Décima y última hija de un matrimonio noble y próspero, de constitución
débil y enfermiza, a los catprce años fue confiada para su educación a
Jutta, hija del conde de Spanheim y reclusa en el monasterio de San Disibodo.
El monasterio había sido fundado no mucho tiempo atrás por el arzobispo
Willigis de Maguncia para albergar a doce clérigos que se encontraban
bajo su cuidado, y en 1108 su sucesor Ruthardo llamó a los benedictinos
de la abadía de San Jacobo para habitarlo, lo que obligó a construir un
nuevo monasterio; la jovencita Hildegarda vivió esas tareas, circunstancias
que pueden haber influido en la concepción arquitectónica de sus visiones,
y en los trabajos de construcción de su propio monasterio en San Ruperto.
Junto a la edificación para los monjes, y siguiendo una costumbre de época,
se puso un claustro para las monjas, una de cuyas dos ventanas daba a
la iglesia; desde allí participaban de la celebración del Oficio Divino
tan importante en la vida benedictina, que conjugaba admirablemente
palabra y música: otra influencia fundamental moldeaba así desde temprano
el espíritu de Hildegarda. Entre 1112 y 1115 profesa con votos perpetuos
y a la muerte de Jutta, en 1136, es elegida abadesa de una comunidad que
cuenta con diez religiosas.
Desde sus tres años de edad estuvo dotada del regalo de la visión divina
sobre la que, cuando ya contaba más de setenta años, escribió al que
sería su secretario, Guiberto de Gembloux, en la carta anteriormente
mencionada:
"Y tal como el sol, la luna y las estrellas se reflejan en
el agua, así en esta luz [la que ella llama 'sombra de la luz viviente']
resplandecen para mí los escritos, los sermones, las virtudes y
algunas obras de los hombres.
Todo lo que he visto o aprendido en esta visión lo guardo en mi
memoria por mucho tiempo y lo recuerdo, porque alguna vez lo he
visto y oído. Veo, oigo y conozco simultáneamente, y casi al mismo
tiempo que conozco, aprendo. [...] Y lo que escribo, lo veo y lo
oigo en la visión, y no pongo otras palabras que aquéllas que oigo
[...].
Pero mi alma jamás carece de la luz que llamo 'sombra de la luz
viviente', y la veo como si contemplara el firmamento sin estrellas
en una nube luminosa: en esa luz veo aquello de lo que hablo frecuentemente,
y lo que respondo a quienes me interrogan procede del fulgor de
la luz viviente."
Tal es el origen de su sabiduría, de su don de profecía, del conocimiento
de las almas; ésta es su voz ante los hombres, la autoridad de sus respuestas,
la confiada seguridad de sus acciones.
En 1141 recibe una visión que le ordena escribir cuanto ha visto y
oído. Luego de dudas y resistencias castigadas con largos períodos de
enfermedad, comenzó a escribir Scivias
(Conoce los caminos de Dios), con la colaboración del monje Volmar,
quien hasta su muerte (1173) será su secretario y amigo. A esta obra,
que relata las visiones de la profetisa con ilustraciones de intenso
cromatismo (la luz es un elemento fundamental en la vida y la obra de
Hildegarda) realizadas por los monjes bajo su dirección, y que ponían
en imágenes sus revelaciones, aludiremos luego. Pero algo quiero señalar
ahora en cuanto a los dibujos: son inusitados para su época, audaces,
y con ciertas características muy definidas, como por ejemplo la permanente
presencia de zonas luminosas habitualmente “fuego brillante”
y zonas oscuras –“fuego tenebroso”; el rojo como color predominante;
el uso de la forma circular para indicar la presencia de la divinidad,
la actividad divina, la energía vital que anima al mundo entero, y la
forma rectangular con la que se refiere a lo ordenado y estructurado.
Entre los años 1146 y 1147 escribe a San Bernardo en busca de comprensión
y seguridad, y él le contesta de manera un tanto impersonal, pero la
alienta y recomienda su trabajo al Papa cisterciense Eugenio III quien,
enterado del asunto, había enviado una comisión a Disibodenberg para
examinarla. Los informes son favorables, y el propio pontífice, que
se encuentra presidiendo un sínodo en Tréveris, lee públicamente un
fragmento de Scivias y la exhorta a continuar escribiendo. A
partir de ese momento comienza para la abadesa, que cuenta ya con cincuenta
años, una etapa de actividad febril: cartas de diversa índole y destinatarios,
visitas que recibe y las que realiza fuera del monasterio, la composición
musical... y, en 1150, la fundación de su propio monasterio en San Ruperto,
circunstancia que le trajo muchos problemas con su anterior convento,
que no quería dejarla marchar por motivos de conveniencia económica,
y de prestigio. Hildegarda era un foco de atracción del que no querían
desprenderse.