HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

UNA MUJER MUY MODERNA (V)

 

Santa HildegardaSUS ESCRITOS: LA MEDICINA Vuelve a Contenido

Entre los años 1151 y 1158 terminó de escribir Scivias y elaboró sus escritos médicos: Liber simplicis medicinae o Physica, y el Liber compositae medicinae o Causae et curae, en los que trata de los elementos de la naturaleza; de las divisiones de las cosas creadas; del cuerpo humano y sus alimentos; de las causas, síntomas y tratamientos de las enfermedades y, además, propone y trabaja finamente una tipología femenina según los cuatro temperamentos tradicionales, pero distinguiendo entre varón y mujer y relacionando sus observaciones con las características sexuales de uno y otro.

También toma en cuenta para su análisis la condición social y la educación de la mujer, y lo mismo hace cuando aborda el estudio del amor humano –que valora grandemente, en contraste con la opinión de su época– combinando características fisiológicas y psíquicas. Tratamiento audaz, innovador y realista del tema, por cierto. En su libro Hildegarde de Bingen. Conscience inspirée du XIIe siècle, la medievalista Régine Pernoud se refiere a este tópico de los conocimientos médicos de nuestra monja, y nos recuerda que el interés por la medicina y su práctica no era ajeno a las preocupaciones de una abadesa benedictina del siglo XII, pues formaba parte de sus responsabilidades al frente del monasterio el cuidado de la salud de quienes estaban a su cargo. Pero los trabajos de Hildegarda presentan otro enfoque, ya que ella buscaba en todo momento establecer relaciones entre lo producido por la naturaleza y los seres humanos, cuyo equilibrio y salud le importaban en primer término. Y esto es lo que ha interesado a los hombres de nuestro tiempo, haciendo de ella una mujer muy contemporánea.

Adelantándose a la homeopatía, a las flores de Bach y a otras manifestaciones medicinales, al describir plantas, animales, piedras Hildegarda se detiene en las cualidades y en su propiedad curativa, ya que el uso del elemento en que se halle la cualidad faltante a la persona enferma restablecerá el equilibrio perdido y le devolverá la salud. Por otra parte, conocedora de su interacción no separa los estados anímicos de los males corporales, trabajando ambos en la curación del enfermo. Busca en algunas plantas el medio para curar la melancolía, que fundamentalmente proviene de la bilis negra mal eliminada; por eso se producen alteraciones en el metabolismo, y se cae en la depresión. De la bilis provienen, además, los ataques de gota o los de reumatismo, y los accesos de cólera. La abadesa da una serie de prescripciones para eliminar la bilis: comidas bien preparadas –destaca la importancia de un buen régimen alimenticio–, y también algún medicamento, como la rosa mezclada con salvia en una muy pequeña proporción, reducidas ambas a polvo: en los casos de cólera, poner bajo la nariz de la persona afectada, pues la salvia apacigua, y la rosa alegra. ¿No estamos acaso ante la aromaterapia?

Hildegarda vincula la enfermedad a la maldad, y dice que aquélla sería producto de ésta, a la que presenta como un desarreglo interior, una quiebra de la belleza y la armonía interiores que constituyen la salud del hombre y su estado natural. Por eso, la preservación de la salud es una tarea cotidiana de vigilancia, que involucra al espíritu y al cuerpo juntamente. En esa consideración psicosomática da gran importancia a la alimentación, que incluye el ayuno –alivianado con cocimientos de legumbres, jugo de frutas y tisanas variadas– purificador del organismo, el cual debe hacerse con cierta periodicidad, a fin de eliminar los excesos y recuperar el equilibrio y la consiguiente calma. Mucho quedaría por decir sobre la medicina de Hildegarda, pero será en otro lugar. Sigamos, pues, adelante.

LA MÚSICA Vuelve a Contenido

También compuso por entonces la Symphonia armoniae caelestium revelationum (Sinfonía de la armonía de las revelaciones celestiales), ciclo de unas setenta canciones litúrgicas –antífonas, secuencias, responsorios, himnos– dedicado a Dios Padre, la Virgen y el Hijo, el Espíritu Santo, los coros angélicos y los santos. La Dra. Nancy Fierro (Colegio del Monte Sta. María, Los Ángeles, California) nos recuerda que, para esta singular compositora, la música es un medio privilegiado: para recrear la armonía que el hombre pierde muchas veces al día, para dirigir nuevamente hacia el cielo los corazones que han perdido su camino, para centrarlos en Dios como su punto de referencia. Al cantar y ejecutar música se integran espíritu, corazón y cuerpo, se pacifican las discordias, se celebra la vida y se tributa alabanza a Dios. Si bien algunas obras de Hildegarda adoptan el estilo del canto llano o gregoriano, como los Cantos para la fiesta de Santa Úrsula, la mayoría de ellas se caracteriza por desenvolverse tocando los extremos de un registro muy ancho, dilatando y contrayendo las frases melódicas para crear las bóvedas o arcos de elevación, con contornos a veces angulares, todo lo cual representa no poca dificultad para los cantantes. Más tarde tendremos oportunidad de volver sobre el significado de la música para Hildegarda. Por ahora, veamos cómo transcurría su vida en esa etapa que se inicia con la fundación de su monasterio en Rupertsberg, superadas las desinteligencias y trabas que encontrara en Disibodenberg.

Tres giras de predicaciones tienen lugar entre 1158 y 1163 y clero y pueblo escucharán admirados a esa monja que les predica en las iglesias y en las plazas. Ésta es una faceta muy interesante de la personalidad de Hildegarda, un hecho singular, como ya hemos dicho, que conocemos a través de la correspondencia a que dio lugar. Su presencia era solicitada por los sacerdotes y sus obispos, y también por los abades de los monasterios, conocedores todos ellos de su fama cimentada en su carácter de visionaria, en su vasta cultura –que ella afirmaba no poseer– y en la claridad de su vida. Pero Hildegarda, si bien respondía a los requerimientos, no los sentía como un halago sino como una misión, y hablaba sin concesiones, advirtiendo al clero su negligencia en lo que hacía a practicar el bien y enseñarlo, y señalando los males que aquejaban a la Cristiandad, interpretándolos como advertencias divinas para la conversión, antes del castigo.

 

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