy no corresponde exactamente a ninguna realidad por más armoniosa que ella se nos presente. Y, sin embargo, nos atrevemos a afirmar que quizás sea éste el único recuerdo que el hombre conserve todavía y en forma más vívida del paraíso. Aunque, por cierto, cada día debamos volver a contemplar “aquella pieza arqueológica” desde Dios para no olvidarnos de lo que en un tiempo el hombre veía en forma totalmente nítida y permanente. Tanto hoy se nos ha arrumbado “la pieza”, que hemos llegado a ver en ella precisamente todo lo opuesto de su significación original. Pues, si la observamos desprovista de su perspectiva eterna, allí donde hubo gloria y belleza es posible que no veamos más que tedio y vacío, cuando no llanto y desesperación. Ahora bien, sin una mirada teorética jamás superaríamos el pecado. Creemos que bien pudiéramos definir toda la obra de Hildegarda como una vasta y serena teoreticidad. Porque si bien es cierto que la caída conllevó en el corazón del hombre un gran olvido de Dios, Hildegarda sostiene que, aunque Adán apeteció el mal, quedó también en él un firme recuerdo del bien [11] . Sabemos que olvido no es lo mismo que ignorancia inicial. Olvidamos lo que en un momento constituyó un presente. Sólo quien olvida, puede volver a recordar. Por esto, si bien el hombre conserva en su alma el recuerdo de la caída, el recuerdo del bien le es previo y todavía existe. Es esto último lo que le genera al hombre la más triste nostalgia en lo más hondo de su ser [12] . Mientras que desde fuera de él, se vio precipitado hacia el mal y sufrirá en la tierra hasta el fin de sus días las lamentables consecuencias de ello, la búsqueda del bien continuará constituyendo, en el fondo, la esencia misma de su ser extraviado. Es más, sin negar toda la crudeza del pecado, Hildegarda nos dice en ese lenguaje tan suyo cargado de un tremendo simbolismo: “el Paraíso no se ha oscurecido por la sombra y la perdición de los pecadores” [13] . En tanto que el catarismo representa en el siglo XII una suerte de ontologización del mal, Hildegarda y otros grandes pensadores de la época, tal como san Bernardo de Claraval, insistirán en el carácter exclusivamente moral del pecado [14] . Y aquí hemos dado con la pieza metafísica clave para una verdadera teología del matrimonio. Éste no sólo ha sido instituido por Dios en el Paraíso sino que, además, es la primera forma de amor humano que el pecado no ha podido destruir [15] . Si afirmáramos que el vínculo mismo de la unión conyugal es pecaminoso, no podríamos sino caer en una suerte de puritanismo en el cual tanto la sexualidad como el placer serían vistos en sí mismos como desordenados. Y, lo que es más, la naturaleza misma de las personas que tienden a la unión conyugal llevaría semilla de pecado. Contrariamente a esto, Hildegarda cree que la unión conyugal, creación sagrada de Dios, es decir, “sacra-mentum”, no corrompida por el pecado, constituye un bien en sí [16] . Desde aquí surge, dentro de lo que es el “ordo amoris”, la consiguiente dignidad no sólo de la unión conyugal misma sino también de todo lo que a ella se vincula. A la luz de esto, adquieren un “luminoso sentido de dignidad” tanto el papel del hombre como de la mujer dentro del matrimonio, la sexualidad y hasta el mismo el placer sensible. Cuántas realidades hoy necesariamente vueltas a reconsiderar por nosotros en un mundo donde todo pareciera que ha sido confundido y, por esto mismo, denigrado. Y nosotros, ciegos de Dios, ciegos de nuestra verdadera identidad, en medio de esta confusión, tal como el caso de Charles, vivimos buscando felicidad allí donde sólo encontraremos dolor y frustración. No podríamos comprender debidamente la obra de Hildegarada si no consideráramos la importancia del catarismo en su época. Para éste, las nociones del mundo, del demonio y de la carne iban unidas a la realidad del pecado. De aquí que se prefiriera el celibato o la virginidad para toda acción “noble”, quedando relegado a un “mal necesario” todo comercio carnal. Hildegarda, sin desestimar en ningún momento una jerarquía de fines y valores, es más, sobrevalorando constantemente el amor espiritual sobre toda otra forma de amor, no menosprecia por ello lo que Dios mismo ha creado. Para ella, lo mismo que para toda la tradición de la Iglesia, toda forma posterior a la caída, hablamos del sacerdocio, de la vida consagrada y de la misma Iglesia, no hará más que enaltecer y nutrirse a la vez de esta realidad esponsalicia primera y principal [17] . “La materia no es hija del diablo”. Bien pudiera ser ésta una de las tantas sinfonías que escuchásemos al recorrer la polifónica obra de Hildegarda, porque todo, absolutamente todo, fue hecho por la “Luz Viva” en un perfecto concierto de armonía universal [18] . Precisamente por esto ella nos dice en otra de sus visiones