"HE
AQUÍ QUE ME ATREVO A HABLARTE,
YO, YO QUE SOY POLVO Y CENIZA"
ANA
MARÍA DE LA PEÑA
(UNS)
INTRODUCCIÓN
Hildegarda de Bingen es el núcleo desde
donde se despliega el tríptico que me ocupa.
La MUJER: me abro y casi me
adhiero a su historia y de ella fluyen los interrogantes.
¿Se puede
hablar de vocación? ¿Cuánto hay de elección en la vida de una persona
signada? ¿Cómo negarse u optar autonómicamente frente a “lo dado”? ¿Hasta
qué punto es auténtica, es ella misma si se parte de lo compulsivo?
Cuando una sola es la senda trazada, ¿qué es lo que dice que a través
de ella se ha cumplido el designio impuesto, a conciencia, feliz, plenamente?
¿Tuvo comprensión de sí misma?
Una dualidad en la idea de Dios: lo
numinoso y lo sublime se presentan como faceta irracional y racional,
respectivamente, en la figura divina.
Llego a Hildegarda PROFETISA:
mediadora suprarracional de la voluntad divina; la habitaron las visiones,
el ver y el oír más allá de lo que el ojo y el oído humano pueden; ante
la indefensión por no poder explicar lo inexplicable, se regaló un gran
silencio.
Hildegarda INSTRUMENTO: cuando
una intensa luz la encegueció y su espíritu alcanzó la claridad de la
revelación, su palabra fue una con el Verbo divino.
Prototipo entre
el sufrimiento humano y Dios como pasión que no admite el concepto.
Sustentaré el desarrollo del presente trabajo desde los aportes de pensamiento
de Rudolf Otto, Isabel Cabrera, Erich Fromm, Victoria Cirlot, Romano
Guardini. Gracias a ellos.
DESARROLLO
1. Desde la Mujer
el Enigma
Seguramente abunden en este trabajo
más interrogantes que respuestas, ellos surgen de una necesidad de fidelidad
al sentimiento de desasosiego, incertidumbre, temor, inestabilidad que
los primeros años de Hildegarda me desnudan.
El hombre accede al conocimiento
desde lo más cercano y más comprensible para el hombre hacia lo menos
comprensible y más cognoscible en sí; esto permite ir respondiendo a
las dudas vertebrales, paralelamente a que se va tomando noción ordenada
y edificante. Pero, ¿qué sucede cuando se parte desde lo menos cognoscible
para el hombre, desde aquello que se escapa a la posibilidad real de
ser aprehendido? ¿Cuánta coherencia se habrá sacrificado en aras de
justificar un sentimiento de pertenencia, de identidad, de maridaje
con la realidad en la niñez de Hildegarda?
Enmudecer los interrogantes me
acerca al enigma.
2. Vocación
¿sin elección?
La vocación se presenta como un llamado
desde dos vertientes, interna y externa: desde la voz interior, desde
lo más profundo y originario de nosotros mismos, la conciencia en su
momento más claro y decidido, y otra, la que proviene de un ámbito externo
a nuestra conciencia pero en la intimidad vinculante de nuestras inclinaciones.
Esta invocación de la vocación tiene que ver con la realización o no
de la vida, con la inclaudicable fidelidad al yo; en su ejercicio vital
sería la vox que conlleva un quehacer personal, libre, elegido,
arbitrado desde esa expresión de la existencia.
¿Por qué me interrogo sobre la compulsividad
del llamado vocacional en Hildegarda?
En ella se dio inicialmente una formación
impuesta, que aun comprendiendo lo cultural no se desliga del sesgo
de la imposición: ¿quién puede aseverar que a los ocho años se elegirá
el claustro y que éste fuese el ámbito genuino para sus inclinaciones,
o que ellas se fortalecieran en la contrariedad de una circunstancia
dada? ¿Cómo negarse, como optar?. Acota Victoria Cirlot, (p. 96): “La
ceremonia de clausura celebraba la muerte del recluso a este mundo,
el celebrante realizaba el rito de la extremaunción y se cantaba un
réquiem, para concluir encerrando al recluso en el lugar”.
Su temor y su inseguridad constante
prestaron base y fundamento a la condescendencia a internalizar la figura
divina como autoridad legisladora, y sus preceptos, que constituyen
la legalidad moral, terminaron formando parte de ella misma. La obligación
responsable hacia la autoridad externa se lleva a la conciencia. “Uno
no puede escapar de su voz y menos de la superioridad internalizada
porque estamos hablando de uno mismo.” (ERICH FROMM, p. 147).
Escribe Hildegarda al abad Bernardo
de Clairvaux: “No he vivido segura ni una hora” (CIRLOT, p. 113). La
angustia in extremis, los sufrimientos físicos, fueron la expresión
humana de esa sumisión. En tanto por qué acumulado, ¿habrá inquirido
al Dios justo o al Dios colérico? En la búsqueda de alicientes de vida
ambos aspectos del Dios se le habrán presentado en alternancia robustecida,
por momentos justificando el castigo por la culpa o en otros injusticia
ante la inocencia.
