SCIVIAS I, 1, DE HILDEGARDA DE BINGEN:

Análisis y comentario al modo de una lectio medievalis (2)

 

Scivias I, 1

 

Yo vi [1] como una gran montaña de color ferroso, [2] y sentado sobre ella un Ser tan resplandeciente, que Su resplandor reverberaba y me estorbaba la visión. [3] A uno y otro de Sus lados se extendía una delicada sombra, como un ala, de anchura y largo asombrosos. [4] Y ante Él, al pie de la montaña, se alzaba una imagen llena de ojos por todos lados, [5] en la que yo no podía discernir forma humana alguna a causa de dichos ojos; [6] delante de ésta había otra imagen niña, vestida con una túnica descolorida pero con calzado blanco, [7] sobre cuya cabeza descendía –desde el Ser que estaba sentado sobre la montaña– una claridad tan grande que yo no podía ver su rostro. [8] Pero del que se sentaba sobre la montaña salieron multitud de centellas vivientes, que volaban alrededor de las imágenes con gran suavidad. [9] En la montaña misma se veían muchas como pequeñas ventanas [10] en las que aparecían cabezas humanas, algunas de color desvaído y blancas las otras.
Y he aquí que Aquel que se sentaba sobre la montaña gritaba con voz fortísima y penetrante: Oh frágil ser humano, hecho del polvo de la tierra y de la ceniza que deja la ceniza: clama y habla del inicio de la pura e imperecedera salvación hasta que lo aprendan estos que, aunque ven la médula de la Escrituras, no quieren decirla ni predicarla porque son tibios y perezosos para cumplir [las disposiciones de] la justicia de Dios. Ábreles la puerta de los misterios, [puerta] que ellos mismos temerosamente ocultan sin fruto en un campo escondido [14] . Ve pues hacia la fuente de la abundancia y fluye con místico conocimiento, para que la abundancia de tu riego sacuda y amedrente a quienes quieren despreciarte a causa del pecado de Eva [15] . Porque tú no tomas del hombre el conocimiento que penetra esta profundidad sino que lo recibes del Juez supremo y temible, desde el cielo, donde con gloriosa luz esta serenidad brillará poderosamente entre las luces. Levántate, pues, clama y di lo que te manifiesta el fortísimo poder de la ayuda divina; porque Aquel que gobierna a toda creatura Suya con poder y benevolencia, inunda con la claridad de la luz celestial a quienes Le temen y Le sirven con dulce amor en humildad de espíritu, y a quienes perseveran en el camino de la justicia los conduce a los gozos de la eterna visión. [16]

Glosa de Hildegarda:

[1] Como una gran montaña de color ferroso: “es signo de la fortaleza y de la estabilidad de la eternidad del reino de Dios, que no puede ser destruida por embate alguno de la mutabilidad que fluye y que se pierde” [17] .

Comentario:

La montaña: según Chevalier y Gheerbrant en su Diccionario de los Símbolos [18] , por su altura –que la aproxima al cielo– simboliza la trascendencia y la morada de los dioses [19] , pero también el lugar de su manifestación. El Diccionario abunda en citas ilustrativas al respecto [20] , de las que recordamos algunas en el ámbito de la tradición judeo-cristiana: Sión, el monte santo, es la morada de Dios, el lugar de su palacio (Sal. 36, 7; Is. 2, 2-3;14, 12-13; Ez. 28, 11-16); Sinaí, la montaña en la que Dios se manifestó a Moisés, y le entregó las Tablas de la Ley (Éx. 19 y 20); Tabor es el monte alto en el que Jesús se muestra a sus discípulos en Su divinidad (Mat. 17, 1-3), en tanto en el monte de los Olivos se manifiesta en su humanidad (Luc. 22, 39-44), aunque también desde este mismo monte ascenderá luego a los cielos (Hech. 1, 9-12). Muchos otros significados asignan Chevalier y Gheerbrant a la montaña, como también lo hace Juan E. Cirlot en el Diccionario de Símbolos [21] , pero de momento nos limitamos a señalar éstos.

De color ferroso: si bien el hierro presenta, al decir de Chevalier y Gheerbrant [22] , un simbolismo ambivalente que subraya por una parte las cualidades de dureza, resistencia, inflexibilidad –que remiten a la divinidad–, mientras que por otra parte es tenido por basto, vulgar, primitivo y oscuro –lo que permite considerarlo como diabólico–, Hildegarda no habla aquí del hierro sino de su color: el color gris, que tal aparece en el dibujo que ilustra esta visión. Frédéric Portal [23] nos dice que en el cristianismo este color, mezcla de los colores de la divinidad (el blanco) y de la materia (el negro), simboliza la muerte terrenal y la inmortalidad espiritual; inclusive y ya en el Medioevo, representaría más concretamente la resurrección de los muertos.

Confluyen así ambas imágenes para significar el reino de Dios (la montaña como morada divina) en su eternidad fuerte y estable (el color del hierro), indestructible por tanto ante el flujo del tiempo.

Glosa de Hildegarda:

[2] Y sentado sobre ella un ser tan resplandeciente, que su resplandor reverberaba y me estorbaba la visión: “muestra en el reino de la bienaventuranza a Aquel que, gobernando todo el orbe de la tierra en el fulgor de la serenidad [24] inagotable, por Su celestial divinidad es incomprehensible para la mente humana.” [25]

Comentario:

Dios gobierna el mundo en el fulgor de la serenidad inagotable: la serenidad dice claridad, pureza, limpidez, tranquilidad, notas todas convertibles con la Divinidad. Por eso, porque Dios es la serenidad, ésta es indeficiente, acto pleno y eterno, luz que resplandece irradiante. Portal nos recuerda que la luz (representada por el color blanco) existe a partir del fuego (simbolizado por el rojo) [26] , siendo el rojo símbolo del amor divino ardiente, como el blanco lo es de la divina y luminosa sabiduría. Es entonces desde la irradiación amorosa de Su Luz sapiente que Dios gobierna el mundo: Luz rectora, Amor providente [27] .

Es incomprehensible para la mente humana: no por opacidad alguna, sino por Su celestial divinidad. El que es la Luz no puede ser visto, El que es la Verdad no puede ser conocido: tal y tanta es la distancia entre lo divino y lo humano, distancia que tan sólo el amor puede acortar. Dios sólo puede ser abrazado en tanto es el Bienamado.

