HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

UNA MUJER MUY MODERNA (IV)

 

SU CORRESPONDENCIA Vuelve a Contenido

Podríamos ya aquí detenernos en algunos puntos, como por ejemplo, en su correspondencia. Variados son los temas: dirección espiritual, respuestas a preguntas de diversa índole, solución de problemas de vida o bien de cuestiones intelectuales (el maestro de teología y más tarde obispo Odo de Soissons, por ejemplo, la consulta: “Tenemos la confianza de pedirte algo: muchos sostienen que la paternidad y la divinidad de Dios son atributos de Dios, pero no son Dios mismo. No tardes en exponernos y transmitirnos lo que sepas de esto desde lo celestial.” Se trata de una tesis de Gilberto de la Porrée, discutida por entonces en las escuelas y en el concilio de Reims). También son diversos los destinatarios (reyes, nobles, Papas, estudiosos, prelados, monjes y monjas, laicos), y la procedencia geográfica de los corresponsales de la abadesa. Pero ella es siempre la misma persona inspirada por el amor a la Verdad y al Bien, que procura las obras de la Justicia. Así, al emperador Federico Barbarroja le escribe:

"Oh rey, sé el soldado, el caballero armado que combate valientemente al demonio, para que no te disperses y que tu reino terrestre no haya de sufrir. [...] Rechaza la avaricia, escoge la abstinencia, eso que el Rey de reyes en verdad ama. Pues es muy necesario que tú seas prudente en toda ocasión. En efecto, en visión mística yo te veo viviendo toda suerte de trastornos y contrariedades a los ojos de tus contemporáneos; sin embargo tendrás, en el tiempo de tu reinado, cuanto conviene para los asuntos terrenales. Ten cuidado entonces de que el Soberano Rey no te derribe a tierra a causa de la ceguera de tus ojos, que no ven cómo usar rectamente el cetro de tu reino que tienes en tu mano. Sé tal que la gracia de Dios no te falte jamás."(1)

Asombra la libertad con que esta monja, que se describe a sí misma como una frágil mujer, enfermiza y angustiosamente insegura, se dirige a ese hombre robusto y sólido, al poderoso soberano que, asombrosamente también, con tanto respeto la recibe. En efecto, recientemente elegido emperador Federico I Barbarroja, quiso entrevistarse con Hildegarda en el palacio de Ingelsheim, y desde entonces conservó en todo momento una actitud deferente hacia ella y la apoyó en todas sus dificultades, a pesar de las reconvenciones que le dirigirá la abadesa con motivo de sus enfrentamientos con el Papado. Pero también al Papa Anastasio IV, quien le ha escrito saludándola y felicitándola por los dones que Dios le ha concedido, le responde con duras expresiones por su indolencia frente a los desórdenes del clero y a la impunidad que parecen gozar los cátaros:

"Oh hombre, que te has cansado de reprimir la jactancia de los hombres soberbios que se han puesto bajo tu protección, ¿por qué no haces revivir a los náufragos que no pueden emerger de sus dificultades si no reciben ayuda? ¿Y por qué no cortas tú la raíz del mal que ahoga las hierbas buenas y útiles, las que tienen gusto dulce y suave olor? Tú descuidas a la hija del rey, es decir, la justicia, amada por los poderes superiores y que te había sido confiada. Tú permites que esta hija del rey sea arrojada a tierra, que la diadema y el ornamento de su túnica sean destrozados por la grosería de las costumbres extrañas de esos hombres que ladran como los perros y que, como los gallos que a veces intentan cantar de noche, emiten el necio llamado de su voz [...]."(2)

Indudablemente no se andaba con vueltas la abadesa. Me parece igualmente interesante traer expresiones de alguna de las tantas cartas que le fueron dirigidas. Así, la de Felipe de Alsacia, conde de Flandes, hombre cruel, ambicioso y remiso en el cumplimiento de sus deberes para con la Iglesia, pero que no desdeña recurrir a Hildegarda y lo hace en estos términos:

"Vuestra santidad habrá sabido que estoy pronto para hacer todo lo que pueda para complaceros, pues vuestra conversación santa y vuestra vida muy recta han resonado muy frecuentemente en mis oídos con suavísimo renombre. [...] Se aproxima para mí el tiempo en que debo emprender el camino de Jerusalén [...]. Os pido entonces humildemente que, de acuerdo a lo que os ha concedido la misericordia divina, preguntéis a Dios qué debo hacer, y que por el portador de esta carta tengáis a bien decirme vuestro consejo, qué debo hacer y cómo, para que el nombre de la cristiandad sea exaltado en mi tiempo, y se rechace la dura ferocidad de los Sarracenos, y si será útil para mí que yo permanezca en esa tierra o bien que regrese. Bienvenida en Cristo, hermana amada, y sabed que mucho deseo escuchar vuestro consejo, y que tengo la más grande confianza en vuestras oraciones."(3)

Notable carta, que muy a las claras manifiesta el predicamento de que gozaba Hildegarda entre sus contemporáneos.


NOTAS:

1. Pernoud, Régine. Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du XIIe siècle. 2me. éd. Paris: Éd. Du Rocher, 1995. p. 79. (vuelve al texto)

2. Ibíd., p. 88. (vuelve al texto)

3. Ibíd., p. 81-82. (vuelve al texto)

 

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