con todo énfasis: “Sí, todos los hombres resucitarán en cuerpo y alma, sin desmedro ni falta en sus miembros, sino íntegros sus cuerpos y su sexo, como en un pestañear de ojos;…” [19] . El texto es más que claro. La imagen es más que fuerte. Ni la mujer ni el hombre han de considerarse menospreciados por encontrarse dentro del matrimonio. Tampoco la genitalidad de los mismos, ni el consiguiente placer sensible que se deriva de ellos, han de ser tomados por vergonzosos dentro del “ordo amoris”. A la luz de esto, de la misma manera que hay desorden en toda forma de libertinaje, lo hay también en el ascetismo más riguroso. Extremos éstos igualmente presentes dentro de la filosofía cátara [20] . En Hildegarda, en cambio, nos encontramos más bien dentro de la ética del justo medio. La unión conyugal se define por la complementariedad de los esposos en la realización de la “obra de Dios”. Ellos mismos son obra de Dios en la imagen de la unión fecunda del varón y la mujer. La unión de ambos participa entonces de una gran liturgia cósmica espejo mismo de la Santísima Trinidad [21] . Dios para Hildegarda no sólo es Padre sino también Madre [22] . Por esto mismo la humanidad habrá de presentar un doble rostro: masculino y femenino a la vez [23] . En la unión de la familia, varón y mujer junto con sus hijos habrán de ofrecer el rostro uno y trino de Dios. Dentro de este concierto, el hombre y la mujer serán regidos por ritmos distintos, pero a la vez armónicos y complementarios. El hombre estará simbolizado con el ritmo del sol en tanto que la mujer con el de la luna [24] . El hombre será fortaleza en tanto que la mujer, ternura y fragilidad [25] . Pero ambos no harán sino revelar este doble aspecto de la fortaleza y la ternura mismas de Dios [26] . La indisolubilidad de la unión de los esposos, separable sólo con la muerte, es comparada por Hildegarda con la unión del cuerpo y del alma; aunque en el matrimonio ciertamente la unión de las personas sea tanto física como también espiritual [27] . Pero, asombrosamente, a la hora de hallar una imagen simbólica para la unión conyugal, Hildegarda nos expresa que, en dicha unión, al hombre le corresponde el papel del alma, en tanto que a la mujer, el del cuerpo. Bien pudiéramos preguntarnos cómo debiéramos entender esto. Ante todo, la música ocupa un papel capital en la teología de esta monja benedictina.Y decir alma, para ella es decir música. Por cuanto afirmar que el hombre es el alma del cuerpo, equivale a decir que es la música misma recibida directamente de Dios para erguirse en centro armónico de todo lo creado. Encontramos en sus textos y en sus visiones toda una imagen enaltecida del papel del varón en la creación. Esto nos aleja de pensar que en Hildegarda pudiera aparecer un feminismo tal como el que conocemos en la actualidad. Si bien es cierto que ella dignifica la imagen de la mujer frente al catarismo, de ningún modo esto ocurre en detrimento de la figura masculina, sino todo lo contrario. De un modo muy distinto a las imágenes de lo masculino que en nuestros días estamos acostumbrados a ver, en Hildegarda el hombre estaría llamado a ser el alma misma de la unión conyugal. Confesamos que hoy esta idea hasta pudiera provocarnos extrañeza. El hombre como melodía sinfónica, que vivifica, pone música, en el cuerpo de aquella mujer a la que ha elegido por su esposa. ¡Cuánta responsabilidad para el varón! La mujer, en cambio, adoptando una primera actitud “pasiva”, podríamos decir que casi lo recibe todo a través de él [28] , desde el comienzo mismo de la creación, en la cual Dios prefirió formarla de la costilla de Adán a modelarla de barro, como significando de este modo que el hombre ha recibido la vida directamente de Dios, en tanto que a la mujer le llega a través del hombre [29] . Éste, y no Dios, será desde entonces, su referente inmediato para ella; en tanto que Dios mismo lo será para el hombre [30] . Pero, a partir de este momento, el hombre procederá de la mujer y la mujer guardará para siempre el sello de su procedencia del hombre, encontrando su propia realización el uno en el otro. Si el hombre es el alma, la mujer es el cuerpo del hombre. Podríamos preguntarnos también aquí qué clase de imagen es ésta. En lo que más tarde será la filosofía escolástica aristotélica, el alma, principio activo, informa al cuerpo, principio pasivo. Esto, sin duda, está en la imagen que nos acerca Hildegarda. Pero la idea de lo femenino en ningún momento se detiene o se acaba en una pura pasividad. Y esto nos parece sumamente significativo y esencial. Para Hildegarda, el cuerpo viste al alma. El hombre recibe su ser directamente de Dios y le devuelve a Dios su obra a través de la creación y, muy especialmente, a través de su obra en la mujer. La mujer, en cambio, recibe su ser indirectamente de Dios