Ya aquí Hildegarda comienza a enfatizar uno de sus conceptos fundamentales cuando de referirse a Dios se trata: Dios es Luz, y amorosa Luz irradiante.

Glosa de Hildegarda:

[3] A uno y otro de sus lados se extendía una delicada sombra, como un ala, de anchura y largo asombrosos: “porque también en la advertencia y en el castigo se encuentra la protección suave y delicada de la feliz defensa, protección que manifiesta recta y bondadosamente la inefable justicia en la perseverancia de la verdadera equidad.” [28]

Comentario:

Las alas de Dios: Carolyn Wörman Sur, en su tesis doctoral sobre las imágenes femeninas de Dios en el Scivias, recuerda las alas de Dios según aparecen mencionadas en el Sal. 35, 8 [29] : “¡Cómo multiplicaste Tu misericordia, oh Dios!: los hijos de los hombres esperarán confiados a la sombra de Tus alas.” [30] Se encuentran aquí referidas a la misericordia de Dios, y son para el hombre el lugar de la confianza. Pero, bueno es destacarlo, en la continuidad del Salmo y junto a la misericordia hace también su aparición la justicia: “Manifiesta Tu misericordia a los que Te conocen, y Tu justicia a quienes tienen un corazón recto” [31] (v. 11).

En la advertencia y en el castigo se encuentra la protección suave y delicada de la feliz defensa: la advertencia como preventiva y el castigo como punitivo pero también como purificador protegen al hombre, son alas que lo cobijan defendiéndolo del mal irreparable de la condenación.

Protección que manifiesta recta y bondadosamente la inefable justicia en la perseverancia de la verdadera equidad: la protección divina, en tanto es manifestación ad extra de la justicia de Dios –que es Dios mismo y por ello inefable–, debe incluir la nota de misericordia, sí, pero también la de rectitud, esto es, la firme y estable permanencia de la verdad como principio normativo del juicio práctico-moral que preside la conducta justa. Decir que Dios es justo en todos sus juicios equivale a decir que éstos son verdaderos y buenos; que siempre lo son, y que no debemos sospechar en ellos el error de una apreciación imperfecta o bien el engaño de un ánimo lábil o mal dispuesto: el ánimo de Dios es ecuánime.

Glosa de Hildegarda:

[4] Y ante él, al pie de la montaña, se alzaba una imagen llena de ojos por todos lados: se trata del Temor de Dios, “que se alza humilde en la presencia del Señor contemplando el Reino de Dios, y rodeado por la claridad de la intención buena y justa cultiva [y manifiesta] entre los hombres su celo y su solidez” [32] .

Comentario:

Una imagen llena de ojos por todos los lados: es ya un lugar común, al hablar del ojo, remitirse a la visión espiritual, a la comprensión intelectual. Pero estamos aquí ante una figura con ojos heterotópicos, es decir, múltiples ojos situados en diversas partes que no son las que naturalmente corresponden. Tanto Chevalier y Gheerbrant como Cirlot entienden esta condición como infrahumana, y acuden al recuerdo del pastor Argos. Para los primeros, los muchos ojos del mítico guardián de la vaca Io –ojos que nunca se cierran todos al mismo tiempo– significan una vigilancia volcada enteramente al mundo exterior, que así absorbe al hombre [33] imposibilitándole el recogimiento interior –hecho de una intimidad de silencio y de reflexión– en el que puedan darse la visión y la comprensión intelectuales. Cirlot, por su parte, hace una referencia previa a la multiplicidad como signo de inferioridad, para apuntar luego el caso de Argos, quien a pesar de tantos ojos no puede evitar la muerte [34] . Sin embargo, en el contexto cristiano la connotación es muy otra.

En efecto, en Ez. 1, 18 y 10, 12 aparecen los querubines, seres tetramorfos [35] (hombre, toro, león y águila) dotados de cuatro alas y sobre ruedas llenas de ojos; en Apoc. 4, 6-9 encontramos a los cuatro vivientes (figuras semejantes al león, al toro, al hombre y al águila) también llenos de ojos. En ambos casos se trata de seres próximos a la gloria de Dios, a Quien tributan alabanza en el conocimiento y contemplación de Su belleza. Es decir que la imagen llena de ojos por todos lados es una imagen que habla de sabiduría, de visión gozosa. Como lo dice el Sal. 110, 10: “El temor de Dios es el inicio de la sabiduría, todos los que lo experimentan tienen un conocimiento verdadero” [36] .

El Temor de Dios: en un sermón sobre los siete dones del Espíritu Santo (opuestos a siete clases de pecados), San Bernardo se refiere al primero de ellos, al que está en la base de todos los demás, al Temor de Dios que escudriña la conciencia del hombre, lucha contra la negligencia y la pereza con su diligencia y solicitud, y con gran fuerza arroja fuera del hombre toda lasitud [37] . La glosa de Hildegarda guarda gran similitud con esta caracterización, apreciación que reforzamos con otra de sus obras –contemporánea de Scivias–, Ordo Virtutum (El drama de las Virtudes), en la que el Temor de Dios dice a las Virtudes: “Yo, el Temor de Dios, os preparo, hijas felicísimas, para que contempléis al Dios vivo y no perezcáis”, y ellas le responden: “Oh Temor, tú nos eres de gran ayuda, pues tenemos como diligentísimo anhelo jamás separarnos de ti” [38] . Encontramos aquí apuntadas las dos notas asociadas al Temor de Dios: la preparación ya como el inicio de la sabiduría (que no otra cosa es la contemplación de Dios), preparación que ha de ser en la humildad (porque la soberbia es caída y muerte delante de Dios, como aconteció a Lucifer), y su presencia como insoslayable y necesaria para el amor que hace, de la contemplación, sabiduría.

En efecto, entre los dones del Espíritu Santo aquel supremo es el de la sabiduría, en tanto el ínfimo es el del Temor de Dios; de allí su presencia humilde delante del Señor. Pero no es sólo el primer escalón; esta imagen llena de ojos es clarividente porque en su humildad puede conocer a su Dios y Señor y conocerse en su creatureidad (su gloria y su miseria), y de allí su temor: el temor de perder a Aquel que es su verdadero ser, por Quien, de Quien y para Quien es, finalmente, el temor de perder a Aquel a Quien ama. El temor de perder a su Dios. Por ello su agudísima y penetrante mirada, que procede de la claridad de la recta intención, vigila con amor diligente y fuerte celo por el cumplimiento de la voluntad salvífica de Dios, esto es, de Su justicia.

