HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

 

 

La actividad –y la obra– médica de Hildegarda presenta aspectos propios de las ciencias naturales, otros de la medicina psicosomática, otros de la experiencia, y todo ello en un contexto religioso, ya que ella siempre buscaba establecer relaciones entre lo producido por la naturaleza y los seres humanos, cuyo equilibrio y salud le importaban en primer término. Y esto es lo que ha interesado a los hombres de nuestro tiempo, haciendo de ella una mujer muy contemporánea; tanto es así que una versión inglesa de la traducción alemana de Causae et curae(1) aparece publicada bajo el título: Holistic Healing (Medicina holística).


A
delantándose a la homeopatía, a las flores de Bach y a otras manifestaciones medicinales, al describir plantas, animales, piedras, Hildegarda se detiene en las cualidades de dichos seres y en su propiedad curativa, ya que el uso del elemento en que se halle la cualidad faltante a la persona enferma restablecerá el equilibrio perdido y le devolverá la salud. Por otra parte, conocedora de su interacción, no separa los estados anímicos de los males corporales, trabajando ambos en la curación del enfermo. Así, por ejemplo, tenemos el caso de la nuez moscada:

“La nuez moscada tiene gran calor y un buen equilibrio en sus poderes. Si una persona come nuez moscada se le abre el corazón, purifica su percepción y mejora su ánimo. Toma nuez moscada, una cantidad equivalente en peso de canela y un poco de clavo de olor, y redúcelos a polvo. Con ese polvo, otro tanto de harina y un poco de agua prepara unas galletitas y cómelas a menudo. Calmará así toda la amargura de tu corazón y del espíritu, se te abrirá el corazón y los sentidos embotados y se te alegrará el espíritu. Purificará tus sentidos, disminuyendo así los humores nocivos; dará vigor a tu sangre y te fortalecerá.”(2)

Busca en algunas plantas el medio para curar la melancolía, que fundamentalmente proviene de la bilis negra mal eliminada; por eso se producen alteraciones en el metabolismo, y se cae en la depresión. De la bilis provienen, además, los ataques de gota o los de reumatismo, y los accesos de cólera. La abadesa da una serie de prescripciones para eliminar la bilis: comidas bien preparadas –destaca la importancia de un buen régimen alimenticio–, y también algún medicamento, como la rosa mezclada con salvia en una muy pequeña proporción, reducidas ambas a polvo: en los casos de cólera, poner bajo la nariz de la persona afectada, pues la salvia apacigua, y la rosa alegra(3). ¿No estamos acaso ante la aromaterapia?

Otra receta asombrosa, que responde a consideraciones de su época, es la que tiene como protagonista al diamante:

“El diamante es cálido. Nace de algunas montañas de la región del sur, que son por así decirlo resinosas y como cristalinas, y por eso mismo surge cierta materia cristalina sólida y pura, como un corazón de gran fortaleza. Y porque es fuerte y dura, antes de crecer se separa de la montaña en la que se hallaba y así cae al agua en la forma y tamaño de un crisólito; pero luego en dicho lugar su viscosidad se torna más débil de lo que era antes. Y luego, cuando los ríos se desbordan, la inundación lleva la piedra hacia otras regiones.
Hay algunos hombres que son maliciosos por su naturaleza y por la influencia del demonio, y por este motivo prefieren callar; pero cuando hablan tienen una mirada punzante, y a veces están como fuera de sí, como arrastrados por la locura; pero prontamente vuelven en sí. Éstos a menudo, o siempre, pongan un diamante en su boca; su poder es tal y tanta es su fuerza, que extinguirá la malignidad y el mal que hay en ellos. Pero también quien padece delirios, o es mentiroso, o bien iracundo, tenga siempre la piedra en su boca, porque gracias a su poder tales males se alejarán de él. Y quien no puede ayunar, ponga la piedra en su boca y su hambre disminuirá, de manera tal que podrá ayunar por un mayor período de tiempo.
Y quien está afectado por la parálisis o tiene apoplejía, esto es, la enfermedad que toma la mitad del cuerpo impidiéndole el movimiento, ponga el diamante en agua o en vino durante todo un día y después beba dicho líquido; la parálisis cesará, aunque sea tan fuerte que los miembros amenacen con romperse, y también la apoplejía disminuirá. Alguien con ictericia ponga la piedra en vino o en agua y luego beba: quedará curado. El diamante es tan duro que nada hay más duro que él, y por eso raya y perfora el hierro; de donde ni el hierro ni el acero pueden penetrar su dureza, y así el acero confirma que el diamante no cede ni se rompe hasta que lo corta. Y el demonio es enemigo de esta piedrecilla porque ofrece resistencia a su poder y su fuerza, y por eso la desprecia tanto de día como de noche.”(4)