a través del hombre y le devuelve a Dios su obra a través del mismo hombre y de la creación entera. Con lo cual ambos, varón y mujer, tienen a la vez un momento pasivo y otro activo. Ambos son perfectamente imagen de Dios porque en ambos, y no en uno sólo, se realizan, de distinto modo, ambas realidades. Es más, creemos que la armonía de cada uno consigo mismo, la armonía entre ambos y la armonía de ambos con la creación entera y con Dios se da a partir de allí. Varón sin receptividad y mujer sin actividad serían una falsificación de la humanidad misma que está grabada en lo más hondo del corazón de cada uno de ellos. Siempre hemos oído decir que la mujer es quien observa y ve, quien oye y escucha, guardándolo todo en su corazón. Y esto es bien cierto. He aquí la receptividad propia de la mujer. Pero en una época en la cual se nos han desdibujado casi por completo los arquetipos, hemos olvidado que el hombre también debe poseer receptividad; primera y principalmente con respecto a Dios, puesto que sólo desde el corazón que contempla y que guarda partirá una respuesta fecunda. La mujer habrá de devolverle al hombre todo lo que él haya depositado en ella. Y el hombre habrá de devolverle a Dios cuanto el Creador le haya otorgado a él. La mujer es madre maternal para los hijos y esposa comprensiva para el hombre. En este sentido, la mujer es receptáculo, cofre, y también jardín. Indudablemente en la imagen del jardín está la figura del Paraíso, entendiendo por Paraíso el lugar de las delicias, esto es, el lugar del encuentro con Dios. Pero en el hombre también la mujer, en cierto sentido, debiera encontrar el Paraíso, hallando en su compañero a un ser directamente orientado hacia Dios y que, también hacia Dios, a ella misma la condujera. Si el hombre es el alma y la mujer es el cuerpo, bien pudiéramos pensar que, mientras que el hombre sin la mujer experimentara desnudez y desproteción, la mujer sin el hombre sentiría ausencia de guía y desorientación. Ambos, al ser espejo de Dios, lo son también del otro. Sin perder cada uno de ellos su identidad, el varón y la mujer pueden encontrarse sí mismos al encontrar la perfecta imagen de Dios en el otro. He aquí lo que nos parece de veras importante. Cuántas veces se nos ha dicho que ver al otro es vernos. Pues aquí tenemos el fundamento eterno. Hay algo de la música divina que llevamos dentro que reconocemos recién al escuchar los acordes de nuestro diario compañero. Pero también ocurre algo semejante con nuestras propias miserias. Este es el momento en el cual estamos realmente tentados de alejarnos de la convivencia. No queremos reconocernos tal como somos, y preferimos huir. Sin advertir que realmente huimos de nosotros mismos. Para Hildegarda la música es, sin duda, camino de salvación. Por ella, el hombre vuelve a Dios. El varón a través de la mujer y la mujer a través del varón. En la música, “la palabra representa el cuerpo” mientras que “el cántico manifiesta el espíritu” [31] . Otra vez estamos delante del tema de la unión. El equivalente a la unidad esponsalicia es evidente.La unión conyugal es música, parte de esa música cósmica, universal y eterna que no es más que liturgia de alabanza y acción de gracias. Pero, para Hildegarda, sólo es posible la música allí donde hay virtud. ¡En su obra los vicios no cantan! [32] Otra vez se nos aparece el “ordo amoris”. Fuera de él no hay música posible. En la armonía con Dios hallarán armonía los esposos, porque sólo bendecida por Dios es posible la legítima alianza conyugal [33] . No es posible el amor verdadero si no es virtuoso. En la virtud fue creado por Dios el amor de los esposos. “Adam in caritate Euae tam fortiter ardebat” [34] . ¡Adán ardía en caridad por Eva! Qué expresión tan fuertemente hermosa. El verbo “ardere” tiene a la vez el significado de apasionamiento vivo, pero también luminoso. Esto nos hace entender que Adán, precisamente porque estaba apasionado por un amor de caridad, brillaba, resplandecía. Se lo veía más vivo, más vital. ¿No es esto acaso lo que hoy nos sucede cuando nos sentimos de veras enamorados? Pues aquí está la huella del Paraíso que ni el pecado ha podido borrar. Pero del “ardor amoris” dentro del “ordo amoris” hoy bien poco se habla. A nuestro alrededor todo pareciera indicarnos que dentro del justo orden hay menos apasionamiento. Cuando, en realidad, ocurre todo lo contrario. Es que nos hemos acostumbrados a confundir la efervescencia transitoria con la verdadera pasión, la cual, sin duda, es permanente. Por eso mismo, asociamos todo apasionamiento necesariamente al desorden. Hildegarda nos ofrece dos expesiones que definen la esencia misma del vínculo conyugal según el “ordo amoris” y, por esto mismo, preservando el “ardo amoris”. Nos dice: “Fides autem recta et pura dilectio agnitionis Dei inter maritum