Glosa de Hildegarda:

[5] En la que yo no podía discernir forma humana alguna a causa de dichos ojos: porque “la agudísima y penetrante mirada de la imagen hace imposible todo olvido de la justicia de Dios –[olvido] que a menudo los hombres experimentan por fastidio o por hastío–, de manera tal que el mortal intento, en su debilidad, no puede abrir brecha alguna en la atenta vigilia.” [39]

Comentario:

No podía discernir forma humana alguna a causa de dichos ojos: porque en su humildad, el Temor de Dios se ha vaciado de toda forma de consideración humana que por cualquier forma de debilidad –mortal intento, porque conduce a la muerte y no a la vida– quisiera ignorar la justicia divina: sus ojos sólo tienen una mirada, agudísima y penetrante, indeficiente, para el Reino de Dios y Su justicia. Ésa es también su fuerza, que triunfa sobre la negligente lasitud del hombre [40] .

Volviendo sobre el Sal. 35 y a continuación de los vv. 8 y 11, ya citados, recordemos el v. 10: “Porque en Ti está la fuente de la vida, y en Tu luz veremos la luz” [41] . El Temor de Dios es clarividente mirada dirigida a la Luz, fuente de Vida; aparece aquí uno de los temas hildegardianos por excelencia: la Luz Viviente, la expresión con que la abadesa nombra al Dios que le habla y se le revela.

Glosa de Hildegarda:

[6] Delante de ésta había otra imagen niña, vestida con una túnica descolorida pero con calzado blanco: los pobres de espíritu siguen al Temor de Dios en su humildad, porque no les atrae el encumbramiento ni la jactancia, sino la simplicidad y la sobriedad, “y atribuyendo no a sí mismos sino a Dios –como en el pálido temor de la sumisión– sus obras buenas [y justas], ropaje de descolorida túnica, fielmente siguen los claros pasos del Hijo de Dios.” [42]

Comentario:

La imagen niña (1): parece muy adecuada para representar la pobreza, tanto desde la consideración social de la época cuanto desde la mirada cristiana. En efecto, si bien los niños eran amados y cuidados –al menos en las familias pudientes–, lo cierto es que no eran considerados como sujeto de libre albedrío, y era frecuente que los padres decidieran la vida futura de sus hijos aun antes de que éstos tuvieran discernimiento y consentimiento ante tal elección. Hildegarda, quien padeció en carne propia dicha situación, se pronuncia contra ella en Scivias II, 5, 46, en un pasaje que parece en verdad autobiográfico:

Tuve [dice Dios] en mi poder un campo fértil. ¿Por ventura te lo dí, oh hombre, para que hicieras crecer en él cualquier fruto que tú quisieras? Y si siembras en él una semilla, ¿acaso puedes tú hacerla producir su fruto? No. Porque tú no le das el rocío ni derramas la lluvia, no le brindas la humedad en su fecundo vigor ni le traes el calor del sol ardiente, todo lo cual es necesario para producir el buen fruto. Así también puedes sembrar la palabra en el oído del hombre pero en su corazón, que es Mi campo, no puedes infundir el rocío de la compunción ni la lluvia de las lágrimas, ni la humedad de la devoción ni el calor del Espíritu Santo, por [la presencia de] todos los cuales debe germinar el fruto de la santidad.
¿Cómo te has atrevido a tocar a quien Me ha sido dedicado y santificado en el bautismo, [y lo has hecho] de una manera tan temeraria que sin contar con su voluntad lo entregas al durísimo tormento de las ligaduras de Mi yugo, por lo que termina no siendo árido ni fértil, tal que ni ha muerto para el mundo ni vive para el mundo? ¿Y por qué lo oprimiste de manera tal que no es bueno para ninguna de ambas opciones? Pero Mi intervención milagrosa para confortarlo a fin de que permanezca en la vida espiritual no debe ser escrutada por los hombres; porque no quiero que sus padres pequen en la oblación [del niño], ofreciéndomelo sin su consentimiento.
Porque si alguien –esto es, el padre o la madre– quisiera ofrecer su hijo a Mi servicio, antes de presentármelo diga: ‘Prometo a Dios que custodiaré a mi hijo con sabiduría hasta [que alcance] la edad del entendimiento, suplicándole, rogándole y exhortándolo para que permanezca devotamente al servicio de Dios. Y si consintiera, con prontitud lo ofrezco al yugo de Dios; pero si no me diera su asentimiento, sea yo inocente a los ojos de Su Majestad’. Pero si los padres del niño lo hubieran acompañado con estos cuidados hasta la edad de su entendimiento, y entonces el niño, rechazándolos, no quisiera consentir, entonces tampoco ellos lo ofrezcan contra su voluntad –porque ya demostraron su devoción en la medida de lo posible–, ni lo obliguen a entrar en aquella servidumbre que ellos mismos no quieren llevar ni cumplir.” [43]

El niño aparecía despojado de su entidad de persona, de su condición de sujeto, de su decisión más fundamental: la de su vida. No hay mayor pobreza que la de ese niño. Pero, y considerado ahora el tema desde otra perspectiva –la perspectiva evangélica–, el niño bien puede representar la pobreza entendida como simplicidad, pureza, inocencia: es la ausencia de la complejidad de los muchos intereses en cuya trama el adulto despliega su existencia, es la luminosa espontaneidad no opacada por segundas intenciones ni reservas mentales, es la paz interior no alterada por la turbulencia del pecado.

La imagen niña (2): la expresión latina “imago puerilis aetatis” es ambigua en cuanto al sexo de la imagen: ¿niño o niña, varón o mujer? La versión castellana de Castro y Castro traduce “la imagen de un niño” [44] , en tanto la traducción inglesa de Columba Hart y Jane Bishop mantiene la ambigüedad del texto original con la frase “image of a child” [45] . Cesare Ripa, en su Iconología [46] y al referirse a la Primera Bienaventuranza: “Bienaventurados los pobres de espíritu”, dice que la representación habitual es la de una figura femenina, dado que la mujer es más humilde y dócil ante las enseñanzas de Jesús, en tanto los hombres se apoyan más en su propio saber y en su fuerza.

