HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

UNA MUJER MUY MODERNA (II)

 

Damas medievalesEL SIGLO XII Vuelve a Contenido

En un paisaje poblado de castillos con sus nobles caballeros y sus damas, pero también con los siervos ocupados en los múltiples menesteres de la vida cotidiana; poblado también de monasterios y de iglesias con sus monjes y monjas, rezos y cantos –el Oficio Divino–; transitado por bulliciosos estudiantes que se desplazan de un lugar a otro atraídos por la fama de tal o cual maestro, por juglares ágiles y coloridos que hacen el deleite de todos los del lugar y luego continúan, buscando otros aplausos, por trovadores que llevan en sus cantos las magnificadas hazañas de los ausentes; en ese paisaje europeo el Sacro Imperio Romano Germánico, patria de Hildegarda, ocupa algo más que sólo el horizonte. Es el Estado preponderante, involucrado desde el siglo XI en lo que se conoció como la “querella de las investiduras”, que opuso la Iglesia al Imperio durante cien años (desde el Papa Gregorio VII y el emperador Enrique IV –protagonistas de la humillación del emperador ante el Papa en Canosa–, hasta Alejandro III y Federico Barbarroja, que reprodujeron la situación en la iglesia de San Marcos, en Venecia): conflicto que adquirió grandes proporciones, con acciones bélicas de importancia, y acontecimientos de carácter político-religioso como las excomuniones lanzadas por los Papas contra los emperadores, y los antipapas suscitados por éstos.

También encontramos en el siglo XII las Cruzadas (1099-1187) a Tierra Santa, al grito de “¡Dios lo quiere!”, con el objeto de liberarla de manos de los turcos –empresa en la que participan reyes, caballeros, monjes y campesinos–, y que colateralmente trae aparejadas importantes consecuencias culturales y comerciales. El pensamiento griego llega a Occidente en traducciones y comentarios de árabes y judíos, y el auge de la lógica y, en general, del pensamiento aristotélico, promueven una actitud que culmina en la confrontación entre maestros de la razón: Abelardo –maestro de las escuelas de Santa Genoveva en París– y Gilberto de la Porrée –obispo de Poitiers– y el gran maestro de la fe, el cisterciense San Bernardo de Claraval. Abelardo es condenado en Sens (1140) y Gilberto en Reims (1148), pero subsisten a partir de entonces dos modos de trabajo intelectual: el de las escuelas y el monástico, con los inevitables enfrentamientos. Pero Abelardo protagoniza otra historia, y es la de sus amores con Eloísa, mujer culta y notable de su época, como también lo fuera por esos mismos años la reina Leonor de Aquitania, intrigante política, finísima poetisa y madre de dos monarcas ingleses: Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra, a quien se debe –bien que a su pesar– la promulgación de la Carta Magna inglesa.

San Bernardo, por su parte, tiene un lugar propio en la historia religiosa del siglo XII, con las fundaciones cistercienses (más de sesenta conventos con más de setecientos religiosos, a la muerte del santo, en 1153) con las que se propuso la reforma del clero, por entonces bastante decaído en la práctica de las virtudes evangélicas, situación que permitiera el surgimiento y la propagación de la secta de los cátaros o albigenses, tan combatidos por la abadesa de Bingen. El renacimiento religioso fructifica en los monasterios que se multiplican por toda Europa, y en ellos florece no sólo la vida religiosa sino también la actividad intelectual. Al mismo tiempo la arquitectura abandona el estilo románico y asume el gótico, pleno de teocentrismo. El auge de la construcción de iglesias y monasterios, y también de los castillos, involucra a gran cantidad de artesanos, y poco a poco los obreros se organizan en corporaciones o gremios, realización original de esta época. También la paz que reina en casi toda Europa permite la prosperidad de los campesinos y del comercio, lo que dará lugar al surgimiento de una nueva clase social: la burguesía.

Finalmente mencionemos, en este a modo de telón de fondo del siglo XII –que ampliamos en otra página de nuestro sitio–, la presencia de un gran interés en la Escuela de Chartres por los temas cosmológicos entretejidos con el tema del hombre, y ello planteado con reminiscencias platónicas –el Alma del Mundo, vertida como “Espíritu Santo”– y en términos de macrocosmos y microcosmos. En esta época tan rica y variada transcurre la vida y la obra de Hildegarda de Bingen, de quien daré algunas notas biobibliográficas, al tiempo que intento presentar –y sólo eso– aspectos de su personalidad y de su obra.

 

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