Todos los que estamos hoy acá seguro ya habremos advertido, de un modo o de otro, que ante Hildegarda de Bingen nos encontramos frente a una mujer muy singular. Si bien es mi cometido comentar sólo dos líneas esenciales de su obra, que es su vida, cosa que haré luego, quisiera señalar en primer lugar que,así como decimos que en la abadesa de Bingen nos encontramos frente a una mujer muy singular, también considero que Azucena Fraboschi es otra mujer muy especial. Ella ha sabido sintonizar admirablemente con Hildegarda. Azucena la ha presentado en forma transparente a quienes aún no la conocían, nos ha acercado estusiasta y muy generosamente a sus páginas, a sus imágenes, a su música, y también, por qué no decirlo, a sus sabores. Pienso, Azucena, que todo ello fue posible porque dentro tuyo ha habido siempre, inconfundiblemente, algo de ese maravilloso universo de colores, música y sabores, diría yo siguiendo a los Padres Greco-Orientales, de “espirituales sentidos”, propios de una vida genuina y contemplativamente, rica. “Lo semejante conoce lo semejante”.

Recuerdo, y de esto ya hace tiempo, cuando yo por primera vez descubrí en esta misma universidad la gran corriente mística renana del siglo XII y, dentro de ella, a Hildegarda de Bingen, gracias al entonces profesor de esta casa, el Dr. Emilio Komar; confieso que me atrajo muchísimo la figura de estas grandes mujeres contemplativas, en su mayoría benedictinas. Supimos a través de las clases de este mismo maestro que esta gran corriente mística renana había sido también una de las grandes influencias, todavía no debidamente considerada, tanto de la vida contemplativa como de la mística y la santidad, entre muchas otras figuras, de santo Tomás de Aquino, a través de su estadía en Colonia, a través del mundo cultural del siglo XIII, noble heredero en esto de su siglo anterior, y, por supuesto, a través de su gran maestro san Alberto Magno.

Recuerdo que busqué entonces algún material para leer, para profundizar, para estudiar lo que sospechaba, en mi inquietud de joven estudiante de filosofía, que era algo así como un tesoro; pero me encontré con que aquí, en Buenos Aires, no había mucho. Tampoco, por supuesto, disponíamos de los medios de comunicación como los que hoy tenemos a nuestro alcance para conectarnos con otros sitios y acceder a estudios y publicaciones. Tuvo lugar entonces, la después muy conocida por mí, resignación del tiempo y la distancia.

Varios años más tarde, se comenzaron a publicar, primero en Alemania, luego en toda Europa, en los Estados Unidos y en Canadá los primeros escritos sobre estas admirables mujeres, llamadas por algunos estudiosos “las trovadoras de Dios”. Después vinieron las ediciones de las obras de algunas de las figuras más representativas de esta asombrosa e importantísima corriente de la mística, considerada ya, renano-flamenca. Por fin, como era lógico, algún material llegó a Buenos Aires y empecé a disfrutar entonces de estas hermosas páginas. Allí me di cuenta, una vez más, que la realidad, como sucede siempre, era muchísimo más rica de lo que yo me había imaginado. Aquello ya era para míi un verdadero festín.

Y fue precisamente en esos años, en los cuales se estaba llevando a cabo este tan valioso re-descubrimiento de estas bellísimas raíces de Ooccidente, que esta luz encontró aquí, en Buenos Aires, un alma muy singular que la acogió con toda calidez, la de Azucena; llamada a acercarnos, de un modo muy especial, una verdadera “perla” de todo este enorme movimiento espiritual europeo del siglo XII que se extenderá, como dijimos, durante los siglos XIII, XIV y también en adelante.

Si yo tuviese que describir el fruto inmediato que percibí de este encuentro tuyo, Azucena, con Hildegarda, debiera decir que fue entusiasmo, música, luz y alegría. Esto nos hiciste llegar a todos los que asistimos a aquel primer cursillo que dictaste aquí, en la Facultad , en el año 2002. Allí fue, obviamente, el momento en el cual nosotras dos nos conocimos. Recuerdo que resultó un cursillo organizado para tres días y que todos quedamos tan, pero tan entusiasmados, que te pedimos, por lo menos, un día más. A lo cual como siempre, generosamente, accediste, y en ese día fuimos a la sala de computación para descubrir y contemplar las sorprendentes imágenes y la bellísima música de Hildegarda.