En la inestabilidad, su necesidad de
saber se negó con la ciega obediencia.
Extraño “estar” el suyo. Como si la
mirada de sí misma le entregase “otro”, como aquella que “hace por...”
“entrega a...”; en su mismidad sería su propio objeto, y ahí la autoconciencia
con interrogante le denotaría el “hacia...”
Sentimientos antagónicos orlan
su experiencia visionaria y desbordan en este párrafo:
“A los tres años vi una luz tal, que mi alma tembló, pero debido a mi niñez
nada pude proferir acerca de esto. A los ocho años fui ofrecida a
Dios para la vida espiritual y hasta los quince vi mucho y explicaba
algo de un modo muy simple. Los que lo oían se quedaban admirados,
preguntándome de dónde venía y de quién era. A mí me sorprendía mucho
el hecho de que, mientras miraba en lo más hondo de mi alma, mantuviera
también la visión exterior, y asimismo el que no hubiera oído nada
parecido de nadie, hizo que ocultara cuanto pude la visión que veía
en el alma". (Vida, libro 2,visión 1º, p. 51).
3.
“...Yo, yo que soy polvo y ceniza”
En los primeros párrafos, aludí
a la progresión en el conocimiento desde lo más cercano al hombre a
lo menos conocible en sí mismo como necesidad saludable en la posibilidad
de aquilatarlo. No se descree por ello que puedan existir predisposiciones
y aperturas que en el terreno de las potencialidades, como la lava,
se derramen en cualquier momento delineando el espíritu fervoroso.
Kant expresa en su Crítica de la
razón pura: “No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza
con la experiencia. Pues, ¿por dónde iba a despertarse la facultad de
conocer, a su ejercicio, como no fuera por medio de objetos que hieren
nuestros sentidos?... Mas si bien todo nuestro conocimiento comienza
con la experiencia, no por eso origínase todo él en la
experiencia”.
En el nivel de lo religioso, nos recibe
lo inefable, lo que Rudolf Otto llama “lo numinoso” (p. 16), llegándose
a su intelección sólo por los análogos y los contrarios. Su peculiaridad
sólo es ubicable por el sentimiento que más se aproxima a otro que nos
resulta familiar, comprensible, y la pauta de su real aprehensión nos
la demuestra el ánimo que en determinado momento se hace afín a lo sui
generis.
Los estados visionarios en Hildegarda
exteriorizan esta peculiarísima emoción que conlleva, al decir de Schleiermacher,
el elemento que llama “sentimiento de absoluta dependencia”. Siguiendo
el uso analógico dicha dependencia no se refiere al sentido natural
por el que lógicamente se lo define, sino que guarda con él una diferencia
de cualidad. Cuando Abraham habla con Dios sobre la suerte de los sodomitas
(Génesis 18, 27), dice: “He aquí que me atrevo ha hablarte, yo,
yo que soy polvo y ceniza” (OTTO, p. 19). Éste es, a modo de ejemplo,
el sentimiento de dependencia que Otto denomina “sentimiento de criatura”,
cuando el individuo responde, frente a la autoridad suprema que está
por sobre todas las criaturas, con la desvalorización de sí mismo, hundiéndose
y sintiéndose nada, como un “momento concomitante a un efecto subjetivo”
(OTTO, p. 20) y que se refiere a una causa exterior al hombre. El sentimiento
de criatura es inflexionado desde lo numinoso que encuentra su sinónimo
en el misterio tremendo.
La ambivalencia de tal categoría,
nos sitúa entre lo fascinante, atractivo, maravilloso y al mismo tiempo
lo aterrador, oscuro y amenazante como formas de lo sagrado.
Hildegarda nos describe su estado,
que ejemplifica claramente cuando un ánimo tiende hacia lo numinoso,
allí donde el numen es vivido como presente:
“He aquí que en el año 43 de mi curso temporal, mientras me aferraba
con mucho temor a una visión celeste, temblando entera
por la atención, vi un muy grande esplendor, en el cual se hizo escuchar
una voz desde el cielo que me decía: “Oh, podredumbre, de podredumbre,
dí y escribe lo que ves y oyes...”
El temor referido se presta a la vía
analógica para captar su distinción como aquello distinto a atemorizarse.
Distinguir una cosa por el pavor especialísimo nos entrega nuevamente
lo numinoso; el temor, el estremecerse lucubra una clara alusión a lo
inquietante, a lo terrible, si vemos que estos acercamientos que se
trata de hacer con los sentimientos naturales, muestran que ellos sólo
pueden ser vivenciados por aquel cuyo espíritu está abierto y dispuesto,
constituyendo asimismo el estado de lo numinoso. Dice Otto (p.