Con una túnica descolorida pero con calzado blanco: para reforzar la idea de la pobreza –simbolizada por una figura infantil–, Hildegarda acude a la ausencia de color de la vestidura que se confundiría así con su entorno, sin singularizarse como sujeto, como humildad que no se sabe: la humilde sumisión de María, la esclava del Señor (Luc. 1, 38); la sumisión de quienes, como los siervos, no se atribuyen a sí mismos el mérito de las obras que cumplen siguiendo el mandato de su señor (Luc. 17, 10). Precisamente ese caminar en el seguimiento del Señor (Camino - Verdad - Vida), la Luz que vino a este mundo, está indicado por el calzado blanco (albis), un blanco mate, humilde: quien dejándolo todo y a sí mismo –es decir, el pobre– camina tras las luminosas huellas de Jesús, vive en Su luz.

Glosa de Hildegarda:

[7] Sobre cuya cabeza descendía –desde el ser que estaba sentado sobre la montaña– una claridad tan grande que yo no podía ver su rostro: porque la claridad de la visitación divina es tan grande que la débil mirada mortal no puede penetrarla. No puede el hombre comprender el designio divino cuando ve que “también Él, Quien posee las riquezas celestiales, se sometió humildemente a la pobreza.” [47]

Comentario:

Sobre cuya cabeza descendía –desde el ser que estaba sentado sobre la montaña– una claridad tan grande que yo no podía ver su rostro: si bien una primera mirada a la pintura podría hacernos pensar que una figura sin rostro acentúa la magnitud de la pobreza en la total dilución del “yo”, el texto obliga a muy otra consideración, pues el vaciamiento de sí en que consiste la pobreza de espíritu ha dado lugar, precisamente, al enriquecimiento de la visitación divina. Y es la debilidad humana la que, al igual que sucediera frente al Temor de Dios, no puede penetrar la clarísima presencia del Señor de toda riqueza en tan humilde pobreza. Recordemos que algo similar sucedió cuando Moisés descendió del monte Sinaí con las tablas de la Ley: “[...] su rostro se había hecho radiante por su familiar conversación con el Señor. Pero Aarón y los hijos de Israel, al ver el rostro radiante de Moisés, tuvieron miedo de acercarse a él.” [48]

Glosa de Hildegarda:

[8] Pero del que se sentaba sobre la montaña salieron multitud de centellas vivientes, que volaban alrededor de las imágenes con gran suavidad: estas centellas son “las diversas y poderosísimas virtudes que vienen de Dios todopoderoso, rutilantes en la divina claridad”, las cuales “rodeándolos con su ayuda y su custodia, ardientemente abrazan y tranquilizan a quienes temen verdaderamente a Dios y fielmente aman la pobreza de espíritu” [49] .

Comentario:

Las centellas vivientes, las virtudes: es evidente que no se trata aquí de las virtudes naturales (hábito operativo bueno [50] ): ni de las intelectuales (que perfeccionan al intelecto) –ya sea especulativas (intelecto, ciencia y sabiduría [51] ) o bien prácticas (arte y prudencia [52] )– ni de las morales (que disponen a la voluntad para actuar bien), las llamadas cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza [53] ). Más bien podría tratarse de las virtudes sobrenaturales (como dones del Espíritu Santo que perfeccionan el obrar del alma a nivel sobrenatural), verdaderos poderes divinos entre los que las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, son las más mentadas. Así Romano Guardini, si bien comienza hablando de la virtud del orden en el plano puramente natural, culmina su reflexión religiosa diciendo que “desciende de Él al hombre, y esta conexión es a lo que alude la palabra ‘virtud’. [...] Toda virtud es una apertura de la simplicidad infinitamente rica hacia una posibilidad del hombre.” [54] Por otra parte, en Scivias I, 6 leemos:

Sobre el aspecto de las Virtudes y su significado. Quienes están en la vanguardia tienen rostros casi humanos, y brillan con gran esplendor desde los hombros hacia abajo. Son las Virtudes, que ascienden hasta los corazones de los fieles creyentes y con ardiente amor edifican en ellos una torre muy elevada, que son sus obras; de manera tal que con su racionalidad manifiestan las obras de los elegidos, y con su fortaleza los conducen al buen fin en el gran fulgor de la beatitud. ¿Cómo es esto? Cuando los elegidos, con la claridad de su sentido interior, arrojan lejos de sí toda la perversidad de sus males gracias a aquella iluminación por la que han sido esclarecidos en estas Virtudes por Mi voluntad, entonces luchan fuerte y valientemente contra las insidias del demonio. Y estas Virtudes incesantemente Me muestran a Mí, su creador, las batallas que de este modo ellos libran contra las diabólicas huestes, porque los hombres tienen en su interior mismo la lucha entre la confesión [de su fe] y la abjuración. ¿Cómo? Porque éste Me confiesa y aquél Me niega. Pero la pregunta en este combate es: ¿Dios existe, o no? Y tal pregunta tiene en el hombre la respuesta del Espíritu Santo: Dios es Quien te ha creado, mas también es Él Quien te ha redimido. En tanto esta pregunta y esta respuesta subsistan en el hombre, la fuerza (Virtus) de Dios no lo abandonará, porque el arrepentimiento y la contrición siguen a la pregunta y su respuesta. Pero cuando el hombre no se hace esta pregunta, tampoco se encuentra allí la respuesta del Espíritu Santo: porque ese hombre ha arrojado fuera de sí este don de Dios, y sin la pregunta que conduce al arrepentimiento y la contrición se precipita a sí mismo hacia la muerte. Mas las Virtudes ofrecen a Dios los enfrentamientos de estas batallas porque son, a los ojos de Dios, la señal que manifestará la intensidad del esfuerzo con que Dios es adorado o negado.” [55]

En la respuesta del Espíritu Santo está la radiante claridad de la verdad y la fuerza ardiente del amor, la Virtus divina creadora y salvadora; en la batalla del hombre, en esa pregunta fontal, están el temor de Dios (el arrepentimiento y la contrición) y la pobreza de quien nada tiene sino como recibido (su ser creado, y recreado por la redención) y nada puede sino por la fuerza o Virtus divina indeficiente. Y, en medio de esa batalla y de todas sus instancias de lucha, las Virtudes tranquilizan al hombre presentando a Dios el esfuerzo del hombre en pos de las obras de su clara y pura intención.

Las Virtudes y su relación con el hombre es un tema que se hace presente en otras visiones de Scivias y en varias obras de Hildegarda, con un tratamiento muy particular.

