QUE
EL CUERPO, UNIDO AL ALMA,
CANTE DE VIVA VOZ...
Ochenta años tiene ya Hildegarda cuando se ve obligada a afrontar una
sentencia de interdicción, pronunciada por los prelados de Maguncia
y confirmada en primera instancia por el arzobispo Christian, dada su
negativa a exhumar el cadáver de un noble sepultado en el cementerio
de Rupertsberg. El hombre había sido excomulgado, pero antes de morir
se había reconciliado con la Iglesia y había recibido los sacramentos,
hecho que por lo visto los prelados desconocían. Ante la actitud de
éstos la abadesa se dirigió al lugar de la sepultura, con su báculo
trazó sobre ella la señal de la cruz, y luego quitó todo indicio que
permitiera individualizarla, para evitar la profanación. Acto seguido
comenzó en el monasterio un tiempo de privación de los sacramentos...
y del Oficio Divino al modo benedictino, esto es, cantado. Esta dolorosísima
situación le dio oportunidad para dirigir una carta a dichos hombres
de la Iglesia, en la que les reprocha la medida tomada, y expone su
concepción de la música como medio para recuperar el paraíso perdido
y, en él, la voz de la alabanza a Dios:
"Para que, en lugar de acordarse de su destierro, los hombres
se acordasen de la dulzura y alabanza divinas que antes de su caída
alegraban a Adán en la compañía de los ángeles, y para atraerlos
hacia ellas, los santos profetas [...] no sólo compusieron los salmos
y cánticos que cantaban para encender la devoción de sus oyentes,
sino que también crearon instrumentos musicales de distintas clases
con los que producían melodías variadas. Y lo hicieron para que,
tanto por el aspecto exterior y las particularidades de esos instrumentos
como por el sentido de las palabras que recitaban acompañándose
de ellos, sus oyentes, debidamente advertidos y dispuestos por los
elementos exteriores, aprendieran algo sobre su realidad interior.
A estos santos profetas los imitaron los estudiosos y los sabios,
e inventaron con su arte cierta clase de melodías humanas a fin
de cantarlas para el deleite del alma [...], recordando que en la
voz de Adán, antes de su caída, residía toda la armonía y toda la
dulzura del arte musical . [...] Pero el que lo había engañado el
diablo, al oír que el hombre había comenzado a cantar por
inspiración de Dios y que por ello se transformaría y recordaría
la dulzura de los cánticos de la patria celestial, y viendo así
que sus perversas maquinaciones fracasarían, se asustó de tal modo
que desde entonces no ha dejado de perturbar o impedir la proclamación,
la belleza y la dulzura de la alabanza divina y de los cánticos
espirituales.
[...]
Por eso vosotros y todos los prelados tenéis que andaros con muchísimo
cuidado antes de cerrar con vuestro mandato la boca de una asamblea
que canta a Dios [...]. Velad para que Satán, que arranca al hombre
de la armonía celestial y de las delicias del Paraíso, no os engañe
en vuestros juicios. El cuerpo es el vestido del alma que da vida
a la voz. Por eso conviene que el cuerpo unido al alma cante de
viva voz las alabanzas de Dios. Y puesto que al escuchar algún canto
el hombre a menudo suspira y gime porque recuerda la armonía celestial,
el profeta [David], considerando atentamente la naturaleza profunda
del espíritu y sabiendo que el alma es sinfónica, nos exhorta en
un salmo a que proclamemos al Señor con la cítara y toquemos el
salterio de diez cuerdas: la cítara, que suena en un tono más bajo,
para incitar a la disciplina del cuerpo; el salterio, que emite
un sonido más agudo, para alentar el esfuerzo del espíritu; las
diez cuerdas, para el cumplimiento de
la Ley."(11)
La música ya estaba presente en la primera obra de Hildegarda, Scivias,
que finaliza con un esbozo de drama musical cuyo tema es moral: la lucha
del hombre que peregrina en la tierra, acechado por el demonio y defendido
por las virtudes, hasta que victorioso llega al Cielo. Hacia 1152 el
esbozo tendrá forma acabada en Ordo virtutum (El drama de
las virtudes), el más antiguo drama litúrgico cantado (a excepción
de los textos que corresponden al demonio, quien por su espíritu opuesto
a toda armonía no puede cantar), que habría sido estrenado en la dedicación
de la iglesia del monasterio en Rupertsberg. La música está presente
durante toda la vida de Hildegarda, que por ella eleva su última voz.
Pero la carta no tuvo buena acogida entre los prelados, y debió pasar
casi un año para que el arzobispo, ahora debidamente enterado de todo,
levantara la medida. Fatigada por los muchos años y los muchos trabajos,
seis meses después, el 17 de septiembre de 1179, Hildegarda perdió su
voz en aquella voz de Adán y alabó al Señor en el paraíso finalmente
recuperado.
Azucena Adelina Fraboschi
(Conferencia pronunciada el 17/09/1998, en la Institución Cultural
Argentino-Germana)
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