Podríamos ya aquí detenernos en algunos puntos, como por ejemplo, en
su correspondencia. Variados son los temas: dirección espiritual, respuestas
a preguntas de diversa índole, solución de problemas de vida o bien
de cuestiones intelectuales (el maestro de teología y más tarde obispo
Odo de Soissons, por ejemplo, la consulta: “Tenemos la confianza de
pedirte algo: muchos sostienen que la paternidad y la divinidad de Dios
son atributos de Dios, pero no son Dios mismo. No tardes en exponernos
y transmitirnos lo que sepas de esto desde lo celestial.” Se trata de
una tesis de Gilberto de la Porrée, discutida por entonces en las escuelas
y en el concilio de Reims). También son diversos los destinatarios (reyes,
nobles, Papas, estudiosos, prelados, monjes y monjas, laicos), y la
procedencia geográfica de los corresponsales de la abadesa. Pero ella
es siempre la misma persona inspirada por el amor a la Verdad y al Bien,
que procura las obras de la Justicia. Así, al emperador Federico Barbarroja
le escribe:
"Oh rey, sé el soldado, el caballero armado que combate valientemente
al demonio, para que no te disperses y que tu reino terrestre no
haya de sufrir. [...] Rechaza la avaricia, escoge la abstinencia,
eso que el Rey de reyes en verdad ama. Pues es muy necesario que
tú seas prudente en toda ocasión. En efecto, en visión mística yo
te veo viviendo toda suerte de trastornos y contrariedades a los
ojos de tus contemporáneos; sin embargo tendrás, en el tiempo de
tu reinado, cuanto conviene para los asuntos terrenales. Ten cuidado
entonces de que el Soberano Rey no te derribe a tierra a causa de
la ceguera de tus ojos, que no ven cómo usar rectamente el cetro
de tu reino que tienes en tu mano. Sé tal que la gracia de Dios
no te falte jamás."(1)
Asombra la libertad con que esta monja, que se describe a sí misma
como una frágil mujer, enfermiza y angustiosamente insegura, se dirige
a ese hombre robusto y sólido, al poderoso soberano que, asombrosamente
también, con tanto respeto la recibe. En efecto, recientemente elegido
emperador Federico I Barbarroja, quiso entrevistarse con Hildegarda
en el palacio de Ingelsheim, y desde entonces conservó en todo momento
una actitud deferente hacia ella y la apoyó en todas sus dificultades,
a pesar de las reconvenciones que le dirigirá la abadesa con motivo
de sus enfrentamientos con el Papado. Pero también al Papa Anastasio
IV, quien le ha escrito saludándola y felicitándola por los dones que
Dios le ha concedido, le responde con duras expresiones por su indolencia
frente a los desórdenes del clero y a la impunidad que parecen gozar
los cátaros:
"Oh hombre, que te has cansado de reprimir la jactancia de
los hombres soberbios que se han puesto bajo tu protección, ¿por
qué no haces revivir a los náufragos que no pueden emerger de sus
dificultades si no reciben ayuda? ¿Y por qué no cortas tú la raíz
del mal que ahoga las hierbas buenas y útiles, las que tienen gusto
dulce y suave olor? Tú descuidas a la hija del rey, es decir, la
justicia, amada por los poderes superiores y que te había sido confiada.
Tú permites que esta hija del rey sea arrojada a tierra, que la
diadema y el ornamento de su túnica sean destrozados por la grosería
de las costumbres extrañas de esos hombres que ladran como los perros
y que, como los gallos que a veces intentan cantar de noche, emiten
el necio llamado de su voz [...]."(2)
Indudablemente no se andaba con vueltas la abadesa. Me parece igualmente
interesante traer expresiones de alguna de las tantas cartas que le
fueron dirigidas. Así, la de Felipe de Alsacia, conde de Flandes, hombre
cruel, ambicioso y remiso en el cumplimiento de sus deberes para con
la Iglesia, pero que no desdeña recurrir a Hildegarda y lo hace en estos
términos:
"Vuestra santidad habrá sabido que estoy pronto para hacer
todo lo que pueda para complaceros, pues vuestra conversación santa
y vuestra vida muy recta han resonado muy frecuentemente en mis
oídos con suavísimo renombre. [...] Se aproxima para mí el tiempo
en que debo emprender el camino de Jerusalén [...]. Os pido entonces
humildemente que, de acuerdo a lo que os ha concedido la misericordia
divina, preguntéis a Dios qué debo hacer, y que por el portador
de esta carta tengáis a bien decirme vuestro consejo, qué debo hacer
y cómo, para que el nombre de la cristiandad sea exaltado en mi
tiempo, y se rechace la dura ferocidad de los Sarracenos, y si será
útil para mí que yo permanezca en esa tierra o bien que regrese.
Bienvenida en Cristo, hermana amada, y sabed que mucho deseo escuchar
vuestro consejo, y que tengo la más grande confianza en vuestras
oraciones."(3)
Notable carta, que muy a las claras manifiesta el predicamento de que
gozaba Hildegarda entre sus contemporáneos.
NOTAS:
1. Pernoud, Régine. Hildegarde de Bingen.
Conscience inspirée du XIIe siècle. 2me. éd. Paris: Éd. Du
Rocher, 1995. p. 79. (vuelve
al texto)