El diamante es por excelencia el símbolo de la limpidez, de la perfección, de la dureza, de la luminosidad”(5); es la piedra soberana, inmutable, invencible, y poderosa contra los males que atacan al hombre. Porque es tan poderoso y fuerte trabaja a favor de la paz, venciendo a la cólera; porque es límpido y luminoso tiene la inocencia de la verdad, que desarma a la mentira; porque es perfecto resiste a la enfermedad, derrotándola. Y así, “se asimila a la ‘piedra angular’, o mejor a la ‘clave de bóveda’, símbolo del coronamiento de un proceso constructivo.”(6) La luminosa blancura del diamante nos recuerda el episodio de la transfiguración del Señor, cuyo rostro brillaba como el sol y cuyos vestidos eran blancos como la luz: la manifestación de Su divinidad(7). Esta consideración del valor simbólico del diamante, tanto en Oriente cuanto en Occidente, nos permite vislumbrar al menos un motivo –y muy importante en esa época– para que Hildegarda se haya ocupado en lo que hoy llamamos la litoterapia, esto es, la curación mediante la energía electromagnética transmitida por los cristales. Es ésta una terapia que en nuestro tiempo divide las aguas, dando lugar a entusiastas y detractores; pero no fue así en la Antigüedad y tampoco en el Medioevo. La abadesa de Bingen, empero, no limita su consideración a las cualidades terapéuticas que la tradición, el folclore y la experiencia atribuyen a las gemas en cuestión; la última frase del texto, que se refiere a la enemistad del demonio hacia el diamante, nos habla de la impostación religiosa del tema, la cual efectivamente queda expresada en el comienzo mismo del libro IV de la Physica.. Allí dice que “el demonio aborrece las piedras preciosas, las odia y las desprecia, porque recuerda que su belleza se manifestaba en él antes de su caída de la gloria que Dios le había dado; y también porque algunas piedras preciosas nacen del fuego en el que él recibe su castigo. Pues por la voluntad de Dios fue vencido por el fuego y precipitado en él, como también es vencido por el fuego del Espíritu Santo cuando los hombres son arrancados de sus fauces por el primer soplo(8) del Santo Espíritu”(9). Añade más adelante que las piedras preciosas provienen de ciertas montañas del Oriente –punto cardinal identificado con Cristo–, donde el ardor del sol iguala al del fuego; las aguas de los ríos, tocando la montaña ardiente, dan lugar a una espuma que en tres o cuatro días se endurece formando una piedra. “Y así las piedras preciosas surgen del fuego y del agua, por lo que tienen en sí lo ígneo y la humedad, y también muchos poderes; y producen múltiples efectos. Mucho puede hacerse con ellas, bueno, honesto y útil al hombre; pero no las obras de la seducción, la fornicación, el adulterio, las enemistades, homicidios y otras tales que llevan a los vicios y que son adversas para el hombre, porque la naturaleza de las piedras preciosas busca lo que es honesto y útil y rechaza lo depravado y malo de los hombres, como las virtudes desechan los vicios, y como los vicios no pueden trabajar con las virtudes.”(10). La cualidad salutífera de las gemas aparece moralmente orientada por su propia naturaleza, que es de origen divino –como toda la creación–, significado por la procedencia de Oriente y la constitución a partir del fuego del Espíritu Santo y el agua de la vida nueva. Y concluye el prefacio recordando nuevamente que Dios, al crearlo, había adornado al primer ángel, a Lucifer, con un resplandor como de piedras preciosas –según lo indica su nombre: “Portador de luz”–; al contemplarse así en el espejo de la Divinidad, el ángel supo que Dios había querido hacer maravillosas y bellísimas creaturas. “Entonces su espíritu se exaltó –porque la belleza de las piedras que había en él refulgía en Dios–, pensando que él podría hacer cosas iguales y [aun] mayores que [las hechas por] Dios; y por eso se extinguió su esplendor. Pero así como Dios recuperó a Adán para un destino mejor, así no dejó Dios que se perdiera la belleza y el poder de estas piedras preciosas, sino que quiso que fueran en la tierra honor y bendición, y también medicinales”(11). Es la derrota más absoluta del demonio, quien por la belleza y el brillo de las gemas se perdió a sí mismo y a las piedras, que prestan ahora su ornato y su poder al hombre hecho de barro.


NOTAS:

1. Hildegard of Bingen. Holistic Healing. Manfred Pawlik, transl. of Latin text. Patrick Madigan, S.J., transl. of German text. John Kulas, O.S.B., transl. of Foreword. Mary Palmquist and John Kulas, editors of English text. Collegeville, Minnesota: The Liturgical Press, 1994. 223 p. (vuelve al texto)

2. Liber subtilitatum diversarum naturarum creaturarum. (Physica. En: Migne, PL 197, 1139). Gottfried Hertzka, médico austríaco, comenta: “Estos dulces son conocidos como los dulces de la inteligencia. Convendría siempre tener una provisión en casa, sobre todo para quien sufre de la sensación de opresión en el pecho, sin presentar verdaderos dolores”, y los recomienda para la falta de concentración (sobre todo en los jóvenes), depresión, malhumor y purificación de la sangre (Piccola farmacia di Sant’Ildegarda. Milano: Editrice Àncora Milano, 1994, p. 181). (vuelve al texto)

3. Physica. En: Migne, PL 197, 1139-40. (vuelve al texto)

4. Ibíd., 1201C-02B. (vuelve al texto)

5. Chevalier, Jean; Gheerbrant, Alain. Dicionario de los símbolos. 6ª ed. Barcelona: Herder, 1999. 1107 p. (v. Diamante, p. 415). (vuelve al texto)

6. Cirlot, J.E. Diccionario de símbolos. 3ª ed. Barcelona: Siruela, 1998. 520 p. (v. Diamante, p. 174). (vuelve al texto)

7. Mat. 17, 2. (vuelve al texto)

8. “el primer soplo del Santo Espíritu” se da en el bautismo, que borra, aventa el pecado original, lo que implica rescatar al hombre del dominio de Satanás y otorgarle la filiación divina. (vuelve al texto)

9. Physica, 1247C. (vuelve al texto)

10. Ibíd., 1248C-D. (vuelve al texto)

11. Ibíd., 1249A y 1250A. (vuelve al texto)

 

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