HILDEGARDA DE BINGEN. Sitio creado por Azucena Adelina Fraboschi


 

UNA MUJER MUY MODERNA (VI)

 

EL MUNDO, CREACIÓN DIVINA. EL HOMBRE COMO MICROCOSMOS Vuelve a Contenido

Los viajes y las predicaciones alternaron con la escritura de su segunda obra profética, el Liber vitae meritorum (Libro de los méritos de la vida), descripción de la vida cristiana en términos del combate espiritual entre virtudes y vicios que retoma el tema de la Psicomaquia de Prudencio (siglo IV), pero en el contexto de una visión cristológica; y con el comienzo de la tercera: Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), que finalizaría diez años después, verdadera teología del macrocosmos y del hombre como microcosmos –ambos en íntima correspondencia expresada en forma de paralelismos–, del hombre como cima de la creación divina y espejo del esplendor del mundo. También esta obra, al igual que Scivias, está profusamente ilustrada en el manuscrito Lucca, del siglo XIII, pero no es segura la autoría de Hildegarda en este caso, por la disparidad que a veces se observa entre la visión y el dibujo que la ilustra; sin embargo, se maneja la hipótesis de que pudieron existir bocetos de la monja, que habrían servido de modelo a los responsables de la edición. La atención a la naturaleza con una mirada que busca lo divino en ella es característica del siglo XII. El P. Chenu –según refiere Mateo Fox, O.P.(4)– habla del descubrimiento del carácter sacramental del universo, percibido como una totalidad en la que el todo penetra cada una de sus partes: “Dios lo concibió como un único ser viviente”, dice. En Scivias, Hildegarda pinta al mundo como un huevo cósmico, subrayando la idea de esa totalidad como algo orgánico, vivo, en crecimiento, dinamismo opuesto al universo estático de Platón. En su explicación de la visión alienta el origen divino de la creación, eterna en el seno de la Trinidad y desplegada en el tiempo; la simbología es profusa, característica de todas sus visiones y acorde a su condición de profetisa. Pero en el Libro de las obras divinas el universo tiene la forma de una esfera, figura que le permite un mejor manejo de las proporciones, en relación con las del cuerpo humano (dos dibujos de Hildegarda nos recuerdan, con cuatro siglos de anticipación, el famoso estudio sobre las proporciones del cuerpo humano, de Leonardo da Vinci). Sin embargo, no es precisamente con esos dibujos que se abre el Libro de las obras divinas, sino con una figura humana de pie, con tres cabezas y cuatro alas pintadas de color escarlata. El comentario que la acompaña dice:

"La figura hablaba en estos términos: 'Yo soy la energía suprema, la energía ígnea. Soy yo quien ha inflamado cada chispa de vida, y nada mortal ha salido de mí. Yo decido sobre toda realidad. Con mis alas superiores, es decir, con la sabiduría, sobrevuelo el círculo terrestre envolviéndolo, y lo ordeno con justicia. [...] En el hombre florece toda la obra de Dios. En el hombre, a quien creó a Su imagen y a Su semejanza, y en quien inscribe –guardando la proporción debida– la totalidad de las criaturas. [...] Esa vida que se mueve y obra es Dios. [...] La tierra es la materia de la cual Dios hizo al hombre. Si penetro las aguas con mi luz, así el alma penetra el cuerpo todo entero, como el agua penetra la tierra entera. Si soy luz ardiente en el sol y en la luna, así es la inteligencia: ¿no son acaso las estrellas las innumerables palabras de la inteligencia? Y si con mi soplo, como una vida invisible que lo sostiene, despierto el universo a la vida, así por el aire y por el viento subsiste todo lo que nace y crece, sin dejar de ser lo que es'[...] Y nuevamente escucho que desde el cielo me dice: 'Cuando Dios considera al hombre, Le place mucho, porque lo ha creado a Su imagen y según Su semejanza, ya que el hombre tiene que proclamar, por el instrumento de su voz racional, la totalidad de las maravillas divinas. Pues el hombre es la plenitud de la obra divina, y Dios es conocido por el hombre porque Dios creó para él todas las criaturas, y porque le concedió, en el beso del verdadero Amor, proclamarlo por la razón, y alabarlo. Pero le faltaba al hombre una ayuda semejante a él: Dios le dio esta ayuda en el espejo que es la mujer. Ésta contiene asimismo todo el género humano que debía desarrollarse en la energía de la fuerza divina, como con esta energía Él había producido al primer hombre. Y así el hombre y la mujer se unen para cumplir juntamente su obra, pues el hombre sin la mujer no se llamaría hombre, ni la mujer sin varón sería llamada mujer. La mujer es la obra del hombre(5), el hombre es la visión de la consolación femenina, y ninguno de ellos puede ser sin el otro. El hombre significa la divinidad, la mujer la humanidad del Hijo de Dios.”(6)

Maravillosa concepción del hombre y de la mujer, y de su mutua relación que, unidas al profundo sentimiento del mundo como creación divina, se hacen presentes en sus escritos de 1164 contra los cátaros, a pedido de los prelados de Maguncia.


NOTAS:

4. Illuminations of Hildegard of Bingen. Institute in Culture and Creation Spirituality. Holy Names College, Oakland, CA: 1985. (vuelve al texto)

5. En Causas y curaciones, dice Hildegarda: “Cuando Dios creó a Adán, éste sentía un gran amor en sueños [...]. Y Dios creó una forma para el amor del hombre, y así la mujer es el amor del hombre. Y en cuanto hubo sido creada la mujer, Dios dio al hombre la facultad de crear, para que su amor –que es la mujer– engendrase hijos. Cuando Adán contempló a Eva, estaba totalmente lleno de sabiduría, porque contemplaba a la madre con la que engendraría sus hijos. Y cuando Eva contempló a Adán, lo contempló casi como a una visión celestial, como el alma que desea lo celestial y asciende hacia lo alto, pues tenía sus esperanzas puestas en él. Y por eso hay y debe haber un solo amor entre hombre y mujer.” (En: Dronke, Peter. Las escritoras de la Edad Media. Barcelona: Crítica, 1994, p. 244). (vuelve al texto)

6. Hildegardis Bingensis. Liber divinorum operum. Cura et studio A. Derolez et P. Dronke. Turnholti: Brepols Editores, 1996. (Corpus Christianorum; Continuatio Mediaeualis, 92). Prima et quarta visiones primae partis. (vuelve al texto)

 

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