et uxorem sit” [35] . Sin duda se está refiriendo a nuestro estado actual, al estado de la naturaleza caída. Y, sin embargo, las virtudes, aunque arduas, son para ella posibles. Pero son posibles “agnitionis Dei”. El verbo “a-gnosco” nos refiere a un recuerdo. Es “re-conocer” acordándose de haber visto algo en algún tiempo. Volvemos a los temas del recuerdo de Dios y la memoria del bien de los cuales hablábamos al comienzo de esta meditación. En estas pocas palabras de Hildegarda, está contenida toda una visión metafísico-teológica fundamental. Esto es, que la vida ética no es posible desprovista de la realidad de un Dios trascendente. Mientras el hombre actual ha querido hacer olvido de Dios, lo que a las claras no tiene es el valor para confesar a partir de ello todas sus consecuencias. Pretende vivir en el placer de una pactada calma de bienenstar hedonista, sin advertir que está sustentándose sobre principios que anulan de por sí toda paz y felicidad. La primera exigencia que se nos propone es la de ser profundos en la mirada. El texto de Hildegarda habla de “fides recta”. La fe a la que nos remite está vinculada directamente a la sinceridad. Ser una persona de buena fe es antes un atributo moral que religioso. Sólo en una de las tantas acepciones de “fides” podemos encontrar que esta palabra se refiere a la fe en Dios. Pero aquí, además, el vocablo apunta directamente al vínculo conyugal: “inter maritum et uxorem sit”. La buena fe es esa condición de ser honestos ante la verdad. Consiste en aceptar y asumir sin rodeos la realidad tal como ella se nos presenta. Por eso el adjetivo “recta”. “Fides recta” hace referencia a una virtud de la inteligencia [36] . Alude a la profundidad de la mirada que apunta directamente a la verdad existente. Esta virtud se nos presenta como requisito o condición primera para la felicidad del vínculo conyugal y, dentro de él, de cada una de las personas que lo constituyen. Todo lo otro aquí se funda. “Cuando pude ver todo esto con sinceridad comencé a recuperarme” escuchábamos decir finalmente a Charles en la narración que colocábamos al principio. Y cuántas veces oímos de tantas personas a nuestro alrededor que han llegado a ver con toda honestidad la verdad de su vínculo, o no vínculo, conyugal, pero demasiado tarde. La vida se nos escapa. Es preciso que los esposos vean la realidad a fondo desde el comienzo. Y esto, ciertamente, referido tanto a la realidad suya propia como a la del otro. Es necesario ser sinceros, honestos, desde el inicio. Lo que está en juego, ¿no se trata acaso de nuestra propia felicidad? Ver a fondo en la mutua convivencia no es fácil, requiere un esfuerzo, un gran esfuerzo. No es para nada cómodo. Muchas veces nos es sumamente molesto ponernos de cara a la verdad. Pero no es cuestión aquí de ver sin enfrentar. La mirada seria no cae en el disimulo. Por eso la “fides” ha de ser “recta”. “Rectus” es participio de “rego”. No hay gobierno de la propia vida sin firmeza. En la vida conyugal la mirada honda ha de ser firme y sostenida. Precisamente por esa rectitud adquirirá dignidad. La dignidad de fundar la vida sin artificios. La profunda realización de sabernos que hemos basado y edificado un matrimonio de modo tal que esto nos haga sentir que somos señores de nuestra existencia. Indudablemente aquí “rectus” nos ha llevado a “rex, regis”. En la unión conyugal la caridad debe ser el fruto de un amor de libre elección. Por eso, en este texto Hildegarda prefiere el término “dilectio” [37] . El vínculo conyugal ha de ser libremente asumido. Pero, una vez que ha habido compromiso, la entrega de los esposos ha de ser diligente. Esto es, pronta y entera. Realizada con esmero y dedicación. Curiosamente el vocablo “diligenter” guarda a la vez el sentido de aplicación y también de discernimiento. Nadie puede dedicarse de lleno a algo y aducir ceguera. Cuando la respuesta afectiva necesita ser pronta, el que ama ha de estar profundamente atento. El amor de dilección exige necesariamente la profundidad en la mirada de la cual hablábamos arriba. Discernir es separar, distinguir separando. Cuando el amor es verdadero, discierne. Es objetivo. Ve lo que tiene delante, no se confunde. Percibe al otro tal como el otro es, y no como él se lo imaginara o le gustaría que fuese. No puede haber verdadero fuego en el corazón sin transparencia en la mirada. Antes lo hemos dicho. Cuando el apasionamiento es vivo, es también luminoso. Para reforzar aún más la imagen, Hildegarda añade al sustantivo “dilectio” el adjetivo “pura”. Puro nos dice de la cosa llevada a cabo con limpieza. Con sencillez y transparencia. Nos habla de una forma de amor que nada oculta. De un amor sin engaños, ni conscientes ni inconscientes. De un amor de veras libre, natural y sereno. De una entrega total, sin reservas. Hablamos