Glosa de Hildegarda:

[9] En la montaña misma se veían muchas como pequeñas ventanas: las ventanitas significan la apertura al conocimiento divino, pues a Dios no pueden ocultársele las inclinaciones, los móviles y los propósitos de los actos humanos.

Comentario:

Las pequeñas ventanas: en la primera parte de esta visión la luz divina se derrama sobre las creaturas encendiéndolas en el conocimiento y amor de Dios, y gobernándolas con Su providente misericordia. Pero aquí las ventanas no están en función de una apertura cognoscitiva del hombre hacia la Divinidad sino en una relación inversa: es el conocimiento divino el que penetra a través de ellas hasta el corazón del hombre, hasta sus obras (“Pues Él mismo conoce los arcanos del corazón” [56] ). El corazón humano aparece entonces como la sede de las inclinaciones que alientan y mueven los actos humanos, el “lugar” de la voluntad y sus apetencias, elecciones y comisión de actos, tanto internos cuanto externos. La vida monástica acrecienta, a través de la meditación y la disciplina, la conciencia de que “aquello que procede de la boca sale del corazón y eso es lo que mancha al hombre. Pues del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la fornicación, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias.” [57]

En el siglo XII y bajo la influencia de Abelardo se acentúa la importancia de la intención –el movimiento de la voluntad que tiende hacia su fin– en la consideración de la cualificación moral del acto. En su obra: Conócete a ti mismo (Scito te ipsum), el filósofo atribuye toda la malicia del pecado a la intención, llegando a minimizar la maldad del acto. Éste es castigado por las leyes sociales, cuya preocupación no es la recompensa del bien o la punición del mal, sino la preservación del orden social, el cual se ve afectado por los actos y no por las intenciones; la consideración de éstas queda reservada a Dios: “Pues los hombres no juzgan sobre lo oculto sino sobre lo que se manifiesta, y no evalúan tanto la culpa del pecado cuanto el efecto de la acción. Sólo Dios, Quien atiende no tanto lo que se hace sino el espíritu con que se hace, evalúa verazmente la culpa según nuestra intención y con un juicio justo examina el pecado: por lo que se dice que prueba el corazón y los riñones (Jer. 20, 12), y que ve en lo más recóndito (Mat. 6, 4). Pues ve principalmente allí donde nadie ve, porque al castigar el pecado no mira la acción sino el espíritu [de la acción], así como nosotros, a la inversa, castigamos no el espíritu que no vemos, sino la acción que conocemos.” [58] . Pero como veremos inmediatamente, no por considerar la malicia de la intención descuida Hildegarda la maldad del acto.

Glosa de Hildegarda:

[10] En las que aparecían cabezas humanas, algunas de color desvaído y blancas las otras: son precisamente esas inclinaciones, móviles y propósitos los que ponen de manifiesto la tibia negligencia (los rostros pálidos) o la luminosa pureza (los rostros blancos) que los alienta, “porque también algunas veces los hombres, fatigados no sólo en sus corazones sino también en sus obras, se adormecen en su culpa; otras veces, despiertos y atentos, velan por su honor.” [59] Y cita un proverbio de Salomón: “La mano indolente causa la pobreza, pero la mano de los que se esfuerzan prepara la riqueza.” [60] Porque el hombre se hace débil y pobre cuando no quiere obrar la justicia, destruir la iniquidad y pagar su deuda, y contempla sumido en la pasividad la maravillosa obra de la salvación. Pero quien toma parte activa y diligente en dicha obra y recorre el camino de la verdad, arriba a la fuente de la divina gloria y bebe de ella, preparándose así las más preciosas riquezas en la tierra como en el Cielo.

Comentario:

Fatigados no sólo en sus corazones sino también en sus obras: sin embargo, Hildegarda no olvida la inclusión del acto exterior en la consideración de la moralidad, y por eso dice: “fatigados no sólo en sus corazones sino también en sus obras”: las obras de la justicia, entre otras. Y concluye en esta misma línea –en la que contrapone la pasiva mirada del hombre a su diligente actividad, esto es, a sus obras– presentando lo que finalmente es el tema a desarrollar a lo largo de todo el libro: “la maravillosa obra de la salvación”, la historia de la salvación. Maravilla de Dios, historia del hombre.

El hombre debe recorrer el camino de la verdad para alcanzar la vida eterna: así presenta Hildegarda el eje mismo de la obra de la salvación, el centro de la historia del hombre, Cristo, “Camino, Verdad y Vida”. Cierto es que no menciona aquí el término “vida”, sino que habla de beber en la fuente que mana la divina gloria. Puede muy bien ser ésta una imagen de alguna manera alfa y omega, imagen del principio y el fin de la historia de la salvación.

La fuente: como símbolo, ha sido tradicionalmente referida al manantial que brotó en el centro del Paraíso terrenal –donde se hallaban el árbol de la vida y aquel de la ciencia del bien y del mal–, dividiéndose luego en cuatro ríos para regar la tierra en las cuatro direcciones cardinales. Naturalmente siempre se ha considerado al agua de manantial en relación con la vida, como el origen y la sustentación de la vida, pero la fuente del Paraíso connota además la inmortalidad o, mejor aún y como quieren Chevalier y Gheerbrant [61] , un perpetuo rejuvenecimiento. Por su pecado, Adán y Eva son arrojados del Paraíso y de la vida, legando a su posteridad la aridez de la muerte. Pero allí donde comienza la muerte principia también la historia de la salvación, y el hombre puede, en medio del desierto, beber del agua que brota de la roca de Horeb (Ex. 17, 5-6); en medio de su desértica soledad interior, beber de aquella agua  “que se hará en él fuente que brote y mane para la vida eterna” [62] y, ya como humanidad, del seno de la Iglesia –surgida de la sangre y agua que la lanzada hizo brotar del costado de Cristo (Juan19, 34)– recibir las vivificantes aguas bautismales [63] y el sustento eucarístico [64] que son prenda de vida eterna, no terrenal sino gloriosa: no en el Paraíso terrenal y perdido, no en la tierra como lugar de destierro y peregrinación, sino en las moradas eternas del Reino de los Cielos, en la gloria del Padre que es Vida, en la Luz del Hijo y en el Amor del Espíritu. La fuente de vida dada en el Paraíso terrenal se hace fuente de vida salvada en la tierra y finalmente es fuente de vida gloriosa en el Cielo: “Porque en Ti está la fuente de la vida, y en Tu luz veremos la luz” (Sal. 35, 10).