Hoy, podemos decir, nos es fácil el acceso a la abadesa de Bingen. A mí, personalmente, todo esto me parece algo así como un gran regalo. Azucena, gracias, muchas gracias, a vos, a todo tu esfuerzo y empeño, que no fue poco. El Señor, sin duda, te ha dado la luz y la fuerza. Varios de los que estamos hoy acá, algunos con más de una anécdota, sabemos cuánto has hecho no sólo por conseguir las ediciones de las obras de Hildegarda, sino también el material que se iba publicando año tras año en el exterior. Aún recuerdo el rostro asombrado de aquel bibliotecario de la Zentralbibliotek de Zurich, cuando mi marido y yo, dos personas venidas de una latitud tan austral como la de la Argentina , le preguntábamos vivamente interesados por las obras y publicaciones, nada más ni nada menos, que de Hildegard von Bingen.

Yo creo que hoy, en nombre de muchas personas, debo, en primer lugar, agradecerte por tu gran entusiasmo y entrega. Porque ese enorme regalo que recibiste de Dios, en tu corazón, se hizo don. Y así, esa hildegardiana biblioteca tuya siempre, muy cordial y generosamente, la has puesto a disposición de todos cuantos quisimos adentrarnos en algún aspecto de la obra de Hildegarda. Gracias, porque nos has sabido deleitar inmensamente contemplando y también “degustando”, no sólo espiritual sino incluso muy sensiblemente, yo diría, muy humanamente, a través de Hildegarda, mucho, muchísimo de la gran Belleza y el exquisito Sabor de Dios. Azucena, por medio tuyo, creéme que –tal como lo expresara el santo Cura de Ars– Dios nos ha permitido “gozar, de antemano, el Cielo, como si se filtrara algo del Paraíso y llegara hasta nosotros”.

Voy, ahora sí, a comentar, en gracia a la brevedad, las dos líneas de la obra de Hildegarda que considero, esenciales. El primer rasgo que me ha asombrado siempre, desde el primer momento que tomé contacto con toda la mística renana pero, muy especialmente con la obra de la abadesa de Bingen, fue su gran humanismo. En Hildegarda esto se ve, yo diría, por todas partes. Esta mujer, que se autodefinía a sí misma como “homo simplex”, no creo yo que dijera poco con esto. Por el contrario, es quizás la mejor definición que le cabe ya que todos sabemos que el término “simplex” tiene tanto el sentido de sencillez como también el de una profunda unidad interior. En una época en la cual el catarismo significó, una vez más, la disociación de la persona humana, Hildegarda tuvo el valor, no sólo de predicar, sino también de vivir, y con ello testimoniar, la importante salud de la profunda unidad del cuerpo y del alma. Cuerpo y alma, creados por Dios y llamados, por igual, a la vida eterna. Esta misteriosa realidad de la unidad, vivida por esta admirable religiosa aun en las pequeñas cosas, es lo que hace que hoy podamos definirla como una mujer profundamente humana.

Hay muchísimos ejemplos que pudieran ser citados. Traeré a colación una de las cartas que le escribe Guiberto de Gembloux a Bovon a propósito de Hildegarda. Allí se cuenta que la abadesa no sólo había asegurado la autonomía material de sus monasterios, sino que también había velado con suma comprensión por el bienestar tanto espiritual como físico de sus hijas. En la carta, el autor comenta, no sin sorpresa, que en cada uno de los conventos supervisados por Hildegarda había agua corriente en todos los lugares de trabajo.

También sabemos que la abadesa, preocupada siempre por su condición de madre espiritual, con asiduidad, cito en este caso a Mariateresa Fumagalli: “[…] pasea por el huerto del monasterio, donde cultiva sus fármacos, envía a bosques vecinos y lejanos a sus ayudantes para recoger las hierbas más raras, observa la evolución de las enfermedades de las hermanas, visita y cuida a los enfermos y a las parturientas en las tierras de Bingen.” Al decir de Regine Pernoud: “No se conocen más que dos trabajos de medicina que se hayan realizado en Occidente en el siglo XII, y los dos son obra de Hildegarda.” La pasión médica, biológica y terapéutica de la abadesa de Bingen fue, ya en sus tiempos, por lo que se nos refiere, bastante famosa. Sus colecciones de peces, la herboristería, las propiedades medicinales de minerales, vegetales y animales, hoy, seguramente, nos sorprenden, tanto como el sabio y afectuoso acompañamiento espiritual que supo ejercitar con enfermos de los más difíciles, ya sea por sus dolencias físicas o bien espirituales, entiéndase, posesos.