ciertamente de una unión conyugal a la cual ambos esposos han llegado con un corazón abierto y dicha entrega se ha mantenido. Claro que ninguna de estas cosas se da así como así. Cada una de ellas habremos de trabajarla día a día en nosotros y bien a fondo; hasta que arraigue y se consolide, se haga fuerte y robusta. En esto consiste la esencia de la virtud. Exige labor. Exige un esfuerzo, a veces duro y otras también amargo. A menudo nuestra misma naturaleza pareciera que se nos rebelara y también, por qué no decirlo, la de nuestro compañero. Esto nos decepciona. Pero lo importante es que ambos sigan luchando y trabajando en y por lo mismo. Siempre con el ideal bien claro y el corazón animoso. La unión conyugal, si queremos que sea virtuosa, deberemos labrarla día a día, sin desanimarnos ante cada caída. Ni por la propia ni por la de nuestro compañero. Pues si bien las caídas son parte de la vida, no definen la vida misma. Hemos llegado hacia el final. Dejemos que lo eterno nos atraviese. Que nos ilumine y fecunde en nuestro diario quehacer. Dispongámonos a aceptar que hemos recibido de Él, que es Fuego Vivo, la comunicación de toda forma de amor que se convirtió en nosotros en fuego y vida. Vida que es música que suena en lo más profundo de nuestro ser. Descubramos nuestra propia melodía en medio de tanto bullicio que nos viene de afuera. Necesitaremos retirarnos. Tal como nos hemos retirado ahora para considerar todas estas cosas. Aceptar la unión conyugal como oración, como verdadera “obra de Dios” en nosotros, es aceptar la filiación divina. Creemos que de esto se trata. Cobremos el valor de ser profundamente humanos. De tierra y de carne. Tal como Adán y tal como Eva. Seamos honestos con la imagen de Dios en nosotros. Hagamos crecer en nosotros sin miedos una masculinidad y una femineidad no falsificadas. Un hombre viril capaz de profunda ternura y una mujer tierna capaz de verdadera consistencia. Recordemos en aquella incomparable imagen de Hildegarda, que “en la honestidad hemos sido creados”. Sabemos perfectamente que semejante sinceridad no es fácil. Las propias tentaciones nos rondan a diario y somos débiles. Pero trabajemos con confianza en la oración y en la fortaleza. Sólo así tranformaremos nuestro propio corazón en algo más auténtico y el mundo que nos rodea en algo más humano. NOTAS:[1] La historia, por supuesto, es muchísimo más larga de lo que aquí transcribimos. En el momento de la narración, Charles vivía en los Estados Unidos con sesenta y cinco años de edad. Era ingeniero civil retirado. Se había divorciado, vuelto a casar y estaba ahora viudo de su segundo matrimonio. Su testimonio completo lo encontramos en el libro de Robin Norwood. Las mujeres que aman demasiado. Buenos Aires: Vergara, 1986, p. 136-142. (vuelve al texto) [2] Nietzsche. F. “Die fröhliche Wissenscraft”. En: Werke. Vol. V. Leipzig: Grossoktavausgabe. 1904, p. 205. (vuelve al texto) [3] “Una tradición silenciada de la Europa Medieval” es el subtítulo de la edición castellana del libro de G. Epiney-Burgard y E. Zum Brunn. Mujeres trovadoras de Dios. Barcelona: Paidós, 1989. (vuelve al texto) [4] Coincidimos con R. Pernoud al afirmar que en Hildegarda de Bingen la teología cósmica es lo medular. Creemos que tal cosmovisión constituye el verdadero cuerpo metafísico de su pensamiento y, precisamente por esto, “la parte más fascinante de su obra”. Cf. Hildegarda de Bingen. Barcelona: Paidós, 1998, p. 10. (vuelve al texto) [5] “… la Palabra de Dios contempló, con la poderosa voluntad del Padre y el amor de la suprema dulzura, …” Cf. Scivias II. 1. 7. (Madrid: Trotta, 1999). “…la Palabra cumplió todo el bien y, con Su dulzura, llevó de vuelta a la vida a aquellos que, abatidos por la inmundicia de sus culpas, no podían regresar a a bienaventuranza perdida. ¿Qué quiere decir esto? Mira: por este manantial de vida vino, cual abrazo, el amor materno del Señor, que nos apacentó para la vida y es nuestro refugio en la tribulación; amor dulce y profundo es, que nos lleva a la penitencia.” (Sc. II. 2. 4). Para el carácter femenino-maternal de Dios, véanse los estudios de: Fierro, Nancy. Hildegard of Bingen and Her Vision of the Femenine. Kansas City: The National Catholic Reporter Publishing Company, 1994; Craine, Renate. Hildegard Prophet of the Cosmic Christ. New York: The Crossroad Spiritual Legacy Series, 1997; y Newman, Barbara. Sister of Wisdom. St. Hildegard’s Theology of the Feminine. Berkeley:University of California Press, 1987. (vuelve al texto) [6] Tanto el tema de la unión conyugal como las cuestiones referidas a la sexualidad aparecen directamente tratados en el Scivias; mientras que en el Causae el Curae podemos enontrar más bien un fino e interesante estudio de la fisiología y psicologías femeninas. (vuelve al texto) [7] “Quod autem prima mulier de uiro formata est, hoc est coniunctio desponsationis mulieris ad uirum. Et hoc sit intelligendum est: Coniunctio ista non est uana nec obliuione Dei exercenda, quia qui mulierem de uiro tulit coniunctionem istam bene et honeste constituit, uidelicet carnem de carne formans. Quapropter ut Adam et Eua caro una exstiterunt, sit et nunc uir et mulier caro una in coniunctione caritatis ad multiplicandum genus humanum efficiuntur. Et ideo perfecta caritas in his duobus esse debet quemadmodum et in illis prioribus.” (Sc. I. 2. 