EL MUNDO, CREACIÓN DIVINA. EL HOMBRE COMO MICROCOSMOS
Los viajes y las predicaciones alternaron con la escritura de su segunda
obra profética, el Liber vitae meritorum
(Libro de los méritos de la vida), descripción de la vida cristiana
en términos del combate espiritual entre virtudes y vicios que retoma
el tema de la Psicomaquia de Prudencio (siglo IV), pero en el
contexto de una visión cristológica; y con el comienzo de la tercera:
Liber divinorum operum (Libro
de las obras divinas), que finalizaría diez años después, verdadera
teología del macrocosmos y del hombre como microcosmos ambos en
íntima correspondencia expresada en forma de paralelismos, del
hombre como cima de la creación divina y espejo del
esplendor del mundo. También esta obra, al igual que Scivias,
está profusamente ilustrada en el manuscrito Lucca, del siglo XIII,
pero no es segura la autoría de Hildegarda en este caso, por la disparidad
que a veces se observa entre la visión y el dibujo que la ilustra; sin
embargo, se maneja la hipótesis de que pudieron existir bocetos de la
monja, que habrían servido de modelo a los responsables de la edición.
La atención a la naturaleza con una mirada que busca lo divino en ella
es característica del siglo XII. El P. Chenu según refiere Mateo
Fox, O.P.(4) habla
del descubrimiento del carácter sacramental del universo, percibido
como una totalidad en la que el todo penetra cada una de sus partes:
“Dios lo concibió como un único ser viviente”, dice. En Scivias,
Hildegarda pinta al mundo como un huevo cósmico, subrayando la idea
de esa totalidad como algo orgánico, vivo, en crecimiento, dinamismo
opuesto al universo estático de Platón. En su explicación de la visión
alienta el origen divino de la creación, eterna en el seno de la Trinidad
y desplegada en el tiempo; la simbología es profusa, característica
de todas sus visiones y acorde a su condición de profetisa. Pero en
el Libro de las obras divinas el universo tiene la forma de una
esfera, figura que le permite un mejor manejo de las proporciones, en
relación con las del cuerpo humano (dos dibujos de Hildegarda nos recuerdan,
con cuatro siglos de anticipación, el famoso estudio sobre las proporciones
del cuerpo humano, de Leonardo da Vinci). Sin embargo, no es precisamente
con esos dibujos que se abre el Libro de las obras divinas, sino
con una figura humana de pie, con tres cabezas y cuatro alas pintadas
de color escarlata. El comentario que la acompaña dice:
"La figura hablaba en estos términos: 'Yo soy la energía suprema,
la energía ígnea. Soy yo quien ha inflamado cada chispa de vida,
y nada mortal ha salido de mí. Yo decido sobre toda realidad. Con
mis alas superiores, es decir, con la sabiduría, sobrevuelo el círculo
terrestre envolviéndolo, y lo ordeno con justicia. [...] En el hombre
florece toda la obra de Dios. En el hombre, a quien creó a Su imagen
y a Su semejanza, y en quien inscribe guardando la proporción
debida la totalidad de las criaturas. [...] Esa vida que se
mueve y obra es Dios. [...] La tierra es la materia de la cual Dios
hizo al hombre. Si penetro las aguas con mi luz, así el alma penetra
el cuerpo todo entero, como el agua penetra la tierra entera. Si
soy luz ardiente en el sol y en la luna, así es la inteligencia:
¿no son acaso las estrellas las innumerables palabras de la inteligencia?
Y si con mi soplo, como una vida invisible que lo sostiene, despierto
el universo a la vida, así por el aire y por el viento subsiste
todo lo que nace y crece, sin dejar de ser lo que es'[...] Y nuevamente
escucho que desde el cielo me dice: 'Cuando Dios considera al hombre,
Le place mucho, porque lo ha creado a Su imagen y según Su semejanza,
ya que el hombre tiene que proclamar, por el instrumento de su voz
racional, la totalidad de las maravillas divinas. Pues el hombre
es la plenitud de la obra divina, y Dios es conocido por el hombre
porque Dios creó para él todas las criaturas, y porque le concedió,
en el beso del verdadero Amor, proclamarlo por la razón, y alabarlo.
Pero le faltaba al hombre una ayuda semejante a él: Dios le dio
esta ayuda en el espejo que es la mujer. Ésta contiene asimismo
todo el género humano que debía desarrollarse en la energía de la
fuerza divina, como con esta energía Él había producido al primer
hombre. Y así el hombre y la mujer se unen para cumplir juntamente
su obra, pues el hombre sin la mujer no se llamaría hombre, ni la
mujer sin varón sería llamada mujer. La mujer es la obra del
hombre(5), el hombre es la visión de la consolación
femenina, y ninguno de ellos puede ser sin el otro. El hombre significa
la divinidad, la mujer la humanidad del Hijo de Dios.”(6)
Maravillosa concepción del hombre y de la mujer, y de su mutua relación
que, unidas al profundo sentimiento del mundo como creación divina,
se hacen presentes en sus escritos de 1164 contra los cátaros, a pedido
de los prelados de Maguncia.
NOTAS:
4. Illuminations of
Hildegard of Bingen. Institute in Culture and Creation Spirituality.
Holy Names College, Oakland, CA: 1985. (vuelve
al texto)
5. En Causas y curaciones, dice Hildegarda:
“Cuando Dios creó a Adán, éste sentía un gran amor en sueños [...].
Y Dios creó una forma para el amor del hombre, y así la mujer es el
amor del hombre. Y en cuanto hubo sido creada la mujer, Dios dio al
hombre la facultad de crear, para que su amor que es la mujer
engendrase hijos. Cuando Adán contempló a Eva, estaba totalmente lleno
de sabiduría, porque contemplaba a la madre con la que engendraría sus
hijos. Y cuando Eva contempló a Adán, lo contempló casi como a una visión
celestial, como el alma que desea lo celestial y asciende hacia lo alto,
pues tenía sus esperanzas puestas en él. Y por eso hay y debe haber
un solo amor entre hombre y mujer.” (En: Dronke, Peter. Las escritoras
de la Edad Media. Barcelona: Crítica, 1994, p. 244). (vuelve
al texto)
6. Hildegardis Bingensis.
Liber divinorum operum. Cura et studio A. Derolez et P.
Dronke. Turnholti: Brepols Editores, 1996. (Corpus
Christianorum; Continuatio Mediaeualis, 92). Prima et quarta visiones
primae partis. (vuelve al texto)