Pero su humanismo cruzó también la línea de la muerte. Aún a sus ochenta años de edad, todavía animosa y firme, se arriesgó a enterrar en el cementerio de su propio monasterio el cadáver de una persona que había sido excomulgada. Leemos en Hildegarda: “Al recibir la orden de mis superiores [de exhumar la tumba] fui presa de un agudo temor y mire, como siempre, a la Luz viviente. […] Vi en mi alma que, si obedecía y arrojaba el cadáver fuera del cementerio, tal acción amenazaría nuestra morada como una gran nube negra […].” Esta noble mujer, obviamente asistida por la sabiduría y el valor que vienen de lo alto, prefirió la “nube negra” de los hombres a la de Dios.

Las autoridades eclesiásticas no sabían que, finalmente, aquel hombre en cuestión, antes de morir, se había reconciliado con Dios y con la Iglesia. Hildegarda , en cambio, confiando en Dios y en sus visiones, tuvo que enfrentar con entereza las durísimas sanciones eclesiásticas que las autoridades le impusieran tanto a ella como a toda la comunidad de su monasterio. Luchó por ello, acompañada fielmente por sus monjas, casi hasta el final de sus días, sabiéndose responsable de un acto del todo humano y justo a los ojos de Dios. Este episodio, que finalizara con el levantamiento de las injustas sanciones, le valdría a Hildegarda el nombre de “Antígona medieval” . El cuerpo, ya sin vida, de aquella persona, debía descansar en paz en espera de la resurrección futura, porque el cuerpo, como lo enseñara toda la tradición de la Iglesia , está también llamado a la Gloria.

Hildegarda es heredera de una larga tradición, en la que la persona humana es una unidad que toda ella canta la grandeza de Dios. El espíritu benedictino de alabanza reúne en la persona de cada ser humano todas sus manifestaciones, en un carácter de Salmo único cantado al Creador. La vida de cada criatura es una singular partitura cuyo registro principal ha sido escrito por Dios. Si “Dios es música”, tal como hermosamente lo definiera la abadesa de Bingen, entonces toda la creación posee un carácter esencialmente musical, melódico y armonioso, y más especialmente, el hombre. Cito a Hildegarda: “Oh, hombre, […] él contiene en sí el cielo y las otras criaturas; […] en él todas las cosas están implícitas […]”. Desde el hombre todo, finalmente, se aúna en Dios, hasta el mismo pecado y el dolor. Pecado que será entendido por la abadesa como un verdadero drama cósmico.

Evidentemente Hildegarda escuchaba en sus oídos una música que nosotros, quizás, ni llegamos a percibir. Estamos saturados de demasiado ruido como para oir la música más excelsa, aquella música que ya los pitagóricos habían reconocido muy bien, la música ontológica del ser. Así, desde este lugar en el cual Hildegarda se hallaba, aun cualquier cuota de dolor era vista como la posibilidad de una perla. Este preciosísimo aporte hildegardiano últimamente ha sido desarrollado sobre todo en Alemania con muchísimo fruto. El dolor asumido, rezado, trabajado por y con la Gracia de Dios es una joya que engalana a quien la lleva y que es ofrecida al Padre, como lo hiciera Cristo, amorosamente y por Amor.

En un mundo donde tantas veces parecemos desfallecer por todo lo que acontece a diario a nuestro alrededor, pensamos cuánto tiene Hildegarda hoy para decirnos, para darnos la sabiduría y la fuerza necesarias  que nos lleven a ver que, si lo miramos con los ojos de la fe, esto es, desde Dios, todo, absolutamente todo, es para mayor Gloria Suya.