11). (vuelve al texto) [8] “… quoniam coniunctio ista non secundum uoluntatem hominum, sed secundum timorem Dei exercenda est” (Sc. I. 2. 13). (vuelve al texto) [9] Cf. también Sc. I. 2. 22, donde Hildegarda presenta claramente la honestidad como atributo inherente a la naturaleza humana. Y Sc I. 2. 15, donde aparece la hipocresía como falsificación de esta honestidad ontológica inicial. (vuelve al texto) [10] Este concepto es el que le permite afirmar a S. Goughuenheim “le mariage, création sacrée de Dieu”. Su estudio revela un verdadero “eloge de mariage” en la visión hildegardiana. Cf. “La place de la femme dans la création et dans la société chez Hildegarde de Bingen”. En: Revue Mabillon. 1991; 2: 99-118. (vuelve al texto) [11] “Sed tu, o homo, cum habes recordationem boni et mali, velut in biuio positus es;…” (Sc. I. 4. 30. Cf. también Sc I. 2. 15). (vuelve al texto) [12] La melancolía, no como temperamento sino como estado permanente, es vista por Hildegarda como un mal temible. Atenta fundamentalmente contra la “viriditas” o vitalidad recibida de Dios. Si bien encontramos en toda su obra médica una fuerte preocupación por desentrañar el origen de tal desajuste clínico con el fin de contrarrestar su efecto, la abadesa de Bingen no desconoce, sin embargo, que la verdadera causa de todo desequilibrio de la persona, lo que denominamos enfermedad, no radica sino en el pecado. Esto la conduce a plantear el tema de la curación de la persona, en su sentido más profundo, como un camino de exclusiva conversión moral. (vuelve al texto) [13] “…quoniam ipse paradisus in umbra et in perditione peccatorum non obscuratur.” (Sc. I. 2. 28). (vuelve al texto) [14] “El alma nunca se ha despojado de su nativa imagen de Dios, sino que sólo se ha revestido de una forma extraña, sobrepuesta, que la hace desemejante a Él; pero entiéndase bien que esta desemejanza, sobrepuesta al alma, no destruye su ingénita imagen: la oscurece y afea, mas no la borra. ¡Cómo se ha oscurecido el oro y mudado su color óptimo ! (Thren. 4,1). Como se ve, laméntase aquí el profeta de que se haya oscurecido y ennegrecido el oro, pero sin dejar de ser oro.” (Cf. San Bernardo de Claraval. “Sermón 82”. En: Obras completas. Vol. II. Madrid: BAC, 1955. (vuelve al texto) [15] “Il y a donc complémentarité totale entre l’homme et la femme, union intime tant physique que spirituelle, union nécessaire á la survie de genre humain, parce que telle est la volonté divine, manifestée la première fois dans l’amour entre Adam et Eve, amour que le péché lui-même ne put détruire.” Cf. Gouguenheim, S., ob.cit., p. 108. (vuelve al texto) [16] “La femme, au moment de sa création, est una femme parfaite, de même qu’Adam est un homme parfait, l’un l’autre en état d’engendrer et de mettre un enfant au monde. Le fait que la première femme a été formée de la substance de l’homme est la marque de l’ union conjugale de la femme et de l’homme, conjonction instituée par Dieu; le mariage est bon en soi, et ceci est encore vrai maintenant; l’homme et la femme deviennent une seul chair dans une union d’amour pour la propagation du genre humain.” (f. d’Alverny, M. “Comment les théologiens et les philosophes voient la femme”. En: Cahiers de Civilisation médievale. 1977; 20: 122) Coincidimos con esta interpretación de los textos de Hildegarda, aunque esta visión no ha sido compartida por todos los estudiosos del tema. Cf., por ejemplo, Dronke, Peter. Las escritoras de la Edad Media. Barcelona: Grijalbo, 1994, p. 240. Para este autor, la sexualidad en su forma presente “es el resultado de la corrupción y de la Caída”. Si bien creemos que muchas veces la abadesa de Bingen quiere marcar la diferencia entre el estado de la naturaleza humana tal como se encontraba antes de la caída y la condición en la cual esta misma naturaleza se encuentra en el momento actual, pensamos, sin embargo, que no debe confundirse el platonismo, permanentemente presente en la obra de Hildegarda, con una suerte de maniqueísmo. (vuelve al texto) [17] Así, por ejemplo, la imagen del nacimiento de la Iglesia desde el costado abierto de Cristo muerto en la Cruz aparecerá asociada a la imagen del nacimiento de la mujer desde la costilla de Adán dormido en el Paraíso. (Cf. d’Alverny, M., ob. cit., p. 106). (vuelve al texto) [18] “Ego summa et ignea uis” Cf. Hildegardis Bingensis Liber Divinorum Operum, I. 1. 