27): “Ninguna de las especies del miedo natural puede convertirse, por
simple incremento, en pavor numinoso”.
¿Por qué la cólera divina, como sufrimiento
en el justo e inocente?
Dos figuras prototípicas surgen desde lo bíblico; Abraham representa
la fe del que no duda ni se rebela; el que no comprende, pero obedece.
Job frente a sus amigos que piensan que el sufrimiento es siempre castigo
del pecado, defiende su condición de hombre justo, reivindica su conciencia
moral y reclama a un Dios silencioso y ausente. (ISABEL CABRERA, p.
121). Cuando Dios habla a Hildegarda, al igual que sucede con Job, se
muestra y muestra su creación. Job calla, no por temor al poder divino
sino por amor y maravilla por lo que está más allá de las palabras.
La sibila, al respeto temeroso suma el misterio que la alcanza y se
siente tierra, ceniza, nada, materia prima indispensable para el sentimiento
de humildad religiosa. En su primer sermón público, así se presenta:
“Soy una pobre y pequeña forma, y no tengo en mí ni salud, ni fuerza
ni valentía, ni saber”. (RÉGINE PERNOUD, p. 104)
4. Paulatinamente... Hacia lo excelso, hacia lo racional
en la idea de Dios
En
la evolución de lo numinoso o irracionalidad de la idea de Dios en la
experiencia hildegardiana, “el lado oscuro de Dios” al decir de Isabel
Cabrera, el Dios colérico, la ira deorum de los antiguos, llegamos
al lado opuesto, al amor divino, persistiendo ambos aspectos en la configuración
de la unicidad.
Hildegarda es
por la Gracia una elegida, ajena a su propósito, sin afán volitivo;
la gracia la posee, inflexiona y guía; ella siente ser desde aquella,
su hacer tiene un depositario, su hacer la trasciende por la bienaventuranza
de ser una elegida. Desde el deseo conceptual se asfixian las posibilidades,
porque la cortedad como humana me habita.
¡Es tan imperceptible el hilo fronterizo
que distingue elección de predestinación! La libre voluntad se eclipsa
frente al poder omnipotente, pero éste no la niega, es superador como
dimensión inmensurable.
Dios le ordena a Hildegarda que escriba
“lo que ve y oye” y nace el decir profético: es la boca de Dios, Scivias
(Conoce los caminos) que conducen a la creación y a ella misma como
obra, camino desde el que parte la profetisa para colmarse y entregarse
en “espíritu y en verdad”. El Supremo establece con ella una relación
personal, la eleva a las alturas o la sume en la desesperación y el
dolor, por momentos es el Dios persona y en otros es el Dios inmanente
y ajeno a la suerte de la criatura. Se percibe el tránsito del “Supremo
persona del que surge un Dios poder creador, realidad suprema” (ISABEL
CABRERA, p. 187); por momentos aún en el dolor, en la incertidumbre
o en la sabiduría revelada, se recoge en Hildegarda una afirmación y
fuerza delineando en ella la mujer que nos motiva, la que bosqueja un
vuelo propio con el alma cargada y las manos dispuestas.
Ella nos regala el misterio como
parte de la claridad.
CONCLUSIÓN
Muchas de las preguntas surgidas
de su historia, en sus respuestas, no se niegan, más bien se delinean
como hitos del crecimiento en una figura que dio muestras generosísimas
de fortaleza y de fe.
En la edad adulta, cuando sus obras
hacen recogerse a más de una conciencia, la habita la luz, intensa y
cálida, el tránsito a la sabiduría plena desde lo absoluto y eterno
hacia lo finito y transitorio, recibiendo desde allí luz sobre la vida.
Dice Romano Guardini (p. 105): Cuando la sabiduría lo alcanza, “el hombre
no se hace activo, sino que irradia”, y el irradiar es sacar desde adentro,
sin casi la voluntad de hacerlo: ya se es uno mismo.
Recogí a la niña desde la noche de los miedos. Me interrogué en el vínculo que aporta el asombro. Fuiste soltando del misterio el celo. La devoción, oasis y suplicio, Robusteciste en ambas tu fe. No fue de la dialéctica el abecedario revelado Ni desde los sentimientos de natural decir. El istmo ambivalente, terrenal y sublime Se privilegió en tu nombre. El enigma se alza y el paradigma se impone.
BIBLIOGRAFÍA
Otto, Rudolf. Lo Santo. Lo racional y lo irracional
en la idea de Dios. Madrid: Alianza Editorial, 1980.
Cabrera, Isabel. El lado oscuro
de Dios. México: Paidós, 1998.
Fromm, Erich. Ética y psicoanálisis.
México: Fondo de Cultura Económica, 1957.
Cirlot, Victoria. Vida y visiones
de Hildegarda von Bingen. Madrid: Siruela, 2001.
Guardini, Romano. La aceptación
de sí mismo. Buenos Aires: Lumen.