Y aquí hemos tocado el otro rasgo que consideramos esencial en Hildegarda, la mística, la cual, con la identidad tan humana de tan femenina mujer, hace que bien pudiéramos llamar a Hildegarda “la mística de la tierna sabiduría”. Cito a la abadesa: “[…] mientras estaba yo abrumada por la visión celestial, asustada y temblorosa, vi una gran luz de la cual salía una voz que me decía: –Oh frágil ser humano, […] habla y escribe según lo que escuchas y ves. Pero […] debes escribir no las palabras de los hombres, ni siquiera sus pensamientos e intenciones, sino sólo lo que ves y oyes del cielo […], reproduciendo el discurso como el discípulo que escucha al maestro y luego lo explica siguiendo fielmente su pensamiento, su indicación y su enseñanza.”

Es asombroso, pero toda la ciencia que nos acerca Hildegarda no nos cae como una abstracta, pesada y pétrea, por así decirlo, formulación, similar a una fría y formal ecuación matemática. No hay nada de esto, sino, más bien, una suave lluvia que refresca y alivia el duro esfuerzo del camino de la vida, descanso que dilata el alma, alimento que nutre y nos repone las gastadas energías, belleza que alegra profundamente el corazón, música que eleva el alma, en forma anticipada, al esperado cielo, sabor que se convierte en bien deseado manjar apetecible.

La mística especulativa es aquello en lo cual se inserta y desde lo cual se nutre este gran humanismo hildegardiano, presente, por supuesto, también en toda la obra de la autora. La mística especulativa es el verdadero motor de la obra de Hildegarda, el verdadero hilo conductor desde el cual se han nutrido, germinado y crecido esta enorme multiplicidad de aspectos de su obra a la que hoy, no sin asombro, denominamos: polifacéticamente completa. Precisamente por ello, es que en ella no hay dispersión sino profunda unidad. No hay agitado enciclopedismo, sino una verdadera y serena Summa, articulada en un único vértice: Dios.

Nos dice Hildegarda en sintonía con lo que el Señor le había pedido anteriormente: “[…] veo, oigo y entiendo en el mismo instante […] Pero no comprendo lo que veo, porque no he estudiado […], no añado otras palabras mías a las que escucho en la visión […]. Las palabras que escucho son como una llama ardiente, se asemejan a nubes que se mueven en el aire puro. […] en el mismo fulgor veo, a veces, […] otra luz, a la que llamo Luz viviente, […] cuando se me aparece, toda tristeza, toda angustia se aleja de mí, […] pierdo mi habitual aspecto de anciana.”

Hildegarda se inscribe en una de las tradiciones místicas más profundas de Occidente,  la cual ha tenido el mérito de re-introducir en la teología y en la filosofía, en la espiritualidad y la cultura cristiana toda de su época, temas fundamentales de los Padres Griegos y Orientales que corrían el riesgo de ser olvidados en ciertos sectores de la Iglesia , por una impronta demasiado, digamos, dialéctico-racionalista. En toda la obra de Hildegarda hay una vigorosa y aguda primacía de lo intuitivo. Este fuerte acento platónico que encontramos a lo largo de sus páginas, de sus pinturas, de su música, muy especialmente manifiesto en sus visiones, compone un mundo de imágenes y, en definitiva, de profundas y acertadas intuiciones filosóficas y teológicas.

La figura de Hildegarda nos acerca a muchas otras grandes místicas, no sólo por las visiones y las voces que ellas escuchan; sino también, porque siempre habrá habido una específica misión encomendada por Dios. Aquí se nos aparece la Hildegarda vigorosamente profetisa y reformadora. Si más adelante Juana de Arco habrá sido llamada por Dios a hablar con el Delfín de Francia, Catalina de Siena, con el Papa, en su destierro en Avignon, Hildegarda lo hará ahora no sólo con el propio Emperador de los cristianos, Federico I Barbarroja –difícil misión, pues Federico había nombrado ya varios antipapas– sino también con todo el clero de Colonia y los mismos canónigos de San Martín de Maguncia para ponerlos en cuidado frente al naciente catarismo. Hildegarda será, sin duda, una de las figuras centrales de la lucha contra esta herejía.

Esto explica el celo de Hildegarda por la mística eucarística, no casualmente continuada un siglo más tarde por santo Tomás de Aquino, quien será el verdadero impulsor para que el Papa instituyera la Fiesta de Corpus Christi como universal de toda la Iglesia. La presencia de la herejía cátara explica también los cuatro viajes de predicación que emprenderá Hildegarda llevándola a Franconia, Lorena, Suavia y, a lo largo de todo el valle del Rhin, hasta Werden. No en vano Hildegarda será conocida como la gran “sibila o profetisa del Rhin”.