2. (Tvrnholti: Typographi Brepols Editores Pontificii, 1996. (Corpus Christianorum. Continuatio Medievalis, 92)). (vuelve al texto) [19] Cf. Sc. III. 12. 3. Todo el texto de esta cita se encuentra bajo el siguiente título: “QVOD CORPORA MORTVORVM VBICVMQVE FVERINT IN INTEGRITATE CORPORIS ET SEXVS SVI RESVRGVNT.” El párrafo que hemos transcripto: “Ita omnes homines in anima et corpore, sine ulla contractione et abscissione membrorum suorum sed in integritate et corporis et sexus sui, uelut in ictu oculi resurgunt,…”. Asimismo es interesante de ver en Hildegarda la descripción de toda la anatomía y fisiología humanas como espejo de toda una teología cósmica. (Cf. LDO I. 4). En este sentido, afirman G.Épiney-Burgard y É. Zum Brunn: “… el hombre lleva en sí mismo el sello de todas las demás criaturas. Él, microcosmos, reproduce hasta en los menores detalles, en su anatomía, en su fisiología, el macrocosmos. Todo órgano humano, toda operación de los sentidos, tiene una triple correspondencia: con los elementos, con la vida moral, con la vida sobrenatural.” (Cf. ob. cit., p. 46). Una y otra vez en el LDO aparece la idea de “carne bona”. También en este texto Hildegarda afirma en una expresión cargada de singular equilibrio cristiano: “Anima quippe carnem adiuuat et caro animam, quia per animam et per carnem unumquodque opus perficitur;…”. (Cf. LDO I. IV. 23). (vuelve al texto) [20] Cf. la Carta que le escribe Hildegarda a Elisabeth de Shönau donde afirma que “C’est le Diable qui pousse à l’ascétisme pour assombrir les derniers jours de la vie.” Por esta razón, insiste en esta carta sobre la moderación, “discretio”, a la que llama “madre de todas las virtudes”. Asimismo es interesante consultar la Carta de Hildegarda al clero y al pueblo de Colonia. Allí se dirige a las mujeres, seducidas por la apariencia de la rigurosidad de un falso ascetismo, defendiendo el carácter sagrado del placer, en tanto que el mismo Creador lo experimenta. Cf. Ep. 48 y también para este concepto el Cántico 12. “A travers le mariage, la sexualité, la phisiologie, c’est le même thème qui revient: la femme est respectable. … Il est par conséquent logique que la sexualité n’appartienne pas au domaine du mal, que le plaisir soit reconnu et même souhaitable parce qu’utile à la génération. Tout concourt vers le même but: participer à l’ouvre de Vie de la Création”. (Cf. Gouguenheim, S., ob. cit., p. 109). (vuelve al texto) [21] Cf. Sc. II. 3. 22. Según G. Epiney-Burgard y E. Zum Brunn la visión de Hildegarda que establece una analogía de la unión conyugal con la imagen de Dios uno y trino no tiene equivalente literario en su época. (ob. cit., p. 48) (vuelve al texto) [22] Cf., por ejemplo, Sc. II. 2. 4, donde Hildegarda nos habla de “materna dilectio Dei”. Ya hemos apuntado más arriba que, para la abadesa de Bingen, Dios es Fuerza mas también Ternura. Cf. para ello, por ejemplo, Sc. II. 1. 7. (vuelve al texto) [23] Cf. Schipperges, H. The World of Hildegard of Bingen. Her Life, Times and Visions. Minesota: The Liturgical Press, 1998, p. 78. (vuelve al texto) [24] Cf. LDO IV. 65, loc. cit. en: Gouguenheim, S., ob. cit., p. 108. (vuelve al texto) [25] Cf. Sc. II. 3. 22. Es de destacar que, si bien en un comienzo, lo que caracterice al varón sea la fortaleza y lo que caracterice a la mujer sea la fragilidad; Hildegarda explicará que ambos atributos no son patrimonio exclusivo del uno u otro sexo. Ambos serán fuertes y también frágiles, mas de modo diferente. El hombre poseerá la fragilidad del barro, que es “tierna y recia” (Sc. II. 1. 7); en tanto que la mujer, poseerá la fragilidad de la carne, que es “suave” (LDO. I. 5. 43), loc. cit. en: Epiney-Burgard, G. y Zum Brunn, E., ob. cit., p. 49. En el estudio de Gouguenheim, S., ob. cit., p. 101, se profundiza en esta fragilidad de la mujer asociada a su procedencia no de la tierra sino de la carne. Cf. para ello también Causae et curae: “De Adae creatione et Euae formatione”. Tanto el cuerpo como el alma de la mujer serán, en otros lugares comparados con la fragilidad de un niño (Cf. LVM. IV. 36 y III. 50, loc. cit. en: Gouguenheim, S., ob. cit., p. 101). El origen mismo de la vida estará asociado a la fragilidad. La mujer, por ser imagen tanto del origen de la vida misma como también de la salvación de la humanidad, quedará vinculada necesariamente a lo frágil. Ésta será su propia identidad. Pero, si bien por la fragilidad de Eva se dirá que entró el pecado en el mundo, también por esta misma fragilidad habremos sido perdonados. Si Adán hubiese pecado primero, nos dice Hildegarda, quizás no hubiéramos sido salvados. (Cf. Cc. p. 47, loc. cit. en Gouguenheim, S., ob. cit., p. 103). De aquí el paralelo que se establece entre Eva y