Las más preciosas riquezas en la tierra como en el Cielo: podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la más preciada riqueza que en virtud de su amor diligente a la Verdad el hombre se prepara, es la Vida misma, concepto que Hildegarda celebra a través de todas sus obras.

A la visión sigue la exhortación que en los términos habituales la Divinidad dirige a Hildegarda, para que proclame lo que constituye el contenido del presente libro, y supla con su voz el silencio culpable de quienes rehúsan predicar la sabiduría de la salvación. Y también allí, una vez más, queda asentado el origen divino de los conocimientos de la abadesa de Bingen (porque tú no tomas del hombre el conocimiento que penetra esta profundidad sino que lo recibes del Juez supremo y temible) y, por consiguiente, la autoridad de su palabra.

La visión concluye con una advertencia que se reiterará en todas las visiones de esta primera parte:

Por esto, quienquiera que tenga el conocimiento [que viene] del Espíritu Santo y las alas de la fe no pase por alto esta advertencia Mía, antes bien recíbala en el gustoso abrazo de su alma.” [65]


NOTAS:

[14] Véase Mat. 25, 18 y 25. (vuelve al texto)

[15] “De la mujer tuvo principio el pecado, y por causa de ella morimos todos”. (Ecli. 25, 33); y ya en el Nuevo Testamento leemos: “Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión” (I Tim. 1, 14). (vuelve al texto)

[16] [...] uidi qvasi montem magnum ferreum colorem habentem, et super ipsum quendam tantae claritatis sedentem, ut claritas ipsius uisum meum reuerberaret, de quo ab utraque parte sui lenis umbra uelut ala mirae latitudinis et longitudinis extendebatur. Et ante ipsum ad radicem eiusdem montis quaedam imago undique plena oculis stabat, cuius nullam humanam formam prae ipsis oculis discernere ualebam, et ante istam imago alia puerilis aetatis, pallida tunica sed albis calceamentis induta, super cuius caput tanta claritas de eodem super montem ipsum sedente descendit ut faciem eius intueri non possem. Sed ab eodem qui super montem illum sedebat multae uiuentes scintillae exierunt, quae easdem imagines magna suauitate circumuolabant. In ipso autem monte quasi plurimae fenestellae uidebantur, in quibus uelut capita hominum quaedam pallida et quaedam alba apparuerunt. Et ecce idem qui super montem illum sedebat fortissima et acutissima uoce clamabat dicens: 'O homo, quae fragilis es de puluere terrae et cinis de cinere, clama et dic de introitu incorruptae saluationis, quatenus hi erudiantur qui medullam litterarum uidentes eam nec dicere nec praedicare uolunt, quia tepidi et hebetes ad conseruandam iustitiam Dei sunt, quibus clausuram mysticorum resera quam ipsi timidi in abscondito agro sine fructu celant. Ergo in fontem abundantiae ita dilatare et ita in mystica eruditione efflue, ut illi ab effusione irrigationis tuae concutiantur qui te propter praeuaricationem Euae uolunt contemptibilem esse. Nam tu acumen huius profunditatis ab homine non capis, sed a superno et tremendo iudice illud desuper accipis, ubi praeclara luce haec serenitas inter lucentes fortiter lucebit. Surge ergo, clama et dic quae tibi fortissima uirtute diuini auxilii manifestantur, quoniam ille qui omni creaturae suae potenter et benigne imperat, ipsum timentes et ipsi suaui dilectione in spiritu humilitatis famulantes claritate supernae illustrationis perfundit et ad gaudia aeternae uisionis in uia iustitiae perseuerantes perducit'. [...] (Hildegardis. Scivias I, 1, p. 7-8). (vuelve al texto)

[17] [...] mons iste magnus ferreum colorem habens designat fortitudinem et stabilitatem aeternitatis regni Dei, quae nullo impulsu labentis mutabilitatis potest exterminari [...] (Ibíd., I, 1, 1, p. 8). (vuelve al texto)

[18] Chevalier, Jean; Gheerbrant, AlainDiccionario de los símbolos. 6ª ed. Barcelona: Herder, 1999, v. Montaña, p. 722-26. (vuelve al texto)

[19] En la mitología de la antigua Grecia los dioses habitaban en el monte Olimpo; en la mitología germana, el Walhalla –la morada de Wotan y los otros dioses y los héroes– se encuentra en el monte Aasgard. (vuelve al texto)

[20] Chevalier y Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, p. 724-25. (vuelve al texto)

[21] Cirlot, Juan Eduardo. Diccionario de símbolos. 3ª ed. Barcelona: Siruela, 1998, v. Montaña, p. 315-17. (vuelve al texto)

[22] Chevalier y Gheerbrant, ob. cit., v. Hierro, p. 566. (vuelve al texto)

[23] Portal, Frédéric. El simbolismo de los colores. En la Antigüedad, la Edad Media y los tiempos modernos. Trad. de Francesc Gutiérrez. Barcelona: José J. de Olañeta, 2000. (Colección “Sophia Perennis”), p. 143. (vuelve al texto)

[24] Las traducciones consultadas (versión inglesa: Hart y Bishop; española: Castro y Castro; italiana: Giovanna della Croce) vierten serenitas por luz, luminosidad. Creemos que la referencia a “serenidad” en el comentario da razón suficiente de la preferencia por dicho término. (vuelve al texto)

[25] [...] ostendit in regno beatitudinis ipsum qui in fulgore indeficientis serenitatis toti orbi terrarum imperans superna diuinitate humanis mentibus incomprehensibilis est. (Scivias I, 1, 1, p. 8-9). (vuelve al texto)

[26] Portal, Frédéric, ob. cit., p. 13. (vuelve al texto)

[27] Véase una explicitación de estas notas en el bellísimo texto de Sab. 7, 22-27. (vuelve al texto)

[28] Sed ab utraque parte sui lenis umbra uelut ala mirae latitudinis et longitudinis extenditur: quod est et in admonitione et in castigatione beatae defensionis suauis et lenis protectio ineffabilem iustitiam in perseuerantia uerae aequitatis iuste et pie demonstrans. (Scivias I, 1, 1, p. 9). (vuelve al texto)

[29] Wörman Sur, Carolyn. The feminine images of God in the visions of Saint Hildegard of Bingen’s Scivias. Lewiston, New York: The Edwin Mellen Press, 1993, p. 44. (vuelve al texto)