En la historia de la Iglesia , donde hubo genuina vida mística, ha habido también, por un lado, auténtica ortodoxia en la doctrina y, por el otro, una sana conversión evangélica de la vida cristiana. El don profético de Hildegarda se nos muestra, históricamente, como algo importantísimo. La reforma del monacato y de la Iglesia es tema esencial de sus vibrantes sermones. La abadesa de Bingen ataca duramente la simonía, la indiferencia, la desidia, la mundanidad de la vida religiosa y de los ministros de Dios. Cito a Hildegarda: “En estos tiempos, muchos pastores están ciegos, cojos, ansiosos de dinero […]. Ellos sofocan y matan la Justicia Divina. […] El hombre que se quiere acercar a Dios no debe ir mendigando una prelatura. […] Yo siento una voz del cielo que me dice: – […] Muchas ciudades y monasterios serán derribados.”

Muy a propósito de estas certeras palabras proféticas de Hildegarda, y también de otras tempranas figuras, pienso que sería muy interesante re-considerar los orígenes medievales y católicos de la verdadera reforma alemana de las costumbres. No nos parece casual que justo el arzobispado de Maguncia continuara siendo, cuatro siglos después de Hildegarda, escenario de controversias y duros cuestionamientos.

El carácter de la vida hildegardiana, de su mística especulativa, decíamos, nos hace descubrir en su abundantísima obra un vértice firme, un fundamento que es fuente de belleza, luz y sabiduría. Dios mismo se deja ver en cada cosa que tenemos de Hildegarda, en su mística, en su poesía, en su música, sus pinturas, en todo lo que constituyó su teología cósmica, en la rica variedad de su correspondencia, en sus vivos sermones, en su medicina, en su gran inventiva,… también, en el sabor de las galletitas. Bástenos citar las palabras vertidas por un premonstratense de Toul acerca de ella. El autor dice refiriéndose a los dialécticos: “Los refinados maestros franceses son incapaces de tales realizaciones […], corazón seco y mejillas hinchadas, se pierden en grandes gritos, en análisis y en disputas […] Pero esta mujer divina no acentúa más que lo esencial, el honor de la Trinidad. Bebe en su propia plenitud interior y la vierte, a fin de aplacar [sólo] la sed de los sedientos.” Es decir, en Hildegarda no encontramos batallas estériles, propias de un logicismo infecundo, sino, por el contrario, un profundo acto de amor de caridad hacia la Iglesia.

Hildegarda nos conduce a cultivar un corazón abierto por el amor, desde el cual se pueda “ver a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Dios”. La mística especulativa nos lleva a contemplar y amar a Dios en cada cosa. Cada ser, por más ínfimo y vil que parezca, se nos aparece como un espejo del Padre. De San Benito, seguramente el primero de los grandes maestros de Hildegarda, se dice que tuvo a Dios por única escuela, y entendemos en San Benito precisamente esto: la simplísima y tan fecunda escuela de la contemplación. Benito “supo estar consigo” porque supo estar con Dios. La vida contemplativa, nos centra.

Si algo valioso nos acerca hoy Hildegarda es que debemos volver a tener un corazón capaz de la mirada amorosa de Padre. Del alma fecundada por Dios, siempre germinan maravillas. Abrámosle la puerta a Aquel que es pura misericordia y toda nuestra vida se llenará de luz y de sentido.

En toda la mística renano-flamenca encontramos a estas admirables mujeres que supieron amar y adorar. Hildegarda fue una de ellas. Hoy le pedimos a esta fecunda fuente espiritual del Rhin que fecunde nuestros valles. Que florezca en nuestros corazones la vida que, tras los combates, siempre, en definitiva, es vergel y floresta, aire puro, brisa suave, fragancia de flores, música de pájaros, sensación de paz y bienestar, “dulce presencia del Amado”.

Que la enorme gracia de Dios que recibamos a través de Hildegarda, de esta mujer llena de colores y de música, de sabores y de poesía, nos transfigure el alma, el corazón, el cuerpo, el ser todo, de modo que podamos expresar como Pedro: “Señor, ¡qué bien estamos aquí ! Hagamos tres tiendas.”

Muchas gracias.

Lic. PATRICIA SAMBATARO
Festividad de María Reina del 2006

 

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