Cristo; ya que también gracias a ella se ha redimido al género humano. Cabe, entonces, nuestro agradecimiento a Eva. (Cf. LDO. VII. 13, loc. cit. en: Gouguenheim, S., ob. cit., p. 103). (vuelve al texto) [26] Cf. nota 5. (vuelve al texto) [27] Cf. Gouguenheim, S., ob. cit., p 108. (vuelve al texto) [28] El término “pasivo” no tiene aquí en modo alguno un sentido peyorativo. Está referido más bien a un ocio contemplativo, a la vez pleno y fecundo. Mientras que el hombre actúa, la mujer contempla. El varón necesitará la fuerza del león; en tanto que la misión de la mujer será gestar y criar los hijos. En la virtud “pasiva” de quien contempla encontramos las virtudes de la atención, la profundidad de la mirada y la comprensión del corazón. Por supuesto, no es que el hombre no sea capaz de poseer estas cualidades, pero para Hildegarda, en la mujer debiéramos encontrarlas como atributo primero y principal. (vuelve al texto) [29] De este modo, dado su distinto origen, mientras el hombre representa la divinidad, la mujer será imagen viva de la humanidad. Cf. LDO. IV. 100, loc. cit. en: Gouguenheim, S., ob. cit., p. 108. (vuelve al texto) [30] Por este motivo, en tanto que el hombre quedará desde entonces directamente sometido a Dios, la mujer lo estará con respecto al hombre. Por supuesto que hablamos aquí de la sumisión de la mujer a un hombre dócil a Dios. Obviamente, con el pecado, al rebelarse el hombre contra Dios, como triste consecuencia de ello, toda la creación se rebelará en contra del hombre mismo. Quizás el sabor más amargo para él sea la indocilidad de su propia compañera. Pero algo semejante podríamos decir de la mujer. En tanto que la obediencia a un hombre ordenado hacia Dios la hizo otrora profundamente feliz, ahora supo del sinsabor de estar al lado de un compañero que, en su solipsismo, adquirirá un carácter despótico. Uno y otro sabrán, a partir de este momento, de la soledad, el abandono y la incomprensión. Cuánto más doloroso aún será aceptar el engaño y la traición. Creemos que hoy por hoy no podríamos realizar una justa teología del matrimonio sin tener en cuenta las lamentables consecuencias del pecado. Aún en aquellos vínculos conyugales que pudiéramos calificar de más sólidos y armónicos, no deja de estar presente en uno u otro momento, la veta de un desentendimiento o desavenencia mutuos. Ésta es nuestra realidad actual, y así tenemos que aceptarla. Pero, además, hoy esta sumisión de disponibilidad de la mujer con respecto al hombre mal pudiéramos comprenderla fuera del contexto epocal en el cual Hildegarda se ha movido. Se trata de un mundo medieval en el cual se rinde verdadero culto al vasallaje. Estar al servicio de un señor, de una tierra y de un Dios era cosa que honraba y dignificaba en sumo grado a la persona. Cf. el estudio de d’Alverny, M., ob. cit., en el cual se explica el rol de la mujer en la teología bíblica medieval como socia del hombre. Esto es, ni ama ni esclava. Nosotros creemos que en Hildegarda el papel de la esposa junto al esposo apunta más bien a la ubicación de la reina asociada al rey. (vuelve al texto) [31] Cf. Carta 23, a los prelados de Maguncia, años 1178-79, p.61-66. En: Hildegardis Bingensis Epistolarium. Ed. Lieven van Acker. Turnhout: Brepols, 1991-93. (Corpus Christianorum. Continuatio Medievalis, 91-91a). (vuelve al texto) [32] En toda la obra poética y musical de Hildegarda los vicios aparecen privados de música y de canto. (vuelve al texto) [33] Cf., por ejemplo, Sc. I. 2. 13 para ver el tema de la unión conyugal instituída por Dios como verdadera alianza entre el varón y la mujer. (vuelve al texto) [34] Cf. Sc. I. 2. 10. En todo momento Hildegarda se refiere al amor conyugal presentándolo como amor de caridad que debe apuntar a ser perfecto. “Perfecta caritas” leemos una y otra vez en sus escritos. Y esto así, tanto antes como también después de la caída. Véase, por ejemplo, nota 7. (vuelve al texto) [35] Cf. Sc. I. 2. 13. (vuelve al texto) [36] Cf. Sc. I. 4. 19. donde Hildegarda aplica explíciramente “fides recta” al referirse al “intellectus”. (vuelve al texto) [37] El término “dilectio” lo vemos también empleado para designar el amor de Dios por el hombre. Cf. nota 22. En tanto que el amor de los esposos es entendido como el fruto de una elección libre, Hildegarda se opone a toda forma de manipulación de las uniones conyugales (Cf. Cc. p. 88, loc. cit. en: Gouguenheim, S., ob. cit., p. 103). En este sentido, coincidimos con la apreciación de B. Newman que ubica a Hildegarda dentro del gran movimiento de reforma llevado a cabo en el seno de la Iglesia durante todo el siglo XII. (Cf. Voice of the Living Light. Hildegard of Bingen and her World. University of California Press. Berkeley. 1998. pág. 18). (vuelve al texto)
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