| En realidad, Hildegarda no remite su contestación a Tengswich, quien le ha escrito con una insolencia que apenas disimulan las fórmulas de cortesía y las protestas de veneración. La abadesa, pues, dirige su respuesta a la congregación de religiosas que tienen a Tengswich como priora. |
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HILDEGARDA A LA CONGREGACIÓN DE RELIGIOSAS[1] La Fuente viva dice: Que la mujer permanezca oculta en el interior de su aposento, de manera tal que conserve gran modestia, porque la serpiente insufló en ella los grandes peligros de una horrible lascivia. ¿Cómo es esto? La belleza de la mujer brilló y resplandeció en la raíz primera; en ella fue formado aquello en lo que toda creatura se oculta [2] . ¿Cómo sucedió? En parte por ser una obra maestra del dedo de Dios, y en parte por su belleza celestial. ¡Oh, qué cosa admirable eres, tú que pusiste en el sol tu fundamento y desde allí dominaste la tierra! Por lo que el apóstol Pablo, quien voló hacia lo más alto y en la tierra guardó silencio para no revelar lo que había sido escondido, [dijo]: La mujer que está sujeta a la potestad viril de su marido [Ef. 5, 24], unida a él en la primera costilla, debe guardar gran modestia [I Tim. 2, 9], y no debe hacer o pregonar el elogio de la vasija de su propio esposo en lugar ajeno, que no le pertenece. Y sea así según aquella palabra que el Señor de la tierra dijo, para irrisión del demonio: “Lo que Dios ha unido, el hombre no lo separe”. Escucha: la tierra rezuma el fresco verdor [uiriditatem] de la hierba, hasta que el invierno la vence. Y el invierno se lleva la belleza de aquella flor y oculta su lozanía [uiriditatem], y no puede luego mostrarse como si aún no se hubiera secado, porque el invierno le quitó su verdor [3] . Por esto la mujer no debe envanecerse por su cabellera ni adornarse, ni enorgullecerse por una corona y algún otro adorno de oro, a no ser por la voluntad de su esposo y para complacerle, en la justa medida. Pero esto no atañe a la virgen: ella se encuentra en la simplicidad y la integridad del glorioso paraíso, que jamás aparecerá árido sino que siempre permanecerá en la plenitud de la fuerza vital [viriditate] de la flor en la rama. La virgen no tiene el precepto de ocultar la lozanía de sus cabellos pero por su propia voluntad y debido a su gran humildad se oculta, porque el hombre esconde la belleza de su alma para que el gavilán no se la arrebate a causa de la soberbia. Las vírgenes [4] están unidas a la santidad en el Espíritu Santo y en la aurora de la virginidad. Por eso es apropiado que se lleguen al sumo sacerdote como holocausto consagrado a Dios. Por lo cual, al ver que su espíritu está consolidado en la urdimbre de su castidad, y considerando también quién es Aquel a Quien se ha unido, como está escrito: ‘Con Su nombre y el nombre de Su Padre escritos en sus frentes’ [Act. 14, 1], y también: ‘Seguirán al Cordero a dondequiera que Él vaya’ [Ibíd., 14, 4], es lícito –por la permisión y la revelación en la mística espiración del dedo de Dios–que la virgen lleve un vestido blanco, claro símbolo de sus desposorios con Cristo. Dios también tiene una mirada escrutadora [y atenta] sobre cada persona, de manera tal que el orden inferior no ascienda [y se ubique] por encima del orden superior, como hicieron Satanás y el primer hombre, quienes quisieron volar a una altura mayor que aquella en la que habían sido puestos. ¿Y qué hombre reúne todo su ganado, es decir, bueyes, asnos, ovejas, cabras, en un solo establo de manera que no contiendan entre sí? Por eso también debe haber discreción en esto, para que las diversas personas reunidas en un solo rebaño no se destruyan por la soberbia de la exaltación ni por la ignominia de la humillación, y principalmente para que la nobleza del carácter no se deteriore cuando a causa del odio se destrocen entre sí, cuando el orden más alto cae sobre el inferior y el inferior asciende sobre el superior. Porque Dios hace distinción entre quienes habitan en la tierra como también entre los habitantes del cielo, donde hay ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones [o potestades], querubines y serafines. Y todos estos son amados por Dios, aunque no tienen igual nombre [esto es, rango]. La soberbia ama en los príncipes y en los nobles la apariencia de su grandeza, y los odia cuando matan dicha apariencia. Y escrito está: “Dios no rechaza a los poderosos, porque también Él es poderoso” [Job 36, 5]. Pero Él no ama las apariencias sino las obras que tienen su gusto en Él, como dice el Hijo de Dios: “Mi alimento es hacer la voluntad de Mi Padre” [Juan 4, 34]. Donde está la humildad, allí Cristo siempre está convidado. Y por eso es necesario discernir a aquellos hombres que más apetecen la vanagloria que la humildad, aunque ven que estas [las obras] son superiores a aquellas [las apariencias]. La oveja enferma sea arrojada afuera, para que no se contamine todo el rebaño. Dios infunde a los hombres el buen conocimiento, para que su nombre no sea borrado [del libro de los vivos, Act. 3, 5; Sal. 69, 29]. Bueno es, pues, no que el hombre se apodere de una montaña que no podrá mover, sino que permanezca en el valle aprendiendo poco a poco lo que puede comprender [5] . Estas cosas han sido dichas por la Luz viviente y no por el hombre. Quien oye, vea y crea de dónde son [y vienen]. [6] NOTAS:[1] Carta 52r, de Hildegarda a la comunidad religiosa, años 1148-50, p. 127-30. In: HILDEGARDIS BINGENSIS. Epistolarium.Turnholti: Brepols, 1993. (Corpus Christianorum Continuatio Mediaevalis 91a) (vuelve al texto) [2] Recordemos que Eva es la madre del género humano: tal era su misión primera en la Providencia Divina, con una maternidad física que debía respetar su integridad corporal, modalidad que el pecado frustró. Sin embargo, la maternidad con dichas características encontrará su perfecta realización en la virgen María. (vuelve al texto) [3] La referencia es a la fresca flor de la virginidad, a la integridad de la doncella, a la libertad de la virgen, que resultan vulneradas por el frío avasallante del invierno –el varón– que penetra y hiere, quedando una flor desflorada, una integridad perdida, una sujeción al varón. (vuelve al texto) [4] No se trata aquí de la virginidad simplemente tal, sino de la virginidad consagrada a Dios. (vuelve al texto) [5] En sus términos latinos, este párrafo juega con la idea del conocimiento como un tomar algo, asirlo, captarlo, comprenderlo; sólo con este sobreentendido adquiere su pleno sentido. (vuelve al texto) [6] Ibíd., p. 129-30. (vuelve al texto)
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