[30] Quemadmodum multiplicasti misericordiam tuam, Deus: filii autem hominum in tegmine alarum tuarum sperabunt. (vuelve al texto)

[31] Praetende misericordiam tuam scientibus te et iustitiam tuam his qui recto sunt corde (v. 11). (vuelve al texto)

[32] […] quia coram Deo in humilitate regnum Dei inspiciens timor Domini, uallatus perspicuitate bonae et iustae intentionis, studium et stabilitatem suam in hominibus exercet […]. (Scivias I, 1, 2, p. 9). (vuelve al texto)

[33] Chevalier y Gheerbrant, ob. cit., v. Ojo, p. 771. (vuelve al texto)

[34] Cirlot, Juan Eduardo, ob. cit., v. Ojo, p. 346. (vuelve al texto)

[35] Véase Charbonneau-Lassay, Louis. El Bestiario de Cristo. El simbolismo animal en la Antigüedad y en la Edad Media. Vol. 1. Barcelona: José J. de Olañeta, 1997. (Colección “Sophia Perennis”, 44), p. 88-91. (vuelve al texto)

[36] Initium sapientiae timor Domini, intellectus bonus omnibus facientibus eum. También Ecli. 1, 16. (vuelve al texto)

[37] Ordinata procedit acie adversus septem peccati gradus Spiritus septiformis. Et primus contra negligentiam timor exsurgit. Nimirum ipse est quo concutitur anima, discutitur conscientia, excutitur sopor letalis, incutitur sollicitudo. Denique QUI TIMET DEUM, NIHIL NEGLIGIT, sed veretur omnia opera sua. (Bernardus Claraeuallensis. “Sermo 14”,  p. 134. En: Sermones de diuersis. Turnhout: Brepols, 1991-93. CCCM 6,1). (vuelve al texto)

[38] TIMOR DEI: Ego, Timor Dei, vos felicissimas filias preparo | ut inspiciatis in Deum vivum et non pereatis. VIRTUTES: O Timor, valde utilis es nobis: | habemus enim perfectum studium | numquam a te separari (Hildegard von Bingen. Ordo Virtutum. Text and English translation by Peter Dronke. En: Hildegard of Bingen. Ordo virtutum. Sequentia. Deutsche Harmonia Mundi BMG 05472 77394 2 (2 CD), 1998, p. 42). (vuelve al texto)

[39] […] quoniam omnem obliuionem iustitiae Dei, quam saepius homines in taedio mentis suae sentiunt, per acutissimam aciem inspectionis suae ita abicit, quod mortalis inquisitio uigilantiam eius in debilitate sua non discutit. (Scivias I, 1, 2, p. 9). (vuelve al texto)

[40] En un breve trabajo de sugestivo título (“Ipsa enim quasi domus sapientiae: The Philosophical Anthropology of Hildegard von Bingen”. Mystics Quarterly. 1987; 13: 146-54), Elisabeth Gössmann dice: “De acuerdo a la interpretación alegórica que Hildegarda hace de Prov. 9, 1, la mujer es como la casa de la sabiduría (quasi domus sapientiae) en su temor reverencial (timor) hacia Dios y hacia su esposo” (p. 150). Ese temor de Dios que es el principio de la sabiduría aparece aquí encarnado no en una figura informe sino en la mujer, y precisa y paradójicamente a causa de su humilde debilidad, por comparación con la fortaleza del varón. (vuelve al texto)

[41] Quoniam apud te est fons vitae, et in lumine tuo videbimus lumen. (Sal. 35, 10). (vuelve al texto)

[42] [...] non sibi sed Deo uelut in pallore subiectionis iusta opera sua quasi indumentum pallidae tunicae tribuens et serena uestigia Filii Dei fideliter subsequens. (Scivias I, 1, 3, p. 9). (vuelve al texto)

[43] Viridem agrum in potestate mea habui. Numquid, o homo, dedi tibi illum, ut eum germinare faceres quemcumque fructum tu uelles? Et si in illum semen seminas, num potes illud in fructum producere? Non. Nam tu nec rorem das, nec pluuiam emittis, nec umiditatem in uiriditate tribuis, nec calorem in ardore solis educis, per quae omnia competens fructus producendus est. Ita etiam in auditum hominis uerbum seminare potes, sed in cor illius quod ager meus est nec rorem compunctionum, nec pluuiam lacrimarum, nec umorem deuotionum, nec calorem Spiritus sancti infundere uales, in quibus omnibus fructus sanctitatis germinare debet. Et quomodo audebas dedicatum et sanctificatum mihi in baptismo tam temere tangere ut eum absque uoluntate sua in artissimam captionem ligaturae ad ferendum iugum meum traderes, unde nec aridus nec uiridis effectus est, ita quod nec saeculo mortuus est nec saeculo uiuit? Et cur eum ita oppressisti quod ad neutrum ualet? Sed miraculum meum ad confortandum eum ut in spiritali uita permaneat ab hominibus perscrutandum non est; quoniam uolo ne parentes ipsius in oblatione eius peccent absque uoluntate illius eum mihi offerentes. Quod si aliquis scilicet pater aut mater puerum suum ad seruitium meum offerre uoluerit, antequam eum repraesentet, dicat: 'Promitto Deo ut puerum meum sollerti custodia usque ad intellegibilem aetatem eius custodiam, scilicet supplicando, deprecando, exhortando eum, quatenus in seruitio Dei deuote permaneat. Et si mihi consenserit, festinanter eum ad seruitutem Dei offero; uel si mihi assensum non praebuerit, insons coram oculis maiestatis eius sim'. Si autem parentes pueri eum his modis usque ad intellegibilem aetatem suam prosecuti fuerint et si tunc idem puer se auertens illis consentire noluerit, tunc et ipsi, quia deuotionem suam in illo quantum ualebant ostenderunt, eum sine uoluntate illius non offerant, nec eum ad seruitutem illam peruenire cogant, quam nec ipsi ferre nec adimplere uolunt. (Scivias II, 5, 46, p. 214-15). (vuelve al texto)

[44] Hildegarda de Bingen. Scivias: Conoce los caminos, p. 21. (vuelve al texto)

[45] Hildegard of Bingen. Scivias, p. 67. (vuelve al texto)

[46] Ripa, Cesare. Iconología. Trad. del italiano por Juan y Yago Barja; trad. del latín y griego por Rosa Ma. Mariño Sánchez-Elvira y Fernando García Romero. Prólogo de Adita Allo Manero. T. I. 2ª ed. Madrid: Akal, 1996. (Colección Arte y Estética, 8), p. 149. (vuelve al texto)

[47] [...] quoniam et ille qui caelestes diuitias habet, paupertati humiliter se subdidit. (Scivias I, 1, 3, p. 10). (vuelve al texto)

[48] Ex. 34, 29-30. El texto latino reza: “cornuta esset facies sua”. Bajo la voz Cuerno, Chevalier y Gheerbrant (ob. cit., p. 388-89), después de aludir al simbolismo del poder, recuerdan que “Moisés lleva cuernos, que son rayos luminosos (así en la célebre estatua de Miguel Ángel). Simbolizan el poder espiritual que emana de su persona, en razón de sus relaciones particulares con Yahvéh.” Y refuerzan la afirmación con un texto de Hab. 3, 4: “Su fulgor será como la luz, hay rayos (cornua) en Sus manos, allí se oculta Su poder”. (vuelve al texto)

[49] [...] hoc est quod ab omnipotente Deo diuersae et fortissimae uirtutes in diuina claritate fulminantes ueniunt, quae illos qui Deum ueraciter timent et qui paupertatem spiritus fideliter amant, suo adiutorio et custodia circumdantes ardenter amplectuntur et deleniunt. (Scivias I, 1, 4, p. 10). (vuelve al texto)

[50] Virtus humana, quae est habitus operativus, est bonus habitus et boni operativus (Tomás de Aquino. Suma Teológica I-II, q. 155, a. 3). (vuelve al texto)

[51] Ibíd., q. 57, a. 2. (vuelve al texto)

[52] Ibíd., a. 3 y 5. (vuelve al texto)

[53] Ibíd., q. 61, a. 1-2. (vuelve al texto)

[54] Guardini, Romano. Meditaciones teológicas. Madrid: Cristiandad, 1965. (Colección “Cristianismo y hombre actual”, 71), p. 628-29. (vuelve al texto)

[55] 4. DE HABITV VIRTVTVM ET EIVS SIGNIFICATIONE Vnde qui in acie una istarum sunt quasi facies hominum habent, ab umero et deorsum magno splendore fulgentes: qui uirtutes sunt, in corda credentium ascendentes et in ardente caritate excelsam turrim in eis aedificantes, quae opera ipsorum sunt; ita quod in rationalitate sua opera electorum hominum ostendunt et in fortitudine sua ad bonum finem multo fulgore beatitudinis ipsos perducunt. Quomodo? Scilicet cum electi, claritatem interioris sensus habentes, omnes nequitias malorum suorum abiciunt propter illuminationem illam qua in istis uirtutibus in mea uoluntate illuminati sunt, fortiter aduersus diabolicas insidias pugnant; et certamina illa quae ipsi hoc modo contra diabolicam turbam habent uirtutes istae mihi creatori ipsorum incessanter demonstrant. Nam homines certamina confessionis et abnegationis habent in se. Quomodo? Ita quod iste me confitetur et quod ille me abnegat. Sed in hoc certamine talis interrogatio est: Est Deus an non? Tunc interrogatio ista tale responsum Spiritus sancti in homine habet: Deus est qui te creauit. Sed et ipse te redemit. Sed quamdiu interrogatio et responsum hoc in homine est, uirtus Dei illi non deerit, quia huic interrogationi et responso paenitentia adhaeret. Vbi autem interrogatio haec in homine non est, ibi nec hoc responsum Spiritus sancti est, quoniam homo iste donum Dei a se expellit et sine interrogatione paenitentiae semetipsum in mortem praecipitat. Certamina uero istorum bellorum uirtutes Deo offerunt, quia ipsi tale sigillum coram Deo sunt per quod demonstrabitur qua intentione Deus colatur uel abnegetur. (Scivias I, 6, 4, p. 103-04). (vuelve al texto)

[56] Ipse enim novit abscondita cordis” (Ps. 43, 22). (vuelve al texto)

[57] Quae autem procedunt de ore de corde exeunt et ea coinquinant hominem. De corde enim exeunt cogitationes malae, homicidia, adulteria, fornicationes, furta, falsa testimonia, blasphemiae. (Mat. 15, 18-19). (vuelve al texto)

[58] Non enim homines de occultis, sed de manifestis judicant, nec tam culpae reatum quam operis pensant effectum. Deus vero solus, qui non tam quae fiunt quam quo animo fiant attendit, veraciter in intentione nostra reatum pensat et vero judicio culpam examinat: unde et probator cordis et renum (Jer. XX, 12) dicitur, et in abscondito videre (Matth. VI, 4). Ibi enim maxime videt, ubi nemo videt; quia in puniendo peccatum non opus attendit, sed animum; sicut nos e converso non animum, quem non videmus, sed opus quod novimus. (Petrus Abaelardus. Ethica (Scito te ipsum), cap. V. En: Migne, J.-P. (ed.). PL 178, cols. 0648B-C). (vuelve al texto)

[59] […] quoniam et modo homines et in cordibus et in factis suis fatigati in contumelia dormitant, modo exsuscitati in honore euigilant […] (Scivias I, 1, 5, p. 10). (vuelve al texto)

[60] Egestatem operata est manus remissa, | manus autem fortium divitias parat. (Prov. 10, 4). (vuelve al texto)

[61] ob. cit., v. Fuente, manantial, p. 515-17. (vuelve al texto)

[62] [...] sed aqua, quam ego dabo ei, fiet in eo fons aquae salientis in vitam aeternam. (Juan 4, 14). (vuelve al texto)

[63] “En verdad, en verdad te digo que a menos que alguien haya renacido del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios” (Amen, amen, dico tibi, nisi quis renatus fuerit ex aqua et Spiritu sancto, non potest introire in regnum Dei. Juan 3, 5). (vuelve al texto)

[64] “El que come Mi carne y bebe Mi sangre tiene vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Qui manducat meam carnem et bibit meum sanguinem habet vitam aeternam, et ego resuscitabo eum in novissimo die. Juan 6, 55). (vuelve al texto)

[65] Vnde quicumque scientiam in Spiritu sancto et pennas in fide habet, iste admonitionem meam non transcendat, sed eam in gustu animae suae amplectendo percipiat. (Scivias I, 1, 6, p. 11). (vuelve al texto)

 

 

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